LA MAYOR ESTAFA DEL SIGLO XX CUMPLE 55 AÑOS

 

El tirano Fidel Castro, de 87 años, en enero de 2014

José Martí:

El amor, madre, a la patria no es el amor ridículo a la tierra, ni a la yerba que pisan nuestras plantas: es el odio invencible a quien la oprime, es el rencor eterno a quien la ataca”.

 

José Martí:

 ¿Del tirano? Del tirano

di todo, ¡di más!; y clava

con furia de mano esclava

sobre su oprobio al tirano”.

 

 

La mayor estafa del siglo XX americano

cumple 55 años

Manuel Castro Rodríguez

1 de enero de 2014

 

Según el académico cubano Juan Antonio Blanco: “El mayor estafador de estos tiempos no es el financiero Bernard Madoff. Ha sido Fidel Castro por más de cincuenta años”. Con todo el respeto que me merece mi antiguo profesor de Filosofía, considero que se quedó muy corto en el período de tiempo. Véase el porqué me expreso así.

 

Hoy se cumplen 55 años de la huída del dictador Batista. El 18 de enero de 1959, dos semanas después del triunfo de la Revolución cubana, salió publicada la segunda parte de la Edición de la Libertad de la revista Bohemia, en la que Raúl Castro declaró:  

 

Puedes asegurar que si nosotros logramos hacer cumplir fielmente la Constitución de 1940, habremos realizado una verdadera revolución”.

 

Sin embargo, veinte días después, el 7 de febrero de 1959, Fidel Castro sepultó la Constitución de 1940 -que había prometido restablecer, como se puede comprobar si se lee al final de este subdominio el Manifiesto de la Sierra Maestra- y le quitó al Congreso sus funciones legislativas.

 

A los pocos meses de llegar al poder, Castro comenzó a exportar la subversión armada y a reprimir a sus antiguos compañeros de lucha. Como reconoce Juanita Castro, hermana de Fidel y Raúl: “La gran tragedia de Cuba empezó con Batista y siguió con Fidel”.

 

Castro pasó rápidamente de humanista a totalitarista. Cuba es el único país occidental donde es ilegal ser opositor: marxistas, liberales, socialistas, trotskistas, democristianos y anarquistas han sufrido difamación, ostracismo, destierro, cárcel, tortura y asesinato. El filósofo izquierdista argentino Oscar del Barco señala: “Los llamados revolucionarios se convirtieron en asesinos seriales, desde Lenin, Trotzky, Stalin y Mao, hasta Fidel Castro y Ernesto Guevara”.

 

Tanto Fidel Castro como Ernesto ‘Che’ Guevara reconocieron que la Cuba de 1958 era un país que mostraba un buen nivel de desarrollo socioeconómico. Fidel Castro declaró el 23 de enero de 1959:

 

Se decía que si no había una crisis económica, si no había hambre, no era posible una revolución y, sin embargo, se hizo la Revolución”.

 

El 16 de febrero de 1959, un mes y medio después del triunfo de la Revolución cubana, Fidel Castro declaró:

 

“(…) con la ventaja de contar con un país rico, donde se puede sembrar todo el tiempo en el año, un pueblo inteligente y un pueblo entusiasta, un pueblo ansioso de alcanzar un destino mejorlograremos un estándar de vida mayor que ningún otro país en el mundo”.

 

Dos meses y medio después de asumir el poder, el 16 de marzo de 1959, Fidel Castro declaró:

 

Que hay clase media, ¿por qué si aquí todo el mundo debiera ser clase media? (APLAUSOS.) ¿Por qué si en nuestra patria no debiera existir un solo pobre? ¿Por qué si esta es una de las islas más ricas y fértiles del mundo? ¿Por qué si aquí pueden vivir 30 millones de habitantes? ¿Por qué si Holanda, si Dinamarca, si esos países con más habitantes, con menos tierras, con menos fertilidad, son incomparablemente más ricos que nosotros?

 

En octubre de 1964, International Affaires publicó The Cuban economy; its past and its present importance, escrito por Ernesto ‘Che’ Guevara. En español se publicó en Nuestra Industria, revista económica, en diciembre de 1964, con el título Cuba, su economía, su comercio exterior, su significado en el mundo actual, donde Ernesto ‘Che’ Guevara expresó:

 

En 1958 la población cubana ascendía a 6,5 millones de personas con un ingreso per cápita de unos $350 (calculado el ingreso nacional según la metodología capitalista); la fuerza de trabajo ascendía a una tercera parte del total de habitantes y una cuarta parte de la misma se encontraba prácticamente desempleada.


Simultáneamente con un gran derroche de tierras fértiles y la subutilización de la fuerza de trabajo rural, las importaciones de alimentos y fibras textiles de origen agrícola, ascendían como promedio al 28% del total de importaciones. 
Cuba poseía un coeficiente de 0,75 cabezas de ganado bovino por habitante, índice que la situaba únicamente por debajo de los grandes países ganaderos”.

 

El académico marxista cubano Julio César Guanche reconoce que: “En rigor, la década del 40 fue lo más parecido existente en la República burguesa cubana a un Estado de Bienestar.

 

El académico marxista argentino Guillermo Almeyra  admite que en la década del cincuenta Cubaera el segundo en desarrollo después de la Argentina”.

 

Como han reconocido varios economistas e historiadores marxistas (Juan F. Noyola, Raúl Cepero Bonilla, Oscar Pino Santos, Manuel Moreno Fraginals y Óscar Zanetti Lecuona), Cuba era un país con índices crecientes de progreso económico y social.

 

En 1953, Eugene Staley hizo una investigación (The Future of Underveloped Countries, Harper, New York, 1954), para el Comité de Relaciones Exteriores del Senado norteamericano. Staley clasificó a Cuba entre los países de desarrollo intermedio: Argentina, Austria, Cuba, Checoslovaquia, Chile, España, Finlandia, Hungría, Irlanda, Israel, Italia, Japón, Polonia, Portugal, Puerto Rico, Unión Sudafricana, URSS, Uruguay y Venezuela.

 

Según The Future of Underveloped Countries, los países altamente desarrollados en 1953 eran Australia, Bélgica, Canadá, Dinamarca, Estados Unidos, Francia, Holanda, Noruega, Nueva Zelanda, Reino Unido, Suecia y Suiza.

 

Por ende, Cuba se encontraba en 1953 entre los 31 países más desarrollados del mundo, si se considera que Puerto Rico es un Estado asociado a Estados Unidos.

 

Los residentes en Cuba pueden verificar esta información en el libro Curso de Economía Moderna, edición de 1959, escrito por Paul A. Samuelson, premio Nobel de Economía 1970, que pueden consultar en la biblioteca de la Facultad de Economía de la Universidad de la Habana y en la Biblioteca Nacional –si es que todavía no ha pasado a la interminable lista de libros censurados por el régimen militar cubano.

 

En 1950, atendiendo a una solicitud del Gobierno de Carlos Prío, el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (Banco Mundial) envió una misión técnica presidida por Adam Francis Truslow y compuesta por 17 destacados economistas. Durante varios meses realizaron un estudio de la economía cubana, conocido posteriormente como Informe de la Misión Truslow, que expresa sobre la situación cubana:

 

la impresión general de los miembros de la misión, de observaciones a través de toda Cuba, es que los niveles de vida de los campesinos, trabajadores agrícolas, trabajadores industriales, oficinistas y otros es mucho más alto que los de sus grupos similares en otros países tropicales y que la mayor parte de los países de América Latina”.

 

La Misión Truslow recomendó diversificar la economía cubana; señaló que con excepción del combustible, Cuba poseía los recursos necesarios para ello. En 1949, la industria representó el 15% del ingreso nacional. En 1958, aumentó al 25%, gracias a que se invirtieron 462,4 millones de dólares en la industria no azucarera, desglosado de la forma siguiente: extractiva (120,2 millones de dólares), electricidad (90,0), refinación de petróleo (68,0), papel y elaboración de madera (46,0), metalúrgica (21,3), química (17,2), materiales de construcción (9,8), tabaco y licores (4,5), alimentaria (3,6), textil (1,8) y otras (80,0).

 

El académico marxista norteamericano James Petras reconoce:

 

Mientras que la mayoría de los países asiáticos y latinoamericanos iban a la zaga de Cuba en los años sesenta, hoy han superado a Cuba en la diversificación de sus economías, el desarrollo de sectores competitivos de fabricación para la exportación y la disminución de su dependencia de un grupo limitado de productos de exportación”.

 

Según los principales anuarios internacionales de la época, en la década del cincuenta Cuba marchaba a la vanguardia mundial:

 

Entre los tres países de Iberoamérica –incluye a América Latina, España y Portugal- con mayor consumo per cápita de calorías y proteínas.

 

Entre los tres países iberoamericanos con más bajos índices de mortalidad infantil y analfabetismo.

 

En cuanto a médicos, Cuba ocupaba el primer lugar per cápita en Iberoamérica. Esos galenos trabajaban en Cuba, no en otros países a donde los hermanos Castro han enviado a decenas de miles de ellos con contrato propio de esclavo, inaceptable para los médicos de los otros países subdesarrollados.

 

Entre los cuatro países más urbanizados del orbe.

 

El país con mayor índice de vivienda electrificada y baño propio en Iberoamérica.

 

Antes de que los hermanos Castro se entronizaran en el poder, a Cuba se le conocía como la Perla del Caribe, aunque existían grandes diferencias entre las zonas rurales y urbanas. Como bien señala el historiador izquierdista cubano Dimas Castellanos: Con sus desajustes e injusticias, la Cuba de 1958 estaba en mejores condiciones que la actual para emprender un proyecto de cambios.

 

En 1951 la deuda externa de Cuba era de 68 millones de dólares. Siete años después, en 1958, disminuyó a 48 millones. A pesar de la ayuda soviética -65 mil millones de dólares-, con los hermanos Castro en el poder la deuda externa ha alcanzado niveles que han situado a Cuba como el mayor deudor per cápita en el mundo, con cifras nunca antes vistas.

 

Además de por sus múltiples crímenes, el fracaso socioeconómico del castrismo se pone de manifiesto con las enormes carencias que sufre el pueblo cubano desde hace más de medio siglo en cuanto a alimentación, vivienda, agua potable, transporte y los derechos consagrados por la Declaración Universal de Derechos Humanos.

 

En consumo de carne de res, Cuba ocupaba en 1958 el cuarto lugar en Latinoamérica. Con los Castro en el poder, este alimento prácticamente desapareció de la mesa del cubano de a pie. Hace siete años, en 2007, se autorizó la venta a la población de 227 gramos cada tres meses, o sea, 908 gramos al año, menos de un kilogramo anual. Sólo los hindúes consumen menos carne de res debido a su religión, aunque la India es uno de los principales exportadores mundiales de carne de vacuno.

 

La venta libre de carne de res es monopolio del Gobierno de Cuba, quien la vende a 9,50 pesos convertibles el kilogramo, o sea, la mitad del salario promedio mensual.

 

Más de dos millones de cubanos hemos emigrado a casi todos los confines del planeta, casi el 20% de la población de un país que se caracterizaba por ser receptor de emigrantes. Los cubanos continuamos votando con los pies: la emigración del año 2012 fue la más elevada (46.662) desde 1994 (47.884), y la segunda después de 1980, cuando 125 mil cubanos se marcharon por el Mariel.

 

Cuba pasó a depender del extranjero como nunca antes en su historia. A pesar de la cuantiosa ayuda soviética, se generalizó la miseria que se ha convertido en indigencia, como reconoce el cineasta marxista cubano Eduardo del Llano:

 

La gente no da limosnas sólo porque su corazón se haya endurecido, sino porque lo que lo separa del indigente es apenas que uno de los dos está tumbado y el otro de pie. Eso en una Habana que parece un suburbio de sí misma, donde cada vez hay más barrios y manzanas con el espíritu y la traza de pueblos de campo. De hecho, es como si todo el país, harapiento y resudado, viviera en un portal, tapándose con un Granma y con una botella de ron casero al alcance de la mano”.

 

Al cumplir siete años, los niños cubanos pierden el derecho a recibir leche a un precio asequible; después de esa edad, para poderla tomar dependen de los emigrados: sólo en el año 2012, los cubanos radicados en EEUU enviaron 5.105 millones de dólares entre efectivo y bienes. El lema de la Cuba republicana “sin azúcar no hay país” ha sido sustituido de hecho en la Cuba castrista por el de “sin exilio no hay país”.

 

Además, el Gobierno de Cuba depende de EEUU, que es su principal suministrador de alimentos y medicamentos.

 

Aunque los hermanos Castro pretenden hacer creer que los problemas de su régimen comenzaron cuando la Unión Soviética se desintegró en 1991 y, por ende, desaparecieron sus cuantiosas subvenciones a la economía cubana -sesenta y cinco mil millones de dólares-, no puede olvidarse que  la escasez siempre ha sido consustancial al castrismo, como puede comprobarse en varias ediciones del oficialista Noticiero ICAIC Latinoamericano hechos en la década del ochenta, que pueden verse al final de este subdominio.

 

La Habana era “una de las ciudades más ricas y más bellas de América”, reconoció Ernesto ‘Che’ Guevara. Ahora el arquitecto Mario Coyula, director de Arquitectura y Urbanismo de la capital cubana, admite que:

 

La Habana podría terminar, en una visión dantesca, como un gran anillo de basura consolidada o como un cráter vacío, que en el centro alguna vez tuvo una ciudad… El tema de los vientos y de las lluvias fuertes afecta sobre todo hoy las casas precarias, hechas con materiales de pésima calidad, como lata, cartón, de las que hoy existen muchas en todo el país”.

 

En cuanto a almacenes, La Habana era el París de América Latina en la década del cincuenta. Véase al final de este subdominio la historia de las tiendas El Encanto, contada por antiguos empleados y apoyada por imágenes de la época, que muestran la categoría tan alta de dichas tiendas existentes en varias ciudades de la Cuba republicana. Aunque mi familia era pobre, nunca se nos impidió la entrada en tienda u hotel alguno, como sí hizo Fidel Castro con la mayoría del pueblo cubano durante varias décadas.

 

A pesar de tantos hechos inobjetables -por ser verificables-, muchos extranjeros continúan repitiendo que el castrismo logró avances muy importantes en salud -el mito de la excelente salud pública- y educación -el mito del excelente sistema de educación castrista-, sin analizar tan siquiera las pésimas condiciones en que se encuentran los servicios de salud y educación a los que tiene acceso el cubano de a pie.

 

Creer ciegamente en algo y mantener una idea frente a otros razonamientos de mayor peso que la nieguen, es terreno de la fe –algo que respeto plenamente. Eso es lo que les ocurre a muchos extranjeros: consideran que la realidad cubana es binaria y que por lo tanto, sólo se puede estar con el castrismo o con el ‘imperialismo yanqui’.


Afortunadamente, mi formación se consolidó cuando conocí el ‘método científico’, que considero es uno de los mayores logros de la humanidad. El ‘método científico’ se resume en:

 

1) El escepticismo (cualquier enunciado está abierto a la duda y al análisis).

 

2) El determinismo (los eventos ocurren de acuerdo a leyes y causas regulares, y no como resultado del capricho de demonios o deidades).

 

3) El empirismo (la investigación debe ser conducida a través de la observación y verificada con la experiencia).


Según la Real Academia Española, una de las acepciones de ‘escepticismo’ es: “Desconfianza o duda de la verdad o eficacia de algo”. Esto me hace recordar otra frase que mi padre utilizaba: “Ver para creer”.

 

Debido a la eficaz propaganda del régimen de La Habana, sé que a muchos extranjeros no les es fácil romper los vínculos que los atan a las mentiras del castrismo, sobre todo a aquellos que ni tan siquiera han visitado Cuba, o si lo han hecho ha sido disfrutando los planes de turismo político. Existen muchos extranjeros que desconocen cómo funciona realmente el régimen que existe en Cuba, y consideran que es la única alternativa que tienen los pueblos latinoamericanos. Por ello los invito a que vean los vídeos sobre la destrucción física y antropológica de Cuba.

 

A todos les pregunto: El fraude realizado por Fidel Castro Ruz, ¿no es la mayor estafa cometida en este continente durante todo el siglo XX?

 

Como nos dice José de la Luz y Caballero: “Que otros amen la ira y la tiranía: el cubano es capaz del amor, que hace perdurable la libertad”.

 

A todos los cubanos que continúan sufriendo las consecuencias de la mayor estafa del siglo XX americano les deseo muchas felicidades en el año que hoy comienza, tan radicalmente contrapuesto al 1 de enero de 1959.

 


 

Los muertos no hablan de revolución

Manuel Cuesta Morúa

22 de enero de 2014

 

55 años después: La complicidad y el engaño nos han llevado a un callejón sin salida

 

La Revolución Cubana ha establecido con su sociedad una relación cínica, hecha a base del supuesto de que-lo-que-es-no-es, pero debe-seguir-siendo-como-si-fuera.

 

55 años después: ¿puede hablarse –más allá del recuerdo– de Revolución Cubana? Desde el punto de vista de la convicción, no cabe duda de que existe. Es el tipo de convicción que funda la existencia de las religiones. Pero desde el punto de vista de sus propuestas iniciales, la Revolución Cubana hace tiempo ya que se disolvió en la independencia y soberanía externas de Cuba.

 

Quienes defienden al gobierno de Cuba con el expediente de la Revolución, nunca contestan satisfactoriamente estas dos preguntas: ¿es Cuba el único país donde existen la salud y la educación gratuitas?; ¿es legítimo que las actuales generaciones de cubanos se planteen la necesidad de otra Revolución? Una revolución que bloquee la posibilidad de revoluciones futuras no está hecha por revolucionarios.

 

Pero los revolucionarios no se rinden, ni siquiera ante la clara evidencia de que la Revolución Cubana ya no existe. Y no existe porque, más allá de la convicción y de sus propuestas, ella fue, por naturaleza, una revolución conservadora. El gobierno cubano cerró las posibilidades de una modernización social, política y cultural coherente, en consonancia con la dinámica mundial: el feminismo, los negros y el movimiento homosexual y de lesbianas. Lo que constituyó una señal temprana de la naturaleza conservadora del proyecto del 59.

 

Por otra parte, el cierre de Cuba como respuesta a la libertad que en los años 60 comenzaba a acercar a los ciudadanos de todo el mundo: la libertad de movimiento, fue el sello de ese conservadurismo que desconectó a los cubanos de su dinámica fundacional como país.

 

Por su naturaleza, la Revolución Cubana es la expresión última, en el siglo XX y lo que va del XXI, del proyecto criollo de modernización, con sus dos modelos más claros: el modelo ampliado de plantación-economía exportadora-poder, y el modelo restringido de hacienda-bodega-dominación, anclado en la conquista española de América.

 

Ese proyecto de modernización inició su larga marcha por la invención hegemónica de Cuba en el siglo XIX. Y ese criollismo conservador se actualizó a través de una dictadura de benefactoría social que creó, con la Revolución Cubana, el segundo Estado jesuita del hemisferio occidental, después del Estado del mismo tipo fundado por el Dr. Francia en el Paraguay del siglo XIX.

 

Sus más importantes logros tienen que ver con su capacidad para que la juzgaran a partir de lo que ella dice de sí misma, con su programa para detener la pobreza en los límites de la miseria que exhiben muchos países del Tercer Mundo y con su visibilidad confrontacional con la primera potencia del mundo: los Estados Unidos. Nunca fue un proyecto de futuro.

 

Expectativas decrecientes

 

Estos éxitos de imagen y de cohesión mínima alimentaron cierto romanticismo de izquierdas y de derechas, muchas veces en el límite de la obscenidad política, del oscurecimiento de la historia antes de 1959 y del racismo cultural, y una visión de frontera posimperialista por su oposición constante a las políticas de los Estados Unidos.

 

Ellos enmascararon la estructura conservadora de la sociedad que la “Revolución” animó, y el imperialismo revolucionario hacia el Tercer Mundo: en forma de misiones militares o de misiones médicas y educativas.

 

El éxito de esta revolución conservadora, por más de medio siglo, permite entender cómo, con el paso del tiempo, la llamada Revolución Cubana se convierte en una revolución de expectativas decrecientes, que hizo de la cartilla de racionamiento una virtud, del afán de modernización una contrarrevolución y del intercambio con los Estados Unidos un problema de seguridad nacional.

 

Esto último, llevado al límite, ha significado un debilitamiento cultural del país frente al desafío que representan los Estados Unidos en términos de continuidad cultural de la sociedad cubana, ―podríamos hablar ya de la fruta madura cultural― y un agotamiento del proyecto criollo en su incapacidad para darle seguimiento y continuidad a sus políticas en una época de plena globalización. En la medida en que este proyecto criollo ha pretendido identificarse con los fundamentos de Cuba, pone en peligro también la viabilidad de la nación.

 

Un pie en la España colonial

 

Como proyecto criollo, ―con un pie puesto en la estructura de la España colonial, lo que permite entender la discriminación estructural del gobierno a los nacionales―, la Revolución Cubana es un proyecto de hegemonía y dominación que ha legitimado la “contrarrevolución”; solo que aquella hecha por los revolucionarios en el poder.

 

El contrato original de 1959, fundado en una complicidad positiva entre sociedad y nuevo poder revolucionario, se actualiza en 1961 perfilándose como socialista; lo vuelve a hacer en 1976, con una Constitución que establece la hegemonía y superioridad de los comunistas; se quiebra en 1979 con la visita de quienes habían abandonado el país; se rompe en 1980 con los sucesos de la embajada del Perú y del puerto del Mariel; vuelve a actualizarse en 1992, con la admisión de otro universo moral dentro del partido comunista y con la laicización constitucional del Estado; se rompe una vez más en 1994, con los eventos del Malecón de La Habana; y trata de reactualizarse con la liberalización de los mercados agrícolas, y de otras áreas, que más tarde son distorsionados.

 

A lo largo de todos estos momentos el gobierno ha hecho lo uno y lo contrario para sostenerse en el poder, independientemente de que unas prácticas económicas, sociales o políticas hayan estado en contradicción absoluta con las anteriores o posteriores. Y todo en nombre de la Revolución Cubana. Cada una de estas “revoluciones” y “contrarrevoluciones” hechas desde el poder, le han divorciado cada vez más de la sociedad y le permitieron, finalmente, en 2002, replantear su relación orgánica con los ciudadanos.

 

Sí, “dentro de la revolución, todo”; pero “dentro de la contrarrevolución, también”: este parece ser el epílogo del proceso político iniciado en 1959.

 

Contrarreforma política

 

Incapaz de hacer la crítica de sus fundamentos ―a diferencia de las democracias representativas, la Revolución Cubana no permitió una discusión a fondo de sus pilares, lo que explica su falta de democracia― el gobierno emprende en 2002 una reforma constitucional ―una auténtica contrarreforma política― que fue la última y definitiva ruptura del proyecto criollo con los ciudadanos cubanos ―ruptura lógica y necesaria para poder establecer en el futuro un nuevo contrato y replantear la fundación nacional sobre el proceso ya más logrado de nación cultural.

 

Y al declarar constitucionalmente la irreversibilidad del “socialismo”, el gobierno pulveriza los precedentes constitucionales de la fundación de Cuba. Desde nuestros orígenes como proyecto de nación, aquellos asimilaron, sin contradicción, esa unidad de súbdito y soberano que está en la base del ciudadano moderno. Súbdito de la ley, soberano para conformarla, los cubanos perdimos con esa contrarreforma la condición de ciudadanos ―que es pulverizada― y la relación orgánica con un Estado que solo sabe y le importa justificarse a sí mismo. A partir de aquí quedó claro que para el Estado los cubanos somos únicamente fuente de deber, no de soberanía. Así, la naturaleza republicana de Cuba se disuelve, estableciéndose un contrato cívico-político para impedir todo contrato futuro. Una aberración que debe tener pocos precedentes en la historia constitucional del mundo.

 

Complicidad y engaño

 

Si se quiere entender, entonces, por qué la relación de los cubanos con su Estado es fundamentalmente cínica, donde se supone que debe existir una relación ética, la razón puede encontrarse en esa fluidez estática que la Revolución Cubana ha establecido con su sociedad, hecha a base del supuesto de que-lo-que-es-no-es, pero debe-seguir-siendo-como-si-fuera, para lograr la supervivencia mutua en medio del apagón del futuro y la suspensión de toda perspectiva estratégica, tanto para el país como para los proyectos personales.

 

La complicidad y el engaño mutuo sociedad-Estado vienen a forjar, durante 54 años, ese modus vivendi que ha disuelto más de una esperanza y llevado al país a un callejón sin salida. La corrupción como zona de tolerancia compartida tanto por el poder como por los ciudadanos, en medio de una tensión vital, es el ejemplo claro del progresivo hundimiento nacional y de la desmoralización en picada de las bases decentes de la convivencia.

 

El poder y sus circunstancias

 

La última definición dada por Fidel Castro el Primero de Mayo de 2000  de lo que es la Revolución Cubana, confirma el diagnóstico: durante 54 años ella viene haciendo un costoso tránsito desde la justificación por sus esencias a la justificación por sus circunstancias. En tal sentido, “contrarrevolución” y “revolución” son palabras para el control psicológico, a las que los cubanos le temen por su capacidad para el ostracismo social, o que buscan como contraseña política para la admisibilidad también social. Fuera de esto, y solo para una ínfima minoría de hombres y mujeres honestos, tienen un sentido de comunión en la obra y defensa de un pasado, que no contradice la respuesta a esta pregunta: ¿qué es en definitiva la Revolución Cubana? Mi respuesta es esta: el poder y sus circunstancias, definidos ambos por la picaresca de Estado.

 

¿Y los legados? La revolución conservadora se apura por rescatarlos antes del fin de sus días: la restauración de La Habana Vieja; las cenas de 150 dólares; la guayabera; el Capitolio; las marinas de Batista, ahora extendidas a lugares que aquel ni soñó; la economía de enclave del viejo modelo bananero centroamericano; los precios de lujo en medio de la miseria y la alta visibilidad de las familias que se pretenden reales, con trajes de Armani, tabacos de excelencia, caprichos de princesa y todo el caudal obsceno de un régimen que en su recorrido por la vulgaridad perdió lo esencial: la sencillez de las clases altas, el control de la gesticulación, el hablar bajo, la caballerosidad, el trato suave a las damas y el horror frente a la violencia gratuita y exagerada: la propia y la ajena.

 

¿Qué dirán los muertos? Bueno ya nos dijeron que los muertos no hablan. Tampoco pueden silbar su desprecio.

 


Antes del ‘Período Especial’, ¿utopía o distopía?

Rolando A. Alum

1 de enero de 2014

 

La crisis comenzó mucho antes del ‘Período Especial’. Cinco estudiosos extranjeros de izquierda pudieron determinarlo desde temprano al visitar el país

 

El gobierno de Fidel y Raúl Castro acaba de cumplir 55 años. El dúo suplantó la dictadura autoritaria de Batista (1952-59) por un longevo totalitarismo de corte marxista-estalinista. Así lo han clasificado, desde el respetado latinoamericanista Irving L. Horowitz, hasta el literato considerado más leído del mundo, el brasilero Paulo Coelho.

 

Típicamente, las dictaduras —tan supuestamente disímiles como las de Lenin, Hitler y Trujillo— han pretendido reescribir la historia a su favor, usualmente en complicidad con intelectuales extranjeros que ansían “lavar” sus imágenes en el exterior.  Los Castro, ya ancianos, cuentan aún con ciertos apologistas, quienes (cómodamente desde afuera) continúan justificando la dictadura, a pesar de sus calamitosas fallas y el costo humano.

 

Esos apologistas arguyen, por ejemplo, que los problemas socioeconómicos que afligieron a la Cuba republicana (1902-58) fueron eliminados después de 1959. Arguyen que, entre 1959 y 1990, Cuba era una “utopía” que solo se ha ido resquebrajando debido a la desaparición de los subsidios del otrora Bloque Soviético, dando comienzo al llamado “Período Especial” (incluso, algunos denominan la época presente “la post-utopía”).

 

Sin embargo, las impresiones recogidas en Cuba antes del colapso del campo soviético por varios observadores, también extranjeros, aunque cándidos, desdicen los argumentos de los revisionistas pro-dictadura.  Recurro a extranjeros —si bien meramente a cinco— ya que los cubanos (y de todas las capas sociales) que opinan en oposición, son paradójicamente injuriados a menudo en los círculos mediáticos y académicos internacionales con ataques calcados del Gobierno cubano.

 

Oscar Lewis

 

El afamado antropólogo socio-cultural estadounidense ensayó someter a prueba en Cuba en 1969-70, con inicial beneplácito gubernamental, su hipótesis de que la “cultura de la pobreza” no podía existir en una sociedad socialista.

 

Inspirado por Marx, Lewis asumía que las condiciones socio-enajenantes que generan “la cultura de la pobreza” solo se desarrollan entre los pobres en sociedades capitalistas. Empero, Lewis fue expulsado súbitamente del país, y por cierto, abandonando en la cárcel a su consultor para estadísticas, Álvaro Ínsua.

 

Douglas Butterworth

 

Oscar Lewis falleció al regresar a EEUU, pero su colega de investigación, el también etnólogo Douglas Butterworth, reveló más tarde que el proyecto investigativo sí había encontrado incidencia de la cultura de la pobreza, lo que explica la expulsión.

 

Marginalidad, fatalismo, y ausencia de gratificación retardada, son algunos de los atributos clásicos de la “cultura de la pobreza” que los investigadores documentaron en Cuba.

 

En The People of Buena Ventura, Relocation of Slum Dwellers in Postrevolutionary Cuba (1980), Butterworth indicó, además, que a pesar de los vaivenes socio-económicos de la era republicana, dicha cultura de la pobreza no parecía haber estado arraigada en Cuba antes de 1959.

 

Las pesquisas del proyecto Lewis-Butterworth incluyeron técnicas de etnografía retroactiva basadas en encuestas profundizando las experiencias biográficas de los entrevistados.  Metodológicamente, la cultura de la pobreza se identifica a través de un inventario de valores socio-culturales que guían el comportamiento de la muestra de los encuestados. Pero una cosa es pobreza económica, y otra el enraizamiento de una cultura de pobreza. Butterworth dedujo que el síndrome socio-patológico que ellos encontraron era producto del “orden socialista”, lo que refutó doblemente la hipótesis original de Lewis.

 

Jorge Edwards

 

Edwards es un prestigioso escritor que sirvió como embajador de Chile en Cuba, nombrado por el presidente marxista Salvador Allende. En Persona non grata (1973), relata su desengaño con el régimen cubano, al que critica por imponer racionamiento y un Estado policíaco opresivo que, a pesar de su estatus diplomático, solo pudo tolerar por apenas cuatro meses en 1971.

 

Después de su exilio durante la dictadura de Pinochet, Edwards regresó al servicio exterior chileno, pero nunca más pisó suelo cubano.

 

Jacobo Timerman

 

Reconocido periodista y activista pro-derechos humanos argentino-israelí que había denunciado las atrocidades de las dictaduras militares en Argentina y Chile, estuvo en Cuba en 1987. Relató sus decepcionantes impresiones en Cuba hoy, y después (1990), en cuyas páginas criticó “la nueva clase gobernante” nepotista, el reino del terror, los campamentos de trabajo forzado, las colas y escaseces, etc.

 

Maurice Halperin

 

Académico estadounidense tan ultra-izquierdista que se autoexilió en Moscú en los años 50, fue invitado a Cuba por Ernesto Che Guevara y devino allí asesor gubernamental (1962-67). Sin embargo,  se marchó desencantado a Canadá. Más tarde visitó Cuba en dos ocasiones y escribió tres libros: Rise and Decline of Fidel Castro (1973), The Taming of Fidel Castro (1981) y Return to Havana (1994).

 

En las páginas de esos libros afirmó que, a pesar de los casi tres años “revolucionarios” iniciales, La Habana de 1962 era un París caribeño que contrastaba favorablemente con Moscú, pero que esto ocurría gracias a que aún se disfrutaba de “la grasa capitalista” heredada de “la Cuba de Ayer”.

 

En su última visita a Cuba en 1989, Halperin observó cómo el país ya se asemejaba más al “tétrico modelo soviético” que él conocía íntimamente, incluyendo penurias, deterioro, prostitución, y resistencia ciudadana reflejada en un vasto mercado subterráneo (particularmente de mercancías hurtadas al Estado omnipresente).

 

Régimen revolucionario y distopía

 

Los anteriores testimonios coinciden en que el gobierno de los hermanos Castro no solamente no resolvió los problemas socioeconómicos tradicionales, sino que los exacerbó, y más aun, creó problemas nuevos. 

 

Durante las tres primeras décadas del régimen, la calidad de vida ya había desmejorado enormemente, tal como lo experimentaron en carne propia Lewis, Butterworth, Edwards, Timerman, y Halperin, quienes al principio habían simpatizado con el Gobierno. Y hay muchos otros ejemplos de observadores extranjeros que, en vez del proclamado “Hombre Nuevo”, hallaron una cultura de “miseria post-revolucionaria” previamente al Período Especial.

 

No hay espacio aquí para detallar otros aspectos precarios de la vida cotidiana de la época. Ya en 1988, el economista Nick Eberstadt citaba a Cuba en The Poverty of Communism como ejemplo del binomio de pobreza+opresión que han acarreado los sistemas comunistas históricamente en diferentes países. Eberstadt también notaba las similitudes entre los regímenes de Corea del Norte y Cuba, particularmente en la militarización de la sociedad y el estilo dinástico de la élite gobernante.

 

Contrario a lo que proclaman los aduladores del Gobierno, las primeras tres décadas de los Castro constituyeron más bien una “distopía” (o antiutopía). Afirmar lo anterior no constituye una exageración de los disidentes internos, ni de los exiliados.

 

A propósito, el régimen insulta a los expatriados habitualmente con epítetos vitriólicos (“gusanos”, “escoria”, “mafiosos”), injurias etnocéntrico-políticas que repiten insensiblemente los fans de la dictadura. E irónicamente, es el exilio quien generosamente mantiene a flote, con sus remesas y envíos de provisiones, a casi la mitad de la población en la Isla.

 

El discurso de los apologistas ultramarinos recurre a consignas excusadoras adicionales, como el culpar los fracasos del régimen al “embargo” del “Coloso del Norte”, que no es sino un boicot comercial parcial, y últimamente aguado.

 

A pesar de su riquísimo suelo agrícola, Cuba importa el 80% de sus comestibles, a diferencia del medio siglo anterior, cuando exportaba muchísimos productos agrícolas.  El régimen comercia con todos los países del mundo, incluyendo EEUU. La diferencia debido al embargo estriba en que en EEUU exige pagos en efectivo. Lo que se prohíbe esencialmente —y únicamente en EEUU— es el crédito a Cuba, porque sería subsidiado por los contribuyentes estadounidenses, ya que el Gobierno cubano es conocido por no pagar a sus acreedores.

 

No obstante, recordemos que el régimen pregonaba antes del Período Especial que las sanciones no le afectaban, ya que supuestamente Cuba había logrado “independencia tecno-económica”.  Cubanólogos reconocidos, como mi exprofesor Carmelo Mesa-Lago, con quien he diferido respetuosamente en ocasiones, concuerdan en que los desaciertos socioeconómicos son un resultado de la ineficiencia del andamiaje socialista, y no debido al embargo (Cuba en la era de Raúl Castro, 2013).

 

Sobre todo, el boicot constituiría una ficha de negociación cuando llegue el momento de transición hacia una sociedad abierta. Así sucedió en la República Dominicana post-trujillista, proceso histórico con el cual estoy familiarizado como especialista dominicanista y etnólogo interesado en la antropología política comparada de las dictaduras.

 

Precisamente, he sugerido en otros escritos que una Cuba post-castrista pudiera aprender mucho del camino que tomó República Dominicana —con innumerables contratiempos, pero con una orientación definida— hacia la democracia liberal en el último medio siglo.

 

Este artículo está dedicado a Álvaro Ínsua y su familia.

Huber Matos y Fidel Castro

 

Los comandantes Huber Matos y Camilo Cienfuegos

 

Huber Matos habla de Camilo Cienfuegos

 

Murió el excomandante Huber Matos Benítez

27 de febrero de 2014

 

Murió en Miami el excomandante de la Revolución cubana Huber Matos Benítez (26 de noviembre de 1918-27 de febrero de 2014). Sus últimas palabras fueron “La lucha continúa. ¡Viva Cuba Libre!”.

 

El excomandante Matos Benítez fue una de las principales bestias negras del castrismo.

 

El profesor Huber Matos Benítez fue uno de los principales revolucionarios que combatieron a la tiranía de Fulgencio Batista. Posteriormente cumplió 20 años de prisión por decir que existía influencia comunista en el Gobierno Revolucionario de Cuba.

 

Véase aquí al comandante Matos Benítez, al lado de Fidel Castro cuando entraron triunfantes a La Habana el 8 de enero de 1959.

 

Matos Benítez murió está madrugada en Miami. El 25 ingresó en el Hospital Kendall Regional, donde se le diagnosticó un ataque masivo del corazón. El día 26 pidió que le retiraran el equipo que lo ayudaba a respirar, porque quería despedirse de su esposa María Luisa Araluce y de sus hijos y nietos.

 

Durante el día recibió llamadas desde Cuba de los principales dirigentes de su organización, Cuba Independiente y Democrática (CID), quienes le ratificaron que no descansarían hasta que Cuba sea libre. Activistas en la oriental provincia cubana de Holguín le cantaron el himno nacional. 

 

Huber Matos dejó un testamento político y una carta a los venezolanos. Será velado en Miami el domingo 2 de marzo; pidió ser trasladado a Costa Rica, país que lo acogió cuando llegó exiliado por primera vez durante la lucha revolucionaria en 1957. Fue de Costa Rica de donde partió hacia la Sierra Maestra a unirse a la guerra de guerrillas, y a esa nación regresó luego de cumplir dos décadas de prisión en 1979. “Quiero hacer mi viaje de regreso a Cuba desde la misma tierra cuyo pueblo siempre me demostró solidaridad y cariño, quiero descansar en suelo costarricense hasta que Cuba sea libre y de allí a Yara, a acompañar a mi madre y a reunirme con mi padre y con los cubanos.”

 

Huber Matos nació en Yara, Cuba, en 1918. Terminó su doctorado en la Universidad de la Habana en 1944 y fue miembro del Partido Ortodoxo.

 

Renunció a su puesto de Comandante en 1959 en protesta contra la desviación de los principios democráticos de la revolución hacia un gobierno comunista.

 

Fidel Castro lo condenó a veinte años de prisión en un juicio en diciembre de 1959, una sentencia que Matos cumplió hasta el último día.

