SOCIALISMO O MUERTE

 


Cuba, un país donde no hay elecciones libres

desde hace sesenta y seis años

 


Cuba es el país de las Américas con la tasa de suicidio más alta, con 16,3 defunciones por cada 100.000 habitantes, reveló un reporte de la Organización Panamericana de la Salud (OPS).

 

El suicidio infantil en Cuba

 

La tasa de homicidio intencional en Cuba

es mayor que en Estados Unidos

 

La infernal lucha

por la supervivencia del cubano de a pie

 

A  la tiranía de los hermanos Castro se le ha documentado el triple de muertos que a la dictadura de Pinochet.

 

Por supuesto que no existe dictadura buena, es repudiable cualquiera sea el apellido que se le dé. Pero la tiranía comunista es la peor, la más destructiva, la más degradante, porque es totalitaria; por ello las atrocidades cometidas por el régimen de los hermanos Castro son más horribles que las crueldades cometidas por el régimen de Pinochet.

 

Es indudable que existe una gran diferencia entre una dictadura como la de Pinochet y un régimen totalitario como el imperante en Cuba. Con todo lo criminal que fue el régimen militar chileno, fue una dictadura que pretendió acallar a los opositores y evitar sus expresiones públicas. Pero el totalitarismo no busca solo acallar sino también extirpar las formas de pensamiento opuestas, mediante el adoctrinamiento y la remodelación de las mentes, el famoso ‘lavado de cerebro’.

 

La obsesión de los regimenes totalitarios es deshacer todas las barreras existentes entre la vida pública y la privada. No es simple coincidencia que se parezca tanto el saludo de los niños en el castrismo y en el nazismo: son regimenes totalitarios donde los infantes son adoctrinados desde las edades más tempranas. Mis hijos lo sufrieron y pronto lo sufrirá mi nieta mayor.

 

 

En Cuba se mantienen las tres

características básicas del socialismo soviético

 

- El monopolio político del Partido Comunista.

 

- El predominio de la propiedad estatal.

 

- La coordinación de la economía por decisiones administrativas y no por el mercado.

 

El régimen de los hermanos Castro persevera en hábitos estalinistas, que ni siquiera estaban vigentes en las últimas décadas de la Unión Soviética.

 

CUBA BAJO EL CASTRISMO,

donde se rompió el récord de engaños

 

Fidel Castro nos vendió gato por liebre

 

Si los cubanos pudiéramos liberarnos...

Canek Sánchez Guevara:

(primer nieto de Ernesto ‘Che’ Guevara)

El sistema político cubano se ha comportado como una monarquía y no sé por qué se le sigue llamando socialismo”.

 

Martín Guevara:

(hijo del hermano menor del Che)

si algo no le gusta a Fidel después de no ser el centro de atención constante, es quedar mal, que se sepa la verdad, que se sepa que bebe vinos castellanos de más de 200 euros la botella mientras pide a su pueblo sacrificios numantinos.

 

 

 

Desde enero de 2010, año en que comenzó la excarcelación y el destierro de la mayoría de los presos políticos de la Primavera Negra, la detención arbitraria de críticos del régimen militar cubano se ha incrementado:

 

Año 2010: 2.074

 

Año 2011: 4.123

 

Año 2012: 6.602

 

Año 2013: 6.424

 

El nivel de violencia física empleada en diciembre de 2013 por los cuerpos represivos y grupos paramilitares contra pacíficos disidentes fue uno de los más altos en los últimas décadas. A pesar del carácter cerrado de la forma de gobierno, la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional comprobó que además de las detenciones, 179 disidentes fueron agredidos físicamente en 27 actos de agresión; 153 fueron víctimas de los llamados actos de repudio en 27 incidentes reportados; al tiempo que 153 opositores sufrieron acciones vandálicas, generalmente contra sus hogares, y otras formas de hostigamiento.

 

En los primeros cinco meses de este año 2014 se han documentado 4.941  detenciones  arbitrarias  por  motivos  políticos: 1.052 en enero, 1.051 en febrero, 813 en marzo, 905 en abril y 1.120 en mayo, denuncia en su informe mensual sobre represión la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional (CCDHRN).

 

Los activistas pro democracia continúan siendo agredidos físicamente por agentes policiales y/o paramilitares, son víctimas de actos de repudio y otras formas de hostigamiento o acciones vandálicas, generalmente contra los hogares de los activistas.

 

Predominan los secuestros policiales en los que las autoridades ni siquiera informan del paradero de los detenidos ni les permiten mantener contacto con abogados o familiares.

 

Continúa usándose a niños para acosar a disidentes.

 

Prosiguen las violaciones a la libertad religiosa.

 

Desde hace más de dos años le he venido informando semanalmente a la jerarquía católica cubana sobre las graves violaciones a los DDHH del pueblo cubano.

 

Desde hace dos años le he venido solicitando a la jerarquía católica cubana que se cree algo similar a la Vicaría de la Solidaridad establecida en Chile cuando la dictadura de Pinochet, pero la  jerarquía católica cubana continúa guardando silencio cómplice.

 

¿Por qué con Pinochet sí, pero con los Castro no?

 

¿Cuál es el objetivo de la jerarquía católica cubana? 

 

Además de por sus múltiples crímenes, el fracaso socioeconómico del castrismo se pone de manifiesto con las enormes carencias que sufre el pueblo cubano desde hace más de medio siglo en cuanto a alimentación, vivienda, agua potable, transporte y derechos humanos.

 

Véase lo que los hermanos Castro consideran es

una canasta básica alimentaria mensual (Año 2013)

 

Cinco libras de arroz a 0,25 centavos la libra y dos adicionales a 0,90 centavos.

 

Diez onzas de granos (miniestras) a 0,80 centavos.

 

Tres libras de azúcar refino y 1 de azúcar sin refinar a 15 y 10 centavos la libra respectivamente.

 

Media libra de aceite a 0,20 centavos.

 

Un sobre de café mezclado con chícharo (arveja) de 4 onzas a 4 pesos.

 

Una libra de pollo a 0,70 centavos.

 

Once onzas de pescado o, en su lugar, pollo al mismo precio.

 

Cinco huevos a 0,15 centavos.

 

Un pan pequeño (diario) de 80 gramos a 0,05 centavos.

 

Sólo para niños de 0 a 7 años: 3 kilogramos de leche en polvo.


Un kilo de sal cada tres meses para el núcleo familiar.

 

Hace seis años, en 2007, se autorizó la venta a la población de 227 gramos cada tres meses, o sea, 908 gramos al año.

 

La venta libre de carne de res es monopolio del Gobierno, quien la vende a 9,50 pesos convertibles el kilogramo, o sea, la mitad del salario promedio mensual.

 

Los hermanos Castro consideran que los niños cubanos son precoses: a los siete años les quitan el derecho a poder tomar leche a un precio asequible.

 

Desde hace veinte años se le añade la crisis de los sistemas de salud y educación, además del apartheid en los servicios de salud desde hace más de treinta años.

 

Según el Censo de Población y Viviendas 2012, de las 3.885.900 unidades de alojamiento existentes en Cuba:

 

1- El veintinueve  por ciento carece de abastecimiento de agua por acueducto.

 

2- El sesenta por ciento no tiene sistemas de desagüe que viertan en alcantarillados.

 

En 1978, el Ministerio de Salud Pública dio a conocer que la tasa de suicidios en Cuba había rebasado los 20 por cada 100.000 habitantes. Esas cifras mostraban que en menos de una década, el índice de muertes por esa causa se había duplicado –en 1969 sólo morían así 8 entre 100.000. Desde hace cuarenta años, Cuba es el país con más suicidios per cápita del hemisferio occidental.

 

De acuerdo al reporte demográfico  de 2012, 46.662 cubanos emigraron legalmente de forma permanente ese año, la mayor cifra desde que más de 47.000 personas salieran de Cuba durante la crisis de los balseros de 1994.

 

En los últimos cinco años, los cubanos han estado emigrando a un promedio anual de 39.000, sostuvo el reporte, el promedio más alto en un periodo, similar al de los primeros años en que se instaurara la tiranía de los hermanos Castro.

 

Como una imagen dice más que mil palabras,

véanse los siguientes vídeos:

 

Véase  la Cuba real frente a la Cuba oficial

 

Véase  la calidad de los servicios del sistema de salud que puede usar el cubano de a pie

   

Véase  el ‘apartheid’ en los servicios del sistema de salud de Cuba

 

Véase  por qué después de ciento treinta años sin cólera, Cuba lo sufre oficialmente desde 2012

 

Véanse  la neuritis óptica y la neuropatía periférica en la Cuba castrista

 

Véanse  las fotos de los pacientes psiquiátricos muertos de hambre y frío en la Cuba castrista

 

Véase  los médicos cubanos, esclavos de bata blanca

 

Véase  la calidad de los servicios del sistema de educación que puede usar el cubano de a pie

 

Véase  cómo era Cuba y cómo el comunismo la destruyó

 

 

Cuba, a los 50 años de su revolución

(Documental, 2009)

 

 

Véase una de las agresiones físicas sufridas por una pacífica mujer cubana –ocurrió en julio de 2013-, por parte de las brigadas paramilitares organizadas por orden de Fidel y Raúl Castro:

 

 

Oscar Casanella,

investigador y profesor universitario,

denuncia amenazas hechas por la policía política

y habla sobre sus condiciones laborales

28 de mayo de 2014

 

 

¡Háblame!

(El rey está desnudo)

 

Tribu Mokoya es un disco surgido de la unión de un grupo de raperos cubanos con un venezolano, en el cual se destaca el tema ¡Háblame!, cuya letra desenmascara los mitos de esa entelequia llamada Revolución cubana.

 

¡Háblame! en ocasiones usa un lenguaje vulgar, lenguaje que se ha adueñado de la sociedad cubana, incluyendo a las universidades.

 

Uno de los creadores de ¡Háblame! es Silvito ‘El Libre’, hijo de Silvio Rodríguez -uno de los integrantes más destacados del movimiento musical cubano llamado la Nueva Trova, que comenzó rebelde y poco a poco fue captado por el régimen. Probablemente, el añadido ‘El Libre’ que Silvito puso a su nombre artístico tiene el objetivo de diferenciarse de su padre.

 

¡Háblame! es una clara interpelación a Fidel Castro Ruz, un pedido de rendición de cuentas por haber hecho “de un país tan feliz una islita triste” y “porque ha sido el cruel estalinismo el pago al amor y la fe y la esperanza que el pueblo puso un día en este sistema”; síntesis brillante de la frustración de una experiencia histórica que en sus inicios concitó adhesiones masivas.

 

Casi todos los temas acontecidos durante la tiranía de los hermanos Castro son mencionados por estos artistas, que le piden a Fidel Castro -sin nombrarlo- que les hable: la caída en desgracia de antiguos aliados como el general Ochoa, la misteriosa desaparición de Camilo Cienfuegos -líder carismático que hubiese podido opacar el liderazgo de Fidel Castro-, los cubanos muertos intentando huir del ‘paraíso’ castrista, las deserciones, el acoso a los disidentes como Yoani Sánchez y Guillermo Fariñas, el contraste entre las privaciones que sufre la inmensa mayoría del pueblo y el lujo en que vive la nomenklatura -término que designa a la élite de funcionarios de un régimen comunista, que disfrutan de condiciones socioeconómicas muy superiores a las de los ciudadanos de a pie-, la vuelta de la prostitución que el régimen se vanagloriaba de haber erradicado por completo, la persecución a los homosexuales, la censura a los artistas, las carencias en los hospitales y la pretensión de dirigir la vida de todos y cada uno de los cubanos. Véase completo, incluyendo la letra, aquí. 

 

 

 

Historia de una revolución que cumple 50 años

(Documental, 2009)

Nota de Manuel Castro Rodríguez: Discrepo totalmente con lo que se expresa en este documental de que Fidel Castro era comunista antes de 1959. Véase aquí.

 

 

 

Vivo en una dictadura

 

Las bodas de oro del racionamiento

demuestra el fracaso del régimen:

La Libreta de Racionamiento cumplió 50 años

el viernes 12 de julio de 2013.

El eufemismo que utiliza el régimen para nombrarla es Libreta de Abastecimiento

 

 

La venta racionada de alimentos

Venta de un panecito por persona al día

La libreta (documental)

Venta de alimentos por la libreta de racionamiento

 

¡Qué bueno es el comunismo…!

Manuel Castro Rodríguez

5 de julio de 2014

 

A finales de la década del sesenta y con el cinismo que siempre lo ha caracterizado, el dictador Fidel Castro Ruz ordenó situar vallas por todas partes, donde los lemas que predominaban eran: El presente es de lucha, el futuro es nuestro” y Los niños nacen para ser felices”. Con su habitual sentido del humor, el pueblo cubano transformó los lemas castristas en:El presente es de lucha, el futuro es negro” y “¿Los niños nacen para ser felices… o para tener lombrices?”.

 

Este sábado, su hermano menor, el dictador designado –que ha demostrado ser tan cínico y criminal como el creador de la tiranía dinástica- expresó durante su intervención en la sesión plenaria de la eufemísticamente llamada Asamblea Nacional del Poder Popular: El éxito de Cuba ha sido resistir al imperialismo. Si no fuera por el dolor que les han causado a varias generaciones de cubanos, tal declaración merecería una estruendosa carcajada.

 

Fidel y Raúl Castro, tiranos insaciables que a Cuba han destruido, jamás han tenido un proyecto para favorecer al pueblo cubano. Desde que el propio Fidel asesinara la Revolución, apenas transcurridas cuatro semanas de su entrada triunfal a La Habana el 8 de enero de 1959, todo lo que han hecho los hermanos Castro ha sido con el objetivo de entronizarse en el poder, primero ellos y ahora sus descendientes.

 

Y lo peor es que todavía hay gente que defiende ese régimen de oprobio. La izquierda caviar -goza de todos los derechos consagrados por la Declaración Universal de Derechos Humanos, pero apoya al régimen militar que le niega al pueblo cubano el disfrute de esos mismos derechos- tiene a Cuba como un parque temático de una utopía que ha fracasado donde quiera que se ha implantado. Ahora apoya la “actualización del modelo”, o sea, la combinación de la tiranía totalitaria con pequeñas reformas económicas, todo en nombre de la supuesta justicia social imperante en Cuba.

 

No debe pasarse por alto esta entrevista a un sobrino de Ernesto Guevara de la Serna, el Che, que es una verdadera lástima no sea leída por la mayoría de la izquierda iberoamericana, dado que es una muestra de la Cuba en la que viven o han vivido extranjeros que defienden el castrismo.

 

La situación imperante en Cuba desde pocos años después que los hermanos Castro se adueñaran del poder y establecieran un régimen totalitario, era mucho peor a lo narrado en esta entrevista, la cual me ha hecho recordar algo que viví en 1968, poco después que mediante un discurso Fidel Castro Ruz se robara 55.636 micro y pequeñas empresas, entre ellas 8.101 establecimientos de venta de comida (restaurantes, cafeterías, guaraperas, puestos de frita, etc.) que hasta el 13 de marzo de 1968 existían en Cuba:

 

De manera clara y terminante debemos decir que nos proponemos eliminar toda manifestación de comercio privado, de manera clara y terminante”,

 

declaró Fidel Castro el 13 de marzo de 1968 en la escalinata de la Universidad de la Habana, cuando decretó la “ofensiva revolucionaria”.

 

A decenas de miles de trabajadores independientes los despojó de lo único que tenían para poderse ganar la vida honradamente y los obligó a trabajar para él: “se llegó a aplicar una ‘Ley contra la vagancia’ que castigaba con la detención a los hombres que no estuvieran vinculados laboralmente”. Por cierto, la ‘Ley contra la vagancia’ no se ha derogado.

 

Hasta el 13 de marzo de 1968, la mayor parte de las noches me comía dos panes con tortilla acompañados de dos vasos grandes de guarapo (el jugo de la caña), con eso ‘escapaba’. Después de comenzar la “ofensiva revolucionaria” desapareció la gastronomía popular, ni el pan con tortilla o el guarapo o algo similar se podían comprar, por lo que tenía que ‘inventarla’ para poder cenar.

 

Posteriormente al 13 de marzo de 1968, la mayoría de la población residente en La Habana comenzó a pasar hambre literalmente hablando. Unas semanas más tarde, un amigo que estudiaba el último año de Economía en la Universidad de la Habana me invitó a comer en el hotel Habana Riviera, donde vivía un compañero de estudio de él, un guyanés que era miembro del People’s Progressive Party, organización política creada por Cheddi Jagan. Comimos opíparamente, ya que el guyanés sólo tenía que firmar; así se pasó los cinco años de la carrera. El pueblo cubano es el que pagaba y continúa pagando.

 

Ese fue el primer ‘revolucionario’ extranjero que conocí.  Un par de años después conocí a JB -una bella joven paraguaya casada con un comunista que estaba encarcelado en su país-, la cual vivía en una excelente residencia ubicada en la intercepción de las calles 15 y 16, en el entonces bello barrio habanero del Vedado, y gozaba de una alimentación que la mayoría de los cubanos ni soñábamos, todo disfrutado gratuitamente por ella y pagado por el pueblo cubano.

 

En Cuba, ‘el primer territorio libre de América’, los ‘revolucionarios’ extranjeros vivían a cuerpo de Rey, mientras los niños cubanos perdían el derecho a tomar leche desde que cumplían siete años. ¿Esa es la tan pregonada justicia social? ¡Qué bueno es el comunismo para la cúpula del poder y sus amistades!

 

 

Entrevista a Martín Guevara, sobrino del Che

Nora Gámez

28 de junio de 2014

 

A primera vista, nada delata que este cincuentón seductor, con melena despeinada y gran conversador, es sobrino de Ernesto Guevara de la Serna, el Che, uno de los argentinos más famosos del siglo veinte. Tampoco su acento porteño lo descubre, deslavado por extensos periodos en Cuba y en España, donde reside actualmente. Pero cuando Martín Guevara comienza a hacer la historia de su vida, queda claro su lazo con el Che, ese tío que nunca conoció pero al que quiso emular en pequeñas acciones cotidianas de rebeldía.

 

Al leer su libro “A la sombra de un mito. Un sobrino del Che Guevara relata los 12 años que vivió en Cuba”—traducido al inglés como Shadow of a myth, por Adrianne Miller—, su relación con el Che, familia y “héroe” a la vez, se presenta como una búsqueda angustiosa de la verdadera naturaleza del ser humano. A veces, la narración recuerda a la de esos santos católicos atormentados por la duda y por no ser suficientemente merecedores del Señor.

 

Martín fue rockero, mochilero, directivo de una compañía y ahora escritor. De vuelta de todo, decidió escribir estas memorias para quitarse de encima el peso del mito. A la vez, Martín logra documentar en toda su complejidad una época idealizada por muchos cubanos, quienes no tenían acceso, cómo él, a una vida que existía sólo para el disfrute de extranjeros y de la élite.

 

Así comienza nuestro diálogo.

 

¿Cuánto tiempo estuviste en Cuba exactamente?

 

Yo estuve físicamente del año 1973 hasta el 1988, con un año en el medio que me fui a Argentina cuando llegó la democracia, desde el 83 hasta finales del 84 y de ahí volví a Cuba. Quitando ese año y medio, me quedé hasta el 88 cuando el Consejo de Estado y mi madre me dijeron que me fuese de Cuba.

 

Cuéntame de tu primera impresión cuando llegas a la isla.

 

Cuando yo llegué a Cuba en el 73, ahí me empezaban a explicar que tenía un tío que había luchado, porque a los 10 años yo no sabía nada de mi tío Ernesto…

 

¿Y por qué no sabías nada de tu tío Ernesto?

 

Porque en Argentina se alternaba una democracia con golpes militares, no tan cruentos como el del 76 pero siempre había golpes militares. El comunismo en esos años era algo muy combatido, muy perseguido, y mi tío era una persona que había hecho estallar a Latinoamérica, incluso después de su muerte. Por ejemplo, Fidel se hizo más guevarista, todos se empezaron a hacer más guevaristas. Como estaba muerto, pues ya, se acabaron los problemas. Y entonces mi padre y mi madre nos cuidaban de esa manera, que en el colegio no lo estuviésemos hablando mucho.

 

Nosotros somos una familia tradicional argentina, los Guevara Lynch y de la Serna, que eran en un inicio las familias pudientes, las familias que colonizaron Argentina. Con lo cual siempre de todas maneras en ese sentido siempre estábamos cubiertos, aunque hubiese un familiar guerrillero. Eran años de cuidarse.

 

Cuando llegamos a Cuba entonces sí me cuentan la historia de él… A mí me gustaban mucho los personajes de la literatura y la fantasía, que también habían luchado para favorecer a los pobres, con todo ese lenguaje que la izquierda secuestra, del proletario y el campesino. Un poquito lo que hizo Roma después de matar a Cristo, que secuestró ese lenguaje. En nombre de eso, hacer el mal es más fácil porque después, el que se sienta bueno no sabe cómo luchar contra el dueño de ese lenguaje. Te sientes como el demonio. Si nací en Cuba y me dicen que Fidel trajo comida y yo hablo mal de Fidel, es muy difícil.

 

Martín, cuando recuerdas tu niñez en el libro, mencionas que vivir en el Hotel Habana Libre era un estatus social. Háblame más de esas distinciones sociales.

 

Cuando llegamos a Cuba nos esperaban unos carros “Volgas”, unos guardaespaldas y nos llevan al hotel Habana Libre. Y nos suben a una suite, con cinco restaurantes a nuestra disposición. Cuando salimos a caminar ese mismo día, ya un niño como yo de 10 años se da cuenta que todo es mentira. Que precisamente ese hecho nos hace a nosotros mejor que el resto de los cubanos que veíamos en la calle.

 

Yo iba todas las mañanas y pedía un huevo frito con jamón para desayunar en una de las cafeterías del Habana Libre, y me llevaba unos bocadillos al colegio para darles a mis amigos o al conserje para después poder fugarme más fácil, típica cosa de muchachos. Y dos o tres meses así hasta que llega uno del ICAP (Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos) y me dice “todo lo que hemos contado es verdad, en este país todo el mundo es igual allá en la calle, pero no todo es perfecto, estamos tratando de construirlo. Te vamos a pedir que no lleves más los bocadillos de jamón a la gente porque se van a llevar una idea equivocada, porque pueden confundirse”. Y ahí es donde yo tomo contacto con las dos grandes características que al cubano se le escamotearon: el jamón y la verdad.

 

Sin embargo, muchas personas han idealizado esa década, como años en los que hubo verdadero igualitarismo y más abundancia.

 

No, no lo hubo. Cuando uno viene a este país y da un paseo por Key Biscayne, uno dice no, el rico cubano no pasa por ahí. Pero tú eres lo que sientes en tu sociedad. Y en Cuba, tener dos Ladas, acceso a un yate y a poder viajar y traer cosas, era algo distintivo. Pero luego lo que era prohibitivo era tener dólares, traer “pitusas”, películas de Rambo, todo eso, porque era lo que se le decía a la población que no debía sentir ninguna atracción por ello.

 

La primera tienda del INTUR (Instituto Nacional de Turismo) se hizo en el 76 en el hotel Habana Libre. Uno iba con una tarjeta, se pagaba en pesos cubanos pero previamente había que haber pagado en dólares. Y crearon un comité dentro del Habana Libre que preparaba a los trabajadores. El ascensorista y la de la perfumería nos contaban que les daban una muela aleccionadora política sobre que esas cosas no había que desearlas. “Son para los capitalistas que son malos”, decían. La contradicción era enorme pues les decían que “el capitalismo es malo” pero ellos veían que los extranjeros tenían acceso a lo mejor del país.

 

De repente empezó la Diplo (Diplotiendas, tiendas en dólares para turistas y residentes extranjeros en Cuba). Todo lo que era Diplo era mejor. “Diploniña” era una niña bonita, que no era para uso de la población. El cubano empezó a tenerle odio al carné azul, porque en ese tiempo el carné azul era el de los cubanos y el verde para los extranjeros.

 

Además había siete tipos de estratificaciones para los extranjeros, la sociedad más estratificada que había visto, eso nunca se cuenta. Un sistema de castas tremendo. Primero estaban los estudiantes angolanos y salvadoreños, que tenían derecho a un poco más que los cubanos pero mucho menos que los demás. Luego, venían los estudiantes asturianos y gallegos que se habían quedado, pero podían viajar cada dos años con 2.000 pesos cubanos. Después, exiliados, como los chilenos, los residentes temporales con más caché, técnicos extranjeros, turistas, diplomáticos, y luego los millonarios españoles. Y cada uno de esos tenía sus tiendas.

 

¿Cómo vivían los miembros de la élite política que conociste?

 

Yo desde que llegue decidí tener las amistades que quería tener. Un compañero, no recuerdo cual, me dijo que la “juntadera” con Evelio, mi amigo desde quinto grado de la primaria, no era buena. En ese tiempo yo me sentía llamado por esa cosa revolucionaria, y todo lo que creía era que había que rebelarse contra lo mal hecho, como dijo el Che en la carta a los hijos, dondequiera que haya una injusticia, no dijo si en Cuba o no, donde quiera, hay que denunciarla.

 

Tenía diez u once años, pero con esa fantasía que ya me habían metido, de ayudar a los pobres, yo me quería hacer amigo de los que yo veía más carenciados, pero con mucho sentido de la rebeldía. Y la gente del Departamento de América me llamaba la atención, que debía juntarme con las familias revolucionarias y de ser posible la de comandantes y generales. Yo no me codeaba con ellos pero estaban mis primos y, claro, íbamos a algunas fiestas.

 

A mí me parece una perversión humana ese tipo de mal llamado socialismo que pretende que todos sean a rajatabla obligados a vivir pobres, porque eso ya lo trató de hacer Mao Tse-Tung y salió peor que en Cuba. El humano de por sí necesita un sabor rico. Necesita el placer, forma parte de nuestra vida. Pero respeto mucho más a alguien que si lo propone, lo vive también, aunque en ningún caso me parece natural. Pero claro cuando un tipo está diciendo eso y se apropia de todas las casas de visita…

 

Las casas que ellos tenían no eran solo las casas en Siboney o en Miramar, que eran grandes, con chóferes. El tema era el poder que tenían. Por ejemplo, el poder de Fidel no lo tiene Bill Gates. Gates puede comprar hasta cierto punto en los Estados Unidos, tiene todo el dinero del mundo. Pero llega un punto en que ya no puede. Fidel, lo que decía era ley.

 

Cuando estaba en la beca, el director me trataba mucho mejor porque pensaba que yo los fines de semana veía a Fidel. No vaya a ser que le contara las cosas malas que había en la beca. Era una cosa de un miedo, un terror, que de niño no sabes por qué pero cuando vas creciendo dices, a ver, ¿por qué la gente tiene tanto miedo?

 

Como joven lo que veía era esas diferencias muy marcadas, mucho menos grandes que en el capitalismo, pero en el capitalismo queda claro para todos es una sociedad desigual. Pero en Cuba todas las carencias que había, el pueblo las estaba soportando porque supuestamente todos lo estábamos pasando mal. Somos todos iguales pero unos somos más iguales que otros.

 

Entonces esa parte yo creo que fue muy dura. Me he encontrado en España con personas que vivieron el período especial y me dicen “¡Tú viviste los años de abundancia!” Imagínate, como un judío que haya sido muy pobre antes del 39 pero después tuvo que pasar por Auschwitz.

 

Hay un episodio dramático en el libro, cuando narras la golpiza que recibiste en la beca. Cuéntame un poco más sobre tu experiencia en las becas cubanas.

 

Cuando entro a la beca mi padre estaba preso y yo vivía a la par esa prisión. Yo veía que en Cuba si hablabas, te metían preso 20 años. En Argentina te metían preso y te mataban. No era cuestión de la derecha o la izquierda. Era intolerancia. Lo único que a mí me interesaba en ese entonces era el rock, por esa nueva onda de gente que lo que quería era libertad, no muelita ni de izquierda ni derecha. Libertad.

 

Las becas cumplían con bastantes cosas. Primero, quitarlo (al muchacho) de la familia, desarraigarlo. Aunque sea con buenas intenciones, porque otros, no solo Fidel, pensaban que así iban a crear un hombre nuevo. Pero siempre de esa forma conductista. Los sacamos de la familia, la familia es un concepto burgués, un concepto católico, religioso. Después se fueron viendo las calamidades de eso.

 

Para mí la beca era como una prisión. Hasta tenía unas divisiones étnicas muy claritas. En los albergues de varones habían guapos que eran de un estilo, unos niños más estudiosos que eran de otro. Los más desaventajados en la escuela, allí se desquitaban. Era un momento difícil, era un bulling a lo loco, o sea, donde además tenías que soportar, ser guapo, ser “hombre”. Como en las películas de las prisiones, si te caían a golpes no ibas a dar quejas. Simplemente te quedabas callado y al otro día con un miedo tremendo, hasta que aprendías a fajarte y a robarles también a ellos. Todo era por el lado malo. Aprende a robarle al estado y puedes vivir en Cuba. Todo el mundo roba. Te acostumbrabas a eso. Te metían una galleta, después lo cogías y le metías un palo en la cabeza. Te llevaban a ese terreno de la maldad. Los niños se volvían locos, había depresiones y un nivel de alcoholismo brutal. Había también un nivel de suicidio terrible.

 

En el libro también narras tus experiencias durante el éxodo del Mariel. ¿Cómo justificaban los adultos que te rodeaban los actos de repudio, el hecho de que miles de personas quisieran abandonar el país?

 

En ese momento fue cuando yo me di cuenta que eso andaba muy mal. Porque yo vi en la Marcha del Pueblo Combatiente cómo le tiraban piedras a la gente dentro de la embajada [de Perú]. Gente bailando rumba y gritando “que se vayan”. Después se abrió el Mariel, empezaron los golpes en todos los CDR, en todos los lugares donde se iba alguien, había gente más o menos cruel. Era delincuencia común. Esa maldad la fomentaron, era algo como contra los judíos. A los judíos se les llamaba ratas y en Cuba, a los que se iban les decían gusanos, fíjate cómo deshumanizaban al ser humano. Yo hablo de lo que vi, por eso cuando me dicen ‘su tío fusiló y tal’, yo les digo, no es que no lo crea, pero a otros les toca hablar de eso, yo voy a hablar de lo que yo vi.

 

Fidel ahí es el responsable primero de quitarle el gentilicio a la gente. La cubanía la repartía él y si no le gustabas, no eras considerado cubano. Y ahí en el Mariel, lo veías mucho. Usando al pueblo contra la gente. Yo vi un muchacho que había pasado por un reformatorio, pero con un sentido de justicia inusual, hablarle a los policías de manera muy respetable. Cuando la policía fue a golpear a una familia, el tipo se metió por delante con un machete y no dejó que los tocaran. Eso fue en 1980, en Alamar. En ese edificio se partió en dos algo, la sociedad. Antes de eso, había gente que sentía de verdad el internacionalismo, que iba a Angola porque quería, se sentía orgullosa. Algo se quebró ahí. Después de eso, todo pasó a ser mentira. De los 125.000 que se fueron con el Mariel, 99.9 por ciento habían sido criados por la revolución. Todos eran gente desencantada. Ese fue un gran palo para la Revolución pero Fidel lo transformó en éxito porque al otro día dijo que el nivel de delincuencia había bajado.

 

En tu libro no hablas mucho de Fidel Castro. ¿Tu familia no tenía mucho acceso a él?

 

Al principio sí. Pero después ya no. Mi padre cuando se fue de Cuba dejó claro que quería que viviéramos de una manera asceta, sin ningún privilegio. Me contaron que Fidel cogió un cabreo muy grande con nosotros los Guevara y con muchos exiliados, que se estaban aprovechando demasiado porque todo lo pagaban con crédito en el Habana Libre e iban todos los días al cabaret Turquino a beber. Entonces a mi familia, a mi tía y a mi abuelo, los mandaron a Marianao, y a nosotros a Alamar, y nos habían dejado claro que era porque mi padre quería que nosotros nos criáramos en un barrio obrero y que yo fuese a la beca. Por lo cual yo no le tenía ningún agradecimiento a mi padre porque la beca era una cosa espantosa. Alamar era como una cosa hecha completamente contra todo sentido de la estética.

 

Fidel es un fenómeno muy interesante que habrá que estudiar, igual que mi tío, nunca por las cosas que declaran ellos. Trato de ver las razones más cercanas, en la familia. En el caso de mi tío venía de una familia aristocrática venida a menos y las primeras novias de mi tío eran todas de apellidos fuertes y tenían mucho dinero. La manera en que lo trataron…Y una persona de tanto orgullo, como somos en los Guevara, claro le dio por eso y a Fidel le pasó un poco lo mismo. Cuando un guajirito como él llegó a Belén, la manera en que se burlaban de él, hijo de un gallego, gente de estirpe y de alcurnia…

 

¿Cómo habla tu familia del Che?

 

Mi abuelo, por supuesto, en términos mucho más humanos. Era su hijo. Pero mi abuelo nunca se dejó llevar por la moda revolucionaria que toda la familia se dejó llevar y copió ese lenguaje. A él le gustaba mucho la comodidad de su clase y eso nunca lo perdió. Me contaba cosas de sus antepasados Lynch y los irlandeses que lucharon con los ingleses, y los vascos contra los españoles, y que Ernesto había sacado de esas cosas. Más que ponerlo en términos de política, él lo explicaba como algo de la sangre.

 

Mi tía Celia, que es una de las personas que más quiero y respeto por sus convicciones, era uña y carne con Ernesto. Lo quería muchísimo. Ella nunca ha podido ver las fotos ni las películas de su muerte. Pero nunca habla de él, ni del héroe ni de nada. Ella respeta mucho Cuba, no le puedes hablar mal de Fidel ni nada. No le gustan nada esos presidentes de América, pero ella tiene una lealtad muy grande a lo que hizo su hermano y no lo puede tocar. Sin embargo cuando ha hablado conmigo del hermano, habla del hermano puro, de lo increíble que era.

 

Yo en mi búsqueda de mi tío trato de hacer la división entre cuando conoció la muerte, ya sea porque le mataron gente al lado, le dieron un tiro o cuando él mató por primera vez en la guerra. Yo creo que ahí hubo un cambio. Hasta ese momento era un personaje de viajar, atender leprosos…Después siguió ayudando a los pobres, pero con un poco más de resentimiento contra los ricos, que ese es el ingrediente que no me sirve. Yo creo que hay que ayudar a los pobres pero el resentimiento no hace bien.

 

¿Alguna vez te hablaron de algún tipo de contradicción entre el Che y Fidel?

 

No, él dice que no, porque él confía en Fidel. También es un padre muy leal. Se comió más de ocho años preso. Es como un soldado del hermano mayor. Sigue creyéndolo. Eso no lo puedo entender, ¿qué más necesita?

 

Hay personas que aseguran que cuando Fidel lee la carta de despedida del Che, este estaba todavía en Cuba. Se dice que había conflictos entre ellos sobre cómo dirigir la Revolución.

 

La carta que comentas fue una de las cosas tremendas que le hizo Fidel. Ya había muchas discusiones de él con Fidel, con Carlos Rafael Rodríguez, que quería la alineación total con el partido comunista de la Unión Soviética. Y el Che se planteaba más lo de Tito en Yugoslavia. Pero ya Fidel había decidido por Carlos Rafael que pertenecía al PSP (Partido Socialista Popular), aunque había sido muy desconfiado de todo el partido comunista cubano, menos de Alfredo Guevara que era su amigo personal.

 

No sé si estaba en Cuba o en Checoslovaquia. Lo que si sé es que el Che le dijo a Fidel que la carta era para él, personal, no era para el pueblo de Cuba. Leer esa carta en público significaba que no volvía más. Un tipo con ese orgullo, que ya lo estaban matando en vida, era una sentencia. Después que él muere, los 5 que quedan vivos salen a tiros. Urbano, Benigno, todos salieron a tiros, eso demostró que se podía salir.

 

En el diario que escribe el Che en Bolivia, hay varias referencias a “Manila”, una referencia codificada a Cuba, y él repetía que no llegaba información de allá.

 

Yo creo que él nunca llegó a visualizar la traición de verdad de Fidel; de que la sintió, claro que sí. Encima de eso la tristeza por la muerte de su madre. Mi abuela nunca le ocultó a los demás hijos que el preferido era Ernesto, mucho antes de que fuera el Che. Y ella murió cuando el estaba en esas guerrillas.

 

Yo creo que, y esto ya es especulación, el realmente en un momento se planteó lo de la burocracia en Cuba. Él quería la revolución, y de hecho lo hizo, se fue a lugares, al terreno, pero se fue más bien a morir. Y también creo yo, a purgar las cosas mal hechas. No quiero decir que él habrá pensado “qué mal que hice en La Cabaña”. Pero en algún momento, de eso no se puede sentir orgullo y si lo sintió, muy mal. ¿Entonces todo el mundo tiene derecho por diferencias políticas a eliminar al oponente? Es increíble, porque era un hombre muy culto, y hablaba de filosofía con Sartre y Simone de Beauvoir. Pero tenía un pragmatismo muy radical. Y eso no va con Cuba. Porque Fidel ni baila ni hace chistes, le hacen chistes de los demás pero no de él. Cuba es un país muy especial. No le iba bien una cosa así cerrada como la Unión Soviética.

 

Recientemente la revista Letras Libres publicó una entrevista a Alfredo Guevara en la que este dice algo similar y eso ha escandalizado a mucha gente.

 

Eso es lo que yo siempre pensé. Ese país con esa forma de bailar y sentir la realidad, eso no era el lugar para el realismo socialista. Se pudo medio meter por un tubo pero no aguantó mucho tampoco.

 

Yo creo que uno de los problemas de las revoluciones es que han hablado en nombre de la humanidad en abstracto y no del hombre concreto que tenemos delante. Ese es un tema que aparece en el texto “El hombre y el socialismo en Cuba.” Y el Che fue tomado como un teórico y sus ideas sirvieron para justificar determinadas políticas.

 

Fidel nunca creyó en esas cosas, el Che sí. Cuando el Che hablaba del reconocimiento moral, no material, él se lo creía, porque él quería que se le reconociera moralmente más que materialmente. Él era muy extremista en eso, muy extremista. Él dejó todas las comodidades en Argentina para dedicarse a esto. Todo el mundo de la dirigencia estaba muy contento cuando el Che se fue, se lo habían quitado de encima.

 

Tú mismo cuentas que el Che no quería convertirse en un burócrata aburguesado.

 

Efectivamente. Eso fue para mí fue lo que lo salva, lo que lo retorna a ese tío mío que valoro mucho; el hombre pensador y solitario, un poeta y un romántico que termina él mismo yéndose a su muerte. Para mí, el Che, y lo digo como un elogio, era pésimo para dirigir masas. Era muy bueno dirigiendo un grupo de gente porque decía la verdad, decía “miren, vamos a morirnos”. No era proselitista, si no estabas de acuerdo te bajabas y ya. Fidel era maravilloso, un gran mentiroso, que miente a millones.

 

Hay gente que me pregunta aquí en Miami por los fusilamientos. Yo de eso no puedo hablar. A él lo usó Fidel. El Che no mentía, fue a las Naciones Unidas y dijo que estaban fusilando y que seguirían fusilando. Fidel nunca ha dicho eso, sin embargo fue quien lo mandó a hacer todo eso. Hasta con su amigo [Arnaldo] Ochoa lo mandó a hacer. Yo no hablo de esa época, primero, porque yo no estuve; segundo, porque es mi sangre. Y luego porque en esos años, tanto la izquierda como la derecha, resolvían las cosas con violencia tremenda. No era sólo el Che, no era copyright de él, no. Y por eso no lo toco tanto, pero al decir lo que yo valoro y lo que creo que está mal, ya está claro que eso no entra dentro del paquete.

 

Aleida Guevara, una de las hijas del Ché, lleva una intensa vida política, viaja mucho hablando de su padre, alimentando el mito. Sin embargo, usted ha tomado un rumbo más crítico. ¿Usted sigue en contacto con su familia en Cuba? ¿Cómo tomaron ellos este libro?

 

Obviamente, no solo ellos si no todos, hasta mi padre, no hemos hablado de eso.

 

Yo de los primos y los familiares no hablo nada malo por eso mismo. La manera de diferenciarme de ellos cuando han hablado mal de mí es no hacer lo mismo. No te voy a fusilar porque yo creo que está mal lo que tú hacías, que era matar y fusilar. A diferencia de ellos, yo sí soy tolerante. Aprendí a vivir entre aquellos que no piensan como que yo. No tengo ningún problema que Aliucha (Aleida) sea mi prima y piense como piense. Lo que le exijo es que tampoco tenga problema conmigo y que permita que todos los cubanos piensen como les de la gana y tengan el mismo acceso al poder que tiene ella.

 

El libro, con eso ellos no comulgan, nunca lo van a asimilar. Ernestico fue mi mejor amigo como primo, el hijo menor. La hija mayor del Che, Hildita, que murió de cáncer, también fue una prima querida. Sinceramente, ellos tienen que representar un personaje, cuando te dan una cosa o aquella otra. Muchos me dan la espalda porque tienen que hacerlo. No lo encuentro muy valiente, es verdad, no les daría una medalla por eso. Pero entiendo que tienen que hacerlo. En Cuba hubo una época que se iba tu hermano a Estados Unidos y te ponía en muy mala posición. Te venían a ver para decirte que no le podías escribir y te lo tenías que tragar. No te podías ni cartear con tu hermano. La gente sacrificaba al hermano, a mí me pasa lo mismo. No me lo tomo personal. Tengo derecho pero no lo hago.

 

¿Cómo reaccionó tu familia cuando encontraron los restos del Che?

 

Mi tía Celia y mi padre fueron a Santa Clara. Yo toda esa pantomima no la soporté. Les cuestioné por qué apoyaban eso. Primero que toda la vida hemos sido ateos y ahora te me vienes con un tema del alma, ¡no! Pero que se apropie Fidel, que no le hizo nada de caso… “Como mínimo tendrás que aceptarlo”, le decía a mi tía Celia, “que Fidel no lo ayudó en nada”. Ella dijo que él no podía. El hecho es que no lo ayudó. Lo dejó solo, y Latinoamérica se llenó de guerrillas hechas por Fidel.

 

¿Qué pasa? Occidente valora la juventud, y los tipos que hayan sido fuertes, capaces y que mueren jóvenes. Todo eso lo cogió Fidel, que es más bicho. Cuando el Che murió, Carlos Puebla le cantó, todo el mundo vino a cantar y los intelectuales también. Ojo, Cuba fue quien lo abandonó. Fue muy difícil hacer que la intelectualidad, quitando a Vargas Llosa, se manifestase realmente diciéndole a Fidel, no, tu eres un dictador, me da igual si de izquierda o derecha.

 

Donde único no ven al Che como un mito es en Miami por lo que sabemos. Pero en todos lados es igual, en Hollywood también. Yo hablé con Benicio del Toro cuando estaba haciendo la película del Che y me dijo que admiraba mucho al Che. Yo le contesté: “Benicio cuidado, porque la forma en que mi tío veía a un latinoamericano, en tu caso un puertorriqueño que se va a Estados Unidos a los 15 años para ver si tiene suerte en el básquetbol a buscar dinero, ¡no te la quiero contar!

 

Hoy la gente lo idealiza, se compra la camiseta de él y se fuma un porro… Hay que tener cuidado con lo que se idealiza. Él encarnaba la libertad, la rebeldía, sí, pero de una manera determinada. Cuando se peleó con la Unión Soviética fue porque Nikita (Kruschev) ya le parecía muy flojito y muy corrupto, a él le gustaba Mao. Eso es lo que le hizo pelearse con Fidel y los rusos, porque aquí la traición máxima es la de los rusos, que obligaron a Fidel a no ayudar. Es una idea que tengo, no es una certeza, pero estoy casi convencido por varios datos que me han dado.

 

Uno de los mayores aciertos del libro es tu manera de deconstruir el dilema de la izquierda latinoamericana, esa izquierda que insiste en apoyar el socialismo al estilo cubano, pero siempre desde la comodidad que brinda estar en otro país, con mayor holgura económica

 

Mejor de lo que lo has dicho no se puede decir. No se puede negar. Es la verdad. Y eso te lo dice gente con cinco o seis negocios que puede ir a todos lados y te dicen “¿pero cómo estás en contra de Cuba”. Esos mismos si yo les entregara un carné azul y los mandara para Cuba estarían presos. Porque si quieren hacer negocios, eso es business y les hablo de los años que yo viví, en que no podía tocar un dólar.

 

El modelo de sociedad que a mí me gusta es hacia arriba no prohibamos nada. En cuanto empiezas a prohibir una cosa, es una cadena. Pero el comunista siempre ha sido así, quieren repartir lo de Rockefeller pero cuando ellos tienen que repartir para abajo ya no. Así no vale.

 

¿Cuándo fue la última vez que fuiste a Cuba?

 

Fui hace como seis años porque mi hijo grande tuvo un accidente y estuve como 15 días. Esa vez no fui a Alamar. Yo fui en el 93 y pasé por allí y no había nada. Cuando bajamos en el aeropuerto decía Aeropuerto “os art”, estaban borradas las letras del cartel “José Martí”. En aquella época había “alumbrones”, no apagones. Para mí fue un shock.

 

En la Unión Soviética la gente se iba por los montes Urales con peligro de morir congelados, que se los comiera un lobo o los mataran a balazos los guardias. En Alemania saltaban el muro con un tremendo peligro de que los mataran y en Cuba, la gente prefiere cruzar esas noventa millas con esos tiburones, en vez de reunirse y luchar porque no creen que tendrá ningún resultado. El problema de Cuba no es el hambre. Ahí el problema es “el obstine”, que se convierte en angustia, una locura y un estrés.

