FUSILAMIENTOS EN LA CUBA DE FIDEL CASTRO

El filósofo izquierdista argentino Oscar del Barco reconoció: “Los llamados revolucionarios se convirtieron en asesinos seriales, desde Lenin, Trotzky, Stalin y Mao, hasta Fidel Castro y Ernesto Guevara.

Más de ciento quince mil cubanos han muerto

o desaparecido gracias a los hermanos Castro

5.700  cubanos

han sido fusilados

en la Cuba de Fidel Castro

El castrismo nació -y se ha mantenido- chorreando sangre por todos sus poros.

Pide justicia para los asesinos de su padre,

Lorenzo Enrique Copello Castillo,

asesinado por orden de los hermanos Castro

Raúl Castro promete más ejecuciones

15 de enero de 1959

 

El asesino en serie Raúl Castro le recordó a la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) en enero de 2013: “Nuestras leyes permiten la pena de muerte, está suspendida, pero ahí está, de reserva”. 

Justicia rebelde

Rafael Rojas

6 de agosto de 2008

 

La revolución cubana fue un movimiento social y políticamente heterogéneo que surgió como reacción al golpe de Estado de Fulgencio Batista el 10 de marzo de 1952. La vía violenta elegida por sus diversos líderes --Prío, Castro, Echeverría, García Bárcena, Barquín, San Román-- no sólo era un componente de la cultura política insular desde la segunda mitad del siglo XIX sino una opción que, a los ojos de aquellos revolucionarios, estaba justificada por el cese de garantías constitucionales en un régimen de facto.

 

Sin embargo, como es sabido, durante los seis años y medio que Batista gobernó (1952-1958) no siempre esas garantías estuvieron suspendidas. Aún bajo sus Estatutos Constitucionales, que amarraban autoritariamente la carta magna del 40, Batista restableció dichas garantías en 1954, volvió a suspenderlas en enero del 57 y, luego de un breve restablecimiento, las suprimió nuevamente en marzo del 58. En esos años, los revolucionarios se beneficiaron de las amnistías, del habeas corpus, del estado de derecho y de las libertades públicas que, a pesar de la incuestionable represión, subsistían en Cuba.

 

La idea de una revolución legítima, es decir, justificada por un régimen de facto, ganó terreno dentro de la propia oposición pacífica, liberal y democrática de la isla, en buena medida, por la crueldad de la policía batistiana entre el 57 y el 58. Es en esa idea donde habría que encontrar el origen de un tipo despiadado de justicia que se presenta como reacción al autoritarismo gubernamental. Frente al estado de emergencia de Batista se colocaba el estado de excepción de la legalidad revolucionaria.

 

El tema ha apasionado a filósofos de derecha, como Carl Schmitt, y de izquierda, como Walter Benjamin, y ha llamado la atención, en los últimos años, del pensador italiano Giorgio Agamben. El estado de excepción o de emergencia es entendido, en esa tradición intelectual, como un tipo de legitimidad no democrática que logra el consentimiento de los gobernados sobre la base de una limitación de los derechos políticos por razones de seguridad nacional.

 

Los fusilamientos en la Sierra Maestra, durante el primer año de la guerra, son una buena prueba del estado de excepción revolucionario. En 1957, según los cálculos de Armando M. Lago y Giberga, habrían muerto más hombres por fusilamientos en las montañas --46-- que rebeldes por bajas militares: 35. Este contraste tiene que ver, naturalmente, con el hecho de que la confrontación propiamente militar se produjo en el año 58, cuando podrían haber muerto, según los mismos cálculos, 409 rebeldes, frente a 49 fusilados. La mayoría de esos ejecutados no eran soldados enemigos, a quienes se les liberaba para enviar un mensaje amistoso al ejército, sino campesinos orientales.

 

¿Por qué se fusilaba en la Sierra? Los testimonios de los guerrilleros, especialmente del Che Guevara, son exhaustivos. Muchos fusilados eran desertores o informantes, pero también se aplicaba la pena capital por asesinato, robo o violación. Guevara se refiere en extenso a los casos del “chino” Chang, que asesinó a varios campesinos, de Dionisio y Juan Lebrigio, ladrones de víveres y reses, el “bizco” Echevarría, que hacía robos a mano armada en territorio rebelde, y el guajiro Arístidio, ejecutado por haber vendido su revólver y amenazar --sólo amenazar-- con hacer contacto con el ejército: “durante los momentos en que el enemigo arrecia su acometividad no se puede permitir ni el asomo de una traición”.

 

También habla Guevara de “ejecuciones simbólicas”, como la de tres muchachos, “unidos a las tropelías del chino Chang”, quienes “fueron vendados y sujetos al rigor de un simulacro de fusilamiento”. Pero entre todos los fusilamientos de la Sierra, tal vez, el más emblemático de un estado de excepción fue el de un campesino apodado “el maestro”, referido en un testimonio de Castro que recoge Franqui en Diario de la revolución cubana (1976). A este guajiro lo fusilan por aparentar haber sido asaltante del Moncada y tripulante del Granma y hacerse pasar por el Che en la zona rebelde, con el fin de seducir muchachas: “¿Quieren cosa más grande? --dice Fidel--. Fue directo, no se le hizo juicio. Lo fusilamos”.

 

Tras la muerte de Frank País, Castro lanzó la consigna de “todo para la Sierra”, en medio de fuertes tensiones con Ramos Latour. Entre agosto y diciembre de 1957, los fusilamientos cumplieron una función disciplinaria y simbólica en el reforzamiento político y militar de la guerrilla. En esos meses, los choques con el ejército de Batista siguieron siendo escaramuzas, como la toma del cuartel de Bueycito, el combate de Mar Verde o las emboscadas que Camilo Cienfuegos y Efigenio Ameijeiras tendían a las tropas de Sánchez Mosquera. Pero el terror revolucionario, unido a la construcción de panaderías, hospitales, talleres y escuelas, surtió efecto y, a fines del 57, ya los rebeldes controlaban un buen tramo de la costa sur de Oriente.

A 50 años de un fusilamiento olvidado

Aldo Chaviano Rodríguez*

14 de julio de 2013

  

Nos habían trasladado a 23 presos políticos del Presidio de Isla de Pinos, donde habíamos permanecido cerca de dos años. Era el 12 de julio de 1963.

 

Estábamos en la torre vieja de Iznaga en Manacas de Iznaga cerca del poblado de Caracusey en la carretera entre Sanctí Spíritus y Trinidad en la provincia de Las Villas. Ya sabíamos del asesinato el día anterior en “Las Tinajitas”, en plena Sierra del Escambray, de Macario Quintana y Aquilino Zerquera, miembros de nuestra causa y cuyos cadáveres fueron expuestos en el  patio donde se celebró el juicio para que los viéramos, como únicos testigos silentes de lo que allí había ocurrido.

 

El procedimiento  estuvo plagado de arbitrariedades e injusticias. El Tribunal presidido por el Capitán Andrés Abeledo Mejías “El Pinto”, el oficial acusador Luís Felipe Denis y el Fiscal Dr. Humberto Jorge, hablaban incesantemente. Allí se acusó por apariencias, por seudónimos, sin tener en cuenta la identidad personal, por suposiciones, por alegatos basados en investigaciones absurdas, por delaciones de personajes de controvertida procedencia.

 

Allí únicamente se juzgó a un ejército prisionero por sus acciones de guerra, pero había que escribir un libreto para luego matar y así lo hicieron…

 

Personalmente fui excluido al declarar mi hermano de lucha Ramón Pérez “Monguito”  que yo no era “El Chino” (alias) que los comunistas buscaban. El anciano Romayor y yo fuimos los únicos que salimos vivos de los 23 que sacaron del Presidio para juicio en Las Villas; quizás para que contáramos de lo que eran capaces y así contribuir al terror; quizás también por ello hablamos bien poco de lo que allí sucedió al regresar a Isla de Pinos.

 

Portador de recados personales

 

Ante la convicción generalizada de que iban a morir, el grupo mostró una actitud firme y decidida. Fui portador de recados personales, de pequeños recuerdos con la encomienda para llevar a familiares. No hubo quejas, ni ocasión ni tiempo para otras opciones, el día fue muy largo y a la vez muy corto por su intensidad.

 

Al final, la sentencia: 19 condenados a pena de muerte por fusilamiento y dos a 30 años de cárcel. La apelación duró pocos minutos y la sentencia fue ratificada. Nos montaron en un camión militar y los miembros del Tribunal, nos seguían. Nos llevaron a un recodo del camino, algunos me dieron sus últimas recomendaciones.

 

Era de noche. Aproximadamente a la 1:00 a.m. del 13 de julio de 1963, bajaron a los condenados a  muerte, los iluminaron con las luces de los camiones de transporte militar, llamaron a Nando Lima, Zacarías García y a Roberto Montalvo y los ametrallaron. El resto comenzó a dar gritos en contra del comunismo y en favor de Dios y la Libertad, entonces los tirotearon a todos juntos por parte de las tropas y de los miembros del Tribunal; dispararon con ametralladoras, rifles, pistolas y revólveres, aún así Carlos Brunet quedó en pie, todos le tiraron, lo hicieron pedazos; luego los remataron uno por uno.

 

Seguidamente les quitaron los zapatos y calzaron algunos milicianos que andaban descalzos.

*Natural de Báez, antigua provincia de Las Villas. Número en el Presidio de Isla de Pinos: 28240. Cumplió 26 años y cuatro meses de prisión política con 30 años y seis meses adicionales por una fuga de la prisión de Ariza, Cienfuegos. Es el único sobreviviente de los 23 condenados a muerte en la II Causa del Escambray. Vio fusilar a 19 de sus compañeros de lucha; todos habían estado más de dos años y medio presos entre el centro de operaciones del Hospital de Topes de Collantes en la Sierra del Escambray e Isla de Pinos. Actualmente reside en Nueva Jersey. Este testimonio se publica con la autorización del Comité Internacional de Ex Presos Políticos Cubanos.

Fusilados y cómplices en abril

Haroldo Dilla Alfonso

8 de abril de 2013

 

Se fusiló a tres cubanos jóvenes que no cometieron hechos de sangre, y de subir el tope de la ignominia se encargaron 27 intelectuales y funcionarios cubanos que produjeron un documento plañidero

 

En este abril de 2013 se cumple una década de uno de los momentos más deprimentes de la historia postrevolucionaria: la llamada primavera negra. Fue un momento en que Fidel Castro, entusiasmado por lo que asumía como una ola revolucionaria en América Latina y la llegada de los primeros lotes de subsidios venezolanos, decidió erradicar todas las muestras de descontento y oposición que se habían ido acumulando en ese camino de-derrota-en-derrota-hasta-la-victoria-final que él había trazado. El pretexto fue, como ha sido usual desde 1959, cerrar el paso a la amenaza imperialista.

 

Aunque la primavera negra es recordada sobre todo por el encarcelamiento sin derecho al debido proceso de 75 activistas opositores, quiero enfocar mi atención en otro hecho: el fusilamiento de tres jóvenes negros por el secuestro fallido de una lancha de pasajeros que brindaba servicios en la bahía de La Habana.

 

Como es conocido, un grupo de once jóvenes participaron en ese acto delictivo el día 2 de abril de 2003, con el propósito de alcanzar las costas de La Florida. Ello implicaba la toma como rehenes de una treintena de pasajeros, incluyendo dos jóvenes extranjeras que se convirtieron para los secuestradores y para la policía en las piezas claves de la negociación. Finalmente la lancha se quedó sin gasolina, lo que movió a los secuestradores a aceptar un acuerdo que solo la candidez puede aconsejar: ser remolcados hasta el muelle de Mariel donde serían reabastecidos de combustible para que pudieran reemprender la marcha al norte.

 

El resultado fue la captura de todos los secuestradores sin que hubieran producido daño físico alguno a ningún pasajero. El día 8 concluyó un juicio sumario en que los detenidos no tuvieron acceso a un abogado de su elección. Tres —Lorenzo Capello de 31 años; Bárbaro Sevilla de 22 años y Jorge Martínez de 40— fueron condenados a muerte, mientras otros fueron sancionados con penas que iban desde prisión perpetua hasta dos años de cárcel. Según la CIDH el estado cubano había procedido a “juzgarles y condenarles sin las debidas garantías procesales”, y entre ellas “por cuanto la tipificación para las ofensas cometidas por las presuntas víctimas (en la ley blandida) no prevé la pena de muerte, sino una pena privativa de libertad”.

 

En el tiempo galáctico de tres días la condenas fueron revisadas por el Tribunal Supremo y por el Consejo de Estado, cuyos miembros se pronunciaron unánimemente por el fusilamiento de los tres jóvenes. Finalmente fueron fusilados el día 11 de abril, sin notificarlo a sus familiares —que estuvieron todo el tiempo confiados en una revocación de la orden— ni permitir una despedida. Es decir que en 9 días transcurridos entre el 2 y el 11 de abril se decidió, apelaciones por el medio, sobre la vida de tres personas, y se procedió a la ejecución.

 

El Consejo de Estado basó su decisión, cito a Fidel Castro en una perorata de 4 horas que sucedió al fusilamiento, en “los peligros potenciales que implicaban no solo para la vida de numerosas personas inocentes sino también para la seguridad del país —sometido a un plan siniestro de provocaciones fraguado por los sectores más extremistas del Gobierno de Estados Unidos y sus aliados de la mafia terrorista de Miami con el único propósito de crear condiciones y pretextos para agredir a nuestra Patria”.

 

Es decir, que según Fidel Castro se fusiló a tres cubanos jóvenes que no cometieron hechos de sangre, ni segaron vida alguna, para afrontar las supuestas amenazas del Gobierno americano presidido entonces por George W. Bush; por lo que cabe pensar que se tomó una decisión contra ciudadanos cubanos a partir de las actitudes del presidente americano. Quien por esa vía devino actor legal y político interno de Cuba, y Fidel Castro un vulgar “plattista” que aceptó la fuerza de la injerencia. Y volvió a hacerlo un tiempo después, cuando otros cubanos secuestraron una lancha en la costa norte pero esta vez con hechos violentos más severos, y sin embargo no fueron condenados a muerte porque esa fue la condición que el Gobierno americano puso para devolverlos tras ser interceptados por la guardia costera americana. También en este caso el Gobierno americano impartió justicia y decidió sobre la vida de los ciudadanos cubanos. Y nuevamente los dirigentes cubanos se sumaron al carro del “plattismo”.

 

De subir el tope de la ignominia se encargaron 27 intelectuales y funcionarios cubanosque produjeron un documento plañidero en el que declaraban a “los amigos del mundo” que “para defenderse Cuba se ha visto obligada a tomar medidas enérgicas que naturalmente no deseaba” y llamaba a repudiar “la gran campaña que pretende aislarnos y preparar el terreno para una agresión militar de los Estados Unidos contra Cuba”. Entre los intelectuales aparecen criaturas que nunca pierden una oportunidad de chapotear en el lodo, como son los casos de Silvio Rodríguez, Miguel Barnet y Amaury Pérez. No faltaron algunos funcionarios ilustrados —llamarles intelectuales hubiera sido una hipérbole imperdonable— como Carlos Martí, Eusebio Leal y Alfredo Guevara. Pero también firmaron figuras de las que uno siempre hubiera esperado, al menos, un retraimiento oportuno, como fueron los casos de Leo Brouwer, Chucho Valdés, Roberto Fabelo, el finado Cintio Vitier, su esposa Fina García Marruz y Marta Valdés.

 

Lo más aberrante del documento es que achaca la ignominia a Cuba, cuando en realidad solo una parte muy pequeña de ella fue culpable. La mayoría de los cubanos no conocieron del asunto hasta que Granma lo publicó, sin versión contrapuesta y siempre bajo el aviso de una macana policial que se agitó en estos días con más celeridad que nunca. Los emigrados, que también son Cuba, y cuya inmensa mayoría no tiene nada que ver con la metáfora de la “Mafia de Miami” tampoco fue parte de esa decisión. Y lo más importante, que también los jóvenes fusilados y sus familiares eran parte legítima de Cuba. En consecuencia, no fue solo una decisión criminal a espaldas de una parte mayoritaria de Cuba, sino también contra ella.

 

Es probable que al paso del tiempo, este hecho esté pesando en las conciencias de quienes decidieron por el fusilamiento sumario de los tres jóvenes negros. Es posible, por ejemplo, que en su deambular como administrador de un hospital sin futuro, Carlos Lage haya pensado en esto, o que lo haya hecho el excanciller cuando redactaba su cartica de arrepentimiento y notó que le faltaba la firmeza de pulso que tuvo cuando firmó la confirmación del crimen. Y es posible que cuando los voceros castrados del autoritarismo miran hacia atrás, también sientan algo de arrepentimiento por haber llamado a los amigos a no sonrojarse frente a la ignominia y el crimen.

 

Es una suerte para ellos que no tuvieron Bárbaro Sevilla, Lorenzo Copello y Jorge Martínez.

 

A ellos, nadie les dio la oportunidad del arrepentimiento.

Un pelotón dirigido por Raúl Castro fusila

-por error, sólo querían asustarlo-

a un supuesto espía

“¿Quién va a pagar la sangre que la tierra absorbe?”

(Canción de la Columna Juvenil del Centenario)

Emilio Ichikawa

14 de mayo de 2008

 

El fusilamiento “fue perfectamente evaluado”: Fidel Castro.

radiografiamundial.com

Desde hace unos días no deja de comentarse la sorprendente declaración de Pablo Milanés al diario español “El Periódico” acerca del apoyo de “los 27” intelectuales y artistas cubanos al fusilamiento en Cuba el 11 de abril de 2003 de tres jóvenes de la raza negra que trataron de escapar de Cuba.

 

La lista de firmas aprobatorias, por supuesto, es mucho más amplia. Pero como las transiciones deben ser compasivas, se puede considerar que las que se agregaron a partir de la número 28 (ella incluida) obedecieron a la clásica inercia civil con que se transcurre en Cuba: la vida parece un juego hasta que se comprende que no lo es.

 

Ahora bien, todo parece indicar que el grupo de “los 27” lo hizo por convicción o, como dice Milanés, por “oportunismo” y “cobardía. No estamos hablando ya de la censura de un libro, la negación de un premio o el escamoteo de un viaje al extranjero; hablamos ahora de intelectuales y artistas voluntariamente complicados en el fusilamiento de compatriotas cubanos (aquí el singular, como en 1871, es exacto).

 

Lo único que se puede decir a favor de “los 27”, aunque no creo que a ningún juez o jurado le valga, es que la idea de fusilarlos no salió de ellos mismos sino de Fidel Castro. Pueden decir, aunque sea más descarado que oportunista, que ya Fidel lo tenía decidido y que se trataba de otra de sus habituales canalladas.