 

En su autobiografía Como Llegó la noche (2002) describe su ruptura con Castro, su juicio y los años de prisión.

 

Carta de Hubert Matos a Fidel Castro

 

Camagüey, octubre 19 de 1959

Dr. Fidel Castro Ruz

Primer ministro

La Habana

 

Compañero Fidel:

 

En el día de hoy he enviado al jefe del Estado Mayor, por conducto reglamentario, un radiograma interesando mi licenciamiento del Ejército Rebelde. Por estar seguro que este asunto será elevado a ti para su solución y por estimar que es mi deber informarte de las razones que he tenido para solicitar mi baja del ejército, paso a exponerte las siguientes conclusiones:

 

Primera: no deseo convertirme en obstáculo de la Revolución y creo que teniendo que escoger entre adaptarme o arrinconarme para no hacer daño, lo honrado y lo revolucionario es irse.

 

Segunda: por un elemental pudor debo renunciar a toda responsabilidad dentro de las filas de la Revolución, después de conocer algunos comentarios tuyos de la conversación que tuviste con los compañeros Agramonte y Fernández Vilá, coordinadores provinciales de Camagüey y La Habana, respectivamente: si bien en esta conversación no mencionaste mi nombre, me tuviste presente. Creo igualmente que después de la sustitución de Duque y otros cambios más, todo el que haya tenido la franqueza de hablar contigo del problema comunista debe irse antes de que lo quiten.

 

Tercera: sólo concibo el triunfo de la Revolución contando con un pueblo unido, dispuesto a soportar los mayores sacrificios… porque vienen mil dificultades económicas y políticas… y ese pueblo unido y combativo no se logra ni se sostiene si no es a base de un programa que satisfaga parejamente sus intereses y sentimientos, y de una dirigencia que capte la problemática cubana en su justa dimensión y no como cuestión de tendencia ni lucha de grupos.

 

Si se quiere que la Revolución triunfe, dígase adónde vamos y cómo vamos, óiganse menos los chismes y las intrigas, y no se tache de reaccionario ni de conjurado al que con criterio honrado plantee estas cosas.

 

Por otro lado, recurrir a la insinuación para dejar en entredicho a figuras limpias y desinteresadas que no aparecieron en escena el primero de enero, sino que estuvieron presentes en la hora del sacrificio y están responsabilizados en esta obra por puro idealismo, es además de una deslealtad, una injusticia, y es bueno recordar que los grandes hombres comienzan a declinar cuando dejan de ser justos.

 

Quiero aclararte que nada de esto lleva el propósito de herirte, ni de herir a otras personas: digo lo que siento y lo que pienso con el derecho que me asiste en mi condición de cubano sacrificado por una Cuba mejor. Porque aunque tú silencies mi nombre cuando hablas de los que han luchado y luchan junto a ti, lo cierto es que he hecho por Cuba todo lo que he podido ahora y siempre.

 

Yo no organicé la expedición de Cieneguilla, que fue tan útil en la resistencia de la ofensiva de primavera, para que tú me lo agradecieras, sino por defender los derechos de mi pueblo, y estoy muy contento de haber cumplido la misión que me encomendaste al frente de una de las columnas del Ejército Rebelde que más combates libró. Como estoy muy contento de haber organizado una provincia tal como me mandaste.

 

Creo que he trabajado bastante y esto me satisface porque independientemente del respeto conquistado en los que me han visto de cerca, los hombres que saben dedicar su esfuerzo en la consecución del bien colectivo, disfrutan de la fatiga que proporciona el estar consagrado al servicio del interés común. Y esta obra que he enumerado no es mía en particular, sino producto del esfuerzo de unos cuantos que, como yo, han sabido cumplir con su deber.

 

Pues bien, si después de todo esto se me tiene por un ambicioso o se insinúa que estoy conspirando, hay razones para irse, si no para lamentarse de no haber sido uno de los tantos compañeros que cayeron en el esfuerzo.

 

También quiero que entiendas que esta determinación, por meditada, es irrevocable, por lo que te pido no como el comandante Huber Matos, sino sencillamente como uno cualquiera de tus compañeros de la Sierra -¿te acuerdas? De los que salían dispuestos a morir cumpliendo tus órdenes–, que accedas a mi solicitud cuanto antes, permitiéndome regresar a mi casa en condición de civil sin que mis hijos tengan que enterarse después, en la calle, que su padre es un desertor o un traidor.

 

Deseándote todo género de éxitos para ti en tus proyectos y afanes revolucionarios, y para la patria -agonía y deber de todos- queda como siempre tu compañero,

 

Huber Matos.

 

 

Fidel Castro, de humanista a totalitarista

 

Estatua de la República,

ubicada en el Capitolio Nacional

 

 

Capitolio Nacional

En el Capitolio Nacional sesionó la Asamblea Constituyente –integrada por 73 hombres y 3 mujeres elegidos democráticamente- que elaboró la Constitución de 1940 de la República de Cuba, que Fidel Castro había prometido restablecer, como se puede comprobar si se lee al final de este subdominio el Manifiesto de la Sierra Maestra.

 

Por el Partido Comunista participaron Esperanza Sánchez Mastrapa, Juan Marinello, Blas Roca y Salvador García Agüero, el 5% de los constituyentistas, en la elaboración de la Constitución de 1940, la más avanzada de Iberoamérica en ese entonces.

 

El Capitolio Nacional tiene una escalinata de 52 escalones y cuatro descansos que dan paso al pórtico, soportado por doce columnas. Las puertas de bronce permiten el acceso a la planta principal donde aparece la estatua que simboliza a la República de Cuba.

 

El Capitolio Nacional abarca un área de 43.418 metros cuadrados, repartidos de la siguiente manera: 13.483 metros cuadrados que ocupa el área de la armazón del edificio, 26.392 metros cuadrados dedicados a parques y jardines, y 3.543 metros cuadrados usados para ampliar las aceras contiguas al edificio. Costó $16.640.743,30, equivalente a unos doscientos veintiséis (226) millones de dólares actuales.

 

Desde su inauguración el 20 de mayo de 1929 hasta el 31 de diciembre de 1958, el Capitolio Nacional albergó a la Cámara de Representantes y al Senado. Pero el 7 de febrero de 1959, a las pocas semanas de llegar al poder, Fidel Castro  sepultó la Constitución de 1940  -que había prometido restablecer, como se puede comprobar si se lee al final de este subdominio el Manifiesto de la Sierra Maestra- y le quitó al Congreso sus funciones legislativas.

 

Con los hermanos Castro, el Capitolio Nacional se utilizó como museo y después hospedó al Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA). Ahora se encuentra en proceso de reparación.

 

 

Nota de Manuel Castro Rodríguez: Antes de que Fidel Castro se adueñara de Cuba, la Nochebuena había ido más allá de una celebración puramente religiosa, se había transformado en una fiesta civil que celebraba la unión y fortaleza de la familia, aunque para ello algunos tuviesen que viajar desde provincias distantes y Estados Unidos.

 

También se aprovechaba para reafirmar las relaciones de amistad con el vecindario. Mis padres acostumbraban a visitar a los vecinos de varias calles cercanas –los cuales agasajaban con pedazos de carne de cerdo asada y cerveza a mis padres-, a quienes felicitaban efusivamente; después los vecinos nos visitaban, repitiéndose el mismo ceremonial. Faltando poco para la medianoche, las familias se recogían en sus respectivas casas, ante todo para disfrutar de estar sentados en la misma mesa, aunque algunos no probaran bocado, dado que ya estaban llenos por lo que habían comido en los encuentros con los vecinos.

 

Aunque mis padres eran pobres, siempre practicaron la caridad. Recuerdo una señora indigente que tenía muy mal aspecto por su falta de higiene, que siempre iba a mi casa al mediodía durante todo el año, a la cual mi madre le regalaba una ración abundante de la comida que había cocinado para nosotros. En época de navidades también le regalaba un pedazo de turrón español y más de doce uvas.   

 

Eran costumbres que pasaban de una generación a otra de la familia cubana, que fueron eliminadas de un plumazo por Fidel Castro. El daño antropológico causado por el castrismo es tan grande, que pasará más de medio siglo para que la familia cubana vuelva a ser como era antes de ser tiranizada por los hermanos Castro. Como expresa Eduardo del Llano, cineasta marxista cubano:

 

La gente no da limosnas sólo porque su corazón se haya endurecido, sino porque lo que lo separa del indigente es apenas que uno de los dos está tumbado y el otro de pie. Eso en una Habana que parece un suburbio de sí misma, donde cada vez hay más barrios y manzanas con el espíritu y la traza de pueblos de campo. De hecho, es como si todo el país, harapiento y resudado, viviera en un portal, tapándose con un Granma y con una botella de ron casero al alcance de la mano”.

 

Aunque por motivos climáticos, la cosecha de la caña de azúcar comienza en noviembre-diciembre, el omnipotente Fidel Castro decidió adelantar el inicio de la del año 1969: En julio de 1969 se dio inicio oficial a la ‘Zafra de los Diez Millones’. Los centros de enseñanza tecnológica cerraron y sus estudiantes fueron obligados a permanecer en los campos de caña los dieciocho meses que duró aquella paranoia.

 

Como Fidel Castro era el único empleador, más de un millón de trabajadores cubanos fuimos obligados a permanecer en los campos de caña durante todo el mes de diciembre de 1969 y parte de enero de 1970. Para mayor desgracia, el 31 de diciembre a las doce de la noche tuve que participar en un ‘acto de reafirmación revolucionaria’: reunidos en el comedor de un campamento cañero situado en unos campos de Melena del Sur tuvimos que gritar ‘¡Viva el Comandante en Jefe!’ Eso formó parte de la ‘revolución cultural’ castrista, parecida a la ‘revolución cultural’ establecida por Mao en China, por esa misma época.

 

Les muestro un artículo que refleja una parte de esa realidad, aunque el autor, Eugenio Yánez, comete dos errores:

 

1- La celebración de las navidades estuvo prohibida desde 1969 hasta 1996, durante veintisiete años. Corrió el rumor de que una condición que puso el papa Juan Pablo II para visitar Cuba fue que se reanudara la celebración: en 1997, un mes antes de la visita de Juan Pablo II, volvió a ser feriado el 25 de diciembre.

 

2- Expresa que en todos los países suramericanos las navidades se celebran con gran fervor religioso. En Uruguay no es así, compruébese: En el Uruguay laico, la Navidad es el ‘Día de la familia’

 

¡Feliz año 2014!

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Aquellas Navidades que nos robaron

Eugenio Yánez

26 de diciembre de 2013

 

¿Se le debería perdonar ese crimen a Fidel Castro?

 

Era 1969, “Año del Esfuerzo Decisivo”. El 2 de enero, el Amargado en Jefe dijo a los cubanos que de Navidades nada. Ni Nochebuena. Ni Año Nuevo. Ni Día de Reyes. Nada que les alegrara. Nada.

 

Le molestaba que los cubanos pudieran sentirse felices en esas fechas, siendo él, a fin de cuentas, un infeliz. Amargado, frustrado, acomplejado. Petimetre con delirio de grandeza. Napoleón de pacotilla. Alejandro de bolsillo.

 

Creyéndose Dios, eliminó el 6 de enero como Día de Los Reyes Magos porque para los niños cubanos la felicidad había nacido el 26 de julio. Un día de fracaso total y absoluto para quienes asaltaron el Cuartel Moncada, y de bochornosa cobardía para su cabecilla, incapaz de entrar al campamento militar o mostrar valor al ser capturado sin disparar un solo tiro mientras huía en las inmediaciones de la Sierra Maestra.

 

Prohibió las fiestas no solamente por megalomanía, sino porque después de su delirante “Ofensiva Revolucionaria” en 1968 el régimen no podía garantizar a los niños cubanos, una vez al año, ni siquiera un juguete “básico”, uno “adicional” y uno “dirigido”, todos de mala calidad, que era a lo que podían aspirar los niños en la Isla desde que el “socialismo científico” determinaba la comida que cada cubano comería, la ropa que vestiría o los juguetes que cada niño recibiría una vez al año.

 

¿”Fidelito” Castro Díaz-Balart o los cinco hijos del Aberrado en Jefe con Dalia Soto del Valle tendrían también que limitarse a esos tres juguetes una vez al año, o disfrutaron privilegios que no tuvieron nunca los niños cubanos de a pie?

 

Las fiestas navideñas en Cuba nunca tuvieron, ni antes de Fidel Castro, ni con él, ni tendrán tampoco cuando él y su hermano estén en el infierno, el fervor religioso que se observa en Venezuela, México, Colombia, Perú, Paraguay, Bolivia, y todos los países centro y suramericanos.

 

Para los cubanos, las fiestas navideñas giraban alrededor de la Nochebuena el 24 de diciembre, y el fin de año, con “lechónasao”, congrí o arroz y frijoles negros, yuca con mojo, ensalada, turrón y dulces. Quienes tenían más posibilidades asaban también guineos o “guanajos” (pavos). A La Misa del Gallo, si se iba, no era a medianoche ni antes de cenar, sino al caer la tarde o en la noche después de cenar, pero tampoco tan tarde como para no poder irse a bailar.

 

Los más pobres, con menos recursos, si no alcanzaba para cerdo se las ingeniaban para asar un pollo, aunque no hubiera turrón, buñuelos o empanadas: lo importante no era tanto la carne o la yuca como de reunirse en familia y disfrutar juntos y felices, olvidando discordias o enfrentamientos políticos, agravios pasajeros o malentendidos, donde todos se deseaban de corazón lo mejor durante esas fechas y para el año que comenzaría.

 

¿Qué tenía eso de malo, peligroso, o improcedente? ¿Por qué prohibir a los cubanos celebrar entre familia y amigos los días más alegres del año? El esfuerzo para la zafra de los diez millones fue un pretexto: tras el fracaso, todos supieron que nunca se producirían diez millones de toneladas de azúcar, y muchos pensaron que todo regresaría a “la normalidad” y las fiestas navideñas volverían.

 

Ingenuidad. No habría diez millones de toneladas de azúcar, pero Fidel Castro no aceptaba cubanos felices. Inventó lo de tradiciones impuestas por los conquistadores y la Iglesia, y la necesidad de enterrar costumbres arcaicas para crear otras revolucionarias.

 

Absurdo: las tradiciones no se arman o desarman como una maquinaria, pero comenzaron los aduladores a gastar recursos para convencer que era posible lo que pedía el Jefe, aunque lo más “profundo” que se logró con aquella campaña antipopular fue un titulito de “la tradición se rompe, pero cuesta trabajo”.

 

Pasaron treinta años desde la prohibición, con los cubanos haciendo malabares para celebrar las fiestas que el régimen odiaba, hasta que el Papa Juan Pablo II visitó Cuba y pidió al régimen celebrar la Navidad. Castro cedió a regañadientes, más que todo para formalizar el reconocimiento de una celebración que los cubanos realizaban como pudieran aunque el gobierno pretendiera ignorarlo.

 

Las extraordinarias limitaciones materiales y económicas en que están sumidos muchos cubanos desde hace años, con salarios que en ocasiones no alcanzan ni para sobrevivir, hacen muy difícil celebrar Nochebuena en Cuba en estos momentos. Pero sea porque algunos tienen ingresos superiores legales, reciben remesas del exterior, “resuelven” como puedan, o por esa fraternidad entre cubanos que a pesar de las dificultades permite compartir algo en tiempos festivos, cada 24 de diciembre, mejor o peor, los cubanos en la Isla demuestran que la Nochebuena no ha muerto, y que no morirá.

 

En esa cena de Nochebuena, lujosa o humilde, con familiares y amigos reunidos para celebrar, un silencioso pero gigantesco y potente grito a todo el mundo y a nosotros mismos resonará más que nunca:

 

¡Los cubanos queremos ser felices, y nadie nos podrá quitar ese derecho!

 

Feliz Navidad a todos los cubanos, dondequiera que estén.

Fin de año en La Habana

José Prats Sariol

26 de diciembre de 2013

 

‘Habría que subir a la red una tarjeta navideña con la bandera, pero en lugar de estrella tendría el signo de $. Quizás en dorado o plateado o, por qué no, verde olivo’

 

Exhibo el honor de mi registro en la privilegiada lista de cubanos que no pueden entrar a Cuba. Nosotros los porfiados disidentes –quizás errados ante la “ideología” del borrón y muchísima cuenta nueva— aún permitimos que varios oficiales de la Seguridad del Estado no terminen como el teniente coronel Castañeda —que “atendía” a Heberto Padilla—, de taxista en su achacoso Lada por Belascoaín hasta Cuatro Caminos.

 

Debieran agradecernos ser tan empecinados. El Ministerio del Interior no tendrá –por ahora— que reciclar a sus agentes, convertirlos en pizzeros o granizaderos… Marino Alberto Murillo –jefe de la comisión de implementación de las reformas económicas— no les ofrecerá trabajos de sereno en alguna empresa brasileña, guardaparque en un campo de golf canadiense, portero de un hotel español, parqueador de autos rentados por antiguos gusanos que le echarán su propinita…

 

No podré reservar para la cena de fin de año en la Plaza de la Catedral, a 150 CUC el cubierto, con una botella de vino o sidra por pareja, amenizada por la banda gigante de Eusebio Leal, Issac Delgado y otros artistas invitados a la exclusiva noche.

 

Es triste, sin embargo, que carezcan de imaginación aun en El Patio, el restaurante que da a la hermosa plaza y donde se cocinará la cena. Porque podrían ponerle nombres históricos a cada plato. Por ejemplo, nada de lugares comunes con la langosta. Mejor “a lo Emilio Roig de Leuchsenring”, para que alguno de los comensales piense en Cuba –padezca un breve carguito de conciencia— y le dé por beberse una botella de Juanito el Caminante, negra sin discriminación racial y más cara que en Las Vegas.

 

Son apenas 150 CUC, la moneda que pronto desaparecerá absorbida por un juvenil peso cubano. Tan saludable como los jubilados que inundan los portales con las obras completas del Che y medallas de la Alfabetización o Girón, de Etiopía o Angola… A precios razonables, por el equivalente a cinco libras de carne de puerco. Aunque depende de si aún no han cobrado la pensión o ya cae el sol. Porque entonces hasta por dos libras de frijoles negros y una de malanga, al precio promedio de los carretilleros que desde temprano pregonan por entre los huecos de las calles de Santos Suárez.

 

Aunque hay otras opciones que los de la lista —¿dirán negra o roja?— nos vamos a perder. No podremos manosear un Granma, con la última foto barrigona de Díaz-Canel o el creciente obituario de personajillos que participaron en tres escaramuzas, todavía llamadas —influencia norcoreana— Batalla de Guisa, Batalla de Santa Clara, Gran Batalla del Jigüe…

 

Nos niegan comparaciones en vivo con las experiencias de nuestro exilio. ¿Pero para qué castigarse? Hay más de 2.500 millones de contundentes razones anuales para meditar, que sostienen el caldero con más fuerza que en El Salvador o en Honduras. Y tal vez –desde un ángulo bien cínico— sea el único logro imperecedero de la revolución.

 

En realidad no son tan brutos, no padecen la testarudez que en España atribuyen a los gallegos. ¿Qué podrían negociar sin lobby cubano en Washington o prensa opositora como DIARIO DE CUBA, denuncias sobre el terrorismo de estado a pesar de la campaña mediática tras el saludo de Obama a Raúl Castro —que se babeaba— en Sudáfrica? Tendrían que desmontar el aparato represivo.

 

Y hasta ahí no llega el mambo, ni reviviendo a Pérez Prado. No, la lista —pequeño detalle— aún hace falta para justificar, invocar, clamar. Ya no les queda de otra —como diría un mexicano. Porque también les sirve para engatusar, chantajear, borrarte a cambio de silencio.

 

Se acerca otro fin de año, sin las alucinaciones de aquellos periodistas de Fin de siglo en La Habana. En La Habana que, como vieja dama indigna, patéticamente logra sobrevivir a la peor debacle de su pícara tradición pícara, con redundancia y derrumbes en la calle Infanta, énfasis y avidez por el dinero fácil, con escrúpulos guardados en la vitrina de obsoletos.

 

Habría que subir a la red una tarjeta navideña con la bandera, pero en lugar de estrella tendría el signo de $. Quizás en dorado o plateado o, por qué no, verde olivo… El 2014 aparecería al pie, en puntaje menor, porque el signo continuará primando, sin remedio a la vista larga.

 

Acabo de enviar un regalo pascual a un profesor universitario que necesita cuatro sacos de cemento para un derretido contra las goteras, y a una escritora —pertenece a los alegres irresponsables de “un día es un día”—  que no esperará el año en la aristocrática Plaza de la Catedral, entre abolengos patricios y pedigrí con charreteras, mesas de cortesía para escritores oficialistas y pintores macetas, pero sí en un paladar llamado La California (Crespo entre San Lázaro y Colón) donde por la tercera parte —dos meses de su salario— habrá un menú sin chavistas, gerentes chinos y viudos del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos.

 

La California ofrece, además de artistas invitados: “Coctel de bienvenida y cesta de baguette con sorpresa de la casa. Crema de yuca con camarones salteados. Terrina de tomate con queso al basílico (sic) y crujiente de serrano (jamón de Jaruco). Tercer plato a escoger: Pato confitado a la naranja y frutos secos; langosta grillada sobre boniato caramelizado a la sidra; brocheta de pollo acompañada de vegetales; filete de pargo asado al pomodoro. Postre: manzanas al vino tinto acompañadas de helado de vainilla”.

 

Los dos amigos resolverán algo, un poquito ante su 2014 sin incertidumbres, con la certeza de que en Cuba solo ha quedado la llave mágica, milenaria: $. Por eso mismo solo hay que esperar… Lo mucho y lo poco. A estas alturas da igual entre desigualdades.

 

¿Acaso no estamos de fiesta? ¿Entonces? ¿La cubanidad no era amor? ¿Presos políticos, represiones callejeras, listas de indeseables, socialismo del siglo XXI, marxismo-leninismo y demás platos del menú ideológico, hasta el Partido Comunista y la Constitución, no son detallitos a negociar, a escoger en La California o en Fresa y Chocolate, restaurantes privados, como el cliente ordene?

 

Aunque ellos quisieran cerrar el business o deal en la Plaza de la Catedral, entre bendiciones, nuevos marquesados y estridentes sones. Rumba con rumbo fijo: $ y ¡feliz Año Nuevo!

El desmontaje de la República

Fernando Dámaso

25 de diciembre de 2013

 

El castrismo se encargó de imponer una interesada y tergiversadora versión de la historia republicana. Recorrer el período entre 1902 y 1959 resulta cada vez más una necesidad histórica y política.

 

Para nadie es un secreto el rechazo a la República (1902-1958) que siempre manifestara Fidel Castro. Este rechazo, motivado tal vez por la certeza de lo imposible de realizar en ella, con sus instituciones y leyes, sus ambiciones políticas hegemónicas, cuenta con dos manifestaciones tempranas. En su etapa estudiantil, el extraño “secuestro, rescate y devolución” de la campana de La Demajagua, símbolo del Grito de Yara, y, ya en su etapa adulta, el asalto al cuartel Moncada.

 

En ambos hechos, Fidel Castro buscaba protagonismo político a costa de los “males” de la República. Para la conveniente “cobertura patriótica” de sus actos invocó, en el primero, a Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, y en el segundo, a José Martí, el Apóstol, algo que sería una constante en toda su actuación posterior, utilizando tanto a figuras nacionales como extranjeras.

 

El desmontaje práctico de la República comenzó desde los primeros días de enero del año 1959, con la decisión de trasladar la capital del país de La Habana a Santiago de Cuba, algo que no le fue posible realizar, por su impracticabilidad económica y política.

 

Continuó con el no restablecimiento de la Constitución de 1940, compromiso y objetivo de la lucha contra Batista, y con su sustitución por una denominada Ley Fundamental, que convertía todos sus actos en fuente de derecho, ignorando las leyes vigentes.

 

A esto siguió la destitución del presidente designado, que le hacía compartir el poder, por un presidente incondicional, que le aseguraba el ejercicio total del mismo; así como la desactivación de organismos e instituciones estatales (ministerios, ejército nacional, policía nacional, etcétera), y su sustitución por otros en función de sus intereses.

 

Fueron prohibido los partidos y organizaciones políticas existentes y se eliminó todo el entramado institucional de la nación (congreso, senado, cámara de representantes, gobernadores, alcaldes, concejales, medios de prensa, etcétera), el cual dejó de ser democrático  para convertirse en un sistema piramidal  autocrático.

 

De esta barrida no escaparon ni los edificios públicos, dejando muchos de ellos de cumplir las funciones para las que habían sido diseñados y construidos (Capitolio, Palacio Presidencial, Tribunal de Cuentas, Tribunal Supremo, etcétera), siendo reasignados y subutilizados, en la mayoría de los casos,  en funciones de menor importancia, con el manifiesto objetivo de desacreditarlos como símbolos reconocidos de la República.

 

En esta tarea de hacer tabla rasa de todo lo que tuviera que ver con la República, también fueron desmontados monumentos, cambiados los nombres de avenidas, calles y parques, de escuelas, hospitales y otras instalaciones, y hasta de empresas, fábricas y comercios.

 

A cualquiera que no haya vivido estos hechos podrá parecerle una gran locura y una exageración, pero es la triste realidad de un país en manos de alguien lleno de desprecio contra lo que no tenga su sello personal.

 

A partir de este “desmontaje”, todo lo transformado o creado nuevo pasó a  ser parte de su obra, con tarja conmemorativa de la fecha de su inauguración y recordación cada año, abarcando las ciencias, las artes, la industria, la ganadería y la agricultura con sus procedimientos técnicos, así como la educación y sus programas, incluyendo hasta el diseño de los uniformes de los estudiantes, y las prácticas médicas y hospitalarias, sin olvidar la química y la física.

 

Esta exaltación del ego, aún fácil de comprobar diariamente en nuestros medios oficialistas de comunicación masiva, no tiene referencias en la historia de la nación, ni siquiera en sus épocas más oscuras, y constituye el resultado directo de la total ausencia de frenos cívicos y políticos  durante más de 54 años.

 

Recorrer la República

 

Por suerte, para que no se pierda la memoria de la República, que forma parte importante de la memoria de la nación, desde hace tiempo, fundamentalmente fuera del país, algunos historiadores honestos, investigadores serios y literatos talentosos, la recorren objetivamente, lo cual, desgraciadamente, no ocurre dentro, donde esta época es considerada tabú, a no ser que se mire a través del monocromático prisma gubernamental, estando ausente la necesaria imparcialidad al estudiar los acontecimientos y sus principales protagonistas.

 

Este recorrido ha eliminado muchos “agujeros negros” y “zonas de silencio” y derribado “falsos altares” creados por motivaciones políticas,  desde Estrada Palma y sus primeros cuatro años de gobierno aceptable, deteniéndose en el error de su intento de reelección que, contra los deseos de la mayoría de los cubanos y del mismo gobierno norteamericano, prácticamente obligó a la segunda intervención.

 

A continuación, transita por José Miguel Gómez, Menocal y Zayas, con sus gobiernos de luces y de sombras y, a pesar de todo, de desarrollo económico y social, hasta llegar al primer mandato de Machado, con su ambicioso Plan de Obras Públicas, que llenó de carreteras, caminos, puentes, escuelas, hospitales y otras edificaciones importantes la geografía nacional, y su posterior etapa de violencia, cuando quiso mantenerse  en el poder en contra de la voluntad popular.

 

Después penetra en los años inestables, cuando los presidentes duraban semanas, días u horas, motivado por el enfrentamiento entre intereses nacionales y foráneos, hasta Laredo Brú y la histórica Constitución de 1940, con el restablecimiento del orden democrático y la presidencia, primero de Batista, ganada en elecciones limpias, y después de Grau y de Prío, hasta llegar el absurdo golpe militar del 10 de marzo de 1952, que dio al traste con la joven democracia, reinstaurando la violencia, la cual no pudo ser contenida a tiempo por la irresponsabilidad y la debilidad de las fuerzas políticas existentes que, aunque la rechazaron al principio, se vieron obligadas a aceptarla después, clausurando así cualquier posible salida política, a pesar de encontrarse inmerso el país en un acelerado desarrollo económico.

 

Entonces, la línea insurreccional, con sabotajes, atentados y guerra civil, se consolidó, triunfó y echó las bases del sistema totalitario y de la negación democrática que aún sufrimos.

 

Hoy, la posibilidad de reencontrarnos como cubanos, por encima de ideologías y de políticas, de vuelta de enfrentamientos estériles que solo nos han traído dolor y miseria, es regresando en busca de nuestras perdidas raíces republicanas a los principales momentos en que esto sucedió, para no permitir que se repitan los errores.

 

Primero, al momento en se quebró el orden constitucional, el 10 de marzo de 1952, y después, al momento en que desapareció la República, el 1 de enero de 1959.  A partir de estos momentos cruciales de nuestra historia, sin pretender reproducir aquella República, lo cual es absolutamente imposible porque ha transcurrido demasiado tiempo y la situación actual es muy diferente a la de entonces y también lo son los cubanos, volver a armarla cuidadosamente a tono con la época actual,  pero asegurando que sea verdaderamente democrática y moderna y “con todos y para el bien de todos”, como quería el Apóstol.

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Nota de Manuel Castro Rodríguez: Aunque discrepo en algunos puntos sobre la etapa republicana, este artículo refleja una gran realidad sobre la estafa que comenzó el 1 de enero de 1959. Véase en  las propias palabras de Fidel Castro Ruz cómo era Cuba antes de 1952 en cuanto a libertades y derechos cívicos; a continuación puede leerse un fragmento del alegato supuestamente pronunciado por Castro el 16 de octubre de 1953, en el juicio por el asalto al cuartel Moncada, conocido como La Historia me Absolverá  

 

  Había una vez una república. Tenía su Constitución, sus leyes, sus libertades, Presidente, Congreso, tribunales; todo el mundo podía reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El gobierno no satisfacía al pueblo, pero el pueblo podía cambiarlo y ya sólo faltaban unos días para hacerlo. Existía una opinión pública respetada y acatada y todos los problemas de interés colectivo eran discutidos librementeHabía partidos políticos, horas doctrinales de radio, programas polémicos de televisión, actos públicos, y en el pueblo palpitaba el entusiasmo. Este pueblo había sufrido mucho y si no era feliz, deseaba serlo y tenía derecho a ello. Lo habían engañado muchas veces y miraba el pasado con verdadero terror. Creía ciegamente que éste no podría volver; estaba orgulloso de su amor a la libertad y vivía engreído de que ella sería respetada como cosa sagrada; sentía una noble confianza en la seguridad de que nadie se atrevería a cometer el crimen de atentar contra sus instituciones democráticas. Deseaba un cambio, una mejora, un avance, y lo veía cerca. Toda su esperanza estaba en el futuro”.

Los dueños de otro tiempo

Raúl Rivero

22 de diciembre de 2013

 

Asediados por la policía, cercados, con una paliza o un calabozo a la vuelta de todas las esquinas, la oposición pacífica cubana, el periodismo independiente y los escritores sin amo, son los cubanos que celebran la Navidad y esperan el Año Nuevo en el vecindario más ingrato y hostil del país. Pero ese espacio sin mordaza es, por el momento, el único territorio verdaderamente libre del mapa de Cuba.

 

Ellos han creado, durante años de batallas y enfrentamientos directos y a cara descubierta con el régimen, un islote liberado que tiene presencia y vida en puntos diseminados por toda la geografía de la isla. Es un movimiento sin líneas fronterizas que hoy surge en Pinar del Río y mañana en Oriente, y cada día con más fuerza y mayor capacidad de convocatoria

 

En esos ámbitos, los opositores y los activistas de derechos, los expresos políticos y, desde la primavera del 2003, las Damas de Blanco, recuperaron el derecho a expresar sus ideas políticas, a defenderlas y a divulgarlas, al tiempo que denuncian, con argumentos y detalles, tanto la acción represiva, la paralización y la deriva del desvencijado socialismo real hacia un concubinato barriobajero y desventajoso con los antiguos enemigos vilipendiados, los inversores capitalistas.

 

En esa misma plaza compleja y peligrosa esperan el 2014 los periodistas independientes. Son grupos de profesionales que redactan sus noticias, crónicas o artículos y los publican en sitios como Primavera Digital, un semanario con reseñas de los episodios de la vida diaria, la historia cotidiana, que ocultan o disimulan los panfletos oficiales. En esas páginas hay, además, opiniones críticas sobre el desempeño de toda la sociedad cubana. Toda.

 

Mientras los figurones de la literatura forcejean con los funcionarios y con sus miedos, la censura y la autocensura, decenas de autores agrupados en el Club de Escritores, una asociación sin recursos materiales y sin mandatos, hacen su obra en soledad, lejos de los barullos, más ajenos que nadie de las editoriales porque para las que funcionan en Cuba son el enemigo. Y, a lo mejor, para las del exterior sus piezas no alcanzan el nivel folklórico o la superficialidad que reclaman los especialistas.

 

Hay otro grupo humano dentro de Cuba, casi un centenar de presos políticos, que ha visto pasar el año viejo por los barrotes de las rejas y para el que la única fiesta posible es sentirse libre y sin perder la esperanza cuando el amanecer del día primero de enero sea una copia de los 365 amaneceres que pasaron.

 

Salud y poder para los que han alcanzado la libertad por cuenta propia.

 

 

Cuando la mayor estafa cumplió cincuenta y dos años

 

Dos de los opositores entrevistados en este documental –Oswaldo Payá y Harold Cepero- murieron el 22 de julio de 2012 en un incidente que ha despertado muchas dudas, por lo que el 11 de diciembre de 2013 el Parlamento Europeo solicitó que se realice una investigación “internacional e independiente” sobre las circunstancias de la muerte de los dirigentes democratacristianos Payá y Cepero.

 

 

Carta abierta a Fidel Castro y compañía

 

¿Quiénes son los verdaderos anticubanos?

Antonio G. Rodiles

8 de marzo de 2012

 

Una vez más la Seguridad del Estado usa la vieja táctica de intentar desprestigiar ante su incapacidad de ir a un debate público de argumentos e ideas. Debate que tendría un final muy esperado, pues absolutamente nadie puede esconder la ruina a la que han llevado a la nación cubana. La han arrasado e intentan seguirla arrasando. En esta ocasión los ataques se han dirigido al proyecto Estado de SATS y directamente hacia mi persona.

 

Siento la necesidad de contextualizar esta réplica pues de lo contrario perderíamos la verdadera perspectiva de lo que está ocurriendo. No resulta casual que toda esta andanada de tergiversaciones y elucubraciones provenga de Cuba Debate la página de Fidel Castro y sus empleados.

 

Para comenzar aclaro que por mi historia familiar (ojo, no hablo del General de División Samuel Rodiles Planas, hablo exclusivamente de Manuel G. Rodiles Planas, mi padre) tengo una versión directa de nuestra historia reciente un tanto diferente de la oficial. Es por eso que puedo entender perfectamente cuál es la raíz de esa despreciable táctica de atacar en lo personal al que disiente, de donde nace el uso de la mentira, la manipulación, el desprecio por el otro, como herramientas indispensables y esenciales.

 

La raíz tiene un nombre Fidel Castro Ruz y compañía.

 

Hay varios cuestionamientos que deseo compartir públicamente y créanme que todavía quedan algunos más. Me pregunto:

 

¿Quiénes realmente han estafado al pueblo cubano?

 

¿Quiénes han despreciado nuestros derechos?

 

¿Quiénes son los verdaderos traidores?

 

Es hora de recorrer un poco la historia y preguntarles directamente a Fidel Castro y compañía, aunque se nieguen a respondernos, como han hecho siempre.

 

¿Quién o quiénes engañaron a aquel grupo de pilotos y ofendió hasta la saciedad a una persona de la calidad de Félix Pena obligándolo al suicidio? ¿Quién aplastó la independencia del poder judicial unos días después de enero del 59?

 

¿Quién mintió una y otra vez, frente a todo un pueblo, diciendo que no era comunista y que la revolución era verde como las palmas?

 

¿Quién o quiénes condenaron a Huber Matos a 20 años de prisión, acusado de calumniar a la revolución por decir que se imponía el comunismo?

 

¿Quién o quiénes manipularon al pueblo cubano declarando, “Elecciones, ¿para qué?”, con el objetivo de perpetuarse en el poder?

 

¿Quién o quiénes son los responsables del fusilamiento de decenas y decenas de cubanos?

 

¿Quién o quiénes han engañado a un pueblo haciéndoles creer que Fidel Castro participó del combate el día 19 de abril en Playa Girón, cuando realmente no estuvo ahí presente?

 

¿Quién o quiénes dejaron morir en huelga de hambre al extraordinario joven Pedro Luis Boitel?

 

¿Quién o quiénes han sometido a miles de presos políticos y comunes a condiciones infrahumanas y tratos vejatorios?

 

¿Quién o quiénes despojaron del fruto de su trabajo a miles de familias cubanas prometiendo una prosperidad que nunca ha llegado?

 

¿Quién o quiénes enviaron, para satisfacer delirios de grandeza, a morir a miles de jóvenes cubanos en África?

 

¿Quién o quiénes autorizaron y fomentaron el ultraje a miles de cubanos que deseaban abandonar el país, apedreando sus casas y provocando la violencia y ahora se aprovecha de las remesas de ellos a sus familias para sostener su delirante e ineficiente sistema?

 

¿Quién o quiénes han impuesto a todo un pueblo a vivir en condiciones de penuria durante tantos años?

 

¿Quiénes son los principales responsables de la destrucción de toda la industria, infraestructura, agricultura, vivienda? ¿Quién o quiénes gobiernan el país a base de decisiones y caprichos que sólo muestran una gran ignorancia y prepotencia?

 

¿Quién o quiénes autorizaron el hundimiento del remolcador 13 de marzo donde murieron alrededor de cuarenta personas, principalmente niños y mujeres? Todavía recuerdo el cinismo de Fidel Castro frente a las cámaras de televisión diciendo que había sido un accidente.

 

¿Quién ordenó pulverizar a dos avionetas desarmadas en pleno vuelo y acabar sin escrúpulos con la vida de cuatro seres humanos?

 

¿Quién o quiénes son los máximos responsables del fusilamiento, en un juicio sumarísimo, de tres jóvenes en el año 2003?

 

¿Quién o quiénes ordenaron las brutales penas a 75 disidentes políticos, por el sólo hecho de ser hombres libres?

 

¿Quién o quiénes ordenaron y ordenan humillar con violencia a un grupo de mujeres indefensas que piden la libertad de sus esposos y de todos los cubanos?

 

¿Quién o quiénes son los responsables de la muerte del joven Orlando Zapata Tamayo que sólo pedía que no se le ultrajara con más golpizas?