 

 

 

Sobrevivientes

Milena Rodríguez / Gutiérrez

23 de julio de 2014

 

SOBREVIVEN los cubanos en la isla en medio del muy caluroso verano de 2014. Sobreviven en medio de enormes carencias. Sobreviven sin aire acondicionado, sin internet, con dinero que no vale. Sobreviven en medio de no se sabe cuál régimen político. Sobreviven en el abandono, sin saber qué pasará mañana ni dónde estarán cuando pase.

 

Llegas a La Habana y te sorprende un aeropuerto vacío, o un aeropuerto lleno de pasajeros solos, que llegan o se van pero a los que nadie espera o despide. Descubres después que quienes esperan y despiden existen, aunque no se ven; están afuera, sin techo, esperando o despidiendo a la intemperie. Nueva orden de quienes mandan. Quien no viaja no tiene derecho a utilizar el aeropuerto. Da igual que llueva, da igual el duro sol del verano. Se acabaron las despedidas y recibimientos familiares. El aeropuerto José Martí es una película de Buñuel. El ángel exterminador. Aeropuerto surrealista. Sólo que en vez de no salir, lo que no se puede es entrar. Está prohibido pisar el aeropuerto si no eres viajero. Quién sabe cuándo cambiará la orden. Nadie sabe cuándo cambian las órdenes en Cuba.

 

En medio del muy caluroso verano de 2014 estrenan Boccaccerías habaneras, película del director Arturo Sotto. Hay largas colas para verla. Al menos el fin de semana. Al menos en el Infanta, único Multicine, donde funciona mejor el sonido, y el aire acondicionado. La película obtuvo el premio Coral del público en el último Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. Y recrea, a través de tres historias adaptadas a la realidad cubana, algunos cuentos de un clásico de la literatura italiana y universal, El Decamerón. En la película, como en la realidad, los cubanos hacen largas colas. En la película, con el fin de contar sus historias a un supuesto escritor con la imaginación agotada que paga por apropiárselas. Las historias de ficción cuentan lo que se vive fuera de ella: la sobrevivencia cubana, tarea casi imposible, ocupación casi única, compensada, en la ficción como en la realidad, con el humor y con el sexo. La primera historia narra los preparativos de una boda habanera, organizada con escasos recursos y grandes limitaciones. En la pantalla, los personajes dicen lo mismo que en la calle: “Antes, en los 80, te daban una caja de cerveza. Ahora, cada cual se compra solo su cerveza, si puede, en medio de muchos que no pueden. Y te la tomas solo. Y te acostumbras”.

 

 

Humillaciones

Eduardo Del Llano

3 de junio de 2014

 

 

El cineasta marxista Eduardo Del Llano narra tres de los innumerables ultrajes que hemos sufrido los cubanos bajo el castrismo

 

 

 Las humillaciones hieren en el alma; son experiencias que uno preferiría borrar de la memoria. Como tal cosa es imposible, las asiento aquí, para exorcizarlas.

 

 

 El 13 de junio de 1993 se estrenó Alicia en el pueblo de Maravillas, que estuvo cuatro días en cartelera. En diciembre la película no pasó en el Festival, pero un buen número de periodistas curiosos intentó entrevistar a Daniel y a todos los que tuvimos que ver con ella. Un día nos reunimos en el Hotel Nacional con reporteros y delegados para hablar del tema. Yo desfallecía de hambre: todo el mundo estaba mal alimentado en 1993, pero yo además soy alérgico al huevo, el gran salvavidas. Un profesor universitario norteamericano en particular me hizo muchas preguntas; parecía un tipo simpático, congenió conmigo, así que al terminar la improvisada rueda de prensa –a las tres de la tarde– le pedí que me comprara un sándwich en la cafetería. Lo hizo, desde luego, pero no voy a olvidar la mirada que me lanzó al entregármelo. Jamás volví a hacer una cosa parecida, pero no juzgo a quien haya necesitado hacerlo con frecuencia.

 

 

 En 1998 la mamá de mi hija mayor se realizó una interrupción de embarazo cuya secuela casi inmediata fue una infección preocupante. El ungüento que detenía el proceso y curaba las heridas venía en diminutos pomitos que costaban veintitrés dólares cincuenta; yo –a diferencia de muchos necesitados– pude reunir el dinero, así que fui a la farmacia del Cira García… para enterarme de que se vendía sólo a extranjeros. Le supliqué al empleado, que al final me dijo: “mira, sal a la calle y habla con el primer extranjero que pase, explícale tu situación y pídele que te lo compre”. Lo hice: en la esquina abordé al primer tipo con aspecto foráneo… que resultó ser un cubano de Miami. El tipo, amablemente, me compró la medicina. Un detalle importante: el ungüento era producido en Cuba.

 

 

 Dejo para el final la peor de todas; aunque no es una experiencia personal, ocurrió exactamente como la cuento. Attilio es un amigo italiano –de izquierda, por más señas– que en una época, por razones de trabajo, venía con frecuencia a Cuba. En una ocasión invitó a cierto cayo turístico a dos amigos cubanos, un pintor y una sicóloga, negros ambos. A la hora de embarcar en el bote que los conduciría a destino, el custodio no dejó pasar a los cubanos: explicó que era lo establecido, que no se trataba de un capricho suyo, y que no. Cualquiera hubiera optado ahí por dos soluciones opuestas, ambas muy socorridas: tomar por el cuello al guardián y cagarse en el gobierno, o retirarse con el rabo entre las piernas. Attilio no hizo una cosa ni otra: improvisó y le dijo al tipo que comprendía perfectamente, pero que necesitaba hacerle aún una pregunta; en Cuba, contó, andaba siempre con dos perros pastores alemanes para su protección personal; no los traía hoy porque no venía directamente de su casa, pero, añadió, era probable que en unos días volviera al cayo, y quería saber si podía tomar la embarcación con los animales. Sonriente, el custodio le dijo que eso sí, que los dos perros podrían pasar sin ningún problema.

 

 

El eterno desfile de mi vida

Wendy Guerra

1 de mayo de 2014

 

Esta mañana recibí un comentario desde Miami. Era mi amigo el periodista Wilfredo Cancio Isla que me enviaba señales desde la otra orilla: “Que te mejores!!! Mucha suerte y mucha salud, y a coger tranquila el Primero de Mayo. No te vayas a excitar en el desfile”.

 

Una broma. Los cubanos bromeamos con lo que nos duele o nos molesta, ésa es nuestra salvación o nuestra perdición; retozamos con todo ese lenguaje, con la nomenclatura socialista que empleamos desde hace cinco décadas, sobre todo aquellos que trabajamos en medios oficiales como la prensa y la televisión, los llamados ‘medios de difusión masivos’. Esos que elijen los adjetivos para construir un universo alegórico impenetrable que sólo entendemos nosotros-entre nosotros y contra nosotros-.

 

Hoy es Primero de mayo y ese día siempre hay un desfile frente a la Plaza de la Revolución.

 

¿Por qué desde que salí de la secundaria básica nunca volví a los desfiles? Por qué desde que pude -más o menos- decidir mi vida, y a pesar de trabajar por años en la televisión cubana, no accedí a presentarme en aquella plaza, la destinada a la batalla de ideas a “llevar el mensaje” a los niños para los que hacía mi programa diariamente.

 

Mi opinión involucra el respeto por la integridad de los niños, el derecho de esos niños a determinar su vocación y/o intereses políticos sólo en la mayoría de edad. No sólo en Cuba, en muchas partes del mundo los políticos ponen a los niños a leer y a recitar, a llorar o a figurar en tribunas incomprensibles para aquellos que mañana no les perdonarán ese gesto de sus padres. ¿Estarán de acuerdo esos niños en haber sido usados en una u otra causa?

 

Universos de disímiles comunicados, poemas, banderas, desfiles y canciones políticas hemos atravesado los Pioneros en nuestra infancia. Ya sé que algunos cubanos que abandonan la isla niegan haber desfilado o haber figurado en actos de repudio o en simples desfiles, pero la verdad es que en estos años todos hemos atravesado juntos, entre bromas y comentarios, desmayos y sudores, el pelotón de banderas y cabezas que transcurren bajo la brava dictadura del sol, ése que cocina los cuerpos y hasta las ideas.

 

Querido Wilfredo: No puedo desfilar en el Día de los Trabajadores porque el sindicato aquí no responde sólo a los trabajadores, como todos saben. Cada una de las asociaciones ¿independientes? responden al Estado y sus decisiones se determinan a otros niveles. Por mucho que yo desfile, mi gesto no cambiará un ápice las necesidades de los trabajadores.  

 

No puedo desfilar porque recuerdo a mi madre antes del amanecer, justo en la madrugada, encerrada conmigo en el cuarto, la casa totalmente cerrada, la radio apagada, haciendo pensar a los vecinos que ella estaba desfilando con el grupo de la emisora de radio. Porque recuerdo los desfiles en los que saludamos a Erich Honecker o a cualquiera de aquellos supuestos símbolos del llamado Campo Socialista, aquellos que luego supimos fueron lamentables verdugos de sus pueblos.

 

Estoy cansada del largo desfile. No sé a dónde va la fila interminable de preguntas sin respuestas, de reclamos silenciosos, pero a dónde vamos nosotros al final de esa larga acción plástica e intervención pública de un concepto antiguo. El suelo de la plaza es una obra de René Francisco, mixtura de colores, comida y recuerdos de una ciudad que ahora retoza, e intenta, coquetea con parecerse a lo que fuimos.

 

Recuerdo la plaza en blanco y negro, con uniformes y ropa de trabajo. Recuerdo el Noticiero ICAIC Latinoamericano trasmitiendo el sentimiento colectivo, pues al inicio de este tiempo miles de cubanos querían decirle al mundo su vivencia... Y yo recuerdo: “Hoy mi deber era cantarle a la patria, alzar la bandera, sumarme a la plaza. Hoy era un momento más bien optimista, un renacimiento, un sol de conquista. Pero tú me faltas hace tantos días, que quiero y no puedo tener alegrías”.  Recuerdo: “Lo que yo siento quisiera decirlo un día de julio en medio de la plaza, decir tu nombre por los altavoces, sentirlo rebotar de casa en casa”. Luego lo espontáneo se volvió obligatorio y en ese punto aniquilamos la fe para convertirlo en la simulación de un acto de fe.

 

Queda también aquel fragmento de ‘La insoportable levedad del ser’, aquel donde Sabina (personaje de una checa en el exilio) intenta explicarle a Frank (su amante suizo) pormenorizadamente por qué no debe entrar en La Gran Marcha. Un hombre como él  no conoce el poder de la masa cuando puede aplastarte, anularte, asfixiarte... y así murió Franz, anulado por la desconocida masa. Aplastado por la marea anónima, aquella tan lejana al pensamiento de un suizo.

 

No, no seré una cabeza más, un número más en medio de la plaza. Hoy mi deber es desfilar en primera persona, desde mi experiencia, contar la verdad de muchos que siguen en sus casas, desfilando en una plaza personal, una plaza que habla del hombre y no de “ese grupo que avanza silencioso”. Hoy desfilar... ¿hacia dónde?


 

No hay nada que celebrar

Miriam Celaya

30 de abril de 2014

 

Hasta Karl Marx se sorprendería del único desfile de trabajadores esclavos

 

Desde todos los medios de prensa oficiales arrecia la fanfarria convocando a la “gran movilización del pueblo unido que acontecerá en plazas y avenidas” este 1ro de Mayo. Címbalos y trompetas se congratulan con los clamorosos beneficios alcanzados por la clase trabajadora cubana.

 

Entre las actividades colaterales que se anticipan a “la fiesta” se realizó una deslucida celebración del 144 aniversario del natalicio de Lenin, en la colina que lleva su nombre en el municipio capitalino de Regla, mientras a lo largo de la semana han llovido los actos de entrega de condecoraciones y certificados a dirigentes sindicales. Este año habrá “un desfile superior”, debido a que durante el acto de clausura del XX Congreso de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), el General-Presidente convocó a “hacer temblar la tierra”.

 

¡Y en verdad es impresionante la cantidad de peso que aguanta esta tierra! La realidad cubana es cada vez más incoherente. Solo en Cuba es posible celebrar un congreso sindical sin que existan sindicatos o premiar a los dirigentes de una organización cuyos aportes más destacados en los últimos tiempos consisten en haber anunciado y apoyado –como si de un avance se tratara– el plan gubernamental de despidos para sacar de sus puestos al 25% de la fuerza laboral del país; aprobar impávidos y sin sonrojos un Código Laboral propuesto por el máximo explotador de la clase trabajadora el pasado 20 de diciembre, aún no publicado; y convocar a una marcha de trabajadores para apoyar al mismo sistema político que los despoja de derechos tan elementales como la participación libre en las transformaciones económicas que se están fraguando desde las oficinas de la cúpula verde olivo, es decir, a espaldas de esos trabajadores.

 

Pero el señor Luis Manuel Castañedo, secretario general de la CTC, anunció esta semana en la capital que éste será “un desfile combativo, masivo, disciplinado y compacto” para “respaldar el socialismo, la unidad en torno a la dirección histórica de la revolución, la implementación de los Lineamientos y el apoyo a la liberación de los Héroes antiterroristas que permanecen injustamente encarcelados en Estados Unidos”.

 

Así, con todo mezclado como en un ajiaco, recitó de un tirón su puñado de frases manidas y huecas, carentes absolutamente del menor significado para la mayoría de los que marcharán, y probablemente para él mismo.

 

Así, por el breve tiempo en que dure el paso por la Plaza Cívica, los cubanos marchantes pospondrán todas las actividades ilícitas como robo al Estado, contrabando, receptación, corrupción administrativa, etc., para pasar tan obedientes como simuladores ante el monumento de “la raspadura”, justo ante la estatua de ese cubano mayor que nunca estuvo sindicalizado y que, por demás, rechazaba el socialismo por considerarlo “la esclavitud futura”. No es posible concebir mayor dislate e hipocresía.

 

Por las dudas, y habida cuenta que los despidos, las “deserciones” y la emigración constante han diezmado las filas de los siempre heroicos trabajadores cubanos, la CTC se asegurará de que también asistan los CDR, la FMC, la Asociación de Combatientes, los estudiantes y la UJC. Hace falta rellenar en lo posible los evidentes claros que se han estado abriendo últimamente en las filas de los fieles durante las procesiones.

 

Cuando, finalmente, el próximo jueves se consume la pantomima tumultuaria, nadie estará muy seguro de qué estará celebrando en realidad “la clase trabajadora”: el cierre de tantas industrias y plazas laborales, el aumento de los impuestos, la insuficiencia de los salarios, los incumplimientos de la zafra azucarera y de los planes agropecuarios, los aumentos de los precios en los mercados, la negación del derecho de libre contratación, u otro de tantos similares logros que han llegado de la mano de los Lineamientos, fruto cimero del tardo-castrismo. Da igual, de lo que se trata es de una cuestión de pura forma y no de contenido; no necesariamente de ser, sino de aparentar. No señalarse.

 

Si no fuera tan triste sería risible. Lo más probable es que hasta el mismísimo Karl Marx se sorprendería si pudiera ser testigo del único desfile de trabajadores realizado en condiciones de esclavitud. Y conste que sin necesidad de latigazos ni mayorales. Dicen algunos granujas, de esos que siempre andan de guasa, que el General-Presidente tiene una carta escondida para garantizar la asistencia: al que complete el circuito del desfile se le estimulará con un vaso de leche. ¡Acabáramos!

 

 

Un Primero de Mayo por dentro

Eliécer Ávila

29 de abril de 2014

 

Un desfile por el Primero de Mayo en La Habana

 

En pocos lugares se viven tan intensamente las grandes movilizaciones como en las universidades. La Universidad de Ciencias Informáticas (UCI), por ser un caso “especial” dada su relevancia “estratégica”, se convierte en un hervidero desde muchos días antes de la fecha.

 

El primero de mayo, nada puede quedar mal en el desfile, los “máximos líderes” de la revolución estarán observando y también los invitados extranjeros. Además la prensa internacional aprovechará cada detalle negativo para “desacreditar la imagen de nuestro pueblo”. Por tanto, está prohibido sentarse a descansar una vez que comience el desfile, usar símbolos que puedan asociarse al enemigo, salir del bloque que le corresponde a cada facultad, vestirse de un color ajeno al que nos identifica y un largo etcétera que uno termina aprendiendo de memoria…

 

Como batallones militares, día tras día en las últimas dos semanas, cada brigada de la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU) ensaya su papel en el desfile. Bajo el sol en los días y bajo luces gigantescas en las noches, miles de estudiantes aprendimos a conformar bloques compactos y uniformes, tomar distancias y hacer cordones de seguridad.

 

Un grupo especialmente selecto se encarga de cubrir los flancos, de velar porque ningún “apátrida” vulnere los anillos y atente contra el desfile en territorio UCI. Otro grupo portará megáfonos para —como directores de orquesta— indicar el momento oportuno de decir las consignas asignadas por el Consejo de Estado en el cierre de la marcha.

 

Algunas consignas reiteradas en los últimos catorce años han sido: “los jóvenes no fallarán”, “seguiremos fieles a nuestra historia”, “por la revolución todo”, y bueno, entre col y col se puede lubricar con tres o cuatro clásicos —”viva Fidel”, “viva Raúl”— que, como los Avemarías, siempre funcionan.

 

Hace unos años, cuando “la UCI era la UCI” —como solemos decir los mayorcitos— siempre daban pulóveres, un gancho perfecto para que nadie se ausentara. Muchos compañeros de estudio, en algún punto de la carrera, solo contaban con estas prendas como ropa en su armario, incluso para salir a una fiesta.

 

Veinticuatro horas antes del momento tan esperado, las calles internas y los parqueos de la universidad comienzan a llenarse de ómnibus de todos tipos y colores. Quien ve tantos juntos no puede imaginarse que existan en La Habana problemas con el transporte, ni con el combustible.

 

La comida, que no es sorpresa para nadie que se acabe, se retrase o esté horrible, esa tarde es un lujo.

 

Esa noche, por lo general, nadie duerme. Las congas, la música, las discusiones de deportes, y “dar cuero” en los balcones, entretienen lo suficiente hasta escuchar la indicación de subir a las guaguas, identificadas con códigos para que cada cual encuentre la suya.

 

El viaje hasta el punto de desembarco se hace usualmente de madrugada. Una interminable caravana atraviesa las calles habaneras, escoltada por motos de policía que intentan despejar el camino con una destreza y velocidad que provoca mirar por el cristal todo el tiempo.

 

De esta forma, 10.000 estudiantes y casi 3.000 trabajadores, armados con su jabita de merienda y agua, llegan al punto de encuentro donde otras decenas de miles siguen llegando toda la noche, militares de todas clases, estudiantes de enseñanza artística, de enfermería… En fin, un rosario interminable de curvas, rostros, miradas, sonrisas pícaras, intercambios de teléfonos, pellizcos de las novias y experiencias inesperadas matizan el torbellino humano que rompe por completo la monotonía del algebra, el C++ y los vericuetos del free software.

 

A pesar del cansancio y de la trasnochada, el desfile es una fiesta. El único momento que importa de verdad dura menos de un minuto. Es cuando se pasa por delante de la tribuna en los altos de la Plaza de la Revolución. Así que, mientras tanto, vale reírse como un demente de cualquier cosa posible, da lo mismo lo feo que es fulanito, lo chivatico que es menganito que no se despega de la decana…

 

Se acerca el momento cero, las voces de los locutores de televisión que arengan sin pausa se hacen más nítida y a lo lejos ya se distingue un puntico verde con sobrero entre varias guayaberas blancas en lo alto de la plaza. “¡Es Raúl, hacia ahí hay que enfocar!” Nuestros propios arengadores, casi sin voz por el esfuerzo, intentan sacar sus últimas energías para hacernos vibrar a una sola voz. Todos hemos cogido el papelito del bolsillo y releemos las consignas fundamentales para no equivocarnos, es importante que el coro quede perfecto.

 

“¡Levanten esas banderas!”, “¡Es la UCI compatriotas!”. “¡Un cierre espectacular!”

 

Entre los gritos y el sol que nos encandila cuando miramos a lo alto, pasan unos segundos y ya estamos fuera del foco. Solo hemos podido ver un grupito distante de galones y estrellas que alza la mano en gesto de saludo, como premio a un esfuerzo increíble que acaba en un pestañazo.

 

Sobrepasada la avenida Boyeros, entre la Biblioteca Nacional y el MINFAR, ya nada importa. Una estampida desordenada intentará subirse en la guagua que pueda y llegar a la cama para recuperar el aliento. Aún pasarán horas para que eso sea posible.

 

La misión está cumplida, nuestro agradecimiento eterno por ir a una universidad de excelencia sin merecerlo, quedó patentado. Los líderes supremos tienen lo que querían, nuestra muchedumbre ha sido captada por miles de cámaras y esas gloriosas imágenes darán la vuelta al mundo legitimando todo, absolutamente todo lo que se necesite legitimar. Todo ha sido acatado, todo ha sido ratificado, todo ha sido aceptado. No importa lo que creamos cada uno de nosotros individualmente sobre cada tema. La masa ha hablado —¡y con qué fuerza!— en nombre del país.

 

Pero solo unos pocos saben el sentido profundo de estos actos. La inmensa mayoría es totalmente ajena a las jugadas de inteligencia. No se imaginan cuánto tiene que ver ese desfile con los precios de la cebolla o los frijoles en el mercado, con la falta de internet, con los salarios, el transporte, la burocracia, la vida en cada rincón de la Isla. Ni siquiera saben cuánto les cuesta a su propio bolsillo este espectáculo millonario.

 

A veces, cuanto más huyes de la política, cuanto más te escondes en la cotidianidad, cuanto más lejos quieres estar de los conflictos y más despreocupado quieres vivir, es precisamente cuando más víctima eres de quienes organizan minuciosamente tu agenda invisible, para hacerte protagonista, activo y constante, de sus propios intereses.

 

Luego del desfile, la realidad cotidiana sigue igual, el pueblo gana un buen cansancio y algo de distracciones, y el Gobierno se queda con cientos de decisiones firmadas, para el presente y para el futuro, por la obediencia y la apatía, típicas del hombre nuevo.

 

Si la gente se imaginara la gran oportunidad que se pierde…

 

 

El Primero de Mayo en Cuba,

un «performance» que no convence a nadie

Marlene Azor Hernández

28 de abril de 2014

 

Los trabajadores son rehenes de “la nomenklatura”

 

¿Cómo entender las grandes movilizaciones masivas que se produjeron durante años en todos los países del ex “socialismo real” y en la Cuba de hoy?

 

Para los gobiernos de estos países, sus funcionarios, algunos de sus intelectuales orgánicos y amigos extranjeros estas movilizaciones en las grandes plazas centrales de sus ciudades incluyendo desfiles militares, eran y son hoy, la muestra de la fortaleza y legitimidad del régimen político. Una mirada desde los trabajadores, explicaría que su presencia es sólo el performance frente al poder de lo que se espera de ellos, so pena de sufrir algún tipo de represalias, o el precio a pagar por tener una vida privada con mayor libertad de acción.

 

En el 40 Aniversario de la RDA, el 7 de octubre de 1989, la parada militar y civil en Berlín ocurrió como siempre, con un apoyo popular masivo. Un mes después, el 9 de noviembre se derrumbó el Muro de Berlín por esos mismos ciudadanos, —armados de mandarrias—, que aplaudían un mes antes al presidente en funciones. Las estrategias de resistencia popular frente a gobiernos totalitarios, parecen ser pensadas desde la sobrevivencia.

 

Seguramente este primero de mayo, algunos irán con pancartas “sospechosas” para la seguridad del Estado para pedir un “socialismo verdadero” y no la farsa gubernamental, pero estos serán solo unos pocos. El grueso de los trabajadores movilizados lo harán para evitar represalias de distintos tipos o sencillamente para no “marcarse” frente a un poder que los encuadra como “súbditos” y no los respeta como ciudadanos.

 

Vicente Bloch descubre un mecanismo de control social muy eficaz que se verifica a nivel masivo en la medida en que las precarias condiciones económicas[1] obligan a la inmensa mayoría de la población cubana a vivir en la ilegalidad, lo cual les genera una vulnerabilidad adicional frente al poder que les incita a la simulación política y a la conformidad pública[2].

 

Frente a la precariedad de vivir en la ilegalidad, la población muestra conformidad política como un escudo para ahorrarse problemas complementarios en una cotidianidad que le roba todo su tiempo en la reproducción simple de sus vidas. Así, se ha socializado una manera de hacer política que incita a la sumisión y a desentenderse de la política como posición menos riesgosa en la vida cotidiana[3].

 

En realidad, no hay nada que festejar este primero de mayo para los trabajadores cubanos. Un nuevo Código de trabajo fantasma con un reglamento no publicado, una canasta básica cada vez más inaccesible, la prohibición de la iniciativa económica para los nacionales, —con la nueva ley de inversión extranjera— la ausencia del derecho de huelga, la prohibición de sindicatos libres, y los nuevos parásitos estatales, —las agencias empleadoras— que se interponen en el derecho de libre contratación de los trabajadores. Un paisaje desolador y sin señales de cambios positivos.

 

Si la élite política cubana necesita cada año, verse en el “espejo” del apoyo simbólico de las mayorías, el resto de la nomenklatura corre para mantener sus puestos.

 

La Central de Trabajadores de Cuba en el corre, ve y dile

 

Hace un mes la dirección nacional de la CTC, decidió por los trabajadores del país la consigna que deben llevar en las pancartas los trabajadores el primero de mayo: “Unión y eficiencia”, una consigna que refleja el mandato del gobierno a los trabajadores: nada de las demandas salariales de los trabajadores que salieron abrumadoramente en el proceso de preparación del “Congreso obrero” ni de sus derechos esquilmados, sino unidad con el gobierno y producir más con precarios salarios. En realidad el gobierno y la CTC, siguen pensando que los trabajadores cubanos son idiotas.

 

Detrás de “la fiesta” de los trabajadores, encontramos todas las maniobras de control social e intimidación para lograr al menos la vista aérea de una masa compacta en los primeros momentos del desfile. La CTC nacional, provincial y municipal, anda “acuartelada” desde hace más de un mes para garantizar la imagen aérea que se publicará en Granma al día siguiente. Para ello necesitan que la dirección sindical de cada centro de trabajo, enliste a sus trabajadores y comiencen el proceso de presión de pasar lista en la Plaza de la Revolución. Un proceso de intimidación que incluye “castigos” con los “incentivos” al final del mes o del trimestre, con las posibilidades de no ser más “idóneo” —ahora que se reconocen las plantillas infladas— o sencillamente con alguna sanción por el partido, si se es miembro del único existente, pertenencia que garantiza movilidad social o al menos no caer más bajo en la escala social. Puro clientelismo político.

 

Pero la CTC nacional y sus sucursales por todo el país tienen que garantizar la presencia multitudinaria al precio que sea, aunque sólo sea para la foto aérea del inicio del desfile. De lo contrario, pierden su puesto de trabajo como funcionarios pagados por el gobierno. De manera tal, que “la fiesta”, perdón, el desfile, exige garantizar transporte público para desplazar a los trabajadores y la gasolina, coordinaciones a todos los niveles, alguna merienda si la transportación es por ejemplo a las cinco de la madrugada, horas de reuniones a todos los niveles para que salga la movilización y quiénes van primero y quiénes después en el desfile, como resultado de la “emulación socialista” —algo que tiene sentido sólo para los funcionarios sindicales— y todos estos recursos y energías para que la élite se regale la imagen simbólica de la adhesión multitudinaria, en un gesto narcisista que exige demasiados gastos para el quebradero de cabeza que es la economía cubana hoy.

 

Tendremos la foto aérea del desfile del primero de mayo en la capital y en las cabeceras de provincia, pero este gesto narcisista que tanto necesita el poder y tanto cuesta al país, será leído en esas claves de los trabajadores: puro performance simbólico vacío de contenido y pleno de sonrisas, para ver si nos dejan más tranquilos el resto del año… a ver cuando podemos derrumbar definitivamente nuestro Muro de Berlín.

 

[1] El salario real en 2013, ha podido recuperar su poder de compra en un 27 % con relación a su capacidad en 1989.

[2] Vicent Bloch “Genèse d´un pouvoir totalitaire: le cas de Cuba” revue Communisme, n385/86, 2006 p. 85-115.

[3] Ver el artículo de Augusto César San Martín, “Cierta mordaza allende los mares” en la edición del 26 de marzo 2013 en http://www.cubanet.org/. El periodista intenta entrevistar a cubanos que viven en EEUU y encuentra la negativa a referirse a temas políticos en una autocensura igual a la que mantenían dentro del país porque quieren regresar “sin problemas” a Cuba e incluso quieren invertir en el país cuando se les permita.

 

 

Primero de Mayo en Cuba para celebrar más explotación

Eugenio Yánez

24 de abril de 2014

 

El régimen, como siempre, contra los trabajadores

 

Una vez más, la dictadura cubana contra la clase obrera, con el silencio cómplice de los sindicatos oficialistas. Ahora con relación al pago a los trabajadores en las empresas que se creen en la Zona de Desarrollo Especial de El Mariel (ZDEM).

 

Se mantiene la contratación de trabajadores a través de una “entidad empleadora” estatal y no mediante relación directa inversionista-empleados. Así es desde hace muchos años, dispositivo para esquilmar trabajadores; el Estado cobra de los inversionistas en moneda fuerte y paga a los cubanos en devaluada moneda nacional y con tarifas salariales locales. Ahora, según anuncios edulcorados, lo haría no para buscar ganancias, sino como función “facilitadora”, que incluye pactar el salario de los trabajadores con los empresarios.

 

Facilitación innecesaria, pues en todas partes los trabajadores negocian con empleadores sin necesidad de una estructura burocrática y parasitaria de por medio, y que en el caso cubano, además de no apoyar a los trabajadores, incrementa costos y establece procesos discriminatorios y excluyentes contra ellos, a través del concepto de “idoneidad”, en la práctica un control político de la fuerza de trabajo “autorizada” a prestar servicios a inversionistas extranjeros. El mismo mecanismo que empleaban los racistas surafricanos en tiempos del apartheid para contratar trabajadores en Namibia.

 

El costo de tal actividad “facilitadora” ascenderá al 20 % del salario de cada trabajador. Así que la quinta parte de lo que gane cada uno en la ZDEM es para mantener burócratas y represores políticos que serán los facilitadores más caros del planeta. Si no existieran harían más sencilla la contratación de empleados por los inversionistas y permitirían al trabajador recibir su salario sin descuentos para sustentar vividores.

 

Los trabajadores recibirán su pago mensual en pesos cubanos (CUP), a una tasa arbitraria de 10 pesos cubanos (CUP) por cada peso convertible (CUC), cuando el cambio oficial es de 25 CUP por cada CUC. Es decir, los cubanos recibirían de la “entidad empleadora”, con esa tasa de cambio, un 40 % de lo que les corresponde.

 

Con pesos cubanos, hay pocas opciones: una parte fundamental de alimentos, vestuario, calzado, artículos de higiene y aseo, materiales de construcción y reparación, y hasta de medicamentos y transporte, debe obtenerlos en pesos convertibles en tiendas del Estado que venden en esa moneda. Entonces, se necesitan 25 pesos cubanos por cada peso convertible del precio del producto en las tiendas estatales, o comprar CUC en las Casas de Cambio estatales (CADECA) a razón de 25 pesos cubanos por CUC.

 

Para explicar esta “lógica” totalitaria, veamos un ejemplo concreto de cómo serían los números con este atraco a mano armada diseñado por el gobierno “revolucionario”:

 

La “entidad empleadora” negocia el salario de los trabajadores con los empresarios. El sindicato oficialista es simple adorno, ni pinta ni da color. Supongamos que se pacta un salario mensual de 600 pesos convertibles (CUC) para un mecánico de mantenimiento. No importa ahora si ese es el salario apropiado o no, simplemente tomemos esa cifra como ejemplo.

 

La “entidad empleadora” estatal se apropia de 120 CUC (20 %) como gasto de operación, quedando para el mecánico 480 CUC. En una CADECA 480 CUC equivalen a 11.520 pesos cubanos al precio de venta de 24 CUP por cada CUC. Pero el Estado “proletario” despluma 6.720 pesos cubanos al obrero con la tasa de cambio de 10 CUP por 1 CUC, y le paga solamente 4.800, gracias a la revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes.

 

Además, el trabajador debe pagar impuestos por el salario que recibe, como sucede en todas partes. Para un salario de 600 CUC, si los impuestos fueran del 10 % -podría ser mucho más- el obrero pagaría 60 CUC, ó 1.500 pesos cubanos (CUP). Entonces, de los 4.800 CUP que cobra, le quedarían 3.300 después de pagar sus impuestos.

 

3.300 pesos cubanos en una CADECA estatal cubana permiten comprar 132 pesos convertibles (CUC). De manera que de un salario inicial de 600 CUC el trabajador cubano recibiría solamente el 22 %, y el 78 % irá para el Estado “socialista” y sus burócratas, represores y vividores, con la complicidad de los sindicatos, parásitos también ellos mismos. ¿Es eso lo que celebrarán los trabajadores cubanos este Primero de Mayo?

 

Digan lo que quieran decir los sicarios verbales del régimen por estos foros, esa es la realidad: más o menos la quinta parte del salario para el trabajador, casi cuatro quintas partes para el Estado “de los trabajadores”. Y quienes laboren en la Zona de Desarrollo Especial de Mariel serán privilegiados comparados con el resto de los cubanos de a pie. Si eso no es explotación, plusvalía o plustrabajo, ¿qué es y cómo se llama?

 

Papá-Estado se siente con derecho a esquilmar y estafar a los cubanos y a la vez decir que los subsidia, pero son los cubanos quienes subsidian a los parásitos en el poder.

 

¿Recuerdan lo que se canta en La Internacional? “Agrupémonos todos/en la lucha final/la Tierra será el paraíso/bello de la humanidad”.

 

¡Solavaya!

 


‘Gusano’: por una convivencia civilizada

con quienes piensan distinto

Yusimí Rodríguez López

5 de abril de 2014

 

Contra el optimismo ante los cambios implementados por el régimen, el documental de Estado de Sats muestra lo que no cambia: mano dura contra quien piense distinto.

 

Ante la avalancha de negocios privados y prósperos que inundan el país es inevitable la sensación de que Cuba avanza, cambia. Y es cierto, 10 o 15 años atrás resultaba impensable que habría tantos establecimientos gastronómicos cuyos propietarios serían cubanos, cuya categoría podía competir y sacar ventaja a los de propiedad estatal, y cuyos comensales serían sobre todo nacionales.

 

Quién iba a pensar hace unos años que habría salas de navegación en el país y que, a pesar de los precios, habría largas colas de cubanos para entrar. Quién iba a pensar que los cubanos podrían comprar y vender sus casas, sus carros y hasta… viajar fuera del país, sin solicitar permiso para hacerlo. Sí, el país cambia, ¿pero prospera?

 

Justo en esos momentos cercanos al regocijo chocamos con uno de esos documentales incompatibles con las pantallas del cine o la televisión oficial, no para recordarnos los actos de repudio y la violencia sufrida por quienes abandonaron el país en las décadas épicas de la Revolución, como parece ser el propósito de Gusano según sus primeras imágenes, sino para echarnos en cara que todo eso está sucediendo ahora mismo.

 

Gusano no es un documental realizado por extranjeros ni por cubanos testigos accidentales o deliberados de un capítulo de la represión en el país, sino por quienes la padecen. Prácticamente atrincherados, los integrantes del equipo de Estado de Sats se las arreglan para mostrar lo sucedido justo en la entrada de la casa de Antonio Rodiles, sede de Estado de Sats, los días 10 y 11 de diciembre del 2013, cuando se celebraba a nivel mundial el Día de los Derechos Humanos, y que nuestra prensa oficial prefirió ignorar.

 

Si el filme se limitara a mostrar el acto, no de repudio sino “cultural”, para el que fue movilizada la policía, además de los estudiantes llevados allí para protagonizar la actividad, y las detenciones arbitrarias de que fueron víctimas Antonio Rodiles, Walfrido López y Kizzy Macías, no duraría quizás más de diez minutos, ni pasaría de ser un reportajito sobre un suceso aislado, que ni siquiera es el peor episodio de la represión en Cuba ahora mismo.

 

Los hechos, además, no son nuevos para quienes cuentan con acceso a internet o a un correo electrónico donde recibir boletines de la prensa independiente. Fue esa prensa la que llenó el vacío dejado por la prensa oficial. Pero incluso muchos sin acceso a internet, supieron algo de lo ocurrido por Radio Bemba. Por tanto, este Gusano (palabra que desde los inicios de la Revolución ha designado a quienes no son partidarios del régimen) no podía simplemente arrastrarse por la superficie del asunto, sino arrastrarse por la historia y mostrar la represión en Cuba después de 1959.

 

Nuevos repudiadores y la misma intransigencia

 

Los entrevistados en el material viven en Cuba y han sido testigos de la represión o la han sufrido en carne propia, pero no aprovechan esta oportunidad de estar frente a las cámaras solo para narrar sus experiencias. Los reprimidos, como nos recuerda el escritor Rafael Alcides, ya no son los que quieren irse, sino los que se quedan. No podía faltar en este documental el fragmento de aquel discurso donde el eterno líder afirma que “aquellos que no tengan un corazón que se adapte a la idea de una Revolución… no los queremos, no los necesitamos”.  Ahora, esos que no necesitábamos mantienen el país en pie con los envíos de dinero, aclara Alcides.

 

Aunque los repudiadores de antaño han sido reemplazados por una nueva generación dispuesta a quedarse ronca gritando consignas y oprobios, y a golpear si es necesario, sus lemas permanecen inmóviles y enmohecidos. A estas alturas, la gente vitorea a Fidel Castro, cuando no solo dejó de ser el presidente del país, sino cuando además su hermano y presidente actual ha revertido casi todo lo hecho por el eterno líder (sin reconocer sus errores garrafales en la dirección del país).

 

La autoridad moral de Fidel Castro, según un repudiador de nueva generación que perdió la voz durante el acto de repudio a Estado de Sats, se debe a que asaltó el Moncada, vino en el Granma y peleó en la Sierra Maestra. En otras palabras, su capacidad para hacer la guerra, para lograr sus objetivos por medios violentos. Y para engendrarla con sus discursos.

 

Cuando una ve a los cubanos repudiar a sus compatriotas por querer abandonar el país, se pregunta cómo lograban cultivar tanto odio. El exiliado hijo del general Ramiro Valdés dijo en una entrevista que nadie fue obligado a participar en esos actos, que algo análogo debían tener en su interior. Aún si no los alentó, el Gobierno permitió que esas personas actuaran con absoluta impunidad; nadie fue preso ni pagó multas por desorden público, apedrear casas, gritar insultos, agredir físicamente. En el documental, el militar retirado Fernando Dámaso cuenta de un grupo de personas a las que el Partido había orientado salir a dar golpes a quienes querían irse. Sin embargo, nada nos garantiza que sea cierto, porque cualquiera que desee desprestigiar a la Revolución cubana afirmará cosas de esa índole y peores. Pero resulta más difícil creer que quienes tomaban parte en esos actos se organizaran de forma espontánea, que llegaran a los lugares de los hechos, todos juntos, sin orientación ni cita previa, y se marcharan luego sin recibir castigo, y que nada de eso fuera alentado por el Gobierno.

 

Se afirma que es necesario conocer la historia para no repetir errores; según esa lógica, ningún cubano debería participar nunca más en ese tipo de actos. No después de que los otrora traidores, insultados y agredidos por abandonar el país, se convirtieran en traedores de dólares y fueran recibidos como mesías. No después que en el discurso oficial dejaran de ser apátridas para convertirse en ciudadanos que se iban por motivos económicos. Pero la historia y la histeria se repiten; en Cuba sobra ignorancia, además del coraje del que se alardea en nuestros medios oficiales.

 

Nadie se pregunta cuál es el delito de esos cubanos y cubanas a los que reprime. Y de haber un delito, una violación a la Constitución, por qué no están presos. El colmo de esta ignorancia es que una mujer, durante un acto de repudio a las Damas de Blanco, presumiblemente frente a la casa de Berta Soler, grite que de no ser por el 10 de octubre Berta Soler sería esclava. ¿Qué relación hay entre el inicio de la guerra de independencia contra España y la liberación de los esclavos por parte de Carlos Manuel de Céspedes, y el régimen cubano? Algo así como la relación entre José Martí y el asalto al Cuartel Moncada. De tanto escuchar que el 10 de octubre de 1868 marcó el inicio de las luchas revolucionarias en Cuba y que estas culminaron el 1 de enero de 1959, las personas parecen ver en Fidel y Raúl Castro la reencarnación de todos los próceres cubanos.

 

Lo que el régimen no cambia

 

Es bueno que este documental circule cuando acaba de actualizarse la Ley de Inversión Extranjera y se ha incrementado el salario de los médicos. Raúl Castro parece decirnos: “Si el pueblo quiere licencias para abrir negocios privados, que las tengan; si quieren comprar casas y carros, que los compren; si quieren viajar, que viajen, si quieren internet, que la tengan (cara), pero que la tengan; si los deportistas y los médicos quieren ganar un poquitico más de dinero, que lo ganen; si el pueblo quiere libertad de prensa, expresión y asociación…; un momento, al pueblo no se le pueden dar todos los gustos”.

 

Ni siquiera si se trata de derechos reconocidos en la Carta de los Derechos Humanos de la ONU. Quizás uno de los detalles más sutiles y aplastantes de este documental sea el hecho de que mientras Rodiles y sus compañeros están siendo detenidos, bajo ningún cargo, y la cámara de Kizzy está siendo destruida, vemos en pantalla a nuestro presidente actual hacer uso de la palabra en Sudáfrica, rindiendo tributo a Nelson Mandela, “Líder de la Unión y la Paz”, el mismo 10 de diciembre del 2013, elogiándolo como “ejemplo insuperable… respetuosos de su diversidad… con la convicción de que el diálogo y la cooperación son el camino para la solución de las diferencias y la convivencia civilizada de quienes piensan distinto”, sin sonrojarse. ¿Dónde hemos escuchado antes hablar de doble rasero en la política?

 

Cuando se realiza un documental sobre la represión en Cuba puede ser difícil prestar demasiada atención a aspectos como la fotografía, la banda sonora, la dirección de arte. Al menos, como espectadora es difícil concentrarse en ellos cuando los hechos son tan contundentes. Sin embargo, uno de los mayores aciertos del filme es la inclusión del tema “Duro con él” de Carlos Puebla, el cantor de la Revolución, porque la banda sonora de la represión no podía ser otra. Versos como “al que asome la cabeza, duro con él”, “quien piense seguir aquí conspirando a todo tren, que recuerde por su bien que el paredón sigue ahí”, muestran, casi mejor que el propio documental, cómo este Gobierno ha legitimado glorificado la represión, y la absoluta impunidad con que esta ocurre, sin que los ciudadanos tengan la menor defensa contra ella.

 

 

Cómo arreglar el desastre

Verónica Vega

5 de abril de 2014

 

El título alude a la pregunta que cierra el post “Devaluación”, de Yoani Sánchez, acerca de cómo se podrían reparar los profundos y visibles estragos causados por la revolución del 59 a la sociedad cubana.

 

Sin ánimo de polemizar, pienso que hay causas tan innegables como el irrespeto institucionalizado por razones ideológicas, la “meritocracia”, el cultivo intencional de la vulgaridad y la ignorancia con fines de manipulación política. Pero, puesto el dedo en la llaga, la pregunta crucial ahora no es tanto quién tiene la culpa sino cómo remediar el inmenso daño.

 

Más de una vez he oído el criterio lapidario de que sólo la extinción total de las actuales generaciones puede dar comienzo a un gradual saneamiento moral en Cuba. Pero el no poder participar de ese renacimiento le quita a uno hasta las ganas de opinar, ¿no creen?

 

Así que empecé a imaginar qué se podría hacer de existir una voluntad legítima de cambio (no solo del pueblo, claro, sino del mismo gobierno), y estas fueron las premisas que se me ocurrieron:

 

-Salarios acordes a los precios actuales. Cuando cada ciudadano experimente que puede vivir, (no sólo sobrevivir) sin necesidad de desviar recursos, “luchar”, o delinquir abiertamente, irá recuperando el sentido de la ética y apreciando el valor de la honestidad.

 

-Que se valore al trabajador por su capacidad y rendimiento y nunca por su lealtad política. Esto reajustará el orden natural de las cosas y hará que los trabajadores se sientan estimulados, ayudará a desarrollar proyectos y eliminará un mal tan omnipresente en la isla como la mediocridad.

 

-Que se eliminen las degradantes verificaciones basadas en testimonios de directivos de los CDR o miembros del PCC para legitimar el derecho de un ciudadano a obtener una plaza laboral, un viaje o lo que sea.

 

-Que se destierren ipso facto los mítines de repudio.

 

-Que se sancione con todo el peso estipulado por la ley vigente (o se creen y aprueben leyes para este propósito), a toda persona que exprese discriminación a otra por raza, sexo o pensamiento.

 

-Que se reivindiquen oficialmente los sustantivos “señor”, señora, “señorita”

 

-Que todo ciudadano sea tratado con respeto, en cada oficina o institución del país, por parte de cada funcionario o agente de la policía.

 

-Que los maestros y profesores mantengan una conducta y vocabulario apropiados ante los estudiantes, que las visitas no sean anunciadas, que la verdad se haga presencia en los pasillos, las aulas y los lemas…

 

-En los espacios institucionales donde se reúnen jóvenes para consumir reguetón, que se vayan incluyendo otras alternativas de música bailable.