 

Es fútil y es cierto. El 12 mayo de 2003, en su primera declaración en torno al suceso, “Página 12” publicaba estas palabras de Fidel Castro a Miguel Bonasso:

 

MIGUEL BONASSO: La primera pregunta es obvia: imagino que usted evaluó que habría un generalizado repudio con el tema de los tres fusilamientos recientes…

FIDEL CASTRO: Sí, fue perfectamente evaluado. Es algo demasiado serio como para adoptar decisiones a la ligera. De hecho habíamos establecido una moratoria que duraba ya casi tres años. Fue verdaderamente doloroso para los miembros del Consejo de Estado tener que romper esa moratoria. Esto no se hace sino por causas absolutamente justificadas, puesto que conocíamos el precio de la medida, ya que hoy día -y no les quito razón a los que se oponen a ella- el número de los que piensan de esa forma crece y crece cada vez más, de lo cual realmente me alegro, puesto que compartimos, y por razones profundas, el aborrecimiento a la pena capital.

 

Pablo Milanés, “Pablito”, se lavó las manos. Sus manos están limpias. Al menos ellas. No está mal para comenzar.

(Emilio Ichikawa. Escritor Cubano)

 

Lista de “los 27” firmantes iniciales

1-Alicia Alonso.

2-Miguel Barnet.

3-Leo Brouwer.

4-Octavio Cortázar.

5-Abelardo Estorino.

6-Roberto Fabelo.

7-Pablo Armando Fernández.

8-Roberto Fernández Retamar.

9-Julio García Espinosa.

10-Fina García Marruz.

11-Harold Gramatges.

12-Alfredo Guevara.

13-Eusebio Leal.

14-José Loyola.

15-Carlos Martí.

16-Nancy Morejón.

17-Senel Paz.

18-Amaury Pérez.

19-Graziella Pogolotti.

20-César Portillo de la Luz.

21-Omara Portuondo.

22-Raquel Revuelta.

23-Silvio Rodríguez.

24-Humberto Solás.

25-Martha Valdés.

26-Chucho Valdés.

27- Cintio Vitier.

 

 

Pablo Milanés: “A diferencia de otros 27 intelectuales, no firmé la carta de apoyo a los fusilamientos”

12 de mayo de 2008

 

El músico agregó que esas mismas personas “suscribieron la condena de largos años de prisión a 75 disidentes y opositores pacíficos”.

 

El cantautor Pablo Milanés, quien presenta por estos días en España su último disco declaró al diario izquierdista español El Periódico que siempre dijo lo que pensaba sobre la liberación de los presos y los fusilamientos, y ahora “son muchísimos los que cambian de postura”.

 

Según comenta Milanés, siempre tuvo “su opinión” sobre el tema de la liberación de los presos políticos, y “a diferencia de otros 29 intelectuales” de la Isla, se negó “a firmar una carta de apoyo a los fusilamientos decretados en marzo de 2003, contra tres cubanos que intentaron abandonar el país”.

 

Fue el caso de los tres jóvenes que intentaron secuestrar una embarcación para huir de Cuba, sin causar daños humanos, y fueron fusilados tras un juicio sumario el 11 de abril de 2003. Este hecho sucedió poco después del encarcelamiento de 75 opositores pacíficos durante la ola represiva de marzo de 2003, condenados también en juicios sumarísimos a penas de entre 13 y 28 años de prisión.

 

El músico agregó que esas mismas personas que apoyaron los fusilamientos de Lorenzo Enrique Copello, Bárbaro Leodán Sevilla y Jorge Luis Martínez, “también suscribieron la condena de largos años de prisión a 75 disidentes y opositores pacíficos”.

 

Ya entonces dije lo que tenía que decir. Y ahora, que algunos de estos presos están a punto de salir de la cárcel, son muchísimos los que cambian de postura”, agregó el músico.

 

A la pregunta de si se trata de “puro oportunismo” por parte de esos intelectuales, Milanés respondió que “sí, y de pura cobardía”. “Por mi parte es hora de guardar silencio; de complacerme con lo que ocurre”, añadió.

 

 

Cuestión de Vida o Muerte.*

 Comentarios.

Dr. Antonio Llaca Busto

 29 de agosto de 2004

 

A un año de los  fusilamientos  de Lorenzo Enrique Copello Castillo, Bárbaro Leodán Sevilla García y Jorge Luis Martínez Isaac

 

A raíz de los fusilamientos en abril de 2003 de tres ciudadanos cubanos que intentaban escapar de la isla,  Fidel Castro, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba concedió una entrevista al periodista M. Bonasso publicada en diversos medios de México, Argentina, Cuba  y Venezuela en la cual ofreció sus puntos de vista acerca de este doloroso episodio de nuestra historia reciente. ¿Qué quiso  hacer creer el Presidente cubano a la opinión pública latinoamericana acerca de tan lamentable suceso?, veamos:

 

Periodista: La primera pregunta es obvia: imagino que usted evaluó que habría un generalizado repudio con el tema de los tres fusilamientos recientes…

 

F. Castro: Sí, fue perfectamente evaluado. Es algo demasiado serio como para adoptar decisiones a la ligera. De hecho habíamos establecido una moratoria que duraba ya casi tres años. Fue verdaderamente doloroso para los miembros del Consejo de Estado tener que romper esa moratoria. Esto no se hace sino por causas absolutamente justificadas, puesto que conocíamos el precio de la medida, ya que hoy día-y no les quito razón a los que se oponen a ella- el número de los que se oponen a ella crece y crece cada vez más, de lo cual realmente me alegro, puesto que compartimos, y por razones profundas, el aborrecimiento a la pena capital.

 

-Comentario: La respuesta desafía todo esfuerzo de análisis serio; el periodista introduce el tema como de los tres fusilamientos recientes sin mencionar   nombres, el Presidente  también obvia la mención, evidentemente no se quiere herir la sensibilidad de los familiares y dar la impresión de que se tiene tacto  al manejar el asunto, trata el tema como si fuese algo abstracto,  estrictamente teórico, alejándose de consideraciones acerca de las profundas repercusiones humanas del drama vivido por estos compatriotas; el lenguaje, siempre en plural a pesar de ser uno solo  el entrevistado, pretende transmitir la sensación de que las decisiones que condujeron a los fusilamientos fueron tomadas por un grupo o colectivo, el “Consejo de Estado”; las afirmaciones “perfectamente evaluado” y  “las decisiones no fueron tomadas a la ligera” llenan de dudas a cualquier conocedor del caso : Copello (31 años), Sevilla (21 años) y Martínez (43 años) fueron arrestados el  5 de abril de 2003 a bordo de una embarcación de cabotaje secuestrada tres días antes  en la que pretendían huir hacia  Estados Unidos, el combustible se agotó a pocas millas de La Habana y la embarcación rodeada por los guardacostas cubanos,  durante el secuestro ni durante la toma de la nave por parte de las autoridades hubo lesionados o fallecidos, de inmediato estos tres cubanos son sometidos a un juicio sumario y en sólo cinco días el Tribunal Supremo y el Consejo de Estado de la República refrendan la solicitud de Pena de Muerte la cual fue ejecutada un día más tarde.

 

¿Consideró sensato el Tribunal Supremo adoptar decisiones tan drásticas como  las de quitarle la vida a tres seres humanos en sólo cinco días o este proceder se debió a indicaciones de las más altas instancias del Gobierno? ¿Hubo garantías de una defensa justa para los procesados bajo tales circunstancias? ¿Cómo  explica el Tribunal Supremo que en cárceles cubanas haya nacionales y extranjeros condenados por delitos aún más graves a la pena de muerte desde hace ya varios años  enfrascados en largos procesos de apelación mientras a estos compatriotas sí se les aplicó esta pena con excesivo rigor y en menos de una semana? ¿Acaso hay consideraciones humanitarias y legales válidas para figuras delictivas de mayor gravedad  o para  foráneos que no son aplicables a un grupo de ciudadanos desesperados que sólo intenta huir de la Isla? ¿Por qué no se aplicó otra sanción que aún siendo severa preservara la vida  y estuviese en concordancia con la gravedad del delito cometido? Estos mismos razonamientos también son válidos para las actuaciones del Consejo de Estado, última instancia de apelación y supuesto garante de la Ley y  los derechos de todos los cubanos. Resulta imposible aplaudir la ligereza con que fueron tomadas y ejecutadas decisiones de la mayor trascendencia para la vida de tres personas.

 

Si de hecho existía una moratoria para la aplicación de la pena de muerte el juicio sereno de aquellos encargados de implementarla hubiese aconsejado su continuación, más aún si tanto se aborrece; lamentablemente los miembros del Consejo y su Presidente creyeron conocer “el precio de la medida” como si hubiesen puesto en una balanza los pro y los contra de efectuar las ejecuciones sin que primase un sentido estricto de Justicia  y de respeto a la vida  pero calcularon muy mal  la inmensa ola de rechazo que  levantó a nivel mundial; efectivamente el número de personas que nos oponemos a la pena capital crece por día y esto desde un amplio marco de consideraciones humanitarias, legales, éticas y morales. En Latinoamérica ni siquiera los más entusiastas defensores del Presidente Castro aprobaron este injustificable proceder; sencillamente, nadie quiere hacerse cómplice de un crimen legal.

 

Periodista: ¿Cuáles fueron entonces las causas?

 

F. Castro: Puedo resumírtelo en tres palabras: cuestión de vida o muerte. Me preguntarás por qué. Sencillamente la mafia terrorista de Miami, en combinación con la extrema derecha de Estados Unidos se proponían y aún se proponen, crear una grave crisis que podría conducir a una confrontación armada entre Estados Unidos y Cuba.


No es que esto nos ponga nerviosos o nos quite el sueño. Es algo demostrado durante 44 años que nosotros sabemos enfrentarnos a cualquier peligro. No es inútil recordar que en 1961 libramos , entre los días 17 y 19 de abril, una dura batalla frente a una expedición mercenaria que desembarcó por Girón y detrás de esa invasión estaba la escuadra norteamericana con un portaaviones, naves de guerra, buques de desembarco y las tropas pertinentes para intervenir inmediatamente después de que el gobierno creado por ellos pudiera aterrizar en un aeropuerto recién construido en una de las zonas más pobres del país, precisamente en un punto que se ha hecho después famoso: Playa Girón. Claro, nosotros hicimos todos los cálculos correspondientes y se luchó durante 68 horas consecutivas, sin un minuto de receso, hasta el último punto de resistencia enemiga: Playa Girón cayó en nuestro poder. No pudo aterrizar el gobierno que tenían en Miami.

 

-Comentario: Una vez más la respuesta no satisface: qué tienen  de relación entre sí  hechos acaecidos en Playa Girón año 1961 con el delito cometido por estos tres compatriotas y por qué el Presidente los trae a colación; la única explicación posible es  el justificar los fusilamientos  echando mano de argumentos manidos y además sin comprender  las causas del proceder de estas personas, el mismo que han hecho y continuarán haciendo otros miles de cubanos:  la difícil situación interna de Cuba es el verdadero motor impulsor de cada nuevo alud de intentos de salidas “ilegales”, pero, desde el punto de vista  jurídico: ¿son un agravante para este delito (secuestro de la nave)  las aspiraciones de la mafia terrorista de Miami y la extrema derecha de Estados Unidos? ¿Es esto lo que a juicio del Presidente hace válidas  las ejecuciones? Rara jurisprudencia aquella que juzga y sentencia según las aspiraciones de terceros situados en un país distante y con los cuales no se  demostró  relación directa, pero más aún, estos cubanos  fusilados no eran opositores políticos y esto lo sabían  los Tribunales  y el Consejo de Estado, eran simplemente hijos de una barriada pobre de La Habana que iban en busca de un futuro mejor.

 

Y ahora una nueva interrogante: ¿no ofrecen estos fusilamientos una magnífica excusa a esos elementos de la extrema derecha norteamericana y a otros para la confrontación con el Gobierno cubano acerca del sensible tema de los Derechos Humanos? Un renovado terreno de confrontación con el eterno enemigo externo no resulta conveniente para ninguna de las dos Naciones, menos aún en momentos en que un creciente intercambio comercial auguraba al menos una mejoría de las relaciones entre ambos países.

 

Periodista: ¿Y quién iba a estar al frente de ese gobierno?

 

F. Castro: Miró Cardona y un grupito que tenían en Miami en una casa para trasladarlo tan pronto dispusieran de una cabeza de playa. Si hubieran podido traer un gobierno y proclamarlo como tal gobierno inmediatamente habrían intervenido sus tropas y detrás de ellos, como es habitual, las famosísimas tropas de la OEA (ríe), constituidas por lo general por dos o tres pelotones cuando más , para crear las apariencias de “una coalición de fuerzas democráticas, patrióticas y salvadoras” del hemisferio occidental…., ( a partir de aquí continúa una larga explicación acerca de los sucesos de Playa Girón ( Bahía de Cochinos ), la Crisis de Octubre o Crisis de los Misiles , Santo Domingo , Viet-Nam, Irak, y las diferencias con los soviéticos).

 

Periodista: Me parece importante destacar una diferencia: en términos militares, podría ser este poder que aparece arrasador después de los bombardeos de Bagdad y todo lo demás; o sea, un escenario de guerra actual, con estas características, ¿cómo lo enfrentaría Cuba?

 

F. Castro : -(Nueva explicación sobre la época de las dos superpotencias y la desaparición de una de ellas, a seguidas)- El plan concebido de antemano consistía en provocar con la ola de secuestros una grave crisis migratoria que sería utilizada como pretexto para un bloqueo naval, lo que inevitablemente conduciría a una guerra. -y de nuevo explicaciones acerca de las superpotencias.

 

Comentario: la explicación vuelve a insistir en la posibilidad del desencadenamiento de una nueva crisis migratoria entre Cuba y USA y las terribles consecuencias que esta traería, cuestión  incluso probable, pero aún en el supuesto de ser cierta tampoco hubo pruebas acerca de que estos jóvenes formasen parte de tan macabro plan. Por otra parte desde el punto de vista  militar la posibilidad de una guerra entre Cuba y EE.UU.  para esos momentos resultaba bastante remota: Cuba no era objetivo prioritario de la política exterior norteamericana, la execrable guerra recién comenzada  con Irak y el  desplazamiento hacia esa nación de miles de tropas además de las ya destacadas en Afganistán hacían muy poco probable la aparición de un nuevo teatro de guerra simultáneo a los ya mencionados.   

 

 Los argumentos esgrimidos por el Presidente Castro resultan a juicio de este observador muy inconsistentes, considero que cometió un gravísimo error;  en esta oportunidad,  Presidente, la Historia no lo Absolverá.

 

¡Paz a los restos de Copello, Sevilla y Martínez¡

 

* Publicado en el diario La Antorcha, Venezuela.

 

------------------------Agosto de 2005-----------------------

 

He vuelto a retomar el tema por la referencia que del mismo hiciera el Presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba Sr. Ricardo Alarcón en una reciente entrevista concedida a la periodista Vanessa  Davies  y   transmitida por  Venezolana de Televisión (VTV).

 

Una buena parte del programa televisivo estuvo dedicada al anuncio efectuado por una corte de la ciudad de Atlanta, EE.UU. de revocar las condenas  dictadas contra los cubanos Gerardo Hernández, Ramón Labañino, Antonio Guerrero, Fernando González y René González detenidos en septiembre de 1998 y condenados tres años más tarde por un tribunal de Miami por un total de 26 delitos, los jueces Stanley F. Birch, James Oakes y Phyllis Kravicht estimaron que los cinco cubanos “no recibieron un juicio justo e imparcial” por lo que ordenaron realizar un nuevo juicio; también se refirió el Presidente de la Asamblea al caso de Copello, Sevilla y Martínez como una “dolorosa decisión” que no se quería tomar, como un “mal menor” ante la posibilidad del desencadenamiento de una nueva crisis migratoria de terribles consecuencias ( en versión reconstruida con varias copias de uso con un ligero tinte lacrimógeno), pero sin mencionar las causas subyacentes en las crisis migratorias precedentes ni las de la supuestamente abortada ni de las que con una alta  probabilidad podrían ocurrir en el futuro; tampoco mencionó que los fusilados en abril de 2003, tan cubanos como los cinco condenados en Miami eran también merecedores  de un juicio justo e imparcial pero ya esta posibilidad resulta imposible; para Copello, Sevilla y Martínez no actuarán un Birch, un Oakes o un Kravicht,

 

La sociedad cubana tendrá que desterrar definitivamente y cuanto antes la pena de muerte de nuestra legislación, la gloria roja de los fusilamientos solo ha servido para generar  aureolas  de odio y causado profundas heridas a la Nación; también tendrá que erigir una sólida administración de Justicia en su más profundo sentido, más allá de los caprichos, aspiraciones, elucubraciones ó conveniencias de políticos de turno u otros detentadores de poder, con máxima e igual protección para todos los cubanos.

 

 

Emigrar al patíbulo

Ricardo González Alfonso

 

Un testimonio de las últimas horas de Lorenzo Enrique Copello, el último fusilado del castrismo.

 

Convivir en un calabozo con un condenado a muerte es intrincarse en el laberinto de una vida ajena, que comienza a pertenecernos, a dolernos.

 

Cuando abrieron la puerta de la celda tapiada y vi por primera vez a Lorenzo Enrique Copello Castillo, no imaginé que lo fusilarían en una semana, tras uno de esos juicios sumarísimos de la primavera de 2003.

 

Lorenzo era un negro de treinta y tantos años, de buen aspecto, que caminaba cojo por la golpiza que le propinaron cuando lo arrestaron en el Puerto del Mariel, al oeste de La Habana. Los zapatos negros y sin cordones tenían marcas de salitre, y sus ojos reflejaban la extenuación de los náufragos, de esos que aún huelen a mar.

 

Nos saludó con una sonrisa doble: la de sus labios y la de sus ojos. Se acostó, y al instante dormía con la inmovilidad de los difuntos.

 

Mis compañeros de celda —el chino, un joven acusado de vender drogas, y un muchacho condenado por asesinato e involucrado en un tráfico de emigrantes— nos sentimos desilusionados. Nos sabíamos de memoria nuestras respectivas historias o leyendas y esperábamos del recién llegado una de estreno. En los calabozos de Villa Marista, sede nacional de la Seguridad del Estado, no hay espacio para caminar; y la única opción, entre interrogatorio e interrogatorio, es conversar sobre cualquier tema, para no pensar.

 

Por la mañana, descubrimos que Lorenzo era un criollazo. Nos relató, como quien cuenta una película, que a medianoche abordó con varios amigos y amigas la lancha Baraguá, una de esas que cruzan con pasajeros la bahía habanera. El grupo de piratas debutantes llevaba oculto en sus mochilas recipientes con combustible; y, además, contaban con un arsenal de desconsuelo: un revólver y un cuchillo. Lorenzo apoyaba su narración con mímica teatral. “Llegué hasta la cabina y disparé dos veces. Una contra la proa y otra al mar. Entonces grité: ‘¡Esto se jodió, nos vamos pa’ Miami!’”.

 

Al principio todo resultó a pedir de sueños. Entre los pasajeros habían dos extranjeras —magníficas piezas de cambio— acompañadas por un par de Rastafaris. En total, tenían una treintena de rehenes. La Bahía de La Habana quedaba atrás, y la embarcación se adentraba en el anchísimo Estrecho de la Florida.

 

Lorenzo cerró los ojos para disfrutar mejor de sus palabras. “Oigan, ya nos veíamos en las costas de Cayo Hueso enseñando unos carteles que habíamos hecho con frases contra el comunismo, para que los americanos nos dieran asilo político”. Lorenzo sonrió, como un chiquillo que recuerda una travesura. Al abrir los ojos, despertó de su aventura onírica. Su expresión se transformó en la de un adulto en peligro.