 

¿Quién o quiénes ordenaron la muerte de Wilman Villar Mendoza? ¿Quién o quiénes ordenaron llevarlo al hospital sólo cuando ya no había posibilidades de salvarlo?

 

¿Quién o quienes han usado la violencia, el terror y la muerte como formas de escarmiento? Práctica que comenzó desde los tiempos de la Sierra Maestra y que siempre se ha maquillado en un teatro de legalidad.

 

¿Cuántos muertos pesan sobre ustedes, cuántos?

 

¿Quién responde por la estampida de cubanos que buscan a toda costa dejar atrás una situación que los agobia? ¿Quién responde por los muertos en el estrecho de la Florida? ¿Quién responde por tantas familias separadas?

 

Esos responsables sí son los verdaderos traidores, son los verdaderos anticubanos, son los que sienten pánico cuando se habla de una Cuba donde todos tengan voz. Todos sus argumentos son palabras huecas que intentan desviar el dedo que los acusa como los principales responsables de nuestra tragedia nacional.

 

A nosotros nos queda poco que perder, ustedes han logrado, durante 53 largos años, arruinar nuestra nación, han logrado que impere la miseria. Muestren al menos algo de vergüenza en sus finales.

 

Por más que se aferren se les acaba el tiempo, los cubanos estamos hartos de sus desmanes. El futuro, donde no cabrán el odio y la desidia, está tocando nuestras puertas.

 

 

Cuando la mayor estafa cumplió cincuenta y un años

Los nietos de la Revolución cubana

(Documental, 2010)

 

 

Tres documentales

de cuando la mayor estafa cumplió cincuenta años

Nota de Manuel Castro Rodríguez: Discrepo totalmente con lo que se expresa en este documental de que Fidel Castro era comunista antes de 1959. Véase aquí.

 

Soy la otra Cuba

 

A fines del 2009 el director italiano Piernantonio Maria Micciarelli viajó a Cuba con el propósito de observar la realidad cubana. Durante su permanencia de 59 días y más de 7.000 kilómetros recorridos entrevistó a ex combatientes, sobrevivió a un atentado y se reunió con líderes de la oposición, blogueros y periodistas independientes.

 

El resultado fue el documental Soy la otra Cuba, de 84 minutos de duración y la coproducción de Luca Lucini y Raffaello Pianigiani. A través de un personaje que se recrea a sí mismo, Micciarelli se transforma en un explorador nostálgico que sigue los pasos de las tropas revolucionarias en la Sierra Maestra hacia La Habana, donde se encuentra con la crudeza de la vida diaria y la desolación del cubano de a pie, se acerca a la realidad cubana tras medio siglo de dictadura.

Soy la otra Cuba aborda la historia de los últimos años de la Cuba de Fidel Castro y registra testimonios como el del ministro de Cultura, Abel Prieto, y la directora del Ballet Nacional de Cuba, Alicia Alonso, entre otros.

 

En sus encuentros con más de una decena de representantes de la sociedad civil y el movimiento opositor, Micciarelli entrevistó a Laura Pollán, líder de las Damas de Blanco, y a la bloguera Yoani Sánchez, autora del blog Generación Y. Asimismo dialogó con Dagoberto Valdés, activista católico y director de la revista digital Convivencia, y Elizardo Sánchez, director de la ilegal Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional, entre otros.


Sus testimonios coincidieron en mostrar a la variada oposición de Cuba como un frente con ideas a favor de una apertura democrática pacífica y el respeto a las libertades individuales. “Son gente de mucho valor y coraje a pesar de que los cubanos son prisioneros en su propia casa”, dijo Micciarelli.


Durante su estancia en Cuba el realizador estuvo en la mira de la Seguridad del Estado y fue testigo del acoso de grupos de partidarios de gobierno en los alrededores de las casas de los opositores. También sufrió un atentado. Sucedió mientras conducía un automóvil en una autopista al este de la Habana cuando, sospechosamente, el chofer de otro vehículo le cerró el paso a alta velocidad y lo obligó a salir de la carretera.


Al interior del automóvil de Micciarelli iba Pollán, un camarógrafo y el periodista independiente José Alberto Alvarez Bravo.


Desde ese momento la tensión y la paranoia aumentaron. Sabía que era un proyecto peligroso pero era mi historia, real y propia, y debía seguir”, precisó Micciarelli.


El realizador también conoció a agentes infiltrados en la disidencia que quisieron “colaborar” con las entrevistas. Fue el caso de Carlos Manuel Serpa Maceira, el agente Emilio. Serpa era un activo periodista independiente muy cercano a las Damas de Blanco, que informaba para medios de prensa en Miami, como Radio Mambí, Cubanet y Radio y TV Martí.


Regresé a Milán a contar la historia a mis amigos, gente que me conoce desde joven”, comentó Micciarelli. “Les dije que había descubierto otra realidad, una Cuba que está muy lejos de lo que dice el gobierno”. Cuando era joven estaba fascinado con el mito de la revolución, pero estando en Cuba vi otra cara y realidad”, dijo Micciarelli.

 

 Soy la otra Cuba es un viaje por Cuba cincuenta años después del triunfo de la revolución, que descubre una realidad muy diferente a la que encarna la Cuba ideal que promocionan los comunistas europeos. Por ello el documental Soy la otra Cuba ha sido prácticamente censurado en la lista de los más importantes encuentros de cine en Europa, debido a que muestra una realidad que incomoda a muchos de sus organizadores, según explicó Micciarelli. En su lugar festivales como el de Venecia han decidido proyectar cintas más cercanas a la propaganda oficial de los hermanos Castro, como Cuba en la era Obama, de Gianni Mina.

 

La galería Langhans, de Praga, proyectó el documental Soy la otra Cuba. La película se exhibió en la inauguración de la exposición Esperando el milagro: la realidad cubana medio siglo después de la revolución, organizada por People in Need, una ONG checa que provee ayuda humanitaria y lleva a cabo proyectos de desarrollo, programas educativos y de derechos humanos en las regiones en crisis alrededor del planeta.

Jorge Valls, fundador del Directorio Revolucionario,

habla sobre el golpe de Estado y la Revolución cubana

 

 

 

Cuba, la revolución perdida 

  Antonio Elorza

31 de diciembre de 2008

 

Se cumple el 50º aniversario de la revolución castrista. Lo que fue un experimento político, económico y social de gran atractivo es hoy una dictadura en la que una tela de araña policial garantiza el conformismo

 

La situación política de Cuba resulta comparable a la que hubiera sufrido España en los 70, de haber permanecido durante años Franco imposibilitado de ejercer el poder, pero en vida, con Carrero Blanco en el timón del Estado. Ninguna otra hipótesis hubiera sido tan favorable para la continuidad de la dictadura, del mismo modo que tampoco cabe imaginar ninguna combinación mejor que la vigente de factores propicios para la perpetuación del castrismo, con Fidel en plan de oráculo y Raúl de gestor, algo más pragmático, pero sin olvidar su encallecida vocación de represor. Casi ayer el presidente de la Asamblea Popular, Ricardo Alarcón, conmemoraba los derechos humanos “sin selectividad, manipulación ni discriminación”, al mismo tiempo que la policía efectúa una redada encarcelando a un centenar de demócratas, para abortar toda celebración reivindicativa. Lo de siempre, con más cinismo.

 

La UE cree erróneamente que la luz verde al castrismo favorecerá el trato a los opositores

 

El país soñado por Martí cedió paso a la pesadilla sufrida por Reinaldo Arenas

 

También como en el caso del franquismo, la continuidad encuentra apoyo en intereses exteriores. Para España se trató del respaldo abierto de Washington. Para Cuba, fue primero la URSS y ahora Chávez que a cambio de tratar a Raúl de “monaguillo” en Caracas, ha logrado incluso introducir a Cuba en el Club de Río. Un gran salto adelante para la continuidad. Y la benévola que entonces asumieran las chancillerías cómplices del Spain is different, corresponde ahora a la Unión Europea, desviada de la defensa de la democracia por la iniciativa española, al creer erróneamente que la luz verde al castrismo favorecerá un trato mejor a los opositores y de paso satisface a los votantes apegados al mito de la Revolución Cubana. Resultado: nulo para los cubanos, triunfal para el búnker habanero, amén de incapacidad en el futuro para la Unión Europea de presionar eficazmente por la democracia, perdida la credibilidad de sus sanciones. Logro de Moratinos.

 

Fue sin embargo la revolución más hermosa del siglo XX, la que en un primer momento hizo escribir a Vargas Llosa que “ha reducido a una proporción humana las diferencias sociales” y “ha demostrado que el socialismo no estaba reñido con la libertad de creación”. Nos lo recuerda la supervivencia del mito del Che, recuperado por la estupenda hagiografía filmada de Soderberg. Un país próspero, pero atenazado por la dependencia de Estados Unidos, la corrupción y una dictadura criminal, se encontraba ante un “amanecer de libertad”, cargado de promesas de democracia y de justicia social, conseguido por la lucha heroica de unos cientos de guerrilleros, eficazmente secundados por los activistas de las ciudades. Había saltado el cerrojo impuesto por Washington en Latinoamérica a todo intento de cambio social. El frustrado acceso a la independencia en 1898 dejaba paso a una experiencia plenamente autónoma de la cual podían extraer enseñanzas todos los pueblos oprimidos del continente. Era una revolución por el poder político, y también por la educación y la mejora de las condiciones de vida, haciendo realidad el sueño de José Martí: “con todos y por el bien de todos”. Lejos en principio del comunismo soviético. La tarea además no parecía difícil si atendemos a la descripción de ese país cargado de vitalidad política hasta el golpe de Batista, de que habla Fidel en La historia me absolverá. Más las gotas de utopía en rojo y negro, consistentes en pensar que una vez triunfante la revolución, ni siquiera serían necesarios los policías reguladores del tráfico: bastarán los boy scouts. Y de hecho así se ensayó, antes de que muy pronto la sociedad cubana quedara envuelta en la tela de araña policial que hasta hoy garantiza su conformismo.

 

Hay un gobierno de hombres jóvenes y honrados, el país tiene fe en ellos, va a haber unas elecciones”, anunció Fidel apenas entrado en La Habana. Muy pronto, el 7 de febrero, las reformas a la Constitución de 1940 en sentido antiparlamentario, marcaron el viraje hacia la dictadura. A lo largo de 1959, las ejecuciones (“el paredón”) y las larguísimas penas de prisión acabaron alcanzando a los propios revolucionarios disconformes (caso Huber Matos). El partido comunista infiltró el Estado, a costa eso sí de su ulterior domesticación por Fidel. A lo largo de los 60, fue suprimida primero la prensa libre, finalmente la autonomía de los propios intelectuales revolucionarios (de Lunes de Revolución a Padilla).

 

La Cuba soñada de Martí, democrática e igualitaria, cedió paso a la de Antes que anochezca, de Reinaldo Arenas. Un régimen además sumamente ineficaz en lo económico. En 1958 Cuba no era Haití, doblaba la renta por habitante española y estaba al nivel de Japón. ¿Dónde se encuentra hoy, y no sólo por el embargo USA, compensado durante décadas por la ayuda soviética? De la economía a la política. “El verdadero orden es el que se basa en la libertad, en el respeto y en la justicia, pero sin fuerza”, declaraba Fidel en enero del 59. Pronto quedó en cambio establecido un cesarismo populista, asentado sobre la represión permanente, con el ejército de “columna vertebral del régimen” y el partido comunista convertido en correa de transmisión de la dictadura personal del “Comandante”. Medio siglo después de la entrada de los barbudos en La Habana, ahí seguimos.

 

La personalidad autoritaria de Fidel Castro, forjada sobre la de su padre, su calidad excepcional como demagogo, la obtusa política contrarrevolucionaria de Washington, son factores que singularizan la experiencia revolucionaria cubana. Pero en cuanto a la inversión de las expectativas de emancipación y libertad, el caso cubano se inscribe en una larga serie de frustraciones que incluso alcanza a la Revolución francesa, la revolución por excelencia, que a pesar de su reguero de sangre dejó como legado unas exigencias de democracia y derechos humanos de validez universal. Algo que no llegaron a alcanzar en el siglo XX las revoluciones imitadoras del patrón leninista. El precio pagado fue en todo caso muy alto, así como la tensión entre las palabras, henchidas de libertad, y los hechos, portadores tantas veces de destrucción.

 

Nos lo recuerda el texto prácticamente desconocido de un revolucionario, Graco Baboeuf, sobre la terrible represión jacobina sobre la Vendée en 1793-94. En el opúsculo ahora recuperado por Reynald Secher bajo el título de La guerra de la Vendée y el sistema de despoblamiento, el futuro conspirador trata de las causas y del alcance de la política de exterminio practicada sobre los contrarrevolucionarios, a la cual calificaba de “nacionicida” (sic). Baboeuf apunta a dos causas políticas de esa degeneración del proyecto revolucionario hacia el terror, y ambas pueden ser aplicadas a revoluciones posteriores, de la soviética a la de los jemeres rojos en Camboya. La primera es el establecimiento de unos poderes ilimitados para defender la Revolución, con lo cual esta se separa inexorablemente de la senda democrática. Será la objeción de Rosa Luxemburg a Lenin. La segunda, la sustitución de un objetivo de acción contra la desigualdad económica, por la vía brutal de la expropiación de los poderosos mediante su eliminación, como clase primero, individual inevitablemente luego. Por la muerte (de Robespierre a Pol Pot) o por la expulsión (principio de Arquímedes aplicado por el Che a las revoluciones para contrastar su validez). A esa deriva destructora del mundo puesto cabeza abajo acompañó además casi siempre el hundimiento de la economía, visible en la Rusia de Lenin y en Cuba, como antes en la insurrección precursora de los esclavos de Haití.

 

La injusticia y la desigualdad seguirán dando lugar a revueltas sociales y a revoluciones. El “fin de la historia” llegará en todo caso por la autodestrucción del planeta, no por el dominio sosegado del capitalismo liberal en el marco de la globalización. No obstante, cabe exigir de los proyectos de transformación radical reconocer que la razón, insuficientemente aplicada, ha producido ya en los dos últimos siglos demasiados monstruos. Conviene recuperar el verdadero sentido del grabado de Goya: cuando la razón duerme, los monstruos se apoderan inevitablemente de la escena, o siguen gobernándola desde la irracionalidad.

 

 

‘FIEL’ CASTRO

Documental de Ricardo Vega

 

 

Pasado, presente y futuro de la Cuba revolucionaria (Parte 1)

Eugenio Yáñez

Juan Benemelis

Antonio Arencibia

 

I.- Establecimiento y consolidación del totalitarismo

 

La victoria revolucionaria contra Fulgencio Batista en enero de 1959, instauró en el poder a los guerrilleros del Movimiento 26 de Julio bajo la dirección de Fidel Castro y rebasó ampliamente los límites de Cuba, no solo traumatizando al continente latinoamericano y su viejo diferendo con Washington, sino entronizando un catalítico de extremismo revolucionario en las relaciones globales. Castro, cuidado celosamente por una pequeña columna guerrillera, se mantuvo en la Comandancia y raramente sostuvo una acción verdadera, pero al entrar en La Habana se vio ante una nación que se rendía al culto de un nuevo caudillo.

 

La revolución cubana irrumpe al escenario mundial precisamente en momentos en que se producen cambios trascendentales en su configuración debido al enfrentamiento Este-Oeste, influyendo decisivamente en algunos acontecimientos y empantanándose en otros. Nunca en la historia contemporánea un país tan pequeño y magro en recursos ha ejercido tal influencia internacional.

 

El castrismo no sólo es hijo del totalitarismo comunista, sino que tiene hondas raíces en el pasado republicano y colonial de la Isla. De no haber existido el marxismo y el bloque comunista, Castro hubiese impuesto un esquema de poder y de control económico muy semejante al hoy existente. El anti-norteamericanismo de Castro se origina en el rencor transmitido por su padre, soldado que sufrió la derrota militar de España a manos de Estados Unidos en la guerra hispanoamericana. Ese sentimiento se incubó en los miles de inmigrantes españoles llegados a Cuba a principios del siglo XX y fue alimentado por las intervenciones e ingerencias norteamericanas en la joven república. Esos errores fueron sistemáticamente explotados desde los años 20 por la propaganda comunista para terminar bajo el castrismo como dogmas y razón de ser de la “Revolución”.

 

Ya en el poder, Fidel Castro se sostuvo por sus jefes militares guerrilleros, mientras los miembros destacados en las actividades clandestinas urbanas fueron relegados a funciones subalternas. Estos, en su casi totalidad anticomunistas, pronto dejarían de considerar a Castro como su jefe, en especial tras el abrupto viraje en 1960.

 

Por su parte, el viejo Partido Comunista se había dedicado en la República a las luchas economicistas. Los viejos estalinistas cubanos, encabezados por Blas Roca, propugnaron un socialismo nacional y aislacionista que pudiera reducir al mínimo no sólo la colisión con Estados Unidos sino también la crisis económica interna. Estaban convencidos de que la clase obrera se impondría en el poder finalmente, y que resultaba absurda la impostación del nuevo orden social desde fuera con el foco guerrillero. De ahí la pugna entre los viejos comunistas, más bien pacifistas, y los guerrilleros castristas en el poder, agravada por el estigma de la efímera colaboración de los primeros con el dictador depuesto.

 

La Reforma Agraria

 

La rebelión anti-batistiana no fue un movimiento por reivindicaciones rurales y por eso, a pesar de sus promesas, a poco de iniciada, la Reforma Agraria empezó a afectar a muchos campesinos que abandonarían la revolución tan rápidamente como la habían apoyado. La revolución nunca se planteó un reparto de tierras a los jornaleros agrícolas, sino que abrazó la concepción estalinista de estatalización y proletarización rural.

 

La Reforma Agraria aprobada en mayo de 1959 había expropiado todas las fincas superiores a 402 hectáreas y concedió a los arrendatarios y aparceros la propiedad de las parcelas en explotación hasta 26,8 hectáreas (2 caballerías). Al transformarse en 600 cooperativas muchos de los grandes latifundios cañeros, ganaderos y arroceros, el ejército de jornaleros rurales, el sector más pobre de la sociedad cubana, fue privado de adquirir tierras, aunque 150.000 de ellos fueron incorporados a las nuevas entidades, que demostraron cierta capacidad productiva. No obstante, en tres años, en octubre de 1963, Castro firmaba la 2ª Ley de Reforma Agraria, que dejaba solo 66 hectáreas como tenencia máxima de tierra y marcaba el abandono de toda forma de propiedad privada o cooperativa en favor de la completa estatización del país. Con el INRA presidido por Carlos Rafael Rodriguez, en febrero de 1962 comenzó la disolución de las cooperativas cañeras, que definitivamente quedaronn convertidas en “granjas del pueblo” al terminar la zafra, y sus miembros pasaron a ser obreros agrícolas.

 

Con las granjas estatales fracasó el intento de diversificar el agro al eliminarse producciones tradicionales de la ganadería y la caña de azúcar. Al lesionar al campesino medio, el mayor productor de alimentos del país, escasearon de inmediato renglones de primera necesidad: la merma en la producción agropecuaria y la afectación del consumo urbano llevarían a las finanzas, las inversiones y el consumo a un punto muerto.

 

Los intermediarios fueron abolidos y los productores obligados a entregar volúmenes fijados por el Estado, a precios muy inferiores. Los campesinos dejaron de entregar sus productos para venderlos en el mercado negro de las ciudades o a intermediarios ilegales. Para 1962, cuando los efectos negativos de la reforma agraria se hicieron sentir, se agotaron las reservas e inventarios financieros y materiales heredados de la República, los niveles de consumo se desplomaron y se impuso el racionamiento de víveres pocos meses después.

 

La transición hacia el nuevo sistema requería de una base agroindustrial muy fuerte y una infraestructura científico-técnica masiva que no existía, lo que precipitó el sistema hacia un bloqueo estructural de sus propios mecanismos, donde la simple estatización no aseguraba la irreversibilidad del socialismo.

 

El embargo norteamericano que se había iniciado en febrero de 1962 mediante Órdenes Ejecutivas del presidente Kennedy, comenzaba a desestabilizar una economía que dependía en su tecnología y comercio de Estados Unidos, creándose un vacío que el campo socialista no pudo llenar con rapidez y calidad. Al evaporarse la disponibilidad de moneda convertible debido al despilfarro financiero, unido a la lentitud y distancias del nuevo mercado del bloque soviético, se impuso una restricción del consumo buscando recursos para sostener un plan de inversiones directas.

 

Castro apuntaló el monocultivo azucarero con los acuerdos soviéticos de 1963, el abandono de los intentos de industrialización y los acuerdos  comerciales con el campo socialista: ahora el cultivo de la caña de azúcar financiaría el progreso. Necesitado de una gran disponibilidad de tierra, a causa de la baja productividad estatal, llevó a cabo el proceso de incautación rural de la 2da. Reforma Agraria que elevaría la propiedad de tierras estatales al 70% del total nacional.

 

La liquidación de la pequeña producción privada y la promoción del estatismo y el cooperativismo productor, con las medidas agrícolas de 1963, fue una política con el objetivo de quebrar los centros abastecedores de la oposición armada en las zonas rurales. Así, su estrategia por aniquilar toda base social y económica a una presunta oposición, asfixió a la pequeña producción privada. Castro jamás confiaría en los pequeños campesinos y no cejaría en ir reduciendo su número y áreas de producción.

 

La Habana versus Washington

 

El castrismo inaugura en este hemisferio la era del cuestionamiento a la vieja política injerencista de Estados Unidos, retomando frente a la URSS la “doctrina Monroe” que concedía la prerrogativa norteamericana a la intervención ante la intromisión de una potencia extra-continental. Una de las leyendas de la época es que Estados Unidos forzó a Castro a alinearse con los soviéticos, pero cuando triunfó la revolución en 1959 el Departamento de Estado norteamericano se había  pronunciado a favor de Castro, quizás esperando por otro Batista. Castro, maniobrando hacia “el este”, buscó el apoyo soviético con el pretexto de liquidar al “imperialismo yanqui”.

 

El esquema del mensaje pro-castrista en Occidente era que la revolución cubana se había desarrollado debido a las dificultades de orden económico y social en la Isla, y la ficción de que Cuba era un país subdesarrollado sometido al saqueo del imperialismo norteamericano. Hubo una fría e implacable lógica en la estrategia de Castro: una estrecha relación con Estados Unidos hubiera requerido que se amoldara a nociones de legalidad y gobierno constitucional, o por lo menos lo hubiera sometido a las presiones de que Washington aplicaba a los dictadores cubanos en situaciones críticas. Evidentemente, nada por el estilo vendría del Kremlin.

 

A fines de octubre de 1959, estalló la crisis más violenta dentro del sistema; el periódico Revolución arreció sus ataques contra la vieja guardia estalinista que perdía todas las elecciones sindicales. En Camagüey, el comandante guerrillero Huber Matos denuncia la tendencia comunista que va adquiriendo la Revolución. Ello desencadenó una colisión dentro del gobierno que terminó con la expulsión de elementos demócratas, sumándole la compulsión para formar las milicias y el control sobre la prensa.

 

Las elecciones sindicales en aquel mes marcaron el choque con las tendencias no comunistas, opuestas a las maniobras de Castro de conceder carta blanca a los viejos marxistas en el control del movimiento obrero. La dirigencia sindical anticomunista perdió la batalla (David Salvador, Conrado Bécquer, José María Aguilera, Jesús Soto, José Pellón, Octavio Luit Cabrera). En los finales del año, hubo un choque violento y una huelga desatada por los obreros y el sindicato del sector eléctrico contra la administración interventora castrista, por mejoras salariales y sociales.

 

Otra institución que tenía que ser neutralizada era la Universidad. A principios de 1959, los estudiantes y profesores formaron una Comisión de Reforma Universitaria que organizó tribunales revolucionarios para purgar profesores, estudiantes y empleados que habían colaborado con Batista. La elección del Comandante Rolando Cubelas como Presidente de la FEU dio a Castro control parcial de la Universidad, que aún gozaba de la autonomía tradicional. El fin de la autonomía vino en diciembre de 1960, cuando el gobierno creó un Consejo Superior de Universidades, encabezado por el Ministro de Educación, para dirigir a las tres universidades estatales.

 

La ofensiva contra la Iglesia comenzó con toda su fuerza cuando ésta se opuso a la transformación de Cuba en una sociedad marxista-leninista. En marzo de 1960, el redactor de la revista católica La Quincena escribió, “La doctrina y práctica comunistas… merecen el repudio de cada hombre que ame la libertad, y deben ser erradicadas”. Dos meses después, el Arzobispo de Santiago, Monseñor Pérez Serantes, divulgó una carta pastoral en la que declaraba que “No podemos seguir diciendo que el enemigo está a nuestras puertas, porque en realidad está adentro, hablando en alta voz, como si estuviera en su casa…El gran enemigo del cristianismo es el comunismo”. La denuncia más poderosa vino en una Circular Colectiva de los Obispos Católicos en agosto de 1960, diciendo que “El catolicismo y el comunismo corresponden a dos concepciones del hombre y del mundo que están totalmente opuestas, y que nunca pueden reconciliarse”. La reacción de Castro y sus aliados fue violenta.  Las turbas interrumpieron la lectura de la Circular en las iglesias.

 

El único programa de TV dirigido por las Organizaciones Nacionales Católicas, “Mensaje para Todos”, fue suspendido por las autoridades. El golpe decisivo contra la Iglesia Católica vino inmediatamente después de la invasión de Playa Girón en abril de 1961. Curas y monjas fueron puestos en arresto domiciliario, todas las asociaciones religiosas ocupadas militarmente y registradas, y fueron profanadas algunas iglesias. El cardenal Arteaga pidió asilo en la Embajada de Argentina. El Primero de Mayo de 1961, Castro anunció la expulsión de todos los sacerdotes extranjeros y la nacionalización de todas las escuelas privadas, incluyendo las católicas.

 

Las Organizaciones de Masas

 

La monopolización del poder por el grupo guerrillero y su transformación en partido marxista-leninista buscando la permanencia indefinida, se legitimarían mediante el narcisismo de su pasado de luchas elevado a mitología. Castro abrigaba dos propósitos: garantizar su poder unipersonal y consolidar el apoyo logístico soviético a través de los viejos bonzos estalinistas cubanos.

 

El totalitarismo tomaba cuerpo durante 1959 y se estructuraría después a partir de las Milicias Nacionales Revolucionarias (MNR), los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) y las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI).

 

Los primeros esfuerzos de este tipo, de envergadura nacional, fueron la creación de las milicias y la Campaña de Alfabetización, que si bien conllevaba un objetivo altruista acarreaba todo un empeño de propaganda ideológica.

 

Las Milicias y el Ejército resultaron el centro fundamental de adoctrinamiento político: se mantuvo por otras vías el papel tradicional de fuerza política que el ejército ha venido desempeñando en Latinoamérica.

 

En este período inicial, casi todos los organismos estatales existentes se ven forzados a estatalizar la propiedad, motivando transgresiones a las leyes e injusticias, y transformándose cada órgano en instancia de gobierno y cada funcionario en intérprete de la aplicación de leyes y normas. El Instituto Nacional de la Reforma Agraria (INRA), creado para implantar la reforma agraria se convirtió en un aparato de gobierno paralelo, una especie de Leviatán que controlaba la agricultura, la producción azucarera, industrial e incluso amplias esferas de servicios.

 

Playa Girón y las ORI

 

Mucho se ha escrito del desembarco de una brigada de cubanos exiliados auspiciada por Estados Unidos en abril de 1961, después conocida como Bahía de Cochinos en Occidente y Playa Girón en Cuba. A raíz de la invasión se generalizó una de las olas represivas más gigantescas que recuerde la humanidad, la “Operación P”: en esas horas, alrededor de doscientas mil personas fueron detenidas en una redada, acción donde cayeron muchos dirigentes sindicales, técnicos, profesionales.

 

En ese mismo año 1961 estalló en la ciudad matancera de Cárdenas la protesta popular más masiva que se registra contra el régimen. Sus calles fueron escenario de manifestaciones con calderas y ollas vacías ante las restricciones impuestas al consumo. La protesta fue ahogada violentamente y la ciudad inundada con tropas, tanques, artillería y aviación.

 

La “Operación P” tuvo de saldo un masivo presidio político con más de treinta mil reclusos, campos de trabajo forzado como la UMAP, persecución a homosexuales, intelectuales, santeros, testigos de Jehová, y un terror generalizado a toda la población, que sobrecogida vio que el régimen no tenía fronteras para la represión.

 

Esta primera parte del proceso esta muy ligada a la estrategia de acceso, consolidación y transformación de la guerrilla en una élite de poder burocrático-militar. Estos pasos se concretan en una lucha feroz alrededor de la alineación con la URSS. El periódico Revolución, dirigido por Carlos Franqui, enfrentaría una lucha virulenta contra la vieja guardia estalinista y su ortodoxia. En julio de 1961 Castro formó las ORI, que asumirá las funciones de dirección política en toda la Isla: ahí se agruparon lo que restaba del Movimiento 26 de Julio y sectores del Directorio Revolucionario alrededor de los núcleos del viejo Partido Comunista.

 

En un polémico discurso de diciembre de 1961, Castro culmina su espectacular giro, al desplazar a veteranos guerrilleros y hacer equipo con los viejos comunistas, enterrando la revolución agraria al manifestar que el proceso cubano había sido y era proletario. Así, contrario a otras revoluciones donde el grupo original se transfigura en el partido del poder, Castro liquida la organización política que le dio el triunfo, el Movimiento 26 de Julio, e impone su potestad auxiliada por una fracción minoritaria de sus guerrilleros y de los que conforman el clandestinaje urbano, a los que integra a las ORI.

 

Pero al mismo tiempo destruyó el Partido Comunista y creó su propio partido fidelista, al que llamó “comunista” para enfrentarse a Estados Unidos y obtener respaldo y poder de la Unión Soviética. La confrontación entre estalinismo y desestalinización, que comenzaba a desgarrar el bloque soviético, halla de inmediato interlocutores en Cuba. La vieja guardia comunista atrincherada en las ORI, la revista Cuba Socialista, el periódico Hoy y las famosas Escuelas de Instrucción Revolucionarias (EIR) simbolizaban la tendencia estalinista.

 

Esta tendencia perdería su predominio poco después de los primeros años, aunque algunos de sus elementos prominentes retornaron a los primeros planos en la década de los setenta. Los nuevos marxistas, los guevaristas y elementos procedentes de la lucha antibatistiana, teñidos con un vago socialismo, hallan su modo de expresión en el diario Revolución, la revista Nuestra Industria, los ministerios de Relaciones Exteriores y de Comercio Exterior.

 

La resistencia campesina

 

Como se ha señalado, en 1962 se empezó a aplicar una nueva estrategia en la agricultura encaminada a ampliar el sector estatal, presionando a los doscientos mil campesinos privados a unirse a las organizaciones económicas estatales. El gobierno comenzó a confiscar las tierras de aquellos que no vendían al Estado, siendo  los casos más representativos en las provincias de Matanzas y Las Villas, cuyas producciones fundamentales se enviaban a La Habana. Así, se fomentaría la oposición armada campesina o simplemente la contracción de la producción privada a niveles de autoconsumo familiar.

 

Los levantamientos anticastristas que se producirían en estos primeros tiempos, no exentos de injustificables excesos y crímenes, contaron con el beneplácito de las capas rurales más pobres, temerosas de un minotauro estatal que las iba regulando y controlando cada vez más. Puede decirse que los alzamientos anticastristas del Escambray sería el único movimiento político organizado de los campesinos cubanos en el siglo XX, pues la lucha contra Machado fue un movimiento urbano, y la revolución contra Fulgencio Batista resultó un movimiento de la clase media, con un tibio apoyo campesino fuera de la Sierra Maestra.

 

La guerra civil campesina, definida por el régimen como Lucha contra Bandidos (LCB),  en su etapa más aguda 19601963, provocó la contracción de la producción agrícola y mantuvo en precario la alimentación de las ciudades. Los fusilamientos sin juicios, abusos, torturas e injusticias cometidas por el régimen en las provincias centrales, durante la “Limpia del Escambray” liquidó todo apoyo al gobierno de la población en la zona.

 

De no ser por la represión organizada y la ayuda bélica recibida de la Unión Soviética, el régimen hubiese naufragado en estos primeros años. Como expresaría acertadamente Franqui años más tarde: “el Escambray no fue organizado por la CIA. Fue un alzamiento interno, donde se confundían revolucionarios perseguidos, rebeldes y campesinos, perseguidos por comunistas y Seguridad, aventureros y gente afectada por la revolución”.

 

La crisis de los cohetes

 

En febrero de 1960 arriba a La Habana el vicepremier soviético Anastas Mikoyán, hecho que marcaría un corte en el desarrollo del proceso, al acelerar Castro su cometido con la Unión Soviética. La etapa siguiente de nacionalizaciones se hallaba ya contenida en la proyección política anterior, de vocación anti norteamericana y totalitaria.

 

La declaración de Castro como marxista leninista a fines de 1961 coincide con  está presencia soviética, a partir de la cual la subversión exterior cobra interés político y estratégico. En 1961, agentes de la KGB arriban a Cuba, para supervisar y reorganizar la inteligencia. La victoria que logra Castro en Bahía de Cochinos le ayuda a estabilizarse más firmemente y le provee de mayor valor a los ojos del bloque soviético. El castrismo se debate en su disenso con Estados Unidos, las marchas y contramarchas con respecto a la URSS, y la subversión general de la América Latina

 

El premier sovietico Nikita Jruschov  concibe la posibilidad de solventar la falta de bombarderos atómicos de largo alcance y “misiles” intercontinentales (ICBM) y decide instalar en Cuba sus cohetes nucleares tácticos. Jruschov pensaba que podía lograr una ventaja nuclear instantánea sobre Estados Unidos, instalando los cohetes de largo alcance en Cuba. Sólo que los servicios secretos norteamericanos contaban con un elemento técnico que les posibilitó detectar la instalación de los cohetes y obtener superioridad de información en toda la crisis: el reconocimiento fotográfico aéreo utilizando los aviones espías U-2.

 

En junio de 1962, Che Guevara y Raúl Castro firman en Moscu un tratado secreto para reforzar las fuerzas armadas cubanas y emplazar los cohetes nucleares de alcance medio en la Isla. Tras esta visita, alrededor de 21 buques soviéticos atracan secretamente en Cuba, entre julio y agosto, descargando equipos de guerra de enormes dimensiones, componentes electrónicos sofisticados y sistemas de radares. Por otro lado, se recibían evidencias desde dentro de la Isla del arribo de unidades de combate soviéticas que eran acantonadas en diversos puntos de la isla de forma secreta y aisladas de la población.

 

Para septiembre, los soviéticos se hallan envueltos en la construcción de los sitios donde serían emplazados los cohetes intercontinentales en las localidades de Guanajay y Remedios, y la de los cohetes de mediano alcance en San Cristóbal y Sagua la Grande. El día 13 de septiembre la CIA vuelve a alertar a la administración Kennedy de que las construcciones en proceso en Cuba eran el preludio para el emplazamiento de cohetes atómicos que luego de instalados resultaría muy difícil su remoción.

 

Los vuelos de espionaje del U-2 se efectuaron con éxito sobre Cuba entre el 26 de septiembre y el 7 de octubre. El 14 de octubre de 1962, los aviones U-2 de espionaje norteamericanos tomaron fotos de la instalación de cohetes de alcance medio, con ojivas nucleares, en territorio de Cuba. El día 13 de octubre, las baterías antiaéreas cubanas, cumpliendo órdenes directas de Castro, derriban el U-2 espía que pilotaba Rudolf Anderson a lo que siguieron horas de febril preparación norteamericana para un inminente asalto aéreo y terrestre.

 

El 22 de octubre, horas antes de que el presidente Kennedy hiciera una alocución pública denunciando la presencia de armas ofensivas en Cuba, el secretario de Estado Rusk se entrevistaba con el embajador soviético. El presidente Kennedy anunció la imposición de una cuarentena naval a Cuba sobre todo de equipo militar ofensivo; la vigilancia aérea continua; la preparación de las fuerzas armadas para cualquier eventualidad.

 

Asimismo, el presidente Kennedy solicitó una reunión de urgencia del Consejo de Seguridad de la ONU. Finalmente el presidente Kennedy se dirigió al presidente del Consejo de Ministros soviético, Jruschov, para que detuviese y eliminase la amenaza a la paz mundial. Al día siguiente, el embajador norteamericano ante la ONU, Adlai Stevenson, presentó las pruebas de la instalación en Cuba de los cohetes ofensivos.

 

U Thant, secretario de la ONU, reclamó del presidente Kennedy el cese del bloqueo y del premier Jruschov el cambio de rumbo de todos los barcos en ruta hacia Cuba. Jruschov respondió a U Thant proponiendo una reunión cumbre y anuncia que suspenderá el envío de armas a Cuba si Estados Unidos levantaban su bloqueo naval. La Habana mantenía la posición pública de que las armas instaladas en Cuba eran defensivas.

 

Al día siguiente, un abatido Jruschov propone iniciar la negociación del retiro de los cohetes nucleares y los bombarderos Il-28 de la Isla a cambio de instalaciones norteamericanas cercanas a la Unión Soviética, en especial la remoción de los cohetes estratégicos nucleares Júpiter que en 1959 habían sido emplazados en Turquía, el flanco sur europeo, y que enfilaban hacia la profundidad de la masa continental de Eurasia.

 

Como resultado de la Crisis de los Cohetes, el prestigio de Castro sufre un rudo golpe, especialmente ante los No-alineados, al evidenciarse el papel de su régimen como dependencia militar de una superpotencia y por la forma en que  manejó públicamente tal aprieto sin contar con Cuba. Países como Ghana, India e Indonesia demandan la inspección in situ del desmantelamiento nuclear, pero un Castro enfurecido les acusa de proimperialistas; su larga y tirante negociación con el soviético Mikoyán termina con la aceptación del acuerdo secreto Jruschov-Kennedy, que prohibe las actividades subversivas cubanas en América Latina.

 

Cultura y Revolución

 

Para producir más “literatura revolucionaria”, el gobierno cubano impulsó la creación de una red de casas editoriales: la Imprenta Nacional, inaugurada en 1959 con la publicación de 100.000 ejemplares de Don Quijote, pronto se dedicó a ediciones masivas del libro de John Reed, Diez días que estremecieron al mundo, y libros de Máximo Gorki, Aníbal Ponce, Bertold Brech y otros.