 

-Que se limpien las calles y se pongan multas a los que arrojan desperdicios en la vía pública, por ventanas o balcones.

 

-Que se articulen y apliquen leyes contra la música alta, la violencia doméstica, el acoso sexual, el maltrato a los animales, el abandono de éstos, que se hagan respetar mediante multas las áreas de restricción para fumar…

 

Y un largo etcétera.

 

La mayoría dirá que soñar no cuesta nada, pero pensar y expresar la Verdad puede debilitar la mentira institucionalizada, los malos hábitos asumidos por falta de opciones, temor, apatía.

 

Hace poco, en una reunión de mi CDR, un vecino alentaba a asistir a las reuniones para definir estrategias de convivencia (el pago a la persona que pone el motor del agua y chapea los alrededores del edificio, por ejemplo), y enfatizaba:

 

-Yo no convoco por motivos políticos, a mí no me interesa las ideas políticas de nadie, si las tiene, sino para resolver asuntos que nos afectan a todos los vecinos.

 

Y es que la realidad es más fuerte que las construcciones mentales. A estas alturas, visto y experimentado con creces el descalabro moral y económico, la gente tiene hambre, sino de verdad, al menos de progreso.

 


En The New York Times Julia Cooke explica cómo las reformas castristas excluyen a una parte fundamental de la sociedad.

In Cuba, Unequal Reform

By JULIA COOKE

APRIL 1, 2014

 

I caught a cab in Havana one afternoon a few years ago when I lived in Cuba. It was a gypsy cab, which is to say a man with a car who’d accept money to give me a ride. We settled on $3, and I slipped into the front seat of the Russian Lada next to the driver, a stern, tall, 50- or 60-something black man in a suit. Cuban taxi drivers are notorious busybodies, but this man was silent until we approached my apartment.

 

“I am a doctor,” he finally said. “Cardiólogo. I did some of the first pediatric open-heart surgeries in Havana.”

 

This sort of interaction is familiar to anyone who’s spent much time in Havana. Highly trained Cubans doing tasks far beneath their intellectual capacity for extra cash — whether moonlighting or full-time — are the inheritance of the Castro regime. As so much changes in the country under Raúl Castro, this remains the same.

 

The last three years have brought tremendous economic reforms to Cuba, particularly in terms of opening up the tourism and small business sectors. The National Assembly has legalized the purchase and sale of property and cars, granted licenses to small businesses and nonprofessional independent contractors, and done away with the exit permits that have restricted Cubans’ travel and migration since 1961. Just last weekend, it slashed government taxes on foreign companies operating in Cuba.

 

And yet one group of Cubans has been systematically excluded from these transformations: professionals, like my gypsy-cab-driving doctor. Until this changes, the country, and the foreign investment it hopes to lure with reforms like this most recent one, will stagnate.

 

It is still illegal for professionals, ranging from engineers to doctors to lawyers to architects, to practice independently. Cuba’s free, meritocratic educational system has made them, the rationale goes, and so their human capital should benefit the state. But in return, they earn paltry state paychecks that hover around $18 to $22 per month. To make ends meet they drive taxis after hours or quit the jobs they were trained for altogether in order to work at restaurants, bars or privately owned shops.

 

There has been some loosening in certain fields. Last month, the government announced that medical professionals would see steep raises in their salaries, offering — on the high end of the spectrum — a doctor with two specialties $67 monthly. And last fall, a new law began to allow Cuban professional athletes to sign contracts with foreign leagues and compete for pay abroad. Still, a Cuban can go into business as a party clown but not a lawyer; she can open a bar but not a private clinic.

 

The newest chapter in the reshaping of Cuba’s economy is the law passed on Saturday, which lowers total taxes on foreign businesses from 55 percent to 15 percent (businesses headquartered anywhere but the United States, that is, because of our trade embargo). But Cuban workers don’t stand to benefit much from the change. Should foreign companies be lured to Cuba by better deals, they would not be able to hire professionals as they see fit. Rather, they would still have to contract labor through the Cuban state.

 

This is not to say that independent practice does not happen — it does. Web programmers take on freelance assignments paid in cash, writers sell books in Spain, architects quietly make renderings for a well-connected family’s new restaurant. Yet these professionals work in the underground economy, without legal protections. Five years ago, before Raúl Castro’s reforms came into effect, the current generation of entrepreneurs selling religious paraphernalia or spa services were doing the same. Now they are able to be openly compensated for their work.

 

Younger generations of Cubans are daring and savvy; they’re used to a legal landscape that changes monthly. But many young professionals aren’t willing to wait. Too often, they complete the two to three years of social service required to “pay for” their degrees and then leave the country, often for Europe, Latin America or the United States. In 2012, migration statistics shot as high as in the early 1990s, when Cuba plunged into a post-Soviet economic crisis. And the ranks of migrants were bloated with professionals.

 

Back home, an older and more experienced generation, like the cardiologist who picked me up, drives taxis. Cuba’s brain drain doesn’t just cross borders, pushing skilled locals into other economies; necessity, too, forces professionals out of their fields on the island itself. This diminishes the country’s appeal to some of its best citizens, yes — and to foreign investors as well.

 

To be a professional in Cuba today is still a grim prospect. And until this changes, economic reforms or no, Cuba won’t change much, either.

 

Julia Cooke is the author of “The Other Side of Paradise: Life in the New Cuba.”

 

A version of this op-ed appears in print on April 2, 2014, in The International New York Times.

 

 

La Delgada Línea Azul

Verónica Vega

25 de marzo de 2014

 

“La Delgada Línea Roja” es una bella y atroz película cuyo título alude al trazo que confina en un mapa, a un territorio objetivo de guerra. A la tragedia que decreta esa señalización.

 

Habituada desde niña a mirar el horizonte sobre el mar que rodea esta isla, y a pensar en los muchos que se fueron y (van) a habitar el misterio de su inaccesibilidad, he pensado que esa línea azul es también para los cubanos una demarcación fatal.

 

¿Cuántas historias tienen como principio (o fin) esta línea tan filosa que ha podido cortar en dos un país?

 

Hace unos días saludé a un viejo conocido frente a la UNEAC, y cuando mi hijo me preguntó quién era le respondí: “alguien que cada vez que lo veo me hace sentir que él y yo somos objetos museables… Porque lo conocí entre un grupo de artistas en los 90s de los que al parecer solo quedamos nosotros”.

 

Se me hace inevitable recordar un poema de Reina María Rodríguez donde habla de sus dos agendas para contactos: una con los amigos de aquí, otra para los que están afuera. No hay ni que decir que los nombres de los de “aquí”, saltan para la otra agenda.

 

Leyendo el artículo de Harold Cárdenas, creador de La Joven Cuba, “La Contradicción” me convenzo de que tanto la vida como el poder político se alimentan del reciclaje generacional y específicamente aquí, del espejismo de la peculiaridad en un problema que ya cumplió 55 años.

 

El autor expresa: “De los amigos de mi niñez y adolescencia no quedan muchos aquí, no sé si me tocó la (mala) suerte de estudiar junto a muchos infantes-emigrantes o es que se han marchado tantos, no sabría decirlo porque las cifras de la emigración joven en Cuba no son públicas”.

 

Que la juventud abandone la isla implica socavar las bases mismas del futuro, esto es innegable, pero, ¿no predominaba la juventud en el éxodo de Camarioca, del Mariel o entre los balseros del 94? Todos mis amigos y familiares que emigraron, lo hicieron siendo jóvenes.

 

Más allá de admitir que el síndrome digámosle “de la curiosidad, la frustración o la claustrofobia”, parece haberse convertido en pánico, la hemorragia comenzó con la Revolución, y la actual desidia social, la falta de unión y perspectiva civil, son consecuencia no sólo de los bajos salarios, las restricciones tangibles e intangibles, la sostenida labor de descrédito a cualquier forma de disidencia, sino de este largo desangramiento.

 

El éxodo toma la forma del matrimonio por conveniencia, recorre las intrincadas y caras redes de emigración “legal” ilegal, e infinitas alternativas que solo conciben la desesperación de los necesitados y la falta de escrúpulos de los que tienen acceso a las barreras que delimitan el “aquí” y el “allá”.

 

Se camufla en las misiones de trabajo, en las visitas a familiares o amigos, muestra su rostro en las colas ante las oficinas de inmigración y las embajadas, y su desolación en los ojos de los denegados por “posible emigrante”, que salen de su entrevista en la SINA.

 

Muchos de los que abandonan el imponente edificio, frente al malecón, están lejos de ser jóvenes. Perdieron sus mejores años en un país que condena su vejez a la indigencia. Sus hijos y nietos no viven o no quieren vivir en Cuba.

 

Sufrieron el trabajo paciente y la espera inútil, la prórroga continuada de la ilusión, la separación de esposos, hijos, la soledad y la pobreza. Ven la delgada y remota línea azul como una maldición.

 

Sí, a mí también me gustaría tener acceso a las estadísticas de la emigración cubana, pero a la suma TOTAL de los que empeñaron su vida en un sueño. Sueño que hace décadas vaga sobre esa línea abstracta que divide, no el mar y el cielo sino el aquí y el allá, la negación y la esperanza.

 

Las cifras de los que se fueron por vías legales, de los que lo intentaron en embarcaciones frágiles y llegaron, de los que nunca lo consiguieron. De los que salen por misión y se quedan, de los que hacen visitas familiares y también se quedan. De los que han desertado entre los altos oficiales cuyas rutas siempre fueron libres de la burocracia que toca a los “cubanos de a pie”, y libres de la inquisición de las estadísticas.

 

Y las cifras de los que no se exiliaron y han vivido (o hasta murieron), en casas, calles o cárceles, con la mente fija en cualquier otro país posible, del que no sea necesario huir.

 

 

Etiquetas de Dánae

Tania Díaz Castro

21 de marzo de 2014

 

Con su álbum de marcas extranjeras, la niña era feliz junto a un mundo de colores sacados de la basura

 

En mi infancia y adolescencia, allá por los años cuarenta y cincuenta, a ningún niño se le hubiera ocurrido coleccionar etiquetas de productos comerciales. Los envases se botaban después de consumido el producto y a nadie le llamaba la atención sus etiquetas, por muy atractivas y coloridas que éstas fueran. Si hago memoria, recuerdo las etiquetas de las compotas estadounidenses, donde se veían fotos de hermosos y risueños bebés, o aquellas que anunciaban el chocolate La Estrella, donde aparecían graciosas españolas vestidas a la usanza tradicional.

 

Pero aun así, jamás a los niños de aquella época se nos ocurrió pegar etiquetas en un álbum, como si se tratara de aquellas postalitas –así le llamábamos- que narraban aventuras de Walt Disney o historias de las dos guerras mundiales.

 

Es por eso que jamás podré olvidar a Dánae, aquella niña de trece años que a partir de 1990 comenzó a coleccionar etiquetas de productos importados. Es precisamente en esa fecha, a inicios del Período Especial, que llegan a Cuba artículos de procedencia extranjera, para ser vendidos en dólares, después de varias décadas en que los comercios cubanos habían permanecido vacíos, desde que Fidel Castro se hizo dueño de todo y las cosas desaparecieron de la faz de la tierra cubana.

 

Todavía recuerdo aquella expresión de Dánae, de alegría y curiosidad, cuando una tarde le regalé un antiguo y lindo estuche de bombones cubanos.

 

Cada día llegaba a mi casa y me enseñaba la nueva etiqueta que había adquirido, al encontrar el producto en la basura. Para ella, aquel álbum suyo representaba un mundo nuevo, donde el colorido y las figuras de las etiquetas jugaban un importante papel –y nunca mejor dicho.

 

Pero un día me resultó tan penosa su colección, que le pedí no me la mostrara más. Se trataba de una prueba grotesca de la miseria y fealdad que había comenzado a sufrir Cuba desde que Fidel Castro convirtiera a la isla en un país anormal, donde ni siquiera se les ponía etiqueta a los pocos artículos que se fabricaban en el país y las que llegaban de la Unión Soviética eran tan poco agradables a la vista, que pasaban inadvertidas.

 

Dánae había vivido durante trece años en un país donde los productos que adquiría la población carecían de nombre, de explicación sobre su contenido, fecha de elaboración, fecha de vencimiento y propiedades alimenticias.

 

Así ha vivido el pueblo cubano durante más de medio siglo de dictadura socialista, condenados a consumir los peores productos del mundo y siempre escasos, como el pan, entre muchos otros, que no se comercia envuelto y siempre ha carecido de los ingredientes básicos para una elaboración de calidad.


 

Devaluación

Yoani Sánchez

7 de marzo de 2014

 

Para una célula es difícil mantenerse sana en un organismo enfermo. En una sociedad ineficiente, una burbuja de funcionalidad estallaría. Así mismo, no pueden potenciarse ciertos valores éticos –seleccionados y filtrados- en medio de una debacle de integridad moral. Rescatar códigos de conducta social, implica aceptar también aquellos que desentonen con la ideología imperante.

 

Desde los medios oficiales, nos llaman ahora a recuperar los valores perdidos. Según la versión de comentaristas televisivos, la responsabilidad del deterioro recae fundamentalmente sobre la familia, una parte en la escuela… y ninguna sobre el gobierno. Hablan de mala educación, groserías, falta de solidaridad y extensión de malos hábitos como el robo, la mentira y la indolencia. En un país donde por medio siglo el sistema educativo, toda la prensa y los mecanismos de producción y distribución cultural, han sido monopolios de un único partido, vale la pena preguntarse ¿de dónde ha surgido tal depauperación?

 

Recuerdo que cuando niña nadie se atrevía a dirigirse a otro con el calificativo de “señor”, porque resultaba un rezago burgués. Como el vocativo “compañero” se asociaba a una posición ideológica, muchos comenzamos a llamarnos entonces con nuevas formas. “primo”, “joven”, “oye tú”, “puro”… y una larga lista de frases que derivaron en fórmulas vulgares. Ahora se quejan en la TV de que somos soeces a la hora de dirigirnos a otros, pero… ¿quién empezó ese deterioro?

 

El sistema cubano apostó por la ingeniería social, y jugueteó con la alquimia individual y colectiva. El ejemplo más acabado de ese fallido laboratorio fue el llamado “hombre nuevo”. Ese Homus Cubanis crecería supuestamente en el sacrificio, la obediencia y la fidelidad. La uniformidad era incompatible con las particularidades éticas de cada hogar. Así que para lograrla, a millones de cubanos nos alejaron –siempre que pudieron- del entorno familiar.

 

Íbamos al círculo infantil con apenas 45 días de nacidos, los campamentos pioneriles nos recibían después de aprender las primeras letras, partíamos hacia las escuelas al campo recién terminada la infancia y pasábamos nuestra adolescencia en un preuniversitario en medio de la nada. El Estado creía que podía sustituir el papel formador de nuestros padres, pensó que lograría cambiar los valores que traíamos de casa por un nuevo código de moral comunista. Pero la criatura resultante distó mucho de lo planificado. Ni siquiera llegamos a convertirnos en un “hombre bueno”.

 

La emprendieron también contra la religión, pasando por alto que en sus disímiles credos se transmiten parte de los valores éticos y morales que moldearon la civilización humana y nuestras propias costumbres nacionales. Nos hicieron denigrar a los diferentes, insultar con obscenidades a los presidentes de otros países, burlarnos de figuras históricas del pasado, sacar la lengua o lanzar la trompetilla al pasar por una embajada foránea. Nos inculcaron la “promiscuidad revolucionaria” que ellos mismos ya practicaban desde la Sierra Maestra y nos incitaron a reírnos de quienes hablaban bien, tenían una amplia cultura o mostraban algún tipo de refinamiento. Esto último nos fue enseñado con tanta intensidad, que muchos fingíamos hablar vulgarmente, dejar de pronunciar algunas sílabas o nos callábamos nuestras lecturas, para que nadie se diera cuenta que éramos “unos bichos raros” o potencialmente unos “contrarrevolucionarios”.

 

Un hombre –desde la tribuna- nos estuvo gritando por cincuenta años. Sus diatribas, su odio, su incapacidad para escuchar calmadamente un argumento en contra, fueron las “modélicas” posturas que aprendimos en la escuela. Él, nos infundió la algarabía, la crispación constante y el dedo índice autoritario para dirigirnos a los otros. Él –que creía saber de todo cuando en realidad sabía de muy poco- nos transmitió la soberbia, el no pedir disculpas y la mentira, ese engaño de los pícaros y los timadores que se le daba tan bien.

 

Ahora, cuando el cuadro ético de la nación parece un espejo hecho trizas contra el suelo, llaman a la familia a repararlo. Nos piden que formemos valores en casa y que transmitamos orden y disciplina a nuestros hijos. Pero ¿cómo hacerlo? Si nosotros mismos fuimos moldeados en el irrespeto a todos esos códigos. ¿Cómo hacerlo? Si ni siquiera ha existido un proceso de autocrítica desde el poder, donde aquellos que jugaron a la ingeniería social con nuestra vidas reconozcan lo que hicieron.

 

Los códigos éticos no se recomponen tan fácilmente. Una moralidad devaluada por el discurso público, no puede reponerse de la noche a la mañana. Y ahora ¿cómo vamos a arreglar todo este desastre?


 

Mi edificio, mi calle, mis recuerdos

Amir Valle

4 de marzo de 2014

 

Una noticia circula en las redes: 600 personas han quedado en la calle debido al derrumbe de un edificio en Centro Habana.

 

Para muchos será sólo una nota más del desastre habitacional cubano, un edificio más que suma sus ruinas a esa ciudad decadente, cuyos edificios siguen desplomándose con la misma cotidiana tozudez con la que se desploma la Revolución.

 

Para mí es distinto: viví allí durante varios años, en el quinto piso, en el apartamento 501, y al leer que se ha desplomado el séptimo y sexto piso, y que hay peligro de derrumbe total, el recuerdo me llega desde esos escombros que ahora mismo contemplan sin esperanza, estoy seguro, muchos de quienes vivieron allí y fueron mis vecinos.

 

Hace un tiempo escribí que, cuando llegué a Centro Habana, ya había vivido en el Cotorro, Luyanó, Arroyo Naranjo y el Vedado. Entré así a un universo raro, marginal, siempre abierto a la especulación, la bolsa negra, el bajo mundo y la nocturnidad podrida, como sigue siéndolo hoy, y como he querido recoger en varias de mis novelas que transcurren en esas calles.

 

En el edificio Arbos, ese edificio de Oquendo 308 que ahora está en las noticias, habían matado a un guardaespaldas del capo norteamericano Meyer Lansky, luego de una borrachera prodigiosa y escandalosa, allá por 1957. Estaba acostado con una de las más conocidas prostitutas de La Habana: Cacha La China, un prodigio de la raza amarilla dotada con las formas de las mulatas cubanas y la experiencia ancestral asiática en las artes del sexo. Lo descubrieron a la mañana siguiente con el miembro cercenado. A Cacha le habían cortado los senos. Se desangraron. El olor a marihuana llenaba toda la habitación de la tercera planta de aquel edificio para putas y gente pobre. La policía llegó a eso de las diez y un perro gris y anémico dejó la posible pista tras el olor excitante de una perrilla faldera en la planta baja. Cuando el manipulador tiró de la correa para que siguiera buscando, se echó en el piso y comenzó a aullar bajito, como si mascullara una protesta. Todo el barrio de Cayo Hueso comentó el suceso y la prensa lo reflejó con grandes alaridos sensacionalistas.

 

En 1994, justo el mismo año en que me mudé para aquel sitio, en el sexto piso del viejo edificio de ocho plantas, construido en la década del 20, aparecieron cuatro muertos: un extranjero, español según las señas de los vecinos, un negrito homosexual conocido como Juana Picadillo y dos jineteras. Habían pasado toda la noche en una orgía terrible y los gritos de la cópula se mezclaban con la algarabía musical de mi vecino, acostumbrado a escuchar hasta altas horas de la noche rancheras mexicanas cantadas por Los Tigres del Norte.

 

A las dos de la mañana se escucharon los disparos. Poco después llegó la policía. La puerta de la habitación estaba abierta y adentro los muertos: Juana Picadillo con dos balazos en el pecho, una de las muchachas con la cabeza destrozada por un tiro y la otra, de nalgas a la puerta, con un agujero en la espalda, la boca todavía sobre la verga del españolito, a quien también habían disparado a la cara. Todos desnudos. La policía los cubrió con sábanas y los retiró del edificio a eso de las cuatro.  Cuando amaneció, ya no había rastro de policía ni de perros, que también habían dejado la pista esta vez tras una puddler coqueta de la segunda planta. Todo el barrio de Cayo Hueso comentó durante varios días el suceso. La policía nunca más volvió y no se publicó ni una sola nota en los periódicos.

 

Ese espíritu ruinoso, que se respiraba desde que uno entraba en el antiquísimo ascensor Otis que funcionaba de vez en vez, fue eternizado parcialmente en el documental Arte nuevo de hacer ruinas y me resulta curioso que muchos de los que vieron ese documental no hayan notado que se trata del mismo edificio donde el alemán Florian Bochmeyer filmó parte de ese importante documento sobre esa Habana que sobrevive en medio de sus propios escombros.

 

Además de amigos que aún vivían allí, de algunos conocidos que llegaron a ser parte de mi familia (condenados todos ahora a desandar La Habana, y desgraciadamente no como lo hacía Eusebio Leal), la segura muerte física de ese espacio no impide que los recuerdos lo perpetúen, al menos en mi memoria. Ahí quedan las noches parado en el balcón de la quinta planta mirando las luces caer sobre la ciudad y el malecón; las agotadoras (y tan fastidiosas como divertidas) jornadas sin agua ni corriente en que teníamos que llenar el inmenso tanque de 55 galones de nuestra casa, subiendo aquellos interminables cinco pisos, desde la cisterna en la planta baja, cubo a cubo y por las escaleras; la sensación de vigía privilegiado desde la que asistí a las riadas de pueblo protestando en las calles de Centro Habana durante las revueltas del año 94, hasta que decidí bajar y sumarme al gentío descontento; las triquiñuelas entre vecinos para proteger de la policía a los pequeños comerciantes clandestinos a quienes comprábamos la comida y otras necesidades  (recuerdo un día en que tres vecinos me llenaron la casa de latas de pintura llenas de colas de langosta porque a mí, como era un periodista conocido, los policías no me revisarían el apartamento); e incluso las veces en que escritores hoy muy reconocidos iban a trabajar sus libros en mi moderna computadora (recuerdo ahora mismo a Pedro de Jesús, a Ronaldo Menéndez y a Alberto Garrido, que estuvieron allí para armar justamente los libros con los que obtuvieron el Premio Pinos Nuevos 1997 y los Premios Casa de Cuento 1997 y 1999, en ese orden).

 

Alguien me dijo una vez que la memoria se vacía, gota a gota, cuando desaparecen los sitios, las personas, el eco de los sucesos que motivaron los recuerdos. Quiero negarme a que eso sea cierto. Exactamente este 3 de marzo pasado hizo 8 años de mi destierro alemán. Ocho años, debo reconocerlo para mi vergüenza, en que sólo pensé en ese edificio cuando lo vi en el documental Arte nuevo de hacer ruinas. Ahora asisto a la noticia de su agonía. Por suerte, si mi memoria falla y llega el olvido, he escrito ya muchos de esos recuerdos. Espero que eso los salve.

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Derrumbe en La Habana

deja más de 600 personas en la calle

Augusto César San Martín y Pablo Méndez

3 de marzo de 2014

 

El desplome parcial en los pisos superiores puso en peligro la estructura del edificio de cinco plantas, con 120 apartamentos

 

Desde la tarde del pasado jueves 27 permanecen en la calle los residentes del edificio ubicado en Oquendo 308, entre San Rafael y San Miguel, Centro Habana.

 

El derrumbe parcial en los pisos superiores puso en peligro la estructura del edificio de cinco plantas, con 120 apartamentos.

 

Desde los primeros desplomes del  hormigón armado, los más de 600 residentes comenzaron a abandonar el inmueble, trasladando sus pertenencias hacia la calle. Ante la inminencia de derrumbe total, las autoridades locales decretaron el desalojo.

 

Puertas, lozas de baño, inodoros, equipos electrodomésticos, camas y toda clase de pertenencias  mantienen los vecinos en la calle. Estas personas no han sido evacuadas.

 

A las 7:00 p.m. del sábado la policía ordenó cortar la electricidad  y prohibió la entrada al edificio, hasta la mañana del domingo. La orden ocasionó alteración por parte de los vecinos, que no han terminado de evacuar sus pertenencias.

 

Durante el viernes, funcionarios del gobierno local se reunieron con parte de los afectados. Según una de las víctimas, aseguraron que se evacuarían a todas las personas paulatinamente.

 

Uno de los residentes del edificio que no quiso identificarse declaró a la prensa independiente:

 

-No sabemos para dónde vamos. Ayer pararon 9 guaguas aquí para llevarnos para albergues y se fueron vacías… Queremos casas, nada de albergue.

 

Se conoció además que algunas familias afectadas fueron instaladas en apartamentos de edificios ubicados en Santa Fe, municipio Playa. Las prioridades en las entregas de viviendas se establecen por la composición de núcleos familiares con niños.

 

El edificio construido en 1928 fue declarado de peligro de derrumbe en 1988. Todos las victimas consultadas coinciden en la reiteración de las alertas al gobierno sobre el deterioro de  la edificación.

 

 

La Habana, entre gritos y silencios

Ernesto Pérez Chang

3 de marzo de 2014

 

La Habana es una ciudad de gritones. Apenas ha salido el sol y, antes de que comiencen a cantar los gallos, los gritos se imponen sobre cualquier otro ruido. Las voces del vecino que despierta a quien no tiene reloj despertador. Las voces de agitación de las madres levantando a los hijos para que vayan a la escuela. Los pregones del panadero y los alaridos de una señora para que alguien que pasa por la acera apague el motor del agua.

 

Una mujer corre por la calle lanzando palabrotas al chofer del autobús que ha pasado antes de hora y ha decidido no esperar. La gente que viaja dentro, amontonada, protesta por la incomodidad, por los malos olores, por el estado del tiempo que, por el tono de furia que emplean, tan absurdo, a veces pienso que es una manera enmascarada de criticar el estado deplorable de las cosas.

 

Según pasan las horas la gritería aumenta como en una competencia descontrolada donde cada cual ensaya su nota más alta. Los vendedores ambulantes sueltan los pulmones en los gritos. También los compradores de oro, los de botellas vacías.

 

Según pasan las horas la gritería aumenta como en una competencia descontrolada donde cada cual ensaya su nota más alta. Los vendedores ambulantes sueltan los pulmones en los gritos. También los compradores de oro, los de botellas vacías.

 

Se suman al coro los que reparan colchones o máquinas de coser. Los que no venden ni compran pero que mandan recados o saludos a viva voz desde los balcones. La empleada que anuncia que se acabaron los turnos de alguna fila entre las tantas que estamos obligados a hacer. Los que avisan que ha llegado el pollo de la dieta o los cinco huevos del mes. Los cobradores del agua, el fumigador, los niños que salen de la escuela voceando consignas patrióticas que les han enseñado los maestros. El altoparlante que recorre las calles anunciando un acto político en la plaza o que explica, con muy elaborados galimatías, por qué nuestras elecciones de un solo partido son las más democráticas del universo.

 

Por la noche, los gritos y las formas de emitirlos son otros. Siguen siendo intensos pero si uno los escucha con atención puede llegar a sentir el cansancio en las voces, las frustraciones del día a día, el silencio que hay tras ellos.

 

Gritos por el niño que, jugando en la escuela, ha roto los zapatos nuevos, irremplazables. Gritos porque en la guardería han anunciado que estarán cerrados la próxima semana por falta de agua. Gritos de las madres porque saben que esos días de ausencia serán descontados del salario.

 

Las altas horas de la tarde, la oscuridad que asiste a las desnudeces, son el momento de los estallidos. La angustia contenida se exterioriza en peleas de todo tipo: gritos por la comida que está sin hacer porque no hay dinero para comprar el cilindro de gas. Gritos por la electricidad que cortaron o han de cortar por la falta de pago.

 

A pesar de la intensidad y la persistencia, uno sabe que esas voces casi en los extremos del sonido, rozando sus límites, no son otra cosa que el más estricto y controlado silencio.

 

Gritos porque se acabó el arroz. Gritos porque un padre de familia ha quedado sin empleo. Gritos porque la televisión anuncia que habrá lluvias intensas y ya los techos no aguantan más humedad. Gritos porque otra vez han pedido dinero en la escuela para hacerle un regalo al profesor que suele tornarse muy severo al calificar los exámenes.

 

Gritos porque los papeles de algún trámite no saldrán si no se paga un soborno. Gritos porque el más honesto de los vecinos, un militar que todos los años vacaciona en Varadero, ha denunciado a la pobre anciana que vive de tostar y vender maní en la esquina, sin licencia.

 

Gritos de dos madres desesperadas porque nadie interviene en una sangrienta bronca de pandillas donde están involucrados sus hijos. Gritos de indiferencia de la policía porque el asunto de la anciana vendedora es mucho más peligroso para la seguridad de la nación.

 

Gritos extraños, demasiado humanos, que escucho apagarse después de unos disparos. Gritos que se amontonan en mis oídos y que, con el tiempo, he aprendido a no escuchar porque no deseo terminar parado en la azotea de mi edificio gritando sin control, con los brazos atados por una camisa de fuerza.

 

En La Habana todos gritan a toda hora, lo hacen con una energía tan descomunal que uno puede escuchar las voces aun cuando está lejos, más allá de las aguas que bordean la isla. Sin embargo, a pesar de la intensidad y la persistencia, uno sabe que esas voces casi en los extremos del sonido, rozando sus límites, no son otra cosa que el más estricto y controlado silencio.


 

 

Libreta de racionamiento o manual de privaciones

Ernesto Pérez Chang

14 de febrero de 2014

 

Esta es la canasta básica de un cubano: cinco huevos al mes y unas cuantas libras de arroz, del que se “enfanga” y no crece. Azúcar, la suficiente para transformar el vaso de agua corriente en un desayuno de emergencia. La sal común, con granos del tamaño de una pelota de ping pong, el paquete de un kilogramo no se sabe cada cuántos meses. Es de las cuentas más complicadas.

 

Con regularidad, reparten unos cuantos gramos de tendones y pellejos molidos con harina de soya, algo de condimento y sustancias químicas conservantes que ningún laboratorio pudiera explicar. La gente consume la mezcla sin saber exactamente qué es, pero han aprendido a engullir sin hacer muchas preguntas. Tal vez la fórmula sea de los secretos mejor guardados y, lo de tragar a ciegas, de las maniobras de consumo más inteligentes.

 

Los frijoles, cuando no vienen picados por gusanos y gorgojos entonces huelen a fumigación y, de tan viejos, no hay modo de transformarlos en algo humanamente comestible.

 

El aceite, con algunas moscas flotando en él, solo sirve para embarrar la botella, jamás para aderezar, y el único panecillo barato que se permite el obrero, es de sabor tan ácido y de textura tan rara que a veces termina para comida de los cerdos.

 

Si entrara ese barco que todos contemplan con regocijo desde el muro del Malecón, entonces llegará el pollo de una libra por consumidor, calculada la ración para treinta días. A veces uno compra a los médicos el autorizo de una dieta médica y, después de unos trámites escabrosos en las oficinas de comercio, recibe otro poquito de comida durante unos meses. Usualmente uno enferma con los años como consecuencia de la prolongada malnutrición y se gana el extra como si fuera un premio de lotería. De modo que la enfermedad no parece un agravante sino una bendición.

 

La libreta de racionamiento no nos provee de mucho más. Cada año las autoridades recortan las páginas. De modo que la edición nunca resulta aumentada sino disminuida. Solo en eso consisten las incesantes correcciones. Las casillas que van sobreviviendo a las podas periódicas, al final terminan tan vacías como el interior de nuestros refrigeradores, por no decir, de nuestras barrigas.

 

Tal vez para justificar la perpetua permanencia en nuestras vidas, al documento, un verdadero manual de privaciones, se le agregan otras funciones de control y se convierte en un elemento esencial que regula y determina a fondo nuestras existencias. Tanta es su importancia en algunos hogares humildes que en la cubierta se ha llegado a advertir que no es un documento oficial.

 

No obstante, todos sabemos que lo es, y lo llevamos a todas partes junto con el carné de identidad, incluso adosado al pasaporte cuando viajamos al extranjero. El diablo son las cosas.

 

La libreta de racionamiento o de “abastecimiento”, como se le nombra de manera oficial, debería ganarse un lugar entre los símbolos de la nación. Creo que nada puede ser más representativo de un pueblo y de la historia de penurias que ha soportado.

 

Solo en determinados hogares de privilegio la libreta de racionamiento no existe o, sencillamente, duerme el sueño eterno en alguna gaveta cuando no en un cesto de basura. Palacetes de las zonas restringidas o lugares donde habitan los dioses de este Olimpo insular: gerentes de grandes y pequeñas empresas estatales, militares de alto rango, dirigentes con poder efectivo, hombres y mujeres que han sabido sacarle provecho a tantos y perversos mecanismos de control o que han descubierto que el socialismo solo es una gran fiesta donde, si te va muy mal, es porque no has sido invitado.

 

 

 

Decenas de miles de cubanos residentes en La Habana nunca han visto salir agua del grifo de la vivienda que habitan

No sale agua del grifo en numerosos hospitales y escuelas. Mis hijos nacieron en  1976 y 1983 en el Ramón González Coro, el mejor hospital gineco-obstétrico de Cuba.  En ambas ocasiones yo tuve que cargar agua para que mi esposa pudiese lavarse al menos, ni pensar en bañarse.

 


La venta racionada de otros productos

por la libreta de racionamiento

El transporte de pasajeros en La Habana

 


El transporte público en La Habana va de mal a peor

Iván García Quintero

16 de enero de 2014

 

Viajar desde Santiago de las Vegas, un poblado al sur de La Habana, al centro de la capital, es un itinerario que la línea P-12 de Metrobús debe cubrir en una hora y 15 minutos. Su frecuencia en horas pico debe ser de 8 minutos.

 

Pero la realidad es otra. Pregúntele a Darío, empleado de una tienda: “En un día con suerte, demoro una hora y cincuenta minutos en llegar a mi trabajo y casi dos horas  regresar a mi hogar. Es tan malo el servicio que brinda la terminal de Mulgoba en cualquiera de sus tres rutas, P-12, P-13 o P-16, que los pasajeros habituales debemos buscar otras opciones”,

 

Las otras opciones son desplazarse en viejos ‘boteros’ (taxis particulares) que cobran 20 pesos por persona. “Si viajara exclusivamente en ‘almendrones’ gastaría 960 pesos en los 24 días de labor, y yo devengo un salario de 440 pesos más 15 cuc de estimulación, que sumado representan 800 pesos mensuales. Solo en taxis se consumiría mi salario”, indica Darío.

 

Otra posibilidad para cubrir el trayecto hasta Santiago de las Vegas es abordar un rutero que sale del Parque El Curita, en las inmediaciones de la calle Galiano. Desde hace dos años, pequeños microbuses dados de baja del servicio para turistas, se han reciclado y convertido en una   cooperativa, con el objetivo de aliviar el servicio de transporte urbano.

 

Cobran 5 pesos per cápita y la mayoría de los vehículos tiene aire acondicionado. Solo se puede viajar sentado. Ahora mismo en la ciudad funcionan varias líneas con destino al Cotorro, Alamar, Playa, Marianao y La Palma, un transitado cruce de calzadas situado en el municipio Arroyo Naranjo.

 

Viajar en ómnibus ruteros es más barato. Pero no tanto. Darío, por ejemplo, en los ruteros gasta 240 pesos al mes, casi el tercio de su salario.

 

Los habaneros de bolsillos estrechos, la mayoría, suelen viajar en ómnibus urbanos. “No es un buen negocio viajar en taxis o ruteros para ir a trabajar, porque el salario se te evapora”, dice Miguel, obrero de la construcción que lleva una hora en una parada en las inmediaciones del Capitolio, esperando el P-8 con destino a Mantilla.

 

El transporte público en Cuba es una de las tantas asignaturas suspensas del gobierno cubano. Después de 1959, cuando Fidel Castro llegó al poder, el servicio de ómnibus urbanos se ha tornado en una pesadilla.

 

En los años 60, el régimen compró ómnibus  británicos Leyland, en un intento por diseñar una red de transporte funcional. Entonces en La Habana circulaban alrededor de 2.500 ómnibus.

 

Existían más de cien rutas. Y una flota de 3 mil taxis a precios módicos con autos adquiridos a finales de los 70 a subsidiarias estadounidenses en Argentina y Canadá.

 

Aun así, el funcionamiento del transporte público distaba de ser óptimo. Las guaguas iban atestadas de personas colgadas en sus puertas. A veces para abordar un ómnibus se necesitaba tener la preparación de un atleta olímpico, pues se debía correr cientos de metros a toda velocidad ya que los choferes no se detenían en las paradas.

 

Hacia mediados de los 80, los añejos Leyland, probablemente los ómnibus que mejor se adaptaron al pésimo estado de las vías habaneras y maltratos de los pasajeros, fueron dados de baja tras 20 años de servicio.

 

Se probó con ómnibus Hino de Japón, Pegaso de España e Ikarus de Hungría. Pero debido al exceso de explotación, mal estado de las calles y pésima asistencia técnica, a los pocos años la mitad de esos ómnibus estaban parados.

 

Con la llegada del ‘período especial’, una crisis económica estacionaria que se alarga por 23 años, el transporte público desapareció. El número de buses en La Habana se redujo a menos de 150. La gente caminaba decenas de kilómetros para trasladarse de un sitio a otro. O pedaleaba en bicicletas chinas por oscuras y ruinosas calzadas.

 

Los tecnócratas diseñaron el camello. Un remolque adaptado a un camión con capacidad para 300 pasajeros. Se crearon 7 rutas. Se viajaba apiñado, como carne prensada en lata. Entre el calor y el estrés del ‘período especial’,  los camellos se convirtieron en ring de peleas monumentales, terreno fértil de carteristas y tarados sexuales.

 

El transporte urbano, en estado de indigencia, a partir de 2007 mejoró su servicio cuando comenzaron a rodar alrededor de 470 ómnibus articulados de la marca Yutong, Liaz y Maz. Funciona una empresa, llamada Metrobús, que gestiona 17 rutas designadas con la sigla P y recorren las principales arterias de La Habana.

 

Deben tener una frecuencia en horas pico entre 5 y 10 minutos. Pero debido a problemas de financiación, más de 170 autobuses están parados por falta de piezas. Entonces habaneros como Darío deben espera más de una hora en la parada para abordar un Metrobús.

 

La ‘solución mágica’ del gobierno de Raúl Castro es que la incipiente clase media cubana  (trabajadores privados, artistas, músicos, deportistas que ya pueden contratarse en circuitos rentados y un segmento que vive a costa de las remesas giradas desde el exterior), adquieran autos en concesionarias del Estado. Y con las supuestas amplias ganancias, crear un fondo de inversiones para adquirir ómnibus nuevos.

 

Pero a los precios actuales de venta -algunos superan los 260 mil dólares-, es difícil que el proyecto del régimen funcione. Por tanto, los habaneros de a pie consideran que el transporte urbano seguirá de mal en peor.

 

 

 

El transporte de carga en La Habana

La Chivichana:

transporte de carga y pasajeros en Cuba

El castrismo es un sistema que no tiene lógica

Entrevista a madre de menor discapacitado

8 de julio de 2013

Conferencia de prensa de Guillermo Fariñas,

Premio Sájarov 2010

Vivienda en Cuba: el derrumbe que viene

Daniel Benítez

9 de julio de 2013

 

Más de un millón 170 mil casas cubanas, el 39 por ciento del fondo habitacional existente en el país, se encuentra entre regular y mal, según un informe del Instituto Nacional de la Vivienda (INV).

 

El informe gubernamental antecedió al recién concluido período de sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular, donde el tema de la vivienda centró buena parte de las discusiones socioeconómicas de los diputados.

 

La Comisión de Industria, Construcciones y Energía del Parlamento señaló en sus conclusiones la urgencia de las labores de recuperación y mantenimiento del fondo habitacional del país, y llamó a priorizar el desarrollo de la industria de materiales de la construcción.

 

Los diputados -indicó la comisión parlamentaria- prestarán especial atención a la construcción de viviendas en los municipios, y a aquellas que se erijan en zonas rurales y montañosas, sobre todo si se realizan mediante esfuerzo propio, con créditos y otras facilidades.

 

Fuentes no gubernamentales cifran incluso en 57 por ciento las edificaciones en mal o regular estado, mientras reflejan que existe un déficit de más de 700 mil hogares.

 

Cifras preocupantes

 

Entre las principales causas del deterioro señaladas en el informe del INV se encuentran el frecuente azote de fenómenos climatológicos, culpables por “afectar de una u otra manera más de un millón de moradas en los últimos 10 años”. Solo el huracán Sandy, que asoló la isla en octubre de 2012, dejó unas 150 mil casas dañadas y más de 17 mil se derrumbaron totalmente en las provincias de Santiago de Cuba y Holguín.

 

Las estadísticas sobre la construcción de viviendas no resultan nada halagüeñas. Cuba construyó apenas 32.103 viviendas en 2012, el 28 por ciento de ellas levantadas con esfuerzo de la población. La cifra revela la caída continuada en la edificación de inmuebles por sexto año consecutivo, luego que en el 2006 se terminaran 111.273.

 

Todo eso a pesar de que el salario promedio en la construcción fue el más alto entre todos los sectores laborales del país, con 580 pesos cubanos mensuales (CUP), unos $24 dólares. (El salario promedio en el país subió a 466 CUP, 11 pesos más que en el 2011).

 

Los resultados del primer semestre del 2013 van por el mismo camino. Según reveló el ministro de Economía y Planificación, Adel Yzquierdo, durante su intervención ante el Parlamento cubano, la construcción de viviendas cayó en un 3 por ciento en lo que va de año y se incumplieron 500 inmuebles en una provincia tan necesitada cono La Habana.

 

Situación tensa

 

Por eso, indicó el ministro, es una necesidad que se cumpla el plan de viviendas en Santiago de Cuba, que está avanzando “pero de manera muy tensa” en medios de las secuelas del huracán Sandy.

 

Yzquierdo también dijo que se observó un decrecimiento del plan de construcción de viviendas por medios propios en un 6 por ciento, pues las personas están utilizando los recursos entregados para reparar sus casas y menos para construirlas. El plan de edificación de viviendas por medios propios es de 13.000.

 

Debido a esta precaria situación, el régimen ha tenido que aplicar urgentes medidas para intentar detener el deterioro tras décadas de inmovilismo en el sector, y de una casi completa paralización en las construcciones y reparaciones.

 

Primero la opción, por fin después de más de cinco décadas, de compra y venta, que ha desatado una ola de anuncios en los más disímiles sitios, incrementando la especulación inmobiliaria con precios exorbitantes (muchas veces sin tener en cuenta el estado constructivo de las locaciones), y luego la entrega de créditos y subsidios para facilitar la “construcción por esfuerzo propio”.

 

Demanda de materiales

 

Pero, ¿puede dinamizar el mercado y lograr ostensibles mejoras? Realmente es poco creíble si se tiene en cuenta que los subsidios no sobrepasan los 80 mil pesos cubanos, -unos 3.200 CUC- para una edificación de 25 metros cuadrados con baño, cocina y pago de mano de obra incluidas, mientras que solo se autorizaron créditos de entre 5.000 y 10.000 CUP para acciones menores.

 

Sin embargo, el país tampoco cuenta con una industria de materiales de la construcción capaz de hacer frente a una mayor demanda, de ahí que solo los subsidiados puedan comprar en establecimientos específicos el cemento P-350, instalaciones sanitarias, pinturas y elementos de plomería y electricidad hasta revestimientos de paredes, entre otros.

 

El informe del INV refleja que en los primeros seis meses del presente año las ventas minoristas de estos materiales fueron superiores a los 650 millones de CUP, y que al menos hasta marzo de 2013 unas 33 mil personas fueron beneficiadas con estas alternativas.

 

En el 2011, por 24 domingos consecutivos, la televisión cubana transmitió el curso  “Con tus propias manos: Cómo construir y mantener tu vivienda”, con el supuesto objetivo de dar “a la población imprescindibles conocimientos sobre las acciones constructivas a realizar para la ejecución de nuevas viviendas o la rehabilitación de las existentes mediante el esfuerzo propio”.

 

Un reto monumental

 

Pero el reto de la vivienda en Cuba es monumental y no podrá resolverse con soluciones a medias, sin liberar totalmente las fuerzas productivas y permitir que la empresa privada entre al negocio de las construcciones.

 

Hace 60 años, el reclamo del derecho a la vivienda era una de las motivaciones de Fidel Castro y el grupo de jóvenes que asaltaron el Cuartel Moncada. El programa del Moncada se hizo luego finalidad gubernamental desde 1959, sin que hasta la fecha pueda hablarse no ya de promesas cumplidas, sino de el mínimo mantenimiento habitacional que impida la destrucción y el derrumbe del patrimonio arquitectónico nacional.

 

En su discurso de clausura de la Asamblea Nacional, este domingo, Raúl Castro admitió que el proclamado crecimiento del 2,3 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) en el primer semestre del año, “no se nota en la economía de la familia cubana promedio”.

 

Mucho menos se advierte en la situación de la vivienda, que es acaso el mayor obstáculo para intentar imaginarnos la luz al final del túnel cubano.