 

Nos contó, siempre auxiliándose con su gestualidad criolla, cómo el mar —un mar histérico— cambió de humor repentinamente. Imaginé las olas como cascadas continuas, la lancha a la deriva, a merced de ascensos y descensos bruscos y constantes. Vi en el rostro del negro el terror que sintieron aquellos cachorros de mar —secuestradores y rehenes— al saber que en esa situación de espanto se había agotado el combustible, incluido el de reserva.

 

Un guardacostas cubano se aproximó. A través de un megáfono uno de los guardafronteras los conminó a entregarse. “Pero nosotros, de eso nada. Respondí a gritos que teníamos a dos extranjeras. Que nos dieran combustible o la cosa iba a terminar mal”.

 

Llegaron a un acuerdo. El guardacostas remolcaría a la Baraguá hasta el Puerto del Mariel. Allí le proporcionarían lo necesario para llegar a Estados Unidos, a cambio de que no lastimaran a los rehenes.

 

Lorenzo intentó esgrimir una sonrisa de consuelo, pero, errático, emitió un suspiro triste. “Era una trampa. Muy cerca del muelle, un hombre rana del Ministerio del Interior le hizo una seña a las extranjeras para que se lanzaran al agua. Una de ellas se tiró. Traté de impedir que la otra hiciera lo mismo, pero un pasajero —después supe que era un militar vestido de civil— me empujó, caí al mar y perdí el arma. Varios hombres ranas me atraparon. En el agua comenzaron a golpearme. Continuaron en el muelle. Mis compañeros también estaban dominados”.

 

“La cosa fue grande. Vino hasta Fidel. Nos dijo que si nos hubiéramos ido, dentro de unos años hubiéramos querido regresar”.

 

Lorenzo movió la cabeza seguro de su negativa. “¡Qué va! Yo hubiera hecho como mi padre, que se pasó la mitad de la vida preso; pero en el 80, cuando lo del Mariel, se fue a Estados Unidos, se cambió el nombre, estudió y se hizo ingeniero. Sí, yo iba a hacer lo mismo. Después reclamaría a Muñe, mi mujer actual; y a Rorro, mi hija, que es del primer matrimonio”.

 

Muñe —apócope de muñeca— vendía pizzas en su casa. Lorenzo la describía como una Venus de Milo, pero con brazos, cálida y cándida. Al hablar de Muñe la expresión del negro se asemejaba a la de un amante primerizo.

 

Pero ella, como Rorro, desconocía que Lorenzo vivía dos existencias paralelas, y que con esa doble vida recorría su laberinto personal. Él era una moneda que giraba por el aire a cara o cruz, a mal o bien.

 

Lorenzo trabajaba días alternos como custodio de una policlínica del municipio de Centro Habana. Allí su actitud era ejemplar, nos aseguró. Mas sus días libres eran libertinos. Se dedicaba al proxenetismo y a la estafa. Esta la ejercía a veces a través de juegos de azar; otras, como “guía” de turistas inexpertos.

 

“Una vez —nos relató entusiasmado— viajé a Pinar del Río con un francés. ¡Qué vida! El lo pagaba todo: un apartamento que alquiló, bebida de la buena y a las mejores jineteras. Allá conoció a una temba y se quedó con ella. No sé qué le vio. El francés era un buen hombre. Yo siempre me porté bien con él. Aunque era muy confiado, jamás me aproveché de eso”. Nos miró con picardía y añadió: “¡Pero a otros…!”.

 

En una ocasión Lorenzo me dijo: “Ricardo, qué lástima que te dio por la política. Con tu pinta y facilidad de palabras, serías un estafador de primera”.

 

También nos hablaba de Rorro. Una linda adolescente que sabía valerse por sí misma. “Es como yo, pero honrada”. El sobrenombre surgió cuando era una bebé, pues la madre y Lorenzo le cantaban para dormirla: “A rorro mi niña, a rorro mi amor”. La muchacha estudiaba la enseñanza media en Miramar, un reparto de la antigua —y actual— clase alta. “Papi, allá los autos son cómicos, la gente se viste cómico, las casas son cómicas. En fin, Miramar es una comedia”.

 

El día que a Lorenzo le entregaron la petición fiscal, le dijo al guardia que servía la comida: “Échame más, ¡qué soy un pena de muerte!”. Y se rió. Pero un rato después nos miró serio y comentó en voz baja, casi consigo: “quién lo hubiera dicho, ¡yo deseando una sanción de 30 años!”.

 

Lorenzo regresó del juicio muy optimista. “Mi abogado dijo que cómo se iba a pedir sangre, si no se derramó una gota de sangre”. Y repetía a cada rato estas palabras, con el fervor que un moribundo invoca a Dios.

 

También nos comentó: “Ustedes no me van a creer, pero sentí más miedo cuando en el juicio vi el vídeo de la lancha subiendo y bajando en aquel mar furioso, que cuando yo estaba allí mismito, jugándome la vida”.

 

Esa noche nos llevaron a una oficina. A los cuatro por separado. Cuando llegó mi turno, un capitán me explicó que aunque a Lorenzo le pedían la pena de muerte, eso no significaba que lo fusilarían. “Pero —puntualizó el oficial— algunos condenados a la pena capital se desesperan y se suicidan por gusto, pues la sanción no es ratificada por el Tribunal Supremo o por el Consejo de Estado”.

 

Con este argumento solicitó mi cooperación para impedir —dado el caso— que Lorenzo atentara contra su vida. Accedí. Después me enteré que a mis otros dos compañeros de celda le pidieron lo mismo. Nunca supe que le dijeron a Lorenzo.

 

Desde entonces la ventanilla de la puerta tapiada la mantuvieron abierta; y afuera, un policía permaneció de guardia.

 

Al otro día por la tarde vinieron a buscar a Lorenzo. Regresó muy contento. “La Seguridad del Estado trajo en un auto a Rorro, a la mamá de ella y a mi madre. Me dijeron que el director del policlínico le iba a escribir al Consejo de Estado hablándole de mi buena actitud laboral”. Al rato vinieron de nuevo por él.

 

Ya a solas, el Chino, el otro muchacho y yo comentamos que esa visita era la despedida final. La policía política —y la otra— no acostumbra a traer a nuestros familiares para que nos visiten. Estábamos equivocados. No era la última despedida, sino la penúltima.

 

Lorenzo retornó feliz. Dos oficiales fueron a buscar a Muñe y había tenido una visita con ella. A discreción, mis compañeros de celda y yo nos miramos consternados. Comprendimos que Lorenzo sería ejecutado próximamente.

 

Aquella tarde la comida fue diferente a la habitual: medio pollo, arroz con moros, ensalada, vianda, postre y refresco. Lorenzo sospechó. “¿Medio pollo para cada uno?”. El guardián lo tranquilizó argumentando que habían traído tantos pollos que no cabían en las neveras, y a todos los detenidos les estaban sirviendo la misma ración. Lorenzo le creyó —o simuló creerle—: era su última cena.

 

Horas después, Lorenzo sintió un dolor en el pecho. Avisé al guardia. Se lo llevaron inmediatamente a la posta médica. Regresó al rato. Nos aseguró que se sentía mejor después que lo inyectaron. Estaba soñoliento. Obviamente lo drogaron. Transcurridos unos minutos, dormía otra vez con la inmovilidad de los difuntos. Recordé la noche que lo conocí. Apenas —y a penas— había pasado una semana.

 

Sería medianoche cuando abrieron la puerta. En el pasillo vi a seis guardias. Uno entró y despertó a Lorenzo. Se levantó aturdido. Se calzó con torpeza sus zapatos sin cordones. Me miró como preguntándome: “¿Qué ocurre?”. Se lo expliqué con una mirada. Le di una palmada en el hombro, y lo vi partir a la muerte.

Raúl Castro Ruz fusilando en la Sierra

Aunque la Constitución de 1940 prohíbe la pena de muerte, Raúl Castro y Ernesto Che Guevara fusilaron cubanos desde que estaban en la Sierra Maestra

Raúl Castro, que solo en un año

firmó la ejecución de 551 cubanos,

es el nuevo paladín

de la democracia latinoamericana

Entrevista al escritor cubano exilado

Jacobo Machover

El 18 de enero de 1959, dos semanas después del triunfo de la Revolución cubana, salió publicada la segunda parte de la Edición de la Libertad de la revista Bohemia, en la que Raúl Castrodeclaró: “Puedes asegurar que si nosotros logramos hacer cumplir fielmente la Constitución de 1940, habremos realizado una verdadera revolución”.

 

http://www.bohemia.cu/2008/12/17/historia/dejenme-aqui-18-25.html

 

Aunque la Constitución de 1940 prohíbe la pena de muerte, en Cuba se fusiló casi diariamente durante el año 1959, a pesar de que el 8 de enero de 1959, al hacer su entrada triunfal en La Habana, Fidel Castro Ruz había expresado en su discurso pronunciado en Ciudad Libertad:

 

Hoy yo quiero advertir al pueblo, y yo quiero advertir a las madres cubanas, que yo haré siempre cuanto esté a nuestro alcance por resolver todos los problemas sin derramar una gota de sangre”.

 

http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1959/esp/f080159e.html

 

Según el historiador Jon Lee Anderson, setenta y dos militares fueron fusilados en Santiago de Cuba en un solo día, 10 de enero de 1959, por orden de Raúl Castro. ¿Cuántos cubanos fueron fusilados en La Cabaña por orden del argentino Ernesto Che Guevara? Pero lo peor es que la casi totalidad de la sociedad civil cubana aceptó los fusilamientos, e incluso los apoyó, como hizo Guillermo Cabrera Infante -el novelista cubano más destacado de la segunda mitad del siglo XX y uno de los que más denunció al castrismo. Casi cuarenta años después, Guillermo Cabrera Infante declaró no arrepentirse de haber apoyado los fusilamientos, desde las páginas del periódico Revolución. 

El terror revolucionario.

Los fusilados de Santiago de Cuba

Jacobo Machover

11 de enero de 2012

 

Fue en Oriente, poco tiempo antes de la toma del poder, donde se tomaron las decisiones que debían sellar el futuro del nuevo régimen. La primera de ellas fue el castigo a los “esbirros” de la dictadura. Una “justicia severa”, según la expresión reiterada constantemente por Fidel Castro, y reportada por el comandante Huber Matos, hoy día exilado en Miami:

 

   “Tenemos que aplicar la justicia revolucionaria para que nunca más se cometan crímenes desde el poder. No nos puede dar pena, no nos puede causar preocupación, porque nosotros tengamos que fusilar, tengamos que castigar a los criminales de guerra. Hay que establecer las bases para que en la Cuba del futuro nunca más haya esbirros.”

 

Además de Fidel y Raúl Castro, asistían a esta reunión decisiva, que tuvo lugar en El Cobre, algunos comandantes del Ejército Rebelde. Entre ellos estaba Huber Matos quien, algunos meses más tarde, debió comparecer él mismo ante un tribunal revolucionario para ser condenado a 20 años, y que explicaba de este modo el proceso.

 

   “La justicia revolucionaria es la primera etapa del terror revolucionario. Es el condicionamiento de la mente del cubano. Con el pretexto de castigar a los grandes culpables, se va creando en la mentalidad del pueblo cubano la idea que se puede aplicar una justicia severísima porque el poder lo puede todo.”

 

“Medidas severas” y “terror” iban parejos. Para ello, la pena de muerte fue restablecida y casi sistemáticamente aplicada a aquellos que los nuevos gobernantes señalaban como “criminales de guerra”. Las ejecuciones no fueron la respuesta revolucionaria a una amenaza real, sino un acto político deliberado, programado incluso antes de la caída de la dictadura de Batista, como uno de los pilares del régimen que debía instaurarse. Y todos los responsables deberían adherirse a esos principios, unos practicando ellos mismos esas ejecuciones, otros presidiendo los tribunales revolucionarios, y otros más haciendo la apología de los fusilamientos en la prensa.

 

El primero en poner en práctica las consignas fue Raúl Castro. ¡Y con qué celo!

 

“¡EXCLUSIVA! ¡VEA LA LISTA DE LOS FUSILADOS EN SANTIAGO!”

 

El diario Revolución, órgano del Movimiento del 26 de julio, publicaba ese anuncio en primera plana el 14 de enero de 1959. ¡Los condenados a muerte y fusilados en la madrugada del 12 de enero eran efectivamente 72! Se trataba de soldados y oficiales del cuartel Moncada, el mismo que los hermanos Castro habían intentado atacar, sin éxito, en 1953. Menos de seis años más tarde, tomaban su revancha, por medio de ese acto simbólico. Los militares que los habían puesto en fuga y que habían torturado o asesinado a varios de sus compañeros ya no estaban probablemente en funciones en ese cuartel. Pero poco importaba. Ellos también eran considerados “esbirros” a sueldo de Batista. Su muerte había sido ordenada por un Tribunal Revolucionario constituido apresuradamente por Raúl Castro. Fue la primera manifestación del terror puesto en práctica por la revolución cubana.

 

El pelotón de fusilamiento funcionó a tiempo completo ese día. Anteriormente, durante el juicio, uno de los más expeditos que hayan tenido lugar en los primeros días de la revolución, Raúl Castro intervino para afirmar que todos eran culpables, con el mismo nivel de responsabilidad: todos merecían la muerte.

 

El periodista Antonio Llano Montes, de la revista Carteles, cuenta, años más tarde, en 2002, el proceso que había ido a cubrir, junto con otros dos reporteros, Bernardo Viera, de la revista Bohemia, y Julio César González Rebull, del diario El Crisol:

 

   “Fuimos a reportar el juicio que se les hacía a 72 infelices. Estábamos presentes cuando Raúl Castro interrumpió al tribunal y dijo: “Si uno es culpable, los demás también lo son. Los condenamos a todos a ser fusilados”.

   Más tarde me dijeron que estaban abriendo la zanja en el campo de tiro, en el campamento militar de Santiago de Cuba, frente a donde iban a fusilar a esas 72 personas. En la tarde yo me dirigí hacia allí, para retratar la zanja, y saludé al sacerdote que iba a asistir a los condenados a muerte. Después de tomar la foto, comenzaron a llegar los prisioneros en camiones, y yo no quise presenciar el macabro espectáculo, y me fui atravesando a pie todo el campo de tiro, y tomando un taxi que me llevó de nuevo al hotel. En honor a la verdad, nosotros no presenciamos el monstruoso crimen de Raúl Castro.

   Al día siguiente volví al campo de tiro, y vi que la zanja con los cadáveres de aquellos 72 infelices, había sido tapada con tierra, y pude ver algo que me horrorizó, la mano de uno de los fusilados que salió fuera de la tierra y se agarraba a una piedra, esto indicaba, que a muchos de los fusilados, los habían enterrado vivos. Y en aquellos días, en que fusilaban a cualquiera por cualquier cosa, yo tuve la osadía de publicar el reportaje de la zanja, de los fusilados, y de los que enterraron vivos.”

 

El cura encargado de acompañar en su muerte a los condenados les confió a los periodistas presentes que “ése fue un espectáculo macabro, que nunca será superado en crueldad, y que él estuvo a punto de vomitar en varias ocasiones”.

 

Por haber reportado esos detalles siniestros, el periodista Antonio Llano Montes —que más tarde tomaría el camino del exilio— recibió mensajes de intimidación por parte de algunos de sus colegas, sobre todo de Carlos Franqui, el director de Revolución, quien lo calificó de “agente del imperialismo y enemigo de la Revolución”. El órgano del Movimiento 26 de julio, no obstante, estuvo entre los primeros, junto con Bohemia, en desplegar en múltiples ocasiones, con gran lujo de detalles, los últimos momentos de los fusilados. Franqui tomó también la decisión de irse de Cuba en 1968.

 

Esa ejecución masiva se efectuó bajo las órdenes de Raúl Castro, y no de Fidel. Éste pretendió ir más allá. Desde entonces, no cejó en superar la hazaña de su hermano, ordenando él mismo nuevos procesos y nuevas ejecuciones, por miles. Pero ni él ni su hermano debían asistir a las futuras ejecuciones, al menos públicamente. Dejaron esa ingrata tarea entre las manos (sucias) de Ernesto Che Guevara, en la fortaleza de La Cabaña en La Habana, y entre las de sus subordinados en todas las provincias del interior del país.

 

Años más tarde, en 1966, Raúl Castro tomó la precaución de hacer desaparecer los cuerpos que permanecían en la fosa común del campo de tiro de Santiago de Cuba. Hizo construir grandes ataúdes de cemento, que fueron llevados en barcos para ser largados en alta mar, lo más lejos posible de la costa sur de Oriente, en aguas muy profundas. Jamás volverían a la superficie las huellas del crimen. El tiempo se encargaría del resto. Así, los cuerpos del delito podrían ser olvidados.

 

* Capítulo del libro Raúl et Fidel. La tyrannie des frères ennemis, recientemente publicado en París por las ediciones François Bourin.

En enero de 1959, en Santa Clara, Las Villas, el capitán del Ejército Rebelde René Rodríguez Cruz le da el tiro de gracia a Alejandro García Olayón, jefe de la Policía Marítima de Cienfuegos. El asesino René Rodríguez Cruz llegaría a ser presidente del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP) y miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba.

El 11 de diciembre de 1964, en representación del régimen de los hermanos Castro, Ernesto Che Guevara pronunció un discurso en Naciones Unidas donde expresó:

 

Nosotros tenemos que decir aquí lo que es una verdad conocida, que la hemos expresado siempre ante el mundo: fusilamientos, sí, hemos fusilado; fusilamos y seguiremos fusilando”.

El Che Guevara:

una violenta, selectiva y fría máquina de matar

Alvaro Vargas Llosa

 

2 de agosto de 2005

 

Ordenó ejecutar a decenas de personas

 

Es posible que el Che Guevara haya estado enamorado de su propia muerte, pero mucho más enamorado estaba de la muerte de los demás. En abril de 1967 resumió su idea homicida de justicia en su “Mensaje a la Tricontinental”: “El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”.

 

Sus escritos anteriores también están condimentados con esta violencia retórica e ideológica. Aunque su ex novia Chichita Ferreira dude de que la versión original de sus diarios de viaje contengan la observación “siento que mi nariz se dilata saboreando el olor acre de la pólvora y la sangre del enemigo”, Guevara compartió con [su compañero en aquella aventura Alberto] Granado esta exclamación: “¿Revolución sin disparar ni un tiro? Estás loco”.

 

En otros momentos los jóvenes bohemios parecían incapaces de distinguir entre la frivolidad de la muerte como espectáculo y la tragedia de las víctimas de una revolución. En una carta a su madre, de 1954, escrita en Guatemala, donde fue testigo del derrocamiento del gobierno revolucionario de Jacobo Arbenz, escribió: “Aquí estuvo muy divertido con tiros, bombardeos, discursos y otros matices que cortaron la monotonía en que vivía”.

 

La disposición anímica de Guevara cuando viajó con Fidel Castro desde México hacia Cuba a bordo del Granma queda plasmada en una carta a su esposa escrita en 1957 y publicada en el libro Ernesto: Una memoria del Che Guevara en Sierra Maestra: “Estoy en la manigua cubana, vivo y sediento de sangre”.