 

Los primeros funcionarios de cultura, algunos provenientes de la vieja guardia marxista, como Edith García Buchaca, Mirta Aguirre, Marta Arjona, Mariano Rodríguez, Alfredo Guevara, Julio García Espinosa, Raquel y Vicente Revuelta, Manuel Duchesne Cuzán y Carlos Fariñas, trataron de conformar un arte populista, basándose en el cartel político, el muralismo y las vallas. El documental igualmente pasó a ocupar un papel central con Santiago Álvarez.

 

Se fundaron la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y las brigadas de jóvenes creadores “Hermanos Saíz”, con el fin de adoctrinarles en la original ideología. De la misma forma, se estableció la cadena nacional de radio y televisión, y en 1961 se instituyeron el Consejo Nacional de Cultura y la Escuela Nacional de Arte.

 

Durante tres viernes consecutivos en junio de 1961 se reunieron unas 100 figuras de la cultura y la política en la Biblioteca Nacional. El gobierno estuvo representado por Fidel Castro, el entonces presidente Osvaldo Dorticós, el Ministro de Educación Armando Hart y otras personalidades como el “viejo” comunista Carlos Rafael Rodríguez. Castro pronunció su famoso discurso “Palabras a los Intelectuales”. Dijo que las discusiones habían girado alrededor del “problema fundamental… de la libertad artística creadora”. Todo el mundo estuvo de acuerdo en que la forma debía ser respetada. El asunto esencial, dijo, era la libertad de contenido. Entonces estableció la norma usada para juzgar lo que se permitía y lo que se prohibía: “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho”.

 

En el subconsciente de la vanguardia guerrillera cubana yacía el complejo de su incultura, y Castro delineó las prioridades intelectuales al ubicar la gesta bélica por encima de la obra artística, cerrando el camino político a los intelectuales.

 

II.- El socialismo hereje (a lo cubano)

 

La polémica de los modelos

 

Producto del desconocimiento de la mecánica económica del país, de su comercio internacional y escasez de recursos financieros, la dirigencia de la Revolución pensó alcanzar rápidamente la autosuficiencia económica. Este error se pagaría con creces y llevó al país a una vorágine de crisis de la cual nunca ha podido substraerse. La dirigencia titubeaba ante el tipo de modelo económico a aplicar para la transición al socialismo.

 

Existían dos criterios en la alta burocracia castrista sobre el tema: el de los viejos estalinistas y el de los guevaristas. Los viejos marxistas cubanos defendían que los estímulos materiales y la autogestión financiera lograrían la modernización de la agricultura y la industria. “Che” Guevara, secundado en silencio por Castro, promovía la formula del factor conciencia, los estímulos morales y el trabajo voluntario, esperando que la sociedad pudiera retribuir el trabajo excedente otorgado por el obrero.

 

Si bien Castro se salvó de una guerra de grupos al deshacerse del Che y suprimir la micro-fracción estalinista de Escalante, una seria turbonada se originaría desde la esfera intelectual. El debate sobre la desestalinización y su corriente de reforma y apertura se trasladó de la cúpula a los intelectuales y la nueva tecnocracia, dando lugar poco después a una disidencia de izquierda: trotskista, anarquista o socialdemócrata.

 

El concepto guevarista del “hombre nuevo” tenía más en común con los desusados exordios escolásticos del medioevo monacal que con la energía atómica y los avances de la ciencia. Las restricciones del consumo, el sacrificio sin límites para construir el futuro luminoso de las siguientes generaciones y la distribución igualitaria, se circunscribían a los productores; con respecto a los dirigentes, seguirían en posesión de sus privilegios manipulando la plusvalía social.

 

Al eliminarse el mercado de fuerza de trabajo sustituido por la asignación estatal, se implementó el trabajo compulsivo. Al subordinarse la gestión económica a objetivos políticos, se conformó un modelo económico no-rentable que frenó cualquier propósito de desarrollo.

 

La industrialización, que previó inversiones para el período 19601965 por mil millones de pesos, no trajo crecimiento. Ese proceso, preconizado por Che Guevara, no partía de un plan o una idea coherente, sino del concepto simplista de importar industrias que suplantaran importaciones. Así se inició entonces el penoso camino hacia una descomunal acumulación primitiva de capital, que agotó las fuerzas esenciales y gestoras de la Revolución, en medio del caos social y de consumo, y de las limitantes en calificación técnica y económica de la élite.

 

A medida que el Estado burocrático imponía metas y sacrificios descendía en flecha la productividad del trabajo. Pronto se abandonó el esquema  de lograr un país auto suficiente y económicamente dinámico por medio de la agroindustria moderna. Los intentos de industrialización chocaron con los deseos soviéticos de que Cuba se transformase en la azucarera del bloque socialista, lo que no sólo mantuvo el esquema agrícola, sino que lo profundizó en medio de la ineficiencia. El castroguevarismo se convirtió en una variante de la teoría de la “revolución permanente”, al considerar que el país no contaba con los medios para un desarrollo económico autosuficiente.

 

El sectarismo

 

Castro nunca se convirtió en comunista: encontró y adaptó una ideología, pero el comunismo cuartelario impuesto, sumado al totalitarismo, resultó en el amargo fracaso de la década del sesenta. Mientras buscaba atenuar los conflictos y crisis internas a través de la expansión armada de su régimen, la lucha de grupos dentro de la maquinaria estatal se disfrazaría con la ideología marxista. Pese a que ya se había extendido el proceso conformista entre las masas populares y se había solidificado la hegemonía de Fidel Castro, la revolución había presentado más de un intérprete y matices. Hasta 19631964, primero Aníbal Escalante (foto, de pie) y luego Che Guevara presentaron posiciones propias desde las filas del poder.

 

En 19611962 el proceso de estalinización institucional que llevó a cabo Aníbal Escalante, como secretario de organización de las ORI, se produjo con tal fuerza y rapidez, que al año siguiente Castro llevó a cabo un virulento ataque  contra él y sus seguidores acusándoles de “sectarismo”, temiendo que la consolidación de un grupo con fuertes vínculos con la Unión Soviética, se proyectase a largo plazo como alternativa e incluso pudiera suplantarle en su papel de líder.

 

Tras propinar el golpe a Escalante y desmontar el aparato de las ORI, Castro creó el Partido Unido de la Revolución Socialista (PURS) e inició la etapa de los guerrilleros en el poder del Partido y el Estado. Hasta la constitución del Partido Comunista en 1965,  el Estado asumiría funciones políticas. A partir de entonces, poco variaría la composición general de la nueva clase y del Partido.

 

El caso Marquitos

 

La creación del Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba (PURSC) no detuvo la ojeriza de los guerrilleros con los militantes del antiguo PSP, ni de estos con el poder personal bonapartista, y hubo una sucesión constante de calamidades, peligros y crisis que finalizaron cuando Castro quedó como árbitro absoluto entre las facciones.

 

Entre 19631965 se produjo la brusca detención del impulso revolucionario y espontáneo en los estratos dirigidos y dirigentes. Las huelgas del presidio político y el agotamiento del régimen tras la sangrienta lucha contra la oposición armada interna incrementaron la represión. Tal crisis no fue definitiva para el régimen, puesto que los principales opositores se hallaban en el presidio, las organizaciones anti-castristas del exilio se habían fraccionado, las masas se hundieron en la frustración y la supervivencia, y la juventud, estrechamente regimentada, fue incapaz de traspasar el comentario crítico al sistema.

 

Cuba apuntaló el monocultivo, el modelo de financiación presupuestada, y el abandono de los intentos de industrialización. El igualitarismo que generalizaba los bajos niveles de vida, era propuesto como “justiciero” por la vanguardia profesional, que se creía en posesión de una teoría perfecta y trataría de identificar el destino de la nación con el suyo. El Estado burocrático-militar castrista iría reproduciendo una aristocracia política guerrillera, distanciada de los productores e inmune a los preceptos coercitivos, aislada de la población y del exterior, para evitar la contaminación de ideas extrañas.

 

En 196364 las corrientes marxistas cubanas en favor de la desestalinización habían servido a Castro para eliminar el peligro político del “anibalismo”. A comienzos de 1964 comenzó el juicio contra Marcos Rodríguez, un militante del Partido Socialista Popular acusado de delatar a un grupo de asaltantes al Palacio Presidencial en 1957, que fue cercado y asesinado (Joe Westbrook, uno de los asesinados, a la izquierda en esta foto junto a Faure Chomón). Durante el juicio se sugirió que el delator había recibido encubrimiento de altos jerarcas del antiguo partido, conocedores de su delito.

 

El 26 de marzo de 1964, Castro testificó en el juicio. El “affaire Marquitos” había desatado una vez más una profunda crisis y divergencias en el seno de la dirigencia, sobre todo entre antiguos integrantes del Directorio Revolucionario y el viejo partido comunista, acusado de colaboración conciente con el batistato.

 

El proceso demostró que las organizaciones antibatistianas aun funcionaban como grupos dentro de la revolución y mantenían rivalidades y vigilancia entre sí. Ante el peligro de división, Castro evita el choque entre estos dos grupos y, tras criticar a la vieja guardia estalinista, ordena el fusilamiento del delator Marcos Rodríguez, complaciendo a los miembros del Directorio Revolucionario, aunque sin hundir al PSP. Pero a partir de entonces el Directorio sería apartado de los resortes más importantes del poder.

 

La élite

 

Sin oposición interna y tras haber debilitado a los viejos comunistas, Castro lanzó en octubre de 1965 la fundación de “su” Partido Comunista cubano, con una plataforma política que respondía más a su personalidad y acción, y a la hegemonía de su facción, que a las ordenanzas de la central moscovita. Ese nuevo Partido Comunista, ensayado en el PURSC, se abrogó el derecho de representar y regir el pensamiento marxista en Cuba, monopolizado hasta aquel momento por los estalinistas. La selección del comité central y sus órganos se realizó en base a “méritos históricos”, y como la escala de valores consideraba la lucha guerrillera rural (especialmente en La Sierra Maestra y el Segundo Frente Oriental) más importante que el movimiento urbano clandestino, el núcleo rector lo integraron  los jefes guerrilleros del M-26-7, que comandara Fidel Castro.

 

A partir de ahí se debilitaron las instituciones y los jefes del Partido, conjuntamente con los del Ejército, lograron sobrepasar a la administración. Aquel mismo año, se desactivaron los periódicos del Movimiento 26 de Julio, Revolución, que dirigía Carlos Franqui, y el diario de los viejos comunistas, Hoy, sustituidos por el rotativo Granma.  De 1965 a 1967 la élite del poder adquiere su razón de ser y estilo definitivo; se reclutan entre los viejos guerrilleros, los directivos del Estado, de las empresas, del partido y del ejército. Pero, más que la hegemonía de un solo partido (el Partido Comunista  cubano) este proceso produjo la hegemonía de una sola facción, la castrista, que tenía como propósito principal garantizar la preservación del poder personal de su líder y autoperpetuarse en el poder.

 

Los militantes de fila encuadrados en el partido y juventud comunista, según su lealtad al régimen, serían promovidos como cuadros ejecutivos  de la nación, el Estado y la economía hasta niveles intermedios; los simpatizantes fueron asimilados por las organizaciones de masas como los comités de defensa, la federación de mujeres y los sindicatos como escalón para su posible membresía en las organizaciones políticas.

 

Una élite burocrática, masculina, blanca, insensible a la represión y las privaciones monopolizaría el poder a nombre de una supuesta profecía histórica. A veces Castro seleccionaba entre ellos chivos expiatorios de sus fracasos, como hizo con Orlando Borrego, Osvaldo Dorticós (foto), Carlos Rafael Rodríguez, Humberto Pérez y Arnaldo Ochoa. La figura del Comandante sería temida e idolatrada por el grupúsculo de la élite, mientras su poderoso dispositivo propagandístico alentaría una atmósfera de agradecimiento a su persona, de lealtad suprema, que podía ser recompensada con cargos y prebendas.

 

La lucha contra el burocratismo

 

El reflujo del movimiento revolucionario con respecto a las clases productoras era evidente en 19651967, años en que se llega a la cima de la curva, tanto en política externa como en economía. Los elementos de esta crisis estallan entre  1967 y 1968, de extrema vulnerabilidad política y de violentos choques intestinos, donde estaba en tela de juicio el rumbo del castrismo. Como telón de fondo están la agudización del cisma sino-soviético, la guerra de Vietnam y el inicio del mito del “Guerrillero Heroico”.

 

El descenso estuvo condicionado por el enfrentamiento de los castristas, ahora imbuidos de “guevarismo”, y los estalinistas que conformarían una micro-fracción liderada por Aníbal Escalante.

 

Castro quebró el espinazo de la naciente tecno-burocracia, desmanteló la institucionalización al entronizar el criterio de construcción simultánea del socialismo y del comunismo, desencadenó la llamada ofensiva revolucionaria, la ética moralizante y las movilizaciones agrícolas, dando un bandazo radical en medio de la crisis interna.

 

El aplastamiento de la “Primavera de Praga” marcó el fin de la desestalinización dentro de los países del bloque soviético y la fosilización del marxismo, cuyo rejuvenecimiento se intentaba desde las izquierdas independientes europeas.

 

El socialismo cubano había fracasado en toda la línea; la economía no salía de su grave crisis; la estrategia de la revolución permanente en el exterior y el “foco” guerrillero guevarista habían fracasado estrepitosamente en el altiplano boliviano. Estados Unidos no mostraba interés en una reconciliación con el régimen. La Unión Soviética mostraba su irritación ante el socialismo cuartelario cubano, y China había engavetado a Fidel Castro al no lograr su alineación. Por otro lado, la débil respuesta del régimen ante la invasión norteamericana a Santo Domingo y su apoyo a la soviética en Checoslovaquia le había mermado la estima de las guerrillas latinoamericanas.

 

Para fines de los sesenta, la ofensiva antirreligiosa llegó hasta la prohibición de los permisos para las fiestas religiosas de santería y los plantes Abakuá. Se implantaron leyes y normas represivas contra la vagancia, los absentistas, la persecución a los homosexuales y su separación de actividades docentes, culturales y de dirección.  Se aplicaron medidas de un puritanismo ajeno a las costumbres de la población, como la clausura de los centros nocturnos, salones de baile y venta y consumo de bebidas alcohólicas. La militancia del partido y la juventud comunista, siguiendo las consignas, fue compelida a dejar de fumar emulando la decisión personal del Comandante. Se vigilaba y cuidaba el adulterio entre los militantes, al punto que la policía efectuaría requisas en las “posadas” en busca de esposas infieles a miembros del partido, militares y miembros de la seguridad.

 

Esta doctrina castro-guevarista del Hombre Nuevo también se encuentra en las obras del “joven Marx” y en la propaganda del Nacional Socialismo. Los factores morales como palanca de estímulos abrazados por Castro, fueron además delineados por Mao Zedong que alababa a ese ejemplar perfecto como la piedra angular del despegue económico, sobre todo debido a que el “ethos” revolucionario y no la calificación técnica, es la condición suprema del cuadro dirigente.

 

El régimen utilizaría el sistema de becas, los medios masivos de información, la música y prolongadas movilizaciones para el trabajo voluntario agrícola, para inculcar los  principios del “hombre nuevo”. Pero el resultado fue desalentador en extremo: el nuevo estilo de vida impuesto a lo que llevó fue al incremento de la delincuencia juvenil y del mercado negro, al descenso de los rendimientos escolares, la elevación del ausentismo laboral y el recrudecimiento de la inestabilidad familiar.

 

Salón de Mayo y Congreso Cultural de La Habana

 

Desde las universidades, y grupos teatrales, en obras literarias clandestinas, en lienzos y en poemas, una parte de la joven intelectualidad se rebelaría ante una revolución petrificada en el populismo y secuestrada por la burocracia militar castrista. Ante la disidencia latente, el Estado estableció entre 1965 y 1972 un riguroso control en la cultura, desconociendo los derechos de autor, liquidando las individualidades rebeldes y las tendencias culturales sospechosas.

 

En 1965 se desata la campaña contra la dolce vita, supuestamente para moralizar el aparato de dirección, en realidad para acallar las críticas ante la vida de escándalos de altos funcionarios del régimen. Al mismo tiempo tiene lugar la primera gran cacería oficial de intelectuales y homosexuales que van a parar a los campamentos de trabajo forzado, las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP). La publicación de la UNEAC, La Gaceta de Cuba, le declaraba la guerra a la editorial El Puente, que por esa época reunía a un grupo de poetas mirados como tibios ante la revolución.

 

El escritor Jesús Díaz, laureado con el premio Casa de las Américas y entonces profesor de filosofía, fundador del semanario El Caimán Barbudo junto a Víctor Casáus, promovió el debate matriz acerca de cómo enfocar la misión del escritor y el artista en el proceso de transformaciones revolucionarias. En su polémica con el versador Jesús Orta Ruiz (El Indio Naborí), al cual tildó de populista, Díaz abogó por la pureza de la literatura revolucionaria, concepto que explicó en la revista Bohemia, un su artículo Para una cultura militante, estableciendo que en Cuba, el arte con perspectivas era sólo el de la Revolución, y haciendo uso de la interpretación marxista del fenómeno de la cultura, precisaba que las obras de arte eran sólo un género particular de producción, un trabajo concreto.

 

De forma aparentemente contradictoria, la represión y los intentos de proletarizar a la intelectualidad, coincidían con un “boom” de libros y películas no convencionales. Por ejemplo, Memorias del subdesarrollo (Edmundo Desnoes, 1965)  fue más una novela existencialista que de realismo socialista. Más notable aún fue la abundancia de películas contestatarias en La Habana de 1966 a 1968, como la británica ¡Morgan! que hacía burla de Karl Marx y el Partido Comunista de Gran Bretaña y describía la perforación con una pica del cráneo de Trotski por un asesino explícitamente identificado como un agente que actuaba por órdenes de Stalin.

 

La oposición a la ortodoxia cultural al estilo soviético culminó en una exhibición de arte vanguardista llamada Salón de Mayo (Salon de Mai), trasladada de París a La Habana bajo la dirección de Carlos Franqui en junio de 1967, y el Congreso Cultural de La Habana en enero de 1968. Esta fue la época en que Cuba y la Unión Soviética estaban en desacuerdo sobre temas como la estrategia revolucionaria en América Latina y la herejía del Comandante de querer construir el socialismo y el comunismo al mismo tiempo. Por eso Castro eligió hacer alarde de su desafío a Moscú para incrementar su prestigio entre la Nueva Izquierda en los países occidentales. En este sentido, tanto el Salón de Mayo como el Congreso Cultural de La Habana fueron espectáculos propagandísticos para consumo en el extranjero.

 

Incluso el Congreso Cultural de La Habana, que se suponía representara el punto más elevado de “tolerancia” a mediados de los 60, produjo una Declaración General que llamaba a los escritores a luchar contra el “colonialismo cultural” a través de la “lucha armada” (si era necesario) y a emprender “una revolución real en la cultura” que diera lugar al nacimiento del Hombre Nuevo. Literatura, arte, ciencia, cada una se convertiría en un “arma de lucha” en manos de la “vanguardia cultural”.  El Congreso concluyó nada más y nada menos que el trabajo intelectual no podía existir separado y opuesto al trabajo físico, ni como una categoría privilegiada y que el progreso de la conciencia comunista impedía la mercantilización de la creación artística.

 

La construcción simultánea del socialismo y el comunismo

 

El castrismo estimaba que la sociedad cubana podía marchar y crecer aislada de la comunidad económica internacional, y que el tránsito al socialismo se aceleraba mediante la aplicación del comunismo de guerra, a través de una acumulación originaria agraria, descansando en el impulso supremo de la industria azucarera y en la militarización de todo el aparato del Estado.

 

En la estrategia disparatada de la construcción simultánea del socialismo y el comunismo, el castrismo consideraba que tras la estatización de toda la economía tal salto era factible, mediante la combinación de la supuesta elevada productividad del Hombre Nuevo socialista (estímulos morales), y el estilo de dirección militar. Por eso, era la conciencia y no la técnica lo que había que desarrollar primero. Las administraciones desconocerían los resultados individuales en el trabajo, regulados entonces por el factor conciencia; importaba el número de horas laboradas y el volumen de producción, no así la productividad o la rentabilidad.

 

El período de la construcción simultánea impuso la congelación salarial extendiendo la jornada extra-laboral voluntaria por encima de las diez horas diarias, aunque tal norma sólo pudo lograrse ejerciendo una coerción extraeconómica sobre los productores mediante la compulsión política, la obligatoriedad del trabajo, el empleo forzado de la extensa población penal en proyectos económicos, y el ineludible plan estudio-trabajo para los estudiantes.

 

En medio de una economía de guerra y una extrema dependencia tecnológica, militar, financiera y comercial a la Unión Soviética, se desató la lucha contra el burocratismo, que en esencia era la eliminación de los aparatos económicos y contables, y la “ofensiva revolucionaria” de 1968 contra los pequeños productores y comerciantes privados, liquidándose las relaciones comerciales y contractuales entre el Estado y los productores privados, tanto agrícolas como urbanos.

 

En julio de 1968 Castro expresó que el dinero paulatinamente iría perdiendo su utilidad a medida que se ofrecieran gratis los servicios y demás funciones sociales y públicas (medicinas, libros, asistencia médica, educación, espectáculos deportivos y culturales), a lo que seguirían los productos alimenticios, el calzado y la vestimenta, liberándose la libreta de racionamiento hasta que la “distribución comunista” fuese total. El dinero comenzó a perder su valor de cambio provocando la regresión de una economía de mercado a una producción de subsistencia, especialmente en el medio rural.

 

La construcción simultánea, además de un terrible experimento social fue un paliativo para camuflar la catástrofe productiva, de consumo y la inflación que sufría el país. Los estímulos morales nunca lograron los resultados esperados. La proclamación de una esfera gratuita de distribución, no se produjo por incremento económico, sino por desvío de recursos de otros sectores financiados por el trabajo voluntario, los altos precios a un grupo selecto de productos y actividades de recreación.

 

La militarización de la sociedad

 

Como consecuencia de las leyes sobre la vagancia, el ausentismo y las llegadas tardes, los organismos creados para dirimir los litigios laborales y las direcciones sindicales, se convirtieron en meros apéndices de las administraciones. La Ley contra la Vagancia, que rememoraba legislaciones isabelinas sobre los vagabundos, puesta en función en abril de 1971, consideraba hasta prisión de cinco años a elementos antisociales reincidentes en no trabajar.

 

Al establecer la prioridad del desarrollo económico hacia las zonas rurales, el castrismo afectó las concentraciones urbanas, especialmente los focos obreros. El trabajo voluntario y las granjas de trabajo forzado se transformaron en un elemento de producción necesario. La fuerza de trabajo bajo el régimen voluntario y en muchos aspectos de la economía, estaría encuadrada a la disciplina cuartelaria, mientras las fuerzas armadas y las becas escolares proveerían también fuerza laboral a la economía.

 

El servicio militar obligatorio y el sistema de becas tecnológicas se transformaron en reclutamiento de mano de obra con vistas a enfrentar labores agrícolas y de construcción. Su versión más extrema fueron las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), campos de trabajo forzado. Pero quedaría demostrado en toda su extensión que el trabajo compulsivo no resulta económicamente productivo.

 

La militarización del trabajo, junto al trabajo forzado, serían modalidades encubiertas aplicadas extensivamente. La maquinaria creada para las movilizaciones políticas y las militares fue usada también para movilizar fuerza de trabajo civil, especialmente en las recogidas y siembras agrícolas y la construcción. En la agricultura se generalizaría la terminología militar: “puesto de mando, brigada, batallón, columna”. Se organizó la fuerza de trabajo no calificada en columnas formaciones que eran trasladadas a las áreas y ramas económicas jerarquizadas. Así nació la Columna Juvenil del Centenario para las labores agrícolas; la Columna Ferroviaria, que asumiría la construcción de vías férreas; la Columna Juvenil del Mar, que prepararía futuros marinos. Según un estudio inédito del Ministerio de la Agricultura de 1978, los  reclusos y presos políticos se utilizaron en la agricultura y la construcción, supliendo en algunas provincias hasta el 15% de la fuerza de trabajo agrícola. (MINAG. Estudio. 1978, Inédito).

 

La constante fue la restricción del estudio de carreras universitarias de humanidades, gran parte de cuya matrícula se reservó a militantes del Partido, funcionarios, miembros del Ministerio del Interior y de las fuerzas armadas. Por mucho tiempo muchas carreras como filosofía, sociología, economía, y contabilidad, fueron abolidas. Hubo momentos, a finales de la década sesenta, que se manejó la intención de integrar todo el estudio preuniversitario a las Fuerzas Armadas, como se había hecho con los estudios tecnológicos, dirigidos desde un viceministerio de educación técnico-militar. Castro llegó a plantear la disolución de los estudios universitarios regulares, para dejar solo los centros tecnológicos medios, cuyos graduados perfeccionarían su especialidad en su trabajo; así, toda la actividad productiva del país se convertiría en la universidad perfecta de la colectividad. Al efecto, proclamó en uno de sus discursos:

 

[…] y a propósito de esa desaparición de las universidades ¿qué significa eso? El día en que sean cientos de miles de jóvenes los que arribaran ya a un nivel de conocimiento de preuniversitarios, graduados en los institutos tecnológicos; cuando sean cientos de miles, entonces, todos esos jóvenes, con una capacitación técnica, pasarán a las actividades productivas. (Granma. 18 de diciembre de 1966).

 

El castrismo

 

Con los años va a ir surgiendo una hornada de “jóvenes marxistas” que se forma en el antisovietismo resultante de la crisis de los Cohetes en 1962 y el diferendo chino-soviético, la utopía de una nueva ética individual y un “hombre nuevo”. Son jóvenes que maduran con el descalabro del “Quijote guerrillero” y la ocupación soviética de Checoslovaquia. Para muchos en la nueva generación de izquierdistas cubanos, el prototipo de “revolucionario” será una amalgama de Daniel Cohn Bendit, León Trotsky, Sigmund Freud  y Alexander Solshenitzin: una especie de “anti-Castro” 

 

Fidel Castro, al igual que Lenin, era un fiel seguidor de los postulados maximalistas, que chocaban con las concepciones de una revolución democrática, liquidando el pluripartidismo e ilegalizando cualquier otra organización revolucionaria. Castro rechazó con brutalidad las corrientes internas antisoviéticas, trotskistas y anarquistas que pululaban en los centros universitarios e intelectuales. Su nueva estrategia agrarista no hizo caminar la maquina económica. El fracaso le precipitó a echar mano de otros elementos: definió su estrategia de despegue económico aprovechando la ventaja internacional que ofrece la especialización azucarera cubana, contando con utilizar el campo socialista para los aspectos básicos en sectores estratégicos, y complementar al mismo con tecnología de la Europa occidental.

 

La ofensiva revolucionaria

 

El año 1968 marcó el punto más represivo dentro del modelo de “construcción simultanea” del socialismo-comunismo, que recibió el nombre de “ofensiva revolucionaria”, con la incautación forzada de toda actividad privada urbana, por pequeña que fuese. Con el objeto de liquidar el capitalismo, se incautaron más de 50.000 negocios, propinándose un golpe mortal a la pequeña producción y al comercio minorista gestado por el pueblo, paralelo al Estado, y ubicando a Cuba como el país comunista de más elevada estatización. Solamente en La Habana se cerraron 6.500 de estos comercios privados.

 

La campaña descansó en la falacia de que los individuos dedicados a estos negocios eran “elementos antisociales”, al igual que su “clientela”, que explotaban al pueblo trabajador como parásitos. La paradoja era que aproximadamente la mitad de estos pequeños negocios privados había surgido en pleno socialismo, ante la deficiencia de la economía estatal, los servicios y la falta de flexibilidad e imaginación para resolver los pequeños problemas de la vida cotidiana.

 

La progresiva eliminación del dinero nunca quebró las relaciones mercantiles que el propio pueblo creó a través del enorme mercado negro y la vasta red de producción artesan­al clandestina, que redistribuía y reelaboraba, recupera­ndo los deshechos industriales. El país vive hasta hoy con dos economías paralela­s, regidas cada una con sus leyes propias: la central planificada, regulada y racionada, y una economía de mercado solapada, generada por el propio pueblo -el mercado negro-, donde la oferta y demanda se auto-regulan perfectamente.

 

El Líder Máximo esperaba dar un salto económico con una zafra azucarera gigante de diez millones de toneladas de azúcar. El llamado “esfuerzo decisivo” consideraba consolidar al país como el primer exportador azucarero del mundo. Por una parte se trataba de competir con los principales productores cafetaleros del planeta, mediante el plan Cordón de La Habana;  y desbancar a Israel y África Norte con el cítrico de la otra isla cubana, la Isla de Pinos, y del sur de Matanzas.

 

La Unión Soviética había neutralizado la factibilidad de una alianza CastroMao, y Cuba dependía cada vez más del trigo, el petróleo, el mercado azucarero, la información de inteligencia y el armamento soviético. Los años de la política industrialista finalizaron con la estrategia agro-azucarera y la zafra gigante para 1970, y conformaron el momento de consolidación de la élite guerrillera castrista.

 

El caso Padilla

                          

A pesar de las presiones en contra, el 22 de octubre de 1968 el jurado del premio de la Unión de Escritores y Artistas decidió por unanimidad otorgarle el premio de poesía a Heberto Padilla por el poemario Fuera del Juego. Días después, el comité ejecutivo de la UNEAC se reunía para debatir si publicaban el libro. También tenían que decidir qué hacer con la obra de Antón Arrufat Los siete contra Tebas, que había ganado el premio en teatro. Por órdenes de Fidel Castro, Fuera del Juego y Los siete contra Tebas fueron publicados por la UNEAC en noviembre de 1968, con un prefacio de la UNEAC, que señalaba que Padilla era un “reaccionario” cuyas actitudes eran “típicas del pensamiento más derechista”.

 

El asesinato moral público del poeta Padilla en 1968 inauguró un nivel de terror desconocido hasta entonces para los intelectuales. Durante estos años, algunos de ellos  fueron obligados a hacer “confesiones” humillantes o fueron simplemente enviados a prisión. La cultura cubana fue politizada e incluso militarizada hasta un punto improcedente. Se exigió conformidad total; la única alternativa segura era mantenerse tranquilo y no hacer nada que pudiera llamar la atención.

 

Mientras tanto, el escritor Lisandro Otero decía en una reunión en octubre de 1968 que se le debía dar “una buena paliza a los contrarrevolucionarios que tratan de enarbolar los problemas checoslovacos”. La Primavera de Praga había sido aplastada poco antes por los tanques soviéticos. Otero dijo que el escritor debía ser “un soldado en la lucha ideológica”. La intolerancia de Castro se puso de manifiesto completamente y los intelectuales de la Nueva Izquierda que lo habían adulado descubrieron que habían estado rindiéndole culto a un tirano en vez de a un nuevo Mesías. Fue el fin de un romance.

 

Padilla seguía trabajando en una novela titulada En mi jardín pastan los héroes. El título solo era una referencia al culto de los héroes revolucionarios, incluido el propio Castro, a quien a sus espaldas le llamaban “El Caballo”. A las 7 a. m. del 20 de marzo de 1971, la Seguridad del Estado fue a casa de Padilla y lo arrestaron a él y a su esposa, la poetisa Belkis Cuza Malé. Registraron la casa y la policía encontró copias de la novela.

 

Cuando encarcelaron a Padilla en 1971 Cuba se sumió más profundamente en una “era de tinieblas” de la represión intelectual. A los escritores en la “lista negra” se les negó la publicación de sus textos o fueron acusados del nuevo delito de “propaganda enemiga” y recibieron duras sentencias de prisión. Después que fue creado el Ministerio de Cultura en 1976, muchos escritores fueron sacados de la “lista negra” pero no cambió la política cultural cubana. El gobierno continuó arrestando y condenando a prisión a periodistas, narradores, historiadores e incluso caricaturistas que fueron tildados de estar “contra la Revolución”.

 

En el gran circo preparado por la UNEAC en la noche del 27 de abril, pocas horas después de la liberación de Padilla, éste hizo una patética autocrítica en la cual llamó a sus argumentos “enfermos y negativos” y se llamó a sí mismo “estúpido… completamente venenoso… corrosivamente contrarrevolucionario”. Internacionalmente, el caso Padilla fue una tremenda derrota para Castro, y el propio Padilla fue el máximo responsable por crearla.

 

El Congreso de Educación y Cultura

 

En abril de 1972 tuvo lugar el Primer Congreso de Educación y Cultura, donde hizo crisis el choque del gobierno con el malestar y la disidencia de los intelectuales que discrepaban de la política económica y el totalitarismo imperante. El Congreso sería la culminación del proceso desatado contra el grupo de intelectuales extranjeros solidarios con Padilla, como K. S. Karol, Dumont, Mario Vargas Llosa, Jorge Luís Borges, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar. De este grupo, sólo García Márquez restablecerá las paces con Castro.

 

El Congreso abrazó la ortodoxia estalinista respecto a la cultura, al punto que en su discurso de clausura Castro expresó que “por cuestión de principios, había algunos libros de los cuales no se debía publicar ni un ejemplar, ni un capítulo, ni una página, ni una letra”.

 

Castro aclaró ante la reunión con los intelectuales el derecho que asistía al gobierno a regular, revisar y fiscalizar las manifestaciones de tipo intelectual o artístico, por su importancia en cuanto a la educación del pueblo o a la formación ideológica. Impugnar este derecho de censura, plantearía Castro “sería incurrir en un problema de principios, porque negar esa facultad al gobierno revolucionario sería negarle al gobierno su función y su responsabilidad”.

 

Castro amplió el término de creador intelectual para los hombres políticos, los técnicos y profesionales, ahogando en esta masividad el peso de los creadores de la cultura cubana, adelantando además el criterio de que la creación tendría que ser obra de equipos de hombres más que de nombres individuales, y que los creadores individuales no debían firmar sus obras: prefiguraba el triste papel de Saturno que desempeñaría el Consejo Nacional de Cultura y luego el Ministerio de Cultura, sellando de esta forma la suerte del poderoso movimiento creador que subyacía en el trasfondo de la propia revolución.

Pasado, presente y futuro de la Cuba revolucionaria (Parte 2)

Eugenio Yáñez

Juan Benemelis

Antonio Arencibia

 

Entrar al corral sin salir de la herejía

 

El gran fracaso

 

Los elementos de la crisis convergieron en 1967-68, años de extrema vulnerabilidad política y de violentos choques intestinos, donde se puso en tela de juicio el rumbo del castrismo. Fidel Castro enfrentó el descalabro de su estrategia del “foco guerrillero” al fracasar el Che en las selvas del Congo en 1965 y después ser capturado y asesinado en los altiplanos de Bolivia en 1967. Se produjo la escalada militar norteamericana en Vietnam, sin que el “campo socialista” organizara una respuesta adecuada. No le quedó mas remedio a Fidel Castro que apoyar la invasión del Pacto de Varsovia a Checoslovaquia.    

 

El socialismo cubano fracasó en toda la línea; y la economía no salió de su grave crisis. Eran momentos de confusión teórica, desmoronamiento moral y gran corrupción administrativa; de oposición popular y extensas purgas de cuadros demasiado críticos, quienes presionaban por un rompimiento total con la vieja guardia marxista, y se oponían a la estrategia azucarera.

 

La crisis de poder que provocaron los sucesos de Praga en la Unión Soviética, Hungría, Alemania Oriental y Polonia tuvo sus efectos en Cuba. Fue el momento de una violenta pugna entre marxistas pro-soviéticos y revolucionarios antisoviéticos en favor de la desestalinización, quienes parecían ganar la partida: figuras como José Llanusa (a la sazón el tercer hombre del país), Marcelo Fernández, Faustino Pérez, el Departamento de Filosofía de la Universidad de la Habana, los guevaristas, los viejos combatientes del clandestinaje urbano y grupúsculos de anarquistas y trotskistas.

 

Estados Unidos no mostró interés en una reconciliación con Cuba tras el rechazo de Castro a las ofertas de Lyndon Johnson; la URSS patentizó su irritación ante el “socialismo cuartelero”, y China engavetó el caso cubano; se afectó el consumo alimenticio y la disponibilidad de petróleo. Entre 1967-68, el “anibalismo”, el trotskismo, las huelgas del presidio político, la disidencia intelectual, el “revisionismo” marxista, la “ofensiva revolucionaria”, la “moralización”, las movilizaciones agrícolas y la catástrofe del foco guerrillero, marcaron un corte radical y una crisis interna.

 

Moscú trató de arrinconar a Fidel Castro, restringiendo el petróleo y utilizando elementos de la vieja guardia comunista nucleados nuevamente alrededor de Aníbal Escalante, quien ya entonces había regresado de su “exilio” checoslovaco.

 

La “micro-fracción” como llamó Castro a esta corriente, manifestaba su inquietud por la fusión extrema del Partido y el Estado. La estratagema soviética con Aníbal Escalante fue descubierta por el jefe de los servicios de inteligencia Manuel Piñeiro, “Barbarroja”, impidiendo su transformación en una verdadera conspiración.

 

La guerra civil había pasado hacia tiempo ya, aunque las masas no respondían los enardecidos discursos del líder. Si bien al principio Castro temió que la micro-fracción realmente hallara eco en una población descontenta, ésta,  aislada en una querella por el poder, no aprovechó la crisis del sistema y el descontento popular, no conformó una política que la vinculase con las corrientes opositoras y las masas de descontentos; Castro llevó a la micro-fracción a su terreno real, la lucha de fracciones, donde su liquidación como grupo o corriente se realizo con facilidad.

 

Al ubicarse el castrismo en un vago trotskismo guevarista, desencadenó en la nueva generación de marxistas una inclinación antisoviética y hereje de la cual no podría sustraerse como generación. Muchos de estos elementos fueron excluidos del poder en los años siguientes, cuando la mano soviética hizo mayor acto de presencia.

 

El realineamiento con la URSS

 

Los gestos en la década sesenta alrededor de la nueva izquierda euro-americana y del maoísmo impactaron a los jóvenes revolucionarios en Cuba, que pensaron erróneamente que ambos movimientos iban a liquidar las raíces del estalinismo, sin percatarse que sólo implicaban un cuestionamiento sobre la naturaleza del poder soviético. Dentro de la joven generación que se incorporó a la revolución pululaba una miríada de corrientes, posiciones y  filosofías (todas anti-soviéticas), desde un virulento maoísmo a grupúsculos trotskistas, socialdemócratas y anarquistas.

 

A fines de la década sesenta hubo un amago de liberalismo marxista entre estos jóvenes revolucionarios, producto indirecto de los tímidos pasos de “deshielo” en el bloque soviético. Su maduración coincidió con el diferendo ideológico chino-soviético, la desvalorización universal provocada por la guerra de Vietnam, la ocupación soviética de Checoslovaquia, las crisis universitarias en Occidente y la campaña de los derechos civiles en Estados Unidos. 