 

CONSTRUCCIÓN DE VIVIENDAS EN CUBA (2000-2012)
2000 – 42.940
2001 – 35.805
2002 – 27.460
2003 – 15.590
2004 – 15.352
2005 – 39.919

2006 - 111.373
2007 – 52.607
2008 – 44.775
2009 – 35.085
2010 – 33.901
2011 – 32.540
2012 – 32.103

Fuente: ONE

 

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Nota de Manuel Castro Rodríguez: Desde hace más de cuatro décadas la escasez de alimentos y viviendas son dos de los principales problemas que afectan al cubano de a pie. Según el Gobierno, a comienzos de 2008 el déficit habitacional ascendía a 600 mil viviendas y necesitaba reparación el 85% de los inmuebles de más de tres pisos.

El profesor Carmelo Mesa Lago estimó en 1997 que el déficit habitacional ascendía a un millón de unidades, por lo que actualmente debe ser mucho mayor, dado que hace siete años, en 2006, se planificó la construcción de cien mil viviendas anuales, pero solo se cumplió ese año y los derrumbes continúan.

En la mitad de las viviendas cubanas conviven hasta cuatro generaciones; la situación más crítica es en la capital, donde el 70% de las viviendas estaba en un estado precario; y unos mil 400 edificios en mal estado son desalojados anualmente por el peligro de derrumbarse.

Desde hace más de una década, las “posadas” (push botton) se utilizan para albergar a personas sin vivienda. La crisis habitacional obliga a muchos divorciados a seguir conviviendo bajo el mismo techo, incluso hasta en el mismo cuarto.

Por mucho empeño que ponga una familia cubana en reparar su vivienda, es imposible que lo pueda hacer si no recibe ayuda de sus familiares y/o amigos que han emigrado.

Luisa M. Medinas Isnaga y su hija Idaisil Rivero Medina de 12 años fallecieron hace un mes, el 2 de junio de 2013, a causa del derrumbe de su casa situada en Antonio Maceo No. 460, entre Rosario y Simón Bolívar, Trinidad, a dos cuadras del centro turístico.


Doscientos veintisiete derrumbes en La Habana

en menos de una semana en noviembre de 2013

26 derrumbes totales y 201 parciales, dos muertos

 

Fidel Castro prometió hace sesenta años: “Hay piedra suficiente y brazos de sobra para hacerle a cada familia cubana una vivienda decorosa”.

 

Derrumbe en Infanta y Salud,

cerca de la Universidad de la Habana,

provoca la muerte de tres personas

Condiciones en que está el centro de La Habana

Crisis de la vivienda en el oriente de Cuba

Mi Habana de los parqueos

Ernesto Pérez Chang

20 de febrero de 2014

 

Si Holguín, en el oriente cubano, es la “ciudad de los parques”, La Habana pronto será la de los “parqueos”, me ha dicho en tono de broma un vecino.

 

Me dice, además, que con la liberación de la venta de autos, él pronostica que dentro de un par de años cada ciudadano —más allá de los ingresos mensuales—, adquiera el suyo porque los precios astronómicos no fueron pensados como un obstáculo sino como un “incentivo”.

 

“Hay que devolverle la fe y el optimismo al ciudadano”, pudiera intuirse de los precios exorbitantes. Creo que solo por eso es que, bien cerca de las concesionarias de autos, se han mandado a colocar carteles gigantescos donde se lee: “55 años, nuevos retos, nuevas victorias”.

 

Tal vez busquen alentar a los de bajos salarios, como nosotros, que nos hemos puesto a hacer cálculos demasiado pesimistas, sin tener en cuenta los milagros de la ciencia cubana en el campo de la salud.

 

Para quienes piensan que 55 años es demasiado tiempo, les recomiendo que lean los otros carteles que hablan sobre la esperanza de vida de los cubanos y la posibilidad de que, bajo los cuidados del sistema de salud, pronto el ser humano sobrepase los 120 años de vida, de modo que esperar 55 para adquirir un Peugeot es una bicoca.

 

Ya puedo imaginar por ahí, recorriendo las calles de la ciudad, algunos funcionarios, armados con megáfonos, divulgando una versión actualizada de aquella canción de Carlos Gardel: “Sentir… que es un soplo la vida, que 55 años no es nada… que los hombres mueren pero el Partido es inmortal…trala la la la”, mientras estimulan la práctica de ejercicio físicos, el bajo consumo de calorías en las dietas, el optimismo revolucionario, la sobriedad como factores para prolongar la vida que, unidos al ahorro sistemático, garantizarían la adquisición de un carro de 200 mil cuc con un salario mensual de 30 cuc. ¡Señores, más que suficiente para alguien que habrá de vivir tanto como Matusalén!

 

Junto con mi vecino, vaticino que, luego de la fuerte campaña de convencimiento, las ventas de autos se disparen vertiginosamente, y que se intensifique la habilitación de grandes parqueos por toda la ciudad.

 

No es que falten los recursos para reconstruir los centenares de edificios y ciudadelas que se derrumban a causa de las lluvias y el paso de los años, no, sino que apremia utilizar los espacios de las demoliciones para resguardar las propiedades de los ciudadanos.

 

Este fin de semana mi vecino y su esposa dicen que irán juntos a seleccionar un auto. Para comenzar el plan de ahorros, ya han planificado una vida bien modesta, inspirada en la más auténtica Edad de Piedra.

 

La esposa, que es muy buena en las matemáticas, ha estado haciendo cálculos. Todas las noches, antes de irse a dormir le recuerda con alegría: “ánimo, querido, solo tenemos que ahorrar nuestros salarios, sin tocar ni un centavo durante 8334 meses. Es decir, que si la suerte nos asiste, en 695 años yo misma conduciré nuestros amados restos al cementerio”.

 

 

Cines eróticos de Cabrera Infante

José Hugo Fernández

15 de febrero de 2014

 

Pilares de las dos grandes pasiones del novelista: el cinematógrafo y el amor. Hoy son ruinosas sombras

 

En los cines de barrio de La Habana, Guillermo Cabrera Infante no sólo se enamoró para siempre del sortilegio del cinematógrafo. También descubrió el amor, y fue iniciado en las sublimes artes del rascabucheo, el ligue y la masturbación. En el capítulo más delicioso de su novela La Habana para un infante difunto, da cuenta de tales iniciaciones, siempre a su modo divertido e ingenioso.

 

Sin embargo, hoy, nuestro célebre fanático de “los cines más que del cine, con la mortificación de la busca sexual sólida interrumpiendo el disfrute de las sombras en la pantalla”, nos lanzaría pestes desde el cielo si pudiera echarle un vistazo a lo que alguna vez calificó como la topografía de su paraíso encontrado.

 

Ni el apego de los habaneros al cine (como espectáculo y también como enclave de iniciación erótica), ni el hecho, trascendente en sí mismo, de que constituyen referencias de primera línea dentro de una obra cumbre de la literatura cubana, han sido suficientes para evitar que casi todas esas salas que conformaron el itinerario cinéfilo y amatorio de Cabrera Infante estén actualmente clausuradas, inútiles, destruidas, o, en el mejor y más escaso de los casos, transformadas en míseras cuarterías o en planteles de la desidia estatal. Algunas pocas, aunque en pésimas condiciones, han tenido la “fortuna” de ser utilizadas como sedes de agrupaciones independientes de teatro o de danza.

 

En el cine Lira, viendo Los Viajes de Gulliver, el más célebre narrador cubano de los últimos tiempos experimentó su primer contacto carnal con una dama. Era una gorda, “mayor en más de un sentido”, que le dio trato de liliputiense y atajó sus ímpetus con un blúmer-faja a prueba de manos rascabuchadoras. El Lira, que, según Cabrera Infante, luego se haría pretensioso al cambiar su nombre apolíneo por el apodo de Capri, es uno de los únicos cines de aquel itinerario que aún continúa vivo. Sólo que con mucho menos ánimos que si estuviera cerrado.

 

Cascarón sin cáscara, vacío, maloliente, con los cristales rotos, el cine Capri, o lo que le resta, se llama ahora Mégano. Y ni pretensioso ni apolíneo, de lo que fue no queda sino lo que este nuevo nombre indica: un montón de arena, que se desmorona sin remedio, expuesto al viento, la soledad y la intemperie.

 

En el Majestic, Guillermo conoció el beso de lengua, impartido por una cocinera que a los pocos minutos de haberlo visto por vez primera, le estaba desabotonando la portañuela mientras lo amenazaba: “tú vas a ver lo que es una mujer”. No lo vio, debido a las protestas de los espectadores vecinos, pero jamás olvidaría aquel beso. Los habaneros, en cambio, nos olvidamos del Majestic, que en sus ruinas descansa, digamos en paz, desde hace un largo rato.

 

No nos hemos olvidado del Dúplex, pero para el caso es lo mismo, ya que tanto este cine como su hermano gemelo, el Rex, desaniman con sus puertas cerradas desde hace años (y presumo que para siempre), el bulevar de San Rafael. En el Dúplex, Cabrera Infante obtuvo su primera falsa promesa de amor, bajo el influjo de Fantasía, la película de Walt Disney, y en fecha memorable, pues fue justo el día que entregó para la imprenta el primer cuento suyo.

 

La primera calabaza se la dieron en el cine Universal, que hoy ya ni siquiera existe. Su primer desengaño maduró en predios de otro fiel difunto, Radiocine, donde, entre las escenas de celos y de incesto de El Séptimo Velo, había creído conquistar a una joven de luminosos ojos negros, a la que montó guardia en días siguientes, sólo para oírle decir, con el corazón en la boca: “Yo no lo he visto a usted en mi vida”. Una salida por demás sincera, aunque pueda parecer ingrata, puesto que en aquellas salas cinematográficas se ligaba a ciegas.

 

En el cine América, Cabrera Infante dio su primer paso en falso enamorando a una boba, coja y fañosa por más señas. Fue la primera pero no la única sorpresa que le reportaría su técnica de conquista, basada en el máximo aprovechamiento de la oscuridad y en el ataque sin palabras, mediante el toqueteo. Este cine, que hoy ya no es cine, mantiene sus puertas abiertas, pero dedicado a la presentación de espectáculos musicales en vivo que suelen ser tan frustrantes, bobos y cojos como aquella infeliz que le sirvió gato por liebre al novelista.

 

El Lara no es ni polvo

 

Como cazador cazado, Guillermo Cabrera infante también sufriría su primer gran apuro (y el segundo) en un cine habanero, el Lara, de Prado. Entre sus penumbras le montaron asedio un pederasta gigantesco, peludo y viejo, y un japonés kamikazi, mamador compulsivo. Sólo la suerte y una tímida decisión de último minuto consiguieron librarlo de aquellos vampiros del bálano adolescente. Al que no lo salvó ni el médico chino fue al Lara. Luego de innumerables años de olvido y podredumbre, convertido en meadero público, no es ya ni polvo. Apenas permanece su recuerdo en forma de insufrible olor a orina.

 

Porque si es verdad que entre los conductos de la nostalgia ninguno resulta tan fiel y recurrente como el olfato, para quienes vivimos hoy en La Habana la nostalgia no tendrá otro signo en el futuro que no sea el olor a excreta de la vejiga.

 

Es justo a lo que olieron antes de caer por completo los asentamientos cinematográficos del Habana, Cervantes, Ideal, Encanto, Verdún o Alkázar, donde Guillermo intentó conjurar su amor fugaz por las mujeres con su pasión eterna por el cine. Es a lo que han olido, huelen u olerán otros que también configuran su itinerario amoroso y que todavía están en pie pero cerrados, o privados de su mágica función: Negrete, Reina, Favorito, Infanta, Astor, Neptuno… cuya suerte es compartida por la mayoría de los cines habaneros de barrio.

 

En el Rialto le tumbaron por primera vez un ligue a Guillermo. El despojo estuvo a cargo de otro conquistador de cinematógrafo más osado y mejor parecido que él. Para colmo, estaban exhibiendo la película El filo de la navaja, y tocó la fatal casualidad de que su rival se parecía al protagonista, Tyrone Power.

 

Con todo, no perdió más que nosotros, que hemos perdido el Rialto, al parecer para siempre, pues aunque el edificio se conserva intacto, incluso recién restaurado, ahora sirve de base a una corporación dedicada al comercio de equipos electrónicos. Parte el alma pasar por Neptuno y Consulado, frente a aquel que fuera el cine de ensayo más concurrido y glamouroso para varias generaciones posteriores en dos, tres o cuatro décadas a la del autor de Tres tristes tigres.

 

Un amigo le había presagiado al premio Cervantes habanero (nacido en Gibara) épocas malas por venir: “Un día –advirtió- vas a encontrar tu Némesis en un cine”. Lo que no le dijo, porque no era adivino, es que no iba a ser en uno solo, sino en casi todos los cines que fueron testigos del descubrimiento de sus sueños imberbes y de sus primeros fulgores sexuales. Tampoco lo previno en cuanto a que su Némesis no tendría figura de mujer, sino de ingratitud histórica.

 

Mucho menos podría imaginar el amigo profeta que aquella sentencia, más que al novelista, que contra truenos y ciclones tiene asegurada ya butaca fija en el cine de Dios, nos afectaría a nosotros, sus lectores de La Habana, que finalmente somos las víctimas directas de la aniquilación de la memoria que, cual venganza divina, cae hoy sobre Guillermo Cabrera Infante y todo lo que le cuelga.

 

El propio Guillermo ha contado que en sus años de adolescente pobre en esta capital, su madre, cinéfila impenitente pero sin dinero para pagar el vicio, lanzaba una pregunta, siempre la misma, para que la familia escogiera entre la comida y el alimento visual: ¿Cine o sardina?, solía indagar ella entre sus hijos y esposo, hacia finales de la década de los años cuarenta, en el siglo XX. En estos días, después que la historia avanzó durante más de medio siglo, con rumbo –nos decían- hacia el futuro, a ningún habanero de a pie se le ocurriría formular la misma interrogante, debido a la obviedad de la respuesta: Ni cine ni sardina.

 

 

La dignidad prestada

Verónica Vega

12 de febrero de 2014

 

Una amiga próxima a emprender su primer viaje, me comenta que ya tiene la maleta lista, casi todo prestado. Treinta y siete años de abnegado servicio en salud pública en Cuba ya se sabe no dan para costear un viaje al extranjero, pero ni siquiera le alcanzan para confeccionar su equipaje.

 

Cuántas veces para los cubanos el éxito de una cita depende de un vestido o zapatos que, como los de Cenicienta, hay que devolver antes de medianoche, y cuidado no tengan una rotura o una mancha impertérrita que arruine un gesto de confianza y una amistad de años.

 

Recuerdo aquella frase que resumía estas soluciones forzadas, capaz de convertir la vanidad en vergüenza: “Sorullo, ¡suelta lo que no es tuyo”! O: “Si grito sorullo te quedas en cueros”… esto significaba que al decir tal palabra cada prenda retornaría a su dueño.

 

En mi adolescencia, innumerables veces evadí una invitación a una fiesta o hasta al cine, solo por no tener que ponerme. No era extraño pues en la escuela oía comentarios malsanos sobre los profesores que repetían la ropa y tomaba conciencia del descrédito que implicaba delatar (involuntariamente) esas carencias.

 

Lo curioso es que eran los cándidos ochentas, y casi todos pasábamos los mismos apuros.  Hoy, a cincuenta y cinco cacareados años de la Revolución de los humildes y para los humildes, la pobreza es un defecto aún más imperdonable.

 

Los padres se sienten aplastados por las demandas de los hijos, que no quieren ser víctimas del viejo desprecio, inamovible con los cambios de ideología. Arrancados de cuajo los viejos valores “burgueses”, el respeto al pensamiento propio y hasta a la religión, el resultado arroja ejemplos escalofriantes como la afirmación que le oí personalmente a la directora del municipio de educación de Habana del Este: “la estética es más importante que la dignidad”.

 

Mirando a los más jóvenes con sus ropas sugestivas, zapatos a la moda y móviles táctiles, intento adivinar qué mecanismos sustentan su autoestima. Recursos desviados de una empresa, productos de una cadena de venta ilegal, remesas que callan el esfuerzo y desvelo de alguien, detrás del mar. Cualquier variante de prostitución, mentiras… Cuántas angustias subyacen en esa mueca de desdén y cuán endeble es su consistencia.

 

Entre intelectuales y artistas, al margen de prédicas de espiritualidad, también la humildad es un refugio muy efímero. Al paso del tiempo, el éxito debe ayudar a reemplazar las sandalias baratas y la ropa hecha a mano, por prendas “de afuera”, aunque sean igualmente exóticas. No tener móvil es inadmisible y además de dar una pésima impresión, lastra relaciones e inserciones en proyectos sustanciosos.

 

Conocí personas que hacían del mal vestir una forma de protesta: contra los prejuicios de clase, el consumismo, las modas, la mutilación de la individualidad. Revalidaban el derecho al juego con su imagen, a otra forma de libertad. Una actitud valiente que le granjeó honores y menosprecios.

 

El tiempo, algunos viajes y ganancias moderaron su actitud: no hay como el olor y la textura de la ropa nueva, no hay como las miradas de aprobación, la dulce convicción de irse adentrando en un estatus  superior.

 

Hacer abstinencia de lo que se carece por designio es relativamente fácil. Varios de los renunciantes más célebres: Gautama Buda, San Francisco de Asís, Mahatma Gandhi… vivieron las delicias de una ropa elegante antes de cubrir sus cuerpos con harapos o un sencillo atavío hecho en su propia rueca.

 

Si es cierto que la vanidad es el pecado preferido del diablo tiene el mundo en sus manos. Porque a casi todos nos preocupa la apariencia, por más que nos resistamos a la moda o a la opinión de los demás. Dónde termina la zozobra de lucir mal solo lo sabe y lo decide uno mismo.

 

Ahora, me cuestiono si la solución es esconder la miseria, obtener de un préstamo una buena impresión, un mínimo respeto; que sólo un vestido ajeno consiga una conquista.

 

¿Por qué tenemos que cargar con el doble yugo de la pobreza y de la hipocresía? ¿Por qué avergonzarnos de carencias que significan honestidad?

 

En la Cuba de hoy, el origen de la prosperidad no se cuestiona. Lo inaceptable no es el cómo nos tratan, los precios cada vez más absurdos o esa publicidad en el Día de las Madres, de los Padres, de los Enamorados, anunciando regalos inaccesibles para la gran mayoría. Que muchos adquieren a costa de sacrificar una necesidad propia sólo por no delatarse incapaces de estar a ese nivel de vida que, a empujones, se está volviendo oficial.

 

¿Cómo? Dejando más mendigos por el camino, más ancianos paralizados ante una velocidad que no pueden seguir, más niños y adolescentes que exigen a sus padres no los dejen ser  blanco de la humillación, más padres que no ven otra válvula de escape que su moral.

 

En cinco décadas de elasticidad probada, ésta demuestra ser capaz de seguir estirándose, ajustándose al nuevo concepto del “socialismo sustentable”, o mejor expresado: al sálvese quien pueda.

 

Lo más triste es que las pautas las dictan quienes nunca han pasado el aprieto de un guardarropa precario, pies ampollados por zapatos ajenos, la dignidad salvada por los pelos en un gesto de solidaridad y confianza.

 

Los que en cinco décadas no han sufrido ningún cambio, si acaso el de su propio discurso.

 

 

La Habana para todos los cubanos

Ernesto Pérez Chang

29 de enero de 2014

 

El camión se detiene en una esquina del parque. Por la matrícula, todos saben que ha llegado de La Habana. Porque lo han visto otras veces, rompen el letargo de las tardes provincianas y se aproximan con rapidez. Son cerca de las cuatro de la tarde en Guantánamo, en el extremo oriental de Cuba.

 

El parque está lleno de gente que conversa y de niños que juegan. Algunos hombres solo esperan. Llevan horas aguardando la llegada de ese camión que desde hace tiempo cumple con la rutina de aparecer los mismos días del mes y a la misma hora.

 

El vehículo pertenece a una empresa constructora de La Habana que regularmente necesita de mano de obra no especializada, de obreros que realicen el trabajo duro y mal remunerado que ya los habaneros no aceptan hacer porque saben que el mercado negro en la capital, tal vez la única forma de comercio efectiva y asequible para la mayoría de los ciudadanos, rinde mejores ganancias que más de diez horas de trabajo a pleno sol.

 

Las leyes que regulan las migraciones internas en Cuba, prohíben que una persona que vive en el Oriente cubano se establezca de modo permanente en La Habana. Aquí, la estancia de un oriental o “palestino” —como les llaman debido a las restricciones y a lo azaroso de sus vidas— no puede sobrepasar las 72 horas, si no se arriesga a ser deportado a su lugar de origen y bajo las peores condiciones.

 

A los llamados “palestinos” se les segrega y humilla con tales medidas de control. No es difícil presenciar en cualquier esquina la escena aborrecible de un policía que detiene a uno de esos ciudadanos de segunda. Suelen ser reconocibles por el modo de hablar tan peculiar o por sus rasgos físicos, sobre todo por el color de la piel, mucho más oscura.

 

Se les solicita el carné, también el boleto de viaje para comprobar el tiempo de permanencia y, cuando existe, el documento “transitorio”, una especie de tarjeta concedida por las oficinas de registro de identidad del Ministerio del Interior.

 

En ellas se autoriza un periodo de residencia de solo seis meses para aquellos a quienes alguien —tal vez mediante pago o acuerdo misterioso y pocas veces por generosidad— les ofrezca un espacio donde vivir siempre que los funcionarios de vivienda lo certifiquen mediante inspecciones.

 

Estos procedimientos suelen propiciar abusos, extorsiones, chantajes de todo tipo. De no contar con los papeles en regla, la persona es detenida, esposada y conducida a centros de retención donde permanecen en condiciones pésimas por varios días hasta que son embarcados por ferrocarril, en vagones controlados por las autoridades.

 

Para evitar ese círculo de ignominia, por una parte, y de corrupción burocrática que ronda y penetra los trámites legales, por la otra, los orientales prefieren ser contratados por una empresa habanera.

 

Hasta un año pudiera prorrogarse el permiso si la persona ha sido aceptada en algún grupo de trabajo con capacidad para ofrecerlo a gente de otro lugar.

 

Solo los habitantes de Santiago, Holguín, Guantánamo, Granma, Las Tunas y demás provincias, excepto Pinar del Rio y Matanzas, pueden sentir la burla de ese eslogan que, a la entrada de la capital, les anuncia que “La Habana es de todos los cubanos”.

 

Las oportunidades de trabajo en sus territorios no abundan y, de haberlas, el salario, rayano en el absurdo, no resuelve las penurias de sus vidas. Trabajar y vivir en La Habana por un tiempo será un alivio bajo la forma de una apuesta por la más elemental sobrevida.

 

Habrán triunfado si la suerte los conduce a un empleo mejor, o a encontrar una pareja con residencia fija o a insertarse en ese comercio paralelo e ilegal imposible de controlar por las autoridades, debido a los niveles de corrupción de los funcionarios  y a la profundidad y extensión del fenómeno.

 

La Habana es una ciudad conformada por decenas de capas de ilegitimidades no superpuestas sino intrincadas, donde solo un par de ellas se hace visible en el discurso oficial. Son demasiado irreales los barnices para que la gente crea en ellos.

 

Las otras capas, a veces expuestas, a veces duramente profundas y hasta con leyes propias que las controlan, son el terreno donde transcurre la vida de más del noventa por ciento de la sociedad.

 

En esos intersticios no oficiales es donde el ciudadano común puede encontrar una posibilidad de subsistir acorde con lo que gana y con lo que se permite soñar, aunque siempre con los pies bien hundidos en la tierra.

 

Así, todos, palestinos o no, comprendemos la importancia de establecerse en La Habana y no alejarse de su centro jamás, de modo que arriesgarse a venir o quedarse, es el dilema central en la vida de muchos cubanos.

 

Cuando el camión de la empresa constructora se detiene en el parque de Guantánamo o en cualquier otro, son muchos los hombres que extienden la mano para hacerse de un contrato, el que sea.

 

No importan las horas de trabajo, ni pasar jornadas alejados de sus familias, ni dormir en albergues oscuros entre hombres sudorosos y entregados al alcohol que les alivia quién sabe cuáles melancolías o pesadumbres.

 

Al subir a ese camión con matrícula de La Habana, ellos, cansados de hundirse en el letargo provinciano, tal vez comenzarán el viaje de la sobrevida.

 

 

El régimen pretende que los emigrados paguen

las facturas telefónicas de sus familiares en Cuba

21 de enero de 2014

 

La estatal Empresa de Telecomunicaciones de Cuba (ETECSA), que tiene el monopolio de las comunicaciones en la Isla, anunció este lunes un servicio en internet para que los emigrados se encarguen de pagar las facturas telefónicas de sus familiares en Cuba.

 

La empresa anunció que desde este martes será posible realizar esa operación y la recarga de tarjetas prepago a través del sitio web www.ezetop.com, reportó el sitio oficial Cubadebate.

 

Estos servicios “podrán ser activados por familiares y amigos en el extranjero”, precisó la empresa. Ezetop, la única página en internet que por el momento permitirá esas operaciones, ofrece desde hace tiempo un servicio de recargas de teléfonos celulares de Cuba.

 

En cuanto a las facturas telefónicas, ETECSA dijo que, a través de la opción “Mi cuenta prepago” los emigrados podrán pagar gastos “en CUC a los usuarios residenciales que pagan el servicio telefónico en CUP y tienen facturas en CUC para otros servicios (como salida internacional, identificador de llamadas y número breve)”.

 

“Desde www.ezetop.com las recargas de servicios y pagos de facturas tienen un importe mínimo de 10.00 CUC y el interesado puede realizar tantas operaciones como desee”, añadió.

 

La empresa aclaró que desde Ezatop sólo se podrán realizar operaciones en CUC (que el Gobierno equipara al dólar), y que los pagos a través de la página se podrán efectuar también dentro de Cuba, siempre que el usuario “tenga las tarjetas bancarias requeridas por ese sitio web”, que son VISA y MasterCard.

 

En un país con un salario medio mensual que no supera los 20 CUC, las tarifas de los servicios internacionales de telefonía son prohibitivos para la mayoría de los cubanos.

 

 

La anexión en los tiempos (del regreso) del cólera

Erasmo Calzadilla

21 de enero de 2014

 

En años recientes los ciudadanos de Puerto Rico e Islas Malvinas fueron consultados sobre el estatus de su respectivo territorio. En ambos casos prefirieron la anexión o integración a una metrópolis primermundista antes que la independencia. Si a Cuba le dieran la posibilidad de escoger ¿Qué decidiría?

 

Medio siglo de “socialismo” ha erosionado el sentido de pertenencia a un territorio y a una cultura; patria es aquí una palabra en vías de extinción. Ninguna dictadura, ningún bloqueo, ni siquiera el neocolonialismo norteamericano pudo conseguir tanto desarraigo.

 

Buena parte de los cubanos residentes, sobre todo los jóvenes, anhela escapar. Bien hacia el norte, pero igual si el destino es Ecuador, Chile, China… El asunto es marcharse a cualquier rincón del planeta donde exista la esperanza de salir adelante, aun a costa de enormes sacrificios.

 

Yo mismo, soy un buen ejemplo de desarraigo: No me enorgullece un pueblo que acepta tranquilo una dictadura; los símbolos patrios me provocan repugnancia. Si no fuera por mis viejos hace rato hubiera levantado el vuelo.

 

Pero eso no me impide comprender la perversidad que ronda al tema Anexión. Por supuesto que los habitantes de un país con pobreza crónica añorarán “integrarse” a cualquier vecino rico que les abra las puertas, pero esa es solo una parte de la historia.

 

La responsabilidad del rico en la pobreza crónica y estructural del pobre es la otra. Sería muy injusto y miserable evocar lo primero sin recordar lo segundo.

 

Incertidumbre

 

En menos de veinte años la escasez de combustibles fósiles y el cambio climático desatarán una crisis global. Habrá guerras, migraciones y alteración de los límites fronterizos. Algunos analistas consideran que como resultado las pequeñas naciones se integrarán en grandes bloques, perdiendo en el trance la soberanía.

 

Si ello ocurriera ¿hacia dónde gravitaría Cuba? ¿Hacia el norte o hacia el sur? La tendencia actual es hacia el sur, pero quién sabe mañana.

 

En cualquier caso será difícil conservar libertades y derechos individuales en medio de convulsiones sociales; ya lo estamos viviendo.

 

Y hasta aquí mi análisis geoestratégico futurista respecto a la anexión.

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¿De un águila las dos alas?

Orlando Luis Pardo Lazo

13 de diciembre de 2012

 

Puerto Rico vota por la anexión a EE UU y la prensa oficial cubana hace su ‘interpretación’

 

En medio de la ola represiva cubana del pasado mes de noviembre, pensé que todo no era más que otra patética pataleta de la policía política para distraer así la atención de la noticia de mayor impacto en el área del Caribe, acaso en nuestro hemisferio: los puertorriqueños de hoy no ven con ningún horror su anexión a los Estados Unidos de América. Al contrario, por primera vez en su historia votan en mayoría a favor de ese proceso.

 

Si fueran súbditos del castrismo esos electores plebiscitados el 6 de noviembre último, hoy habría 824.195 nuevos presos de conciencia en las cárceles de Cuba. Amnistía Internacional terminaría siendo una institución local enfocada solo en nuestra islita. Lo que fue una opción civilizada en Puerto Rico, en la Mayor (y Peor) de las Antillas hubiera sido fuente de una guerra civil, ganada a priori por los abusos de Estado y los saboteadores de toda espontaneidad ciudadana. Al parecer, la bota del Imperio yanqui humaniza. En cambio, la humanidad soberana de la revolución nos trajo tantas barbas como barbaries.

 

1. Independencia, 2. Estado Libre Asociado Soberano, 3. Estadidad número 51 de los EE UU: ni un solo acto de repudio ocurrió como consecuencia de esta consulta popular. Una más, de las muchas a las que se ha sometido el pueblo de Puerto Rico, incluido un referéndum constitucional en agosto de 2012, donde, por supuesto, se hicieron campañas de oposición en contra la intención gubernamental (que perdió, por cierto) y, para colmo de democracia, hasta los presos de aquel país pudieron participar (mientras que en Cuba son considerados cadáveres en trance de rehabilitación).

 

El cantinfleo de los medios de prensa cubanos (o transmisibles dentro de Cuba) me sacó más de una carcajada a pesar de los amigos presos extrajudicialmente y los teléfonos boicoteados por Cubacel, la misma empresa que nos contrata como clientes solo para estafarnos con su irresponsabilidad criminal. En escasas horas, los “talibanes totalitarios” de la internet secuestrada cubana, coordinaron una escalada mediática de injerencia ideológica contra nuestra vecina nación.

 

TeleSur resucitó al líder nacionalista boricua Rafael Cancel Miranda, quien entiende que toda consulta es “una entretención para engañar al mundo con una falsa democracia”, pues “el derecho de los pueblos no se somete a votación”. En el portal gubernamental Cubadebate, Cancel Miranda critica paradójicamente que el plebiscito no fuera vinculante de cara al gobierno de Washington, a pesar de que el suyo sea “un país secuestrado por el poder imperialista estadounidense”.

 

El bloguero oficialista cubano Enrique Ubieta dictaminó que “los números a veces son tramposos”. El propio Cubadebate citó fuentes que consideran que no hubo más que “una ficción estadística”. La licenciada en periodismo Marina Menéndez desde Juventud Rebelde diagnosticó que se trataba del “resultado de la manipulación en la mente de un pueblo que se ha visto crecer 'gracias' a los vínculos con el Norte, y a quien se le ha hecho creer que no puede vivir sin ese nexo”, ya que “la anexión no fue el parecer de la mayoría; aunque esa variante haya obtenido, al contarse las boletas, los mayores porcentajes”.

 

De hecho, esta profesional se pone a sumar peligrosamente en público las boletas en blanco, más las ausencias a las urnas, más los votos anulados. Operación que, de haberla aplicado semanas atrás a las elecciones del Poder Popular en Cuba, le hubiera arrojado un escalofriante millón y tantos de desafectos cubanos a la revolución, a pesar de no contar con alternativa viable en ninguna boleta legal.

 

Lo cierto es que Puerto Rico es una isla abierta al mundo, sin necesidad de sermones papales a sus gobernantes. La cicatriz de los machetazos independentistas jamás ha llegado al 10% en ninguna elección. De ahí la necia necesidad de no confiar en ese tecnicismo burgués que es el sufragio popular. Más de la mitad de los puertorriqueños viven en EE UU y desde 1917 todos son ciudadanos de esa nación, sin necesidad de los oprobiosos permisos de Entrada y Salida al país (perpetuados bajo disfraz en Cuba con la reforma migratoria raulista). Sin embargo, aún no hay síntomas en absoluto de un holocausto de la identidad nacional boricua. Antes bien, los horrores de las dictaduras de derecha e izquierda latinoamericanas, para ellos son solo una lectura de clase más.

 

Recuerdo a propósito unas décimas impresentables de la autora del himno La Borinqueña, Lola Rodríguez de Tió (1843-1924), en ocasiones atribuidas disparatadamente a ese ubicuo Autor Intelectual que es nuestro José Martí. Aquella cantinela de infancia suena ahora demasiado subversiva (es decir, censurable) a la luz de la opción anexionista en Puerto Rico, justo cuando La Habana acumula líderes moribundos al por mayor: Cuba y Puerto Rico son / de un pájaro las dos alas, / reciben flores y balas / sobre el mismo corazón. / Qué mucho si en la ilusión / que mil tintes arrebola, / sueña la musa de Lola / con ferviente fantasía / ¡de esta tierra y la mía / hacer una patria sola!

 

 

El otoño de Cuba

Fernando Ravsberg

BBC Mundo

17 de enero de 2014

 

Casi el 20% de los cubanos tienen más de 60 años y en un futuro próximo un tercio de los habitantes del archipiélago serán personas de la tercera edad. El último censo de población pone sobre la mesa uno de los problemas más complejos que enfrenta Cuba.

 

“La sociedad se tiene que preparar para el envejecimiento”, dijo el vicepresidente Marino Murillo a los diputados en diciembre pasado, agregando que esa tendencia “ya no tiene solución, eso va a ocurrir y no se puede transformar en el corto plazo”.

 

La situación ha llegado al extremo de que hoy es mayor el número de ancianos que el de los niños y adolescentes. Inciden en esta realidad la reducción de la natalidad, el aumento de la esperanza de vida y, en menor medida, la emigración de jóvenes.

 

Entre los diferentes retos que enfrenta una sociedad tan envejecida, uno de los más complejos es la atención de las personas de la tercera edad. La prolongación de la vida hace que hoy haya ancianos cuidando de sus padres, casi centenarios.

 

Económicamente implica que cada año aumenta el número de jubilados a la par que disminuye el de ciudadanos en edad laboral. El gobierno remodela los asilos y las casas del abuelo pero la realidad es que las plazas se quedan muy por debajo de las necesidades.

 

Padres de hijos ancianos

 

A sus 97 años Margarita Roca camina con alguna dificultad pero mantiene la cabeza muy clara. La encontramos recién bañada, sentada en su sillón y almorzando, bajo la atenta mirada de su hijo menor, Raúl Arias, quien a los 71 años asume su atención.

 

Este cuadro será cada vez más común en la medida en que continúe aumentando la esperanza de vida, cuyo promedio supera hoy los 78 años, aunque el de las cubanas llega a los 80. Contribuyen a esto diferentes factores pero la amplia cobertura de salud es clave.

 

Margot –así quiere que la llamemos- nos dice riendo que el principal problema que hay en su casa es que ella es “muy majadera” pero nos explica que últimamente se porta mejor, come a la hora y se baña sin protestar. Solo pelea con su hijo para que la deje trabajar.

 

Raúl, sin embargo, enfrenta dificultades mucho más serias, “vivimos de 2 jubilaciones que no alcanzan, para poder cuidarla he tenido que dejar de trabajar y todos los precios están por la nubes. Me cuesta mucho comprarle la leche, por ejemplo”.

 

“Tenemos $ 200 de jubilación cada uno (U$D 8)”, nos cuenta Raúl y explica que esa cantidad no alcanza, “se nos va todo en el pago de la luz, la balita del gas, el agua, el periódico y el teléfono. Por suerte mis hijos me ayudan a llegar a fin de mes”.

 

Cuidados para los ancianos, buenos pero escasos

 

Cuba cuenta con proyectos interesantes para la tercera edad como la universidad del adulto mayor, donde estudian jubilados, la práctica generalizada de ejercicios como el Tai Chi o las Casas del Abuelo, en las que los ancianos pasan el día mientras sus hijos trabajan.

 

Estos centros son una solución para apoyar a las familias. Allí se relacionan con gente de su edad, hacen ejercicios, comen y juegan, nada de esto se paga pero solo hay 230 casas, con capacidad para cubrir apenas una tercera parte de las necesidades de la sociedad.

 

Los asilos de ancianos también son gratuitos pero en todo el país existen 127, con un total de 9000 camas. El gobierno planea construir nuevos 13 asilos y 140 Casas del Abuelo antes del 2015 pero sigue siendo poco para un país con más de 2 millones de adultos mayores.

 

Elizardo Sanpedro, trabajador del asilo Santovenia, institución regentada por la Iglesia Católica y la Salud Pública, explica a BBC Mundo que tienen 450 personas internas, alimentan a 150 abuelos más y mantienen una la lista de espera enorme.

 

“Muchos ancianos quieren venir” porque “este es el mejor de todos los hogares, el resto están en un estado lamentable”, dice Sanpedro y agrega que aquí no hay tanta corrupción, “lo que viene para los abuelos las monjitas se lo dan a ellos, nada se pierde”.

 

Sin reemplazo poblacional

 

Alberto Fernández, jefe de atención al adulto mayor de Salud Pública, explicó que Cuba es la primera nación de América Latina donde los mayores de 60 años (18,3%) superan al grupo de 0 a 14 años (17,3%). Lo que deja al país sin reemplazo poblacional.

 

Además de la mayor esperanza de vida, influye la baja natalidad, la cubana tiene como promedio 1,69 hijos. Las razones son muy variadas pero destacan las dificultades económicas, la integración laboral de la mujer y, en particular, la escasez de vivienda.

 

 

Podría influir los jóvenes que dejan el país, sin embargo, los privilegios migratorios de los cubanos en EEUU hacen que emigren también muchos ancianos. Según el Coronel Lamberto Fraga, durante el 2013 el mayor grupo de viajeros tenían entre 40 y 60 años.

 

 

Un editor en Cuba

Ernesto Pérez Chang

15 de enero de 2014

 

Me reservo su nombre porque él no quiere que lo escriba. No será necesario. Pudiera ser sustituido por cualquier otro. Solo diré que es editor. Quizás uno de los mejores de Cuba. Tiene sesenta y cinco años y más de la mitad de su vida la ha dedicado a publicar libros de todo tipo.

 

Ha hecho su trabajo con pasión, a pesar de las circunstancias terribles que lo rodean: un salario que apenas le alcanza para comer y una casa vieja, corroída por la humedad, a punto de venirse abajo totalmente. Lo agobian los problemas del día a día pero él no se queja, es incapaz de hacerlo, tiene miedo.

 

Hace unos días, mientras conversábamos por teléfono, lo sentía agitado, con la voz apagada. Me dice que había pasado la noche paleando los escombros de la sala de la casa. Con las lluvias otro pedazo de su vivienda se había desplomado y estuvo en peligro de perder la vida.

 

Entre el agua y los derrumbes lo ha ido perdiendo todo: los muebles, los libros de tantos años, las ropas. Ahora vive arrinconado en una esquina de lo que fuera la cocina familiar. Las cosas que ha logrado rescatar se acumulan inútilmente en un espacio mínimo.

 

Bien sabe que en cualquier momento también les llegará la hora. Las lluvias en Cuba no se detienen jamás por estos meses y no hay esperanzas de obtener otra casa porque mi amigo no es dirigente del Partido, ni militar, solo es un simple editor de literatura.

 

Me dice que en sus años de trabajo para editoriales del Estado ha aprendido a obedecer. Si de “arriba” le ordenan “boca abajo”, él debe apresurarse a dar la vuelta, sin titubeos. Ha podido comprobar en carne propia que nadar contra la corriente es sumamente arriesgado. Eso lo sé.

 

Me ofrece el consejo con la bondad de un padre sin reconocer que ha sido una víctima entrenada a golpes. Ese es su secreto para una mediana sobrevida en un país de sobrevivientes pero no se da cuenta de que apenas ha vivido los sesenta y cinco años que tiene.

 

Su vida transcurre detenida en una misma escena interminable donde cada año que transcurre es el mismo, bajo el asedio de iguales temores. La salud que se agota, una vida que termina, una casa que no soportará las próximas lluvias, los últimos días en un albergue de tránsito, sus libros bajo los escombros, su oficio despreciado por una ola de entusiasmo mercantil y maquillaje.

 

Ante la crisis económica que afecta todo, incluido el sistema editorial cubano, la mayoría de los editores han perdido sus trabajos y se encuentran subsistiendo a merced de los contratos que no abundan y que jamás pagarán lo suficiente para llevar una vida decorosa.

 

El oficio que tanto ama le ha enseñado que en Cuba la palabra escrita es un terreno pantanoso. En él ha visto hundirse a colegas que no advirtieron el mensaje subliminar de algún poema o por no haber interpretado “debidamente” el pasaje de una novela, la moraleja subversiva de un cuento, el verbo corrosivo de un ensayo.

 

La literatura en Cuba, la cultura en general, se hace bajo el asedio de los funcionarios suspicaces. No se puede arriesgar lo poco que se tiene y el oficio de editor es, en Cuba, leer con cuidado, siempre dudando, poner bajo sospecha. Las liebres saltan desde cualquier lugar.

 

Se pudiera pensar que una labor tan arriesgada rinde buenos dividendos pero el de la edición literaria, en Cuba, es un oficio relegado. Los salarios, extremadamente bajos, ridículos, se han mantenido invariables por más de veinte años y ya, por último, en esa política de “sálvese quien pueda”, puesta en marcha para reflotar cierto buque herrumbroso y hundido, se ha reducido el mercado laboral a niveles ínfimos.

 

Ante la crisis económica que afecta todo, incluido el sistema editorial cubano, la mayoría de los editores han perdido sus trabajos y se encuentran subsistiendo a merced de los contratos que no abundan y que jamás pagarán lo suficiente para llevar una vida decorosa.

 

La industria editorial no es constante, los ingresos de las empresas del libro dependen de unos mecanismos de distribución insuficientes y divorciados del productor, y abundan los tiempos muertos donde el editor y el corrector (otra especie en vías de extinción), que no dominan otro oficio y expuestos a la vorágine de desempleos y restricciones en todos los sectores más rentables de la economía, sencillamente se paralizan y son condenados a vivir en la peor miseria.

 

Si antes el salario no alcanzaba, al menos era una cantidad mensual, fija, que aliviaba la presión mientras servía para pagar los servicios de agua, gas, electricidad y teléfono cada día más caros y tarifados a espaldas de un ingreso medio.

 

Ahora la realidad es un abandono a la suerte de cada cual y no valen la destreza ni los años de experiencia, sino factores de otro tipo como estar en el lugar y el momento adecuados para obtener una contratación o una plaza vacante, disponer de una computadora en buen estado (un simple editor no puede darse el lujo de adquirir una máquina que le costaría treinta veces el monto neto de su salario mensual, muchos menos mantener sus piezas y actualizarla), dominar los programas de edición digital, aceptar las escuálidas tasas de pago y, luego de realizado el trabajo, esperar meses por que haya dinero en la cuenta de la empresa para saldar las deudas con los contratados.

 

Tengamos presente, además, que la edición no se puede ejercer por cuenta propia y que no está permitida la iniciativa privada en el sector editorial.

 

Bajo esas circunstancias, la vida de cualquier editor en Cuba se ha vuelto aún más tormentosa y no existe una organización gremial, especializada, que los proteja y esto, en gran medida, ha contribuido a que las medidas institucionales que los afectan se tornen irrevocables e incuestionables, porque nadie mejor que ellos para intuir los efectos negativos de la palabra escrita bajo el lente de un funcionario suspicaz.

 

Mientras escribo estas líneas, en La Habana llueve a cántaros. Las manchas de humedad en los techos de mi casa crecen por día y sé que no faltarán muchos años para que yo comience, como mi amigo, a replegarme en los rincones, evadiendo los derrumbes. Llueve sin señales de una breve escampada y mi amigo, que teme a tantas cosas, continuará en silencio.

 

 

La filosofía del despojo continúa

René Gómez Manzano

10 de enero de 2014

 

Este nuevo año ha venido acompañado por algunos acontecimientos con incidencia económica. Ellos han despertado interés en nuestra población. Puede decirse que, de esos sucesos, a un par puede reconocérseles carácter positivo. La mayoría, por el contrario, resultan muy contraproducentes.

 

Hace semanas entró en vigor  la prohibición a los pequeños comercios privados de vender confecciones extranjeras o artículos de uso doméstico. A esto se unen las cuantiosas multas que los burócratas de la ONAT, sin prueba alguna, han impuesto a muchos cuentapropistas porque —suponen aquéllos de manera arbitraria— declararon ingresos menores a los reales.

 

Pero la novedad que mayor conmoción ha causado es —sin dudas— la venta libre de autos a los particulares por parte del Estado.

 

La alegría dura poco en casa del pobre

 

Los ilusos que leyeron en internet la Gaceta Oficial Extraordinaria número 46, de 31 de diciembre, y que intentaron desentrañar sin éxito el enrevesado léxico de las diferentes disposiciones legales contenidas en ella, deben haberse llevado la gran sorpresa al presentarse en los puntos de venta de los ansiados vehículos y ver sus precios.