 

Esa mentalidad había sido reforzada por su convicción de que Arbenz había perdido por no haber ejecutado a sus potenciales enemigos. En una carta dirigida a su ex novia Tita Infante había observado: “Si se hubieran producido esos fusilamientos, el gobierno hubiera conservado la posibilidad de devolver los golpes”.

 

No sorprende que durante la lucha armada contra Batista, y luego de la entrada a La Habana, Guevara matara o supervisara la ejecución, con juicio sumario, de decenas de enemigos del pueblo comprobados, sospechosos y de todos aquellos que se encontraban en el lugar equivocado en el momento equivocado.

 

En enero de 1957, como lo indica su diario de Sierra Maestra, Guevara mató a Eutimio Guerra porque sospechaba que estaba pasando información: “Acabé con el problema dándole un tiro con una pistola del calibre 32 en la sien derecha? Sus pertenencias pasaron a mi poder”. Más tarde mató a Aristidio, un campesino que expresó el deseo de abandonar la causa cuando los rebeldes siguieron avanzando. Aunque se preguntó si esta víctimaera de verdad suficientemente culpable como para merecer la muerte”, no tuvo reparos para ordenar la muerte de Echavarría, hermano de uno de sus camaradas, a causa de crímenes no especificados: “Tenía que pagar el precio”. En otros momentos simuló ejecuciones sin llevarlas a cabo, como método de tortura psicológica.

 

Ante la duda, mátalo

 

Luis Guardia y Pedro Corzo, dos investigadores de Florida que trabajan en un documental sobre Guevara, han conseguido el testimonio de Jaime Costa Vázquez, un ex comandante del ejército revolucionario conocido como “El Catalán”, que sostiene que muchas de las ejecuciones atribuidas a Ramiro Valdés, quien más tarde se convertiría en ministro del Interior de Cuba, fueron responsabilidad directa de Guevara, porque Valdés estaba bajo sus órdenes en las montañas. “Ante la duda, mátalo” eran las instrucciones del Che.

 

Según Costa, en vísperas de la victoria, el Che ordenó la ejecución de dos decenas de personas en Santa Clara, en el centro de Cuba, adonde había llegado su columna como parte del ataque final sobre la isla. Algunos fueron fusilados en un hotel, tal como ha escrito Marcelo Fernández Sayas, otro ex revolucionario que se hizo periodista, y quien agregó que entre los ejecutados había campesinos que se habían unido al ejército sólo para escapar al desempleo.

 

Pero “la fría máquina de matar” no manifestó todo el alcance de su rigor hasta que, inmediatamente después de la caída del régimen de Batista, Castro lo puso a cargo de la cárcel de La Cabaña. Era una fortaleza de piedra usada para defender a La Habana de los piratas ingleses en el siglo XVIII; más tarde se convirtió en una barraca militar. De una manera que recuerda de forma escalofriante a Lavrenti Beria, Guevara fue responsable, durante la primera mitad de 1959, de uno de los períodos más oscuros de la revolución.

 

José Vilasuso, abogado y profesor de la Universidad Interamericana de Bayamón, en Puerto Rico, quien perteneció al cuerpo que estaba a cargo de los procesos judiciales sumarios en La Cabaña, me contó: “El Che dirigió la Comisión Depuradora. El proceso se regía por la ley de la sierra: tribunal militar de hecho y no jurídico, y el Che nos recomendaba actuar con convicción. Es decir, con la convicción de que todos eran asesinos y de que la forma revolucionaria de proceder era ser implacables. Miguel Duque Estrada era mi jefe inmediato. Mi función era legalizar profesionalmente la causa y pasarla al ministerio fiscal, sin juicio propio alguno. Se fusilaba de lunes a viernes. Las ejecuciones se llevaban a cabo de madrugada, poco después de que la sentencia fuera dictada y confirmada en forma automática por el cuerpo de apelación. La noche más siniestra que recuerdo se ejecutaron siete hombres”.

 

Sin excepciones

 

Javier Arzuaga, el capellán vasco que daba consuelo a los sentenciados a muerte y que presenció docenas de ejecuciones, habló conmigo desde su hogar en Puerto Rico. Ex sacerdote católico, ahora de 75 años, recordó que en la cárcel de La Cabaña “había 800 hombres hacinados en un espacio pensado para no más de 300: militares batistianos o miembros de algunos de los cuerpos de la policía, periodistas, empresarios o comerciantes”.

 

El juez no tenía por qué ser hombre de leyes; sí, en cambio, pertenecer al ejército rebelde, al igual que los compañeros que ocupaban con él la mesa del tribunal. Casi todas las vistas de apelación estuvieron presididas por el Che Guevara. No recuerdo ningún caso cuya sentencia fuera revocada en esas vistas. Todos los días yo visitaba la «galera de la muerte», donde permanecían los prisioneros desde que eran sentenciados a muerte. Corrió la voz de que yo hipnotizaba a los condenados antes de salir para el paredón y que por eso se daban tan fáciles las cosas, sin escenas desagradables, y el Che Guevara ordenó que nadie fuera conducido al paredón sin que yo estuviera presente. Asistí a 55 fusilamientos hasta el mes de mayo, cuando me fui. Eso no quiere decir que no se siguiera fusilando. Herman Marks era un americano, se decía que era prófugo de la Justicia. Lo llamábamos «el carnicero» porque gozaba gritando «pelotón, atención, preparen, apunten, fuego».

 

Conversé varias veces con el Che para interceder por determinadas personas. Recuerdo bien el caso de Ariel Lima, que era menor de edad, pero fue inflexible. Lo mismo puedo decir de Fidel Castro, a quien acudí también en dos ocasiones. Yo estaba muy traumatizado y a fines de mayo me sentía tan mal que me ordenaron abandonar la parroquia de Casa Blanca, dentro de cuyos límites se encontraba La Cabaña y donde yo había celebrado misa en los últimos tres años. Me fui a México para un tratamiento. Cuando nos despedimos, el Che Guevara me dijo: «Hemos fracasado los dos. Cuando nos quitemos las caretas, seremos enemigos frente a frente».”

 

¿Cuántas personas fueron asesinadas en La Cabaña? Pedro Corzo calcula que alrededor de 200 personas, cifra similar a la que da Armando Lago, un profesor de economía retirado que compiló una lista de 179 nombres como parte de un estudio de ocho años de duración sobre las ejecuciones en Cuba. Vilasuso me dijo que fueron ejecutadas 400 personas entre enero y fines de junio de 1959 (momento en el que el Che dejó de estar a cargo de La Cabaña). Los cables secretos enviados por la embajada estadounidense en La Habana al Departamento de Estado en Washington hablaban de “más de 500”.

 

Según Jorge Castañeda, uno de los biógrafos de Guevara, un vasco católico simpatizante de la revolución, el fallecido padre Iñaki de Aspiazu, habló de 700 víctimas. Félix Rodríguez, un agente de la CIA que fue miembro del equipo que estuvo a cargo de la búsqueda y persecución de Guevara en Bolivia, me dijo que, tras la captura, interrogó a Guevara acerca de las “más o menos 2000 ejecuciones” de las que había sido responsable durante su vida. “Dijo que eran todos agentes de la CIA y no cuestionó la cifra”, recuerda Rodríguez.

 

El número más alto posiblemente incluye las ejecuciones que se llevaron a cabo durante los meses posteriores al momento en el que el Che dejó de estar a cargo de la prisión. Y eso nos lleva de vuelta a Carlos Santana y su muy chic remera del Che. En una carta publicada en El Nuevo Herald el 31 de marzo de este año, el gran músico de jazz Paquito D’ Rivera criticó a Santana por su atuendo en la entrega de los Oscar, y añadió: “Uno de esos cubanos fue mi primo Bebo, preso allí por ser cristiano. El escuchaba desde su celda los fusilamientos de muchos que morían gritando «¡Viva Cristo Rey!»

Las víctimas olvidadas de Ernesto Che Guevara

Víctimas olvidadas de Ernesto Che Guevara
Esta publicación se les dedica a los cubanos que perdieron la vida por culpa de Ernesto Che Guevara, así como a los familiares de las víctimas, sumidos en una pena profundizada por la fervorosa exaltación mundial del peor asesino en serie que ha producido Argentina. Esta publicación aporta material testimonial y fotográfico.
Víctimas olvidadas del Che Guevara.pdf
Documento Adobe Acrobat [651.7 KB]
Descarga

La Galera de la Muerte


El libro Cuba 1959: La Galera de la Muerte es el testimonio personal de Javier Arzuaga, capellán en 1959 de Casablanca, un poblado cercano a la prisión de La Cabaña –dirigida por Ernesto Che Guevara-, donde fueron fusilados varios cientos de cubanos en 1959. Después que el Che Guevara saliera de La Cabaña, la carnicería continuaría durante varios años.

 

Dr. Guillermo Toledo: Nosotros vamos ahora a oír ahora el testimonio del que fuera entonces sacerdote, que le dio el último adiós espiritual y consoló a muchos, 55 personas, de los tantos y tantos más que fueron fusilados en La Cabaña. Cuando leí el libro, me di cuenta de la crueldad de los seres humanos, me di cuenta que este señor Fidel Castro vino de la Sierra Maestra, prometiendo no solo la democracia al pueblo cubano sino que iba a haber justicia, pero me di cuenta que no hubo justicia, sino venganza, leyendo el libro del entonces sacerdote Javier Arsuaga, que lo tenemos aquí presente y le damos la bienvenida. Muy buenas noches, Don Javier Arsuaga.

 

Don Javier Arsuaga: Muy buenas noches a ustedes y muy buenas noches a todos los radioescuchas.

 

Dr. Guillermo Toledo: Don Javier, vamos parte por parte, me conmocionó mucho este libro, ya yo sabía de todas estas cosas, pero jamás había leído un testimonio tan directo como el suyo, la primera vez que leo el testimonio directo de una persona que vivió y tuvo las vivencias dentro de la cárcel, que vivió con esos seres humanos, porque eran seres humanos y muchos de ellos eran inocentes, y fueron al paredón de fusilamiento siendo inocente, el caso de José Castaño me conmovió mucho. Pero antes de entrar de lleno a La Cabaña nos dijera de dónde es usted y que nos cuente de usted.

 

Don Javier Arsuaga: Soy vasco, nacido en el País Vasco. Haciendo la historia lo más breve posible, a los 10 años, no recuerdo si por vocación mía o de mi madre, fui al Seminario, a los 23 años después de 13 años de estudio, en marzo de 1952 fui ordenado sacerdote y un mes más tarde fui destinado ya para Cuba. Salí para Cuba en octubre de 1952, a finales de octubre ya estaba en La Habana. Y estuve en Cuba hasta junio de 1960. Los cuatros primeros años los hice como profesor en Santiago de las Vegas, en el Seminario Franciscano. En 1956, se me destinó como párroco a Casablanca, un barrio marino al otro lado de la bahía de La Habana. Dentro de Casablanca queda el campamento de La Cabaña. Para hablar de La Cabaña hay que distinguir La Cabaña del Morro, La Cabaña como fortaleza y La Cabaña como campamento grande, porque siempre que se habla de La Cabaña y todos entendemos que es aquel lado de la bahía, que está después del monumento del Sagrado Corazón de Jesús. Pues estuve tres años y picos de párroco en Casablanca y los últimos 6 meses, o sea los 6 primeros meses de 1959, tuve que asistir a presos, gente del ejército y de la policía de Batista que iba cayendo detenida e iba siendo conducida a la cárcel de la Cabaña. Se organizaron allí los tribunales de justicia, Ernesto Che Guevara era el que mandaba en la Cabaña, era el comandante de La Cabaña. Se abrió el paredón a principio de febrero de 1959.

Estuve 6 meses en esos menesteres y un año más asistiendo en Cuba a la juventud masculina de Acción Católica, en calidad de consejero nacional y luego de eso tuve que salir para España, porque mi familia me avisó que el viejo mío estaba muriendo. Regresé a España con permiso de poder nuevamente ir a La Cabaña. Pero estando en España me dijeron que no podía regresar a La Habana y ahí acabó mi presencia física o mi contacto físico con Cuba. Nunca más regresé.

Estando en España, ya sin poder regresar a Cuba, me enrolé en los misioneros que en aquel momento estaban trabajando en Antioquia, Medellín, Colombia, y desde el 61 hasta el 68 estuve en el equipo misionero para América. Los primeros años como simple misionero y los 3 últimos como director del equipo. Cuando el equipo dejó de trabajar en Colombia, Ecuador, Perú y todo Centro América, pues me retiré a España un año y después vine a Puerto Rico como sacerdote en 1969.

Ya tenía una historia pasada, muchas tristezas y penas que llorar y la necesidad de tener que romper con parte de la vida y la historia para tomar un nuevo rumbo, lo hice porque ya no podía seguir y lo hice como debe hacerse creo, pedí a Roma la dispensa de mis votos, me dieron la autorización para casarme y me casé con una puertorriqueña, tengo con ella 3 hijos.

 

Dr. Guillermo Toledo: Tiene que haber sido muy difícil para usted, cargar el peso todos años de 55 hombres que usted acompañó al paredón de fusilamiento.

 

Don Javier Arsuaga: Y a veces también los llevé en mi propio carro al pelotón de fusilamiento.

 

Dr. Guillermo Toledo: Yo voy a referirme a algunos casos de su libro y nos gustaría por ejemplo que nos narrara el caso de Jesús Sosa Blanco. Sé que es muy difícil para usted.

 

Don Javier Arsuaga: En el 1959 siendo yo párroco, triunfa la Revolución; inmediatamente me di cuenta de que como párroco de Casablanca, me iba a tocar jugar un papel muy doloroso en La Cabaña, porque ya desde entonces se estaba hablando de que La Cabaña iba a ser el centro de detección, de enjuiciamiento y de fusilamiento. Me lo eché arriba porque no me quedaba más remedio, pero lo tuve que asumir porque era el único párroco allí, además con muy graves problemas personales, de fe en la vocación, que cuestionaba ya en aquella época y naturalmente el que cuestiona su propia vocación, su propio quehacer sacerdotal en un momento dado pues que le digan:

- Ahora tienes que ir a La Cabaña y tienes que asistir a los condenados a muerte, y ahora tienes que ser tú el que le ponga luz verde para la otra vida.

 

Doctor Cotto: No entiendo lo de asignarle esas funciones.

 

Don Javier Arsuaga: Bueno esa función me caía automáticamente por ser párroco de la jurisdicción de La Cabaña. Yo había pedido en los tiempos de Batista bastantes veces al que era cuñado de Batista, el comandante de La Cabaña, Fernández Miranda, le había pedido que me dejara pasar a ver a los presos y él me decía:

- No aquí no hay preso… yo le decía:

- Sus soldados me han dicho que aquí hay presos y él me decía: No, usted esta equivocado, usted ha entendido mal.

Nunca pude ver en tiempos de Batista a ningún preso antibatistiano en La Cabaña.

Luego se vira la tortilla y el 6 de enero ya el Che Guevara era el comandante de La Cabaña, pues me presenté a hablar con el Che Guevara y le dije:

- Aquí vengo Comandante para pedirle un favor, que me deje seguir diciendo la Misa para la tropa y que me deje asistir en la prisión a los detenidos.

El Che Guevara me contesta: - No, lo primero no, aquí ya se acabaron esas cosas. Averígüeme quién tiene la llave de la Capilla esa de Santa Bárbara y se la daré, día y noche a la hora que quiera para lo que usted quiera, eso es suyo, trabajo le vamos a dar y mucho.

Efectivamente así mismo fue, tuve mucho trabajo.

De manera que comencé a asistir en la prisión a toda aquella gente atiborrada como sardinas en lata, muchos más prisioneros que la capacidad real de la Cabaña.

 

Dr. Guillermo Toledo: ¿Cuántos prisioneros habían allí en aquel momento?

 

Don Javier Arsuaga: Como 800 ó 900 personas, para unas facilidades que no tenía más que para unos 300 catres en las galeras.

 

Dr. Guillermo Toledo: ¿Cómo dormían esas personas?

 

Don Javier Arsuaga: Muchas veces me lo pregunté, si hacían turnos o dormían encima unos de otros, efectivamente era un espacio muy reducido para tantas personas. Solía visitarle y ellos sabían que yo no era santo de su devoción en el sentido que yo no estaba de acuerdo con las ideas de Batista, y me veían como uno del otro lado. Y sin embargo poco a poco fui introduciéndome entre ellos. A Jesús Sosa Blanco, no lo conocí hasta la mañana del día en que sería juzgado en el Palacio de los Deportes (actual Ciudad Deportiva), en realidad estaba ya condenado por Fidel Castro. En realidad Fidel Castro lo había condenado a él, a Pedro Morejón y a Luisi Cardo Grau, desde el primer discurso allá en Santiago de Cuba cuando dijo:

- A esos tres vamos a fusilarlos.

Pero hizo el paripé del juicio. Bueno, esa mañana yo sabía que en la tarde sería el juicio, el jefe de auditoria me lo había dicho, y caminando entre los presos me topé con Sosa Blanco, estaba en aquel momento no sé si repitiendo o diciendo por primera vez que sería llevado como los cristianos a las fieras en el circo romano.

Le dije: - Esta tarde estaré allí contigo en el juicio.

Ese fue mi primer encuentro con Sosa Blanco

 

Dr. Guillermo Toledo: Vamos a hablar entonces un poco de ese juicio, porque yo siendo un niño lo vi por la televisión y usted estaba presente allí. Yo vi muchas cosas allí siendo un niño, las humillaciones, las injusticias que se estaban cometiendo con ese hombre públicamente. Tantos años después en el libro en que Ramonet, que ahora le hace la entrevista a Fidel Castro, este reconoce que ese juicio había sido un error, no dijo que fue un error de él, sino un error de la revolución, él fue el que mandó a hacer ese juicio público a Sosa Blanco. Fidel Castro quedó muy mal parado en ese juicio, porque Sosa Blanco dijo:

- Esto es un circo romano, aquí me están juzgando en un circo romano. Sí, yo maté personas, pero las maté en combate, porque me estaban tirando y yo tiraba también, nos estábamos matando mutualmente.

 

Don Javier Arsuaga: Así sucedió en realidad, él dijo esas frases allí. Para mí lo más impresionante de ese juicio era el saber que iban a juzgar a tres condenados. Y lo más impresionante fue que llevaron un grupo grande de testigos, para que dijeran todo lo que ellos habían visto una noche del 12 de octubre de 1957 en que Sosa Blanco recién llegado a la Sierra Maestra es emboscado por los guerrilleros de la Sierra Maestra y naturalmente, se defiende. Algunos guajiros testigos de aquello fueron llevados a La Cabaña, para que preparan su testimonio, era realmente dramático verles los días antes del juicio, como les dictaban las frases que tenían que repetir. Pero se toparon en el juicio con un abogado Dacosta que en realidad les viró la tortilla, porque comenzó a preguntarle a esos guajiritos en un lenguaje que ellos no entendían, en una interlocución que ellos no podían conseguir.