 

Dentro de Cuba alcanzó su punto culminante la discrepancia con los soviéticos, la herejía teórica de los jóvenes marxistas y la represión contra los elementos de la vieja guardia estalinista. Fue la época de la famosa “vía cubana” y su construcción simultánea de socialismo y comunismo (1966-1970); del Hombre Nuevo guevarista; de las ediciones de libros polémicos; del Congreso de Educación y Cultura de La Habana (1968); de la revista Pensamiento Crítico (1967-71). La posición de estos jóvenes pensadores adquirió influencia en toda su generación entre los intelectuales y escritores; el baluarte de esta posición era el Departamento de Filosofía de la Universidad de la Habana. Parapetados en una mezcla del nuevo marxismo ecléctico europeo, castrismo y un vago “trotskismo” guevarista, las posiciones de esta corriente desembocaron en un virulento anti-sovietismo y un utópico socialismo, más flexible y democrático.

 

La corriente a favor de una mayor democratización y apertura, constituida en esencia por la joven generación y por intelectuales, profesionales, científicos y funcionarios, recibió en todo el proceso poco poder político. Ambas se oponían al totalitarismo carismático y a la dependencia de la Unión Soviética. En las décadas de los ochenta y noventa una parte de ellos conformaría posiciones contestatarias en la cinematografía, los intelectuales y los grupos internos de disidencia y de defensa de los derechos humanos.

 

La crisis de poder en todo el bloque soviético provocada por los sucesos de Praga tuvo también efectos en Castro, temeroso de los ecos internos que pudieran provocar las reformas checas. La Habana rindió su política exterior a los soviéticos, a la vez que intentaba neutralizar la densa atmósfera antisoviética y anti-ortodoxa en muchas esferas del Estado y de la economía cubana.

 

Fidel Castro compartía la posición de los “internacionalistas” del politburó soviético (con Mijail Suslov a la cabeza) de asumir una ofensiva y un cometido mas estrecho con los países “aliados” del tercer mundo. En Cuba se siguió con detenimiento esta pugna en la dirección soviética, cuya solución posterior tendría consecuencias para Cuba, que costó los cargos a Nikolai Yegorichev y, lamentablemente para Castro, a Alexander Shelepin.

 

La división del politburó soviético a raíz de la crisis en Checoslovaquia mantuvo a la dirección cubana en una posición de cautela. Tras la conferencia en Ciena, en julio de 1968, entre el politburó soviético y el checo, Moscú planteó la disyuntiva entre paralizar la reforma o la invasión militar. El régimen cubano fue consultado simultáneamente a la celebración en Bratislava de la reunión del Pacto de Varsovia donde se presentó el ultimátum a los checos, lo que devolvió la confianza a Castro acerca de la fiabilidad de la sombrilla militar soviética. A todo esto no fue ajeno un viejo aliado de Castro, el mariscal Andrei Grechko, entonces ministro de defensa y motor de la invasión.

 

Por su parte, el ejemplo checo estaba influyendo en intelectuales y jóvenes marxistas cubanos, y Castro temía que hallara eco en el grueso de su dirigencia, de tendencia antisoviética. Más que ceder a presiones soviéticas, Castro actuó, en el caso checo, por rechazar la proyección política de ese proceso. Los soviéticos, además, habían iniciado un cometido militar mayor en el Medio Oriente, y la coalición anti-Brezhnev del ejército, Shelepin y Piotr Shelest se habían impuesto en el Kremlin.

 

Los viejos “bonzos” marxistas cubanos no se equivocarían; la primera forma coherente de oposición de los intelectuales provino de la crítica a los métodos centralizados del poder castrista como “contradicción” al marxismo. Los marxistas ortodoxos cubanos proclamaban que debía implementarse un modelo siguiendo los moldes políticos y económicos soviéticos, mientras los “liberales” consideraban que era necesario evadir la “desigualdad” social y el apoliticismo de las masas que se observaba en el bloque soviético. Esta polémica marxista cobró forma en la serie de publicaciones editadas por la colección Ediciones Polémicas, que dirigió el joven marxista Rolando Rodríguez García.

 

Con olfato político, Castro decidió coquetear en política exterior con los soviéticos mientras introducía un tinte “achinado” a su política interna: para ello, enalteció los estímulos morales y la ideologización educacional de las masas como elementos cruciales en la construcción socialista.

 

Si en el orden externo la búsqueda de un “camino propio” hizo crisis con el descalabro boliviano de 1967, en el interno las discrepancias con la URSS, los ataques políticos, la herejía teórica, la experimentación de nuevas vías y la represión contra elementos de la vieja guardia estalinista alcanzó su punto culminante entre los anos 1968-69. 

 

La estrategia residía en no provocar dificultades con la URSS en política exterior, para disponer de tiempo y espacio con vistas a cristalizar la estrategia azucarera y la etapa del “esfuerzo decisivo” en la economía.  Pero, a fin de cuentas, al sucumbir la estrategia de la “revolución agrícola” en 1970, Castro pasaría la cuenta a este “desviacionismo” marxista, simbolizado en la joven generación nucleada alrededor de la publicación Pensamiento Critico.

 

A fines de la década de los sesenta, al calor de las herejías cubanas del momento, de la corriente desestalinizadora que tenía lugar en el bloque soviético y la revisión teórica que se hacia de Marx en varios centros intelectuales europeos, se propugnó en la Universidad de la Habana la conformación teórica de un marxismo que diese vida a una “vía cubana”. Este Departamento se conformó con jóvenes talentos que volcaron sus criterios en los claustros universitarios y en obras polémicas como la revista Pensamiento Crítico y en el Instituto del Libro.

 

A instancias del propio Fidel Castro se publicaron ediciones restringidas para el Comité Central de las biografías escritas por Isaac Deutscher sobre Stalin y Trotsky, así como textos del economista trotskista belga Ernest Mandel, quien visitó Cuba en varias ocasiones entre 1966-70, invitado por el propio Castro para impartir seminarios en la Universidad. En esa época eran comunes en La Habana textos de la llamada “nueva izquierda” norteamericana (Baran, Swezzy) de Leo Huberman, Herbert Marcusse, André Gunder Frank y muchos otros autores contestatarios desde posiciones antisoviéticas.

 

El grupo sostuvo intensas polémicas con “teóricos” del viejo partido comunista (PSP), y su marxismo de jóvenes pensadores adquirió gran influencia en la generación del sesenta y entre los intelectuales y escritores. Parapetados en una mezcla de guevarismo, cierto trotskismo, gramcismo, el joven Marx, las obras del marxista francés Louis Althusser (foto) y otros, sus posiciones delinearon un virulento antisovietismo marxista que tenía preocupado a los viejos bonzos del partido, al grupo de Raúl y a los militares.

 

Este “coqueteo” de Fidel Castro con esta corriente, en la medida de sus intereses políticos, llegó hasta poco después de 1970, cuando tras el fracaso de la zafra de los diez millones y  la “recurva” hacia la URSS, Raúl Castro, Antonio Pérez Herrero, Osvaldo Dorticós y Humberto Pérez intervinieron personalmente, clausurando el Departamento de Filosofía.

 

Los soviéticos ofrecieron a Castro ayuda económica para remontar la terrible crisis del fracaso de la zafra de los diez millones, dejaron oficialmente sin efecto las hipotéticas deudas por armamento, que a partir de entonces entregarían gratuitamente a Cuba, y dieron quince años de gracia y sin intereses a la enorme deuda cubana. A cambio de ello, exigieron el abandono de las herejías y la vuelta al redil, institucionalizar el país en el modelo “socialista” europeo, la celebración de congresos y plenos del comité central al estilo moscovita, y la “separación” de poderes (en el estilo soviético, no occidental), así como alejar del poder a elementos marcadamente antisoviéticos, lo que se tradujo posteriormente, en el caso más significativo, en la sustitución de Raúl Roa, el carismático Ministro de Relaciones Exteriores, por el gris Isidoro Malmierca, de la vieja guardia comunista y uno de los fundadores del aparato de seguridad cubano.

 

El gobierno cerró Pensamiento Crítico en junio de 1971: su pecado era su apoyo a un marxismo “independiente” que estaba en boga cuando la revista fue creada en febrero de 1967, pero que  estaba en completo conflicto con el estalinismo que logró imponerse.

 

Tras el “saneamiento” ideológico, las fuerzas armadas ocuparon paulatinamente toda la dirección ideológica del país, dirigida por un eminente pro-soviético y protegido de Raúl Castro, Antonio Pérez Herrero. A la vez, el ejército comenzaría a proveer al partido y al Estado de cuadros “fieles”. En universidades y preuniversitarios se reintrodujo el estudio del marxismo-leninismo y se eliminaron las materias de filosofía y sociología.

 

En la esfera doméstica la estructuración del aparato totalitario represivo del sistema se iría entramando a la vertiente teórica: la dependencia a la URSS, la inconsistencia práctica de la utopía marxista, la brutal restricción del consumo interno y el irracional aislamiento en que se vio sometido el país.

 

El ejército soviético comenzó a prestar especial cuidado en fortalecer y modernizar al ejército cubano. En abril de 1970 tuvo lugar una visita oficial del entonces ministro de las FAR, Raúl Castro, a la Unión Soviética, con vistas a reestructurar las fuerzas armadas cubanas, con arreglo al esquema del Pacto de Varsovia. Moscú recomendó la implantación del modelo económico y la transformación del ejército cubano en una fuerza más especializada, móvil y con mayor volumen de fuego. La política exterior de Castro se hizo más selectiva, colaborando militarmente con la URSS en ciertas áreas de conflicto (Vietnam, Siria, Yemen del Sur, Somalia).

 

La Institucionalización

 

El período que comprende los años de 1971-75 engloba los primeros intentos de reorganizar el país tras el desastre de la zafra de los 10 millones, el caos financiero, las tensiones sociales y la necesidad de la ayuda soviética. La élite castrista apoyó más abiertamente la expansión soviética y mostró sus últimos alientos optimistas respecto al destino de la economía bajo un esquema soviético de funcionamiento.

 

Los soviéticos enviaron a Cuba a Nikolai Baibakov (foto), presidente del GOSPLAN y antiguo comisario del petróleo en tiempos de Stalin, para tratar de poner un mínimo orden en la economía. Se comenzó tímidamente a rescatar controles económico-financieros y dio comienzo una profunda reorganización y revitalización del movimiento sindical, que culminó con el XIII Congreso de la CTC en 1973 y la entronización, una vez más, del veterano comunista Lázaro Peña al frente de los sindicatos, de donde Castro lo había separado a finales de los sesenta por pro-soviético.

 

Raúl Castro tuvo a su cargo la recomposición del país tras el desastre fidelista, y fueron poco a poco separados de sus cargos y del poder real un grupo de personajes que entonces brillaban, defensores de un sistema económico utópico y disfuncional, llamado financiamiento presupuestario, que fundamentaban en una supuesta combinación de directivas fidelistas y “enseñanzas” del Che. José Ramón Machado Ventura comenzó una silenciosa y extensa reorganización del partido y sustitución de los cuadros más “liberales” por “ortodoxos”, aunque limitando la participación de la vieja guardia. Comenzaron a la vez los estudios para la reorganización de la administración central del Estado, que venía a la deriva desde los años sesenta con las decisiones caóticas de Castro, así como una nueva división político-administrativa del país y el diseño de un nuevo sistema de dirección y planificación de la economía, tareas en las que sobresalió Humberto Pérez González, un comisario de Raúl Castro que ya había tenido un papel importante en la desaparición del departamento de Filosofía de la Universidad de la Habana.

 

La dualidad Partido-Estado

 

En ocasiones Castro solventó el conflicto de dualidad de poder entre el partido comunista y el Estado-economía fundiendo ambas instancias en los niveles de base (como el período 1966-71) o separándolos en la base y fundiéndolos en la cúspide (como en los períodos de 1964-67 y 1978-88).

 

A principios de la década del setenta Castro trató de especializar las funciones partidistas y estatales para revivir el maltrecho aparato partidista. Este proceso de amalgamamiento había tenido lugar de forma inconsciente y gradual, propulsado por el estilo de Castro, la presión del militarismo y la ausencia de calificación administrativa.

 

Conjuntamente a la remodelación del partido se produjeron variaciones organizativas y funcionales en las organizaciones de masas y la administración estatal. Entre las nuevas tareas concedidas a los núcleos del partido comunista estaba la de apoyar y controlar los planes administrativos y de producción, por los cuales responderían ante los organismos superiores del partido, los únicos facultados para imponer sanciones y orientar los materiales ideológicos.

 

Se buscó conceder cierta autoridad a los sindicatos, aunque siempre subordinados a las instancias del partido. La Federación de Mujeres Cubanas se remodeló en forma territorial, extendiéndose a las cuadras, mientras los comités de defensa de los centros de trabajo se disolvían para facilitar la labor al partido.

 

La mayoría de la población se movería en lo adelante encuadrada y vigilada por el partido comunista, las administraciones autoritarias, los sindicatos como extensión de la administración, la seguridad del Estado y los comités de defensa, evadiendo los conflictos con cada una de ellas y confusa ante a cuál de ellas debía responder en definitiva.

 

Las fuerzas armadas, tras el choque contra los marxistas liberales, y armadas con la ortodoxia de los viejos marxistas cubanos, ocuparon paulatinamente la dirección política del país con “Tony” Pérez Herrero, y comenzó a desbordarse con militares el partido y el Estado. Se desmilitarizaría la economía, pero sin perder las fuerzas armadas la preeminencia ideo-política interna, encajando en la reorientación de las prioridades de política exterior de la Unión Soviética.

 

La estructura militar cubana, reorganizada a partir de 1971 en el esquema soviético de divisiones y brigadas, descansaba en un ejército profesional y organizaciones paramilitares, con equipamiento convencional. El desarrollo de este ejército, justificado con el “enfrentamiento” y las crisis con Estados Unidos, serviría en ocasiones como palanca productiva y para la extensión de la política exterior.

 

En la política de reajuste a partir de finales del año 1970, el grupo de nuevos cuadros que ocuparía altos cargos en la maquina administrativa provenía del ejército amancebado por Raúl Castro, como los comandantes Belarmino Castilla, Antonio Enrique Lussón, José Ramón Fernández, Rogelio Acevedo, Joel Chaveco, Serafín Fernández, “Tony” Pérez Herrero, José Ramón Balaguer y Lino Carreras. La militarización de la sociedad cubana no resultó un mal endémico a la estructura de la revolución cubana, sino que respondía a una alternativa de Castro, que mezclaba sus intereses personales y los de su grupo.

 

El Nuevo Sistema de Dirección de la Economía

 

El alto estrato burocrático y la pequeña burocracia profesional y técnica pugnaban por descentralizar de manos de Castro la toma de decisiones del Estado y la economía, tratando de institucionalizar el impulso carismático y suplantar los funcionarios incapaces leales a Castro, en una tendencia de reformar el sistema desde abajo, considerando que el Estado y la economía, en un modelo económico soviético, podrían actuar como camisa de fuerza al caudillismo.

 

En ningún momento estos grupos, donde el cerebro conceptual era Humberto Pérez González, con el apoyo de Raúl Castro, y donde se nuclearon jóvenes y no tan jóvenes economistas con criterios frescos, pretendieron posiciones anticastristas, “liberales” o contrarrevolucionarias, pero defendían silenciosamente el establecimiento de un sistema en que los “mecanismos económicos” funcionaran dentro de determinada institucionalidad, que atara las manos a Fidel Castro ante sus exabruptos o desvaríos, como la zafra de los diez millones o la “reinvención” de la ganadería. Esta atmósfera nunca se transformó en lucha abierta, pues la burocracia disponía de un poder subalterno a la “élite” castrista, y al no trascender la pugna abiertamente a la población, no pudo nunca actuar como maquinaria efectiva de presión sobre Castro.

 

A finales de 1975 se celebró el largamente esperado primer congreso del partido (foto), con la asistencia de Maijail Suslov (el “número dos” soviético), los primeros secretarios de los partidos europeos en el poder, raquíticas delegaciones comunistas latinoamericanas y “movimientos de liberación nacional”, mientras los chinos y sus acólitos ni se dieron por enterados.

 

El congreso aprobó las propuestas de una nueva Administración Central del Estado (ACE), la nueva División Político-Administrativa (DPA), que creaba 14 provincias y 169 municipios, incluyendo la Isla de Pinos como “municipio especial” subordinado al gobierno central y no a la provincia habanera, y el Nuevo Sistema de Dirección y Planificación de la Economía (NSDPE).

 

Castro abrió el congreso con una feroz crítica en el informe central de todos los errores y fracasos del estilo anterior, que achacó, naturalmente, a todos menos él, cuya única falta habría sido un “romanticismo” revolucionario, y pidió a los delegados la aprobación de las propuestas, no sin antes manifestar crípticamente su oposición a todas las reformas, dejando la ventana abierta para el cuestionamiento de todos los proyectos que vendría posteriormente.

 

Sin embargo, en la clausura del congreso, solamente cinco días después, hizo público el compromiso del régimen con una participación militar en gran escala en Angola, inventó el concepto de “latino-africanos” como definición de los cubanos, y comenzó el envío de miles de combatientes a la nación africana, que en determinados momentos de la campaña pasaron de sesenta mil. Con esta decisión, aquellos supuestos “mecanismos económicos” que deberían mantener a Fidel Castro dentro de ciertos márgenes previstos, habían nacido con impedimentos genéticos que les impedirían desarrollarse y funcionar como correspondía y se había planificado.

 

Los nuevos teóricos de la reforma económica, atrincherados en la Junta Central de Planificación (JUCEPLAN), que ahora dirigiría Humberto Pérez con personas de su confianza, pero sin poderse desembarazar completamente de antiguos defensores del sistema anterior, habían realizado una crítica a fondo, donde se vio que la diferencia de criterios no era una mera cuestión de táctica o estilo. Los órganos centrales dictaban las pautas, reflejando la extrema centralización económica y política del país. El intento de reforma tuvo que enfrentar aguda escasez de profesionales y trabajadores calificados, recrudecida por la sangría de combatientes “internacionalistas” hacia Angola, sobre todo en las ramas agropecuarias, la construcción y las industrias básica, ligera y de alimentación.

 

Las consecuencias que en la estructura del poder podría tener el nuevo sistema de dirección económica, a través de la autonomía empresarial y la medición de resultados económicos por sobre los “políticos”, asustaron a la élite fidelista, que poco a poco paralizó la reforma y bloqueó la institucionalización, la construcción de un verdadero partido comunista, y la eficiencia en la administración y la gestión económica.

 

El quinquenio 1976-80 -donde se trataba infructuosamente de aplicar una  reforma económica calcada del modelo soviético, pero con ajustes “tropicales” para poder lograr que Castro la dejara pasar-, conoció el primer intento de la burocracia por legalizar su estatus por sobre el estilo totalitario y unipersonal del Comandante. Estas reformas chocarían con el estilo de dirección del jefe de la revolución. La contradicción entre el líder y la camisa de fuerza reformista se expresaba en las constantes alteraciones y dilaciones que éste introducía en el cronograma de medidas del NSDPE. Humberto Pérez, cabeza visible de la reforma, y encarnando el sentir de la tecnocracia, sabía que la decisión de participar militarmente de forma masiva en África castraba el proyecto de reformas y el primer plan quinquenal, pero era imposible alegar necesidades de la economía como contrapunto a una “gloriosa misión internacionalista” dirigida personalmente, desde La Habana, por el Comandante en Jefe.

 

El segundo congreso, en 1980, sería fotocopia del primero en cuanto a las dificultades para establecer el sistema de dirección económica que se pretendía, mientras el Comandante en Jefe “dirigía” desde La Habana dos guerras africanas ahora, en Angola y Etiopía, y tras haberse dedicado cuidadosamente a controlarlo, dirigía también el Movimiento de Países No Alineados, cuya cumbre se había celebrado en La Habana en 1979.

 

Sin oponerse abiertamente a las reformas, Castro colocaría el tema como secundario en sus objetivos y sus referencias permanentes, consumidas casi en su totalidad por las campañas africanas teledirigidas y el movimiento No Alineado. En la etapa entre el segundo congreso y el tercero, en 1986, añadiría a sus temas de interés permanente el de la deuda externa del tercer mundo, y su absurda campaña sobre la imposibilidad de pagarla y, por lo tanto, la necesidad de dejarla sin efecto.

 

La élite castrista, reluctante a toda reforma que implicara responsabilidad, compromisos de trabajo, eficiencia, y desechar el estilo improvisador y “carismático” que le caracterizaba por imitación del líder, comprendía perfectamente el mensaje de Castro hablando de guerras africanas, no alineados, deuda externa, y “trabajo político”, y adivinaba que las directivas del nuevo sistema de dirección de la economía eran parte de un paisaje que dibujaba la burocracia ilustrada, pero que no estaba en consonancia con el reiterado mensaje del “Jefe”. Consecuentemente, hacía como que le interesaba aplicar esas directivas, pero en la vida cotidiana mantenía los estilos y métodos de trabajo a los que se habían acostumbrado durante un cuarto de siglo.

 

El modelo soviético

 

El quinquenio 1976-80, donde se pretendió infructuosamente aplicar una tímida reforma económica caricatura del modelo soviético, fue un intento de la burocracia por legalizar su estatus por sobre el estilo unipersonal. La falta de ascendiente político y las campañas africanas impidieron que cristalizara a su favor la estrategia económica, y Castro se reafirmó nuevamente como astro solar del firmamento cubano.

 

Los mecanismos democráticos estaban ausentes en todas las instancias; desde el inicio el aparato del partido había sometido a la masa de militantes, al Estado y la economía. En 1975, con el primer congreso, las regulaciones y mecanismos aprobados impedían la crítica abierta y publica a las medidas y políticas del buró político. 

 

El centralismo burocrático había baldado al partido desde su fundación, y el monolitismo y la ultra centralización garantizaban la preeminencia de los castristas en el pináculo. El militante de base estaba incapacitado e implícitamente desautorizado para mostrar desacuerdos ante la línea del partido: debía aceptar como un evangelio todas las orientaciones y consignas.

 

Ya el terror no solo se había establecido contra obreros y campesinos, sino también contra la propia burocracia. A medida que la tecno-burocracia se fue asentando y moviendo en favor de la institucionalización totalitaria, entró en conflicto con el estilo caudillista del régimen. Por ello, Castro la mantuvo en volumen y poder mínimos, con purgas sistemáticas, evitando su consolidación definitiva como estrato social. Pero tanto el anterior modelo castrista como el nuevo, impostado de la Unión Soviética, resultaban totalmente ajenos a los resultados prácticos. La relación vanguardia-masa nunca se había logrado; las consignas nada concretaban.

 

La presencia soviética en Cuba era evidente en extremo, concentrándose verticalmente en áreas de lo militar, política exterior y la sociedad. Era profunda la preeminencia soviética en las fuerzas armadas, los órganos de planificación, la industria minero-metalúrgica, la petroquímica, así como la ideología y educación, mientras que en la industria azucarera, el transporte automotor, la cultura, salud publica y la construcción, era menor. Sin embargo, incluso en el área militar, los soviéticos eran escuchados, pero no siempre se aplicaban sus recomendaciones si se consideraban que chocaban con la “línea” del Comandante en Jefe.

 

El decaimiento de la oposición en los sesenta y parte del setenta se debió a la pérdida de esperanzas por parte de las masas defraudadas por la revolución. Hundidas en la frustración y la supervivencia no lograron  reaccionar contra el castrismo. La juventud terminó por no desarrollar criterios políticos. Esto también se reflejó en la falta de agresividad de los grupúsculos de la nueva clase ante Castro. A finales de los años sesenta la atmósfera de lasitud y conformismo generalizado comenzó a dar paso al resentimiento y critica ante el evidente fracaso del sistema y su líder máximo.  

 

El primer cisma de importancia se había producido con la disidencia intelectual en 1968-72, considerada como la conciencia política dentro de la burocracia del sistema. Desde 1975 hasta 1980 tuvo lugar la lucha entre la tendencia en favor de la reforma económica-descentralización política y la de los castristas anti-institucionales; entre la burocracia pro-soviética y el caudillismo castrista; entre los defensores de la impronta militar en Angola, Etiopía, Yemen del Sur y Nicaragua y los que favorecían una mayor focalización en la problemática interna. Se esperaba, ingenuamente, que el sistema económico fuese devorando, automáticamente, desde abajo, a funcionarios incapaces (leales castristas) llegando al punto de imponer una camisa de fuerza al máximo líder.

 

El mantenimiento de cuerpos expedicionarios en el exterior y la erosión de personal calificado que ello significaba, así como la desorganización del plan quinquenal 1976-80 afectaron la marcha económica del país y causaron mayor desaliento en la población.

 

Comenzaron los choques de organismos y empresas estatales con los órganos del partido comunista, simbolizados en la pugna entre la Junta Central de Planificación y el Comité Central. Pero los enfrentamientos entre los abanderados de la nueva gestión económica y los cuadros afiliados al tradicional estilo operativo de Castro no llegaron a una verdadera crisis política: así se escenificaba la flagrante contradicción del socialismo cubano entre líder e institución, impidiendo a la vez tanto la reforma económica como la pretendida revitalización del partido y los sindicatos.

 

En todos esos años del primer plan quinquenal, la Unión Soviética resultó garante internacional de las deudas que el castrismo no podría afrontar, implicando concesiones en la arena internacional, y muy especialmente en los planes de proyección militar. Entre 1977-80 la presión soviética en favor de reformas domésticas en Cuba declinó ante el mayor interés de ambos regímenes en objetivos de política exterior.

 

La implicación abierta del régimen cubano en África y su cometido en puntos exteriores especialmente sensibles a las administraciones norteamericanas, propiciaron la atmósfera de tensión que favoreció que Castro dilatara tensiones políticas internas y el malestar popular y amortiguara la reacción general ante el escaso avance o descensos en niveles de consumo. A mediados del setenta existieron tres momentos y corrientes que se entrecruzaron en el orden interno: el internacionalismo y el ascenso de los militares; la burocracia ilustrada y su reforma; y el diálogo con el exilio.

 

La conformación dentro de la nueva clase de una corriente de oposición resultaba un proceso dilatado. Atrás quedaron el proceso del sectarismo, los comisarios del “caso Padilla”, los roces con jóvenes intelectuales, y el primer intento de la tecno-burocracia por conformar un modelo económico viable. La existencia de una vasta corriente de oposición popular al castrismo dejó de ser una suposición para trasformarse en realidad durante los sucesos de la embajada del Perú y el éxodo por el puerto del Mariel, a principios de 1980: mostraron desarmado el famoso heroísmo revolucionario.

 

EL “PROCESO DE RECTIFICACIÓN”

 

La regresión en la década de los ochenta

 

La situación del país en la década del ochenta entró en una regresión que era imposible revertir. A inicios de los ochenta se inició el descenso simultáneo de casi todas las actividades económicas: la agricultura cayó en barrena, la salud y educación se resentían del enorme gasto, y la deuda exterior se elevó a siete billones de dólares, cerrándose los créditos de Occidente.

 

Las múltiples dificultades financieras propiciaron priorizar producciones para la exportación, impidiendo reducir la dependencia a los mercados exteriores. La economía dependía de las distantes fuentes de suministros del CAME, que con frecuencia no podían servir en el tiempo previsto los suministros acordados, afectando los de por sí poco realistas planes en Cuba.

 

Como una de las medidas para enfrentar al mercado negro, lograr mayor control sobre los productos agrícolas privados y llenar el vacío entre productor y consumidor, en el año 1980 se estableció el llamado mercado libre campesino, mala copia del “rila” soviético. Salvo carne de res, tabaco, café y cacao, la ley permitía comercializar la sobreproducción agraria directamente a la población, bajo precios de oferta y demanda, gravándose el beneficio en un 20%.

 

Simultáneamente, se estableció un mercado estatal, a precios más elevados que los subsidiados, en un intento por competir con el mercado negro y el libre campesino, y recoger circulante. Así, en los años 1981-83 se elevó el volumen de productos alimenticios provenientes del agro.

 

Como entonces se habían reducido drásticamente las posibilidades de encontrar créditos en el exterior, se desplomaron  las importaciones y la confianza de la banca internacional: La situación con ésta hizo crisis en 1982.

 

En la década de los ochenta, tras el aviso secreto de Brezhnev de que la URSS no podría defender a Cuba en un enfrentamiento con EEUU, se incorporó medio millón de personas a una nueva organización, las Milicias de Tropas Territoriales (MTT), llamadas a figurar como defensa de los perímetros territoriales ante una agresión militar. El gobierno solicitó armamentos a la Unión Soviética, a la vez que modernizaba e incrementaba el existente y desarrollaba aceleradamente una rústica industria militar. Se requirieron enormes esfuerzos constructivos a la ya débil economía: cientos de naves, campos de tiro, armerías. Las FAR prepararían, de emergencia, cuarenta mil oficiales para tropas territoriales. Por otro lado, a pesar del supuesto peligro en territorio nacional, se reforzaron las agrupaciones destacadas en África, elevando sus efectivos a más de cincuenta mil combatientes.

 

Castro comenzó a moverse en dirección totalmente opuesta a Mijail Gorbachev desde 1985, y en abril de 1986, solo cuatro meses después del tercer congreso del partido, en una premonición anti-perestroika, lanzó el “proceso de rectificación de errores y tendencias negativas”, cercenando las tímidas reformas aplicadas a medias, restaurando su control personal absoluto en la economía, resucitando “el espíritu del Che”, clausurando el mercado libre campesino, y urgiendo a los trabajadores a renovar compromisos revolucionarios a través del trabajo voluntario.

 

Castro bautizó peyorativamente a los burócratas vinculados con las reformas como “tecnócratas”, y a los intentos reformistas como “tecnocracia”, envolviendo con ambos términos todo lo que tuviera que ver con lo que él percibía como un asalto contra su poder absoluto. En un momento diría en una entrevista: “Los tecnócratas hicieron una suerte de guerra contra mi muy sutil. Se opusieron a las microbrigadas, a los programas médicos, a muchas de las cosas que yo defendía. Una guerra sutil de toda una generación de tecnócratas educados por allá. Porque incluso el papel del Partido empezó a disminuir; si los mecanismos iban a promover el desarrollo ¿qué papel van a jugar los cuadros del partido?”.

 

En ese proceso se reestructuró la legislación laboral y los órganos de arbitraje de los consejos de trabajo para asegurar la disciplina laboral y eliminar los escalafones aprobados en el XIII Congreso obrero. Se enfatizó otra vez en las guardias obreras, bajo la orientación del Ministerio del Interior, y se establecieron como lemas sindicales “por el camino correcto” y “trabajando para el futuro socialista de la patria”.

 

En el año 1989 el gobierno abordó en forma pública la carencia de fuentes de empleo, el desempleo y los miles de técnicos sin ubicación laboral. La política de pleno empleo, la seguridad social y la incorporación de la mujer al trabajo estaba haciendo crisis. Las provincias orientales mostraban el desempleo oculto y abierto más elevado del país: con una población activa laboral que superaba el millón de personas, sólo disponía de fuentes de trabajo para unos 650.000-700.000 obreros.

 

Castro impulsó el movimiento de contingentes obreros, partiendo del “Blas Roca”, buscando desmembrar el sistema de vinculación de los ingresos con la cantidad y la calidad de trabajo realizado, y para encuadrar a los trabajadores en una organización económica de mando lineal, con un régimen de trabajo de doce horas diarias, donde se permanecía movilizado de forma permanente. Así se organizaron en Matanzas los contingentes para la agricultura, y muchas otras actividades en todo el país.

 

La “rectificación”

 

Desde 1973 a 1985 Castró permitió ciertos elementos del mecanismo de mercado, ante la gravedad de la crisis provocada por el desastre del experimento que culminó con el fracaso de la zafra de los diez millones. En 1985 Cuba recibía un estimado anual de $5,000 millones en ayuda económica y militar, equivalente a casi el ochenta por ciento de su comercio total. Con los nuevos rumbos implantados por Castro en 1986, mediante su proceso de rectificación y de rechazo a la reforma del bloque soviético, este dilema quedó sellado.

 

En 1987 se inauguran las “vacas flacas” con el anuncio de veinte medidas económicas que reducen cuotas de consumo de leche y carne, y eliminan la merienda de los trabajadores; asimismo, aumentó la tarifa del transporte urbano, energía eléctrica, los precios en el mercado paralelo, y la gasolina. Tuvo lugar una contracción del consumo y un ascenso paulatino en las exportaciones de alimentos y bebidas por la falta de divisas, mientras las importaciones de bienes de consumo y comestibles descendían. Uno de los paliativos para enfrentar la tensa situación interna fue el incremento de la militarización y encuadramiento de la población a las nuevas organizaciones castrenses. Curiosamente, no se mencionaba entonces al “criminal bloqueo imperialista” como causante de los males del país, sino a la tecnocracia que había desviado el camino hacia el futuro luminoso.

 

Castro se equivocó desde el inicio de su régimen al pensar que la Unión Soviética podía sustituir a Estados Unidos y al mundo occidental como abastecedor de las mercancías indispensables para sostener los viejos niveles de la producción de bienes y servicios, y acrecentarlos dentro de las modernas concepciones del desarrollo.

 

Convencido de que el bloque soviético existiría eternamente, nada hizo para desarrollar una economía capaz de resolver las necesidades básicas del consumo de la población y mantener funcionando su industria y agricultura. En Cuba se unieron dos factores negativos: la incapacidad del modelo económico estalinista para hacer funcionar debidamente la sociedad y economía de cualquier país, y la abulia de la élite cubana por buscar soluciones a los problemas internos, ya que el maná caería constantemente de la Unión Soviética, y no había por qué preocuparse.

 

Ya en los primeros años de la década de los ochenta, durante los breves períodos de Yuri Andropov y Konstantin Chernenko (foto), la burocracia soviética no cedió a la presión cubana por comenzar nuevas construcciones, puesto que ya entonces el bloque comunista estaba arruinado. Castro había pensado que la Unión Soviética del inmovilismo era eterna, que el río de la ayuda jamás disminuiría su nivel, que los militares soviéticos seguirían en posesión de la bahía de Cienfuegos para sus submarinos, que la KGB mantendría la base de espionaje de Lourdes, y que los “aparatchik” seguirían viniendo a tomar “Havana Club” en Varadero y en las lujosas casas del Partido a lo largo del país.

 

La contradicción Castro-Gorbachov se inició mucho antes de que este último ascendiera al poder del Kremlin, al favorecer el cubano al candidato perdedor, Romanov, más a tono con la vieja tradición filo-estalinista. Con la desaparición de la “era Brezhnev”, la perestroika y el gladsnost enterraron la estrategia global en la que Cuba había Estado encajada, haciendo que Castro y el castrismo perdieran oxígeno.

 

A principios de la década ochenta, con la elección de Ronald Reagan (foto) como presidente de Estados Unidos, la presión norteamericana sobre el bloque comunista se acrecentó, en especial ante la focalización soviética sobre Polonia y Afganistán. Fidel y Raúl Castro supieron que no podían contar con la Unión Soviética en caso de confrontación con Estados Unidos, pero  decidieron mantener en secreto para el resto de la dirigencia y la población esta advertencia soviética. La iniciativa norteamericana y la parálisis soviética se confirmaron con la invasión a Granada en 1983, donde Castro pretendió un holocausto de cubanos que no se materializó, al negarse los colaboradores civiles de la construcción a enfrentarse a las tropas norteamericanas

 

El desarrollo del gladnost y la perestroika comenzó a deslegitimar el estilo autocrático de Castro. Si bien la población mostraba avidez y deseo por recorrer el camino de la reforma, el mensaje del Comandante era contrario. En todas las esferas se manifestaban criterios a favor de cambios, que cada segmento concebía acorde con sus intereses y situación política, mientras Castro no estaba en condiciones de enfrentar de forma abierta la política de reformas de Gorbachov: la introducción de reformas le haría más difícil mantener un control absoluto sobre el firmamento de poder y opinión, especialmente seguir arrostrando fracasos en todos los frentes de la sociedad.

 

Ante la omisión de Gorbachov de apoyar los movimientos de liberación nacional, en su discurso inaugural al congreso del PCUS en febrero de 1986,  Castro desató una campaña política sobre el cometido de los países socialistas para con tales movimientos. Advirtió que los cambios en el mundo comunista podían conducir a la desestabilización de la economía del país. Al criticar duramente la apertura soviética y los cambios en la Europa Oriental expresó que tal ventana democrática carecía de bases económicas, y que nadie podría predecir hacia donde desembocaría el destino.

 

Mientras los bonzos partidistas en Europa oriental estaban desconcertados ante la perestroika, Castro se lanzó decididamente en su contra y trató de reorganizar su cuadro doméstico para evitar el impacto total de la debacle comunista. De visita en Cuba, en su discurso ante la Asamblea Nacional, Gorbachov planteo abiertamente su oposición a cualquier teoría o doctrina que justificase la exportación de la revolución o la contra revolución. Los resultados de esta visita, en la primavera de 1989, defraudaron a la población, que esperaba que el soviético forzara a Castro hacia la apertura.

 

El general Ochoa, Angola y la perestroika

 

A finales de los setenta, bajo la influencia de Jimmy Carter, se inició en todo el mundo el cuestionamiento a las violaciones de los derechos humanos, y posteriormente las tendencias favorables a reformas, al calor de los cambios en la Europa oriental. En medio de la apertura soviética de Gorbachov se generaron en Cuba criterios y posiciones comunes en favor del gladnost, la apertura política del sistema, la estabilización de las relaciones con Estados Unidos, y una política exterior más acorde con los intereses y recursos del país: esta corriente aspiraba a una institucionalización del sistema sobre bases más flexibles, que pudiera preservar sus posiciones tras la desaparición de Castro.

 

En el comité central y la dirección militar del país existían fuerzas que expresaban con cautela deseos de reforma del régimen bajo las líneas de la perestroika. Esta disensión de elementos de las estructuras más poderosas del país, las fuerzas armadas y el Ministerio del Interior, llevaría al inevitable cuestionamiento de la dirección estalinista de Fidel Castro durante el caso Ochoa-La Guardia, en 1989. Este proceso, y las extensas purgas en los servicios secretos y la administración, apoyado en los elementos militares fieles a Raúl Castro, fueron  el signo más visible de una fisura en la élite del poder.