 

En realidad, su pasmo no tenía que haber sido tan grande. El inciso b) del artículo 8 de la Resolución 543 del Ministro de Finanzas y Precios contiene una norma que debió haberles servido como severa advertencia. Según ese precepto, para determinar el precio de venta de los vehículos se parte del valor de compra o la tasación oficial, a lo que se suma el importe de las mejoras (en su caso). Acto seguido, ese punto de partida se multiplica… ¡“por un índice de 15.0”!

 

Pese a esto, aun los que comprendieron el sentido de esa cláusula expoliadora deben haberse sorprendido ante la realidad. Como informó BBC Mundo, un Peugeot 508 nuevo se vende en 262 mil dólares; un modelo 206 de la misma marca, con cinco años de uso, cuesta unos 85 mil dólares. No por gusto la internauta Vilma, en un comentario enviado a ese órgano de prensa, expresa: “Eso tiene que ser en CUP o una bola, porque si es en serio, no hay forma de que se le esté imponiendo el 50% por encima del precio de compra”. Pues no, estimada amiga, la gabela aplicada por el codicioso régimen castrista no es la que usted sugiere, ¡sino treinta veces mayor!

 

El desenfreno alcanzó tales cotas que incluso la prensa extranjera acreditada en Cuba, habitualmente tan cautelosa, se hizo eco de la indignación ciudadana. La colega Anne-Marie García, de la AP, cita algunas frases: “Una locura”, “¡Increíble!”, “Es ciencia ficción”, “Son unos abusadores”, “¡Qué falta de respeto!”.

 

Ante estos hechos, ¿no parecen superfluas las preocupaciones expresadas por el periodista Haroldo Dilla a pocas horas del cambio de año? Él, después de calificar de “positiva” la medida, expresa su angustia ante los hipotéticos “embotellamientos, déficit de estacionamientos, insuficiencia de gasolineras y otros problemas” que supone que ella ocasionará. También, según ese escritor, “habrá que decidir… qué edificios derrumbar en la ciudad para hacer parqueos”.

 

Alucinaciones aparte, hay que expresar que esos costos demenciales exceden en mucho de los que pueden encontrarse en cualquier otro país, incluso del Primer Mundo. Pero aun en la misma Cuba, los vendedores particulares anunciaban en revolico.com precios menos irracionales. Por ejemplo, dos autos marca Toyota, del año 2010, se vendían a 55 mil y 45 mil dólares.

 

Otra acción vergonzosa adoptada por el régimen totalitario a inicios de este nuevo año fue la ocupación de simples juguetes que las Damas de Blanco y miembros de la Unión Patriótica de Cuba (UNPACU) habían obtenido gracias a la ayuda de compatriotas exiliados, con el fin de obsequiarlos a los niños en la festividad de los Reyes Magos.

 

Las multas exorbitantes a los cuentapropistas, los precios locos de los automóviles y el escamoteo de los juguetes tienen, como punto común, el desenfreno del régimen totalitario. Medidas como ésas hacen recordar una frase —muy publicitada en su tiempo— del fundador de la dinastía: “Desaparezca la filosofía del despojo y habrá desaparecido la filosofía de la guerra”.

 

Claro, cuando Fidel Castro la pronunció, tenía en mente al “odiado imperialismo”, ¿pero acaso lo señalado en este artículo no constituye la aplicación de una verdadera filosofía del despojo?

 

 

Los miedos de Raúl Castro

Eugenio Yánez

9 de enero de 2014

 

Las nuevas generaciones de cubanos no creen en la épica de “la revolución”

 

Podrán poner una pionerita a leer el discurso que le prepararon para el primero de enero, pero eso no resuelve nada: todos saben que los jóvenes cubanos hace tiempo dejaron de creer en la épica de “la revolución”.

 

La legitimidad de la gerontocracia por haber llegado al poder tras una revolución victoriosa le sirvió con los que hoy constituyen grupos de la tercera edad en Cuba, pero no basta para motivar, mucho menos emocionar, al resto de la población.

 

Los más jóvenes cubanos, y otros no tan jóvenes, no tienen vínculo emotivo con los guerrilleros castristas, y los ven tan lejanos como los mambises, los que derrocaron la dictadura de Gerardo Machado, los combatientes de Girón y el Escambray, o los “internacionalistas” que pelearon en Angola y Etiopía.

 

Los cubanos con más de 50 años vivieron el engendro tropical llamado socialismo cubano, subsidiado por la Unión Soviética; la propaganda continua y embrutecedora; el “enfrentamiento” permanente con Estados Unidos; las latas de carne rusa o de col rellena; los incómodos ómnibus Girón; los abrigos “24 por segundo”; los manuales de marxismo; las trifulcas en reuniones sindicales para poder comprar un televisor en blanco y negro, una lavadora o un reloj; el trabajo “voluntario”; los interminables discursos de Fidel Castro; los “muñequitos” rusos en la televisión; la libreta de abastecimientos. En algunas épocas —no siempre— en tiendas del “mercado paralelo”, productos no racionados como salchichas, queso o hígado de pollo, a precio de oro. El asco de los mítines de repudio y las golpizas durante el éxodo masivo de El Mariel. Y represión y promesas incumplidas.

 

Las generaciones nacidas a partir de 1989 solamente han conocido el “período especial”, con “camellos” y bicicletas como medio de transporte, apagones continuos, ropa raída, zapatos con huecos en las suelas, viviendas derrumbándose, epidemias por alimentación deficiente, cocimientos de hierbas, “bistec” de cáscaras de toronja, y “medicina verde”. Y doble moneda, claria, jineteras, el “Maleconazo” y la crisis de los balseros. También el subsidio venezolano, el culto a Fidel Castro y Hugo Chávez, la “actualización del modelo”, el “cuentapropismo”. Y represión y promesas incumplidas.

 

Muchos padres de los que nacieron a partir de 1989 vivieron primero la locura de la “socialización” del país, la ofensiva revolucionaria y el fracaso de la zafra de los Diez Millones. Y sobre sus frustraciones y carencias propias vieron y ven las de sus hijos en un llamado período especial del que todavía no ha salido ni saldrá el país, porque una camarilla ambiciosa e inepta ha sometido a todo un pueblo a penurias extremas y situaciones de miseria para no ceder el poder ni buscar alternativas al “modelo” fracasado y decadente, basado en la represión y promesas incumplidas.

 

Inventarse ahora, como hace Raúl Castro para justificar su fracaso y ocultar sus miedos, una “permanente campaña de subversión político-ideológica concebida y dirigida desde los centros del poder global para recolonizar las mentes de los pueblos y anular sus aspiraciones de construir un mundo mejor”, además de patético, es ridículo.

 

¿Qué aspiraciones de construir un mundo mejor puede ofrecerle el régimen a los cubanos, después de 55 años de fracasos, represión y promesas incumplidas? ¿Las incoherencias, recetas absurdas y palabras huecas de los “lineamientos” del Partido Comunista, o quizás las “reflexiones” de Fidel Castro?

 

No hacen falta supuestos “empeños de diseminar ideas que niegan la vitalidad de los conceptos marxistas, leninistas y martianos”: la vitalidad de los conceptos marxistas y leninistas, después de la caída del Muro de Berlín, es tan falsa como la promesa de Raúl Castro del vaso de leche para los cubanos. Y los conceptos “martianos” en las políticas castristas nunca han ido más allá de algún discurso demagógico.

 

Pretender enfrentar imaginadas campañas enemigas “entre otros medios, con una creativa conceptualización teórica del socialismo posible en las condiciones de Cuba”, lo único que demuestra es que, tras medio siglo de abortada ingeniería social con los cubanos como conejillos de Indias, el régimen ni siquiera conjetura cuál sería ese “socialismo posible” en la Isla.

 

Por si fuera poco, aspirar a que ese enigmático ejercicio de adivinación, soplando la flauta como el burro para ver si suena música, sea la “única alternativa de igualdad y justicia para todos”, demuestra soberbia y torpeza, al pretender que la camarilla dirigente que ha arruinado al país por 55 años sea la única capaz de encontrar soluciones.

 

Cuando en el mundo contemporáneo los conceptos modernos de dirección enseñan la necesidad de convertir los problemas en oportunidades para el progreso y el avance, la claque dirigente cubana hace cada día precisamente lo contrario: convierte cada oportunidad en un problema que no sabe resolver, mientras niega a todos los demás cubanos la posibilidad de intentar solucionarlos.

 

Considera incapaces, ineptos o enemigos a todos los que no son parte de su pandilla. Y tiene miedo, mucho miedo, a que cualquier cubano demuestre la ignorancia, incapacidad y cobardía política de “los históricos”.

 

Porque ya los cubanos han demostrado en todo el mundo, durante más de medio siglo, todo lo que son capaces de esforzarse, lograr y prosperar como personas libres, sin depender o estar bajo la bota de “la revolución” o de esos “históricos” a los que ya a estas alturas solamente les queda capacidad de reprimir y hacer promesas que, como siempre, no serán cumplidas.

 

 

Cuba dice…

Fernando Ravsberg

9 de enero de 2014

 

“Los precios de los automóviles han conseguido lo que no lograron Yoani Sánchez, Guillermo Fariñas, las Damas de Blanco, Kennedy, Johnson, Nixon, Reagan, Bush padre y junior”, escribió en su blog el periodista cubano Javier Ortiz.

 

Y agregó que “el valor del Peugeot 508 ha creado un consenso unánime” que sería útil a quienes “buscan formas de hundir la Revolución”. Ciertamente, tal y como señala el colega, nunca una reforma había recibido semejante rechazo.

 

Es el único caso donde haber mantenido la prohibición hubiera tenido un costo político menor. Con todos sus fallos, el sistema de “cartas” daba precios asequibles a decenas de miles de profesionales enviados a trabajar en misiones en el extranjero.

 

“Aplican los precios del mercado pero lo hacen solo cuando les conviene. Si vamos a guiarnos por el mercado para los carros deberíamos hacerlo también con los salarios y multiplicarlos por el mismo índice”, me dijo un importante economista cubano.

 

El curador de arte Abelardo Mena propone una sociedad “solidaria y con justicia social, pero con consumo. Ese que se nos ha negado por décadas de franciscanismo mesiánico” y asegura que “es el subdesarrollo y la escasez, no la abundancia, quienes generan el consumismo inculto, el nuevorriquismo”.

 

Los cubanos que se quedaron sin cartas

 

Es cierto que al grueso de la población le da lo igual que los autos cuesten US$10 mil o US$1 millón porque de ninguna forma pueden comprarlos, pero sí afecta a decenas de miles de médicos, intelectuales, diplomáticos cubanos, artistas o periodistas.

 

En Facebook Lourdes Llera se pregunta “¿qué será de ellos?” de “todos los cubanos que de una manera íntegra y muy sacrificada lograron obtener la Carta de autorización” porque “la mayoría no sobrepasa los CUC 5.000.00 (US$5.500)”.

 

De hecho Duviesky Turiño Gómez escribió en la página digital Cubadebate un comentario donde explica que ahora “para los que estamos de misión internacionalista hace falta 4 o 5 misiones continuas (entre 8 y 10 años) para poder comprar un auto de segunda mano”.

 

En las redes sociales, un periodista de un medio estatal calculaba que para adquirir un carro necesitará ahorrar 5.790 salarios íntegros, durante 482 años, y concluyó que “apretaron con los precios. Seremos el hazmerreír del mundo entero”.

 

Los que hicieron la ley bien pudieron haber hecho una excepción con estos cubanos, dejando para ellos los lotes de automóviles dados de baja de las agencias de renta, a los mismos precios que tenían antes del 3 de enero del 2014.

 

Los cubanos que reparten las cartas

 

Hace unos meses, el crítico de arte Jorge Gómez señalaba que quienes ponen las dificultades para que los cubanos se compren un carro son los “burócratas” que ya tienen uno. Se equivocaba, en realidad muchas veces tienen dos, si contamos el oficial y el personal.

 

Un médico indignado me explica que quienes le niegan la posibilidad de comprar su carrito utilizan los vehículos oficiales para ir a la playa, llevar los niños a la escuela o comprar en el súper. Una práctica que en países como El Salvador la ciudadanía denuncia y la ley sanciona.

 

La principal defensa oficial es que buscan promover el trasporte colectivo y un intelectual cubano me responde que ese argumento sería válido “si quienes aprobaron esos precios renunciaran a sus carros y empezar a montar guagua (autobús) como nosotros”.

 

Para evitar especulaciones se podría publicar el número de vehículos estatales al servicio de políticos y funcionarios, la cantidad de combustible que consumen y cuánto gastan en repuestos porque, al fin y al cabo, esa factura se paga con el trabajo de todos los cubanos.

 

Los cubanos alquimistas

 

No es raro que incluso las opiniones de los lectores de la página oficial Cubadebate sean casi todos contrarios a los precios. Lo curioso es que la redacción haya publicado comentarios como “Viva el mercado negro” o “ni mis bisnietos se podrán comprar uno”.

 

Incluso en ese sitio un internauta anuncia: “Compro la yegua que le dio la patada en la cabeza al tipo que puso los precios de los carros”, mientras otro se burla diciendo que “¡con esos precios se puede construir el Metro de la Habana en menos de un año!”.

 

Es que algunos cubanos dudan que la creación del fondo para la promoción del transporte público arregle las cosas si ni siquiera con la ayuda económica soviética y la asesoría francesa se fue capaz de organizar una red de buses mínimamente eficiente.

 

De todas formas pueden demostrar que esta vez será diferente. El viernes se vendió en US$120 mil un Hyundai 2010 que en EE.UU. cuesta US$15.000.

 

Con ese dinero podrían, en teoría, importar un bus 0 km. Veremos si informan cuándo llega y dónde va a circular.

 

Algunos economistas nacionales dicen que el Ministerio del Transporte necesitará los secretos de la alquimia para adquirir vehículos en el extranjero con pesos cubanos convertibles, moneda que, a pesar de su nombre, no tiene convertibilidad fuera de Cuba.

 

 

Usted también puede comprar un Peugeot

Pedro Campos

7 de enero de 2014

 

Antes del 1 de enero de 1959, una efectista propagada anunciaba: “Usted también puede tener un Buick”. Y era difícil llegar a tener un Buick, para lo cual había que pagar una entrada de varios cientos de pesos cubanos, equivalentes al dólar y letras mensuales que oscilaban entre 100 y 500 pesos.

 

Y digo difícil, mas no imposible, pues muchos profesionales, maestros y asalariados fijos se las arreglaban para adquirir a plazos, sino un Buick, al menos un Chevrolet de 4 o 5 años de uso para  ir a los trabajos y pasear a la familia de vez en cuando.

 

Conozco el caso de una pareja, maestros ambos  de escuela primaria, -cuyos salarios unidos no llegaban a 300 pesos cubanos- que, con mucho esfuerzo, lograron dar una entrada en una concesionaria de autos usados para sacar un Chevrolet de 3 años de uso y pagar una letra mensual de 100 pesos cubanos, durante 2 o 3 años.

 

¿Cómo hacían? Alquilaban el auto a un chofer, de lunes a viernes, de 8 de la mañana a 5 de la tarde, quien lo trabajaba dando carreras a pueblecitos cercanos. Con esas carreras, se financiaban el carro y el chofer y los maestros tenían auto desde las 5 de la tarde hasta el otro día a las 8 de la mañana y los sábados y domingos.

 

Hoy, el generoso  gobierno “socialista”  todo poseedor y todo decisor que administra el capitalismo monopolista de estado cubano, anuncia el fin de la prohibición  de ventas de autos nuevos y usados a la población y nos espeta en la cara: Ahora usted también puede comprar un Peugeot.

 

Este estado, principal empleador –hasta hace poco el único- que también proporciona salud y educación gratuita a sus asalariados para que puedan trabajar con alta productividad y en buen estado físico, paga salarios de miseria entre 300 y 1000 pesos cubanos mensuales, es decir entre 12 y 40 CUC, moneda más o menos equivalente al dólar.

 

Según se ha dado a conocer, un Peugeot del año se ha puesto a la venta por el monopolio estatal, en algo más de un cuarto de millón de dólares, más o menos un cuarto de millón de CUC, o lo que es lo mismo, más de 6 millones, 250 mil pesos cubanos (un CUC = 25 Pesos Cubanos).

 

Conozco un especialista en medicina que gana unos 700 pesos cubanos mensuales. La salud es uno de los sectores mejor pagados por el gobierno-empleador. Este profesional, tendría que trabajar  más de 8900 meses, sin gastar en más nada, para comprarse un Peugeot del año. De manera que trabajaría unos 714 años para terminar de pagar su carro.

 

Otras “ofertas”:

 

Un Geely del 2010, 26 500 CUC = 650 000 Pesos. 928 meses, o sea 77 años.

 

Un Kia Picanto 2011, 38.285 CUC = 957 125 Pesos. 1367 meses, o sea 113 años.

 

Un Hyundai Sonata 2009, 60 000 CUC = 1 500 000 Pesos. 2142 meses, o sea 178 años.

 

Y así por el estilo autos nuevos y de uso VW, Toyota, Renault y otras marcas.

 

La información hasta ahora conocida no precisa formas de pago, si es al contado, si habrá plazos, cuáles serán los intereses.

 

Los comentarios los dejo a los lectores. Me limito a exponer hechos y datos. Pero si me piden una opinión, simplemente diría: Sí, cae otra prohibición absurda más, de tantas que aún quedan; pero con contrafilo criminal, puesto que la economía popular está en crisis debido al modelo estado-centralista asalariado que el gobierno pretende “actualizar”, nunca cambiar.

 

Otra medida que no ataca las causas del desastre, tendente a buscar más dinero para la burocracia y a dar una imagen irreal de liberalización de la economía. Otra afrenta más al pueblo de Cuba, en nombre de un socialismo que nunca ha existido y de una revolución popular que ha sido traicionada.

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Nota de Manuel Castro Rodríguez: En 1958 el salario promedio mensual en la industria tabacalera era de 359 dólares; en la industria cervecera, 273 dólares; mientras que en la industria azucarera era sólo de 120 dólares.

 

 

Cuba a los 55 años de su revolución

Carlos Malamud

5 de enero de 2014

 

Algo no debe ir muy bien con el programa reformista de Raúl Castro cuando el actual y máximo responsable del gobierno revolucionario cubano debe dedicar su discurso conmemorativo del 55 aniversario de la caída de la dictadura de Batista a contentar al ala más dura y ortodoxa del establishment. De otro modo no se entendería ni el tono general ni los párrafos dedicados al constante enfrentamiento con los Estados Unidos o a la conspiración internacional y neoliberal que intenta negar “la vitalidad de los conceptos marxistas, leninistas y martianos” que todavía caracterizan la vida cotidiana de la sociedad isleña.

 

Salvo un par de alusiones a los programas de restablecimiento de la red de distribución de agua potable y a la reconstrucción de los edificios públicos y particulares de Santiago, no hubo referencia alguna a las iniciativas reformistas impulsadas por el propio Raúl Castro ni a los enormes desafíos que el pueblo cubano enfrenta como consecuencia de las mismas. De no ser por la duración del discurso uno podría pensar que su hermano Fidel había vuelto, ya que los principales conceptos utilizados en esta ocasión nos retrotraen a la noche de los tiempos.

 

Toda la intervención estuvo enmarcada por tópicos pre y post revolucionarios que pese a su vigencia sólo describen parcialmente una realidad más compleja y contradictoria. Si la Cuba de Batista era un nido imperialista de atraso, corrupción y prostitución, la Cuba de Fidel se convirtió, gracias al esfuerzo revolucionario, en el mejor de los mundos. En palabras de Raúl Castro: “La imagen de Cuba, famosa en América antes de la Revolución como un paraíso para el juego, la prostitución, refugio de mafiosos y destino preferido de sus sucias inversiones, facilitadas por la generalizada corrupción administrativa de la tiranía, se transformó mediante el proceso revolucionario en símbolo de dignidad, independencia, humanismo e intransigencia en defensa de los principios”.

 

Más allá de su longitud, no me resisto a reproducir los párrafos destinados a denunciar en la mejor clave conspirativa “la permanente campaña de subversión político-ideológica concebida y dirigida desde los centros del poder global para recolonizar las mentes de los pueblos y anular sus aspiraciones de construir un mundo mejor”. Pese a ello, el discurso de Raúl Castro, reproducido en la web de Cubadebate y en los otros órganos oficiales castristas, puede seguirse a través de las redes sociales, incluyendo las muy imperialistas facebook y twitter.

 

El complot denunciado busca “introducir sutilmente plataformas de pensamiento neoliberal y de restauración del capitalismo neocolonial, enfiladas contra las esencias mismas de la Revolución Socialista a partir de una manipulación premeditada de la historia y de la situación actual de crisis general del sistema capitalista, en menoscabo de los valores, la identidad y la cultura nacionales, favoreciendo el individualismo, el egoísmo y el interés mercantilista por encima de la moral”.

 

Los responsables de la trama, que no dan la cara, “se afanan engañosamente en vender a los más jóvenes las supuestas ventajas de prescindir de ideologías y conciencia social, como si esos preceptos no representaran cabalmente los intereses de la clase dominante en el mundo capitalista. Con ello pretenden, además, inducir la ruptura entre la dirección histórica de la Revolución y las nuevas generaciones y promover incertidumbre y pesimismo de cara al futuro, todo ello con el marcado fin de desmantelar desde adentro el socialismo en Cuba”.

 

Llegados a este punto la gran duda que surge es si la respuesta gubernamental al complot será la paralización de las medidas aperturistas de los últimos años que han permitido elevar el nivel de crítica en la sociedad cubana, o si sólo se trata de un recado destinado a los sectores más duros para pasarles la mano por la espalda y decirles no os hemos abandonado. La suerte de aquellos espacios de opinión creados por la afanosa labor de mucha gente, tanto opuesta como más próxima al régimen, puede estar amenazada. Esto podría ocurrir con los numerosos blogs y otros medios emergidos recientemente, o por emerger en un futuro próximo. Menos peligro corren algunos espacios laicales próximos a la jerarquía eclesiástica, gracias al paraguas institucional con el que cuentan.

 

El discurso de Raúl Castro tuvo bastante de maniqueo y poco de autocrítico. Tras reconocer que el mundo había cambiado mucho en los últimos 55 años, sólo admitió que había sido para reconocer las justas reivindicaciones cubanas. En realidad dijo que pese a la fuerte presión estadounidense para separar a Cuba de Estados Unidos, hoy su gobierno preside la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños) y se prepara para celebrar su próxima Cumbre a fines de este enero. Por el contrario, ni una palabra acerca del sentido de la revolución en un mundo globalizado como el actual.

 

Dicho de otra manera, ¿ha valido la pena el sufrimiento de varias generaciones de cubanos para llegar a los resultados actuales?, ¿se ha consultado a la juventud cubana lo que piensa respecto a las reformas emprendidas? Si después de largos años de privaciones se festeja como verdaderos logros el poder salir al extranjero, vender coches, tener un teléfono móvil o una mejor conexión a internet es porque las premisas revolucionarias de favorecer la libertad y el interés general no se han cumplido totalmente. Como se viene repitiendo desde hace tiempo, aunque algunos no hayan madurado lo suficiente para admitirlo, el unanimismo es la tumba de todas las revoluciones.

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Nota de Manuel Castro Rodríguez: Raúl Castro vuelve a repetir una de las tantas mentiras dichas por Fidel, en este caso sobre la prostitución en 1958, que las mismas investigaciones realizadas por la Universidad de la Habana demuestran su falsedad. Véase:

http://profesorcastro.jimdo.com/c%C3%B3mo-fidel-castro-miente-sobre-la-prostituci%C3%B3n-en-cuba/

 

 

Cuba's classic cars are icons

of oppression that deserve scrapping

Mark Wallace

The Guardian, Sunday 5 January 2014

 

It's deeply distasteful that we prefer to admire an Oldsmobile than consider the communist dictatorship that led to its survival

 

Most western travellers visiting Cuba will have come across the island's cars long before their plane lands. They appear in every travel guide, and you can buy calendars and posters of the 1950s classics that still drive through the streets of Havana.

 

They've become an icon of the island – considered a quaint, unmissable feature of Cuba's unique atmosphere. So, it was against a background of nostalgia that the news broke that they may at last be retired. It was portrayed almost as a saddening shame that these majestic beasts of the road might disappear.

 

This is patronising nonsense. As the experience of the rest of the world shows, if Cubans had the choice they would have abandoned their clapped-out Studebakers and Oldsmobiles long ago. The only reason they didn't is that the communist dictatorship that rules them did not allow it.

 

In a classic example of some being more equal than others, only senior party officials and a smattering of celebrities deemed of use to the party have been allowed to buy new vehicles from abroad over the past 60 years.

 

The motor museum driving Cuba's roads each day might seem quaint to tourists, who can go back to their air-conditioned, reliable and safe modern cars when their holiday is over – in reality the sight is a symptom of the way in which dictatorship runs down the lives of those forced to labour beneath it.

 

The tourist attitude is a form of rubbernecking at misfortune, of the type that has commonly become unacceptable in decent society. While our Victorian ancestors thought it quaint to set up villages of what they considered to be primitive Africans at shows in Britain, today we rightly act to end the misery of poverty instead of gawping at it. Somehow Cuba has managed to escape that trend. While Iran and North Korea are seen for what they really are, the last outpost of dictatorship in the Americas is let off lightly, all Buena Vista Social Club tracks, mojitos and sun-soaked beaches.

 

Maybe it's that the cars, along with the island's music, are a leftover from what is to the west a vanished age of style and romance. Maybe it's simply part of the wider fashion for excusing the actions of the Castro regime, hand in hand with the incongruous sight of western liberals wearing T-shirts of the racist and murderer Che Guevara.

 

Whatever the cause, it's deeply distasteful that we prefer to admire old cars than consider the system that led to their survival – extensive censorship of the media, vast police surveillance, near-total restrictions on freedom of assembly and speech, arbitrary arrest and torture of journalists and dissidents. There is a good reason why large numbers of Cubans have fled to the US in recent decades, and why people still take the desperate measure of cobbling together rafts and trying to float across the Caribbean, risking their lives to be free.

 

Raúl Castro's relaxation of the rules on car imports is only a baby step towards true freedom in Cuba, of course. For a start, the state still imposes huge taxes on car imports, leading to Peugeot 508s going on sale for $262,000 under the new rules. But it's a start. Once a little freedom is let into a society, inevitably people demand more.

 

As ever, communist autocrats struggle to let go. After 60 years, it will take a long time to unravel the oppressive web of permits, snoopers, secret policemen and torturers that propped up Fidel and now prop up his brother.

 

As the icons of that age, the cars, fall by the wayside, the rest, one must hope, will follow.

 

 

Pasear en máquina

Raúl Rivero

5 de enero de 2014

 

Las reformas económicas del régimen han provocado que los ciudadanos de más imaginación y fantasía de Cuba reciban este año 2014 con ilusión y optimismo. Es el caso particular de un hombre de Centro Habana que se benefició cuando el gobierno legalizó 178 oficios. Trabaja como pelador de frutas naturales y tiene ahora el sueño de comprase un Peugeot Exterpert Tepee que le saldrá en 212.940 pesos convertibles (CUC).

 

Con los soñadores no se puede. Nadie debe extrañarse ante el delirio de una muchacha de Pinar Río que vende refrescos en la sala de su casa y aspira a ganar el dinero suficiente que le permita adquirir un Seat, que se vende en la isla por 45 mil CUC. Y hay que escuchar en silencio a los hombres y mujeres que, en Guantánamo, Chambas, Guayos, Colón y Nueva Gerona, sacan cuentas y se ven al timón de un carro.

 

Ellos quieren liberarse de la agonía que es pasar la mitad de la vida en las paradas de guaguas porque la red del transporte público es una ruina vaporosa desde la década del 60. Y se proponen revivir, sin saberlo, una manera inocente, barata y popular que tenían para entretenerse en los atardeceres muchos cubanos en los años anteriores a 1959: pasear en máquina.

 

No hay talanqueras ni nubes negras para los sueños. El totalitarismo miente sin creatividad porque necesita el engaño y la trampa, pero la gente vuela a otras vidas por necesidad y porque mientras más incoherente, cerrada o absurda se presenta la realidad, mayor tiene que ser el delirio y más poderosa la esperanza.

 

El anuncio de la venta libre de automóviles, sin una carta de autorización oficial de los jefes, alcanzó algunos titulares en los sitios donde el comunismo con guaracha todavía despierta curiosidad y en otros espacios controlados por cómplices , amigos y aprovechados.

 

Se le dio algo de relieve en ciertos puntos de Europa donde necesitan que el signo de apertura en Cuba se extienda para justificar sus alianzas y tratados con la dictadura.

 

La verdad es que la venta de autos con el Estado como intermediario principal se produce en un país en el que lo único que se reparte sin limitaciones es la represión y, con una intensidad especial, a los opositores pacíficos, las Damas de Blanco y el periodismo independiente. Una nación sin libertades políticas, sin prensa libre, empobrecido y empantanado.

 

Para el año que viene, después de otros 365 días sin ningún cambio esencial y en atención a los precios que le han puesto a los automóviles, los propagandistas de la jefatura deben de estar pensando en otro golpe de efecto. Se comenta que barajan la idea de anunciar la venta de aviones y helicópteros por la libre a la población.

 

Con esos aparatos la fantasía y los soñadores van a llegar muy lejos.

 

 

Venta de carros en Cuba:

Sueños de una noche de verano

Emilio Morales

5 de enero de 2014

 

Cuando el gobierno cubano anunció la venta liberada de autos nuevos y de uso para inicios del 2014, muchos cubanos despertaron una ilusión demorada por más de medio siglo. Pero tras despertar a la realidad, con la publicación de las resoluciones, las tarifas impositivas y los precios de los vehículos, el sueño se tornó en desencanto.

 

La ilusión duró lo que un merengue en la puerta de un colegio al conocerse este viernes los listados de precios de las agencias comercializadoras.

 

Lo que parecía ser una de las medidas más renovadoras dentro de las reformas impulsadas por el gobierno de Raúl Castro se convirtió, de un pestañazo,  en la burla más descarnada de un gobierno a su población.

 

Los ciudadanos cubanos, con un salario medio anual de 466 pesos (CUP) -equivalente a 18 dólares mensuales- están condenados definitivamente a dejar de aspirar a tener un auto. A no ser que el gobierno cubano rectifique la descabellada estrategia de venta que acaba de poner en marcha.

 

¿Puede un cubano comprar un auto a 239,250.00 CUC (más de un cuarto de millón de dólares) que ni siquiera es un auto de lujo, cuando su salario es de 18 CUC al mes?  ¿Cuántos sueldos en pesos cubanos se necesitan para un vehículo corriente de uso que deberá pagar en efectivo?

 

CIMEX, cueva de ineptos

 

Tendría que vivir 1.107 años ahorrando su salario completo para poder comprar un auto a tales precios. ¿Es esta acaso la compensación que prometía el socialismo al final del camino?

 

En Estados Unidos una enfermera con un salario promedio de 60.000 dólares al año no puede darse el lujo de pagar esa astronómica cifra y muchos menos al contado. En cambio, sí puede comprar un Lexus 350 de 43.500 dólares y pagarlo por una letra o una renta (lease) por 450 dólares mensuales. Por cierto, un costo 5,5 veces inferior al precio del PEUGEOT 4008 del 2013 puesto a la venta, en esa misma cantidad, por las autoridades cubanas.

 

Los precios anunciados muestran un desconocimiento profundo del mercado, y de las estrategias de mercadeo y de precios, algo verdaderamente impropio de una corporación que -como CIMEX-  fue pionera del mercado dolarizado y acumula  más de 25 años operando como  líder del mercado minorista en la isla.

 

Evidentemente quienes han manejado la estrategia de precios de estos autos -ya sea a nivel corporativo como de gobierno-  tienen un desconocimiento gigantesco del  mercado y necesitan algunas clases adicionales de economía global. La toma de la corporación Cimex por parte de las Fuerzas Armadas ha cambiado la forma de mercadear los productos de las más de 35 líneas de negocios de la mayor compañía de la isla.

 

Precios inflados

 

Me temo que las reformas han deformado la maquinaria de investigación de mercado y estrategia que siempre tuvo CIMEX. Los nuevos cuadros y especialistas necesitan un reciclaje urgente que les corrija la miopía de mercadeo que a todas luces padecen.

 

La lista de precios que muestra la oferta de autos es  irracional y está totalmente fuera de contexto. El precio promedio de los autos puestos a la venta es de 54,090 CUC, una cifra muy superior al precio promedio de la propiedad inmobiliaria (real estate) en la isla, que es de 31.489 CUC. Una muestra inobjetable de que el monopolio estatal especula más que el sector privado. La diferencia es de un 77,8%.

 

El precio más bajo entre 77 modelos puestos a la venta -según los listados divulgados- corresponde a un BMW del año 1997, con valor de 14.457,60 CUC. Pongamos los pies en la tierra: se trata de un carro con 16 años de explotación, lo que en Estados Unidos llamarían un “transportation”, y nadie pagaría por él  más de 2.500 dólares. Si tomamos como ejemplo este avejentado BMW para ilustrar los desmanes del mercado estatal,  significa que el precio fijado por el gobierno tiene un 458% por encima de su valor real.

 

Las cifras del resto de los autos andan también por las nubes; ningún modelo o marca escapa de la desproporcionada oferta. ¿Cómo es posible que todas estas marcas permitan tan mal negocio? ¿Quién corre con los costos y gastos de semejante disparate? ¿Le interesa realmente al gobierno cubano vender autos nuevos y de uso a la población? ¿Cuantos cubanos de a pie podrán pagar estos carros a precios estratosféricos?

 

Desespero financiero

 

Tan descabellada medida es una muestra clara de que el gobierno cubano está  desesperado, a la caza de nuevas fuentes de financiamiento, rápidas, a toda costa y por cualquier vía. Todo parece indicar que la nueva zona franca del puerto del Mariel ha tenido un mal comienzo y la estrategia de atracción de capitales va a tener que ser cambiada. Los recorridos de altos funcionarios cubanos alrededor del ámbito de “países amigos” (y otros no tan amigos antes) en fechas recientes es un indicio de que hay síntomas de preocupación con el macroproyecto lanzado, y se aspira nuevamente a los capitales que puedan proporcionar estados aliados.

 

En el 2014 la ayuda venezolana podría caer en un 50%, dada las dificultades que enfrenta el gobierno de Nicolás Maduro con la alta inflación y los problemas acumulados desde la era de Hugo Chávez.. No son tiempos de  regalar capital sin retorno y La Habana comienza a asimilar esta dura pero aplastante realidad del chavismo transnochado.

 

En este contexto, las reformas raulistas tienen que dar un giro de 180 grados y sus arquitectos deben poner los pies en la tierra si quieren desarrollar seriamente un sistema económico para salir del subdesarrollo y renovar la tecnología de más de medio siglo que todavía mueve la ineficiente y obsoleta industria cubana.

 

Hasta el momento, las estrategias para atraer al tan necesitado capital extranjero han sido torpes y desalentadoras. Los empresarios foráneos interesados en invertir en Cuba deberán agregar ahora en su listado de riesgos los autos adquiridos a precio de Porsche, Ferrari y Lamborghini.

 

Y mientras esta comedia macabra transcurre en el tórrido invierno de la isla, los almendrones seguirán adornando las calles cubanas y el mercado de autos seguirá distorsionado con precios exorbitantes para carros de más de medio siglo y carros nuevos con precios de otra galaxia. Eso sí, algo espectacularmente provechoso y publicitario ha logrado el gobierno a solo 24 horas de sacar a la venta su parque automotor: Cuba se ha convertido en el mercado de automóviles más caro el mundo.

 

Documento: Decretos sobre la venta de vehículos a la población

Cubanos podrán comprar autos nuevos sin autorización estatal

Arranca la venta de autos para los cubanos con precios astronómicos

 

 

Raúl Castro en el 2014

Carlos Alberto Montaner

4 de enero de 2014

 

Pese a su discurso, está convencido de que el marxismo y su secuela colectivista han fracasado. Pero el estalinismo le es muy útil para gobernar, y no aceptará reformas políticas

 

Raúl Castro ha iniciado el 2014 con otro discurso lamentable. ¿Por qué el general repite una sarta de tonterías ideológicas en las que ya nadie cree, ni siquiera él mismo? No es fácil saberlo. Raúl, aparentemente, permanece sujeto a la autoridad intelectual y moral de su hermano, pero, a estas alturas, él, la nomenclatura, y casi todo el país, dan por sentado que el Comandante es el principal causante de la catástrofe económica que padecen los cubanos.

 

¿Cómo lo sabemos? Basta ver y escuchar pacientemente la charla que Juan Triana Cordoví, profesor de economía de la Universidad de la Habana, le da a la plana mayor de la policía política con el objeto de defender y explicar las reformas de Raúl Castro. Se trata de una persona del régimen aleccionando a sus compañeros con total autoridad.

 

Pese a su discurso, Raúl está convencido de que el marxismo y su secuela colectivista han fracasado. Acepta que el igualitarismo es contraproducente, y admite, además, que el régimen se dedicó durante décadas a imponer prohibiciones absurdas que han convertido la vida de los cubanos en un infierno.

 

Naturalmente, nada de esto quiere decir que va a aceptar reformas políticas. El marxismo podrá ser un disparate, pero el estalinismo le es muy útil para gobernar.

 

Intentará, eso sí, corregir los desastres económicos producidos por su hermano porque cree que de ello depende la supervivencia del régimen. ¿Cómo? Primero, ha eliminado algunas prohibiciones innecesarias. La dictadura puede admitir la tenencia de teléfonos móviles, la compraventa de casas y autos, la salida y regreso de los disidentes o a la contratación privada en el exterior de algunos atletas. Nada de eso pone en peligro al Gobierno y alegra a las masas.

 

También se propone crear un tenue espacio económico lateral —el cuentapropismo, esa ridícula palabreja— para que la sociedad civil desarrolle pequeñas empresas privadas, casi todas de servicio, que le den trabajo a más de millón y medio de personas que abandonarían paulatinamente las abultadas nóminas del Estado, producirían algunos alimentos y aliviarían la miserable vida de los cubanos.

 

Pero eso no es lo importante. La esencia de la reforma es otra: el Estado, dirigido por militares, se reservará el control y disfrute de unas 2.500 empresas medianas y grandes que forman el corazón del aparato productivo del país. Esa es la parte del león.

 

Es en este espacio económico, dicen los raulistas pomposamente, donde se juega el destino de la revolución. Raúl ha invertido el principio de subsidiaridad: la sociedad civil se ocupará de todo aquello que el Estado no pueda abarcar.

 

Un perfecto disparate. ¿Cómo van a lograr hacer eficientes las empresas estatales al punto de que generen beneficios permanentemente? La fantasía más recurrente de Raúl, un militar convencido de la utilidad de los refuerzos negativos, consiste en suponer que, mediante controles, auditorías, castigos y amenazas, todo ello supervisado por su hijo Alejandro, duro coronel de los servicios de inteligencia, conseguirá el milagro. 

 

Tonterías. ¿Cuánto tardarán Raúl Castro y los raulistas en comprender que el Estado es un pésimo gestor de todas las empresas, las pequeñas y las grandes? ¿Cuándo entenderán que los objetivos y modus operandi de las empresas realmente eficientes son totalmente diferentes a los de los estados?

 

¿Por qué cree Raúl que todas las empresas públicas, en todas las latitudes, suelen acabar siendo focos de corrupción, con plantillas sobredimensionadas, atrasadas tecnológicamente e improductivas? ¿Cuándo admitirán que el sistema comunista no es reformable, como confirmó Gorbachov en los años noventa? ¿O todo lo que desean es morirse mandando y los que vengan detrás que desmonten el error y el horror? ¿Es terquedad, cobardía, convicción, irresponsabilidad o todo eso junto?

 

Elija usted, perplejo lector.

 

 

Discurso de Raúl Castro

va en dirección contraria a lo expresado

en la conferencia del profesor Juan Triana

Manuel Castro Rodríguez

1 de enero de 2014

 

El Dr. Juan Triana Cordoví, profesor del Centro de Estudios de la Economía Cubana de la Universidad de la Habana, les dio una conferencia a oficiales del Ministerio del Interior (MININT).

 

Aunque el profesor Triana Cordoví repite el discurso oficial –para lo cual miente reiteradamente-, pretendiendo excluir a Fidel Castro de su responsabilidad por haber destruido la economía más próspera de Iberoamérica-, reflexiona sobre la necesidad de que todos los cubanos tengan internet en sus domicilios -aunque el MININT continúe vigilándolos a todos- y realizar otros cambios profundos en Cuba. Tan pronto vi el vídeo me surgieron varias interrogantes:

 

¿Cómo se obtuvo esta conferencia filmada por los equipos del Ministerio del Interior?

 

¿Quién publicó esta conferencia en YouTube?

 

 ¿Por qué esta conferencia ha sido publicada en YouTube?

 

¿Cuál es el objetivo de esta conferencia, donde se llama a realizar cambios profundos en Cuba?

 

¿Qué fin persigue el régimen de La Habana con la amplia divulgación de esta conferencia del profesor Juan Triana Cordoví?

 

Considero que la única explicación es que esta conferencia es para consumo externo –la probabilidad de que el cubano de a pie pueda ver YouTube tiende a cero-, la conferencia va dirigida a los potenciales inversionistas extranjeros, para hacerles creer que se avizoran grandes cambios irreversibles, por lo que su dinero estaría seguro. Téngase en cuenta que no hay nada más cobarde que el dinero: huye rápidamente a la primera señal de peligro.

 

 

Techos minados

Pablo Pascual Méndez Piña

16 de diciembre de 2013

 

La Habana se derrumba cada día. La incompetencia del Gobierno y las soluciones parciales de expertos sin poder político dejan indenfensa a la población

 

Era el atardecer del pasado 29 de noviembre, aún llovía en La Habana y Agustín Rebollar, un jubilado de 71 años, residente en el Vedado, permanecía cabizbajo cubriéndose el rostro con las manos para que no lo vieran llorar.

 

Se le mojó el colchón, los electrodomésticos, la ropa, los muebles y para empeorar su estado de ánimo, la vecina de los bajos comenzó a gritarle improperios cuando su techo igualmente comenzó a filtrarse.

 

En un impasse del aguacero, Rebollar miró el firmamento con la esperanza de que los nubarrones desaparecieran, pero el chaparrón se acrecentó e iracundo comenzó a dar patadas al piso y a exclamar obscenidades para desahogarse.

 

Tormentos similares sufrieron Manuela, Olimpia y Barbarita —vecinas de Rebollar—, que tras el desplome de una pared contigua a su apartamento, fueron conducidas por la policía hacia un albergue en el municipio Boyeros, en donde aún permanecen evacuadas.

 

Por desdicha, Fidel Vega y Pastora Góngora, residentes en la calle Campanario número 619 en el municipio Centro Habana, murieron aplastados al colapsar súbitamente su morada.

 

Un sinnúmero de damnificados y más de 2.000 evacuados provocaron las intensas lluvias tras el estacionamiento del cuarto frente frío de la actual temporada.

 

Durante 72 horas las precipitaciones sobrepasaron acumulados de 300 milímetros en los municipios norteños de la capital, arrojando un saldo catastrófico de 227 derrumbes, de ellos 201 parciales y 26 totales —según despachos oficiales.

 

“Tenemos los techos minados”, advirtieron algunos capitalinos ante la posibilidad de que sus techumbres reventaran por los aguaceros.

 

“La Habana es como un viejo con achaques”, la comparaban otros, refiriéndose a que la ciudad no sale de un desplome para meterse en otro.

 

El doctor Eusebio Leal, en el prólogo de la más reciente edición del ensayo La Ciudad de las columnas, de Alejo Carpentier, la retrata como: “La ciudad de lo inacabado, de lo cojo, de los asimétrico, de lo abandonado”.

 

En un trabajo realizado por la colega María del Carmen Ramón, titulado: La Habana cuesta, pero vale, publicada en la revista digital Cuba Ahora, el arquitecto Mario Coyula, director de arquitectura y urbanismo de la ciudad, expuso una imagen más realista y espeluznante del futuro capitalino:

 

La Habana podría terminar en una visión dantesca, como un gran anillo de basura consolidada o como un cráter vacío, que en el centro alguna vez tuvo una ciudad”.

 

La solución es el problema

 

Según expone Coyula, si echamos un vistazo a la maqueta de La Habana, notaremos que predomina el color amarillo, correspondiente —según simbología— a la urbanización de los primeros sesenta años del siglo pasado.

 

Así podríamos deducir que desde entonces el desarrollo socio económico de la capital en el rublo de la construcción de viviendas ha sido pobre.

 

A posteriori, solo se le añadieron las comunidades de Alamar, San Agustín y algunas zonas de desarrollo de microbrigadas. Pero la densidad demográfica aumentó y con ella el hacinamiento poblacional, sobre todo en Centro Habana, que tiene cerca de 1.000 habitantes por hectárea, a lo que se suma el inconveniente de la baja altura, que implica que las personas prácticamente vivan unas sobre otras, como en latas de sardinas.

 

Afirma Coyula que La Habana aún conserva la misma infraestructura de principios del siglo XX, y ejemplifica el caso del acueducto, que ya tiene cien años y se encuentra colapsado: sus canalizaciones estaban destinadas a ofrecer servicio a 300.000 habitantes, aunque fue proyectado para el doble de esa capacidad.

 

Hoy en la ciudad residen más de dos millones de personas y se impone una gruesa inversión, si pretenden restañar los derrames albañales que corren por las calles.