 

Dr. Guillermo Toledo: También usted dice en su libro que en ese momento es que el abogado Dacosta entra por primera vez en contacto con esos testigos, precisamente en el juicio.

 

Don Javier Arsuaga: Sí, así es, es correcto. Dacosta comenzaba a interrogar a esos guajiritos, él les gritaba diga, repita, alto, claro… Y los fiscales se ponían nerviosos, los guajiros se ponían nerviosos, se asustaban no sabían qué decir ni qué hacer. Aquello fue un espectáculo tristísimo, el ver cómo estaban siendo preparados para el juicio, pero cogidos en la trampa porque no estaban preparados realmente para enfrentarse a un abogado con su verborrea. El juicio cuando llegó a ese momento antes que se pusieran de pie Pedro Morejón y Luis Cardo Grau se detuvo por una llamada de afuera de Fidel Castro, que estaba viendo el show junto con Raúl Castro, Ernesto Che Guevara y Camilo Cienfuegos y el show no iba nada nadie bien. Entonces se suspendió el juicio y me llamaron para ir a La Cabaña esa noche. Pregunté: - ¿hay fusilamiento?

Me contestaron que no sabían.

Llegaron los tres condenados a muerte sin terminar de ser juzgados y esa noche se estrenó la galera de la muerte. Me encontré con Sosa Blanco. No nos dijimos ni una palabra, él se echó en mis brazos sin decir palabras y al rato me dijo: - Padre, vamos a rezar. Le dije: - Ve despacio, ten calma, yo voy delante y tú vas repitiendo conmigo.

Íbamos repitiendo el Padre nuestro que estas en los cielos, tres veces hasta que comenzó a entrar por la puerta de la galera de la muerte la primera luz del día.

Yo no sé lo que pasó en él y en mí, que desde aquel día, desde aquel momento en la galera de muerte más que muerte se respiraba vida. Yo no, yo no sé explicar, no sé explicar, después se dieron otros casos, el de Pedro Morejón fue trágico, muy trágico, tremendo. Yo no quería tener mucha relación con los presos, por mis problemas personales de credo, por mis dudas tremendas, yo no quería confesarles, a mí no me interesaba. Les decía: - No me interesa lo que ustedes hayan hecho, si quieren confesarse les traeré a otro sacerdote.

Y efectivamente llevé al padre Antonio Melo, un sacerdote franciscano ya mayor, que iba todos los días mañana y tarde a atender a los moribundos al hospital Calixto García. Y él fue el que confesó, los absorbía a todos. Entonces comenzó a respirarse allí un ambiente de espiritualidad, todas las noches rezábamos el rosario, un rosario lento, comentado. Algo se produjo, yo no sé qué, para mí muy doloroso, porque yo tenía ese problema personal mío y decía, pero cómo es posible si en algún momento una persona de fe, un sacerdote tiene que ser auténtico y entero en su fe, es cuando se enfrenta a la muerte ajena, a quien le haya tocado asistir un ser humano que va a la pena de muerte.

 

Señor Melero: Una aclaración, en aquel momento se dijo que muchos de las muertes que se le achacaban a Sosa Blanco no habían sido cometidas por Sosa Blanco, sino por un capitán que se llamaba Melo Sosa, y otra cosa que deseo aclarar, ¿en Cuba el único que puede decidir sobre la muerte de cualquier persona es Fidel Castro?

 

Dr. Guillermo Toledo: Quiero leer pasajes del libro de Don Javier Arsuaga, refiriéndose al caso de Sosa Blanco, que tenía una esposa que se llamaba Amelia, dos hijas y me dijo usted que una de sus hijas tenía 14 años y otra mucho menor.

En el libro usted plantea: La presencia todas las tarde de Amelia y sus hijas le puso una nota de luz y de dulzura… emocionante ver a Sosa Blanco pasar sus manos ásperas tras las rejas… para acariciar las caritas de “mis niñas”, como les decía Sosa Blanco.

Sorprendí sin quererlo una conversación de Sosa Blanco con Amelia, donde le decía:

- Amelia quiero que me hagas un favor, ¿recuerdas el par de zapatos que me compré para año nuevo y nunca llegue a estrenar? Quiero que me los traigas, pero sin que las niñas se den cuenta.

Amelia le dijo: - Pero para qué lo quieres si nunca te he visto aquí con zapatos. Dijo el: - Para la noche que me vayan a fusilar.

Y mas adelante, después vamos a hablar de lo de los zapatos de Sosa Blanco y vamos a hablar de lo que él dijo en el paredón de fusilamiento, que nadie lo sabe y usted lo va a contar.

Más adelante usted en el libro plantea:

La esposa de Sosa Blanco me pidió hablar a solas conmigo.

Me dijo: - Ya sé que les ha dicho que no quiere saber por qué están aquí, me imagino cuales son sus razones y las respeto, pero yo sí quiero que sepa, que mi marido no es el monstruo que dicen por ahí que es.

Me contó que su esposo apenas estuvo una semana en la Sierra, y el primer día que llegó fue emboscado por los rebeldes y perdió varios de sus hombres, al perseguir a los rebeldes pudieron cometerse exceso en la aldea donde se escondieron los rebeldes con ayuda de los campesinos, nada que no sea normal en una situación así.

A los dos días fue retirado de la Sierra y destinado a San Luis, Pinar del Río en el otro extremo de la isla. Dígame si tuvo tiempo para cometer las atrocidades que se le atribuyen, necesitaron crear demonios y la mala fama de un tal Melo Sosa fue trasladada a las espaldas de mi esposo, quiero que me crea, le pido que me crea.

Le creí, sinceramente le creí.

 

Don Javier Arsuaga: Los famosos zapatos eran unos zapatos enormes, porque Sosa Blanco tenía unos pies de gigante. El día en que iba a ser fusilado pidió que lo dejaran bañarse y ponerse ropa interior limpia y sus zapatos.

Fuimos al paredón y me dice:

- Padre, quiero pedirle un favor, cuando me hayan fusilado quiero que me quite los zapatos y mañana los va a regalar en Casablanca o en La Habana a cualquier pordiosero que los necesite. No le diga a quien pertenecieron los zapatos, porque tal vez no los quisieran usar, si saben que son de Sosa Blanco.

Efectivamente cuando fue fusilado les quité los zapatos, los llevé conmigo y a la mañana siguiente encontré en La Habana a quien regalarle los zapatos.

Sosa Blanco y sus zapatos siguieron paseando por las calles de La Habana, burlándose como un duende, burlándose de Fidel Castro y su gente.

 

Dr. Guillermo Toledo: Vamos a hablar ahora del caso de Pedro Morejón ¿Qué pasó con Pedro Morejón que es uno de los militares, coronel del Ejército de Batista?

 

Don Javier Arsuaga: Pedro Morejón no sé qué destino tenía como jefe militar, incluso no recuerdo qué hechos se le atribuyeron, el juicio se ventiló en el otro campamento, al otro lado de La Habana, el campamento Columbia, una mañana en un par de horas se despachó aquel juicio y Pedro Morejón fue condenado a muerte.

El día que se efectuó el juicio, que fue el primer fusilado, porque todos los juicios antes del fusilamiento tenían la apariencia de una revisión para ver si efectivamente valía la pena llevarlos al paredón. Lo condenaron a muerte aquella noche.

El jefe de auditoria, Miguel Ángel Duque Estrada, me llamó y me dice:

- Esta noche lo van a fusilar… le digo:

- Me imagino que le habrán dicho..., y me dice él:

- No... no… precisamente lo llamaba para ver si nos hace el favor… , le dije:

- ¿Como?

Me dice: - Si para ver si habla con él.

Le dije: - ¿Pero qué es esto? Yo no lo condené… yo no tengo nada que ver con eso.

Fui a La Cabaña y vi a Pedro Morejón, y no era la encomienda mía decirle que lo iban a fusilar. Le pregunté a Miguel Ángel Duque Estrada: - ¿Sabe ya?

Me dice: - No, no sabe.

Y le dije:

- ¡Pero qué carajo es esto!… ¿qué van a hacer con este hombre? ¿Van a llevarlo al paredón y todavía no sabe nada?

Fui a la galera de la muerte y se lo dije, le dije:

- Pedro te van a fusilar hoy, te lo estoy comunicando yo.

Hablamos un rato y le dije:

- Si tú quieres estaré contigo hasta que llegue el momento, sino... si quieres estar solo, preparar una carta... lo que tú quieras.

Me dijo: - Padre, me gustaría que me dejara solo.

Le dije: - Tengo que ir a la Parroquia de Casablanca a una función religiosa, era un jueves…vendré luego.

Al salir de la galera de la muerte, siento un alboroto tremendo, música y unas muchachas… era un comandante de la lucha contra Batista, borracho, rodeado de mujeres, cuando yo me doy cuenta de aquello, grité:

- ¡Pero qué es esto, ustedes no saben donde se encuentran!

En ese momento siento unos gritos:

- Padre, padre, padre

Salí corriendo, Pedro Morejón, había intentando suicidarse, estaba en la misma celda con Luís Ricardo Grau.

Le dije a Luís: - aguántalo y le quité la sabana y volvió en sí.

Lo primero que dijo fue: - ¿Por qué me han hecho esto?

Le dije:

- Coño, dime tú ¿por qué has hecho esto? No te das cuenta de lo que significa no enfrentarte con la muerte, la muerte para los otros muy bien y para ti no… qué van a pensar todos los que están en el patio ¿que eres un cobarde? No, el hombre no crece suicidándose, el hombre crece muriendo de pie en donde sea, delante de un pelotón, donde sea.

Le pedí perdón por mis duras palabras, hablamos, hablamos, cuando llegó la hora ya a las 12 de la noche, se iba a estrenar el paredón y para desgracia de todos el paredón que eligieron, fue en la fosa misma a la que daban a las paredes de la prisión, de manera que los tiros y el estruendo repercutiera, para que los demás presos lo oyeran.

El me pidió: - Padre quiero que esté cerca de mi.

Le dije: - Estaré cerca de ti.

Cuando llegó la hora frente al paredón, me preguntó: - Padre, ¿cuán cerca estará de mí?

Le dije: - Aquí, mira aquí – saqué una cruz y la puse en alto- mira aquí la cruz, como si estuviéramos tú y yo solos con la cruz en alto.

Oí al jefe del pelotón gritando: - ¡Pelotón, atención, preparen, apunten, fuego!

Cuando Pedro Morejón cayó al piso, yo aún seguía con la cruz en alto. Fue el primer fusilado

Le dije al comandante testigo principal de la ejecución, Víctor Bordón Machado, le dije:

- ¿A quién se le ocurrió fusilarlo delante de todos? ¿No saben que los demás compañeros ahí, lo han oído? Yo voy a pasar toda la noche con ellos, ¿quiere acompañarme?

Me dijo: - No, no…

Le dije: - Comprendo que no quiera estar allí conmigo.

Estuve toda la noche con ellos… ya no hubo más fusilamiento allá, porque les dije si me quieren a mí aquí, llévenlos lejos de la prisión… yo no vuelvo a estar presente en un fusilamiento aquí frente a las ventanas de la prisión. Efectivamente, lo llevaron lejos de las ventanas de la prisión.

 

Dr. Guillermo Toledo: El caso Luís Ricardo Grau que estaba muy enfermo.

 

Don Javier Arsuaga: Sí estaba muy enfermo, yo no sé la enfermedad que tenia, pero estaba muy enfermo, sin embargo con una entereza, era educado en un colegio católico y él se enfrentó a la muerte tratando de revivir y crecer en la fe en que había sido educado. Y en realidad la noche que iba a ser fusilado junto con otros 6 compañero, me dieron la posibilidad de decir quien iba a ser el primero… el segundo así… yo lo elegía dependiendo de quién tenía mejor preparación.

Le digo a Luís Ricardo Grau:

- Me vas a perdonar pero te dejaré para lo último y mientras tanto ve comunicando tu fe y tu fortaleza a los demás.

Todos morían con una entereza tremenda… y cuando le llegó el turno a Luís Ricardo Grau... aún lo veo, aún veo la estampa, no lo puedo olvidar, la estoy viendo:

Oí el… - ¡Pelotón atención, preparen, apunten, fuego!

A la palabra fuego, en todos los casos todos se desplomaban, Luís Ricardo Grau que era tan delgado, tan frágil, seguía de pie… le dispararon el tiro de gracia y solo entonces se desplomó.

Yo no vi, si le habían atravesado 6 balas o no… pero sin balas o no era para estar muerto, estaba muerto y de pie.

 

Lic. Pino: Padre, usted que vivió los fusilamientos allí, que llovían a granel, la muerte de esas personas ¿era inmediata?

 

Dr. Guillermo Toledo: Voy a leer un párrafo del libro de don Javier Arsuaga que quizás conteste esta pregunta y es de un impacto tremendo:

No recuerdo su nombre era un Sargento de la Policía, de cuerpo robusto de poco hablar, llegaba al paredón junto con otros 4 compañeros coacusados de los hechos de Humbolt 7 en donde perdió la vida Juan Carlos Carbo Servia.

Como lo veía el más fuerte y el de ánimo más sereno, le dije que sus 4 compañeros serían fusilados primeros que él, así fue que dispuse como otras noches el orden según los vieras, mejor o peor apertrechado para ese momento.

Desde la posición en que estábamos, los otros no podían ver nada, pero sí oían las voces de mando que ordenaban hacer fuego, era horrible, pero era inevitable.

El capitán Alfonso era el jefe del piquete esa noche, como a todos le dije al condenado que nos tomaríamos los minutos que nos parecieran para charlar, fumar, rezar lo que él quisiera.

Conversamos unos minutos y procedimos a hacer los ritos de despedida, el beso a la imagen de Cristo en su cruz, el abrazo, el que Dios te acompañe. Me hice a un lado.

El capitán Alfonso dio la orden, se desplomó el cuerpo, nos acercamos, no estaba muerto, el moribundo seguía gimiendo y gritando:

- Padre, padre…

Visiblemente asustado el capitán Alfonso, no procedía a aplicarle el tiro de gracia, me agite y con señas le apremié que hiciera lo que tenía que hacer.

Sin inclinarse hacia el moribundo, quien sabe si con los ojos cerrados, disparó y no se sabe adonde fue a parar la bala, el moribundo seguía gritando: - Padre, padre…

Se agolparon alrededor del moribundo, Duque Estrada y otros oficiales mientras el moribundo seguía gritando: - Padre, padre…

Le dije a Duque Estrada:

- Ya se cumplió la pena de fusilamiento, ya se cumplió la sentencia… llévenlo a un hospital.

Duque Estrada respondió: - No, el fue condenado a morir y tiene que morir aquí.

El capitán Alfonso disparó otro tiro de gracia, otra bala perdida y seguían los gritos del moribundo: - Padre, padre.

Agarré a Alfonso por la muñeca y acerqué lo que más pude la mano a la cabeza del moribundo… le grité:

- Dispara ya… dispara ya.

Disparó y el moribundo estremeció su cuerpo, con la respiración entrecortada, temblando le di la extremaunción y le dije: Descansa en paz.

Me retiré sin despedirme de nadie.

El padre Estanislao Sedupe que se quedaba dormido todas las noches con un libro en las manos, lo desperté: - Quiero confesarme, he matado un hombre.

Me preguntó: - ¿Qué has dicho?

Le costó mucho trabajo tranquilizarme, lo logró muy a media, subí a la azotea del Convento a llorar.

 

Lic. Pino: Terrible testimonio.

 

Dr. Guillermo Toledo: Padre, yo no sé si usted desea comentar este hecho que a mi me estremeció.

 

Don Javier Arsuaga: Yo creo que hice lo que debía diciéndole a Duque Estrada que lo llevaran a un hospital, pero no, no fue condenado a la pena de fusilamiento, fue condenado a morir y entonces sabía yo lo que iba a seguir... más sufrimiento para el moribundo.

 

Dr. Guillermo Toledo: Hay un señor del que usted habla en su libro, un norteamericano, Herman Mart.

 

Don Javier Arsuaga: Bueno Herman Mart había estado con Fidel Castro en la Sierra Maestra, era un matón, uno de esos de armas enfermas, asesino nato, que había sido condenado en Estados Unidos y que había escapado de la justicia. Él al parecer ligaba muy bien las palabras revolución y muerte, revolución y sangre. En La Cabaña cayó en su ambiente, porque en realidad por ejemplo al capitán Alfonso le era difícil dirigir al pelotón. Pero llegó este americano y decía:

- ¡Encantado como no, a matar gente!

El día en que debía morir Luís Ricardo Grau me gritó contento:

- ¡Padre, padre, hoy tenemos 7!

Como si me estuviera invitando a un banquete. Era horrible, a uno le da vergüenza tener que haber tratado a gente así.

 

Lic. Pino: Esa es la Revolución humanista de Fidel Castro.

 

Ing. Abascal: Padre, yo le voy a hacer un comentario de una anécdota de un sacerdote que se llama Becha Berbe. Mi padre era uno de los principales lideres de la resistencia cívica en Santiago de Cuba, en mi casa estuvo escondida dos veces la perra de Vilma Espín, posiblemente mi padre le salvó la vida. El día en que Raúl hace todos aquellos fusilamientos en el Valle de San Juan, en el que manda a matar a más de 70 personas, ese día al amanecer el padre Becha Berbe se encontraba en el corredor de mi casa, sentado en un sillón. Mi madre se asustó mucho y fue a verlo y le dijo:

- Padre, que le ha pasado, ¿que hace aquí?

El padre Becha Berbe que era de piel morena, era árabe, pero estaba blanco como el papel, mi madre le decía:

- ¿Padre, que le pasa?.

El padre Becha Berbe le contestó:

- No puedo violar los secretos de confesión, pero están fusilando inocentes.

Usted sabe, padre, que nadie va a decir una mentira en confesión antes de morir.

 

Don Javier Arsuaga: Yo en realidad no confesé a nadie y no lo hice precisamente por esa razón, por saber la verdad.

Unas de las biografías de Ernesto Che Guevara y cuando habla del Che Guevara dice: El capellán Javier Arsuaga que confesaba a los prisioneros, dijo esto y dijo lo otro, diciendo como que yo estaba revelando secretos de confección y yo me libré de eso desde el primer momento, no confesé a nadie. Por lo que no pude revelar secretos de confesión

 

Dr. Guillermo Toledo: Veamos este caso, padre, de este niño, de este muchacho, que usted escribe en su libro:

Ariel Lima fue condenado a muerte, lo mantuvieron como una semana en la galera de la muerte, apenas hablaba, vivía enajenado, vacio de si mismo, perdida la mirada, como ausente de lo que le estaba pasando, los demás prisioneros lo veían tan niño, tan solo, tan necesitado, le prometí que hablaría con Ernesto Che Guevara e intercedería por él.

Fui a hablar con Ernesto Che Guevara y él me dijo que eso lo decidía el Tribunal de Apelaciones quien decidía eso y me preguntó por qué debía anular la sentencia.

Le dije:

- Por dos razones, una por sentimiento humano por sus solo 16 años, la segunda por sagacidad política, porque al otro día de la muerte de este niño, la prensa mundial, en Estados Unidos, América Latina y Europa hablaría de que la revolución cubana carecía de sentimientos y que juzgaba por igual a adultos que a menores y que esto muy poco beneficiaria a la revolución.