 

Es muy borroso precisar hasta qué punto la élite castrista pudo sobrevivir incólume a la crisis política y de credibilidad que significó el fusilamiento del general Arnaldo Ochoa; su ejecución fue vista dentro del país como un aviso para aquellos que desearan hacer política sin Castro. No hay evidencias de intenciones conspirativas por parte del general Ochoa y los demás acusados en 1989. La crisis Ochoa-La Guardia degeneró en una vendetta de grupos y purga de grandes figuras, donde cayeron también el general José Abrantes y la cúpula del Ministerio del Interior, y el poderoso Vicepresidente del Consejo de Ministros, el general Diocles Torralbas. El “caso Ochoa” dejó la percepción general de que su verdadero crimen había sido su deseo de reformar al sistema, de resultar una alternativa a las políticas de Fidel y Raúl Castro, y no vínculos por su cuenta con el narcotráfico, como se le acusó. Esta acción drástica, y la pasividad de muchas autoridades frente a la oposición, sugieren una disolución de la doctrina unitaria, aun dentro de las fuerzas represivas.

 

La retirada obligada del ejército cubano en Angola y la crisis con Ochoa, unido a los diversos grupos internos que abrazaron la consigna de los derechos humanos y políticos, impusieron al régimen el dilema del suicidio o la transformación de la Isla en un vasto campo de concentración..

 

Castro y el fin de la Guerra Fría

 

Después del choque de Granada, y las medidas de austeridad obligadas por las nuevas políticas en Europa del Este, los eventos se precipitaron. Primero, las revelaciones de la conexión con el narcotráfico en Panamá, a lo que siguieron los acuerdos de las grandes potencias sobre Angola que impusieron la retirada de la legión extranjera cubana. El “caso Ochoa” dejó entrever fermentos en el equipo dirigente y la amplitud de la corrupción que gangrenaba el aparato estatal.

 

A pesar del alegado puritanismo castrista se hicieron patentes extensos tratos de la cúpula cubana con el cartel de la droga de Colombia, a través de los buenos oficios del general Manuel A. Noriega de Panamá. Con posterioridad al fusilamiento del general Ochoa, siguió el colapso de los aliados comunistas en Europa, la aceleración de los cambios en la Unión Soviética, la huida de Mengistu H. Mariam de Etiopía, la legalización de UNITA en Angola, y la parodia de “último Mohicano” de Saddam Hussein. Castro no asistió en 1989 a la cumbre de los No Alineados en Belgrado, enviando en su lugar a su hermano Raúl.

 

Durante los años que Cuba vivía de los subsidios soviéticos a cambio de enviar jóvenes cubanos a matar y ser matados en Etiopía y Angola, no era aparente el pantano en que Castro había llevado al país. El desplome del bloque comunista simbolizó para Cuba la desaparición de su única opción, la integración económica al bloque soviético. Mientras que la derrota electoral de los sandinistas significó la clausura de la revolución latinoamericana castrista.

 

El fin de la Guerra Fría no solo significó un recio golpe a la Europa Oriental: el colapso del comunismo y la restitución obligada del comercio con moneda dura probaría ser más desestabilizador para Cuba que los cambios en la Unión Soviética. Con la reevaluación de las prioridades en política exterior de las grandes potencias, y la contracción de la Unión Soviética, la Cuba de Castro dejó de ser el Israel del bloque soviético, y se encogió a sus reales dimensiones geográficas y políticas. El régimen castrista quedó en toda su desnudez, y se transformó en una infortunada subcategoría del folclore político caribeño. Sin tropas en África ni guerrillas en América Latina, la posición de Castro como líder tercermundista se esfumó como por arte de magia, y se hizo patente su debilidad como el último bastión de una utopía que fracasó en lo económico y sólo supo reprimir en lo político.

 

Las reacciones negativas de Castro para con la reforma soviética se transformaron en parte del debate doméstico entre las facciones del Kremlin. La plataforma ortodoxa manipulaba los pronunciamientos del cubano para minar la perestroika de Mijail Gorbachov. La prensa soviética guardó silencio sepulcral sobre el fusilamiento del general Ochoa. El gobierno cubano fue también objeto de ataques públicos por parlamentarios soviéticos. La revista Novedades de Moscú atacó los métodos autoritarios y dictatoriales, el culto a la personalidad, la cruel supresión de la oposición y la corrupción del régimen cubano. Igualmente, acreditó el estimulado aventurerismo exterior de Castro a la histórica ayuda militar soviética .

 

A partir de ese momento, la “indestructible amistad cubano-soviética”, incluso codificada en la constitución socialista cubana de 1976, quedó en el terreno de la ficción, y las naciones ex soviéticas, surgidas a partir del “desmerengamiento” de la URSS, comenzaron a ver a Fidel Castro como un belicoso asociado político sin poder militar ni recursos, muy lejano territorialmente, y aficionado a no pagar las deudas.

 

El marxismo-leninismo ya no sería jamás la “nueva era en la historia de la humanidad”. Fidel Castro quedaba aislado con su “revolución” y ante el dilema de implementar aperturas reales o someter al país a una terrible prueba, comparable con la reconcentración establecida por Valeriano Weyler durante la guerra de independencia. Y sus raíces españolas primaron.      

Pasado, presente y futuro de la Cuba revolucionaria (Parte 3)

Eugenio Yáñez

Juan Benemelis

Antonio Arencibia


Cuando la revolución se fue a bolina

 

El “desmerengamiento” socialista

 

Con la desaparición del “campo socialista” europeo y la caída del Muro de Berlín el régimen quedó sin coartadas para justificar el “socialismo real”, supuesto paraíso al que Cuba se encaminaba y a donde llegaría algún día.

 

Desde 1987-88 se veía venir una transformación profunda en el esquema de funcionamiento de los mecanismos “socialistas” establecidos por la URSS para sus satélites, pero poco hizo Fidel Castro para enfrentar la realidad, y continuó atrincherándose en “la rectificación” y el voluntarismo.

 

Cuando en el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) se planteó la necesidad de medir cuentas y resultados en función de los precios del mercado mundial y la moneda convertible, Cuba y Vietnam pretendieron un tratamiento especial, como de hijos pobres, y no hubo modificaciones sustanciales en sus mecanismos de comercio exterior  y colaboración económica.

 

Posteriormente, cuando se comenzó a hablar en esa misma instancia de democratizar el sistema socialista, Castro envió a Carlos Rafael Rodríguez, miembro del Buró Político y Vicepresidente, a cargo entonces de la política exterior, a pronunciar un discurso melifluo e insustancial en el que aseguraba que no había nada que democratizar, pues el socialismo como sistema era inherentemente democrático. Como es natural, nadie le hizo caso y las cosas siguieron en el rumbo que ya se movían, quedando Cuba desfasada de las realidades de los cambios sociales que se estaban produciendo.

 

En 1989, tras la advertencia de Gorbachov de que el Ejército Rojo no intervendría para reprimir sublevaciones populares en Europa del Este, los gobiernos satélites comenzaron a caer uno por uno, sin que se disparara un solo tiro ni se produjeran episodios de violencia callejera ni las venganzas tantas veces anunciadas en caso de que la “contrarrevolución” derribara al comunismo.

 

Aunque la prensa cubana manejó con mucha discreción y un enfoque críptico la realidad, los cubanos todos, desde la nomenklatura a los de a pie, se daban cuenta que durante treinta años habían recibido un enfoque falso y distorsionado de las verdades del así llamado “socialismo real”, que ahora se “desmerengaba” como fichas de dominó cayendo una tras otra.

 

El fantasma de Bucarest

 

A fines de 1989 Castro envió a Jorge Risquet, miembro del Buró Político que atendía la política hacia Angola, con un mensaje para Nicolae Ceausescu, último dictador comunista en Europa: la última trinchera del marxismo-leninismo estaba obligada a resistir a toda costa frente a “la traición”.

 

De nada sirvió el mensaje: pocos días después la población de Timisoara se resistió al arresto arbitrario de un sacerdote local, y las fuerzas represivas locales poco pudieron hacer. El único derribo violento de una dictadura comunista se produciría en Rumania, cuando el sátrapa rumano lanzó los tanques contra la población y parte de ellos se negó, comenzando el choque entre las tropas de la Securitate y el ejército nacional que se negaba a masacrar a la población.

 

El enfrentamiento provocó miles de muertos en las navidades de 1989, pero finalmente las tropas leales al pueblo se impusieron, el dictador fue capturado, inmediatamente juzgado sumariamente y ejecutado. Cuentan que el cadáver de Ceausescu (foto) pesaba varios kilos de más, por la cantidad de plomo disparada en el momento del fusilamiento.

 

La noticia resultó un balde de agua fría sobre Castro y la élite cubana, no solo por su impacto en sí mismo como por el ejemplo contagioso que podría transmitir: los pueblos de Polonia, República Democrática Alemana, Checoslovaquia, Bulgaria, Hungría, Albania, y finalmente Rumania, se desembarazaban de cuarenta y cuatro años de yugo comunista y emprendían el camino hacia la democracia y la economía de mercado, sin que la Unión Soviética de Gorbachov hiciera algo para impedirlo. Más aún, hubo versiones de que fue la KGB soviética quien aceleró el proceso rumano para quitarse de encima un dictador repudiado por su pueblo, y que a la vez se había mostrado como el más rebelde de los satélites europeos de Moscú.

 

Ofensiva contra las reformas

 

Con las posiciones reformistas en la URSS avanzando a pasos agigantados, y el derrumbe del mito socialista europeo, Castro se vio de pronto sin aliados confiables y con fuentes de suministros seriamente dañadas, o interrumpidas totalmente en ocasiones. Por su parte, tanto la nomenklatura como la población cubana en general comenzaron a preguntarse si no era ya el momento de abandonar el fanatismo intransigente y buscar reformas en la destruida economía cubana, deteriorada rápidamente con el “proceso de rectificación”, y buscar caminos diferentes.

 

Los cubanos buscaban luces y vías no mirando hacia Miami, sino hacia Varsovia, Praga y Berlín. Veían a esos pueblos como ejemplos para desmantelar las estructuras centralizadas y totalitarias mediante procesos pacíficos y sin venganzas, hacer funcionar una economía que realmente contribuyera a satisfacer necesidades de la población y lograr las ansiadas libertades políticas.

 

En aquellos momentos muchos cubanos cuestionaron las políticas del Comandante, pero no su figura ni su liderazgo: en otras palabras, de buena gana muchos hubieran seguido al caudillo en una transformación democratizadora y modernizadora de la sociedad cubana. Deseaban que fuera el propio partido comunista quien encabezara “el cambio”, y que éste se produjera sin violencias innecesarias: los caminos para los cambios ocurridos en Polonia, Checoslovaquia o Hungría eran versiones mucho más atractivas para los cubanos que el rumbo que tomó Rumania, que nadie deseaba.

 

Sin embargo, el mensaje desde la cúpula castrista venía en sentido contrario: lo que ellos en verdad reprochaban a Ceausescu no era haber masacrado a los rumanos, sino no haber vencido en la confrontación. Para el machismo castrista, los gobiernos este-europeos eran traidores, “pendejos”, o ambas cosas a la vez, pero en Cuba sería diferente, pues los tanques iban a estar siempre de un solo lado, el del gobierno.

 

Los mecanismos de desinformación fomentaron el burdo rumor entre la población de que Mijail Gorbachov podría ser en realidad “agente de la CIA”, y esgrimían el fantasma de Lavrenti Beria como supuesta prueba de que tal cosa era posible. Se comenzó a reforzar el “trabajo político” y la más grosera propaganda, presentando en toda la prensa oficial un Miami que se afilaba los dientes para regresar a reclamar propiedades, desalojar a los cubanos de sus casas y restablecer todas las “lacras” del pasado que el castrismo, generosamente, había eliminado.

 

Castro en bancarrota y el “pacotilleo” oficial

 

Ya para 1990 los soviéticos no garantizarían a Cuba los subsidios que habían mantenido durante treinta años, e incluso los convenios vigentes no tenían posibilidad de cumplimiento por la inestabilidad de la sociedad soviética. Fidel Castro siguió comportándose como si la realidad no existiera, y ni siquiera se tomaron medidas para hacer más austeros los Juegos Panamericanos de 1991, programados para realizarse ese verano en Cuba.

 

La economía comenzó a resentirse seriamente, y de pronto los chinos dejaron de ser los “mandarines de Pekín” y se recordó los terribles daños contra la revolución provocados por “el criminal bloqueo imperialista”.

 

Ni el níquel ni el turismo tenían en esos momentos peso significativo en la captación de moneda dura para el país; la gran empresa militar GAESA todavía no aportaba suficientes divisas y ya ni la pobre producción azucarera o la de cítricos de baja calidad serían adquiridas por los “países socialistas hermanos”.

 

El resto de las exportaciones existentes o potenciales no presentaban ni la cantidad ni la calidad imprescindibles para garantizar la subsistencia. Y con los escándalos surgidos por las acusaciones de narcotráfico y la salida a la luz de los nada éticos mecanismos de “captación de divisas” del Ministerio del Interior, las fuentes del castrismo para la obtención de moneda dura, se constreñían continuamente y a gran velocidad: Cuba estaba en bancarrota.

 

Castro temía un estallido popular, aunque estaba dispuesto a aplastarlo con una violencia tal que habría hecho palidecer a Ceausescu. El partido comunista y todo el aparato de la propaganda y la represión estaban desconcertados y totalmente paralizados, sin una verdadera preparación para estos escenarios, y se mantenían muy frescos en la nomenklatura y en la población los recuerdos del “caso Ochoa”: los fusilamientos y condenas a prisión de “vacas sagradas” del régimen caídos en desgracia.

 

Fue la Unión de Jóvenes Comunistas, cuyo primer secretario era el relativamente popular “Robertico” Robaina, quien encabezó las movilizaciones juveniles con el lema “31 y pa’lante”, en referencia al aniversario de la revolución, sacó a los jóvenes a la calle con la consigna de “sígueme”, y movilizó a las organizaciones estudiantiles y universitarias en una campaña de apoyo a la revolución y el socialismo que tuvo mucho que ver con sacarle las castañas del fuego a Castro en aquellos momentos.

 

La habilidad de Robaina consistió en vincular a la movilización política los conciertos de los mejores artistas del patio, usar lemas pegajosos para despojar de sequedad las consignas del régimen. Así logró captar a muchos jóvenes cubanos ansiosos de disfrutar un espectáculo en el que a veces se veía al dictador saltar azorado junto a otros en la tribuna cuando “Robertico” gritaba: “!El que no brinque es yanqui!”

 

Tras la UJC, la federación de mujeres cubanas, los comités de defensa de la revolución y los sindicatos reaccionaron a la sacudida juvenil, y se incorporaron, con mucho menos entusiasmo y creatividad, a una gigantesca movilización nacional que canalizaba las energías de la población en un sentido que no solo impidió el surgimiento de un movimiento popular contestatario, sino también frustró las intenciones y esperanzas de reformas que abrigaban muchos en la nomenklatura.

 

El período especial

 

La última ilusión castrista de regresión al “ancien régime” ocurrió en 1991, en ocasión del golpe de Estado reaccionario contra Gorbachov. Aunque la prensa oficial cubana no lo apoyó directamente, un silencio cómplice se negó a condenar la jugada violenta de los “duros” del partido soviético, y durante las primeras horas se observó una mirada de aliento y optimismo en la élite del castrismo: las cosas podrían volver a los “buenos tiempos”. Pero cuando al día siguiente comenzaron a llegar las noticias de la resistencia de Yeltsin, la actitud de los militares moscovitas, y el regreso de Gorbachov, Castro comprendió que se había perdido la última oportunidad de recuperar una época que ahora se desvanecía sin remedio con el paso de los días.

 

Castro no estaba dispuesto a ceder un ápice de su poder aunque llevara a los cubanos a extremos de miseria y carencias. Desde que en 1982 Brezhnev anunciara a Raúl Castro que la URSS no defendería a Cuba en caso de una invasión norteamericana, se había desarrollado a gran velocidad, pero sin anuncio público, un cambio sustancial en la doctrina militar cubana: sabiendo que era imposible ganar un enfrentamiento armado con Estados Unidos, se desechó definitivamente la doctrina de defensa contra-desembarcos y se estableció la de “la guerra de todo el pueblo”, basada en las experiencias vietnamitas, como filosofía militar del régimen.

 

Esta “guerra de todo el pueblo” suponía vivir en un “período especial” de subsistencia, con el mínimo de recursos, mientras las fuerzas armadas regulares y las milicias de tropas territoriales desarrollaban una prolongada guerra de resistencia frente “al invasor”, que más temprano que tarde movilizaría a la “opinión pública internacional” a favor de los cubanos y “contra el imperialismo”.

 

En la versión más pesimista del “período especial” se entraba en la llamada “opción cero”, donde se suponía que el país no recibiría ni una gota de petróleo extranjero ni un gramo de importaciones, y se retrocedía a la tracción animal y la leña como combustible, los pozos artesanos como fuente de suministro de agua, y las bicicletas chinas como medio de transporte de la población y los armamentos.

 

La guerra contra todo el pueblo

 

Contra la voluntad de la gran mayoría de la población cubana y de una buena parte de la nomenklatura, que deseaban las reformas, Castro rechazó toda reforma y optó por establecer un “período especial en tiempo de paz”, implantando un régimen cuartelario, sin las más mínimas opciones democráticas, ni siquiera dentro del partido o de la élite más cercana.

 

Ahora, más que nunca, una desavenencia con la línea del caudillo sería considerada una traición, y los intentos de reformas, delitos aberrantes: el lema de “socialismo o muerte” comenzó a sustituir al clásico “patria o muerte” surgido en 1960.

 

En 1992 la siempre dócil Asamblea Nacional del Poder Popular, contrariamente a la experiencia de los países socialistas europeos que habían borrado de sus constituciones el artículo que otorgaba al partido comunista “el papel rector de la sociedad y el Estado”, lo ratificó con más fuerza que nunca, aunque debió desaparecer de su texto la bochornosa y muy lacayuna declaración de “eterna amistad” con una Unión Soviética que, para bien de la humanidad, ya había desaparecido desde el primer día de ese año.

 

Aferrado a un régimen de poder unipersonal y absoluto que ni siquiera con los colosales subsidios soviéticos funcionaba adecuadamente, Castro fue sumiendo la sociedad cubana en una terrible crisis, con carencias extremas, necesidades sin satisfacer, y las esperanzas desvaneciéndose. En esta situación, todos los supuestos “principios” inconmovibles con los que discurseó tantos años se fueron a bolina, y fue quedando en su desnudez como un caudillo latinoamericano más, interesado solamente en mantener el poder.

 

Habiendo defenestrado durante “la rectificación” un conjunto de capacitados funcionarios de la esfera de la economía, a los que calificó de “tecnócratas”, el dictador no tenía a su disposición bastantes directivos con formación económica suficiente para las tareas que surgían. Marcos Portal (foto), ministro de la industria básica, hombre relativamente joven y capaz, emparentado además con los Castro por vías matrimoniales, se fue convirtiendo paso a paso en gran estrella del período especial, y, sin decirlo directamente, era mostrado como ejemplo del dirigente leal y efectivo, conocedor de los “mecanismos” de dirección realmente fidelistas, y capaz de llevar adelante las tareas que debía enfrentar el país. Así ascendió hasta el Buró Político antes de caer en desgracia.

 

Otros más jóvenes, y sin experiencia de dirección, fueron colocados por Castro bajo su sombra en el “Grupo de coordinación y apoyo del Comandante en Jefe”, que era conocido entre la nomenklatura como “el grupo de apoyo”.

 

Sin conocimiento suficiente, pero considerados por ministros y empresarios como los tentáculos del Comandante, eran mirados con mucha cautela cuando llegaban a los despachos, solicitaban informes, comentaban estadísticas que no conocían a fondo, y se retiraban con sus libretas llenas de notas y garabatos, dejando tras sí una estela de preocupaciones y ansiedad.

 

Muchos de ellos habían sido estudiantes universitarios de buenos resultados y poseían una formación profesional aceptable y determinada experiencia de dirección, pero no acumulaban experiencia laboral ni conocimientos específicos sobre las ramas de la economía en que eran involucrados. Por este camino fueron ascendiendo a la cúpula un grupo de personas que llegarían a ocupar altos cargos en el entramado administrativo castrista, como Carlos Lage, “Felipito” Pérez Roque (foto), “Carlitos” Valenciaga y Otto Rivero. No obstante, ninguno de ellos, ni en sus mejores momentos, logró acercarse o ganarse las simpatías del aparato raulista de las fuerzas armadas y los militares, quienes los veían simplemente como “muchachitos” que habían caído bien a Fidel Castro en un momento.

 

Sin un equipo de dirigentes económicos de suficiente calibre, y el cese de la inmensa ayuda a que estaba acostumbrado, Castro no pudo mantener ni siquiera el mito de “los logros” revolucionarios, y la salud pública, la educación y los deportes comenzaron a agrietarse y erosionarse rápidamente, al tener que depender exclusivamente de recursos nacionales de una economía en crisis que no era capaz ni de alcanzar los niveles de la “reproducción simple”. El producto global comenzaba a mostrarse en su verdadera dimensión, descendiendo continuamente, y aunque no hay cifras oficiales confiables, es posible que el producto interno bruto haya descendido hasta 30% en algunos momentos.

 

Capitalismo de Estado haitiano

 

La producción industrial del país cayó en barrena, al no disponer de capitales, recursos, tecnologías ni capacidades gerenciales suficientes. Lo poco que se lograba producir no cubría mínimamente las necesidades del país, y en ocasiones se destinaba en su totalidad para la exportación, afectando los consumos nacionales.

 

La producción agropecuaria y la industria azucarera comenzaron a languidecer, y al unirse este fenómeno con la reducción de importaciones alimenticias, repercutió con mucha fuerza en el consumo de la población, donde llegaron a desarrollarse epidemias a causa de las deficiencias alimenticias, que Castro tercamente se negó a reconocer, al punto de  defenestrar dirigentes de salud pública que se atrevieron a insistirle que se trataba de enfermedades relacionadas con la sub-alimentación.

 

La flota pesquera, que hubiera podido contribuir a aliviar este problema, quedó sin combustible ni recursos, y comenzó a deteriorarse sin una elemental capacidad operacional ni sentido útil. Las grandes y ahora obsoletas fábricas soviéticas de antaño, como la de combinadas cañeras KTP-1 en Holguín, resultaron rápidamente elefantes blancos en medio del pasaje cubano, ineficientes, gigantescas consumidoras de combustible, sin sentido ni potencialidades productivas aceptables para nada. Miles y miles de millones de dólares en inversiones mal concebidas y peor ejecutadas quedaron como rígidos monumentos a la soberbia y la ineptitud del castrismo.

 

Comenzó a desempolvarse una oscura Ley de Inversiones Extranjeras, creada en tiempos de la “tecnocracia” y el Nuevo Sistema de Dirección de la Economía, pero prácticamente no aplicada, para la búsqueda de recursos financieros para “producciones cooperadas” y otro tipo de asociaciones, siempre basados en que Cuba aportaría mano de obra dócil y barata y fábricas ociosas y los extranjeros el capital, la tecnología y la comercialización.

 

Algunos potenciales inversionistas serios, junto a una banda de traficantes, mercachifles, farsantes y pacotilleros se acercaron a Cuba para explorar las posibilidades. Para eterno bochorno del castrismo, se crearon empresas estatales para “contratar” fuerza de trabajo para los inversores extranjeros, eufemismo con el que se le cobraba a los inversionistas extranjeros por los costos laborales en condiciones de mercado, y se le pagaba a los trabajadores cubanos con los salarios estatales oficiales de la dictadura, en ocasiones representando un 5 ó 6% del monto del salario que se apropiaba el Estado.

 

De pronto Castro mostró inclinaciones latinoamericanas y más comprensión hacia la Iglesia, lo que le resultaba necesario para mejorar su posición en el continente. Mientras daba entrevista prolongada al comunista italiano Gianni Miná alabando a Che Guevara, utilizó la complicidad o tontería útil del brasileño Frey Beto (foto) para mostrarse más abierto hacia los creyentes, al punto que posteriormente autorizó el ingreso de religiosos al partido. De pronto, de un ateísmo aberrante, se pasó al “socialismo o muerte, Dios nos bendiga”. 

 

La “cuenta del Comandante en Jefe” exigía que el 85% del dinero en divisas que obtenían funcionarios, profesionales, artistas y deportistas en el extranjero fuera a las arcas oficiales, en un descarnado saqueo de los talentos de los cubanos. Armando Hart, Ministro de Cultura y miembro del Buró Político, decía no entender por qué los mexicanos, españoles o franceses percibían derechos de autor en moneda de sus países y los cubanos insistían en recibirlos en dólares. Como solución deseaba “incrementar el trabajo político y de convencimiento” con los creadores cubanos.

 

La “gusanera” de Miami y todo el exilio alcanzó nuevamente niveles de crisálida en la propaganda oficial, propiciando las remesas desde el exterior, y se autorizó la tenencia de dólares por parte de la población, lo que hasta entonces, durante muchos años, había sido causa de acusación y prisión para los cubanos.

 

Hubo que hacerse de la “vista gorda” y autorizar una vez más el mercado campesino, el trabajo por cuenta propia, los artesanos y “merolicos”, los taxis privados y otros servicios a la población regulados por diversas directivas arbitrarias e impuestos leoninos, como los restaurantes familiares denominados “paladares” por la población. Sencillamente, el Estado socialista no era capaz de garantizar las más elementales condiciones de vida a sus ciudadanos, aunque se desgañitara con la propaganda.

 

Los líderes electos de América Latina, España y Portugal pedían a Castro aperturas y reformas para bien de los cubanos, pero el tirano los escuchaba despectivamente o no les respondía. Las Cumbres Iberoamericanas fueron demostrando, una tras otra, su inutilidad, al resultar impotentes para promover transformaciones democráticas en Cuba o aumento de las condiciones de bienestar de los cubanos.

 

Escapando hacia adelante

 

A través del colombiano Gabriel García Márquez, Premio Nóbel de Literatura, y amigo de Fidel Castro, la administración norteamericana de Bill Clinton buscaba caminos para normalizar las relaciones con Cuba y propiciar una transformación democrática en el país. En aquellos momentos, finales de 1993 y comienzos de 1994, el comunista ruso Guennadi Zhugianov aparecía con ciertas posibilidades en las encuestas para obtener la presidencia rusa ese año, y Castro decidió apostar fuerte y cerrar toda posibilidad de entendimiento con Estados Unidos.

 

Fríamente calculado, organizó el derribo violento de avionetas civiles y desarmadas de la organización exiliada “Hermanos al rescate”, que además de su noble labor humanitaria de rescatar balseros en alta mar había incursionado en territorio nacional para lanzar octavillas de propaganda sobre La Habana.

 

Juan Pablo Roque, un agente cubano infiltrado en Miami con la misión de localizar la ubicación del general Rafael del Pino, quien había desertado de la fuerza aérea cubana años antes, y por quien Castro ofrecía secretamente hasta dos millones de dólares como recompensa, transmitió a La Habana la información imprescindible para la operación. Así,  el 24 de febrero de 1994 dos aviones Mig de la fuerza aérea cubana derribaron con sus misiles en aguas internacionales dos avionetas civiles y desarmadas, provocando la muerte de sus cuatro tripulantes.

 

La repulsa internacional fue absoluta, y ahora no existía “campo socialista” que apoyara la barbarie castrista, como ya había apoyado el derribo por los soviéticos de un avión comercial surcoreano cargado de pasajeros años antes. El gobierno de Clinton se vio forzado a actuar con energía, poniendo en vigor la Ley Helms-Burton, que esperaba por su aprobación.

 

Muchos creyeron que Castro había cometido “un grave error” con el derribo de esas dos naves civiles, pero en su maquiavélico enfoque había logrado plenamente sus objetivos: cerraba toda posibilidad de entendimiento con Estados Unidos, y por consiguiente daba otra justificación más a su “período especial”, a sus “principios” y al régimen de fusta y hierro con que gobernaba. Si la evolución de la situación en Rusia hubiese llevado a Zhugianov a una posición de influencia, Castro creía poder rescatar antiguos vínculos: la base de espionaje electrónico de Lourdes seguía activa, los sistemas de inteligencia estratégica seguían coordinando, y buena parte de los “bolos” realmente bolcheviques seguía sintiendo nostalgia por la “Isla de la libertad”.

 

El “Maleconazo”

 

El 5 de agosto de 1994 un grupo de personas sin organización ni programa alguno comenzó de manera espontánea una serie de protestas en el Malecón habanero, en la zona entre La Habana Vieja y Centro Habana, que rápidamente se convirtió en manifestación antigubernamental, y provocó destrozos de vidrieras en las tiendas que vendían productos solamente en moneda convertible, mientras lanzaba gritos contra el gobierno.

 

La noticia cundió como la pólvora, y el régimen respondió rápidamente: las fuerzas de la policía, las brigadas de respuesta rápida y el contingente insignia de la construcción “Blas Roca”, creado por el propio Fidel Castro como bandera y vanguardia de la “rectificación”, cabillas en mano fueron despachados hacia el Malecón habanero en el área de los municipios Centro Habana, Habana Vieja y Plaza. La zona se convirtió de inmediato en un territorio bajo el control del “pueblo enardecido” armado con palos y cabillas, además de las armas de la policía, que sobrecogió a los manifestantes, los controló y los redujo rápidamente en medio de la represión física y numerosas detenciones.

 

Al poco tiempo aparecieron las tropas especiales y la seguridad personal, anticipando la llegada de un Castro desafiante y altanero, que recorrió el Malecón perfectamente protegido por cíclopes de su escolta, preguntando a gritos: ¿Dónde están los guapos… dónde están los contrarrevolucionarios? Simultáneamente, los comités de defensa de la revolución movilizaban apresuradamente a sus miembros en todas las calles cercanas a Malecón y los acercaban a los lugares de los hechos dando vivas al dictador.

 

Después se supo que el MINFAR y los batallones de tanques del perímetro de defensa de Ciudad de La Habana habían sido puestos en alarma de combate por orden de Raúl Castro, y estaban listos para intervenir si hubiera sido necesario, bajo las órdenes del ministro del interior, Abelardo Colomé Ibarra, “Furry”, lo que sin lugar a dudas hubiera desatado un baño de sangre en la ciudad.

 

Este fenómeno, conocido como “el maleconazo”, ha ido ganando historias y leyendas año tras año, y lamentablemente en algunas ocasiones se presenta en el exilio como un evento casi comparable a la sublevación de Budapest en 1956 o a la del guetto de Varsovia en la Segunda Guerra Mundial, cuando en realidad fue mucho menos y con mucha menos trascendencia. La represión fue muy rápida y muy eficiente: no hubo muertos de ningún bando, y a las pocas horas el Malecón había retornado a su vida “normal”, o al menos aparentemente.

 

La crisis de los balseros y el pacto migratorio

 

El olfato político de Castro le advirtió de inmediato que la tensión social ya había subido demasiados decibeles y necesitaba una válvula de escape. Sin poder reeditar esta vez el escandaloso éxodo masivo del Mariel en 1980, creó inmediatamente una “crisis de los balseros”, declarando públicamente que todo el que lo deseara podría largarse del país, y dando instrucciones a las fuerzas armadas y el ministerio del interior de no interferir a los que preparaban su partida.

 

Rústicos botes, balsas improvisadas, a veces solamente unas tablas mal amarradas sobre cámaras neumáticas de tractores, camiones o automóviles, se lanzaban al mar frente al mismo Malecón de los incidentes de días anteriores, cargadas de desesperados hombres, mujeres y niños deseosos de abandonar el país, despedidos por familiares, amigos y curiosos, mientras la policía organizaba el tráfico en las calles para que los balseros cruzaran el Malecón, y la televisión nacional filmaba y transmitía el espectáculo como demostración de la “libertad” existente en Cuba.

 

Más de treinta mil cubanos se lanzarían al mar en sus balsas durante esas dramáticas jornadas. Estados Unidos se vio de pronto ante la irresponsabilidad castrista y el fantasma de una crisis humanitaria, y no sintiéndose capaz tampoco esta vez de dar una respuesta militar a la provocación, decidió que los rescatados en el mar fueran trasladados a la Base Naval de Guantánamo, y cuando ya estas instalaciones fueron sobresaturadas de balseros, se utilizaron otras bases, como en Panamá.

 

Después de un largo limbo migratorio de más de un año y de interminables dificultades materiales y sicológicas, los balseros retenidos pudieron arribar legalmente a Estados Unidos, pero en el ínterin los gobiernos de Cuba y Estados Unidos firmaron un pacto migratorio comúnmente llamado “pies secos, pies mojados”, vigente hasta nuestros días, mediante el cual cualquier cubano que arribe ilegalmente a Estados Unidos, es decir, que ponga sus pies en territorio norteamericano, recibirá autorización para permanecer en el país, pero los capturados en el mar, aún a pocos metros de tierra firme (pies mojados) son devueltos a la Isla por los propios guardacostas de Estados Unidos.

 

Cuba dio garantías en ese pacto de que los devueltos al país no serían sometidos a represalias de ningún tipo, y la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana monitorea la situación lo mejor que puede dentro de condiciones difíciles. Por el mismo acuerdo, Estados Unidos ofreció al régimen un total anual de veinte mil visas de residentes para los cubanos en la Isla, programa que, con altas y bajas y denuncias de ambas partes, se ha mantenido hasta el momento.

 

Las reuniones semestrales establecidas en ese acuerdo migratorio se celebraron alternas en Cuba y Estados Unidos por un tiempo, pero Estados Unidos se quejó de que el gobierno cubano pretendía utilizar dichas reuniones para temas ajenos a los previstos, y desde el año 2004 se han interrumpido.

 

El factor Chávez

 

El 4 de febrero de 1992 un oscuro teniente-coronel de los paracaidistas venezolanos, de nombre Hugo Chávez Frías, intentó derribar al presidente constitucional de Venezuela,  mediante un sangriento y fallido golpe de Estado fundamentado como de inspiración “bolivariana”. Esa acción de inmediato recibió el repudio de América Latina por atentar contra un gobierno democráticamente electo, aunque Castro no lo condenó explícitamente: la referencia a Simón Bolívar para justificar el ataque recordaba demasiado la utilización de José Martí como presunto autor intelectual del asalto al Cuartel Moncada.

 

El golpista y sus cómplices fueron juzgados en el marco de la ley y el Estado de derecho y condenados a prisión, para ser amnistiados posteriormente por el entonces presidente venezolano Rafael Caldera, y volver a la actualidad noticiosa poco después, pero en condiciones muy diferentes.

 

Mientras la economía y la sociedad cubana sufrían la más terrible crisis nacional, Castro continuaba dispuesto a sacrificar a los cubanos hasta sus últimas consecuencias antes de ceder su poder personal y absoluto ni siquiera parcialmente, y sin dejar de mantener sus estrategias políticas internacionales de subversión e injerencia. Venezuela, calculaba Castro, podía volver a convertirse en centro de atención estratégica, veinte años después del fracaso del foco guerrillero.

 

Para resumir la historia de Hugo Chávez en aquellas fechas posteriores al frustrado golpe, la prisión, amnistía y regreso a la vida pública, basta este fragmento del libro “Jaque al Rey. La muerte de Fidel Castro (con carácter provisional)”:

 

“Hugo Chávez es un hijo político de Fidel Castro, y su hijo predilecto, mucho más querido que Daniel Ortega, Salvador Allende, Maurice Bishop o Agostinho Neto. Y mucho más agradecido, porque puede serlo, no porque los otros no lo fueran, a su manera.

 

Propaganda aparte, Chávez no era nadie en 1992, cuando se lanzó al golpe de Estado contra el gobierno democrático de Venezuela. Y después de eso fue, simultáneamente, acusado, convicto, presidiario, y después indultado por otro gobierno democrático de Venezuela.

 

Ese otro gobierno democrático había recibido, y de hecho reconocido, a Jorge Más Canosa y líderes del exilio anticastrista de Miami, lo cual disgustó sobremanera al Comandante en Jefe, que se toma esas movidas políticas como insultos personales, pues la Revolución y Cuba son él mismo, nadie más.

 

-El Comandante quiere que le identifiques al tipo que más le jodería a Caldera si lo reciben en Cuba con honores… búscalo y avísame…

 

Castro pidió al embajador cubano en Caracas, Germán Sánchez, que por cierto se mantiene todavía como embajador más de doce años después, que localizara al líder opositor que más disgustara al presidente Rafael Caldera (foto) de ser recibido en La Habana; después de buscar detenidamente, el embajador cubano recomendó que se invitara a Hugo Chávez.

 

Chávez fue recibido en La Habana con los máximos honores, alfombra roja en el aeropuerto, acto solemne en el Aula Magna de la Universidad de la Habana, tratamiento de jefe de Estado: el primer sorprendido tiene que haber sido el mismo Hugo Chávez.

 

Luis Miquelena, el marxista venezolano que asesoraba a Chávez por entonces, y que lo hizo durante los primeros años de su gobierno, le contó a un amigo sobre ese viaje, en el que él también estaba:

 

-Cuando yo vi esa alfombra roja y toda esa vaina, me di cuenta que Fidel quería que Chávez fuese presidente… y que lo estaba tratando como si ya supiera que iba a serlo… eso era demasiado recibimiento para alguien que no era nada en ese momento…

 

Este tratamiento impactante, y el apoyo de los dineros y la experiencia de los servicios de inteligencia cubanos, fueron conformando la imagen de un Hugo Chávez político, maduro, responsable, y carismático, que se lanzó a la carrera presidencial en las elecciones de 1998 y pudo ganar con amplia mayoría la presidencia”.

 

La carta bolivariana

 

El apoyo inicial de Castro a Hugo Chávez tenía un carácter geopolítico para la posición cubana en América Latina, y no podía calcular en aquellos momentos que cuando Chávez alcanzara el poder en Venezuela garantizaría la supervivencia del régimen por muchos años.

 

Entre 1998 y abril del 2002 Chávez disfrutó de una simpatía velada por parte de Castro y una discreta y silenciosa colaboración, básicamente por parte de los servicios de inteligencia y las redes de la “revolución latinoamericana”.  Comenzaba a repetirse en Venezuela la llegada de “internacionalistas” latinoamericanos, como había sucedido antes en el Chile de Salvador Allende y la Nicaragua sandinista. El teniente-coronel devenido presidente no se podía mostrar abiertamente defensor del castrismo, por la tradición democrática de la nación y la repulsa natural de casi todos los venezolanos a las dictaduras.

 

Sin embargo, tras la matanza indiscriminada de civiles que manifestaban pacíficamente contra los desmanes del gobierno por las calles de Caracas, Chávez fue derrocado y detenido el 11 de abril del 2002 por  un movimiento de repulsa popular, secundado por las fuerzas armadas. El poder fue ocupado de forma provisional por una junta que demostró, en las pocos horas que pudo mantenerse, un nivel enciclopédico de torpeza y falta de sensibilidad.