 

Coyula rememoró que hace muchos años, en una reunión muy interesante con un grupo de desarrollo de la capital, un especialista del Ministerio de la Construcción aseveró: “La Habana cuesta 3.000 millones arreglarla”.

 

“Pero el costo es mucho mayor —aclara Coyula—. La Habana cuesta pero vale, y la única manera para solucionar su restauración es ponerla a generar dinero para ella misma, como hizo Eusebio Leal con el proyecto del Centro histórico”.

 

Desde hace 50 años el mantenimiento constructivo del fondo habitacional fue soslayado por el Ministerio de Construcción (MICONS) y aunque el Instituto Nacional de la Vivienda (INV) creó empresas para tales propósitos, se quedaron por debajo de las necesidades y comenzaron a apuntalar viviendas en mal estado como salida a las dificultades. Dicha solución, sin embargo, fue insuficiente, corroborándose que el enfoque dado al problema fue equivocado.

 

Las actuales construcciones de viviendas solo están destinadas a reponer los derrumbes —apuntó Coyula—, pero el Gobierno no puede ser el único responsable de resolver los problemas de la gente, que espera con pasividad que el Estado paternalista venga a arreglarle su casa o construirle una nueva.

 

“Del mismo modo la nueva ley que permite la compraventa de viviendas, podría tener un efecto positivo, porque la gente va a cuidar su propiedad, no solo por el techo, sino porque es una mercancía que un momento dado puede significar dinero”, estimó.

 

La reflexión de Coyula encuentra detractores como Fermín Álvarez, un economista de 52 años, quien cuestiona la posibilidad de producir más de 3.000 millones de dólares para arreglar la ciudad, con un modelo económico inoperante como el actual y la circulación de dos monedas desvalorizadas que inhiben el interés de los inversores extranjeros.

 

Igualmente, Álvarez asegura que el régimen parece más preocupado en estrangular al sector cuentapropista que solo representa un insignificante 2% del Producto Interno Bruto (PBI) —según estimados oficiales— que en fomentar la capacidad individual y el desarrollo de la variante no estatal, que pudiera aportar considerables ingresos destinados a beneficios sociales.

 

Un ex directivo del otrora Ministerio de la Industria de Materiales de Construcción (MIMC) que solicitó el anonimato, califica la ley compraventa de viviendas, como un subterfugio del régimen para liberarse de responsabilidades.

 

“Durante más de 50 años, el Gobierno fue el verdadero dueño de todas las casas, prohibiéndole a ‘los usuarios que las habitaban’ venderlas a otros particulares, excepto al propio Estado que descaradamente se atribuía la facultad de tasar su valor”, aseveró.

 

“Tal condición, causó el deterioro de muchos inmuebles —apunta—, sobre todo en los edificios multifamiliares, puesto que si el Estado era el dueño, también era el responsable de su reparación”.

 

Los déficits y altos precios de materiales de construcción en Cuba, son una consecuencia de la decisión gubernamental de destinar el grueso de estas producciones a la exportación y la ayuda a los bloques regionales, mientras la demanda nacional representa el renglón menos priorizado”.

 

Una bolsa de cemento de 42 kilogramos cuesta 6,6O CUC (dólares), lo que constituye cerca de la mitad del ingreso medio cubano, equivalente a 15 CUC. ¿Cuántas personas que dependen de un salario, pueden hacer está inversión sin dejar de comer?

 

Igualmente se suma la compra de áridos y otros materiales. Pero lo más costoso es la mano de obra calificada para acometer las reparaciones. “Sería de ilusos creer que con el flaco crédito que le ofrecen a las personas más vulnerables se cubrirían los gastos de reconstrucciones, después de más de 50 años de errores y estúpidas prohibiciones del Gobierno”, concluye el ex directivo del MIMC.

 

Fuera de base

 

El 90% de los afectados por el evento meteorológico ocurrido los pasados días 28, 29 y 30 de noviembre, afirman que fueron sorprendidos por las lluvias.

 

Señalan que el Instituto de Meteorología expuso un pronóstico sutil, y para nada alertó a la población sobre la posibilidad de intensas lluvias, con acumulados superiores a los 300 milímetros en los municipios norteños, algo que sería como un “bombardeo”, ya que estas regiones presentan los mayores problemas constructivos en la capital. Tampoco se emitieron partes especiales para mantener informada a la población.

 

Tampoco los órganos de la Defensa Civil —amén de su probada verticalidad— alertaron, ni emitieron fases informativas o alarmas para orientar a los damnificados. Asimismo, el 95% de los consultados alega que hubo indolencias que causaron riesgos innecesarios y pérdidas de vidas.

 

Diré ‘good bye’

 

Agustín Rebollar comenta que en esta ocasión los aguaceros no le dieron tregua para subir a la azotea y barrer las charcas, como suele hacer en estos casos. Cuenta que para impermeabilizar el techo aplicó varios derretidos de cemento con agua para taponar las filtraciones, pero no sabe si lo hizo bien o mal.

 

“Si al menos en la televisión pusieran un programa didáctico para enseñarnos cómo se hace —opina—, yo mismo le metería el pecho, a pesar de mis 71 años, porque con 270 pesos (11 CUC) que me pagan de retiro, no puedo pagarle a un albañil”.

 

Dentro de su casa, Rebollar muestra un techo de vigas y losas, arqueado y cubierto de mazamorras por la humedad, que no se ha venido abajo gracias a un apuntalamiento hecho con troncos de madera.

 

“La próxima vez, si es que hay próxima —resuelve Rebollar—, estaré obligado a hacer lo que recomendó el difunto Álvarez Guedes: Me daré un beso en el fondillo y diré good bye”.

 

 

 

Vivir en un albergue: la tragedia de miles de cubanos

Lilianne Ruiz

16 de diciembre de 2013

 

La pobreza en la que vive la mayoría de los cubanos -y a la que se adaptan, gracias a los minuciosos mecanismos de poder que han impuesto 54 años de terror de Estado-, no es una fatalidad insalvable. Bastaría con que el gobierno cubano respetara todos los derechos humanos, abriendo el juego político y económico, para mejorar las condiciones de vida de los habitantes de la isla.

 

La miseria se agrava cuando tampoco se tiene dónde vivir, ni se cuenta con recursos económicos para rentar, edificar o comprar una casa. Se estima que, tan solo en el municipio de Centro Habana,  6 mil  201 familias (24 mil 584 personas) están afectadas por la condición inhabitable de sus viviendas. De esa cantidad, solo 125 familias están ubicadas en las llamadas comunidades de tránsito: albergues colectivos, como se les conoce en Cuba.

 

Pero esos datos no ilustran acerca de lo que significa para una familia vivir albergada. Hay que traspasar el umbral de las cifras para ver de cerca el verdadero rostro de la tragedia.

 

El “Albergue Colectivo” de San Rafael, en Centro Habana

 

Según los que allí viven, en el edificio hubo antes una fábrica de almohadillas sanitarias (íntimas, en lenguaje cubano). No faltan los carteles decrépitos con alguna consigna comunista. El salón está dividido en diferentes cuartos donde se agrupan las pertenencias de los que han ido a parar a ese sitio Lo que parece ser el baño es de hecho una letrina. Tampoco se ve por ninguna parte una pila de agua corriente.

 

Iverlysse Junco tiene 29 años. La puerta de tablones de madera del cuartucho donde vive con su esposo y sus 4 hijos, crea una falsa ilusión de privacidad. Todo luce precario y feo, pero impresiona ver el blanco de los pañales con que cubre la cunita de su bebé de un mes de nacido. No ha descuidado su arreglo personal a pesar de que no espera a nadie; guarda su dignidad en la limpieza y el orden que mantiene en los 4 x 4 metros donde viven.

 

Hace 6 años salió de un “solar” en peligro de derrumbe. La habitación no tiene una sola ventana. Lo primero que nos muestra detrás de una cortina es otro tablón de madera corredizo que da a la calle. “Cuando vinimos estaba completamente cerrado, pero un día no soporté más la falta de aire y agarré un serrucho para hacer ese agujero”, dice.  “Lo malo es que ahora mi esposo y yo no podemos salir juntos, porque uno de los dos tiene que quedarse para cuidar que nadie entre a llevarse nuestras cosas. Vinieron a ponerme una multa, nada menos que por alterar la fachada. Pero le dije al delegado de la circunscripción que ellos conocen muy bien mi situación”.

 

En una improvisada meseta de cocina tiene un par de hornillas eléctricas donde lo hace todo: desde cocinar hasta hervir los pañales, como es costumbre entre las madres cubanas que no tienen cómo pagarse el lujo de los pañales desechables, que supone un costo superior al salario de un mes.

 

El bebé está resfriado a consecuencia de la humedad: tiene que tender la ropa allí dentro. El agua se la pide  a un vecino de la cuadra. Les deja llenar los cubos que luego transportan a un tanquecito en una esquina de la habitación. Esa agua tan limitada tiene que servirles para lavar, fregar, cocinar y bañarse en la misma habitación. Parte de su rutina de todos los días es mantener el depósito lleno. Pero con otras necesidades  no hay arreglo; tienen que orinar y defecar en un cubo destinado para ese fin y luego salir a verterlo por la alcantarilla, en la calle.

 

“Aquí todo es duro. Lo más difícil es levantarse por la mañana y tener que estar vigilando a la gente para poder salir a botar el cubo. El cloro para limpiar y el aromatizante no me pueden faltar”.

 

Su esposo trabaja en demoliciones, por eso ella está al tanto de la cantidad de derrumbes que ocurren, especialmente cuando llueve.

 

¿Cuando salgo yo de aquí? Los derrumbes van a seguir porque La Habana se está cayendo”.

 

Aunque Iverlysse  y su esposo trabajen mucho, se ven reducidos a la total dependencia del Estado. En un sistema colectivista, que  condena la propiedad privada y el libre mercado, la hipotética solución consiste en que, no con el esfuerzo propio, sino con el trabajo colectivo, la familia de Junco obtendrá una casa donde vivir.

 

En la práctica, la sociedad ha quedado sometida al control y la planificación  estatal. La felicidad de la familia de Junco dependerá entonces de que su expediente sea privilegiado ante los ojos del funcionario, que el próximo 20 de diciembre deberá decidir si, entre las 900 casas que se otorgarán en toda la provincia de La Habana -después de priorizar los “casos” que llevan 20 años albergados, esperando-, califica la suya como suficientemente afectada por una situación extrema.

 

“Ya he ido a la Provincia (Oficina de Vivienda) y al gobierno. Tres veces fui a la Plaza de la Revolución y siete veces escribí cartas al Consejo de Estado. En todas las ocasiones la respuesta fue: Tiene que esperar. Hay casos peores que el suyo. ¿Qué puede ser peor que esto?”, se pregunta Iverlysse.

 

Las cifras de la cantidad de albergados y de personas a la espera de serlo, fueron ofrecidas por la Unidad Municipal de Atención a las Comunidades de Tránsito  (UMACT)  del municipio Centro Habana, por una persona que pidió anonimato. El dato de las 900 casas que serán otorgadas el próximo 20 de diciembre lo aportó una trabajadora de vivienda que tampoco quiso revelar su nombre.

 

 

Las guaguas sucias

Haroldo Dilla Alfonso

16 de diciembre de 2013

 

La periodista de Granma considera como una indisciplina inaceptable que la gente haga lo que hace en cualquier otro lugar del mundo cuando viaja en un bus por muchas horas

 

Desde que vivo fuera de Cuba puedo hacer algo que no podía hacer en Cuba: leer el Granma. Y lo hago diariamente y con cuidado pues el Granma, aunque terriblemente aburrido, es parte de una realidad nacional que cambia, trabajosamente, pero cambia. Y por ello en los últimos tiempos es posible encontrar artículos curiosos, no porque sea la voluntad del periódico intrigar a sus lectores, pues el Granma sigue aspirando a ser un periódico de ideas firmes. Sino porque sus periodistas están obligados a escribir piezas condimentadas con las consignas del momento, la crítica light pero de alguna forma relevante y finalmente alguna pericia profesional. Y todo esa confabulación de propósitos diversos da lugar a piezas que arrancan dudas y sonrisas.

 

Hace unos días encontré un artículo dedicado a los viajes interprovinciales y sus incidentes, y cuyo hilo argumental era nada más y nada menos que la monstruosidad perpetrada por un pasajero que, en un viaje desde Las Tunas, vomitó en el bolsillo posterior del asiento delantero. Los choferes andaban acongojados con el descubrimiento, que hicieron el día después del hecho terrorista, y a puro olfato, lo que ciertamente indica que el ómnibus no fue limpiado adecuadamente tras doce horas de camino y una noche de estancia. Y que los bolsos de los asientos donde los pasajeros comunes —que no vomitan— siempre dejan papeles y otros desechos, no fueron vaciados.

 

Debido a que el país se encuentra en una campaña por el rescate de aquello que el General/Presidente considera los tradicionales buenos modales de los cubanos, la periodista creyó oportuno empujar en esta dirección. Y, fast and furious, cargó contra los pasajeros desaprensivos que no saben comportarse en un ómnibus interprovincial. Donde, de paso menciono, que está prohibido ingerir alimentos durante las muchas horas de viaje, a pesar de que los buses paran en lugares donde no hay comida, y cuando la hay, no hay dinero. “Muchas veces —escribe la periodista citando a un chofer— dejan restos de bocaditos en el piso, migajas de pan, estuches plásticos, latas vacías, manchas de grasa o de líquidos en los asientos y hasta hay quienes se limpian las manos con las cortinas o con la tela destinada para apoyar la cabeza durante el viaje”.

 

Es decir, que la periodista considera como una indisciplina inaceptable que la gente haga lo que hace en cualquier otro lugar del mundo cuando viaja en un bus por muchas horas: come, deja virutas de pan y restos de comida en el piso, desecha latas y botellas y se limpia las manos con lo que tenga cerca si no hay servilletas. Y como eso lo saben todas las compañías de transportación de pasajeros, los vehículos se limpian tras cada viaje, se usan sustancias desinfectantes y ambientadoras y se desechan los restos de la actividad humana, con algún vómito eventual incluido. Y cada algún tiempo, se cambian los forros y se lavan. Todo lo cual parece que no se hace en Cuba.

 

Sin embargo, la periodista no pareció particularmente afectada por lo que sí son irregularidades mayores, que menciona de paso al comenzar su curioso artículo. La cito: “…turbios procedimientos para poder adquirir pasajes (sobre todo por lista de espera, en la capital del país), no declaración de capacidades reales por parte de conductores en terminales, cobro de pasaje sin entrega de boletín, paradas innecesarias, almuerzos y comidas en establecimientos no estatales con precios que no están al alcance de todos los pasajeros”. Ante todo lo cual el vómito del pasajero es solo un chiste pesado.

 

Es una pena que la periodista —con seguridad una persona capacitada e inteligente— no haya podido ofrecernos un análisis más completo de lo que es un tema muy complejo. Todo el mundo sabe que el sistema de transporte interprovincial insular ha sido una actividad deficiente y muy corrupta. Y que su insuficiencia crónica ha producido un tipo de cubano medio que no conoce la Isla más allá de su entorno inmediato y de algún viaje ocasional. Hoy la isla de Cuba es una suerte de agregaciones feudales habitado por seres severamente territorializados.

 

En los tiempos del “socialismo real” un viaje interprovincial en fechas calientes implicaba someterse a unas extenuantes listas de espera que solo satisfacían los más perseverantes, o evitaban los que, socio en mano, podían pagar. Cuando apareció el mercado, los precios eran tales que había que trabajar muchos días, o desviar la ayuda de Miami, para poder viajar. Hoy por ejemplo, un viaje a Santiago en la opción más barata —y también más incómoda— cuesta casi un salario mínimo.

 

Caro, muy caro, pero si al menos limpiaran…

 

 

Gobierno cubano impulsa

construcción de ciudades militares

Daniel Palacios

11 de diciembre de 2013

 

El gobierno cubano tiene en marcha un ambicioso proyecto constructivo, a cargo del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), para edificar miles de viviendas en áreas urbanas especialmente destinadas a oficiales y trabajadores del sector militar.

 

La construcción de las Ciudades Militares (CM), como se conocen estas obras, comenzó hace dos años en tres ciudades del país, La Habana, Santa Clara (Villa Clara) y Santiago de Cuba, y hasta el momento se han terminado unos 1.500 apartamentos, según confirmaron a CaféFuerte fuentes vinculadas a los planes de urbanización.

 

Al parecer, existen además proyectos constructivos de esta envergadura en Pinar del Río, Ciego de Ávila, Camagüey  Holguín y Guantánamo.

 

En el caso de la CM de La Habana, se encuentra ubicada en la conocida intersección de las avenidas 100 y Aldabó, en el municipio Boyeros, justo frente al más grande centro de procesamiento penal e investigaciones criminales del país.

 

El conglomerado militar capitalino cuenta hasta el momento con 30 edificios ya habitados, cada uno con una decena de apartamentos, lo que constituye apenas la mitad de los 50 planificados, según reveló de una fuente allegada al grupo de contratistas de la obra,

 

Con técnica avanzada

 

“Este es uno de los planes constructivos más grandes en las últimas dos décadas en las FAR”, comentó la fuente bajo condición de anonimato. “Hemos hecho varios edificios y complejos de ellos en diferentes ciudades de Cuba, pero nunca tantos como ahora. Se pretende solucionar al menos las necesidades básicas de hogar a los oficiales y trabajadores civiles”.

 

En el pasado, las FAR construyeron edificios de microbrigadas y complejos habitacionales para sus oficiales y trabajadores civiles en todo el país, pero sin el concepto y la planificación de las actuales CM.

 

Agregó que en los nuevos proyectos se está utilizando una técnica de avanzada que consiste en armar la edificación con paneles de acero y rejillas de alambrón,  revestidos de hormigón, procedimiento que aumenta la consistencia y la dinámica constructiva, lo que permite avanzar a pasos agigantados.

 

Los apartamentos son de dos o tres habitaciones y tienen incorporados sistemas de calentamiento de agua por mediación de paneles solares, que asegura la climatización hidráulica.

 

“Actualmente estamos trabajando en el acondicionamiento de las calles interiores de comunicación entre los bloques, así como la terminación de otros tres edificios que se encuentran a punto de entrega”, informó la fuente.

 

Los edificios de la CM habanera se encuentran en los predios de una antigua unidad militar dedicada a las labores de abastecimiento y logística, que fue desactivada como parte de la “reestructuración” que comenzó también las FAR, con el fin de optimizar su gestión. El terreno cuenta con alrededor de 1,5 kilómetros cuadrados y colinda con el  Hospital Nacional Ënrique Cabrera”.

 

De acuerdo con el entrevistado, aún no se tiene planificado habilitar alguno de esos bloques para la población civil no vinculada laboralmente con las Fuerzas Armadas.

 

La ciudadela de Santiago

 

Mientras en La Habana los transeúntes se quedan boquiabiertos con la rapidez y el crecimiento del proyecto habitacional, en Santiago de Cuba, la segunda urbe en importancia del país, se lleva a cabo un plan similar para habilitar 60 edificios con similares características.

 

Hasta el momento se conoce que está activa y avanzando la construcción de 30 complejos en el reparto 30 de Noviembre, y un número equivalente en el Abel Santamaría, ambos barrios ubicados en las afueras de la capital santiaguera. Se trabaja para solucionar prioritariamente el dilema habitacional de oficiales y trabajadores civiles de las FAR afectados por el huracán Sandy, que causó desastres en la zona oriental en octubre del 2012.

 

“La velocidad con que se están construyendo es impresionante”, comentó a Café Fuerte, Rubersys Urgellés, residente en las inmediaciones del complejo ubicado en Abel Santamaría.

 

Urgellés relató que hasta ahora nunca vio nada igual en cuanto a ritmo constructivo.

 

“Ellos no se demoran ni mes y medio en levantar un edificio y el ritmo es frenético, pues las jornadas son bien largas… Eso me da algo de indignación, porque aquí en Santiago hay cientos de familias que lo perdieron todo y que llevan más de un año en un albergue. Yo vi entregarle uno de los apartamentos a un  suboficial que recientemente se graduó y que vivía junto a sus padres en una buena casa”, aseguró.

 

En cuanto al proyecto de CM en Santa Clara, se conoce que se trabaja en unos 50 edificios, aunque fue imposible visitar el lugar.

 

Entre  unos y otros

 

Las reacciones de los pobladores al conocer los planes de las CM van desde la sorpresa hasta la indignación.

 

“Resulta ofensivo ver tantos problemas de vivienda en el pueblo y que los militares hagan semejante alarde de poder en nuestras propias narices. Es como si nos dijeran que no somos nada si no nos unimos a sus filas”, comentó Rodolfo Hurtado, un jubilado de 69 años.

 

Yordan Calama, con grados de mayor de las FAR especializado en el área de Logística, es beneficiario de uno de los apartamentos de la CM del reparto 30 de Noviembre, en Santiago de Cuba. Asegura que cada uno de los oficiales que reciben estos inmuebles se lo han ganado a base de trabajo arduo.

 

“Nada ha sido regalado. Hemos tenido que sacrificarnos mucho día y noche en el cumplimiento de nuestras misiones y ser muy conscientes de nuestra lealtad a la dirección de la Revolución, por eso cada uno de los que han recibido esas casas nos las merecemos”, aseveró el oficial.

 

Sin embargo, han sido varias las quejas sobre la equidad y el derroche de estos bienes. Una residente de la barriada de Alta Habana contó que conoce de una familia de militares que cada uno de ellos recibió un apartamento en la CM de 100 y Aldabó.

 

“En un solo núcleo familiar son cinco las casas que dieron, porque todos son oficiales de las FAR, eso es injusto e inadmisible. No se puede estar impasible mientras nos restriegan en la cara esas cosas”, dijo airada la fuente, que pidió no ser identificada.

 

Necesidades, albergues, derrumbes

 

Según cifras publicadas por la Oficina Nacional de Estadísticas (ONE), existen alrededor de 20 mil familias residiendo en locales temporales (albergues), así como unas 10 mil reubicadas en hogares de familiares.

 

Numerosos albergados acumulan hasta 15 años en esta situación en espera de una solución gubernamental, mientras que la construcción de casas para los damnificados y albergados continúa a ritmo aletargado.

 

La infraestructura habitacional cubana se encuentra entre las más deterioradas del continente, con un 40 por ciento en estado regular o malo. De cada 10 edificios cubanos, 8,5 necesitan reparación.

 

En días recientes, las intensas lluvias provocaron en La Habana 227 derrumbes- 26 de ellos considerados totales- y obligaron a evacuar a 2.240 personas, Dos personas fallecieron a consecuencia de un desplome ocurrido en la barriada de Centro Habana, la más vulnerable por el estado de sus edificaciones.

 

El déficit de viviendas en el país supera las 700.000, pero el país construye solo a ritmo de unas 32 mil anuales.

 

El proyecto de las CM se suma a otros planes constructivos de menor magnitud ejecutados por las  Fuerzas Armadas, y coexiste paralelamente con las construcciones que emprende el Ministerio del Interior (MININT) para sus oficiales y trabajadores civiles a lo largo del país.

 

 

Cuba, ¿qué planes tienes para Año Nuevo?

Leonardo Padura

9 de diciembre de 2013

 

Después de tres décadas de socialismo supuestamente planificado (1960-1990), a lo largo de las cuales lo que se “planificaba” por las estructuras de gobierno y Estado muchas veces se cumplía a medias, se perdía en el olvido por falta de control o de realismo, o en el mejor de los casos se ejecutaba de cualquier forma solo para cumplir el plan, los cubanos nos acostumbramos a vivir esperando (o sin esperar) a que la dirigencia política, financiada con las potentes subvenciones soviéticas, ideara una nueva “planificación”.

 

Esta reorganización o proyecto entraba en nuestras vidas como una tromba, aunque luego podía desaparecer con la velocidad y consistencia del humo.

 

Aquella planificación idealista tuvo, sin embargo, un resultado: la gente se acostumbró a recibir órdenes y orientaciones en las que su decisión individual tenía poco o ningún peso. Si tenías un teléfono era porque el Estado te lo concedía; si viajabas, porque te lo permitía… y así hasta lo infinito.

 

Los años más duros de la crisis y carencias que siguieron a la desaparición de la Unión Soviética y sus subvenciones demostraron cuán poco preparado estaba el país para valerse por sí mismo, pues tantas planificaciones socialistas apenas habían logrado dotar a la economía nacional de una estructura capaz de sostenerse sin apoyos foráneos.

 

En los últimos seis, siete años, el Estado-gobierno-Partido único, dirigido por el general Raúl Castro luego de la salida del poder efectivo del hasta entonces máximo líder Fidel Castro, ha tratado de poner orden en la estructura económica y social con una planificación más realista, y lo refrendó con la elucubración de unos Lineamientos de la Política Económica y Social, aprobados como instrumento programático en el Congreso del Partido Comunista de 2011.

 

Amparada en esos lineamientos, la dirigencia ha introducido numerosos e importantes cambios en la vida económica y social de la nación. Pero entre el programa y la vida real, cotidiana, individual de los moradores de esta isla del Caribe, hay una distancia estresante que es la del desconocimiento de cómo, cuándo, en qué orden se concretarán las “actualizaciones” planificadas…

 

Me explico en dos palabras: a los cubanos les sigue resultando imposible, a pesar de las planificaciones, crear sus proyectos vitales pues cada vez deben modificarlos, rehacerlos u olvidarlos de acuerdo a lo que desde las alturas de decisión política les va llegando en el momento, la forma y con la intensidad que los rectores de la actualización decidan, con su elevada mirada macroeconómica o macrosocial, esas planificaciones o variaciones que muchas veces llegan sin que los ciudadanos tengan la posibilidad de hacer sus propias actualizaciones y replanificaciones.

 

Ahora mismo los cubanos que por una u otra vía han logrado capitalizar algún dinero tienen muy poca certeza de lo que será el futuro monetario del país, pues habrá una unificación de las monedas circulantes, pero sin una idea precisa de cómo ni cuándo se producirá, qué valor tendrá el dinero, etcétera.

 

Los aún más afortunados que, por ejemplo, aspiraban a adquirir un automóvil nuevo o de segunda mano vendido por el Estado, ahora tampoco saben si alguna vez, y cómo, podrán acceder a ese sueño que, por ocultas razones, sigue siendo controlado, limitado o negado por el Estado, aun cuando la venta de un automóvil en Cuba es uno de los más beneficiosos negocios con que pudiera soñar cualquier vendedor del universo (los autos nuevos están, o estaban, gravados con un 100 por ciento de impuestos, o sea, costaban el doble de su precio de mercado).

 

Pero esos afortunados son, como resulta fácil colegir en un país empobrecido, un porcentaje ínfimo de la población.

 

El mayor número de ciudadanos vive al día (o más atrás del día), en malabáricas economías domésticas de subsistencia que se ven alteradas constantemente por un proceso de inflación que se desató en la década de 1990 y que no ha hecho más que incrementarse en una proporción inalcanzable para los salarios que reciben los empleados públicos, que son alrededor de 80 por ciento de los que trabajan en Cuba.

 

Los artículos de primera necesidad (alimentos, higiene), además de la electricidad, el transporte y otros servicios se encarecen constantemente, según lo planificado centralmente, y dan al traste con la planificación con la que a duras penas se fueron arreglando cientos de miles de familias, millones de individuos.

 

 

El peligro de ser ciego

en las destruidas calles de La Habana

Gladys Linares

11 de diciembre de 2013

 

El cuarto congreso de la Asociación Nacional de Ciegos y Débiles Visuales (ANCI), premió a Raúl Castro con el Bastón de Cristal. ¡Qué burla! Los invidentes tropiezan en las ruinosas aceras, caen en zanjas, en tragantes sin tapa. La mayoría está obligada a vender en portales, para sobrevivir

 

Nuestro país vive una difícil situación económica, social y medioambiental, pero a pesar de ello, los congresos, eventos y festivales se suceden unos tras otros con la atención de los medios. En dichos eventos, los delegados oficialistas hacen juegos malabares para “premiar” al régimen, que luego alardea en la arena internacional de los logros del Gobierno.

 

Luis, un joven ciego de Santos Suárez, al escuchar del premio a Raúl, exclamó: “¿Será que ahora el Bastón de Cristal es un premio a la indolencia?

 

Luis se queja de los tragantes sin tapa, de las zanjas que algunas veces abren los vecinos para que corran las aguas albañales, y otras que abre Aguas de La Habana y que luego no tapan. Insiste en que un día camina por una calle sin problemas, y al siguiente ya hay un nuevo peligro, como le sucedió hace pocos días, cuando fue a cruzar la Calzada de Diez de Octubre por un sitio conocido y se cayó en un hueco lleno de aguas putrefactas.

 

Hoy, la propaganda castrista trata de hacer ver que los ciegos en el pasado ocupaban el último puesto en la sociedad, lo cual es incierto, pues ya en 1878 fue inaugurada la primera escuela de ciegos, iniciativa que también se seguía en las provincias.

 

Luego, en 1926, se fundó en K y 21, El Vedado, la primera escuela con apoyo gubernamental, por iniciativa del entonces alcalde de La Habana, Varona Suárez, nombre que llevó la escuela durante muchos años.

 

Pedro, quien pasó un curso de cuatro meses en el Centro Nacional de Rehabilitación para Adultos Ciegos, en Bejucal, me cuenta que las clases eran muy superficiales, incluidas las de Braille. “Aprendí lo elemental, pero eso sí, los profesores eran muy educados, nos atendían muy bien. Y la comida, aunque sencilla, estaba hecha con gusto”.

 

Y continúa: “Después me fui superando en el Braille, indagando por aquí y por allá. En la iglesia católica me ayudaban mucho, porque la asociación no tiene hojas para escribir en Braille”.

 

Los ciegos y débiles visuales en Cuba son alrededor de 32.000, según cifras divulgadas por el Gobierno. Sin embargo, el Centro de Rehabilitación que menciona Pedro lleva diez años cerrado para ser reparado.

 

Hace algún tiempo conocí a un ciego afinador de pianos, quien a partir de 1959 perdió mucha clientela, pues la mayoría eran maestras particulares, y eso lo prohibieron. Entonces, como no podía vivir de su oficio, empezó a vender cosas sin licencia. Cuenta que trabajó en la feria de Egido, y se salvó de no caer preso porque una mujer le avisó que los carros de las Brigadas Especiales de la PNR estaban cargando con los ciegos.

 

Sin embargo, José Antonio, un invidente de Luyanó, me cuenta que él vendía en el parque El Curita, en Centro Habana, junto a otros ciegos e impedidos físicos. Un día los sacaron de allí alegando que este parque era patrimonio nacional y lo iban a reparar, aunque han pasado diez años y sigue igual.

 

De ahí fueron a parar al parque Agrimensor, cerca de la Terminal de Trenes. Pero el hostigamiento era mucho: les confiscaban la mercancía, les ponían multas, los detenían. “Un día nos reviramos, íbamos camino a la unidad de Policía de la calle Picota, y entonces los carros de bomberos nos echaron agua. No recibimos apoyo de la ANCI, pero sí de los transeúntes, que gritaban a los policías ‘esbirros’, ‘asesinos’, ‘abusadores’”.

 

Hasta que un día los fueron cogiendo presos uno a uno en el camino, y los llevaron para el DTI de 100 y Aldabó, donde José Antonio pasó 37 días, hasta que lo devolvieron a su casa, buscaron a dos miembros del CDR y les dijeron que estaba bajo prisión domiciliaria.

 

Hace cuatro años que José Antonio espera por el arreglo de su vivienda, desde que vino una brigada de la ANCI, hizo un presupuesto de los materiales y no ha regresado.

 

Para evitar que vendan por las calles, el Gobierno les ha otorgado a algunos ciegos una pensión de 150 pesos mensuales. Sin embargo, algunos venden a escondidas, pues con tan poco dinero no pueden vivir.

 

La ANCI, por otra parte, tampoco es una asociación no gubernamental, como pretende hacer creer el Gobierno. Humberto era un débil visual que se incorporó como activista para atender a los ciegos de su barrio. A esta labor le dedicaba tanto tiempo, que recibió varios diplomas de reconocimiento. Cierta vez le iban a otorgar un televisor Panda. Todo iba muy bien hasta que Julita, la representante de Diez de Octubre, se presentó en el CDR para verificar su adhesión al sistema.

 

Allí le dijeron que Humberto no era cederista, y que además era “de los derechos humanos”. Esa información bastó para escamotearle el Panda, pero no impidió que la Asociación continuara beneficiándose de su gestión como activista.

 

 

Las puertas cerradas

Fernando Dámaso Fernández

7 de diciembre de 2013

 

En La Habana de los años cincuenta, los comercios, las salas de cine, los teatros, las clínicas y los hospitales, tenían grandes puertas abiertas (cuando apareció el aire acondicionado, se abrían y cerraban para mantener la agradable temperatura interior). Esto permitía la entrada y salida de los ciudadanos, con facilidad y sin agolpamientos innecesarios y molestos. Entonces, cuando éramos tan malos según la propaganda oficial actual, los porteros, donde los había (hoteles, cines, teatros, etcétera), se ocupaban de dar la bienvenida con una sonrisa e invitar a pasar (en los cines y teatros, previa presentación del ticket correspondiente). Se entraba y salía con carteras y bolsos y nadie los registraba, sometiendo al portador a la humillación de considerarlo un delincuente.

 

Con el tiempo las cosas cambiaron y las grandes puertas se cerraron, dejando sólo pequeñas aberturas para entrar y salir, bajo los ojos escrutadores del portero de turno, cuya tarea consiste en impedir entrar con carteras o bolsas, y revisar las de las compras, comprobando que los productos que contienen correspondan al ticket de caja. Desapareció la sonrisa y alguno, como de mala gana, deja caer un vuelva pronto, tal vez esperando la propina que nunca llega. Resulta que, ahora que somos tan buenos también según la propaganda oficial, todo está enrejado, y hasta las puertas de cristal tienen sus gemelas de hierro, las que a veces se prolongan frente a las vidrieras, cuando éstas no han sido sustituidas por paredes de bloques o con cortinas metálicas de corredera, que las sellan totalmente.

 

Es el síndrome del secretismo, trasladado al comercio y a los restantes espacios públicos: primero ocultar y después complicar el acceso. ¡Innovaciones del socialismo tropical! Esperemos que los nuevos espacios del comercio privado destierren esta absurda costumbre, y de nuevo las grandes puertas, abiertas para todos, o abriéndose y cerrándose por el mucho aire acondicionado, regresen a la ciudad.

 

 

 

Oportunistas de la guerra

Pablo Pascual Méndez Piña

3 de diciembre de 2013

 

¿Cuánto le cuesta el ejército a los cubanos? Para financiar sus gastos y afianzar su poder, Raúl Castro creó el Grupo Administrativo Empresarial del MINFAR (GAE), un monopolio que absorbe corporaciones como ETECSA, CIMEX, TRD Caribe, las hoteleras Gaviota, Horizontes…

 

En Cuba, la práctica de perder tiempo es un fenómeno cotidiano. Este se nos evapora hablando en las esquinas, en los puestos de trabajo, esperando guaguas, haciendo trámites burocráticos, leyendo el periódico Granma, buscando baratijas en los agromercados y “construyendo el socialismo”, que es como recorrer el camino más largo entre capitalismo y capitalismo.

 

 El 90% de los consultados sobre el tema, coincidió en que las mayores pérdidas de tiempo y recursos en la Isla, son los invertidos en preparación para enfrentar al “imperialismo yanqui” que desde hace más de 54 años amenaza con invadirnos.

 

Gracias al “inminente peligro”, el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (MINFAR) y su Estado Mayor General poseen en calidad de sede, una edificación con 500 oficinas, cuyas instalaciones les proporcionan a sus más de 4.000 oficiales y trabajadores civiles, un sugestivo confort a costa de astronómicos gastos de energía y combustible.

 

Según fuentes anónimas, el Edificio Sierra Maestra, otrora “Alcaldía de La Habana” o edificio INRA, alberga tres comedores, cafeterías, gimnasio, tiendas, centro de cálculo, policlínico y un bar-restaurante para altos oficiales. Al menos 400 empleados se dedican a las labores de servicios y  mantenimiento, entretanto un batallón de soldados élites asume su seguridad.

 

En sus espacios se alza la Sala Universal de la FAR —una copia en menor escala del palacio de los congresos del Kremlin—, destinada a celebraciones oficiales. Además se suman inmensas áreas de parqueo, talleres, naves para unidades de ingeniería, un cuerpo de bomberos y una piquera con un considerable parque de automóviles y ómnibus, destinados a trasladar a sus oficiales desde el Estado Mayor hasta sus enclaves comunitarios.

 

Vale aclarar que el 100% de la máxima jerarquía castrense reside en palacetes que pertenecieron a la antigua burguesía, todos ubicados en los residenciales Nuevo Vedado, Kholy, Miramar y Biltmore, asimismo una brigada especializada se encarga de sus mantenimientos y remodelaciones.

 

A lo largo y ancho de la Isla, el MINFAR posee un sinfín de unidades militares, clubes, hospitales, academias, complejos de reparación para armamentos, hangares, aeródromos, bases navales, polvorines, almacenes de piezas de repuesto, combustibles, víveres y subterráneos que resguardan la técnica de combate —en alto porcentaje modelos obsoletos de la segunda guerra mundial, mientras el resto de la tecnología corresponde a las décadas de los 50, 60 y 70 del siglo pasado.

 

Parte de la maquinaria bélica ha sido modificada por los ingenieros militares, a causa de las dificultades para conseguir suministros de piezas en Rusia y Ucrania.

 

Los militares son los trabajadores más improductivos de la Isla, y paradójicamente los mejor remunerados. Sus escalas salariales tienen en cuenta el grado militar, los años de servicio, las condecoraciones, el secreto de Estado, el nivel cultural, grados científicos, etc.

 

Igualmente reciben módulos gratuitos de ropa y uniformes, cigarrillos, viviendas, vacaciones en centros turísticos para uso exclusivo de las FAR, la asignación de electrodomésticos y artículos ofertados en las cadenas de tiendas en divisas (“shopping”), con la salvedad de que en el MINFAR no existe la dualidad monetaria vigente en el país, ya que en el feudo de Raúl Castro el CUC (peso convertible) y el CUP (peso nacional) tienen el mismo valor.

 

Para financiar los gastos de este elefante verde olivo, el general/presidente creó el Grupo Administrativo Empresarial del MINFAR (GAE), un monopolio que absorbe el total de utilidades de las corporaciones ETECSA, CIMEX, TRD Caribe, la antigua CUBALSE, las hoteleras Gaviota, Horizontes, etc.

 

Fidel Castro, en su informe al primer congreso del Partido Comunista de Cuba, confirmó: “Mientras exista el imperialismo, el Partido, el Estado y el pueblo, les prestarán a los servicios de la defensa la máxima atención. La guardia revolucionaria no se descuidará jamás.”

 

Pero el inmovilismo del MINFAR y su lastre económico es justificado por el general Raúl Castro, quien el pasado 24 de noviembre en sus conclusiones sobre las maniobras Bastión-2013, expresó: “Para evitar ríos de sangre, son necesarios ríos de recursos.”

 

Contradictoriamente, el 95 % de los consultados coinciden en que a pesar de las arengas, los discursos patrióticos, los ejercicios militares y los multimillonarios gastos, Cuba permanece indefensa ante Norteamérica.

 

Vienen o no vienen

 

Reinaldo Rodríguez, un electricista de 58 años, alega que cuando Castro se alzó en la Sierra Maestra maquinaba enfrentarse a un enemigo gigante como EEUU, para parodiar la leyenda de David contra Goliat y agenciarse la solidaridad del mundo antiimperialista.

 

“Castro nos utilizó —afirma Rodríguez—, en los años 70 cursé estudios en un Instituto tecnológico y año tras año estábamos obligados a prepararnos durante 45 días como artilleros antiaéreos. El frío, el hambre y los malos momentos que nos hicieron pasar en las trincheras, fueron inútiles, y aún, nuestra generación tiene que soportar la misma perorata sobre una invasión que nunca llegará.”

 

Javier, de 40 años, residente en el Vedado y trabajador de una panadería, dice que en el año 2007, el Comité Militar lo citó en reiteradas ocasiones para movilizarlo, incluso le amenazaron con el arresto si no se presentaba.

 

Los trasladaron a una unidad en las cercanías de Artemisa, donde le entregaron uniformes y botas. Allí, durante 15 días, permanecieron floreando. Recuerda que al término del curso, le entregaron diplomas, mientras un coronel —borracho como una cuba— les echó un discurso para hacer las conclusiones del entrenamiento.

 

Un estudiante de ingeniería del Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría (ISPJAE), afirmó: “Según los instructores militares del ISPJAE, en caso de una confrontación con EEUU, Cuba resultará invadida y ocupada por los yumas.”

 

“Entonces comenzaría 'la guerra de todo el pueblo' —apunta—, un modelo de resistencia terrorista, en que cada cubano tendrá acceso a un explosivo o cualquier arma para aniquilar a un soldado yanqui; acorde a una cuota formulada por la máxima dirección del partido comunista, en cada municipio se debe matar a un invasor, para totalizar 168 asesinatos por día.”

 

Él y sus compañeros de clase se preguntan: “¿Si el MINFAR no es capaz de detener una invasión, y nosotros tenemos que matar a los yanquis, entonces qué diablos pintan?”

 

Paco Echemendía, un contable de 52 años, pasó el servicio militar en una unidad de tropas motos mecanizadas y participó en varias maniobras que se efectuaron en el polígono de Jejenes, en Pinar de Río. Cuenta que en los ejercicios en que participó, los gastos de combustible ascendían a cifras multimillonarias.

 

“¿Cómo es posible entender —indica Paco— que exijan ahorro y más ahorro en los spots publicitarios, para después gastar lo economizado en ejercicios  militares? Óigame, esos anfibios BTR tragan gasolina como carajo.”

 

Y Chicho, un jubilado de 72 años residente en el Cerro, opina: “A estas alturas y con las necesidades que tiene el pueblo, es inconcebible que la gente se preste a comer catibias correteando con fusiles de palo… Durante 54 años el MINFAR ha sido la silla presidencial de Fidel y Raúl Castro, y mientras permanezcan vivos, esos culos gordos del ejército seguirán siendo los mayores oportunistas de la Isla”.

 

 

George Orwell a 110 años de su nacimiento

Daniel Díaz Mantilla

30 de noviembre de 2013

 

‘Rebelión en la granja’ y ‘1984’, sus dos obras más conocidas, han vendido más de 50 millones de copias en todo el mundo. En ellas denunció no solo peligros de su época, sino peligros futuros, a los que estamos hoy expuestos

 

Richard Walmsley, funcionario inglés en la colonia británica de la India, trabajaba para el Ministerio del Opio en la comunidad de Motihari, un pequeño pueblo del norte, casi irrelevante, a solo cincuenta kilómetros del Himalaya. Lo único notable en aquel lugar perdido entre los campos de labranza y los ríos tributarios del Ganges, era un monumento de piedra: la estupa budista que el emperador Ashoka había mandado erigir más de un milenio atrás. Era la mayor estupa del mundo, pero eso a los ingleses no les importaba.

 

Richard se había casado con Ida Mabel, una mujer de ascendencia birmana y francesa, y allí les nació su primer hijo, Eric Arthur Blair, en junio de 1903. Dos años después, la familia se trasladó a Inglaterra y el niño comenzó a asistir a un colegio parroquial. Eran pobres y no podían pagarle una buena educación a su hijo, pero Eric destacaba y obtuvo becas para estudiar en las mejores escuelas inglesas. Le gustaba escribir, trabajó en varias revistas estudiantiles e incluso publicó algunos poemas. Sin embargo, no logró conseguir una beca para la universidad y, siendo ya adolescente, sus padres decidieron enviarlo de vuelta a la India para que se uniera a la policía de Birmania.

 

A los veinticinco años, harto de la policía y sus abusos, resentido con el Imperio Británico y su sistema colonial, Eric regresó a Europa. Probó suerte en Londres, pero la pobreza lo obligó a refugiarse en casa de una tía, en París, donde trabajó como lavaplatos para un hotel de lujo. Su situación, lejos de mejorar, se hacía peor, y un año después, enfermo, tuvo que retornar a casa de sus padres en Suffolk. Allí escribió sus dos primeras novelas —Sin blanca en París y Londres (1933) y Los días de Birmania (1934)—, en las que contaba crudamente sus experiencias. Fue por esa época que adoptó el seudónimo de George Orwell. Aquellos libros iniciales no tuvieron éxito, pero Eric era tenaz: La hija del clérigo (1935), Mantened la aspidistra izada (1936) y su primer volumen de ensayos, El camino a Wigan Pier (1937), lo confirmaron en su afán de ser escritor.

 

Era un hombre de izquierdas, opuesto al imperialismo desde su juventud y apasionado defensor de los más pobres, de manera que al estallar la Guerra Civil Española se alistó como miliciano y partió a Barcelona, donde combatió junto al Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). Sobre sus vivencias en esta guerra, en la que fue herido y enfermó de tuberculosis, escribió en el relato autobiográfico Homenaje a Cataluña (1938), donde criticaba duramente los desmanes de los comunistas que, al servicio de Stalin, minaban la fuerza de los republicanos españoles. Sus críticas no encontraron mucho apoyo y le trajeron el odio de los partidos de orientación pro-soviética no solo en España, sino también en Inglaterra, que comenzaron una campaña de descrédito en su contra.

 

Sin reconocimiento como autor, Eric sobrevivió escribiendo reseñas para el New English Review hasta que en 1940 estalló la Segunda Guerra Mundial. Su salud, debilitada por la tuberculosis, le impidió participar en los combates, aunque no se resignó a la inactividad: escribió numerosos ensayos y artículos de propaganda antifascista, y en 1941 fue contratado como periodista por el Servicio Oriental de la BBC.