Inútil, a más compasión que se le pedía al Che, con más crueldad respondía.

En la vista se decidiría.

Fui a la vista de apelaciones, el Che sabía por qué estaba allí. La vista apenas duró media hora… ratificada la sentencia, sería fusilado aquella misma noche.

Cuando terminó me vio en la puerta saliendo con su comitiva, me dio un saludo y salió.

En su camino a la Comandancia… una mujer corrió al frente de ellos y se postró en el suelo delante de todos ellos. Alguien le dijo:

- Es la madre de Ariel Lima…

Le dijo con cinismo:

- Le recomiendo que hable con el padre Javier Arsuaga, es un maestro consolando.

Me miró y en tono burlón me dijo:

- Es suya.

Le ayudé a levantarse del suelo y le aconsejé que se retirara a su casa, le dije:

- Señora trate de superar su tragedia y de seguir viviendo sin su hijo, encomiéndese a Dios.

Nunca más vi a esa mujer…

Esa noche odié al Che.

 

Dr. Guillermo Toledo: Padre, qué nos puede decir de Ariel Lima.

 

Don Javier Arsuaga: Ariel Lima era un muchacho revolucionario, lleno de sueños, luchó contra Batista.

Los de Batista, lo torturaron para que hablara… nunca lo hizo, hasta que un día… esto... él me lo contó de sus propios labios, le dijeron: - Tú vas a hablar…

Le llevaron a su madre y delante de él, la comenzaron a desnudar y le dijeron: - Tú sabes lo que vamos a hacer con ella…

Cuando el muchacho vio efectivamente lo que estaban haciendo, el muchacho habló y naturalmente dijo lo que querían que dijera.

Naturalmente, nunca salió del cuartel y cuando triunfa la revolución nunca más salió del cuartel, porque había traicionado a sus compañeros y entonces de ahí, lo enviaron a La Cabaña.

No era ni de uno ni de otros, estaba solo, no tenia amigos, era una tristísima figura y estaba tan enajenado... que no se daba cuenta que lo estaban fusilando.

 

Dr. Guillermo Toledo: Nos queda un testimonio del caso del capitán del ejercito de Batista José Castaño, un hombre muy culto, que hablaba 5 idiomas, usted atendió a José Castaño, él no tenía las manos embarradas de sangre, no cometió ningún hecho de sangre, solo que José Castaño, era un hombre que conocía todos los vericuetos del comunismo en América Latina, estaba a cargo del Buró de Represión de actividades comunistas, tenia información y documentos de esa actividad en diferentes partes del mundo y eso no se lo perdonaron.

La mayoría de los testigos del juicio eran militantes comunistas, acusándolo de cosas que realmente no cometió, no le probaron ningún hecho de sangre, tengo entendido que solo una señora lo acusó de haberla violado, era una total mentira, esa misma señora después testificó en otro juicio contra el artista famoso en aquella época, Manolo Fernández, y también dijo mentira.

 

Lic. Pino: Un comentario, este señor José Castaño, tenía información con relación a los miembros del partido comunista en Cuba e incluso de organizaciones izquierdistas, información que logro sacarla de Cuba antes que la tiranía de Fidel Castro ocupara el poder y eso fue lo que provocó el fusilamiento.

 

Don Javier Arsuaga: José Castaño era un hombre muy culto, muy versátil, creía en cuestiones esotéricas, creía en la magia negra, en la magia blanca, era un hombre muy interesante en su conversación, pero no tenía fe cristiana.

Entonces era muy respetuoso en su conversación y desde que cayó en la galera de la muerte me dijo:

- Sé que se reza aquí y demás, yo no me opongo a nada, pero le voy a pedir un favor, no se meta conmigo ni mi fe, déjeme tranquilo.

Entonces le llevé a un amigo mío, profesor de Filosofía, y estuvieron toda una tarde conversando.

Cuando llegó la hora del juicio, desde luego lo condenaron a muerte y en el juicio de apelación el Che Guevara decidió que le fusilaran aquella misma noche.

Esa misma noche, cuando yo le iba a informar a José Castaño de que sería fusilado, se me acerca Duque Estrada y me dice:

- Padre, acompáñeme, tenemos que ir a ver Fidel Castro para que pare esta ejecución.

Nunca me dijo por qué quería hacer eso, un abogado me dijo que al parecer habría un canje de prisioneros con Estados Unidos… cosa que nunca creí.

Fuimos a ver a Fidel Castro, estaba dando uno de sus interminables discursos y nos pusimos a un lado, y en un intervalo del discurso nos acercamos y le dijo lo que pedía, y Fidel Castro cuando está en trance de sus discursos no oye a nadie, se oye así mismo, y dijo: - Está bien, esta bien.

Yo fui a la Cabaña y le dije a José Castaño: - Fidel Castro ha dicho esto, al parecer el dueño de la vida, te regala un día más de vida.

Cuando terminó el discurso de Fidel Castro a eso de las 3 de la mañana, vinieron a buscarme, pregunté ¿que decidió el Che?… dijo que lo fusilaran.

El Che Guevara había ordenado que nadie fuera fusilado sin que yo estuviera presente, al parecer se había corrido la voz de que yo los hipnotizaba, de que yo los llevaba hipnotizado y que por eso todo era más fácil, cosa que no era verdad y esa noche José Castaño estaba en el paredón solo y a un lado, los del pelotón fumando y conversando.

Llegué yo y me dije: - Que le voy yo a decir a este hombre, que le he sembrado esperanzas.

Me acerqué a él y él me dijo:

- No se preocupe padre, yo sé como son, yo los conozco bien… ¿es allí donde se fusila verdad?

Le dije que sí: - en el poste aquel.

Poste a propósito en el que nadie se tuvo que atar de los 55 fusilamientos que yo asistí.

Me dice: - Pues vamos para allá.

Y cuando estábamos en la despedida yo me acordé que él me dijo, no me hable de fe ni de Cristo ni de Dios.

Me dice:

- Padre, quiero pedirle un favor, usted sabe que yo no tengo fe, pero sé que voy a morir y no sé que hay del otro lado, padre, por favor… ¿podía prestarme su fe para morir?

Me quedé seco. Rezamos un padrenuestro, besó el Cristo, me separé y con los ojos muy abiertos, muy abiertos mirando a Cristo, escuchó las voces de mando y cayó al piso.

 

Lic. Enrique: Padre, usted que participó en todos estos eventos tan dolorosos, estas personas que formaban el pelotón eran los mismos o se rotaban, ¿cuántos eran?

 

Don Javier Arsuaga: Eran 6 y se rotaban, eran miembros de la tropa de Ernesto Che Guevara, guajiros de la Sierra Maestra.

 

Lic. Enrique: Yo quisiera preguntarle al doctor Cotto, doctor en Psiquiatría, solamente por tener una breve idea ¿qué le pasa por la mente a esas personas que hicieron eso? ¿Qué les pasa por la mente? que tienen que llevar dentro, toda la vida, esa experiencia.

 

Doctor Cotto: Bueno lo que sucede es que la dinámica o la psicodinámica que se aplican los que aprietan el gatillo, es el simple hecho que están cumpliendo órdenes, para ellos es una orden que le da un superior, son guajiros actuando como soldados de la revolución, en realidad ellos no cargan conciencia de culpa.

 

Alfredo Melero: Es verdad lo que dice el doctor, porque familiares míos que estaban preso en Boniato me lo decían a mí, especialmente uno que fue capitán del Ejército Rebelde en la Sierra Maestra, el capitán Fido Avalo, que estuvo preso por 12 años en Boniato, estuvo enfermo en el hospital que estaba afuera de la prisión, pero muy cerca de donde estaba el pelotón que fusilaba… y el me contó a mi que:

... cuando no había fusilamiento parecía que se enfermaban y cuando había fusilamiento empezaban a tocar música sacra para todo el presidio para atormentar a todos los presos y que entonces se alegraban.

 

Una llamada de la audiencia: Muy buenas noche, quisiera felicitarlo por este programa tan interesante, le habla Adelaida Mercado, en esas mismas circunstancia murió un familiar mío, la madre llegó a La Cabaña porque le dijeron que lo fusilarían esa mañana y cuando llegó, ya personalmente el Che Guevara lo había ejecutado.

 

Una llamada de la audiencia: Les habla, Díaz Rivera, quisiera preguntarle al padre si a él lo obligaban a hacer esa labor, si él no tuvo la oportunidad de comunicarle al Vaticano el desastre que se estaba haciendo en Cuba.

 

Don Javier Arsuaga: Yo podía hablar de lo que sucedía allá… pero estaba muy lejos de mi alcance, ni se me ocurrió, no pensé que podía evitar lo que estaba sucediendo.

 

Una llamada de la audiencia: ¿Ha sabido algo de Duque Estrada? Duque Estrada, mi familia lo conocía muy bien y no sabíamos hasta hace un año de que él había sido participe de esos crímenes que se están contando.

 

Don Javier Arsuaga: No supe nunca más de ninguno, incluso me hubiera gustado mantener relación con los familiares de los fusilados, pero no me dio tiempo al salir de Cuba.

 

Una llamada de la audiencia: Padre una pregunta ¿en algún momento usted pidió que lo sacaran de allí y pusieran a otro sacerdote?

 

Don Javier Arsuaga: Pensé hacerlo bastantes veces, lo hice una vez, me contestaron que lo estaba haciendo muy bien y que no me preocupara… así que no tuvo resultado mi pedido.

 

Una llamada de la audiencia: Le habla la señora Martínez, quisiera darle las gracias al padre Javier Arsuaga, por su relato y por haber asistido a los condenados a muertes, asesinados por ese tirano sinvergüenza.

Le quiero decir a los amigos que están escuchando este programa, que además del Semanario elveraz.com, existe otro sitio que se llama secretosdecuba.com donde verán la lista inmensa de fusilados por el régimen de Fidel Castro.


Una llamada de la audiencia: Quisiera preguntar sobre el título del libro del sacerdote y que nos dijera cuántas personas se fusilaron.

 

Dr. Guillermo Toledo: El titulo es: Cuba 1959: La Galera de la muerte. El Padre asistió a 55 personas, el estuvo de enero a mayo de 1959, después de eso en la Cabaña se siguió fusilando, hay una lista de fusilados que esta en el libro del Doctor Armando Lago, que esta próximo a salir, que la tengo aquí frente de mi, tengo una lista aquí de 141 personas, pero dice aquí en el reporte al final que hay 15 mas fusilado según el NY Times.

 

Lic. Pino: Yo tengo aquí la información que me acaba de confirmar el doctor Armando Lago y la señora Cañizares y los oyentes pueden verificarlo en el sitio cubaarchive.org, fueron 164 en la Cabaña directamente con la firma de Ernesto Che Guevara, 6 fueron fusilados después que ya Ernesto Che Guevara no estuviera en la Cabaña, pero que la ejecución tenia su firma, 23 adicionales en Santa Clara, 14 en la Sierra Maestra, para un total de 216 fusilados.

Hay 15 adicionales que el NY Times reportó, pero que no han dado los nombres. Todos estos datos de cubaarchivo.org por lo menos tienen dos fuentes diferente e independiente de verificación.

En adición a esto quisiera agregar, que el actual jefe de Estado en Cuba, Raúl Castro, firmó la ejecución de 551, o sea mandados a fusilar por Raúl Castro. O sea 216 de Ernesto Che Guevara y 551 de Raúl Castro.

 

Ing. Abascal: Quisiera comentarle a los oyentes que nos escuchan, que ese mismo Ernesto Che Guevara, que se hacía el duro en La Cabaña, se portó como un verdadero cobarde, cuando lo cogieron en Bolivia, gritando para que no lo mataran: “Yo les valgo a ustedes más vivo que muerto”.

 

Una llamada de la audiencia: Ese Ernesto Che Guevara no vale ni la camiseta que se ponen los títeres por ahí.

 

Dr. Guillermo Toledo: Padre Javier Arsuaga, antes que termine el programa usted desea agregar algo.

 

Don Javier Arsuaga: Sí, quiero decir dos cositas nada más. Me han preguntado muchas veces, por qué escribí este libro después de más de 4 décadas. Yo lo hubiera escrito antes, pero tenia muchos problemas íntimos que se me hacia muy difícil ponerlo por escrito, de manera que el año pasado, cuando me entrevisto Álvaro Vargas Llosa y con la entrevista mi nombre salio a toda América Latina, un artículo en el que se me nombraba, no sucedió nada y entonces me decidí a escribir.

En realidad el que escribe el Prólogo en mi libro, mi amigo, Andrés Calendario, hace una lectura del libro distinta al que yo había hecho, el dice, este libro tiene un valor especial porque ya desde la primavera de 1959, este hombre viene hablando de esto, que la revolución cubana se estaba levantado desde unos cimientos de odio y de sangre.

El libro si puede servir para algo, eso lo tienen que decidir los lectores, puede servir en primer lugar:

Como desmitificador de los mitos de la llamada revolución, dentro y fuera de Cuba y en segundo lugar...

La gran lección… ¿Y qué ganó la revolución? ¿Y qué gana nadie matando? ¿Para reparar qué? ¿Qué se gana con la muerte? ¿Volveremos a lo mismo? ¿Seguiremos matando?

 

Dr. Guillermo Toledo: Nunca más.

Padre, una pregunta más, quisiera preguntarle su opinión con relación a Ernesto Che Guevara.

 

Don Javier Arsuaga: Bueno, debería contestarte, paz a los muertos, pero como es una figura pública, tuve con el una relación en la que conmigo, personalmente, no se porto mal en el sentido que me facilitó atender a los prisioneros.

Nunca disimuló su crueldad, se presentó ante mí como lo que era, una persona entregada a su utopía, la revolución le pedía matar, mataba, le pedía mentir, mentía. Ese era el Che, un hombre entregado a una idea, para mi disparatada.

Documental Yo los he visto partir, realizado por el Instituto de la Memoria Histórica contra el Totalitarismo.

Yo los he visto partir

Parte I

Yo los he visto partir

Parte II

Yo los he visto partir

Parte III

Yo los he visto partir

Parte IV

Yo los he visto partir

Parte V

Yo los he visto partir

Parte VI

El Mejor Servicio a la Revolución Cubana

José Vilasuso

 

*******************

Mis recuerdos de El Che. Esa noche Máximo tenía señaladas dos ejecuciones cuyos juicios aun no se habían celebrado.

********************

A Guillermo Milán y la democracia sueca.

 

I

Dando un fuerte golpe en la puerta aquella mañana, de improviso, Máximo entró en la oficina. Había sido estudiante en la Escuela de Ciencias Sociales en la Universidad de La Habana, y alzado en el año 1958 en Sierra Cristal donde alcanzó grado de teniente a las órdenes de Raúl Castro, comandante del Segundo Frente Oriental Frank País.

 

Máximo era bajito, fortachón, de rostro pálido, achatado, ligeramente picado como de agné o viruela, tenía un acortamiento en una pierna y se alegró mucho al verme en la oficina del tribunal. Nos referimos a sus peripecias en la loma a donde subió armado de un ladrillo y logró arrebatarle el fusil San Cristóbal a un bisoño a quienes llamábamos casquitos. La última vez que nos vimos en La Habana fue al pie del Palacio de Aldama (Reina y Amistad) de allí partió hacia La Sierra. Seguramente citamos los nombres de amigos y conocidos con los que habríamos perdido el contacto dadas las tantas vicisitudes reinantes por entonces. Al final: “Bueno, dime ¿qué te trae por aquí”.

 

Chico, es que apenas llegamos a Santiago me pusieron a dirigir pelotones. Eso es del ca… Estuve unos cuantos días y no pude resistirlo. Horrible, horrible. No lo quiero recordar. Yo consulté al capellán y me tranquilizó un poco. Me dijo que esa era mi obligación y que no dependía de mí… No sé, no sé, Pepe. Pedí mi traslado para La Habana, me lo concedieron en el acto y cuando llego aquí mira pa’ hí, me asignan lo mismo, porque dicen que tengo la experiencia. Nadie se presta para esto, es muy duro. Eh, mala suerte, cará. Para esta noche ya tengo dos ejecuciones. Los juicios son a las ocho, digo comienzan a las ocho. ”

 

Me miraba fijamente, algo suplicante, como si quisiera decir más y no le salieran las palabras.

 

“¿Esta noche?”

 

“Sí; dos para esta noche, dos.”

 

“Ah, yo iré a verte”. Dije sin mayor reflexión. Máximo permanecía grave. Sin pensarlo por puro encono y contrayendo las facciones me increpó: “Mira come… Tú no sabes lo que estás diciendo. Que no se te ocurra. Quítate eso de la cabeza. Lo vas a estar recordando durante años y años, toda tu vida. Te pesará. Eso es algo espantoso, de madre… Nadie sabe lo que es el paredón. Uno se vuelve una fiera; si no eres una fiera no sirves, te acoquinas y es peor. Quitarle la vida a un tipo no es fácil, Pepe. Mira, en los primeros días lo hacíamos comoquiera. Se les sentenciaba como quiera, sin juicio, ahí mismo. Ni poste para amarrarlos. Los traíamos y los poníamos delante del pelotón. Figúrate, la mayor parte de los reclutas apenas sabían manejar las armas. Al ver lo que tenían delante muchos se acobardaban y cuando se daba la orden de fuego no se atrevían a apuntar directo, les temblaba el pulso y tiraban al aire o sin mirar. Entonces el tipo recibía varios impactos no mortales que lo hacían saltar dando gritos, algunos se revolcaban por el suelo echando sangre, crispados, y hasta se corrían dos o tres metros hacia un lado y el otro. Parecia que se iban a levantar y volvían a caerse. Hubo uno que se le echó encima al pelotón y los espantó; parecían gallinas. Yo entonces dándome cuenta de lo que pasaba, tenía que acercármeles, pegarle la pistola a la cabeza al tipo y gritar. “Miren pendejos, miren pa’ que aprendan”. No te cuento cómo es eso de hacerle saltar los sesos a un tipo, chico. Salpica. No lo quiero recordar. Salpica. No me deja dormir… no puedo, no puedo… Eso no se me olvidará jamás. Es terrible, chico… La gente no sabe de lo que hablan, hay que pasarlo… Si tú supieras… No vayas esta noche, co. Olvida eso. No se resiste. No podrías comer carne en mucho tiempo. ¿Sabes cómo quedan los cuartos de reses colgados en la carnicería? Los has visto, ¿verdad? Chorreando sangre. Eso parecen esos tipos”.