 

Castro no podía darse el lujo, en medio de la profunda crisis cubana, de perder un aliado como Hugo Chávez. Perfectamente informado de los detalles e intimidades del poder en Venezuela por su embajada en Caracas y sus servicios de inteligencia, organizó un fulminante contragolpe, intentó movilizar a las cuatro de la madrugada al cuerpo diplomático en La Habana para volar a Caracas con el canciller Felipe Pérez Roque y “rescatar a Chávez” para trasladarlo hacia Cuba.

 

Con Yadira García a su lado, miembro del Buró Político, ministra de industrias y cabeza visible de la movilización popular para el “rescate” del balserito Elián González años atrás, organizó un virtual puesto de mando en el Palacio de la Revolución, estableció contacto telefónico con oficiales venezolanos no sumados al golpe, movió todos sus recursos públicos y secretos disponibles en Venezuela y en Cuba, y en poco más de cuarenta y ocho horas logró la liberación de Chávez, su retorno al poder y la desbandada de los golpistas.

 

Las deudas de gratitud de Hugo Chávez

 

El teniente-coronel restablecido en la presidencia por el Comandante sabía que tenía una deuda de gratitud con Castro, quien le había salvado la vida y devuelto al poder que tan cobardemente había cedido a las primeras demandas, reeditando su rápida rendición ante el fracaso del golpe de 1992: no era el valor personal lo que le caracterizaría, sino, por el contrario, la bravuconería, la desfachatez, la grosería y la insensibilidad.

 

Nada de esto era importante en el esquema estratégico castrista, que comenzó a escalar la ayuda militar y de inteligencia, y a enviar los primeros médicos, maestros y entrenadores deportivos reales, pues bajo esa denominación habían viajado ya a Venezuela asesores provenientes del MINFAR y del MININT cubanos, que incluían desde especialistas en carnet de identidad y comités militares hasta oficiales de operaciones, comunicaciones, inteligencia militar y contra-inteligencia.

 

Los frecuentes viajes de los generales Colomé Ibarra y Julio Casas Regueiro, y el contralmirante Gandarilla, jefe de la contra-inteligencia militar, permitirían a Castro garantizarle a Hugo Chávez la progresiva politización de la fuerza armada venezolana para difuminar su carácter nacional y convertirla en un apéndice político-ideológico del poder bolivariano y organizarle un sofisticado mecanismo represivo para prevenir que nunca más se produjeran sorpresas desagradables como las de abril del 2002.

 

La imagen “civil” de la colaboración le fue asignada al Vicepresidente Carlos Lage, lo que al final del camino resultaría perjudicial para su propia carrera a la sombra del poder. Y el apoyo para el “trabajo político y las organizaciones de masas” se fue desarrollando muy discretamente y en silencio, de conjunto con las “misiones” en los barrios populares y en todos los Estados del país, organizándose réplicas de los comités de defensa de la revolución y la federación de mujeres, aunque no se logró el control del movimiento sindical, de fuertes tradiciones independientes. En su momento, comenzaría la formación de milicias armadas como cuerpos paramilitares de apoyo al ejército, en el más puro esquema cubano.

 

Castro también asignaría médicos al presidente y sus familiares, (el más efectivo y práctico mecanismo de penetración de los secretos del poder), y aportaría la seguridad personal del presidente, esquema que había  puesto en práctica antes con los africanos Marien Nguabi, Sekou Touré, Agostinho Neto y Samora Machel, así como con los latinoamericanos Salvador Allende y Daniel Ortega.

 

Hugo Chávez por su parte, ordenó la entrega a Cuba de 58,000 barriles diarios de petróleo a precio preferencial y con un crédito blando de muy difícil recuperación, a través de un extraño y nebuloso convenio comercial que fue infructuosamente denunciado por muchos mecanismos institucionales venezolanos.

 

Gracias a estos envíos diarios de petróleo, cuando las arcas cubanas estaban vacías y los créditos totalmente cerrados por no pagar sus deudas, Castro pudo disponer del oxígeno que necesitaba urgentemente para sobrevivir. Y en la medida que los tentáculos castristas se fueron extendiendo en el país y Chávez se sentía cada vez más seguro para desarrollar su proyecto bolivariano y afianzar su dictadura “democrática”, la ayuda económica a la Isla se fue haciendo mayor y más abierta, pública y garantizada por convenios, ya que cada vez quedaban menos instituciones y personalidades que se enfrentaran a las decisiones arbitrarias del mandatario.

 

Mientras muchos hablaban superficialmente de la dependencia cubana del petróleo venezolano, era realmente el mandatario venezolano Hugo Chávez quien debía su permanencia y fortalecimiento en el poder a la ayuda subterránea y abierta del régimen cubano.

 

La contra-apertura castrista

 

En la década de los noventa el régimen hacía malabares con la economía y obtenía divisas en el mercado mundial por distintas vías con la venta de azúcar, tabaco, cítricos y algunas frutas; más exiguas cantidades de productos industriales, ingresos por servicios de colaboración hacia el Tercer Mundo más solvente, negociaciones con información de inteligencia o biotecnología a satrapías árabes del Medio Oriente, y las remesas de los exiliados.

 

Además, el complejo empresarial-militar GAESA comenzó a rendir frutos económicos por actividades en el exterior o la llamada “exportación en fronteras” (servicios en dólares dentro del país). Entusiasmado entonces por lo que consideraba una salida de la crisis del derrumbe del socialismo, Castro comenzó a desarrollar con vehemencia los que consideraba pilares fundamentales de su proyecto social.

 

Habiendo garantizado el mínimo nivel de subsistencia y supervivencia a la población, y aplastado toda manifestación de descontento o reformismo, el caudillo comenzó a asignar recursos a la producción de productos de biotecnología y farmacia, a fomentar el turismo segregado de la población cubana y a exportar profesionales a los lugares más remotos en países extranjeros, a quienes pagaba una fracción del contrato estatal como salario.

 

Sin dominar los mecanismos de comercialización imprescindibles, y sin capital suficiente para operaciones comerciales de gran envergadura de alcance mundial, el castrismo buscó los mercados tercermundistas ofreciendo productos médicos genéricos como sucedáneos de medicamentos de marcas reconocidas, y condiciones de pago favorables a los potenciales compradores, como el comercio “barter” (de intercambio de productos), precios bajos, o participación de capital en las empresas: los objetivos del comercio exterior cubano fueron mercados pobres, con no muchos recursos, y una predisposición “política” a negociar con Cuba, pero que le permitieron al régimen los ingresos imprescindibles para evitar la quiebra total o el estallido social.

 

De pronto, los capitales canadienses de la Sherritt mostraron interés en invertir en el níquel cubano mediante empresas mixtas, y los europeos, básicamente españoles, y también italianos, en el turismo, aprovechando las ventajas naturales del país, además de los bajos costos de la dócil fuerza de trabajo y la relativa “tranquilidad” social cubana. Muchos mercachifles de la primera oleada habían demostrado que no daban demasiado ni eran convenientes, por lo que dejaron de ser de interés para el régimen, pero los grandes capitales canadienses y europeos eran harina de otro costal y podrían ofrecer a Castro las inversiones y recursos requeridos para relanzar la economía, mientras miraban hacia el otro lado con relación a las realidades sociales del país y se aprovechaban de la ineficiencia y la corrupción de la élite empresarial cubana para afianzar sus posiciones.

 

Con estas perspectivas, Castro no vaciló en lanzar una contra-apertura, dando marcha atrás a una serie de medidas que debió tomar anteriormente para poder mantener a flote su régimen: se comenzaron a cerrar oportunidades o retirar licencias para trabajos por cuenta propia, se elevaron los impuestos y requisitos arbitrarios contra los “paladares”, el mercado campesino y el transporte privado. Esto último se hizo extensivo a las remesas desde el exterior y el cambio de divisas, se elevaron exorbitantemente los precios en las tiendas para la recaudación de divisas, los trámites migratorios, los pasajes aéreos hacia y desde Cuba y las tarifas telefónicas de larga distancia al exterior, a la vez que se recrudecían los controles sobre el alquiler de habitaciones a los turistas, y se ponían trabas a los profesionales para abandonar sus especialidades y dedicarse a actividades laborales más lucrativas en el comercio y los servicios al turismo.

 

La visita del Papa

 

En 1998, después de prolongadas negociaciones e incansables gestiones, se anunció la visita del prestigioso Papa Juan Pablo II a Cuba. El extraordinario papel del sacerdote polaco, que con el tiempo devino Sumo Pontífice, en el enfrentamiento, cuestionamiento y caída del comunismo europeo, hizo pensar a muchos en todas partes que Cuba estaba frente a posibilidades reales de aperturas y cambios.

 

El instinto político de Castro estaba preparado para un evento de tal naturaleza. Recibió al Papa con todos los honores, (dicen que Raúl Castro se arrodilló ante al visitante, aunque no hay imágenes para demostrarlo), y organizó en la Plaza de la Revolución una misa-concentración tan gigantesca e impactante como había sido el apoteósico recibimiento oficial al dictador soviético Leonid Brezhnev o la velada por la muerte de Che Guevara en Bolivia.

 

El Papa pidió a los cubanos no tener miedo, y llamó a que el mundo se abriera a Cuba y Cuba a su vez se abriera al mundo, recorrió el país con todos los honores y el respeto oficial, desarrolló su misión pastoral sin dificultades de ningún tipo, todo el tiempo atendido por las más altas autoridades del país, y regresó a Roma.

 

Eso fue todo, o casi todo. Castro declaró el día de Navidad como feriado, lo que había eliminado desde 1969 con el “esfuerzo decisivo” para la zafra de los supuestos diez millones, y permitió algunos minutos de radio y televisión al año a autoridades eclesiásticas para mensajes pastorales, así como algunas procesiones católicas que pudieran realizarse fuera de las iglesias. Nada más. La supuesta mejoría de las relaciones con la Iglesia fue un acto formal y una cortesía, pero en el terreno práctico la Iglesia no logró alcanzar nunca los nuevos espacios que pretendía a partir del efecto de la visita del Papa al país.

 

Cuando infinidad de “expertos” y “conocedores” de la realidad cubana se rasgaban las vestiduras y perdían su tiempo y su trabajo definiendo a Carlos Lage como “arquitecto de las reformas” y asegurando ver “señales” de que Cuba avanzaba a la apertura basados en que Castro había vestido de civil en algunas ocasiones internacionales, en la Cumbre Iberoamericana de La Habana, en 1999, Castro despreció olímpicamente a todos los mandatarios visitantes, les dejó que le recomendaran todo lo que quisieran sobre aperturas, cambios y democratización, y al final dijo en la cara de todos, cínicamente, haberlos escuchado a todos y cada uno con la paciencia de Job y la sonrisa de La Gioconda, pero que no cambiaría en lo más mínimo su régimen dictatorial.

 

Por si fuera poco, en la Cumbre siguiente, Panamá 2000, se negó a firmar una declaración de condena al terrorismo suscrita por todos los mandatarios menos Cuba. Los “cambios” de Castro quedaban para las mentes calenturientas deseosas de ver lo que no existe, pero en honor a la verdad, es culpa de los que quisieron inventar la realidad: Castro siempre ha dicho muy claramente que no estaba dispuesto a cambiar en ninguna circunstancia: en eso hay que reconocerle una consistencia rayana en su testarudez y su adicción por el poder.

 

El castrismo del siglo XXI

 

Cuando en el mundo se esperaba el año 2000 con ilusiones, una exagerada preocupación por un posible fallo de las computadoras que no se adaptarían a los cuatro dígitos para identificar los años, y temores atávicos de catástrofes devastadoras, los cubanos tuvieron solamente malas noticias: un mensaje de Fidel Castro por el aniversario de la revolución, nada de felicitaciones for navidades o fin de año. Este consistía en el anuncio de que los tiempos seguirían siendo duros y difíciles, y que por lo tanto la política a seguir sería de más de lo mismo, sin esperanzas ni ilusiones, pero con una renovada confianza en los logros de la revolución, bajo el liderazgo y sabiduría del Comandante en Jefe, y una férrea disciplina, se llegarían a  obtener “nuevas victorias”.

 

La orfandad conceptual y la fundamentación teórica del castrismo del nuevo siglo eran evidentes. Sin poder recurrir a Marx, Engels y Lenin, absolutamente desvalorizados con el fracaso del “socialismo real”, con chinos y vietnamitas alabando a Mao y “el tío Ho” pero a la vez propiciando la propiedad privada y la economía de mercado, y sin poder culpar a José Martí del desastre castrista, Fidel Castro recurrió a momias como Raúl Valdés Vivó y Armando Hart para “reinventar” una teoría revolucionaria que justificara la miseria de los cubanos.

 

Sin embargo, con tales “pensadores” no se logró más que reconocer lo evidente: que el llamado “socialismo real” fue un fracaso absoluto. Decían ahora, quienes siempre habían aplaudido la ortodoxia, que el desplome del sistema no era culpa de las ideas, sino de su errónea aplicación por la colección de idiotas que había impuesto el comunismo en el mundo sin comprenderlas cabalmente. ¿Quién si no Fidel Castro quedaba en la cerrada categoría de intérpretes y ejecutores sin tacha de esas ideas?

 

Escribían aquellos exégetas del caudillo que bastaba simplemente la “originalidad” de la llamada revolución cubana, y comenzar de nuevo, esta vez sin aquellos terribles errores y desviaciones, para tomar nuevamente el camino del paraíso vez dentro de quien sabe cuantos años.

 

Era tan ridícula la “teoría” que pretendían sacar a flote las momias “revolucionarias”, que fue necesario poco a poco comenzar a desempolvar y darle determinada participación a quienes habían sido jóvenes figuras ligadas al marxismo contestatario en los años sesenta y setenta en la Universidad de La Habana y su Departamento de Filosofía que se habían mantenido en el país, grises, silenciosos y disciplinados, ahora con treinta años más de edad, para intentar darle coherencia a aquella fundamentación teórica raquítica y sin futuro.

 

Más que hablar de la revolución, los intelectuales convocados introdujeron el concepto del “proyecto cubano” en abstracto y evitando referencias específicas, señalaron la necesidad de reconocer que el mercado es una realidad, pero que debe ser controlada por el régimen en función de “la población” como un ente abstracto y sin forma. Otro aporte, que comenzaba a cobrar fuerza en los círculos izquierdistas internacionales era la necesidad de “reinventar” el socialismo sin repetir los errores del pasado, pero en Cuba eso significaba no mencionarlos ni definirlos, y sobre todo no personalizarlos.

 

En otras palabras, dicho en cubano, se atrevieron a jugar con la cadena, pero nunca con el mono: las amargas experiencias de 1971 les habían enseñado a estas personas inteligentes y capaces que aunque les pedían algo, lo que realmente esperaban de ellos no era lo que ellos mismos decentemente pensaran, sino lo que el poder deseaba escuchar. Y se las fueron arreglando durante todos esos años, y hasta la actualidad, para decir y escribir,  mas decir que escribir, pareciendo que dicen o quieren decir, pero siempre cuidándose las espaldas. No se les puede criticar el instinto de supervivencia ni su negativa a tropezar otra vez con la piedra que les convirtió en casi no-personas por décadas: fueron cándidos una vez, pero nunca fueron tontos.

 

La “revolución cubana” se quedó sin fundamentos conceptuales: de una utopía rebelde y carismática pasó a un marxismo guerrillero hereje y antisoviético; salió de una cosmovisión totalizadora como fue el marxismo-leninismo convencional, para retornar a una herejía trostko-guevarista huérfana, disfrazada de “rectificación”. Finalmente intentó la fundamentación pragmática de una praxis incoherente para terminar siendo, más que una teoría, un enjambre seudo-teórico sin ningún valor para las ciencias, pero de cómoda aplicación ideológica y para la propaganda. Y eso basta al régimen en la medida que contribuye a mantener el poder, de espaldas a las realidades, necesidades y anhelos de los cubanos.

 

La revitalización de la economía cubana con el apoyo chavista

 

En la medida que el Hugo Chávez posterior al contragolpe restaurador del año 2002 aumentaba sus compromisos con el régimen cubano, comenzó a experimentarse una cierta recuperación de la economía, al garantizarse los suministros de petróleo. Estos en cierto momento fueron elevados a unos 98,000 barriles diarios, aunque la cifra exacta nadie la conoce fuera de un grupo muy selecto dentro del régimen, pero representan unos cuatro millones de toneladas al año adquiridas a precios muy bajos con créditos a largo plazo y compensadas con “servicios profesionales” llevados a cabo por cerca de cuarenta mil cubanos en Venezuela.

 

Aunque ese volumen de petróleo sigue siendo inferior al suministro soviético, debe ser sumado a la producción cubana de petróleo y gas, y tomar en consideración una mejor utilización de los recursos en comparación con la época de los subsidios soviéticos, lo que garantiza que Cuba en la actualidad disponga de un excedente petrolero.

 

Esta realidad, más los interminables convenios de cooperación en condiciones demasiado preferenciales, los suministros estratégicos y determinadas partidas de efectivo y recursos que llegan “bajo la mesa” escapando a los controles gubernamentales de ambos países, garantizan al régimen de La Habana los recursos elementales para subsistir y dilatar un estallido social que resultaría inevitable sin el apoyo continuo de Hugo Chávez, disponiendo a su antojo y sin control de los recursos de la nación venezolana.

 

Los militares, a través del complejo económico-empresarial GAESA, lograron desarrollar un conjunto de actividades económicas que se extendían desde la Corporación “Gaviota” para la gerencia en territorio nacional de hoteles operando con dólares, hasta servicios especializados de cartografía, aviación turística, buceo y  reparación de vehículos, o la corporación  ANTEX, cuyos cuarteles operativos en Luanda desarrollan operaciones comerciales de todo tipo en África.

 

Con los años, GAESA creció fuerte y rápidamente, bajo el mando del general Julio Casas Regueiro y la dirección operativa de Luis Alberto Rodríguez López-Callejas (foto), yerno de Raúl Castro, hasta constituir un emporio que aportaba a las arcas nacionales más de mil millones de dólares en ingresos brutos. Esto sobrepasaba con creces los ingresos en moneda fuerte obtenidos por una zafra azucarera que cada año resultaba más ineficiente y decaía en volúmenes de toneladas producidas, o la industria de farmacia y biotecnología que se anunciaba como la niña de los ojos de Fidel Castro, pero no crecía lo suficiente.

 

La industria del níquel bajo gerencia canadiense, y con know-how, tecnología y recursos de los capitales canadienses, fue convirtiendo paso a paso las ineficientes fábricas de níquel de la época soviética en industrias más eficientes, aumentando de manera sistemática la producción y reduciendo los costos, beneficiándose de la relativa motivación de una fuerza de trabajo que prefiere trabajar para la Sherritt canadiense más que para el poder popular o la agricultura estatal. En una coyuntura favorable donde los precios y la demanda mundial del mineral aumentaron, la producción niquelífera comenzó a erigirse en un baluarte de ingresos en divisas del país, al extremo de llegar en los últimos años a ocupar el primer lugar del país en el aporte de fondos convertibles.

 

El turismo, con capitales y gerencia occidental, fundamentalmente española, aprovechó la infraestructura hotelera ya existente en el país, el clima, las innumerables riquezas y bellezas naturales del archipiélago cubano y su flora y fauna, y un gigantesco y acelerado plan de construcciones hoteleras, para poner en la mira potenciales sectores de clientes en busca de turismo económico, de descanso y esparcimiento natural, sin demasiado interés en la actividad política del país, y lograr cantidades crecientes de turistas provenientes de países como Canadá, España, Alemania, Inglaterra y las naciones nórdicas, y clases medias latinoamericanas, un poco más enfocadas hacia el romanticismo revolucionario, los “logros” sociales del país y turismo sexual, aunque en este último España se lleva las palmas, junto a la vergüenza de haber sido cómplice, desde el inicio, de una política de turismo segregado, de “apartheid”, que ponía las maravillas al servicio de los extranjeros, discriminando criminalmente a los cubanos en su propio país.

 

Los malabares financiero-monetarios

 

Francisco Soberón, talentoso y eficiente funcionario con exitoso resultado empresarial en condiciones de economía de mercado, fue promovido a presidir el Banco Nacional, en un intento por poner orden en las caóticas finanzas cubanas y la circulación monetaria, y buscar solución a la insolvencia del país, a quien una inmensidad de prestamistas habían cerrado los créditos.

 

En sucesivas y sorpresivas acciones se ajustaron las tasas de cambio dólar-peso cubano, y se estableció la obligatoriedad de la circulación del peso convertible cubano para las operaciones comerciales en la Isla. Aunque poseer dólares ya no se considera delito, no se les reconoce validez para comprar los productos que se venden en moneda dura en el país ni para las operaciones contractuales entre empresas.

 

Sin embargo, lo que aparentemente son decisiones monetario-financieras conllevan a la vez dos factores de control poblacional: al tener la población que cambiar sus dólares por pesos convertibles para poder consumir, el gobierno conoce de antemano la cantidad de circulante convertible en el país y puede regular la oferta-demanda del mercado en moneda convertible a su conveniencia, evitar excesos de inventarios y modificar los ciclos de rotación de los productos, sin sorpresas inesperadas.

 

Por otra parte, aunque sea “igual que el dólar” a los efectos comerciales dentro del país, el peso convertible, identificado oficialmente como CUC y popularmente como “chavito”, no tiene valor fuera del país. Los poseedores de grandes cantidades ocultas de dólares tienen poco que hacer con ellos en estas condiciones, y funcionarios estatales tentados a abandonar el país de manera “ilegal” no pueden llevarse consigo dinero de las arcas gubernamentales, pues con sus CUC no tienen nada que hacer en ningún lugar fuera de las fronteras cubanas: a esos efectos, son tan inoperantes como los pesos cubanos convencionales.

 

En el tema de la deuda externa y la obtención de créditos frescos las cosas fueron mucho más difíciles, pues a la proverbial morosidad castrista para honrar sus compromisos en el mundo financiero se añadían las sorpresivas complejidades políticas del comportamiento de Castro, quien por motivos puramente de diplomacia internacional podía crear crisis no previstas o utilizar la morosidad como un arma de presión.  Esto sucedió, por ejemplo, con relación a México en tiempos del presidente Vicente Fox, o respecto a las deudas con Argentina que vienen desde la época de las juntas militares, y además se complican los pagos por haber mucho dinero de origen ilegal depositado en Cuba, obtenido por la fuerza por secuestradores e insurgentes.

 

A todo lo anterior hay que añadir las deudas pendientes durante los treinta años de la era soviética y el campo socialista, que Cuba no desea reconocer alegando el “desmerengamiento” de ese mundo ficticio, del que sin embargo recibió más ayuda real, contante y sonante, que toda la ayuda recibida por Europa durante los años del Plan Marshall.

 

El “secuestro” de Elián y la Batalla de ideas

 

El caso del niño-balsero Elián González, milagrosamente rescatado tras un naufragio en alta mar frente a las costas de Estados Unidos en el que falleció su madre, y fuera colocado bajo la custodia de sus tíos abuelos y primos en Miami, fue hábilmente aprovechado por Castro desde un inicio para desarrollar una campaña de agitación política y además desviar la atención de los cubanos de las penurias económicas y la falta de esperanzas.

 

La reclamación por su padre, residente en Cuba, que alegaba no tener conocimiento del intento clandestino de salida del país por parte de la fallecida madre con el niño, ofrecía a Castro inmejorables oportunidades. Lo que para el gobierno de Estados Unidos era un problema migratorio y sobre derechos de custodia,  a resolver en los tribunales, Castro lo presentó como un “secuestro” llevado a cabo por “la mafia de Miami” con la complicidad del gobierno de los Estados Unidos, entonces presidido por Bill Clinton.

 

El exilio de Miami presentó la contraofensiva en el terreno político, lo que desde el inicio lo condenó a la derrota estratégica, pues el gobierno de Estados Unidos nunca vio el caso como tema de política internacional, sino como asunto de tribunales, con el criterio de que los hijos deben estar con sus padres, sin criterios ideológicos por medio.

 

La movilización en Cuba fue masiva, agotadora e interminable. Yadira García, la misma persona que posteriormente resultaría la mano derecha operativa de Castro en el contragolpe que repuso a Hugo Chávez en el poder, estaba entonces al frente del partido comunista en la provincia de Matanzas, donde residían el balserito y su más cercana familia, y fue encargada por Castro de las movilizaciones y la agitación y propaganda alrededor del “secuestro”.

 

Tras meses de continuas manifestaciones, desfiles, actos de protesta, procesiones en Miami, negociaciones interminables, payasadas y declaraciones absurdas de ambas partes involucradas, decisiones de los tribunales de apelación, y frustraciones masivas, todo terminó con la captura por la fuerza del balserito por autoridades de inmigración, en la casa de sus tíos-abuelos en La Pequeña Habana. A pesar de un intento tardío de huelga general en Miami de repudio a la acción de fuerza del gobierno de los Estados Unidos, Elián González regresó a Cuba en brazos de su padre, que había sido enviado por Castro para recogerlo.

 

Para los exiliados cubanos resultó una frustración y un balde de agua fría el resultado, que de manera indirecta contribuyó a la derrota de Al Gore en las elecciones presidenciales del año 2000, y para Fidel Castro personalmente, más que para el régimen en su conjunto, fue una contundente victoria en el plano interno, y el pretexto para el surgimiento de la Batalla de Ideas.

 

A partir de entonces, imposibilitado de dar pan, Castro optó por dar circo a los cubanos, sometiéndoles a un interminable bombardeo ideológico en la radiodifusión estatal, que es toda la que existe en el país, teniendo en cuenta la precariedad de la otrora omnipresente prensa escrita, por la escasez de papel y medios de impresión y distribución. Otto Rivero, otro de los cobijados a la sombra del poder por las simpatías que despertaba en Castro, fue promovido al pomposo cargo de Vicepresidente del Consejo de Ministros para la Batalla de Ideas.

 

La Batalla de Ideas pretendía escamotear la realidad frente a los anhelos de los cubanos, y uno y otro día sus voceros repetían cansina y selectivamente aspectos de los “logros” revolucionarios: que no había mucha comida ni variedad en la misma, pero peor estaban “los pueblos” en América Latina. Que no había suficiente ropa ni zapatos, pero miren para África y verán que los hay en peores condiciones. Que la atención a la salud era gratuita, aunque silenciaban que no había aspirina en las farmacias, y los que ingresaban debían llevar sábanas y jabón para su estancia en un hospital.

 

Hacían énfasis en el carácter gratuito de la educación pero no en la escasez de profesores calificados ni en la necesidad de un aval político para acceder a determinadas carreras, ni en los seis años de enseñanza media con escuela al campo o en el campo, aunque al graduarse haya que ubicarse donde decida “la revolución” y los salarios reales sean menores que los que se obtienen de las propinas trabajando en el turismo. A pesar de todo eso, Cuba sería “el país más culto del mundo”.

 

A falta de pan, casabe, dice el antiguo refrán. En Cuba, sin embargo, a falta de pan y casabe, batalla de ideas. Batalla que, por otra parte, es virtual, porque no se reconocen adversarios. Los papagayos de la Mesa Redonda hablan interminablemente sobre lo humano y lo divino, sin que para nadie exista derecho de réplica, contra-discurso o la más mínima posibilidad de que una opinión diferente sea presentada y escuchada, aun “dentro de la línea de la revolución”.

 

Castro vuelve a lo suyo

 

Con una relativa estabilización de la economía en los niveles mínimos de subsistencia de la población y supervivencia para el régimen, en los inicios del siglo XXI Castro regresó poco a poco a lo suyo, a lo que mejor domina, a lo de siempre: la dirección caótica, la improvisación, los cambios de dirección, la sustitución inconsulta de “cuadros”, los planes inesperados e irrealizables

 

Ya con setenta y cinco años sobre sus huesos no le motivaba tanto la llegada sorpresiva “al terreno”, la visita de madrugada, el control operativo de cada detalle, que en realidad fue abandonando sistemáticamente, más que traspasando a otros. Raúl Castro era el encargado de enderezar las cosas y cubrir los vacíos del “jefe”, que en pose de gran estadista trataba de recomponer las relaciones con los chinos, encontrar financiamientos milagrosos o mercados inesperados para “sus” productos, mostrar los “logros” de la biotecnología cubana, conversar con ayatolás y jeques, ofrecer entrevistas a periodistas extranjeros, visitar países latinoamericanos para tomas de posesión presidencial, o llegar a Europa para aparecer de traje y corbata en eventos internacionales.

 

En el transcurso primero de semanas y posteriormente meses, el consejo de ministros no se reunía o tenía que hacerlo sin la presencia de Castro. Hubo una sesión de la Asamblea Nacional en la que no participó porque estaba de visita en China. Durante meses, y hasta años, los secretarios provinciales del partido comunista no vieron al Primer Secretario en su territorio, y entre ellos y los jefes militares conducían las provincias a su saber y entender, porque cada vez eran menos los controles desde la oficina del dictador, y si acaso, se hacían a través del “grupo de apoyo”.

 

En el plano de la política externa, Castro arreció su campaña “antiimperialista” frente a Estados Unidos, que desde el 2001 tenía a George W Bush de presidente, “denunciando” el supuesto papel de “la mafia de Miami” en la decisión presidencial del año 2000 en La Florida, y utilizando a su vez este recurso para “demostrar” el terrible futuro que esperaba a los cubanos en caso de una regresión capitalista en el país.

 

Veranos y primaveras

 

En el verano del año 2002, con su salud deteriorada, 77 años de edad, sufrió de un ligero “desmayo” mientras hablaba en una concentración en el poblado habanero de El Cotorro, en la provincia de la Habana. Las alarmas internacionales se dispararon, y las agencias de prensa hablaron de “isquemia”. Los cubanos dentro del país y los exiliados vieron frente a las cámaras un Castro frágil y débil, que por unos instantes estaba fuera del mundo, y todos comprendieron que el Comandante no era eterno ni inmortal. Los gobiernos extranjeros confirmaron lo que ya sabían, que la salud de Castro se deterioraba y que un cambio de poder se avecinaba, aunque nadie pudiera precisar cuándo sería.

 

La reacción de un Pérez Roque avispado que de inmediato saltó a los micrófonos gritando “Viva Fidel, viva Raúl”, el desconcierto e inmovilidad de la nomenklatura en la tribuna, y la actuación de Ramiro Valdés, que trajo consigo a Juan Almeida y Guillermo García para que los únicos tres Comandantes de la Revolución que existen el país subieran a la tribuna a agitar banderitas cubanas, sin que la seguridad personal de Castro se atreviera a impedirlo, fueron elementos que darían la pauta de cómo se estructuraría el poder tras la salida de Castro del juego diario, aunque entonces fue imposible darse cuenta del real significado de esos movimientos.

 

Menos de cuarenta y ocho horas después las ilusiones, los temores y las frustraciones se fueron al piso, cuando Castro pronunció un discurso de casi seis horas de duración sin divagar ni vacilar durante su intervención, aparentando un Estado físico y mental inmejorable, aunque estaba claro que, más que nada, había sido un acto casi heroico de su parte para asegurar a todos que seguía al mando y que nadie debía atreverse a cuestionarlo.

 

Pocos meses después, por si alguien esperaba cambios o consideraba que Castro se había debilitado demasiado, aprovechó la coyuntura internacional creada por la muy esperada invasión de George Bush a Irak, para detener en un operativo sensacionalista a setenta y cinco sencillos y desarmados disidentes pacíficos y periodistas independientes, juzgarlos sumariamente en parodias de procesos, “quemar” públicamente agentes de la seguridad infiltrados en los grupos, denunciar a la oficina de intereses norteamericana en La Habana de complicidad, y condenar a los detenidos a largas, injustificables y crueles penas de prisión que, sumadas todas, alcanzaban más de 1,500 años de cárcel, en lo que fue de inmediato conocido como la Primavera Negra del 2003.

 

La repulsa internacional fue inmediata, pero Castro respondió con un soberbio desprecio. La Unión Europea aplicó tímidas sanciones contra el régimen, y la respuesta inmediata del dictador fue cortar brutalmente  todos los contactos del gobierno con las embajadas en La Habana y congelar todas las negociaciones y proyectos que estaban en aquellos momentos en el tintero.

 

En el plano interno, la población comprendió que ni viejo, con zapatillas deportivas o aunque se desmayara, Castro dejaba de ser el tirano de siempre, que no vacilaba en aplastar bajo la bota de hierro de la “revolución” tanto a un general-héroe como un modesto periodista independiente, sin preocuparse de las consecuencias. “Socialismo o muerte” podría ser una broma para cualquiera menos para el propio Castro, para quien “socialismo” era él mismo, nadie más.

 

Las tres revoluciones

 

A pesar de su rápida reacción tras el desmayo de El Cotorro, Castro se veía cansado y deteriorado en sus intervenciones públicas. Redujo sus caminatas en las manifestaciones y comenzó a recurrir cada vez más a la televisión para exponer sus inapelables criterios.

 

Comenzó a concentrarse en tres proyectos megalómanos: la revolución energética, la revolución en la enseñanza, y la revolución en la salud pública, que en definitiva no eran más que variaciones sobre un mismo desatino.

 

La supuesta revolución energética se basaba en la instalación en serie de los llamados “grupos electrógenos”, conjuntos de relativamente pequeños generadores eléctricos que consumían, naturalmente, mucha menos energía que las ineficientes termoeléctricas de la era socialista montadas en el país, y que se utilizaban interconectados con las redes energéticas nacionales para reemplazar el servicio cuando se producían “apagones”, dar facilidades para el mantenimiento de las deterioradas redes, o llevar el servicio a regiones no alcanzadas por la red nacional, que cubre más del 95% del país.

 

Paralelamente, se llevó a cabo una campaña masiva en el país para sustituir bombillos incandescentes por fluorescentes, llamados “ahorradores”, reemplazar los ineficientes refrigeradores y electrodomésticos soviéticos y los supervivientes de la era americana de antes de 1959, por similares de menor consumo y fabricación china. Estos equipos se vendían a la población a precios exorbitantes.

 

El colmo fue ver a Fidel Castro en televisión “explicando” a las amas de casa y a todos los cubanos cómo cocinar arroz en una olla automática china.

 

La revolución educacional consistía en universalizar la ya supuestamente universalizada educación en el país, llevando los centros de enseñanza superior hasta los últimos rincones y municipios del país, lo que si bien daba acceso directamente a esos estudios a una buena parte de la población, en programas de cursos para trabajadores, requeriría una masiva utilización de inexistentes profesores, por lo que comenzaron las sobrecargas docentes para los existentes, las improvisaciones de emergencia y las designaciones irresponsables.

 

Simultáneamente, la formación de profesores de enseñanza media se basó en un sistema escalonado, donde los estudiantes de grados superiores impartían clases a los de grados inferiores, con lo que se quebró radicalmente la calidad de la enseñanza, pues en no pocas ocasiones alumnos de noveno grado, por ejemplo, “enseñaban” a los de séptimo. Posteriormente se introdujo en ese nivel la desastrosa idea de Castro de formar  “Profesores Generales Integrales” que impartiesen todas las asignaturas, rol que anteriormente correspondía a varios profesores de distintas materias. De forma similar, los bajísimos resultados obtenidos por los alumnos de las escuelas  primarias se deben a la abrumadora escasez de maestros con suficiente calificación y experiencia.

 

La revolución en la salud se basaba en la llamada “Operación Milagro” y la cirugía oftalmológica masiva mediante técnicas novedosas, el envío en gran escala de personal médico al exterior para cobrar por sus servicios y obtener ingresos en divisas para el país, mientras los hospitales cubanos carecían del personal necesario para funcionar y los inventarios farmacéuticos más elementales alcanzaban Estados lastimosos. El daño supuso además el abandono definitivo de los planes del “médico de familia” por falta de profesionales cubanos que eran enviados al exterior.

 

El proyecto comprendía sofisticadas clínicas para dar servicio en divisas a los extranjeros, y la formación como médicos de estudiantes extranjeros en una Facultad Latinoamericana de Medicina, así como también estudiantes caribeños y africanos.

 

Con independencia de la megalomanía y el destrozo de la red asistencial cubana, es innegable que la extensión de estos servicios profesionales al extranjero eran muy bien recibidos por los pacientes que recibían sus beneficios, y constituían un factor de apoyo político-social a los mandatarios que solicitaban tal colaboración.

 

Los pies de barro del gigante

 

El 20 de octubre del 2004, al terminar un discurso en Santa Clara, Fidel Castro tropezó y cayó al piso estrepitosamente cuando pretendía bajar de la tribuna, sufriendo fracturas en huesos de la pierna y el brazo, en una impactante escena que fue vista por televisión y que las agencias noticiosas extranjeras transmitieron a todo el mundo en instantes.

 

Tratando de mantener el control, y soportando el dolor, dijo brevemente a las cámaras que todo estaba bien, y se hizo operar posteriormente con anestesia local, “por si acaso”, pues no deseaba estar fuera de este mundo ni provisionalmente. Escribió una nota para la población, pretendiendo demostrar que fue solo un tropezón y no un fallo motor o neurológico:

 

“Cuando llegué al área de concreto, a unos 15 o 20 metros de la primera hilera de sillas, no me percaté de que había una acera relativamente alta entre el pavimento y la multitud. Mi pie izquierdo pisó en el vacío, por la diferencia de altura con relación al área donde estaban situados los participantes en sus respectivas sillas. El impulso y la ley de gravedad, descubierta hace tiempo por Newton, hicieron que al dar el paso en falso me precipitara hacia adelante hasta caer, en fracción de segundos, sobre el pavimento. Por puro instinto, mis brazos se adelantaron para amortiguar el golpe; de lo contrario, mi rostro y mi cabeza habrían chocado fuertemente contra el piso”.

 

Era, efectivamente, solamente un tropezón, que para cualquier hijo de vecina no va más allá de la anécdota y el dolor de las fracturas, pero un tropezón del Comandante en una Cuba llena de tensiones y problemas, además de simbólico, alertaba sobre su Estado de salud y ponía sobre la mesa un tema tabú, del que solo se hablaba en susurros: ¿qué pasaría en Cuba tras su muerte?

 

Aunque Castro mantuvo su acostumbrado alto perfil en las noticias, aún en silla de ruedas y sin aportar nada nuevo, estaba claro que ya la salud del “jefe”, a los 78 años, era motivo de preocupación, sabiendo todos que el régimen se basaba y giraba alrededor de la figura de Castro. Sin embargo, el país continuó en su marasmo inmovilista de siempre y la escandalosa propaganda “antiimperialista”.