 

Creía en el socialismo y sus textos despertaban las sospechas del gobierno británico; pero rechazaba también el estalinismo, y sus duras diatribas contra el Pacto Molotov-Ribbentrop no le hicieron más fácil la existencia. Títulos como El león y el unicornio (1941) y sus contribuciones a la antología La traición de la izquierda, de Victor Gollancz, dan fe de su difícil posición como intelectual.

 

‘Rebelión en la granja’

 

Ya en abril de 1944 tenía terminado el manuscrito de Rebelión en la granja, donde describía con ingenio y mordacidad la corrupción del socialismo soviético bajo el gobierno de Stalin, pero las editoriales inglesas se negaban a publicarlo porque la URSS era un importante aliado, y el libro solo vio la luz en agosto de 1945, cuando la guerra llegaba a su fin.

 

Rebelión en la granja fue un éxito rotundo. Desde entonces hasta 1947, siendo ya un escritor de prestigio, pero agravado en su enfermedad, se mudó a un rincón tranquilo de la isla de Jura para escribir su última y más célebre obra, 1984. La novela se publicó en junio de 1949 y pocos meses después, en enero de 1950, Eric Arthur Blair —conocido ya universalmente por su seudónimo George Orwell— murió en Londres a la edad de 46 años.

 

Su vida y su obra, signadas por los acontecimientos y las paradojas de su época, lograron trascenderla y extraer de ella imágenes que aún hoy siguen conmoviendo a sus lectores. A más de sesenta años de su muerte, odiado por unos y admirado por otros, George Orwell es sin dudas el más influyente autor inglés de su generación —más incluso que Graham Greene y Evelyn Waugh—, y solo sus dos últimos libros, traducidos a 62 idiomas, han vendido alrededor de cincuenta millones de copias por todo el mundo.1 Para algunos, a pesar de su honestidad personal, su idealismo y el valor con que expresó sus opiniones, Orwell es un mal escritor, cuyo éxito es desproporcionado y se debe solamente a ciertas circunstancias sociales y políticas que le favorecieron.2

 

Es cierto que las circunstancias de su tiempo y los posteriores años de Guerra Fría influyeron mucho en la recepción de su obra, aunque esa influencia no fue solo positiva ni resulta suficiente para explicar el interés que aún genera. El propio T. S. Eliot, en la carta donde argumentaba las razones por las que no publicaría Rebelión en la granja en la editorial Faber and Faber, admitía “que se distingue por su escritura, que la fábula se maneja con mucha habilidad y que la narración logra conservar el interés del lector en su propio plano —y eso es algo que muy pocos autores han logrado desde Gulliver”.3

 

Esa comparación entre las obras de Orwell y Jonathan Swift no es, sin embargo, gratuita: Orwell había estudiado profundamente la sátira política de Swift y lo admiraba al punto de reconocer que “Los Viajes de Gulliver ha significado más para mí que cualquier otro libro jamás escrito”.4 Pero más que el elogio implícito en los comentarios de Eliot, la comparación entre estos dos escritores es útil porque ayuda a entender las analogías y diferencias de sus pasiones.

 

Bertrand Russell escribió al respecto en junio de 1950: “Ambos dieron cuerpo a su desilusión en sátiras amargas y magistrales. Pero si la sátira de Swift expresa un odio universal e indiscriminado, la de Orwell tiene siempre una corriente subterránea de ternura: él odia a los enemigos de aquellos a quienes ama, mientras que Swift solo podía amar (y poco) a los enemigos de aquellos a quienes odiaba. Más aún: la misantropía de Swift brotaba de una ambición frustrada, mientras que la de Orwell nacía de la traición de ideales generosos por parte de aquellos que decían ser sus defensores.”5

 

Russell respetaba a Orwell porque, en su opinión, “había conservado un impecable amor a la verdad y se había permitido aprender incluso las lecciones más dolorosas”, pero veía en él un hombre triste que había perdido su fe en la humanidad.6 Aquel futuro mundo distópico que Orwell describe en 1984, donde el ciudadano, despojado de toda libertad, de toda privacidad, se encuentra a merced de un Estado tiránico que vigila y castiga cruelmente cada disidencia, hasta la de pensar, se le antojaba a Russell expresión de la desesperanza de Orwell.

 

Muchos estudiosos han encontrado en esa última novela, sin embargo, la advertencia de un peligro más que el augurio de un futuro inexorable.7 El propio Russell, en 1938, veía con preocupación esa posibilidad: “Muchas fuerzas conspiran para guiar a las comunidades modernas hacia la uniformidad —las escuelas, los diarios, el cine, la radio, la instrucción militar, etc. Por lo tanto, la posición de equilibrio momentáneo entre el aprecio a la independencia y el amor al poder tiende, en las condiciones actuales, a moverse cada vez más en la dirección del poder, facilitando así la creación y el éxito de Estados totalitarios. Mediante la educación es posible debilitar el amor a la independencia hasta un extremo cuyos límites hoy se ignoran. Cuánto puede aumentar gradualmente el poder que un Estado ejerce hacia el interior de su sociedad sin provocar una revuelta, es imposible decirlo; pero no parece haber razones para dudar de que, con el tiempo, ese poder puede crecer mucho más allá del punto que en la actualidad han alcanzado los Estados más autocráticos.” 8

 

‘1984’

 

La Segunda Guerra Mundial sacudió, como ninguna otra guerra antes, la conciencia de la humanidad. La masacre de millones de personas, el inmenso poder de destrucción que la tecnología había puesto en las manos del hombre, el efecto combinado de la propaganda y el terror, hacían posibles esas oscuras pesadillas. Incluso el presidente de los Estados Unidos, Dwight D. Eisenhower, llamó la atención sobre esa posibilidad cuando, en su discurso de despedida, advirtió sobre los riesgos combinados de la autocomplaciente desidia de los ciudadanos y la incontrolada adquisición de influencia por parte del complejo militar-industrial.9

 

La señal de alarma que Orwell lanzó con 1984 no debe verse entonces —como pensaba Russell— solo como una consecuencia directa de la decepción ni como el temor exagerado de un único sujeto visionario. De hecho, al menos en sus rasgos más generales, mucho de lo que Orwell describe en 1984 había sido imaginado ya por otro popular autor inglés, Herbert Spencer, en su ensayo El individuo contra el Estado, que se publicó inicialmente en 1884.

 

Allí Spencer escribía: “incluso en sociedades privadas que se forman de manera voluntaria, el poder de las organizaciones reguladoras tiende a hacerse grande, si no irresistible. […] E incluso en entidades cooperativas que se forman para realizar negocios de manufactura o distribución, y que no necesitan de la obediencia a sus líderes que se requiere donde los propósitos son ofensivos o defensivos, suele suceder que las agencias administrativas adquieren tal supremacía que despierta protestas sobre ‘la tiranía de la organización’. Juzguen ustedes entonces que pasará cuando, en vez de asociaciones relativamente pequeñas, a las que las personas pueden pertenecer o no, según deseen, tengamos una asociación nacional en la que todos los ciudadanos estén incorporados y de la cual no puedan separarse sino abandonando el país. Juzguen, bajo tales condiciones, cómo será el despotismo de un oficialismo centralizado y jerarquizado que tenga en sus manos los recursos de la comunidad y que disponga de cuanta fuerza demande para hacer cumplir sus decretos y mantener aquello que quiera entender por orden.”10

 

La novela de Orwell vio la luz en una época cuando esas premoniciones de Spencer parecían más próximas. Lóbrega y asfixiante como los peligros a que la humanidad despertaba tras la guerra, 1984 suscitó desde su publicación numerosas lecturas, favorables o no, pero siempre apasionadas y casi siempre bajo el prisma de lo ideológico, de uno u otro signo. Así, hubo quienes vieron en ella una profecía y quienes la tildaron de vulgar propaganda.

 

Algo similar había ocurrido antes con Rebelión en la granja, y en cierta medida también con Homenaje a Cataluña y con casi toda su obra ensayística desde El camino a Wigan Pier. El cuestionamiento y la defensa de la calidad artística de su literatura, apoyados en la aceptación o el rechazo de sus ideas políticas y —lo que es peor— en su manipulación, lo convirtieron en un autor muy difícil de valorar objetivamente. Su destino como intelectual es también sui generis: fue un socialista ignorado en los países socialistas que, con sus críticas al control total de la sociedad por el Estado, se ganó el epíteto de subversivo, y que, no obstante su lealtad a la clase obrera y sus duros retratos del imperialismo, se convirtió —a su pesar— en bandera de la lucha contra las ideas socialistas.

 

Esa circunstancia lo llevó más de una vez a pensar sobre los compromisos intelectuales del escritor y sobre la compacta imbricación de literatura y política en su propia obra: “Uno no puede mirar con interés puramente estético a una enfermedad que lo está matando; no puede sentirse ecuánime ante un hombre que está a punto de cortarle la garganta. En un mundo donde el Fascismo y el Socialismo peleaban el uno contra el otro, cada persona que pensara debía tomar partido […]. La literatura tenía que volverse política, porque otra cosa hubiese implicado una deshonestidad mental.”11

 

Pero su necesaria toma de partido no lo hizo un mero instrumento al servicio de un dogma impuesto ni coartaron el ejercicio de su capacidad para pensar por sí mismo: un escritor —dijo— “no debe negarse jamás a considerar una idea por el hecho de que esta pueda conducirlo a la herejía, y no debe preocuparse demasiado si su heterodoxia se hace visible”.12

 

Es difícil no coincidir con Harold Bloom cuando afirma que sus obras son hijas de una época y que eventualmente se olvidarán;13 aunque tal vez esa época no sea tan breve ni esté tan concluida como él supone. La “herejía” de Orwell, su “heterodoxia”, y el carácter parabólico de sus dos últimos relatos, les confieren una indeterminación cronotópica significativa: podemos leerlos en tanto que representaciones magnificadas del totalitarismo soviético, pero ni su sentido y ni sus implicaciones terminan con la caída del socialismo en Europa del Este.

 

Para Dennis Wrong, por ejemplo, Orwell “fue uno de los principales creadores del concepto de totalitarismo, entendido como una nueva forma de tiranía que se apoya en técnicas de vigilancia y comunicación que se hicieron de uso general sólo a partir del siglo XX”,14 un tipo de gobierno que —aunque ya, en su opinión, parezca improbable— es “una posibilidad permanente en las sociedades industriales urbanas orientadas hacia el progreso tecnológico y la comunicación de masas”.15

 

Otro concepto orwelliano todavía bastante popular en estos tiempos, y muy vinculado con las modernas técnicas de espionaje, es el del “Gran Hermano”, cuyas resonancias pueden advertirse sin demasiado esfuerzo en proyectos de vigilancia global como Echelon y Prism, y en muchas de las llamadas “teorías de la conspiración”.

 

Sin embargo, juzgar sobre la mayor o menor probabilidad de que una tiranía al estilo de 1984 se instaure en este siglo me parece innecesario para valorar la trascendencia de la obra de Orwell. No me cuento entre quienes lo ven como el profeta de un porvenir oscuro, sino apenas como un autor cuyas ideas han dejado huellas que todavía persisten y que acaso sean útiles en el análisis de la sociedad y la política de nuestro tiempo.

 

Pero la notoriedad de Orwell va más allá del impacto causado por sus ficciones realistas o distópicas, más allá de la capacidad de sus neologismos y conceptos —”policía del pensamiento”, “doble pensar”, “crimental”, “Gran Hermano”, etcétera— para ilustrar aspectos o quizás tendencias de la realidad posterior a la Segunda Guerra. Su extensa obra ensayística y la coherencia de su propia vida con las posiciones que defendía en sus textos, son interesantes como paradigma intelectual y arrojan luz sobre los riesgos que suele enfrentar quien desafía los estereotipados fanatismos con que la propaganda oscurece la comprensión de la realidad. En este sentido, también, George Orwell sigue vivo a 110 años de su nacimiento.

 

Sin forzar las cosas, podríamos decir sobre él lo que dijo José Martí acerca de Spencer: “Es su frase como hoja de Toledo noble y recia, que le sirve a la par de maza y filo, y rebana de veras, y saca buenos tajos, y tanto brilla como tunde: derriba e ilumina. [...] Como en una idea agrupa hechos, en una palabra agrupa ideas”.16

 


1 John Rossi y John Rodden, “A political writer”, The Cambridge Companion to George Orwell (Cambridge University Press, Cambridge, 2007, p. 10).

2 Harold Bloom, “Introduction”, Bloom’s Modern Critical Views: George Orwell (Chelsea House, Nueva York, 2007, pp. 2-4).

3 “that it is a distinguished piece of writing, that the fable is very skilfully handled and that the narrative keep’s one interest on its own plane —and that is something very few authors have achieved since Gulliver”, T. S. Elliot, en Edward Quinn, Critical Companion to George Orwell. A Literary Reference to His Life and Work (Facts On File, Nueva York, 2009, p. 23).

4 Gulliver’s Travels has meant more to me than any book ever written”, en Edward Quinn, op. cit., p. 386.

5 “Both embodied their despair in biting and masterly satire. But while Swift’s satire expresses universal and indiscriminating hate, Orwell’s has always an undercurrent of kindliness: he hates the enemies of those whom he loves, while Swift could only love (and that faintly) the enemies of those whom he hated. Swift’s misanthropy, moreover, sprang mainly from thwarted ambition, while Orwell’s sprang from betrayal of generous ideals by their nominal advocates”, Bertrand Russell, en Jeffrey Meyers (ed.), George Orwell: The Critical Heritage (Routledge, Londres-Nueva York, 1997, p. 300).

6 “He preserved an impeccable love of truth, and allowed himself to learn even the most painful lessons. But he lost hope”. Idem, p. 301.

7 Bernard Crick, “Nineteen Eighty-Four: context and controversy”, The Cambridge Companion to George Orwell, ed. cit., pp. 153-155.

8 “Many forces conspire to make for uniformity in modern communities —schools, newspapers, cinema, radio, drill, etc. Density of population has the same effect. The position of momentary equilibrium between the sentiment of independence and the love of power tends, therefore, under modern conditions, to shift further and further in the direction of power, thus facilitating the creation and success of totalitarian States. By education, love of independence can be weakened to an extent to which, at present, no limits are known. How far the internal power of the State may be gradually increased without provoking revolt it is impossible to say; but there seems no reason to doubt that, given time, it can be increased far beyond the point at present reached even in the most autocratic States”, Bertrand Russell, Power. A New Social Analysis (Unwin Hyman, Londres, 1988, p. 115).

9“Eisenhower’s Farewell Address to the Nation”.

10 “even in private voluntarily-formed societies, the power of the regulative organization becomes great, if not irresistible: often, indeed, causing grumbling and restiveness among those controlled. […] And even in bodies of co-operators, formed for carrying on manufacturing or distributing businesses, and not needing that obedience to leaders which is required where the aims are offensive or defensive, it is still found that the administrative agency gains such supremacy that there arise complaints about ‘the tyranny of organization’. Judge then what must happen when, instead of relatively small combinations, to which men may belong or not as they please, we have a national combination in which each citizen finds himself incorporated, and from which he cannot separate himself without leaving the country. Judge what must under such conditions become the despotism of a graduated and centralized officialism, holding in its hands the resources of the community, and having behind it whatever amount of force it finds requisite to carry out its decrees and maintain what it calls order”, Herbert Spencer, The Man Versus the State (The Caxton Printers, Caldwell, Idaho, 1960, pp. 48-49).

11 “You cannot take a purely aesthetic interest in a disease you are dying from; you cannot feel dispassionately about a man who is about to cut your throat. In a world in which Fascism and Socialism were fighting one another, any thinking person had to take sides […]. Literature had to become political, because anything else would have entailed mental dishonesty”, George Orwell, “The Frontiers of Art and Propaganda”, The Collected Essays, Journalism and Letters of George Orwell, vol. II (Secker & Warburg, Londres, 1968, p. 89.)

12 “He should never turn back from a train of thought because it may lead to a heresy, and he should not mind very much if his unorthodoxy is smelt out”, George Orwell, “Writers and Leviathan”, The Collected Essays…, vol. IV, ed. cit., p. 412.

13 Harold Bloom: “Introduction”, en Kim E. Becnel, Bloom’s How to Write about George Orwell (Bloom’s Literary Criticism, Nueva York, 2011, p. VII).

14 “[Orwell] was one of the prime formulators of the concept of totalitarianism as a new kind of tyranny that is very much dependent upon the techniques of surveillance and communication that came into general use only in the twentieth century”, Dennis Wrong, en John Rodden, Every Intellectual’s Big Brother. George Orwell’s Literary Siblings (University of Texas Press, Austin, 2006, p.127).

15 “[Totalitarianism] might be a permanent possibility in urban industrial societies committed to technological progress and mass communication”, Idem, p. 126.

16 José Martí, “Herbert Spencer”, Obras Completas, t. 15, (Ciencias Sociales, La Habana, 1991, p. 387).

 

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Nota de Manuel Castro Rodríguez: Le recomiendo a quien desee tener una idea de cómo fue Cuba desde mediados de la década del sesenta hasta poco después de la caída del Muro de Berlín, que lea ‘1984’. Si bien la situación ha mejorado algo –por ejemplo, el artículo La futura esclavitud, escrito por José Martí, continúa sin aparecer en el portal http://www.josemarti.cu/, pero lo publicó la Biblioteca Virtual de Filosofía y Pensamiento Cubanos- el régimen castrista continúa violando la casi totalidad de los 30 artículos de la Declaración Universal de Derechos Humanos, empezando por el Artículo 13, según el cual:

1.  Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado.

2.  Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso el propio, y a regresar a su país.

 

Para poder residir en La Habana los cubanos nacidos en otras provincias tienen que ser autorizados por el Gobierno; aquel cubano del interior del país que sea sorprendido en La Habana sin tener los documentos que lo autoricen, son detenidos y enviados a su lugar de nacimiento. Véase La Habana, ciudad prohibida para muchos cubanos.

 

A varias decenas de miles de cubanos se nos tiene prohibido visitar nuestra patria. Véase el caso reciente de la cubana Blanca Reyes Castañón –esposa del laureado poeta cubano Raúl Rivero- a quien los hermanos Castro le impidieron que visitara a su padre enfermo en Cuba. Blanca denunció el miércoles 15 de agosto de 2013 la “monstruosidad” de la dictadura cubana por haberle denegado el visado de entrada en Cuba para visitar a su padre, de 93 años y que estaba muy enfermo. Ella había solicitado formalmente un visado humanitario el pasado 22 de julio. El padre de Blanca Reyes Castañón murió sin que su hija pudiese verlo por última vez; véase

http://www.youtube.com/watch?v=c2FV2uqiHZM

 

En la columna que todos los lunes yo escribía para el Panamá América, hice referencia a la denuncia hecha por José Martí. Véase

 

Debate público con el profesor Jované (XVI)

07 | 02 | 2011 Por Manuel Castro Rodríguez

 

Profesor Jované, al haberse celebrado el 28 de enero el 158º aniversario del natalicio de José Martí, es necesario señalar que toda persona honesta debiera denunciar que la obra martiana es censurada por el régimen militar que tiraniza al pueblo cubano desde hace medio siglo. Aunque el portal http://www.josemarti.cu/ expresa que “está destinado a divulgar la vida y la obra de José Martí Pérez (1853-1895), el más genial y universal de los pensadores cubanos”, no se encuentra su artículo ‘La futura esclavitud’, donde Martí vislumbró el régimen de oprobio que padece Cuba y que la ‘izquierda’ adocenada pretende instaurar en Panamá: “De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del Estado. De ser esclavo de los capitalistas, como se llama ahora, irá a ser esclavo de los funcionarios”.

 

‘La futura esclavitud’ es un análisis que José Martí hizo del ensayo ‘La esclavitud futura’, escrito por el filósofo y sociólogo británico Herbert Spencer (1820-1903), donde coincide con él en su mayor parte. Martí nos dice: “Teme Spencer, no sin fundamento, que al Ilegar a ser tan varia, activa y dominante la acción del Estado, habría este de imponer considerables cargas a la parte de la nación trabajadora en provecho de la parte páupera (…) Todo el poder que iría adquiriendo la casta de funcionarios, ligados por la necesidad de mantenerse en una ocupación privilegiada y pingüe, lo iría perdiendo el pueblo, que no tiene las mismas razones de complicidad en esperanzas y provechos, para hacer frente a los funcionarios enlazados por intereses comunes”.

 

Martí pronosticó: “El funcionarismo autocrático abusará de la plebe cansada y trabajadora. Lamentable será, y general, la servidumbre”. Invito al pueblo panameño a leer ‘La futura esclavitud’ (Obras Completas, tomo XV). Como la praxis es el criterio de la verdad, le sugiero al lector que no comprenda lo que expresa Martí en ‘La futura esclavitud’, a que viva por un mes entre los trabajadores cubanos; además de entenderlo, podrá comprobar la deplorable situación socioeconómica en que el castrismo ha sumido al pueblo de la otrora ‘Perla del Caribe’.

 

Exhorto a la sociedad panameña a que tenga siempre presente las palabras escritas por Martí con motivo de la muerte de Marx, publicadas en el periódico La Nación, de Buenos Aires: “Ved esta gran sala. Karl Marx ha muerto. Como se puso del lado de los débiles, merece honor. Pero no hace bien el que señala el daño, y arde en ansias generosas de ponerle remedio, sino el que enseña remedio blando al daño. Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres. Indigna el forzoso abestiamiento de unos hombres en provecho de otros. Mas, se ha de hallar salida a la indignación, de modo que la bestia cese, sin que se desborde, y espante”.

 

Aunque el castrismo es la negación de la vida y obra de José Martí, la eficiente maquinaria publicitaria de la tiranía -que tiene en la ‘izquierda’ adocenada a su principal papagayo-, pretende hacernos creer que el régimen militar es martiano y marxista. La lectura de los textos de Martí demuestra fehacientemente que esta es una vil mentira.

 

José Martí termina con una alerta su artículo hecho con motivo de la muerte de Marx: “Suenan músicas, resuenan coros, pero se nota que no son los de la paz”. Panameño, ¡ni capitalismo salvaje ni castrismo! Continuará.

 

 

Patética súplica a una autócrata

Eugenio Yánez

28 de noviembre de 2013

 

Integrantes del Ballet Nacional de Cuba imploran migajas a Alicia Alonso

 

Me costó trabajo leer hasta el final la súplica que miembros del Ballet Nacional de Cuba de gira por España dirigieron anónimamente a Alicia Alonso.

 

No por la estulticia y miseria que puede albergar el alma humana, sino por ver hasta dónde se pueden degradar algunos cubanos por una paella, dos blúmers o un litro de aceite vegetal, equivalentes contemporáneos del plato de lentejas bíblico.

 

Muy triste para todos los cubanos, vivan donde vivan, que bailarines profesionales de una compañía de ballet que merecidamente ha ganado reconocimiento mundial a lo largo de los años, después de una gira de casi tres meses por España, mendiguen 50 euros (menos de 68 dólares) para cada integrante del conjunto, para comprar pacotilla y llevar de regreso a Cuba algunas monedas con que obtener muslos de pollo o leche en polvo.

 

Hay quienes cuestionan si ese correo electrónico que circula en medios intelectuales y artísticos en La Habana es real o falso. No tiene importancia: es creíble, y eso es lo peor. Porque refleja, lamentablemente, el nivel de humillación e indigencia moral en que pueden caer algunos razonando dentro de esquemas mentales creados por el totalitarismo para denigrar la condición humana y hacer más fácil ejercer la dictadura.

 

Además de lastimosa, la comunicación es incoherente y no podrá entenderla quien no sepa cómo se vive en Cuba. Decir que el dinero de la dieta no alcanza para “comer, comprar y ahorrar” es risible: las dietas (viáticos) son una subvención a quienes tienen que viajar por motivos de su trabajo, no una dádiva para “comer, comprar y ahorrar”, lo que se supone que haría cada persona con su salario (en un país normal, claro).

 

La comunicación es patética: se dirigen a Alicia Alonso como siervos de la gleba a los feudales o esclavos a sus mayorales. Casi abochornados por molestar a la Primerísima Ballerina Obsoleta con insignificancias tales como derechos laborales y humanos, y justificando no firmar el lloroso reclamo por “sentido común y conservar la seguridad de los bienes que nos reportan las giras”, es decir, para cuidar las migajas.

 

Pretenden que la bailarina en jefe haga mohines a su esbirro de turno por no comprar en “el Mercadillo” o pasearse por España con su esposa durante siete semanas, mientras los siervos viajan solos en ómnibus “espantosamente incómodos” (¿peores que los de Cuba?) y se alimentan “Dios sabe de qué mala manera” (¿quizás bistec de cáscaras de toronja, pasta de oca, picadillo extendido o café mezclado con chícharos?).

 

Es lamentable que para reclamar derechos haya personas que planteen que no saben ni les interesa que “cada quien que se defienda como pueda”, mientras los que reclaman tengan acceso al “regalo” que consideran les corresponde, no por talento o esfuerzo, sino por sumisión y mansedumbre.

 

La mentalidad feudal no es nueva en el Ballet de Cuba. Conocidas son las veleidades de la bailarina en jefe durante más de medio siglo, su prepotencia, intolerancia, envidia, complicidad con el poder, maltratos, favoritismos, soberbia y estilo de vida aristocrático.

 

Muy rápidamente viene a la mente la tentación de decir que los que reclaman tan patéticamente tienen lo que se merecen. Pero no nos degrademos a nosotros mismos: ningún ser humano merece ese pantano moral donde la tiranía ha sumido a los cubanos para avasallarlos y explotarlos, al extremo de hacer creer a bailarines profesionales que merecen 50 euros de regalo si los ruegan humilde y temerosamente, y si se han portado “bien” soportando abusos y humillaciones.

 

Tal vez no suceda nada, o quienes lloran reciban parte de “sus” 50 euros, o hasta toda esa suma, si la camarilla decide evitar escándalos ahora y pasar la cuenta después. Creer que la rebeldía de porcelana de quienes no llegarán nunca a cimarrones quedará sin consecuencias es de una candidez extrema. Imposible hacer el amor y ser virgen a la vez.

 

Mucho mejor como seres humanos les iría a esos pedigüeños si fueran capaces de renunciar al “regalo” y a la plañidera conducta que muestran en su carta y estuvieran dispuestos a vivir sin “la seguridad de los bienes que nos reportan las giras”, pero en condiciones mucho más dignas y honorables, en Cuba o donde fuera. A fin de cuentas, los integrantes del Ballet cubano son reconocidos en todo el mundo y podrían trabajar en muchos países por salarios decorosos sin tener que mendigar 50 euros a una autócrata antediluviana, por excelsa que haya sido como bailarina, o a su mayoral en la gira, colocado en ese cargo por ella misma.

 

Es cierto que las precarias condiciones de vida de los cubanos bajo la tiranía obligan a todos, dirigentes, médicos, profesores, ingenieros, científicos, artistas, deportistas, intelectuales, empresarios, técnicos medios, obreros calificados, militares, a ver el viaje al exterior como vía para resolver perentorias necesidades personales y de su familia, y en consecuencia considerar una conducta ovina como la vía más recomendable para lograr sus objetivos, trocando dignidad o solidez moral por acceso a electrodomésticos, ropa, equipos electrónicos, muebles, colchones, juguetes, privilegios o dinero.

 

Dejemos la doble moral a un lado aunque sea esta vez: ¿quién no ha caído en la tentación, unos más y otros menos, en algún momento de su vida, pensando en obtener una buena cena, una computadora, una muñeca para la hija o un abrigo para su mamá? ¡Quien esté libre de pacotilla que lance la primera piedra!

 

No crucifiquemos demasiado a esos infelices, sí, infelices, del Ballet Nacional de Cuba, que imploran por 50 euros. Otros cubanos han hecho cosas peores por mucho menos.

 

Como participar en un mitin de repudio por una cajita con congrí y pescado.

 

 

 Madurando a Maduro en versión Raúl Castro

Ángel Santiesteban

28 de noviembre de 2013

 

Ahora que el Presidente de Venezuela ha asaltado los comercios en su versión libre de “Robin Hood”, con la errada y desesperada idea de echarse a los pobres en el bolsillo, mientras para otros escenifica la fiel versión de “Alí Babá y sus cuarenta ladrones”, el mandatario cubano Raúl Castro debería imitarlo y asaltarse a sí mismo y rebajar los precios inaccesibles que él comercializa para su pueblo empobrecido.

 

Las tiendas recaudadoras de divisas solo pueden ser visitadas por aquellos cubanos que reciben remesas desde el exterior, o por los nacionales que sobreviven de la usura en la bolsa negra, la mayoría substrayendo lo que sea posible de sus centros laborales. El salario medio del trabajador de a pie es de 450 MN, lo que al convertirlo serían 18 CUC. Un televisor chino “Panda” es ofertado en la red nacional por 300 CUC, es decir, que ese trabajador promedio necesita cerca de diecisiete sueldos para adquirirlo, cuando el costo, según me confiesa en secreto una funcionaria de la comercializadora Copextel, no sobrepasa los 8 dólares por unidad, lo que convierte la ganancia neta cerca de 38 veces.

 

Por supuesto, todo este “sueño feliz” para el explotado trabajador cubano, podría realizarse si logra subsistir en ese casi año y medio sin comer, ni asearse ni vestirse, sin electricidad ni agua, y Dios lo ampare si posee esposa e hijo. Por eso, un chiste muy común entre los trabajadores es  “ellos fingen que te pagan, nosotros fingimos que trabajamos”.

 

Hace años conversé con un extranjero que se había interesado por importar alimentos a Cuba. Lo primero que descubrió fue que al Gobierno no le importaba ofrecerle al pueblo un mejor precio, solo se ocupaba de cuantificar sus ganancias. Le alarmaba el 2.40 centavos de dólar que se vendía el pomo de aceite de baja calidad a la población. Ofrecía al país un negocio del cual no podría rehusarse, por ejemplo: el pomo de aceite de girasol lo entregaba en oscilación entre 9 centavos de dólar y 11 por unidad, costo que incluía el transporte hasta el puerto del país, menos del entre 12 y 14 con que lo importaban en ese momento, sin sumar el funcionario que salía al exterior y le entregaban su dieta diaria, transporte aéreo, hospedaje, gastos de representación, etcétera. A pesar de su buena oferta, fue rechazado. Luego de hacer confianza con los funcionarios, le explicaron -entre invitaciones a restaurantes y whiskys- que en la salida del país estaba su beneficio, pues recibían comisiones de los capitalistas a los cuales les garantizaban la compra.

 

Un país guiado por un lobo, obligadamente lo convierte en una manada de lobos. “Una casa de locos jamás podría organizarse”, me dijo el extranjero y nunca más se interesó en regresar.

 


La ‘tristeza’ de la juventud cubana

Andrés Oppenheimer

aoppenheimer@elnuevoherald.com

27 de noviembre de 2013

 

Escuchando al rapero cubano “Silvito el libre”—el hijo del prominente trovador oficialista Silvio Rodríguez— uno no puede más que concluir que los nietos de la Revolución Cubana son escépticos con respecto a las últimas reformas económicas de la dictadura de la isla.

 

Estuve con “Silvito el libre” la semana pasada, durante una visita del joven rapero a Miami, y le pregunté sobre una de las canciones de su grupo, titulada “Háblame”. La canción dice, entre otras cosas, que Cuba es un país sumido en la tristeza, donde la seguridad del estado persigue a los ciudadanos, y donde el comunismo sirve a los intereses de unos pocos.

 

“Definitivamente, la mayoría del pueblo cubano está sumido en la tristeza”, me dijo Silvito. “Porque el cubano ha cambiado mucho del cubano de antes. El cubano ha perdido la alegría, muchos han perdido la esperanza”.

 

Yo esperaba que Silvito agregara que el estado de desesperanza en Cuba se debe al embargo comercial de Estados Unidos —la muletilla del régimen cubano para explicar todos los males de la isla—, pero Silvito ni siquiera lo mencionó. Dijo que los cubanos son un pueblo triste porque “se sienten pisoteados todos los días por la policía, por el gobierno, por las leyes, por todo”.

 

Cuando le pregunté qué dice su padre sobre sus opiniones políticas, Silvito me dijo que Silvio Rodríguez “es una persona muy libre y muy abierta”. Silvito agregó que su padre “siempre me apoyó en todo momento... El profesa su sentimiento, y yo profeso el mío”.

 

Silvito me contó que tanto su madre como muchos de sus amigos han sido acosados por la policía secreta. Por no ser miembro del sindicato oficial de artistas, no puede cantar en conciertos masivos, y solo puede presentarse en conciertos alternativos “una vez cada seis meses, más o menos”, me dijo.

 

¿Tú eres una excepción entre los jóvenes cubanos?, le pregunté, refiriéndome a su postura política.

 

“No, para nada. La juventud cubana completa, o casi completa, piensa igual que yo”, respondió Silvito. “La juventud cubana completa, o casi completa, es víctima del abuso de la policía, de la separación de sus familias por esto de Cuba y (el exilio de) Florida, y sabe lo que es vivir en Cuba y salir para la calle sin desayunar, y montarte en una guagua (bus) para llegar a un trabajo donde alguien te maltrata, para cobrar prácticamente nada”.

 

Le comenté que, después de 54 años de gobierno totalitario y con una de las censuras de prensa más rígidas del mundo, uno podría suponer que la mayoría de los cubanos —especialmente los nacidos después de la revolución de 1959— ya estarían bien adoctrinados. ¿Por qué no funcionó el adoctrinamiento gubernamental?, le pregunté.

 

“Hasta hace un tiempo yo creo que sí (que funcionó,) porque todavía hay personas que creen en esa revolución. Pero desde hace un tiempo para acá la gente se ha ido despertando. Porque ya ha sido mucho, ¿entiendes?”.

 

Cuando le pregunté sobre las últimas reformas económicas del gobernante Raúl Castro, que ha flexibilizado las restricciones para viajar afuera de la isla y ha autorizado a alrededor de 435,000 personas a trabajar en el sector privado, Silvito se encogió de hombros, como diciendo que no estaba muy impresionado por las medidas. Cuba ha autorizado en el pasado algunas reformas en el sector privado, solo para revertirlas más tarde.

 

“Han habido algunos cambios, positivos algunos, pero yo personalmente no veo ningún cambio”, respondió. Tras una pausa, agregó: “Yo veo las cosas cada día más mal. No veo ningún cambio positivo”.

 

El escepticismo de Silvito —que según dicen otros visitantes cubanos es un fenómeno generalizado entre los jóvenes de la isla— contrasta con el optimismo de algunos recientes estudios académicos realizados en Estados Unidos, que consideran que en la isla están ocurriendo cambios positivos de importancia.

 

Un nuevo informe de Brookings Institution, titulado “¿Aterrizaje suave en Cuba?”, escrito por el ex asesor de asuntos latinoamericanos de la Casa Blanca durante el gobierno de Clinton, Richard Feinberg, dice que “un dinámico sector privado” de más de dos millones de personas está emergiendo en la isla, y agrega que en Cuba se están produciendo “cambios tectónicos”.

 

Mi opinión: Es difícil decir desde lejos si las reformas económicas de Cuba son cambios cosméticos, o si representan el principio de una apertura económica. Lo más probable es que hayan sido concebidas por el régimen como una política de control de daños para apaciguar a una población cada vez más impaciente y crítica.

 

Los nietos de la revolución cubana están hartos de que les mientan, los repriman y los censuren, y cuanto más se demoren los hermanos Castro en permitir que Cuba se abra al mundo, tanto más anticomunista se hará la juventud cubana. Tal como me dijo Silvito: “Ya ha sido mucho, ¿entiendes?”.

 

 

Trabajar

Verónica Vega

27 de noviembre de 2013

 

¿Quiénes trabajan en Cuba y por qué?

 

Cuando una ve las paradas llenas de gente que madruga para ir al trabajo en Cuba, se pregunta qué magnetismo puede provocar tal flujo a pesar de años de salarios “simbólicos”.

 

Incluso con el sentido de culpa que se nos inculcó a los nacidos en los 70 y 80 con respecto al dinero —culpa que todavía se explota cuando se trata de azuzarnos contra los inconformes políticos)—, una lógica elemental nos hace relacionar trabajo-salario-precios. Y la vida se encarga de demoler, de golpe o de a poco, el exceso de idealismo.

 

Claro, entre aquellos que llenan las guaguas al amanecer están quienes reciben parte de su mensualidad en divisas, que nunca son suficientes pero algo alivian. Y los que compensan las cifras que faltan al jornal sustrayendo recursos cuya prolijidad depende de su falta de escrúpulos.

 

Los motivos por los que la gente mantiene un empleo estatal van del “privilegio” de acceder a internet, un horario abierto que les permite alternar con funciones más lucrativas, a la mera inercia o el miedo a no tener pensión en la vejez, por más que en las calles la visión de maltrechos ancianos vendiendo bagatelas o incluso mendigando, nos recuerden el resultado de décadas de trabajo.

 

Sé de una enfermera, amante de su profesión y querida por todos sus pacientes, que se retiró, entre otras causas, porque sobre ella recaía la responsabilidad de comprar el detergente con que lavar el material de la enfermería. Cuando no pudo asumir el gasto y le expresó a un paciente su imposibilidad de atenderlo por no tener jeringuillas estériles, la reacción de sus superiores fue prácticamente estigmatizarla. Delatar ante la población las deficiencias internas del sistema de salud es visto como una traición política.

 

Sé de un maestro que dejó su profesión por lo “simbólico” e inoperante de su sueldo. Viendo las recientes reformas salariales para los deportistas, una se pregunta por qué los docentes y el personal de salud no son incluidos en esta nueva estrategia.

 

¿No bastan para clasificar como reformables el imparable éxodo en ambas funciones, o el patente deterioro de la educación y la salud pública?

 

Pero lo más asombroso es chocar en la prensa, en la televisión, en respuestas “oficiales”, con un enfoque nuevo y recurrente. La urgencia de iniciar alternativas empresariales, pues “ya es hora de dejar de ser una carga para el Estado”.

 

La independencia es el precio primero de la dignidad, es cierto. Ahora, en qué momento de la historia de este país la población entregó de forma espontánea su autonomía económica. En qué acto masivo donde no estuve, los cubanos dijimos que no queríamos ser independientes.

 

Así como se nos recalcaba el valor de la soberanía, paradójicamente se daba por sentado que el Estado monopolizaba empresas y ministerios porque era el administrador de nuestros intereses. Porque el Estado representaba al pueblo. Y estaba tan intrínsecamente unido al Gobierno o a la revolución que no había modo de diferenciarlos. Detalle que tampoco importaba porque el primer requisito para ser revolucionario, y por extensión cubano, era la confianza.

 

De las clases de historia o los intentos de aproximación al marxismo, todavía recuerdo la demonización del concepto de empresa privada. Crecí convencida de que negociante era sinónimo de delincuente.

 

De pronto se produce una escisión (por demás cuestionable) entre Gobierno y Estado, se redime la privatización, y la prosperidad tan tabú se promueve hasta en el desfile por el Primero de Mayo.

 

Pero además se nos apremia a volar, ¡ya! No importa si no hemos desarrollado las plumas, si nuestras alas están atrofiadas. No importa si el mismo Estado que reclama nuestra responsabilidad no se responsabiliza de garantizar insumos en la aventura cuentapropista.

 

Sin embargo, una vez más, el pueblo reacciona a la altura de las expectativas que se le imponen. El cómo es irrelevante, éste siempre ha sido un país surrealista. Se abren nuevos y más llamativos negocios, se ahonda más la brecha entre las ya visibles clases sociales.

 

Los precios en comercios, taxis, espectáculos culturales —las  reglas para ser respetado, que incluyen como primer paso tener un teléfono móvil—, todo se va poniendo a tono con esta sociedad triunfal que se filtra en la vieja, acaparando más y más espacio.

 

No importa los que queden rezagados. Los que no reciben remesas, o no consiguieron a tiempo un trabajo “lucrativo”, o les sobran los escrúpulos. O los que los sorprendió el ocaso entre uno y otro camino, y carecen de fuerzas y hasta salud para comenzar de cero.

 

El feroz capitalismo del que les alertaron siempre y contra el que lucharon tanto, les pasará por encima.

 

Así que mientras se activan los rescoldos del pudor al dinero para demonizar a los periodistas independientes, no pagados por el Estado, se precipita al vacío de una improvisada libre empresa a jóvenes y viejas generaciones.

 

Los que no tengan cómo dar ese salto, y mientras no entren en la terrible categoría de “disponibles”, seguirán aferrados al pedacito que tienen, seguirán corriendo a las paradas al despuntar el día. Y el futuro los sorprenderá en las calles vendiendo bolsas de nailon, o con la mano extendida, o con la mirada opaca en algún lóbrego inmueble.

 

 

¿Qué nombre le ponemos a su difunto padre?

Reinaldo Cosano Alén

26 de noviembre de 2013

 

Tomás Núñez, un habanero de 62 años, necesitó copias de sus dos divorcios, disueltos mediante juicios en el Tribunal Municipal Popular de Plaza: “Me presenté a recoger las copias. La secretaria no pudo hacerlas porque ‘los archivos están destruidos’. Vi la habitación con expedientes amontonados sobre el piso, estropeados, cebándose en ellos la humedad, las polillas, el abandono”. Núñez marchó a los Estados Unidos sin las copias de divorcio que nunca obtendrá.

 

Una señora de Santiago de Cuba -llamémosle X- presentó solicitud de subsanación de error en la Oficina del Registro Civil. El segundo nombre del padre, fallecido, no coincidía. Quería liquidar unos bienes inmuebles heredados para solventar gastos en el exterior, pero el notario remarcó la incongruencia: “No podemos cumplir su solicitud –le dijo-. El Libro de Registro está muy deteriorado, le faltan hojas.

 

En susurro, repuso X: “Necesito arreglar ese papel. Ayúdeme, y se lo agradeceré”.  Entonces el funcionario extrajo un modelo de su buró, lo rellenó y llevó a otra oficina, no sin antes preguntar a X: “¿Qué nombre le ponemos a su difunto padre?”. Finalmente, le entregó el documento, ya listo. Un sobre con diez euros quedó discretamente olvidado sobre el buró.

 

Félix González, profesor residente en La Habana del Este, se queja por demoras en la entrega de documentos: “Solicité una inscripción de nacimiento en el Registro Civil de Guanabacoa. La obtuve al mes. El Libro estaba poco legible y deteriorado por insectos, humedad, falta de ventilación, sin climatización, ni usar desinfectante. En el Registro de Campo Florido hay murciélagos”.

 

La ciudadanía invierte mucho tiempo y recursos para obtener certificaciones de nacimiento, jubilación, traspasos de propiedad o cualquier otro documento. Se ha vuelto solución mágica la presentación de tres testigos -reales o ficticios- que avalen la pérdida. Una salida por la puerta falsa.

 

Hay reducción de empleados en notarías, justo cuando más se necesita este servicio para nuevas gestiones del trabajo por cuenta propia. Los archivos de ministerios y demás dependencias oficiales carecen de archiveros, especialmente en provincias y municipios.

 

Muy lamentable es la destrucción de gran cantidad de documentos de inapreciable valor histórico, en Gibara, provincia de Holguín. Un funcionario quemó gran parte de documentos y publicaciones de varios siglos por considerarlos papeles viejos.

 

El Archivo Nacional de Cuba se fundó en 1840, al recoger los Archivos de las Ordenanzas, de 1569, y de la Real Hacienda. Plausible labor de salvaguarda. Aparecen registros de sucesivos gobiernos coloniales y republicanos, política, cultura, ciencia, guerras libertarias, ataques de corsarios y piratas, alzamientos de esclavos, represión, actas notariales, mapas, planos, caricaturas, grabados, publicaciones periódicas, libros, bandos, haciendas, sesiones de las Cortes españolas, gacetas oficiales de La Habana, registros de derechos autorales y otras mil facetas del devenir histórico.

 

El Sistema Nacional de Archivos colocó a nuestra isla entre los más avanzados del mundo. Hubo siempre gran celo por la preservación patrimonial, desde la colonia.  Lamentablemente, entró en acelerado declive durante el último medio siglo, por falta de previsión, competencia, recursos, voluntad oficial, lo cual pone en precaria situación nuestra memoria histórica.

cosanoalen@yahoo.com

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Nota de Manuel Castro Rodríguez: Puedo dar fe de que se producen situaciones iguales y peores a las que se denuncian en este artículo. Por ejemplo, desapareció el cadáver de mi padre. Sus restos fueron depositados en la necrópolis de Colón, el principal cementerio cubano, situado a un par de kilómetros de la sede del Gobierno Nacional, pero se esfumaron como por arte de magia. A pesar de las múltiples gestiones que hice, ninguna autoridad pudo darme una explicación al respecto.

 

 

Competir o emular

Reinaldo Escobar

15 de noviembre de 2011

 

“No se trata de crear conciencia con riquezas sino de crear riquezas con conciencia” decía entonces el máximo líder desmintiendo de alguna forma la tendencia marxista de poner lo material por encima de lo espiritual, y fue así como la Emulación Socialista se enraizó en nuestra realidad.

 

Una de las pocas polémicas que hemos presenciado entre los partidarios del sistema socialista en Cuba ha sido la que contendía alrededor de los estímulos materiales y los morales. Digo que fue una polémica por llamarle de alguna forma, porque en realidad la voz cantante la llevaban los defensores de los estímulos morales quienes hablaban como si estuvieran discutiendo, pero lo hacían con alguien cuyos argumentos desconocíamos o simplemente ni siquiera escuchábamos.