 

Al día siguiente con aquellas palabras grabadas profundamente me dirigí al paredón. Quería empaparme de las descripciones desde el escenario mismo de los hechos. Era un costado de las gruesas murallas que defienden la inmensa arquitectura medieval española. Su constructor fue Juan Bautista Antonelli y la estructura arquitectónica es la misma en El Morro, La Fuerza, La Punta, pero La Cabaña es el mayor y más impresionante de todos los castillos. Las murallas están formadas por cantos graníticos e inmensos con un espesor de metros; pese a la altura y la brisa de la bahía los muros despiden una humedad impregnada desde hace siglos. Bien examinado como baluarte militar se comprende que aun hoy La Cabaña sería casi inexpugnable frente a artillería ligera. En algunas zonas la separación entre los bordes y esquinas de los cantos hace ranuras por donde en aquella época pululaban hongos y de vez en cuando asomaba la cabecita una iguana pequeña, que se deslizaba a escape con el rabo enrollado, de vivos colores. Siempre había contemplado estos castillos como reliquia histórica. Escenario de la patria donde fueron ejecutados tantos héroes en las luchas por la independencia, uno de ellos el poeta Juan Clemente Zenea. Del otro lado, en El Morro me había impresionado la reproducción del garrote donde se ejecutó al general Narciso López; cincuenta de sus soldados y oficiales seleccionados por sorteo, también cayeron ante los pelotones españoles. Durante la Segunda Guerra Mundial allí se debió de ejecutar al espía alemán Lunning. El lugar donde me encontraba estaba bastante cercano al Foso de los Laureles, escenario mayor de toda la tragedia; nosotros simplemente le llamábamos El Paredón. Esa tarde caminé despacio por toda la explanada, aspirando el olor marino, observando, e intentando reproducir mentalmente lo que casi todas las noches allí tenía lugar. No era tan difícil imaginar algo que cualquiera ha visto en el cine, leído en alguna novela o en la prensa conforme al gusto del realizador. En mi posición lo más correcto era comenzar a internalizar los hechos como cuestión propia, algo en que me veía involucrado. A sabiendas o no, me lo había buscado, todo aquello me tocaba de cerca. Pisar el lugar de los fusilamientos era un remedo de testigo presencial. Examinando el contorno parecía que el eco de las descargas seguía retumbando.

 

De cara a los postes, al vuelo tomé la distancia que me separaba de los mismos; pocos metros, y no menos pasos más adelante la línea en que se colocaba el pelotón. Me les acerqué y toqué los maderos con las manos. Eran pequeños y gruesos, menos de mis cinco ocho de altura. Me coloqué delante, en el puesto del reo, y a mis espaldas cubriendo el nivel comprendido desde el pecho a la cabeza, sobresalía una densa y larga perforación de la muralla ligeramente blancuzca en lo más profundo de las incontables huellas de bala que la horadaban. Las perforaciones más hondas coincidían con mayor simetría con las medidas superiores de los postes; exactamente a la altura del frontis en un hombre de estatura normal. Por el suelo se regaban abundantes casquillos de bala, por regarse casi a mis pies no podrían ser residuos de las descargas de fusilería; sino de los tiros de gracia. A los pies de cada poste, mezclados con la yerba, se ennegrecían los charcos de sangre coagulada.

 

II

 

Pero mas relevante seria palpar el meollo de aquellas ejecuciones; los hechos en que consistían sus causas, su naturaleza. Hasta aquel instante no había reparado seriamente en la trascendencia de aquellos fusilamientos, en su profundidad. En tantas muertes. A partir de aquella vivencia mi sentir referente al proceso revolucionario iría cobrando nuevos e incalculados matices sostenidamente. La intensidad misma que un fusilamiento produce nos arrastra insensiblemente a pasarlo por alto de un brinco. Es algo en lo que no se detiene uno a considerarlo. La muerte violenta de un hombre desarmado se rechaza por instinto. Se prefiere pensar en otra cosa. Más bien lo contemplamos como rutina, algo que sucede y vuelve a suceder sin aquilatarse con mayor detenimiento. Por entonces los cintillos de la prensa internacional censuraban con acritud todo aquello sin que yo aun reparara en que necesariamente no tenían que estar equivocados. Ahora por primera vez me sentí aludido, los periódicos ofrecían una versión alterna de todo lo que tenía a mis pies, de lo que hacía en aquel lugar, mi trabajo, ¿cómo lo estaría cumpliendo? . Mi comportamiento ¿era correcto? Al contrario de lo esperado tal versión alterna - contrastantemente - no podría estar muy lejana a mi natural manera de pensar y sentir. Hasta aquel momento ¿habría sido yo mismo? ¿Otros pensaban y escribían por mi? ¿Qué decidiría por mi mismo en mis cabales? En el subconsciente brotó la posible comparación con el proceso precedente, ¿seríamos nosotros los nuevos esbirros? Con una particularidad; muy diferentes a los anteriores. Los procedimientos eran distintos.

 

Jamás ha sido fácil explicarse premoniciones, mucho menos predecir. A partir de aquella conversación con Máximo yo asimilaba cuándo acontecía a mi alrededor con inusitado escrúpulo. Intuía su importancia avasallante e hice esfuerzos por retener en memoria todo incidente y detalle por insignificante que fuera. Comprendía que en el futuro se le echaría mano para provecho o desgracia de terceros. Terceros que aun no podía reconocer. En La Cabaña se escribía una página imborrable de la historia cubana. Pero aun no se descorrían muchísimos velos de la historia.

 

Mientras estas ideas maduraban en mi cerebro me iría situando cada vez más distante de Mike, e innumerables amigos uniformados de quienes me consideraba solidario. No es fácil desligarse de personas por quienes se siente simpatía y perderse luego en un mar desconocido donde fácilmente no pueden esperarse afectos sustitutos. Lo que se desvanecía ante la realidad eran puros ideales y nobles esperanzas acariciados a alto costo. Frente al nuevo gobierno emergían fuerzas oscuras, reaccionarios y los restos de la dictadura depuesta. Eran aquellos contra quienes mi generación militaba y consideraba incompatibles. Nada les debíamos. Creo que estas preocupaciones, en mayor o menor escala, eran compartidas por un número creciente de compañeros universitarios y colegas letrados. Pensando y repensando al anochecer las nubes se oscurecían, y al día siguiente amanecían ennegrecidas.

 

Pero la rutina en la fortaleza de La Cabaña no paraba. Las causas llegaban al escritorio a intervalos más o menos prolongados. Por más que me esmeré en estudiar cada una hasta el más insignificante pormenor, no hallé elemento alguno indispensable en juicio para darle curso ante el ministerio fiscal. Una tras otra apenas leídos unos cuantos folios se caían por inconsistentes y falta de pruebas; las engavetaba y allí quedaron. Sólo con el tiempo supe que a Otto Meruelo uno de los acusados a mi cargo, había sido condenado a treinta años; del resto nada ha llegado a mis oídos. Interrogué testigos de diferentes procedencias. Los revolucionarios solían ser jóvenes sin mayor percepción de los hechos y más bien respondían al modelo radical, ganar méritos para la nueva situación. En alguno se traslucía una inconsciente imitación de la jerga y consignas en boca de Fidel o el Che. Acusaban sin mayor fundamento, y a menudo se enredaban en sus propias contradicciones. No menos frecuente fue la presencia de militantes del 26 de Julio, alguno uniformado, expresando su pavor por todo lo que cada noche allí tenía lugar. ¿Fidel sabe de esto? Lo veo turbio. Hay malestar en la calle, ¿qué piensan ustedes? Hagan algo. Recuerdo una jovencita de boina negra que quejándose de todo aquello me medía con la mirada. En ese encuentro no me atreví, o no quise comprenderla. De darle la razón, ¿Qué hubiera tenido que hacer inmediatamente?

 

En lo adelante otros aspectos del entorno diversificaban mi continua preocupación. Toda resistencia a darle curso a los casos tendría que ser objeto de consideración por la superioridad. No se trataba de simples sospechas. Estaba en el ejército, ya se había anunciado que tendría que concurrir a prácticas de tiro, me confeccionaban el uniforme, carnet de identificación, pronto entraría en nómina con grado de subteniente. Realidades que eran de esperarse, aunque prefería no anticipar decisiones. Una cosa u otra el ritmo de los acontecimientos no se detendría, a punto estaban de adquirir mayor relieve y nuevos compromisos ineludibles aflorabab a diario. El trabajo era intenso y cada vez cargaba más.

 

III

 

Asistí a varios juicios como mero espectador. La unilateralidad de cada proceso culminaba al instante de dictar sentencia. Tratándose de pena capital; las protestas, los estallidos de desesperación, llantos, mujeres de rodillas suplicando misericordia para sus seres queridos, resistiéndose a abandonar la sala y por fin salir arrastradas por los guardias. El abrazo final en medio de lágrimas y desconsuelos. La capilla ardiente.

 

Al menos luego que los casos se ventilaron bajo las fórmulas consabidas, la mayoría de los condenados enfrentaron la muerte con innegable hombría, o comportamiento humanamente aceptable. Guevara en previsión de esto había dispuesto que todo condenado fuera asistido por un sacerdote, como resultado la medida mitigó poderosamente cuadros dantescos hasta el momento de sonar la descarga. Recuerdo hombres marchar cabizbajos, esposados, despidiéndose sollozando, un cabo de la policía que como petición última solicitó permiso para orinar, hubo quien sostuvo su inocencia a grito pelado, alguien proclamó su cubanía con la mayor vehemencia, se corrió la leyenda de un par de zapatos nuevos comprados en recuerdo de un ejecutado famoso, bravos oficiales dirigieron sus propios fusilamientos, no fueron raros quienes se negaron a que les vendaran los ojos o amarraran a los postes, y aguardaron serenos el estrépito de los disparos…

 

Luego de cumplida la sentencia los reos quedaban en posiciones indescriptibles, imborrables, la cabeza colgando y el cuerpo maniatado; una humanidad de rostro desfigurado y ojos que saltaron fuera de sus cuencas; otro rostro deformado como si hubiera recibido muchos bofetones; quien quedó con los brazos abiertos cual respuesta al impacto de las balas; la huella de un balazo que penetró exactamente por las ventanas de la nariz; aquel agujero negro donde antes se alojaba un ojo…

 

Uno de los acusados que recuerdo con fuerte conmoción fue el coronel Luis Ricardo Grao. Lo vi sentado frente al tribunal y el fiscal hacía alarde de sonora verbosidad; los términos empleados destilaban una violencia repetitiva, abrumadora. Grao lo miraba como de soslayo y dejó escapar una sonrisa de incrédula ironía. Ignoro si caí en su ángulo visual pero experimenté mi primer sentimiento de compasión hacia uno de los llamados esbirros. Nada como el efecto de una cara cercana que destila sufrimiento. Ante mi presencia un poder avasallante y omnímodo se cebaba en un ser indefenso que tras de aquel martirio sería fusilado. Su suerte había sido determinada de arriba, era vox populi. ¿Qué había hecho? ¿Qué se le pudo probar? Entonces ¿qué se sacaba con aquel espectáculo? ¿Para qué aquellas acusaciones? ¿Podrían cambiar lo incambiable? Primero pensé que la ejecución pondría fin a una situación incalificable para cualquiera. Mas tarde por el contrario ¿qué sentido tendría privar de la vida a nadie sólo para salir del paso? cumplir un compromiso ¿con quién? ¿acaso la muerte de un reo que - en otros países - era objeto de las garantías que asisten a todos los de su clase, podría acallar los remordimientos de tantos a su alrededor? No, en realidad los multiplicaría. Cada ejecución agrababa el proceso, ahondaba insondablemente en su dramatismo. Por otro lado, luego de Grao y para escuchar idénticas diatribas ¿a quién le tocaría ocupar el mismo banquillo de los acusados?

 

No concurrí a su ejecución, cada mañana me bastaba con recoger las impresiones de los militares que residían en la fortaleza. Impresiones de malas noches. El caso fue sonado. Luis Ricardo Grao murió de pie. Los seis plomos disparados a la vez no lo pudieron derribar. Aquel estoicismo mostrado ante el tribunal parece que lo acompañó ante el paredón. Quizás debió tratarse de una personalidad capaz de asimilar por igual tanto la descarga de acusaciones y denuestos, como los balazos de los fusiles. Golpes morales y golpes físicos. Mientras las voces de mando dirigían el rastrillar, toma de puntería, y por fin ordenaron: fuego. Grao lo absorbía todo con absoluta pasividad. Ni pizca de temor ni prueba alguna de desafecto a los que le privaron de la existencia terrena. Parecía que el convencimiento de haber sido escogido como chivo expiatorio, excluía de responsabilidades a los que pusieron fin a sus días. Por ello sonada la descarga permaneció de pie, estático. Increíble. Para la historia que no se quiere prublicar. Grao ¿estaría contemplándolos después de concluir la ejecución, aun vivo o ya muerto? ¿Permanecería en este mundo o ya habría traspasado el umbral de la muerte? Tal vez esperaría calmo, pidiéndoles cuenta tanto a ellos como a los que se confabularon con aquel tormento. O quizás ya despojado del cuerpo, su alma flotando en el espacio contemplaba aun los hechos en dimensiones desconocidas; liberado ya de torturas y padecimientos. ¿A qué dimensión de la existencia se elevaría su alma? Por la otra acera, el efecto de su pasividad tuvo que ser imperecedero, al menos entre los tiradores de ojo más certero. ¿Pensarían que erraron los tiros? ¿Las balas no entraban? ¿Fue que ejecutaban a un hombre tan fuerte, física o mentalmente? Grao estuvo de pie por un tiempo como robado al minutero del reloj, nadie se movía, no se sabía qué hacer; hasta que presa de rabia, doloroso deber militar, o el querer apartar de una vez la presencia de un hombre que ha superado a la muerte, forzó al oficial a cargo de la ejecución a sacar la pistola y pegándosela a la sien disparar. Para que saltaran sangre y sesos envueltos en el humo de la pólvora.

 

IV

 

Grao no fue único. Casos insólitos fueron frecuentes. Lo inesperado aguarda en el tránsito de esta vida a la otra. En ese instante el tiempo se detiene, el paso es tan intenso que los testigos llegan a creer que han transcurrido horas, noches enteras. Las fallas al instante de abrir fuego contra un hombre pasivo son más comunes de lo calculado. No participamos en acto bélico. No falla la valentía, no es acto de coraje; es otra cosa. Excluyendo que la vida es don precioso y merecedor de respeto. En situación tal nadie puede predecir que resortes desconocidos pueden espolearnos. Se trata de quien no conoces y nada te ha hecho. Generalmente se espera que seis fusiles hagan blanco en los sitios cruciales pecho, cuello, la cabeza. Pero tanto por el examen posterior del cuerpo exánime, como porque de ordinario los tiros de gracia no obedecían a mera rutina, nos dábamos cuenta que a la hora de apretar el gatillo no era raro desviar la dirección del disparo, aun entre soldados profesionales. Si morir es siempre impredecible y único; matar no es menos único e impredecible. Ese segundo decisivo no se pude borrar del recuerdo, aunque se niegue. Al menos para el que le reste un mínimo de sensibilidad. Nadie sabe por donde puede surgir el sacudón de conciencia. En cualquier descuido todo pulso puede temblar ¿Qué imprevistos pueden emerger? Una muerte es indescriptible, no tiene gemela, adhiere impactos de tragedia y sus imponderables son imposibles de descalificar. El final de la vida terrestre encuadra un misterio perteneciente al alma que se desprende de la materia y se eleva rumbo al más allá. Tal es la violencia, vibraciones, humores que ponen fin al decursar ordinario de una vida. Me constan casos de fallos en el tiro de gracia. El oficial desvía la mirada, y o tambien el ejecutado, y el disparo resulta a sedal, ver al baleado consciente de lo sucedido asombra y provoca nuevas reacciones en cadena, otro disparo que da en el maxilar o el cuello, lo hace saltar en movimientos reflejos, crispaciones de manos, alaridos de dolor que arrastran nuevas vacilaciones y los gritos del pelotón; se horrorizan unos, otros quieren impartir órdenes, suplir el error. Se le desea la muerte al reo, maldiciones, su pervivencia los acusa, mientras aquél sigue agonizando tinto en sangre, tal vez pide clemencia.

 

La flojera de los miembros del pelotón se convirtió en inconveniente cada vez más patente. No sólo para la generalidad de los casos con la sentencia a cargo del tribunal; sino - excepcionalmente - por los vaivenes especiales con que se decidía la suerte de los acusados. Con sobrada frecuencia por tratarse de decisiones “de arriba,” que en circunstancias, se le debió comunicar al procesado personalmente, ¿quién le pondría el cascabel al gato?

 

En la rutina y el transcurso de los días cada vez más intensos, el contratiempo mayor era la escasez de oficiales dispuestos a dirigir los pelotones. Tan renuentes como Máximo con frecuencia se contaron no escasos casos. Un hombre normal, dependiendo de su carácter y nervios prueba el trago de sangre una, dos veces… luego se perturba, el cargo lo atribula, reniega de sí mismo, se arrepiente, sufre…. No son conjeturas, no sabemos cuántos perdieron facultades mentales, parcial, totalmente . En más de una cabeza cupo preguntarse: “si no aparecen voluntarios dispuestos a todo, alguien tendrá que empuñar la pistola, ¿no te parece?” “¿Quién dices, el Che? Pues chico, que no se lo planteen, para él eso no es problema, acuérdate de Eutimio Guerra: le puso la pistola en la nuca y pun. Para darnos el ejemplo, mi hermano...”

 

Para estimular una mejor y eficiente prestación de estos servicios se determinó un aumento de cobranza que inicialmente había ascendido a quince pesos para los reclutas además de adquirir rango de combatiente. A los oficiales les correspondían veinticinco, y reconocimiento a su pericia conforme al menor número de tiros de gracia que tuvieran que propinar al ejecutado. No obstante el anuncio de la buena nueva no obtuvo la respuesta esperada. Los voluntarios seguían sin aparecer; excepto un oficial a quien siempre vi solitario, silencioso, ancho de espaldas y de espesa barba que le tapaba el cuello; al menos es la imagen que guardo. Se llamaba Herman Marks, oriundo de Estados Unidos, norteño, según se decía exconvicto y prófugo de la justicia en su país. Lo tuve muy cerca, en mesa contigua del comedor, nunca le quise hablar, y al parecer era comunicativo; eso se regaba. Lo señalaban como alguien que reunía cualidades nada despreciables y hasta con cierto agradecimiento dada su incondicional disposición a encarar deberes que otros eludían. Nunca olvidaré la noche en que tuvieron lugar siete cepillos. Según se dice Marks se mostraba jubiloso, eufórico, lo comentaba con todo el mundo. Fue la jornada más activa durante aquel período excepcional, pero no puedo precisar si los aumentos de honorarios ya habrían sido efectivos. De todas maneras esa noche Herman Marks estuvo de plácemes; al menos y por seguro cobró como mínimo $175.00.como honorarios por sus valiosos servicios a la revolución cubana.

Documental Guevara, anatomía de un mito.

Instituto de la Memoria Histórica Cubana

contra el Totalitarismo

Un verdugo duerme la siesta en el Barrio Alto

Roberto Ampuero

 

Hace pocos días Fidel Castro afirmó por la televisión cubana que los países que condenaron a su régimen ante la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas -entre los cuales se encontraban las principales democracias europeas, así como Costa Rica y Argentina- merecen irse por “el inodoro”. El pasado jueves, imitando el tono soez y descalificador de su líder, el ex fiscal de la revolución cubana, Fernando Flores Ibarra, empleó en páginas de este diario el mismo estilo innoble para referirse a mi persona.

 

Por respeto a mi familia, a la opinión pública y a mí mismo no voy a ingresar al terreno de las descalificaciones personales con un hombre acostumbrado a ellas y que cuenta con el triste prontuario, del cual se vanagloria, de haber enviado al paredón a cientos de personas. Todo tiene un límite en la vida y, como aprendemos desde la infancia, hay seres con quienes sencillamente no se discute. Hacerlo es colocarlos a nuestra altura, concederles un favor. Por ello me remitiré sólo a lo sustancial.

 

El estilo empleado por Flores Ibarra retrata de cuerpo entero al régimen castrista: ante la ausencia de argumentos, recurre a la difamación y la ruindad moral para intentar descalificar a quienes piensan diferente. Los opositores son “enemigos en una guerra”, el exilio cubano es “la escoria”, los activistas por los derechos humanos en la isla son “lacayos del imperialismo”, y quienes -como yo- exigen democracia son unos “miserables”.

 

Ningún crítico al régimen de Castro es una figura respetable. Tras 42 años de dictadura, el castrismo no es capaz de mencionar a ni un sólo opositor que considere honorable y merezca el derecho de organizar un partido opositor en la isla.

 

El fiscal, que no desmiente haber ejecutado al menos a un centenar de personas, sale dos años después de la publicación de mi novela “Nuestros años verde olivo” a la palestra pública alegando que él es el personaje Ulises Cienfuegos, y que eso lo perjudica. En verdad eleva su voz en mi contra pues le irrita mi acción pública en favor de la democracia para Cuba y el hecho de que mi novela circule clandestinamente en Cuba. Pero, en rigor, no es cierto que Flores Ibarra sea el personaje de la novela. No lo es, porque no me interesaba describir a una persona real -con la cual, además, dejé hace 25 años de tener un vínculo familiar-, sino crear estéticamente un protagonista revolucionario, un ente de ficción, como fenómeno social.

 

El fiscal no es Cienfuegos. Este luchó en el Ejército Rebelde, mientras que Flores Ibarra se sumó después del triunfo revolucionario al castrismo; Cienfuegos es embajador en la Unión Soviética; Flores Ibarra jamás lo fue; Cienfuegos está casado con una intelectual cubana, Cienfuegos con una empresaria chilena; Cienfuegos tiene cargo de conciencia a ratos por las muertes que ha ordenado, Flores Ibarra, como lo reiteró en la entrevista, no pierde el tiempo en contar el número de sus víctimas; Cienfuegos muere durante un viaje a Madrid en los años noventa y, por lo que veo, Flores Ibarra está vivito y coleando, pero no en el socialismo cubano, que tanto elogia y admira, y que no deja salir a millones de sus compatriotas, sino en el modelo capitalista y neoliberal de Chile. En lo que sí coinciden Cienfuegos y Flores Ibarra es en que ambos han ejecutado a personas y llevan un mote indeleble en la historia cubana: “Charco de sangre”.

 

Es sorprendente que Flores Ibarra, que afirma “no haber perdido un minuto de siesta” pensando en sus víctimas y el dolor de sus familiares, quiera hacernos creer que su prestigio -¡si alguien así puede tenerlo!- se ve afectado por una novela, que no lo menciona, y un personaje de ficción que no es él. No son “Nuestros años verde olivo” y Ulises Cienfuegos quienes constituyen el problema de Flores Ibarra -ojalá el suyo fuese un problema literario-, sino sus centenares de muertos y condenados a cadena perpetua, la mayoría de los cuales tuvieron procesos que no duraron 48 horas. Y Flores Ibarra, de quien hablo públicamente por primera vez y sólo porque él está embarcado en una vasta campaña de descrédito en mi contra, no es un tema para mí, sino más bien para la futura justicia en una Cuba democrática.

 

Yo viví, estudié y trabajé en Cuba, y esa experiencia, reflejada en “Nuestros años verde olivo”, me hizo renunciar a mi militancia comunista. No soy yo el que ofende a Cuba con la descripción de su régimen, sino éste con sus 42 años de existencia. Precisamente porque conocí la isla y a su magnífica gente es que me siento comprometido con la lucha de los cubanos del exilio y la isla por la democracia. La acusación de “malagradecido” es un manido recurso castrista, que Flores Ibarra utiliza para intentar desprestigiarme.

 

Encierra un concepto canino del ser humano: te doy comida, trabajo y adiestramiento, pero te quedas en mi patio y me eres fiel de por vida, o de lo contrario te declaro traidor a la patria. Eso es tan absurdo como acusar de traidores a la patria a Gladys Marín, Volodia Teitelboim o Camilo Escalona por aspirar a transformar el orden imperante en Chile después de haber estudiado, comido, trabajado y consultado a un médico en una posta de Santiago. La entrevista del fiscal es una lección para quienes aún sientan simpatías por el régimen de La Habana, pues revela la mentalidad totalitaria que guía a sus líderes y el desprecio absoluto que sienten por la vida de quienes piensan diferente. Muestra, además, que pese a vivir desde hace años en Chile, Flores Ibarra no ha aprendido nada de la percepción extremadamente crítica que tiene aquí la opinión pública de los violadores de derechos humanos. Por suerte cuento con pasaporte chileno y no vivo en Cuba, de lo contrario, gracias a “Nuestros años verde olivo” y Cayetano Brule, hubiese incrementado el número de ejecutados que no le quitan el sueño al fiscal.

 

Esa entrevista debe enseñarse como texto cumbre del pensamiento totalitario contemporáneo. A quienes pretenden el cambio en la isla -que son millones, de lo contrario habría elecciones libres- el fiscal no les ofrece la posibilidad de organizarse políticamente para competir por las preferencias de los cubanos, sino que les amenaza con balas, corvos y muertos. El régimen está supuestamente en guerra desde hace 42 años y los disidentes son el enemigo. Por favor: la trayectoria de Flores Ibarra es de una perversidad asombrosa: la inició con la ejecución de cientos de personas para imponer el socialismo estatista, la continuó en la diplomacia defendiendo al régimen con el que se identifica, y desemboca finalmente en el barrio alto de Santiago de Chile, en el capitalismo que combate. Aquí goza hoy de las oportunidades que le ofrece la economía chilena, de la libertad de entrar y salir de Cuba -como no puede hacerlo el resto de los cubanos- y se permite el lujo de difamar a un novelista y periodista chileno, que exige algo elemental: elecciones libres para los cubanos.

 

Tal vez coincidimos al menos en dos cosas con Flores Ibarra: La primera, en que ambos financiamos parte de nuestra existencia con recursos que surgen de la economía chilena. Y la segunda, en que ambos sabemos que es preferible vivir en el capitalismo a hacerlo en el socialismo que se construyó con la ayuda de las ejecuciones de quien tiene un apodo escalofriante e imborrable en la memoria de todos los cubanos.

El ex fiscal cubano Fernando Flores Ibarra, quien ordenó el fusilamiento de un centenar de cubanos en los primeros años de la revolución de Fidel Castro, falleció en Santiago de Chile a los 82 años.

 

Flores Ibarra murió de un paro cardíaco en su residencia de Barrio Alto el pasado 24 de mayo, confirmaron a Café Fuerte fuentes cercanas a su familia. Desde hacía 15 años residía en la capital chilena, donde estaba casado con su segunda esposa, una médico chilena.

 

Conocido por el apodo de “Charco de Sangre”, fue fiscal en los tribunales revolucionarios y teniente fiscal del Tribunal Supremo de Justicia, entre 1959 y 1963. Posteriormente fue designado como embajador en Polonia, Yugoslavia, Ecuador, Francia y Suecia.

 

Pero el momento en que se ganó el apodo peyorativo fue a raíz de la severidad con que juzgó a decenas de acusados en juicios sumarios a partir de 1961, tras la fracasada invasión de Bahía de Cochinos.

 

Un hombre temido

 

Fue la época en que se convirtió en un personaje temido, que acostumbraba a insultar incluso a familiares de los enjuiciados y los amenazaba con enviarlos al banquillo de los acusados, de acuerdo con un reporte de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 1963.

 

El 3 de mayo de 2001 el diario chileno La Tercera publicó una inusual entrevista con Flores Ibarra en respuesta al libro de memorias Nuestros años verde olivo, del escritor chileno Roberto Ampuero, quien fue su yerno. Ampuero lo retrató como el embajador Ulises Cienfuegos, que llega a apuntarle a la cabeza para que se aleje de su hija.

 

En la entrevista, Flores Ibarra insultó a Ampuero por reflejarlo en su libro, pero no se inmutó ante el apodo Charco de Sangre y admitió que era posible que hubiera condenado a morir a un centenar de personas.

Fusilamiento en la Sierra Maestra
Fusilamiento en la Sierra Maestra

Fusilados del 59: “Los féretros no se pueden abrir”

Tania Díaz Castro

9 de enero de 2014

 

El 2 de octubre de 2002 conocí de manera casual a Caridad Martínez, una pinareña difícil de olvidar y que nunca más he vuelto a ver. Ese día me contó cómo perdió a su padre, Jacinto Martínez Conill y al hermano menor de éste, Manuel Martínez Conill, fusilados el 10 de marzo de 1959. Sentadas en el Parque de los Mártires, en las calles habaneras de Infanta y San Lázaro, supe de aquella historia que escribí ese mismo día para CubaNet. Ahora recuerdo a Caridad al leer en el periódico oficial Tribuna de La Habana que: “El 21 de enero de 1959, Fidel Castro reunió a un millón de cubanos frente al entonces Palacio Presidencial, para rechazar la calumniosa campaña de las agencias extranjeras de noticias, acerca del supuesto baño de sangre que se había desatado en el país, un hecho que se llamó ‘Operación Verdad’”. Según Fidel Castro, el 12% de la población que acudió aquel día al Palacio Presidencial, respaldó el derecho soberano que tuvo siempre para deshacerse de sus más fuertes oponentes.

 

-Mi familia le fue fiel a Batista –me contó Caridad aquel día- porque mi padre era un militar de carrera. Trabajaba en la Unidad de Puerto Esperanza, al norte de Pinar del Río. Mi tío, muy joven aún, había ingresado en la Policía.

 

-Supe que los militares de Puerto Esperanza no se habían rendido fácilmente cuando los soldados del Movimiento 26 de Julio los obligaban a entregarse y que fueron detenidos en sus propias casas muchos días después y fusilados a través de breves y rápidos juicios, de los que nada se supo.

 

-Mi madre se quedó sola con sus cinco hijos, menores que yo. En mi casa nunca más pude ver una sonrisa suya, ni se escuchó más la radio. Todavía la recuerdo cuando, sin poder controlar el llanto, preguntó a los soldados rebeldes que llegaron a la casa por qué los habían fusilado. Ellos nada respondieron. Pusieron en el piso las dos cajas de muertos cerradas, dieron la orden de no abrirlas y se quedaron de pie en el portal de la casa, para impedir que los vecinos entraran a un velorio que duró un par de horas.

 

-Aterrada, me escondí entre los matorrales del fondo del patio. Tenía miedo de que también me fusilaran, a mí, la niña preferida de mi padre, a mi madre, a mi tía, a todos. Hoy, cuando recuerdo aquellos momentos, me tiemblan las piernas. Han transcurrido 41 años y no ha desaparecido el miedo. -Nunca pude saber por qué habían fusilado a mi padre, a mi tío, los seres más queridos de la familia. Nunca nos explicaron nada, nunca nos dieron una razón.

 

Le comenté entonces a Caridad que, en enero de aquel mismo año, las agencias extranjeras de prensa acreditadas en La Habana  informaban al mundo de los fusilamientos que ocurrían en Cuba y que Fidel se había enojado tanto que los llamó mentirosos, y a varios, más tarde, los expulsó del país. El odio, la sangre y la venganza se habían adueñado de la Revolución Cubana. Seguramente, a consecuencia de tanta barbarie, ni siquiera a través del tiempo se ha podido lograr un equilibrio espiritual en la sociedad cubana, un orden de cosas, la más sana racionalidad humana. Pese al llamado “hombre nuevo”, las conductas marginales en la población, la pérdida del decoro, de la honestidad, de la decencia, de la vergüenza, fueron en aumento.

 

A consecuencia de ese pasado bárbaro, todavía no se quiere reconocer al que piensa distinto, porque aunque viejo y fracasado, el presidente de las cuatro estrellas lo acaba de decir: el gobierno es el mismo. El mismo con una sola voz para cacarear las mismas consignas, la misma demagogia, las mismas estrategias maquiavélicas, el mismo odio a la libertad.

 

Las agencias extranjeras de prensa acreditadas en Cuba no decían mentira en enero de 1959: A través de cientos de fusilamientos, un gran baño de sangre cubría a la nación.

Seleccione idioma

José Martí: El que se conforma con una situación de villanía, es su cómplice”.

Mi Bandera 

Al volver de distante ribera,

con el alma enlutada y sombría,

afanoso busqué mi bandera

¡y otra he visto además de la mía!

 

¿Dónde está mi bandera cubana,

la bandera más bella que existe?

¡Desde el buque la vi esta mañana,

y no he visto una cosa más triste..!

 

Con la fe de las almas ausentes,

hoy sostengo con honda energía,

que no deben flotar dos banderas

donde basta con una: ¡La mía!

 

En los campos que hoy son un osario

vio a los bravos batiéndose juntos,

y ella ha sido el honroso sudario

de los pobres guerreros difuntos.

 

Orgullosa lució en la pelea,

sin pueril y romántico alarde;

¡al cubano que en ella no crea

se le debe azotar por cobarde!

 

En el fondo de obscuras prisiones

no escuchó ni la queja más leve,

y sus huellas en otras regiones

son letreros de luz en la nieve...

 

¿No la veis? Mi bandera es aquella

que no ha sido jamás mercenaria,

y en la cual resplandece una estrella,

con más luz cuando más solitaria.

 

Del destierro en el alma la traje

entre tantos recuerdos dispersos,

y he sabido rendirle homenaje

al hacerla flotar en mis versos.

 

Aunque lánguida y triste tremola,

mi ambición es que el sol, con su lumbre,

la ilumine a ella sola, ¡a ella sola!

en el llano, en el mar y en la cumbre.

 

Si desecha en menudos pedazos

llega a ser mi bandera algún día...

¡nuestros muertos alzando los brazos

la sabrán defender todavía!...

 

Bonifacio Byrne (1861-1936)

Poeta cubano, nacido y fallecido en la ciudad de Matanzas, provincia de igual nombre, autor de Mi Bandera

José Martí Pérez:

Con todos, y para el bien de todos

José Martí en Tampa
José Martí en Tampa

Es criminal quien sonríe al crimen; quien lo ve y no lo ataca; quien se sienta a la mesa de los que se codean con él o le sacan el sombrero interesado; quienes reciben de él el permiso de vivir.

Escudo de Cuba

Cuando salí de Cuba

Luis Aguilé


Nunca podré morirme,
mi corazón no lo tengo aquí.
Alguien me está esperando,
me está aguardando que vuelva aquí.

Cuando salí de Cuba,
dejé mi vida dejé mi amor.
Cuando salí de Cuba,
dejé enterrado mi corazón.

Late y sigue latiendo
porque la tierra vida le da,
pero llegará un día
en que mi mano te alcanzará.

Cuando salí de Cuba,
dejé mi vida dejé mi amor.
Cuando salí de Cuba,
dejé enterrado mi corazón.

Una triste tormenta
te está azotando sin descansar
pero el sol de tus hijos
pronto la calma te hará alcanzar.

Cuando salí de Cuba,
dejé mi vida dejé mi amor.
Cuando salí de Cuba,
dejé enterrado mi corazón.

La sociedad cerrada que impuso el castrismo se resquebraja ante continuas innovaciones de las comunicaciones digitales, que permiten a activistas cubanos socializar la información a escala local e internacional.


 

Por si acaso no regreso

Celia Cruz


Por si acaso no regreso,

yo me llevo tu bandera;

lamentando que mis ojos,

liberada no te vieran.

 

Porque tuve que marcharme,

todos pueden comprender;

Yo pensé que en cualquer momento

a tu suelo iba a volver.

 

Pero el tiempo va pasando,

y tu sol sigue llorando.

Las cadenas siguen atando,

pero yo sigo esperando,

y al cielo rezando.

 

Y siempre me sentí dichosa,

de haber nacido entre tus brazos.

Y anunque ya no esté,

de mi corazón te dejo un pedazo-

por si acaso,

por si acaso no regreso.

 

Pronto llegará el momento

que se borre el sufrimiento;

guardaremos los rencores - Dios mío,

y compartiremos todos,

un mismo sentimiento.

 

Aunque el tiempo haya pasado,

con orgullo y dignidad,

tu nombre lo he llevado;

a todo mundo entero,

le he contado tu verdad.

 

Pero, tierra ya no sufras,

corazón no te quebrantes;

no hay mal que dure cien años,

ni mi cuerpo que aguante.

 

Y nunca quize abandonarte,

te llevaba en cada paso;

y quedará mi amor,

para siempre como flor de un regazo -

por si acaso,

por si acaso no regreso.

 

Si acaso no regreso,

me matará el dolor;

Y si no vuelvo a mi tierra,

me muero de dolor.

 

Si acaso no regreso

me matará el dolor;

A esa tierra yo la adoro,

con todo el corazón.

 

Si acaso no regreso,

me matará el dolor;

Tierra mía, tierra linda,

te quiero con amor.

 

Si acaso no regreso

me matará el dolor;

Tanto tiempo sin verla,

me duele el corazón.

 

Si acaso no regreso,

cuando me muera,

que en mi tumba pongan mi bandera.

 

Si acaso no regreso,

y que me entierren con la música,

de mi tierra querida.

 

Si acaso no regreso,

si no regreso recuerden,

que la quise con mi vida.

 

Si acaso no regreso,

ay, me muero de dolor;

me estoy muriendo ya.

 

Me matará el dolor;

me matará el dolor.

Me matará el dolor.

 

Ay, ya me está matando ese dolor,

me matará el dolor.

Siempre te quise y te querré;

me matará el dolor.

Me matará el dolor, me matará el dolor.

me matará el dolor.

 

Si no regreso a esa tierra,

me duele el corazón

De las entrañas desgarradas levantemos un amor inextinguible por la patria sin la que ningún hombre vive feliz, ni el bueno, ni el malo. Allí está, de allí nos llama, se la oye gemir, nos la violan y nos la befan y nos la gangrenan a nuestro ojos, nos corrompen y nos despedazan a la madre de nuestro corazón! ¡Pues alcémonos de una vez, de una arremetida última de los corazones, alcémonos de manera que no corra peligro la libertad en el triunfo, por el desorden o por la torpeza o por la impaciencia en prepararla; alcémonos, para la república verdadera, los que por nuestra pasión por el derecho y por nuestro hábito del trabajo sabremos mantenerla; alcémonos para darle tumba a los héroes cuyo espíritu vaga por el mundo avergonzado y solitario; alcémonos para que algún día tengan tumba nuestros hijos! Y pongamos alrededor de la estrella, en la bandera nueva, esta fórmula del amor triunfante: “Con todos, y para el bien de todos”.

Como expresó Oswaldo Payá Sardiñas en el Parlamento Europeo el 17 de diciembre de 2002, con motivo de otorgársele el Premio Sájarov a la Libertad de Conciencia 2002, los cubanos “no podemos, no sabemos y no queremos vivir sin libertad”.