 

“No se trata de crear conciencia con riquezas sino de crear riquezas con conciencia” decía entonces el máximo líder desmintiendo de alguna forma la tendencia marxista de poner lo material por encima de lo espiritual, y fue así como la Emulación Socialista se enraizó en nuestra realidad. Ser cumplidor de la emulación, trabajador de avanzada o acumular aquellos méritos que se identificaban con las letras entre la A y la K constituían “el motor impulsor de la producción” que lograba el cumplimiento de las metas y permitía al centro de trabajo obtener la bandera Héroes del Moncada. A fin de año en una asamblea se entregaba a cada trabajador un certificado donde se especificaba el número y la calidad de los méritos obtenidos los cuales podía presentar en el año subsiguiente para avalar su solicitud de efectos electrodomésticos.

 

Muchas veces presidí aquellas comisiones sindicales en las que teníamos que determinar si el refrigerador se lo dábamos a Karitina que tenía los méritos A, B y C o a Sarría que había ganado el B, el C, el E y el H y no en pocas ocasiones se producían engorrosos empates técnicos y había que distinguir si el televisor se le confería a la señora que tenía un hijo con retraso mental o a uno cuya anciana madre enfrentaba un cáncer terminal. Un buen día naufragó el socialismo en Europa y dejaron de entrar al país aquellos artículos subvencionados y otro buen día se dolarizó la economía y aparecieron las Shopin a donde no había que ir con un bono otorgado en asamblea sindical sino con un fajo de billetes verdes que tenían la milagrosa posibilidad de convertirse en bienes y servicios.

 

La gente empezó a comprender que para obtener aquellos dólares, que más tarde se metamorfosearon en CUC, había que hacer todo lo contrario de lo que antes hacía falta para ganarse méritos. Entonces regresó la prostitución en busca de turistas y la abuela que sobrevivía a un cáncer que no quería terminar tuvo que mudarse a un rincón de la sala porque había que alquilar su cuarto (que era el único con ventana a la calle). Hasta el gobierno comprendió que todo estaba cambiando y entre recelos y corcoveos abrió el trabajo por cuenta propia donde para sobrevivir entre las crueles leyes del mercado no valen los diplomas ni las medallas sino la eficiencia y la rentabilidad bajo la competencia pura y dura.

 

Ese esfuerzo adicional que pone en su kiosco el cuentapropista para vender más, es el cambio más importante ocurrido en Cuba en los últimos años. Esa necesidad de ser competitivos es la mejor terapia para empezar a curarse del daño antropológico ocasionado por los delirantes caprichos de ciertos fabricantes de utopías.

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Nota de Manuel Castro Rodríguez: En el discurso que Fidel Castro pronunció el 26 de julio de 1968 afirmó que “el camino, a nuestro juicio, no es crear conciencia con el dinero o con la riqueza, sino crear riqueza con la conciencia y cada vez más riquezas colectivas con más conciencia colectiva”.

Cuando el autor de este artículo expresa “teníamos que determinar si el refrigerador se lo dábamos”, se refiere a dar el derecho a comprar el refrigerador; esto también forma parte de la orwelliana neolengua creada por el castrismo, que seguimos utilizando inconcientemente la mayoría de los que hemos sufrido la tiranía de los hermanos Castro.

 

 

 

La crisis perenne del agua potable y las aguas negras

 

Manuel Castro Rodríguez

 

20 de noviembre de 2013

 

 

 

La Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI) de Cuba dio a conocer el Resumen adelantado del Censo de Población y Viviendas 2012. De las 3.885.900 unidades de alojamiento, o sea, ‘todo local o recinto estructuralmente separado e independiente, construido en todo, o en parte para fines de alojamiento de personas’, sólo:

 

 

 

2.854.995 unidades de alojamiento tienen baño o ducha con agua corriente, lo que representa el  73,47% del total.

 

 

 

2.776.866 unidades de alojamiento cuentan con abastecimiento de agua por acueducto, o sea, el  71,46% del total.

 

 

 

1.546.121 unidades de alojamiento tienen sistemas de desagüe que vierten en alcantarillados,  lo que representa el 39,78% del total.

 

 

 

La situación es mucho peor, ya que decenas de miles de residentes en La Habana nunca han visto salir agua del grifo de su residencia; lo normal para ellos es cargar agua diariamente.

 

 

 

Desde hace unos cuarenta años tampoco sale agua del grifo de los baños de la inmensa mayoría de los cines, cafeterías y restaurantes a que acude el cubano de a pie; solo cuando se realiza el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano es que hay agua en algunos cines.

 

 

 

Tampoco sale agua del grifo de los baños de la mayoría de los centros educacionales de la capital. De los baños de la Facultad de Economía de la Universidad de la Habana emana un mal olor imposible de soportar.

 

 

 

Tampoco sale agua del grifo en numerosos hospitales. Mis hijos nacieron en  1976 y 1983 en el Ramón González Coro, el mejor hospital gineco-obstétrico de Cuba. En ambas ocasiones yo tuve que cargar aguapara que mi esposa pudiese lavarse, ni soñar con bañarse.

 

 

 

Además, los supermercados y centros comerciales no tienen baños.

 

 

 

Alejandro Vilá Noya, directivo de Aguas de La Habana, reconoció que “los salideros más escandalosos están en las calles, porque son visibles y corren por el pavimento (...) más del 50 por ciento del agua que bombean se pierde por esas causas”.

 

 

 

El sistema de acueductos “no ha recibido un mantenimiento integral en el último medio siglo”, o sea, desde que Fidel Castro tomó el poder.

 

 

 

Desde hace casi medio siglo, la falta de agua es uno de los suplicios que sufre el cubano de a pie residente en la capital, a pesar de que cuando Fidel Castro tomó el poder en 1959, La Habana tenía un buen servicio de agua potable.

 

 

 

El ingeniero cubano Francisco de Albear Lara diseñó y construyó el acueducto que lleva su nombre; su proyecto obtuvo medalla de oro en la Exposición de París (1878). El acueducto de Albear, inaugurado el 23 de enero de 1893, ¡hace 121 años!, suministra actualmente el 20% del agua que se consume en la capital de Cuba.

 

 

 

Con relación al hecho de que según el censo de 2012 sólo el 40% de las unidades de alojamiento de Cuba tengan sistemas de desagüe que vierten en alcantarillados, se observa que no ha habido mejora en la última década, dado que “en 2003, la cobertura de alcantarillado alcanzaba sólo a 63 por ciento de los 2,2 millones de habitantes de La Habana”.

 

 

 

Además, dadas las numerosas roturas del alcantarillado, se pueden ver las aguas negras (albañales) corriendo por no pocas calles de la capital. Esto, unido a las numerosas roturas que tienen las tuberías del acueducto, provoca que en numerosas ocasiones ¡las aguas de consumo humano sean contaminadas por las aguas negras!

 

 

 

La ayuda de los emigrados -sólo en el año 2012 entre efectivo y bienes los cubanos radicados en EEUU enviaron a Cuba 5.105 millones de dólares- no ha podido impedir que se continúe expandiendo la indigencia por todo el país. Aumentó la migración ilegal hacia la capital y se han incrementado las ‘villas miserias’. Más de veinte mil cubanos que residían en La Habana sin permiso, han sido desalojados y devueltos a sus lugares de origen.

 

 

 

Más de 700 mil televisores

en blanco y negro en hogares cubanos

Daniel Benítez

14 de noviembre de 2013

 

El atraso tecnológico salta a la vista con las más recientes cifras oficiales de equipos electrodomésticos. Aún sobreviven en los hogares cubanos más de 700 mil televisores en blanco y negro, mientras que el promedio de computadoras es el mismo que el de calentadores fijos de agua: 0.12 por vivienda.

 

Datos divulgados por el Censo de Población y Viviendas 2012 arojan que 759.164 televisores en blanco y negro, de las marcas Caribe 216 y Krim 218, todos con más de 25 años de explotación, están dando la batalla por la permanencia entre las familias cubanas.  De ellos, 662.900 equipos (87 %) están en pleno funcionamiento.

 

Actualmente el fondo habitacional de la nación cuenta con 3.882.424 viviendas particulares, lo cual significa que en uno de cada cinco hogares hay un televisor B/N, verdadera reliquia antigua.

 

TV a color en La Habana

 

La cifra de televisores en colores es de 2,9 millones, concentrados mayormente en los hogares habaneros: 759.409, a poco más de uno por espacio habitacional en el territorio.

 

Desde junio, Cuba realiza pruebas experimentales de transmisión y recepción de la señal abierta de televisión digital. El país planea dejar atrás completamente la señal analógica de televisión para el 2021.

 

La cifra de televisores contrasta con la cantidad de computadoras: 439.234, el 94 por ciento de ellas en funcionamiento, Los calentadores fijos de agua o ducha eléctrica andan casi por la misma cifra: 446.142.

 

El Censo 2012 contabilizó un total de 22 equipos electrodomésticos en uso, entre los que los ventiladores tienen el primer lugar: 6.417.024, de los cuales casi el 97 por ciento están ayudando a los 11,2 millones de habitantes a luchar con el calor.

 

En contraposición las unidades de aire acondicionado sobrepasan a duras penas el medio millón, lo cual significa que 0,16 por ciento de las casas cuentan con uno.

 

El conteo casa por casa, que concluyó en septiembre del 2012, registró además los teléfonos celulares (852.413), los teléfonos fijos (884.824), las lavadoras (2.32 432), los hornos microonda (585.597), las planchas eléctricas (2,42 millones).

 

¿Qué pasa con las ollas arroceras?

 

Refrigeradores, radios y equipos de reproducción de audio y video se encuentran también entre los que más presencia tienen en los hogares nacionales, todos en cifras que sobrepasan los dos millones de unidades.

 

Llama la atención en la cifra de refrigeradores, 3.022.968 unidades, que aún el 20 por ciento de las casas cubanas carecen de uno, y el porcentaje es aún más alarmante en la zona oriental del país, donde la carencia de un equipo de refrigeración alcanza índices del 40 por ciento de los hogares.

 

El registro  pone en evidencia que la región oriental presenta un atraso tecnológico mucho mayor que la parte occidental del país.

 

Pero lo que resulta asombroso es la cantidad de máquinas de coser: 1.122.455, solo un poco menor que las bicicletas que cada día recorren la isla: 1.354.148, de las cuales el 94 por ciento está en buen estado.

 

Un dato revelador es el de las ollas arroceras y/o multipropósito, que alcanzan los 3,6 millones en todo el país. La entrega de los módulos de cocción fue promovida como parte de la “revolución energética”, lanzada por Fidel Castro en el 2005.

 

Sin embargo, el Censo muestra que es el equipo que menos se está usando en la actualidad en las casas cubanas, pues unas 400 mil ollas (un 12 por ciento) están reportadas como fuera de funcionamiento.

 

Lista completa de los equipos por vivienda aquí

 

 

El retorno a la ilegalidad

Fernando Dámaso Fernández

11 de noviembre de 2013

 

Hace años, cuando comenzaron a otorgarse licencias para la realización de unos pocos trabajos por cuenta propia, algunas personas que se dedicaban, por la izquierda, a abastecer a las familias con leche fresca y en polvo, yogurt, mantequilla y quesos, pescados y mariscos, embutidos, prendas de vestir y otros productos y artículos, así como a servir comidas a domicilio, al plantearles que ahora podían hacerlo legalmente, me respondieron que, como no tenían la menor confianza en el gobierno, continuarían haciéndolo a su manera. Cumplieron su palabra y, a pesar de las persecuciones, multas y decomisos, aún hoy lo continúan haciendo. Teniendo en cuenta los últimos acontecimientos, que involucran a algunos trabajadores por cuenta propia a los cuales se les prohíbe realizar sus actividades, parece que ellas tenían razón.

 

El nuevo paso atrás dado por las autoridades, uno más en su continuo retroceso, lanzará a la calle a miles de cubanos, que deberán volver a tener que inventar para ganarse la vida y sobrevivir, perdidos los recursos invertidos y abandonados por un gobierno que dice protegerlos. Como nadie acepta morirse de hambre por decreto, algunos buscarán nuevos negocios y otros, los menos optimistas, retornarán a la ilegalidad, fortaleciendo el desarrollado mercado negro.

 

Desconozco si las autoridades, preocupadas por mantener su control absoluto a toda costa, habrán valorado las consecuencias económicas, sociales y políticas de su nueva metedura de pata. Con estas medidas absurdas, hablar de avances constituye una falta de respeto a la ciudadanía, además de que aumenta el descrédito de que gozan entre los cubanos de a pie, esos que, en la práctica, cada día las respetan menos. Un gobierno enquistado en el poder por más de medio siglo, manteniendo los mismos dirigentes en sus cargos principales, no cambia: sólo se repite a si mismo, repitiendo sus mismos errores.

 

 

¿Reminiscencia capitalista?

Wilfredo Vallín Almeida

10 de noviembre de 2013

 

El socialismo resultaría victorioso sobre ese “capitalismo agonizante”

 

Los acontecimientos vividos a lo largo de nuestra existencia unas veces pueden quedar en el olvido, pero otras dejan profundos recuerdos que no desaparecen nunca. Y esos acontecimientos pueden haber tenido muchas manifestaciones diferentes, ya que pueden estar dados por un hecho, un sueño, una omisión, una frase y hasta un cartel.

 

De los dos últimos mencionados, y que yo creía tener ya muy relegados en la memoria, de súbito me asaltan dos cuando menos lo esperaba: mientras veía un video que un amigo me había hecho llegar.

 

El video en cuestión se refiere a una investigación y varias detenciones que realizó el Departamento Técnico de Investigaciones (DTI) de la Policía Nacional Revolucionaria. Los detenidos resultan involucrados en operaciones fraudulentas cuyo monto es la friolera de 33 millones de pesos.

 

El cartel que me viene a la memoria en ese momento es uno que vi no sé cuántas veces durante muchos años. Se trata de una gran valla que miraba hacia la vía pública en una amplia avenida y que, sobre un fondo blanco tenía unas palabras en rojo que decían: “El futuro pertenece por entero al socialismo.”

 

Es un cartel que ya no he visto más, pero que estuvo presente en la juventud de los cubanos de la generación de los 60 – 70, cuando se daba por sentado que el sistema capitalista estaba en fase terminal y que -¿quién podía dudarlo?- el socialismo resultaría victorioso sobre ese “capitalismo agonizante”.

 

La frase, que también me vino a la memoria junto al cartel, es la siguiente: “El delito es una reminiscencia de la sociedad capitalista y desaparecerá en la medida del avance del socialismo”.

 

Esa frase la leí muchísimas veces en los libros de texto de la carrera de Derecho y en los textos marxistas que los estudiantes universitarios teníamos que estudiar, y examinar obligatoriamente.

 

Viendo esta filmación, que termina con palabras del general de ejército Raúl Castro y donde admite que el robo en el país es gigantesco, a todas las instancias y a todos los niveles (bueno, o a casi todos), y como, por otra parte, creo verla ahora más floreciente y vigorosa que nunca antes en la historia de Cuba, me resta entonces una sola pregunta:

 

¿Qué ha pasado con la tal “reminiscencia capitalista”?

 

 

Canto de cisne

Regina Coyula

4 de noviembre de 2013

 

El jueves el 3D Adrenalina terminó de instalar una vistosa marquesina como la de los cines de antes; dos días después se enteraban por el periódico que no podrían mantenerse abiertos ni hasta este fin de semana. Los de Adrenalina decidieron abrir esa noche del viernes. Como Scarlett O’hara lo pensarían mañana. Por teléfono confirmaron que solo ellos y un 3D en Alamar ofrecerían funciones luego de la prohibición vía nota periodística. El de Alamar se dispuso a esperar a que fueran las autoridades a cerrárselo. Un matrimonio de la barriada de Lawton estaba desesperado porque planearon la apertura de su 3D precisamente para el viernes del cierre y no pudieron siquiera recuperar una ínfima parte de la inversión.

 

La medida, era una guerra avisada. La razón, obviando la socorrida inexistencia del permiso para ejercer dicha actividad, está en la política cultural de la Revolución, según la cual se debe educar y cultivar a nuestro pueblo con espectáculos que eleven su sensibilidad y acervo cultural, etcétera, etcétera, etcétera. Dicho así, no parece tan terrible, pero es sospechoso que la televisión estatal y única, ofrece cada “productos” que uno se pregunta quién aprueba ciertos guiones y destina presupuesto para programas inolvidables por espantosos. Esa misma televisión nos tiene al tanto de las maravillas Made in Bollywood y hay cada enlatados, recuerdo uno sudcoreano que pretendía ser una comedia; debe ser que el humor nuestro no tiene que ver con ellos, lo cual explica que el noticiero de la televisión norcoreana me resulte hilarante; luego entonces la política cultural de la Revolución tiene diferentes unidades de medida.

 

Muchas personas con la aparición de estos cines particulares vio la posibilidad de recuperar el gusto por ir a ver una película más allá de la pantalla casera. Salvo el Chaplin, la Cinemateca y acaso algún otro cine del circuito de la calle 23, los muy mermados cines sobrevivientes en la debacle nacional exhiben su abandono con butacas raídas (cuidado con las alimañas), aire acondicionado deficiente (si todavía tienen), equipos de proyección y audio en mal estado, todo lo que hace de una visita al cine algo muy alejado de una experiencia placentera. Así que la recuperación del gusto, tendrá que esperar.

 

La perla, para el final. Una conversación de vecinas a propósito de ver a los alicaídos ya sin adrenalina que cantar, desmontando su marquesina. Una decía a la otra: --Sabes qué pasa, que en algunos lugares de esos, le han puesto pornografía a los niños. La otra mujer asentía impresionada, pues la más joven, que llevaba la voz cantante, hablaba con mucho convencimiento. Pero no fue suficiente y remató confidencial refiriéndose a las salas de juego de computadoras en red: --De buena tinta me han dicho que los siquiátricos están llenos de muchachos loquitos por jugar esas cosas. Tanta bobería condensada me colmó la paciencia y en mi mejor modo le dije que no repitiera esas cosas sin fundamento, que parecía un argumento del gobierno para rodear de un ambiente malsano estos lugares. La mujer negaba con las manos y con la cabeza y se apuró a decir: --No no, ¿yo?, gobierno?, ¡qué gobierno si yo acabo de anotarme en el bombo por tercera vez!

 

 

Cuesta abajo

Fernando Dámaso Fernández

4 de noviembre de 2013

 

El cierre, el pasado 1 de noviembre, de las salas de 3D, y la prohibición, después del 30 de diciembre, de las tiendas particulares, asestan un duro golpe al cuentapropismo. Una vez más las autoridades (recordar Pitirre en el Alambre, Operación Maceta y la liquidación de los Mercados Libres Campesinos en años anteriores) demuestran su incapacidad para competir con la propiedad privada, aún y cuando esta sea incipiente y esté obligada a existir dentro de absurdas camisas de fuerza, y la falsedad de la actualización y de los denominados cambios. Cuando el río suena es que algo trae, y no sería nada extraña la aplicación de otras medidas similares en las próximas semanas. Esperar para ver.

 

Ancladas en el pasado, dogmáticas hasta la médula, fanáticas del marxismo leninismo y del socialismo, a pesar de sus más que demostrados fracasos, pretenden sobrevivir (al menos hasta que les dure la existencia física) en el feudo cerrado en que han convertido al país, a años luz del mundo real. Lo triste es que muchos ciudadanos aceptan tranquilamente estas arbitrariedades, la mayoría de las veces cometidas contra sus propios vecinos, y hasta es posible que se presten a declarar su apoyo a ellas en algunos de los denominados El pueblo opina, a que nos tiene acostumbrado la prensa oficial.

 

Quienes, olvidando los más de 54 años de improvisaciones e inventos fallidos, veían un poco de esperanza en lo que estaba sucediendo lentamente, han recibido un verdadero cubo de agua fría. Si el gobierno pretende que, con la aplicación de estas medidas, las cuales responden únicamente al deseo de demostrar fuerza y marcar quien manda, va a ganar adeptos y lograr el ordenamiento legal del país, de cuyo desorden es el máximo responsable, se equivoca una vez más: volverán a proliferar, como antes, las actividades ilegales y el mercado negro se ampliará por todo el territorio nacional, simplemente porque nadie puede obligar a los ciudadanos a morirse de hambre y a vivir en la miseria. Nuestros jóvenes, cercenados sus proyectos de vida por autoridades de incapacidad demostrada, optarán por el éxodo, al igual que muchos profesionales, atletas y artistas, y Cuba, como dice la letra del viejo tango, continuará cuesta abajo en la rodada.

 

Miedo al 3D

Alejandro Ríos

4 de noviembre de 2013

 

En el comienzo no fue el verbo sino el latrocinio. Se crea el Instituto Cubano del Arte e Industrias Cinematográficos, más conocido por sus siglas ICAIC, y el séptimo arte se ideologiza y controla. El nuevo régimen se hace dueño absoluto de los medios de producción y de las cadenas de distribución y exhibición.

 

Luego pasó el tiempo, se acabaron las prebendas socialistas europeas, y el país que se vanagloriaba de tener la mayor cantidad de salas de cine por kilómetro cuadrado vio el comienzo de una decadencia indetenible y donde ayer, por poner un ejemplo, funcionaban los espléndidos y modernos cines REX y Duplex, de la otrora relevante calle comercial de San Rafael, hoy aparecen dos oquedades de donde emana agua putrefacta.

 

En medio del período especial y sin dinero para dilapidar, quién iba pensar en salvar las salas de cine en Cuba. Las butacas fueron cediendo, los aires acondicionados se arruinaron y los proyectores se fundieron.

 

La torpe solución estatal consistió en crear pequeñas salas o cuchitriles donde exhibir filmes en formato DVD y tratar de mantener unas pocas salas emblemáticas como el Chaplin o Cinemateca, que no deja de estar depauperado, el renovado cine Infanta y el otrora Radiocentro, conocido por el combativo nombre de Yara.

 

Hoy entran en escena los cuentapropistas que un día se entusiasman con las llamadas reformas, dando rienda suelta a su imaginación gerencial y al siguiente los apabullan porque están teniendo éxito.

 

Primero fueron las antenas clandestinas distribuidas como redes por los barrios para disfrutar canales de televisión del sur de La Florida, luego los video clubs y sus películas de todo género en alquiler y ahora las salas de exhibición, con refrigerios y aclimatación a la manera del llamado “cine bistro”.

 

En casas particulares se abren primorosos espacios y es entonces cuando la nueva clase comerciante criolla decide mejorar la mercancía y llegan las proyecciones en tercera dimensión. El público se deslumbra con la tecnología capitalista y los testaferros y comisarios del régimen se espantan ante tanta popularidad.

 

El nuevo presidente del ICAIC, quien ha heredado un imperio desvencijado, es el primero en hablar de ilegalidades y pirateo de filmes, porque no se pagan derechos de autor, en el mismo país donde el Ministerio del Interior mantuvo la compañía Omnivision vendiendo videos norteamericanos nuevos, subtitulados al español, en Latinoamérica, durante años y donde Avatar, por poner un caso conocido, se exhibe en la televisión nacional mucho antes que James Cameron hubiera negociado esa eventualidad en los propios Estados Unidos.

 

La prensa cubana ha dedicado un extenso reportaje sobre el tema como si se tratara de un asunto de seguridad nacional. Y se habla de que los precios a las salas que exhiben 3D oscilan entre uno y cuatro CUC “en dependencia de las ofertas gastronómicas”. Tanta es la demanda que deben hacerse reservaciones por anticipado.

 

Uno de los exhibidores explica: “Independicé la sala de la casa y le acondicioné un televisor de 47 pulgadas, un reproductor de sonido y video y 20 asientos”.

 

Ya las alimañas burocráticas, sin embargo, comienzan a encimarse, claro que siguiendo órdenes superiores, y quieren acabar con lo que ellos han sido incapaces de proporcionar. Conspiran contra la felicidad para no ceder el poder.

 

“El ICAIC –puntualiza el presidente de la institución– defiende el cine como valor y expresión cultural que no puede arruinarse con la política de mercado, modus operandi de estas salas por cuenta propia. Sin ser categórico, diría que no creo que pueda existir un reconocimiento legal a una actividad que viole la política cultural de la revolución”.

 

 

Dos monedas, dos realidades

Yoani Sánchez

27 de octubre de 2013

 

La señora cuenta las monedas antes de salir de casa: tiene cincuenta y cinco centavos de pesos convertibles. Es el equivalente al salario de toda una jornada laboral y apenas si ocupa una pequeña parte de su bolsillo. Ya sabe qué va a comprar… lo mismo de siempre. Tiene para dos cuadritos concentrados de sopa con sabor a pollo y para un jabón de baño. De manera que ocho horas de trabajo le servirán sólo para darle gusto al arroz y lograr un poco de espuma en el baño. Pertenece a esa Cuba que aún calcula cada precio a partir de la moneda nacional, a una parte del país que carece de remesas, privilegios, familiares en el extranjero, negocios privados o entradas ilegales.

 

Justo antes de llegar a la tienda para comprar sus cubitos Maggi, se queda mirando a los que toman cerveza en la cafetería. Cada lata de esa refrescante bebida equivale a dos jornadas de trabajo. Sin embargo el lugar esta lleno, abarrotado de parejas o grupos de hombres que hablan alto, beben, degustan algún entremés. Es la otra Cuba, con moneda fuerte, con parientes en el extranjero, con empresas por cuenta propia o alguna entrada económica ilícita. El abismo entre ambas es tal, el divorcio tan mayúsculo que parecen discurrir sin tocarse. Tienen miedos propios, sueños diferentes.

 

Cuando esta semana se anunció el principio de un cronograma para erradicar la dualidad monetaria, los dos países que convergen en esta Isla reaccionaron de forma diferente. La Cuba que sólo vive de sus mísero salario sintió que al fin se le empezaba a poner fecha final a una injusticia. Son aquellos que no pueden siquiera imprimir una foto del día de su cumpleaños, costearse un taxi colectivo ni imaginarse viajando a ningún lado. Para ellos, todo proceso de unificación de las monedas sólo entraña esperanzas, pues ya no podrían estar peor que ahora. El otro país en pesos convertibles recibió la noticia con mayor cautela. ¿A cuánto quedará la relación cambiaria con el dólar o el euro? ¿Cuánto se devaluará el poder adquisitivo de los que hoy viven mejor?… pensó con pragmatismo.

 

En una sociedad donde los abismos sociales son cada vez más insondables y las desigualdades económicas se acrecientan, ninguna medida ayuda a todos, ninguna flexibilización le hace la vida mejor a cada cual. Veinte años de esquizofrenia monetaria han creado también dos hemisferios, dos mundos. Habrá que ver si un simple cambio de billetes podrá aproximar esos dos países que están incluidos en nuestra realidad, acercar esas dos dimensiones. Lograr que la señora que come -casi siempre- arroz con cuadrito de sopa, pueda un día sentarse en la cafetería y pedir una cerveza.

 

 

Infierno habanero: ir al Registro Civil

Gladys Linares

21 de octubre de 2013

 

Sacar una inscripción de nacimiento: paciencia.

Si su apellido está mal copiado: más paciencia.

O espere su propio certificado de defunción.

 

Si usted necesita un documento del Registro Civil debe armarse de paciencia, porque la buena suerte en ese lugar a pocos acompaña. Allí los incidentes son constantes, nadie acude a estas dependencias, a menos que sea imprescindible.

 

“Hay pocos asientos para estas largas esperas, además, casi todos están rotos”, comentaba una anciana que había hecho tres veces la cola por las inscripciones de nacimiento de sus padres, que necesita para legalizar la vivienda, solo así puede solicitar una licencia de reparación. “Si tuviera dinero”, murmura, “todo sería más fácil”.

 

Otra anciana salió muy molesta porque el certificado de defunción de su esposo no aparecía. La empleada había hecho un esfuerzo buscando en aquel desorden de papeles, pero a pesar de eso no lo encontró. La señora, alterada, exigía su documento. Gritaba que no tenía dinero, y que para acogerse a la pensión del esposo el certificado tenía que estar listo dentro del mes posterior al fallecimiento.

 

Certificado de defunción

 

Un empleado se sensibilizó con ella y, para hacerle un certificado nuevo, le pidió la tarjeta de servicios necrológicos que le habían dado en la funeraria, pero al leerla, le dijo: “Señora, aunque su esposo vivía en Diez de Octubre, usted debe solicitar el certificado en Arroyo Naranjo, porque él murió en un hospital de ese municipio”. La mujer salió llorando y exclamando: “¡¿Por qué no me lo dijeron cuando vine la primera vez?! ¡He venido ya tres veces y me dicen que no aparece!”

 

Para actualizar el contrato del teléfono, Roberto debía llevar a la oficina de ETECSA un certificado de defunción de su padre. Con ese fin se presentó en el Registro Civil con la tarjeta de la funeraria. Debía volver a los veinte días a recoger el documento.

 

Transcurrido ese tiempo, regresó a la oficina. Al revisar el certificado, notó que el apellido estaba mal copiado –aparecía Perera en lugar de Pereira-, al parecer porque en la tarjeta la “i” estaba apenas esbozada, pero no tenía el punto. Para subsanar el error, debía presentar una inscripción de nacimiento de su progenitor, y aunque ya la solicitó a Holguín, todavía la está esperando.

 

Otra gran deficiencia de los Registros Civiles es la pésima caligrafía y la dudosa ortografía de quienes transcriben los datos, personas a menudo sin preparación, que a veces deforman las letras al punto de que con frecuencia los certificados son rechazados por funcionarios de otras instituciones, aunque ellos mismos rellenan modelos con errores por el estilo. Lo más grave es que no son los perpetradores quienes pagan por cada error, sino el propio afectado, el usuario, que tiene que volver a pasar por todo el infierno, incluyendo pagar sellos y hacer colas.

 

Algunos opinan que si el oficinista responsable de rellenar erróneamente un certificado estuviera obligado a enmendar su falla y correr con los gastos, sin que se perjudicara el cliente, o si por ejemplo se les sancionara de alguna manera, los errores desaparecerían casi por completo.

 

Cartificado de matrimonio

 

Un amigo, cuyo padre murió hace poco, comenta que para gestionarle la pensión a la madre se dirigió al Registro Civil de su municipio. Pero la certificación de matrimonio de sus padres no estaba allí. Lo mandaron al Registro Civil provincial, donde tampoco aparecía. Después de varias idas y vueltas, le comunicaron que hacía algún tiempo se habían quemado algunos archivos y que quizás el documento que él buscaba se hallaba entre los destruidos por el fuego.

 

Como sus padres estaban casados también por la Iglesia católica, acudió a esa institución y ese mismo día le extendieron una certificación escrita en computadora. Pero cuál no sería su sorpresa cuando no se la aceptaron en la oficina de Seguridad Social. La empleada que lo atendió le aconsejó buscar entre los vecinos algunos testigos de que sus padres vivían juntos. A la madre no le gustó nada quedar como concubina, pero no le quedó más remedio que aceptar o perdería la pensión.

 

Cuando la mamá de Blas, otro amigo, se murió, este comenzó a legalizar la vivienda que ella le había dejado en herencia. A pesar de que su progenitora nació y vivió siempre en Diez de Octubre, Blas tuvo que hacer lo trámites en el Registro Civil de Arroyo Naranjo. Le daba miedo permanecer en el local por las malas condiciones en que se encontraba. Vio que las personas siempre esperaban en la calle, y así lo hizo él también hasta que le tocó el turno de hacer la solicitud.

 

¿Computadoras?

 

Transcurridos los días de plazo, Blas regresó a recoger sus documentos, pero el local estaba cerrado. Esto le pasó una y otra vez, hasta que, cansado de perder días de trabajo, se le ocurrió preguntar en una cafetería cercana. Allí le dijeron que el Registro Civil estaba cerrado porque los techos del fondo se habían derrumbado, pero no sabían para dónde lo habían trasladado, y no aparecía un cartel que informara sobre esta situación.

 

Un joven que hacía la cola para sacar la inscripción de nacimiento de su mamá, comentó: “El carné de identidad en sí es una inscripción de nacimiento, tiene los mismos datos de una. Sin embargo, en Cuba nada más nos sirve para enseñárselo a la Policía”.

 

Un anciano que hacía la cola por segunda vez, le dijo a una empleada: “Esto es un caos. Cuando te entregan los certificados la vista se te nubla con tantos garabatos, y cuando los llevas donde te los piden, no te los aceptan. ¿Por qué ustedes no escriben los datos a máquina?”, a lo que la aludida respondió: “Pero abuelo, las máquinas de escribir no se usan, y computadoras, no tenemos”.

 

 

Palabras al viento

Jeovany Jiménez Vega*

17 de octubre de 2013

 

Que nuestro sector genera el 50% del PIB de este país, que eso representa el ingreso de entre 8000 y 10000 millones de dólares constantes, sonantes y convertibles cada año; que eso es muchísimo dinero, que debería ser suficiente para aumentar en serio el salario del sector que lo produce y que quienes permanecemos aquí lo merecemos tanto como los que salen a misiones de trabajo al extranjero; que nunca entenderé que un prestigioso profesor de Medicina, después de décadas de consagración, gane el tercio del salario de una oficinista de gerencia entrenada en quince días. Todo esto lo dije, hace un par de semanas, cuando pude hablar en la discusión del Anteproyecto de Ley modificativa del Código del Trabajo.

 

Que no se trata sólo de que nuestro salario sea ridículo, sino que es absurdo en este país de precios inmisericordes; que tenemos pacientes que fácilmente nos triplican o centuplican el salario, ya no desde una actividad por cuenta propia, sino incluso desde las pocas labores estatales que vinculan el salario con el rendimiento, o simplemente “luchando” –o sea robando a manos llenas; que ya va siendo hora de que se termine con esta denigrante situación, pues si existe hoy en Cuba un sector que está en condiciones de aumentar sustancialmente el salario de sus trabajadores –aquí no hablo de los ridículos 2 pesos por hora nocturna– ese es de la salud pública. Todo esto lo dije, hace un par de semanas, cuando pude hablar.

 

¿Mi propuesta concreta? Salario básico mensual del recién graduado 800 pesos, que podría ir incrementándose escalonadamente a razón de 150 pesos cada dos años, por ejemplo, hasta llegar a 1.500 pesos al cabo de ocho o diez años de graduado; 100 pesos por cada guardia médica en policlínicos y postas médicas de atención primaria, y entre 150 y 200 pesos en los hospitales terminales dependiendo de la carga de trabajo asumida por cada especialidad; nunca menos de 5 pesos la hora de nocturnidad; 200 pesos por riesgo biológico; 200 por los cargos administrativos y docentes –que pudiera ser mayor en caso de cargos provinciales o ministeriales; 250 pesos por las maestrías debidamente avaladas y 500 pesos por cada especialidad terminada; finalmente sería justo que se pagara la antigüedad pasados quince años de trabajo a razón de 100 pesos cada cinco años (100 los primeros 15 años, 200 a los 20 años, 300 a los 25 años y así sucesivamente) y por último una jubilación que no obligue a alguien que sirvió a su pueblo durante décadas a vivir poco menos que como un mendicante.

 

Por supuesto, este es mi modesto punto de vista, lanzado al éter desde la perspectiva del doliente, ni remotamente desde la del avezado economista. Pero algo me convence de que un sector generador de tanto dinero puede enfrentarlo así holgadamente. Ya lanzaron una tímida seña con el deporte, entonces ¿por qué no con el sector que genera semejante riqueza –que ofrece suficientes garantías de que lo seguirá haciendo– y que es enarbolado al mundo como carta de triunfo? Quienes tomen estas decisiones deben tener muy en cuenta que se trata de un profesional que sabe bien que, caso de aprobarse un salario mensual como este (hablo de unos 150 USD), no sería más de lo que ganaría en el extranjero por varias horas de trabajo bajo circunstancias cualitativamente bien diferentes y a pesar de lo cual –me aventuro a asegurarlo– en la mayoría de los casos no aspira a abandonar definitivamente su país. A ver si no vuelven a caer en saco roto las palabras pronunciadas en asambleas como aquella a lo largo de este país. A ver si sirve de algo esta botella lanzada al mar, estas locas palabras lanzadas al viento.

 

1 USD = 25 pesos

 

* El autor es médico

 

 

Universitarios: la frustración aumenta

Víctor Ariel González

17 de octubre de 2013

 

Sin perspectivas profesionales, un gran porciento de los graduados busca emigrar o dedicarse a labores ajenas a sus estudios

 

Los universitarios cubanos forman una comunidad capaz de captar la realidad de forma brutal: reciben conocimientos útiles de la experiencia universal y les enseñan, teóricamente, cómo hacer las cosas “bien”, para luego tener que lidiar con un día a día muy distinto de sus libros de texto. Ese contraste entre el aula y la calle alcanza un punto crítico al llegar la graduación y, con ella, la vida laboral.

 

En un país lleno de miseria, corrupción y dejadez, ser graduado universitario es bien complicado para aquellos que estén comprometidos con su carrera o se aferren a la imagen del creador honesto que triunfa solo por su talento, sin tener que comulgar con la política.

 

Se hace más difícil aún cuando el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social (MTSS), dictamina el destino de los jóvenes profesionales pasando por encima de los intereses de estos. La Ley del Servicio Social de 1973 obliga a trabajar a los egresados de cursos diurnos en donde el “gobierno revolucionario” estime conveniente, para pagar al Estado una educación que constitucionalmente se decía gratuita. Es común que en este período el perfil ocupacional impuesto aleje al individuo de su verdadera vocación.

 

Que este fenómeno continúe en tiempos donde se están haciendo recortes de empleo resulta incoherente. El Gobierno desinfla plantillas pero todavía se quiere conservar para los egresados la imagen del “Estado que ampara”.

 

Decía un burócrata en una facultad, durante una charla sobre ubicación laboral: “Ustedes tienen la suerte de vivir en un país en donde se les garantiza trabajo cuando terminan el pregrado”.

 

Esto es otro timo oficialista. Lo único que está garantizado es que, si el recién graduado no hace lo que el MTSS dispone, de nada va a servir que el infeliz se haya quemado las pestañas, pues su diploma será inhabilitado y no podrá ejercer su profesión. Ante esto, lo más prudente es tomar la dichosa asignación de empleo (una boleta que parece una citación policial) y pasar los próximos dos o tres años en un sitio donde quizás ni siquiera lo necesitaban.

 

“Aquí no estoy haciendo nada”, relata un antiguo estudiante al hablar del lugar en que “trabaja” hoy, a un año de graduado. Otro dice: “Llego temprano, hago un par de tareas sencillas y me pongo a leer hasta que me voy. No prestan atención a las ideas que uno trae”. Y más allá de lo flaco del salario —un factor muy negativo, sin duda—, muchos no están aprendiendo en lo absoluto o están incorporando prácticas nocivas a la profesión, dado que la ética es asignatura olvidada e impera la filosofía de “producir y entregar” por encima de la calidad y la innovación.

 

La mayoría se resigna a esperar a que termine un Servicio Social que no presta servicio alguno para tomar otros derroteros, o ya están contagiados con el deseo de la emigración, la epidemia más extendida entre los cubanos en estos tiempos del cólera.

 

Y estos son solamente los que consiguen su título; porque existe un por ciento nada despreciable de jóvenes que no llegan al final de sus estudios universitarios justamente por irse del país. Este fenómeno es más abundante en el penúltimo año académico cuando, ante la perspectiva de una profesión ingrata y contando con la ayuda de familiares en el exterior, algunos se dan de baja con muchas asignaturas de especialidad ya vencidas. Con parte del camino trillado, la intención es continuar los estudios en el extranjero.

 

En definitiva, se trata de jóvenes sobre los que gravitan décadas de crisis y que ven el fin de sus problemas en un boleto de avión hacia lo desconocido.

 

Las cifras hablan por sí solas. Decenas de miles son los cubanos que emigran anualmente. Entre ellos los hay universitarios llenos de ideas, de herramientas del conocimiento y también de frustración por no poder ejercer cabalmente su profesión en su propia tierra. Poco o nada tiene esta Isla para ofrecerles.

 


Cuba: ¿el ocaso de las mulas?

Leonardo Padura

16 de octubre de 2013

 

Una pantalla de televisión muestra por el canal de circuito cerrado de la terminal 3 del aeropuerto internacional José Martí de La Habana una escena paradisíaca de algún remanso de la isla, acompañada por un cartel que advierte: “La primera imagen de Cuba”.

 

Pero lo cierto es que para poder ver si quiera el exterior siempre en tinieblas (si es de noche, por supuesto) y caluroso (sobre todo en verano) de la terminal aérea, el recién llegado debe atravesar tres férreos controles (migratorio el primero, aduanales los otros dos) que no resultan precisamente edénicos, y que sirven para advertirle al visitante recién llegado y para recordarle al que regresa a su país de nacimiento (y a veces hasta de residencia) que ha arribado a un sitio donde siempre debe responder preguntas, por más en regla que estén sus documentos y pertenencias: ¿de dónde viene?, ¿en qué vuelo? ¿dónde se va a alojar? ¿lo que trae en el bolso es un equipo de audio para automóvil? ¿cuántas maletas son suyas? ¿trae alimentos? ¿viaja en misión oficial? ¿ya hizo otra importación este año?… entre otras interrogaciones posibles.

 

Túnel de preguntas y controles

 

De todas esas preguntas y de las respuestas que pueda dar el viajero, depende (sumado al trámite del escaneo de las maletas antes de ser puestas en las cintas de recogida) el tiempo que transcurrirá entre el aterrizaje y esa primera visión del mundo exterior cubano, con sus oscuridades, calores y abarrotamientos. Cualquier cubano (residente o no) que haya pasado por un aeropuerto patrio tiene una historia que contar sobre su tránsito por ese túnel de preguntas y controles. La historia de algunos incluye el tiempo (tres, cinco, siete horas) que le llevó atravesarlo, digamos, porque un e-book (lector de textos) pudo ser considerado una laptop, en los tiempos no lejanos en que no se podían entrar impunemente esos objetos a la isla o porque determinado objeto incluido en el equipaje parecía un chorizo, el más peligroso de los productos que los cubanos insisten en traer a casa, a juzgar por la fijación que sobre él existe…

 

¿Cómo es posible -me pregunto y nos preguntamos miles de cubanos afortunados que hemos vivido esa experiencia de pasar bajo el lema de “La primera imagen de Cuba”- que existiendo esos férreos controles y tan gravosas regulaciones aduanales pueda haber personas que se dediquen profesionalmente a importar, en condición de viajeros, productos industriales por los aeropuertos cubanos? ¿Cómo puede ser rentable el negocio de la venta de ropas, zapatos y otros artefactos diversos (plomería, electricidad, etc.) haya florecido hasta el punto de que se ha tenido que decretar su ilegalidad en los puntos de venta de los cuentapropistas amparados en ciertas licencias pues esos importadores y vendedores le hacen la competencia al mismísimo Estado?

 

Como bien se sabe, todo cubano residente en el exterior debe pagar en divisas el precio de sus importaciones que no sean estimadas como objetos de uso personal o sobrepasen los 30 kilogramos libres de impuestos. Como también sabemos los que vivimos en la isla y viajamos al exterior, solo una vez al año el residente cubano tiene derecho a importar productos que no sean de uso personal y pagar en pesos cubanos, pues en las siguientes ocasiones debe hacerlo en moneda fuerte y al final pagar casi el doble del valor del producto importado.

 

La fruta y el árbol

 

Esa regulación aduanal, creada con el fin específico de evitar o desestimular la entrada al país de mercancías que luego serían vendidas en los negocios de los cuentapropistas, al parecer (es mi experiencia personal) solo afectó de modo patente a los cubanos que viajamos con cierta regularidad, los que no nos dedicamos a esos negocios y debemos tener cuidado con el peso de nuestros equipajes, aunque lo importado sean libros (para trabajar o simplemente leer…). Y digo al parecer porque la nueva disposición gubernamental anunciada a principios del mes de octubre prohíbe, de modo terminante, la venta de productos textiles o industriales importados que hoy son vendidos en centenares de puestos, tendederas, ferreterías improvisadas o hasta “atelieres” exclusivos de cuentapropistas. Es decir: se arranca la fruta porque el árbol que las produce siguió creciendo y pariendo a pesar de las restricciones aduanales que debieron secarlo en su raíz… Y vuelvo a preguntarme: pagando las tarifas existentes para la importación de esos productos, más el propio precio de los productos, los billetes aéreos, los impuestos cubanos y todo lo demás, ¿seguía siendo rentable el negocio de las llamadas “mulas” y sus receptores como para que llegara a ser ventajoso, incluso competitivo respecto a todo un Estado centralizado como el cubano?

 

El problema de esa competencia seguramente será resuelto, al menos del modo visible y extendido que existe hoy. El peso de la ley cerrará las puertas de los puntos de venta establecidos (pues ya han cerrado algunos). Pero la solución siempre genera un nuevo problema -como bien sabemos los cubanos, y mucho más, en un caso como este, los cubanos que no viajan-, que en este caso afectará al ciudadano que por diversas razones prefería acudir a estos negocios privados antes que a las tiendas recaudadoras de divisa del Estado.

 

El gran perdedor en este juego comercial va a ser, entonces, ese cubano de a pie que encontraba en los distintos puntos de venta desde la ropa de moda hasta la sifa del lavamanos que no aparecen en las shopings, o que optaba por comprársela al cuentapropista porque le daba mejor precio y calidad. O perderá, al menos, la posibilidad de escoger con libertad, cuando los implicados en todos los puntos de esta cadena encuentren la alternativa para sostener su negocio, tal vez con más riesgos, pero con iguales o mayores beneficios: el mercado negro. Esa alternativa para solucionar un problema también la conocemos la inmensa mayoría