 

La muerte vestida de verde olivo

 

El 17 de noviembre del 2005, con el pretexto de recordar el día que comenzó a estudiar en la Universidad, sesenta años antes, Castro habló en la Universidad de La Habana, en lo que sería su discurso más trascendental en casi medio siglo de oratoria interminable, en términos apocalípticos, pero en parábola:

 

“Cuando los que fueron de los primeros, los veteranos, vayan desapareciendo y dando lugar a nuevas generaciones de líderes, ¿qué hacer y cómo hacerlo?  Si nosotros, al fin y al cabo, hemos sido testigos de muchos errores, y ni cuenta nos dimos”.

 

“¿Puede ser o no irreversible un proceso revolucionario?, ¿cuáles serían las ideas o el grado de conciencia que harían imposible la reversión de un proceso revolucionario?”

 

El golpe fue tan fuerte que la élite gobernante a quien iba dirigido el mensaje quedó sorprendida, paralizada: sin disponer de información, no sabían lo que estaba sucediendo. Y optaron por callar. Ahí estaban todos los que serían posteriormente nombrados en la Proclama al Pueblo de Cuba, llamados allí por el tirano, a los que decía, sencillamente, que después de su muerte la revolución podría desaparecer irremisiblemente.

 

Pasaron 36 días de estupor y temor en la élite desconcertada: Felipe Pérez Roque hizo un intento de respuesta de la nomenklatura el 23 de diciembre de ese año en la Asamblea Nacional del Poder Popular, proponiendo “Mantener la autoridad moral de la dirigencia, mediante un liderazgo basado en el ejemplo y sin privilegios frente al pueblo; garantizar el apoyo de la mayoría de la población “no sobre la base del consumo material, sino sobre la base de las ideas y las convicciones”; e impedir que surja una nueva burguesía que “sería otra vez, si la dejamos salir, pro yanqui, pro transnacional…”: era más de lo mismo, cuarenta y siete años más. La gerontocracia militar se molestó: vieron en Pérez Roque una intención de protagonismo que desconocía a los “históricos”.

 

La sucesión: desde la proclama al  “raulato”

 

En el seno del régimen, la problemática de la sucesión había sido proyectada cuando Fidel Castro planteó la posibilidad de que se revirtiera el “proceso revolucionario” tras la desaparición de la vieja guardia guerrillera.  La lucha de grupos por el poder entre los “talibanes”  y  los “raulistas”, tomó carácter ideológico y se hizo pública. ¿Cómo era posible que en el 2002 se hubiese proclamado la “irrevocabilidad del socialismo” y  ahora el mismo Castro la pusiera en duda?

 

En una atmósfera enrarecida por el mal presagio del líder, el 2006 fue de una actividad febril por parte de la cúpula: la seguridad personal comienza a proteger a Raúl Castro con medidas comparables a las de su hermano, y aparece hablando públicamente con chaleco y gorra antibalas; se sustituyen ministros, primeros secretarios del partido y la juventud comunista en provincias, y cuadros intermedios. Se resucita el Secretariado del Partido, para que se encargue de la dirección de un aparato partidista que languidece entre la abulia de sus militantes y la ineficacia de sus dirigentes.

 

El quinto Pleno del Comité Central del Partido respalda la posición de Raúl respecto a la sucesión, de que únicamente el Partido Comunista podía ser heredero del poder de Fidel Castro. Esto es un primer golpe de advertencia a los “talibanes” que pretendían que el dictador se decidiera por uno de ellos como “delfín”, para saltarse al general como sucesor designado.

 

En mayo del 2006 la revista Forbes, una vez más, publica la lista de mandatarios y soberanos más ricos del mundo, y Castro aparece nuevamente entre los primeros, con fortuna multimillonaria. Forbes, como siempre, se basa en cálculos y suposiciones moralmente legítimos, pero indemostrables desde el punto de vista jurídico. Castro lo sabe, tras casi medio siglo de acciones  y operaciones encubiertas, diversionismo, cuentas secretas y testaferros que manejan el dinero “de la revolución”. Aunque era ya casi un hábito esta inclusión en la lista, esta vez el Comandante, necesitado de crisis que desvíen la atención de los problemas internos,  reacciona virulentamente, acusa a la publicación de libelo, se presenta en televisión y declara vivir de su salario como gobernante, que no podrán demostrar que ni un solo dólar de los millones que le achacan es real. Emplaza a Forbes y amenaza con demandarla, pero todo queda interrumpido con el quebranto de salud posterior,

 

Porque, -repentinamente para los que no lo sabían-, a finales de julio de aquel año Fidel Castro parece que se muere. La Proclama sucesoria preparada de antemano nombraba a varios herederos y obviaba a otros, pero en la práctica Raúl Castro iba a imponer cambios no recogidos en el documento: Ramiro Valdés sería designado Ministro de Informática y Comunicaciones, posteriormente Jorge Luis Sierra Cruz, miembro del Buró Político y el Secretariado, fue nombrado Ministro de Transportes, y se le da gran destaque al Secretario del Partido para Relaciones Internacionales, Fernando Remírez de Estenoz, en lo que parecía presagiar el eclipse del Canciller Pérez Roque.

 

En diciembre, la ausencia del Gran Enfermo del desfile por el 50 Aniversario del Desembarco del Granma y las actividades por su 80 cumpleaños, reforzaban ante el país y el mundo la impresión de una dolencia grave e incurable. Esto era acrecentado por un imperdonable fallo de la propaganda del régimen que  mostraba a Castro en un video donde se veía un anciano de caminar vacilante, que movía los hombros para demostrar agilidad, y usando un teléfono como si estuviese en control. Por eso, como símbolo de continuidad y tranquilidad para los incondicionales del régimen, en ausencia del Jefe presidían el desfile su sucesor oficial, Raúl Castro, junto a los tres Comandantes de la Revolución: Juan Almeida, Ramiro Valdés y Guillermo García.

 

El balance a fines del 2006 desde el punto de vista de las figuras determinantes era difícil de precisar. A veces parecía que el grupo de Raúl no había logrado hacerse hegemónico, pero el equipo ejecutivo de Fidel Castro tampoco lo era, y en ocasiones ni siquiera se mencionaba en la prensa. Lo mismo sucedía con las promesas de cambios y reformas: mientras más osados y profundos los planteamientos a favor de los ajustes, peor la salud del Comandante en Jefe. Viceversa, si el lenguaje a favor de  cambios se detenía, había una mejoría en su salud.

 

En el campo de las alianzas estratégicas, entonces parecía indiscutible la inauguración de una fuerte relación económica con China. La política exterior empezaba a cambiar sus objetivos, abandonando la “diplomacia revolucionaria” a lo Fidel, y empezó a buscar también el incremento de las relaciones económicas y políticas con Rusia, y lograr un cambio en la posición de censura al régimen por parte de la Comunidad Europea. Las relaciones con América Latina se mantenían al mismo nivel, pero sin comprometerse en promover más gobiernos de izquierda.

 

El envío de asistencia médica y pedagógica a países que la solicitaran dentro y fuera del hemisferio, se mantenía como una fuente de ingresos en divisas. Igual que hizo en su primera entrevista tras la Proclama, Raúl Castro propuso a Estados Unidos, el 2 de diciembre del 2006, resolver “el prolongado diferendo” en la mesa de negociaciones, lo que fue nuevamente rechazado por el gobierno de Bush.

 

En el plano interno, aparecían un grupo de problemas inmediatos a resolver por el nuevo equipo de dirección, empezando por el de darle carácter institucional al poder que antes se concentraba en manos de Fidel Castro:

 

-el problema de los apagones eléctricos.

 

-el problema del transporte urbano.

 

-el problema de la alimentación.

 

-liquidar los problemas más acuciantes que amenazaban la salud pública, empezando por la erradicación total del dengue.

 

Como primeros pasos de ese plan general, para aliviar el problema del transporte, el nuevo ministro del ramo, Jorge L. Sierra, comenzó a gestionar la compra de 5,000 ómnibus y numerosas locomotoras de China, y señaló que se requerían 1,000 millones de dólares para reparar la infraestructura vial y ferroviaria.

 

En la agricultura, Raúl Castro, en lo que se anunciaban como primeros pasos de una especie de reforma, apoyaba la producción de las cooperativas y pequeños campesinos y exigía que los organismos correspondientes resolvieran de inmediato el pago retrasado por sus producciones acopiadas.

 

La recuperación de Castro  y el proyecto “Cubazuela”

 

La relación del régimen con la Venezuela “bolivariana”, vital para los imprescindibles insumos petroleros de la Isla, fue una gran jugada de Fidel Castro, pero se complicó con la sucesión. El grupo de Raúl Castro proyectaba que el petróleo cubano abasteciera las necesidades del país mediante inversiones extranjeras masivas en la Zona Económica del Golfo de México lo antes posible, porque siempre ha Estado presente la sombra de una derrota electoral de Hugo Chávez o un golpe de Estado que interrumpa el suministro.

 

Las imprudentes declaraciones del venezolano respecto al general, su favoritismo hacia funcionarios cubanos “no-raulistas”, y sus declaraciones a favor de una confederación de Estados entre los dos países, eran cuestiones que Raúl Castro no podía dejar pasar por alto, pero tampoco podía enfrentar públicamente.

 

Los comentarios a inicios del 2007 sobre la recuperación del dictador, hechos por Alarcón, Pérez Roque y José Ramón Fernández, preludiaron una participación progresiva del viejo y debilitado caudillo en asuntos de gobierno. Esto se puso de manifiesto con el inicio de la publicación en Granma de las “Reflexiones del Comandante en Jefe”.

 

El cambio también se sentía en el incremento de acuerdos con Chávez. A fines de enero una delegación cubana de alto nivel encabezada por Carlos Lage, firmó en Venezuela un total de dieciséis proyectos de integración económica por más de mil millones de dólares.

 

En febrero, en La Habana, Marta Lomas, hoy en desgracia, presidía la firma de otro grupo de proyectos con su contrapartida del gobierno de Chávez. Estas dos reuniones iban a otorgar a PDVSA áreas de exploración petrolera en el Golfo y el norte de Matanzas, revocarían el proyecto de inversión del ferro níquel de China y lo darían a Venezuela, acordarían la instalación de un cable submarino de comunicaciones entre La Guaira y la Isla y abrirían a la participación cubana los yacimientos del Orinoco, afectando un área sensible para los intereses estratégicos norteamericanos. Se veía en todo esto la mano de Castro, que buscaba estrechar la dependencia del régimen al petróleo y los subsidios de Chávez a un nivel tal, que hiciera imposible a Raúl Castro prescindir de ellos.

 

Por otra parte se sucedieron las visitas al convaleciente Fidel Castro, primero de Evo Morales y luego de Hugo Chávez, como parte de las consultas de alto nivel entre los líderes que se proponían conformar una alianza estatal a partir del ALBA. Para cerrar el cuarteto llegó a La Habana en la noche del viernes 15 de Junio del 2007 Daniel Ortega, para el encuentro con Castro.

 

Un artículo de Fidel Vascós, publicado en Granma por aquellos días con el título “Hacia una Confederación de Estados”, arrojaba luz sobre los principales temas de discusión impulsados por Hugo Chávez para la integración económica, política y jurídica de Venezuela, Cuba, Bolivia y Nicaragua.

 

Durante agosto y septiembre del 2007 dejaron de reportarse visitas, fotos o videos del gran enfermo, poniendo en suspenso lo acordado con él, hasta entonces, por Hugo Chávez. Pero la entrevista de casi una hora de Castro con Randy Alonso, el moderador de la Mesa Redonda, a fines de septiembre, trajo nuevos alientos a los vínculos con el mandatario venezolano.

 

Puede decirse que la visita de Hugo Chávez a Cuba en octubre del 2007 fue el momento estelar del chavismo en la Isla. Puntos a su favor fueron la entrevista con Fidel Castro, el video-reportaje grabado por el equipo de prensa que le acompañaba, y la magnitud del recibimiento oficial en Santa Clara, -a nivel de visita de Estado-, en el que fuera acompañado por Ramiro Valdés y Carlos Lage, y no por Raúl Castro.

 

El venezolano estaba eufórico, además, porque el petróleo había roto un record de $85 dólares el barril y entonces declaró que “Cuba y Venezuela perfectamente pudiéramos conformar en un futuro próximo una confederación de repúblicas, una confederación, dos repúblicas en una, dos países en uno, para avanzar en un proceso”.

 

La respuesta de Raúl Castro no fue aprobatoria y dio a entender que esa propuesta tenía que ser muy bien analizada. Conoce bien el sucesor que ese proyecto tiene el rechazo absoluto de ambos pueblos y especialmente del generalato cubano.

 

El rechazo a la propuesta de Reforma Constitucional chavista el 2 de diciembre del 2007 fue un golpe para el aspirante a dictador vitalicio y obligó a Fidel Castro a hacer de tripas corazón y  felicitar a Chávez por la “dignidad y ética” de su discurso de aceptación de la derrota.

 

En busca del tiempo perdido

 

Esta fue una señal sobrecogedora para los que se lo jugaban todo en Cuba a la carta de la “revolución bolivariana”. Pero Hugo Chávez prosiguió sus planes hemisféricos como si nada hubiera sucedido y el 21 de diciembre regresaba a Cuba para reinaugurar en Cienfuegos la  primera etapa de la refinería petrolera subvencionada por Venezuela y celebrar la IV Cumbre de Petrocaribe con la asistencia de 12 jefes de Estado y de gobierno.

 

En los meses de septiembre a noviembre del 2008 Fidel Castro publicaba artículos casi diarios en Granma sobre los huracanes Ike y Gustav. En uno de ellos llegó a escribir que “la hermana República Bolivariana de Venezuela, y su presidente Hugo Chávez, han adoptado medidas que constituyen el más generoso gesto de solidaridad que ha conocido nuestra patria”.

 

Sin dudar de la existencia de tal promesa, no es menos cierto que el viejo dictador cometía un desliz que afectaba la imagen del teniente-coronel por cuanto este no había declarado más que su disposición a ayudar en la situación de desastre. Esta revelación de Castro se convertía en un arma en manos de la oposición venezolana a la subvención ilimitada de Chávez a Cuba en momentos en que se decidía a reformular su propuesta de reelección indefinida a la presidencia.

 

No obstante las declaraciones públicas de amistad indestructible entre ambos regímenes, ha ido prevaleciendo cada vez más la línea de Raúl Castro frente a la de Fidel,  de que había que ser muy cuidadoso en las relaciones con Hugo Chávez, para no dejarse arrastrar por éste a posiciones desventajosas en política internacional o no perjudicarlo con declaraciones improcedentes.

 

Siguiendo ese camino Raúl Castro ha ido imponiendo a su gente de confianza al designar a Ricardo Cabrisas vice-presidente del Consejo de Ministros y su representante personal en las negociaciones con Venezuela, relegando a Carlos Lage a atender asuntos económicos internos. En noviembre 26 del 2008, Cabrisas asistió a la III Cumbre de mandatarios del ALBA en Venezuela al frente de la delegación del régimen y cuando Raúl Castro hace de la visita obligada a Caracas su primer viaje al extranjero como Presidente del Consejo de Estado, Cabrisas es el segundo en rango de la comitiva cubana.

 

Sólo le va quedando a Hugo Chávez un cierto monopolio de la noticia sensacionalista con relación a Fidel Castro. Después de haber hecho el ridículo a lo largo de dos años y medio anunciando el retorno al poder del Comandante, ha tenido que reconocer que el viejo dictador no volverá jamás a la vida pública, dando pábulo a rumores sobre su muerte, para tratar de corregirse a sí mismo una semana después.

 

Mientras tanto se ha visto claramente que la relación de Cuba con la Venezuela “Bolivariana”, a pesar de los subsidios petroleros, no es parásita sino simbiótica, pues cada elemento se beneficia del otro. Los asesores cubanos de todo tipo son vitales para los proyectos chavistas en los terrenos político, ideológico, organizativo, de control informático, educacional y de atención médica.

 

Chávez, que nacionalizó en el 2007 campos petroleros de la Exxon Mobil y la ConocoPhillips, ante la caída de los precios ha reaccionado con pragmatismo, alentando a compañías como Chevron, Royal Dutch-Shell y Total a que hagan ofertas sobre los ricos campos petrolíferos de la Franja del Orinoco. Habrá que ver  si engaña a los votantes venezolanos con este gesto de buenas intenciones con las corporaciones extranjeras y en febrero se asegura la dictadura por vía “democrática”, o si es nuevamente derrotado y lo acepta. El resultado seguramente va a  replantear los términos de su relación con Cuba.

 

La larga marcha de Raúl Castro hacia el poder.

 

La posición de Raúl respecto a Chávez demostraba el cambio ocurrido en la correlación de fuerzas entre las fracciones en el poder al año y dos meses de la Proclama. El cuadro inicial de la sucesión había cambiado. El conjunto del general Raúl Castro y los tres Comandantes de la Revolución, que en la crisis inicial que parecía concluir con la muerte del dictador conformaron una especie de “Comandante en Jefe Colectivo”, había dado paso a un único Sucesor en Jefe, que trabajaba en equipo pero que era  primus inter pares.

 

En aquellos momentos ya Raúl Castro había convertido al otrora omnipotente Grupo de Coordinación y Apoyo del Comandante en Jefe en instrumento del Consejo de Estado. Otra decisión de aún mayor significado fue el traspaso de la Reserva Estratégica que controlaba absolutamente el Comandante, al Alto Mando de las FAR.

 

El 26 de Julio del 2007, en un discurso programático en Camaguey, Raúl Castro  revelaba una proyección distinta a la de su hermano en lo económico: tras haber propiciado la discusión en los centros de trabajo y estudio de los problemas más acuciantes, propondría en el 54 aniversario del asalto al Moncada, “cambios estructurales”, que no podían ser más que reformas económicas liberadoras de las trabas al mercado interno, y que por ello fueron acogidas favorablemente por la población, en especial de las provincias orientales.

 

Aunque la prensa oficial no recogía lo planteado en los centros de trabajo y estudio al discutirse ese discurso del sucesor, la prensa de provincias empezaba a hablar de la experiencia favorable para la producción agrícola de mejores precios para campesinos y cooperativistas y los resultados en productividad de los estímulos salariales. Parecía que Raúl Castro escogía obviamente el “continuismo”, pero no el inmovilismo.

 

Para él y su equipo sucesor se podían llevar a cabo esos cambios porque su poder no se veía seriamente retado desde abajo, dada la debilidad de la disidencia interna. El único poder efectivo contra los planes de la élite vendría desde dentro y en efecto los frenaría: el que ostentaba todavía Fidel Castro.

 

Desde el 2007, en sus escritos, Castro negaba las posibilidades de negociación con Estados Unidos que el general había planteado con un gobierno Demócrata en el 2009 o una diferente administración republicana. Cuando su hermano declaró que estaba en estudio incrementar las inversiones extranjeras, Fidel Castro advertía que inundar el país de dinero equivaldría a vender la soberanía: según sus propuestas solo se podrían aceptar en Cuba “algunas empresas mixtas porque controlan mercados que son imprescindibles”. Si las fórmulas típicas del neoliberalismo, según el dictador, incluyen “la teoría del crecimiento continuo de la inversión y el consumo”, cualquiera que pretenda incrementar la entrada de capitales extranjeros estaría destilando “veneno” neoliberal.

 

Como parte de la formación definitiva de su equipo en aquel primer año, Raúl Castro empezó a delegar funciones importantes en José Ramón Machado Ventura, hombre de toda su confianza, cuyas tareas habían sido de índole partidista, dándole el control y supervisión de planes económicos en distintas provincias, la presidencia de la conmemoración del cincuentenario del Levantamiento de Cienfuegos, y recibiendo en su nombre las cartas credenciales de nuevos embajadores.

 

El 2007 se presentaba sin un plan sistémico para incrementar la producción agrícola, a pesar de la enorme erogación que representaba la importación de alimentos, sino se atacaban algunos puntos álgidos. Así, se eliminó la deuda con el sector de los campesinos privados, que atentaba contra la producción de ese sector, y los pasos que se dieron para la mejor distribución de los productos lácteos. En varios puntos de la Isla se notaba que las mejoras de precios de acopio y el suministro de pienso a productores individuales y Cooperativas de Créditos y Servicios daban algún resultado y estimulaban al campesino.

 

Con el transporte urbano a punto de colapsar, la llegada de ómnibus chinos Yutong abría una oportunidad de renovación para el sector. El suministro eléctrico mejoraba mientras el níquel duplicaba su precio en el mercado mundial, llegando a más de 33 mil dólares la tonelada. El monto de esa producción en el 2007 sería de unos 1,500 millones de dólares, y se aproximaría a las ganancias del turismo, en un año con menos visitantes extranjeros a pesar de no haber ocurrido desastres naturales ni conmociones terroristas.

 

Reorganizando a sus generales

 

Para diciembre del 2007 se celebraron las “elecciones” a la Asamblea Nacional, con candidatura única y la orientación de emitir el llamado “voto unido”, y el 19 de febrero del 2008 se conoció la decisión de Fidel Castro de no aceptar ser nominado para la reelección.

 

La votación por los nuevos integrantes de la Asamblea de un Consejo de Estado repetiría la farsa de votar por una candidatura en la que el viejo dictador incluyó sus propuestas de candidatos. Otra vez por unanimidad totalitaria sería “electo” un Presidente del Consejo de Estado y de Ministros, esta vez no Fidel sino Raúl Castro, y junto al general de ejército integraron esos organismos hombres de su absoluta confianza: era el grupo de ancianos que tiene en su haber medio siglo de incondicionalidad a un régimen basado en la cultura caudillista revolucionaria cubana.

 

El arreglo en la cúspide del poder entre los dos hermanos Castro fue como sigue: Raúl no aceptó el cargo de Comandante en Jefe, que cesará a la muerte de Fidel; éste seguiría siendo Primer Secretario del Partido y Reflexionador en Jefe, con derecho a jugar a “la oposición” y “serrucharle el piso” a Raúl Castro, y las decisiones estratégicas se le consultarían mientras viviera o pudiera entender lo que se le planteaba.

 

Entre los 31 miembros del Consejo de Estado quedaron junto a Raúl Castro un grupo de militares o ex militares: Machado Ventura como su segundo; Julio Casas, promovido a Ministro de las FAR; “Furry” Colomé Ibarra en el MININT; Juan Almeida; Ramiro Valdés; Guillermo García; José Ramón Balaguer; Leopoldo Cintra Frías y Álvaro López Miera (estos dos últimos “propuestos” por el propio Fidel Castro). Como una reverencia al déspota enfermo se incluyeron dos hombres de su entera confianza: “Chomy” Miyar Barruecos fue mantenido como Secretario del Consejo de Estado, y el Jefe de Despacho del Comandante,  Carlos Valenciaga, que sería posteriormente “tronado” por mal manejo de fondos.

 

La elevación en abril del 2008 de Ramiro Valdés, el general de cuerpo de ejército Álvaro López Miera, y Salvador Valdés Mesa al Buró Político, y la creación de una Comisión Ejecutiva del Buró Político integrada por Raúl Castro, Machado, Almeida, Colomé, Julio Casas, Carlos Lage y Esteban Lazo, demostraban la vigencia del pacto entre  los hermanos Castro, cuyo resultado es el control mayoritario por los hombres de confianza del general de los puestos clave del Estado, el Gobierno y el Partido Comunista.

 

Aquella reunión del Comité Central daba fin de manera oficial “a la etapa de provisionalidad iniciada el 31 de julio de 2006 con la proclama”, a la vez que convocaba para fines del 2009, doce años después del anterior, al VI Congreso del Partido.

 

Mientras no ocurra un desenlace definitivo, el pacto entre los hermanos no está escrito en piedra: con Fidel Castro no hay nada permanente. Su hermano deberá mostrar extraordinaria habilidad para sortear la sombra tenaz del Comandante. Éste, por su parte, no tiene ahora la energía suficiente como para desbaratar, aún si lo quisiera, su sucesión por el general. Una vez resuelto el problema “biológico” del Comandante, Raúl puede reanudar sus proyectos frenados, pues como dijo a los diputados en la clausura de la Asamblea Nacional en diciembre:

 

No se ha engavetado ninguno de los temas de los que he hablado en los últimos tiempos. En cada uno de ellos se han ido instrumentando las medidas parciales que han permitido las circunstancias y se avanzará, sin apresuramientos ni excesos de idealismo, según se disponga de los recursos y concluyan los estudios necesarios.

 

Para implementar esas medidas cuando llegue el momento apropiado, cuenta con una coartada ideológica infalible: que el discurso donde habló de la necesidad de cambios estructurales en el país, fue revisado  por Fidel, quien “no le quitó ni una coma”.

 

En el plano teórico, como se ha señalado en Cubanálisis, Raúl Castro no aspira a ejecutar un programa coherente de cambios profundos, sino simplemente actuar con cierto pragmatismo resolviendo los problemas heredados, ya que el llamado “raulismo” no es una línea política definida, sino el apoyo de sus incondicionales. Si se llega a la conclusión de que no se debe hablar de raulismo, sino de raulistas, quizás el mejor nombre para el gobierno del Sucesor sería “raulato” o régimen de Raúl y los suyos. En ese sentido calificaría al régimen dictatorial centrado en la figura del General-Presidente, que ostenta el más alto grado militar del país, además de la jefatura “constitucional” de las Fuerzas Armadas.

 

Dejándose llevar por su olfato político y no por principios ideológicos inmutables, el general Castro ha tenido éxito en mantener las relaciones con Irán a un nivel de recepción de créditos blandos y colaboración en áreas no conflictivas, a pesar de las intenciones de Chávez de crear un eje político Caracas-Habana-Teherán.

 

También ha sabido manejar las relaciones con el Presidente Luiz Inacio da Silva, Lula, del Brasil, buscando atraer colaboración brasileña para el petróleo y la economía en general y tratando de aflojar así la dependencia del subsidio venezolano. En ese sentido ambos gobiernos acordaron en el 2008 un paquete de inversiones y créditos calculados en  más de mil millones de dólares, que dejó muy satisfecha a la parte cubana. Lula está apoyando decididamente al régimen en el hemisferio, propició su incorporación al Grupo de Río y declaró su intención de servir de intermediario con el nuevo presidente de Estados Unidos para que ponga fin al embargo.

 

Paralelamente, Raúl Castro  logró fuertes presiones de “lobby” en Estados Unidos, lo que se evidenció en la carta de febrero del 2008 de 108 congresistas a la secretaria de Estado, pidiéndole un re-análisis de la política hacia La Habana. En el mismo sentido se produjo la declaración de los Secretarios de Agricultura de cada uno de los Estados de la Unión, solicitando al gobierno federal ajustes en las medidas restrictivas impuestas en el comercio de alimentos con Cuba.

 

En política interna, el “raulato” se ha establecido al asumir la gente de Raúl el control indiscutible  de todas las posiciones claves en el Partido, Estado, Gobierno, FAR y MININT, culminando con el paso a posiciones sin mando directo de tropas de los tres jefes de ejército del país nombrados muchos años antes por Fidel Castro, que han sido sustituidos por tres nuevos que deben su nombramiento al General de Ejército.

 

Pero este régimen no puede ser confundido ni con el unipersonal y absoluto que estableciera El Comandante, ni es una fórmula de larga duración, ya que se acerca el momento en que nuevas generaciones sustituyan en el poder a “la dirección histórica de la Revolución”, como dijo Raúl este Primero de Enero en Santiago de Cuba.

 

Bajo el “raulato” se debe preparar ese relevo, pero nada ha avanzado desde el ominoso discurso de Fidel Castro en la Universidad de La Habana: el general reitera el peligro de que “los dirigentes del mañana (…) se reblandezcan con los cantos de sirena del enemigo” y exhorta a que  “la militancia impida que destruyan al Partido”.

 

Todos lo saben tan bien como el viejo tirano: cuando desaparezcan los líderes de la vieja guardia, nadie puede parar la transición democrática en Cuba.

 

Alimentación y vivienda: dos problemas de máxima seguridad nacional

 

El balance inicial de los problemas internos más graves el día de la Proclama sucesoria mostraba que tras garantizar el control del poder, el grupo de Raúl Castro consideraba la crisis alimentaria como asunto prioritario por sus implicaciones estratégicas en tres regiones del país: 

 

    La zona más crítica: el sur de Oriente, de Manzanillo a Guantánamo, con 3 millones de habitantes.

 

    La segunda región en importancia: el norte de Oriente, desde Victoria de las Tunas hasta Baracoa, con 2 millones de habitantes: entre la primera y la segunda, eran cinco provincias orientales y cinco millones de habitantes.

 

    La tercera concentración poblacional: el área metropolitana de La Habana y los pequeños pueblos adyacentes, con 2.5 millones de habitantes, lo que hacía un total nacional de 7.5 millones de habitantes muy afectados por los problemas alimentarios, es decir las dos terceras partes de la población.

 

Era en estas tres agrupaciones que resultaba más elevada la presencia de ciudadanos negros y mulatos, por lo que en consecuencia la crisis alimentaria tenía también “color”.

 

No fue hasta un año después de la Proclama, en el momento que Raúl Castro anunciaba “cambios estructurales”,  que se inició la descentralización de  la estructura del Ministerio de Agricultura a nivel municipal, creándose delegaciones que tendrían, entre otras funciones, participación en el otorgamiento y control de tierras.

 

Además de esta descentralización, el Estado empezó a establecer medidas de estímulo para el acopio de leche, ajos y papas, mediante aumentos notables de precios y bonificaciones en pesos convertibles (CUC), y prometió otorgar créditos y tierras, a las más productivas de las  1.300 Unidades Básicas de Producción Cooperativa (UBPC), creadas durante el Período Especial.

 

Simultáneamente se convocó la celebración en todo el país de asambleas municipales y provinciales del PCC centradas en la actividad productiva, sacando al Partido del cómodo papel de agitador permanente y control desde “el centro de todos los problemas”, para exigirle resultados concretos.

 

La declaración oficial de que la alimentación constituía problema “de máxima seguridad nacional”  hizo creer que se tomarían medidas urgentes y verdaderamente novedosas para romper la improductividad generalizada en el sector estatal.

 

Además de la práctica del establecimiento de empresas mixtas para la comercialización del tabaco y los cítricos, aceptada anteriormente por el régimen, se llegó a decir que estaban en estudio inversiones para la producción de arroz y en la ganadería, y que se estaba buscando financiamiento extranjero en general para el sector agrícola.

 

Pero, como se ha podido comprobar, el Sucesor perdió demasiado tiempo, probablemente por tener que lidiar con la oposición de su hermano a toda medida de estímulo material, y de entrada de capitales extranjeros: están aún por materializarse compromisos brasileños en la producción de soya transgénica en Cuba, cultivo de empleo generalizado en el mundo, pero al que Fidel Castro se opone decididamente. Tras dilaciones y frenos, y con el agravante del golpe demoledor de los tres huracanes del 2008, es muy posible que la situación alimentaria sea peor en este momento que al inicio de la Sucesión.

 

En cuanto a la vivienda, las necesidades acumuladas durante décadas hicieron que Carlos Lage las calificase en julio del 2008, como “el problema objetivo, material, más duro del país, referente a las condiciones de vida de la población”. En aquella intervención ante la Asamblea Nacional del Poder Popular, Lage puntualizó que de los 47.000 inmuebles con más de tres pisos existentes en el país, más de 40.000, es decir un 85,1%, necesitaba alguna obra de reparación. Añadió al respecto que, aún cumpliendo el plan de construcción de 50.000 nuevas viviendas para el 2008, eso solo resolvería entre el 5% y el 7% de las necesidades que rondaban 600.000 alojamientos en aquellos momentos.

 

Esta de por sí muy seria situación se agravó con los destrozos causados por los huracanes de septiembre y noviembre. Como consecuencia, se afectaron 500 mil viviendas en 35 municipios, con otras 70 mil dañadas por eventos meteorológicos de años anteriores, aún no reparadas.

 

Es de tal magnitud lo afectado y lo dejado de reparar que, aunque oficialmente nunca se ha dicho, el problema de la vivienda es indiscutiblemente el segundo asunto de máxima seguridad nacional, y para solucionarlo se requieren inversiones multimillonarias en materiales de construcción y casi una década de trabajo ininterrumpido, estatal y por cuenta propia.

 

El enigma del petróleo cubano

 

La riqueza petrolera de la Zona Económica Exclusiva (ZEE) de Cuba en el Golfo de México es un enigma que requiere de enormes inversiones para desvelar su valor. Casi cuatro años después del estimado inicial del “U.S. Geological Survey”, los directivos de CUPET anunciaban un nuevo y mucho mayor estimado del potencial productivo de esa zona. Para el equipo de sucesión ese petróleo bajo el mar se ha convertido en una importante baza en la estrategia económica a largo plazo.

 

Al hacerse Raúl Castro del poder provisional en julio del 2006 el precio del barril de petróleo se movía entre 50 y 75 dólares. Al asumir oficialmente el poder en febrero del 2008, el precio rondaba los 100 dólares. En junio de ese mismo año, da vueltas alrededor de los 140, y sin señales de debilitarse. Seis meses después empieza la crisis mundial y el petróleo se desploma. El 15 de enero de 2009 se cotizaba en la bolsa de New York a 36 dólares el barril.

 

Estos precios reflejan la situación de la actual crisis mundial en la que la oferta petrolera sobrepasa la demanda, y llevan a un segundo plano los costosos proyectos de exploración y explotación en la ZEE de Cuba, al menos hasta que se reanude la marcha económica global, a la que los más optimistas dan un plazo de un par de años para alcanzar su plenitud. La única forma de atraer inversiones en estos momentos es hacer grandes concesiones a largo plazo, lo que significaría hipotecar el futuro energético del país.

 

Paisaje tras los huracanes

 

La devastación en viviendas, redes eléctricas, instalaciones agrícolas e industriales, significó la pérdida de un 20% del Producto Interno Bruto y ha afectado ambiciosos pero imprescindibles proyectos del régimen como la construcción de tres grandes trasvases en las regiones oriental y central para contrarrestar las sequías, suministrar agua potable a la población, y desarrollar sistemas de riego agrícola. También se ha visto demorado el proceso de reacondicionamiento y dragado de puertos en La Habana, Santiago de Cuba y Cienfuegos, iniciados en julio del 2008. Estos y otros proyectos corresponden a inversiones que se había planteado el gobierno para el 2008 por valor de seis mil millones de pesos, sin contar que como medida de emergencia se tuvo que utilizar buena parte de las reservas estratégicas nacionales, que deben ser completadas lo antes posible.

 

Por otra parte, estas sustanciales pérdidas coinciden con una coyuntura de crisis económica mundial, lo que hace que aunque haya países dispuestos incluso a apostar por una “apertura” a mediano plazo bajo el Sucesor, las condiciones para el otorgamiento de créditos se ha endurecido en sentido general. A esto se añade que el régimen, por su insolvencia, se encuentra en bancarrota perpetua y solo puede obtener financiamiento “blando”  de sus pocos aliados políticos.

 

En este contexto, la disidencia, limitada, golpeada, reprimida y humillada, muestra más audacia y busca ampliar su escenario. El momento es propicio, pues los gobiernos democráticos del mundo están esperando del proceso raulista una actitud más abierta y tolerante hacia la sociedad civil que la mostrada durante casi cincuenta años. La sorprendente firma por parte del régimen de pactos internacionales de derechos humanos de la ONU, y la promesa de una relativa y limitada apertura de espacios a la iglesia en Cuba, brindaron a Raúl Castro un respiro.

 

Los cálculos de la administración Bush, el exilio histórico y parte de la disidencia interna avizoraban el desplome total del sistema al día siguiente de la muerte de Fidel Castro. Hoy esa esperanza ya no es tan absoluta: hace mucho tiempo que el Comandante en Jefe interfiere, pero no gobierna, y el régimen no parece tambalearse ni con crisis económicas ni con presiones sociales. Ninguna de las “jugadas magistrales” concebidas logró desbancar la tiranía de los Castro.

 

Con el fuerte control raulista sobre la oposición, la explosión popular no pasa de algunas protestas individuales, inconexas. Con Barack Obama presidente de Estados Unidos se diluye la apuesta a una explosión interna, al menos en lo inmediato. El discurso del exilio tendrá que adecuarse en la medida que EEUU comience a desarrollar enfoques diferentes hacia el régimen, lo que resulta probable de acuerdo a lo que puede vislumbrarse, no especularse, de las declaraciones de funcionarios cercanos a Obama en los días anteriores a su toma de posesión.

 

Y después de medio siglo, ¿qué?

 

Los paradigmas y supuestos que hasta hace poco se conjugaban para analizar la situación cubana han variado drásticamente. Durante el primer año y medio de Raúl Castro parecía disponer de alternativas para salir del atolladero y consolidar su sucesión y la del equipo que lo sustituiría: el vacío creado por la desaparición pública de Fidel Castro, y la conformación de un equipo leal alrededor de su persona, le permitieron aventurar ideas y consideraciones tanto en política exterior como doméstica.

 

No se unió personalmente a la comparsa chavista, bajó el tono agresivo respecto a Estados Unidos, envío señales para negociar con Washington, calibró posibilidades de adquirir energía en Angola y otros países, declaró una vía de reforma estructural y nuevo estilo de dirección a fin de sacar a la Isla del callejón sin salida que implicó el castrismo, y sobre todo el período especial, y prometió mejorías en el nivel de vida y el consumo .

 

Sin embargo, las variables cambiaron: la relativa recuperación de Fidel Castro, quien comenzó a interferir en la estrategia general, tanto política como económica, y la crisis financiera internacional que golpeó también a países de los que Cuba depende económicamente, como Venezuela, España, China y Rusia.

 

La catástrofe de los tres huracanes agravó mucho más las crisis en la vivienda y la alimentación: no se materializó una ayuda sustancial definitoria por parte de los aliados cercanos como China y Rusia. Los venezolanos cumplieron sus compromisos, pero eso no marcó una diferencia visible.

 

A todo esto se suma la caída de los precios del níquel, primer renglón de obtención de moneda dura del país, y desavenencias con la Sherritt por pagos pendientes. La caída de los precios del petróleo hace mucho menos atractivas las inversiones en los yacimientos marinos de la Zona de Exclusividad Económica en el occidente de la Isla. Habrá que ver ahora si Brasil cumple su compromiso de comenzar la exploración de petróleo a profundidad cerca de las costas cubanas en 2009, pues se pretende que antes del 2012 el país sea autosuficiente en petróleo, a partir de la producción de tierra firme.

 

Lo único positivo que puede mostrar el raulato es una cierta mejoría en el transporte en general y la telefonía, aunque todavía se notan grandes deficiencias en puertos, transporte de carga y sistemas de almacenaje. El resto del panorama se conforma con una cuestionable información estadística oficial que infla todos los resultados a niveles de maravilla, y que sorprendentemente han terminado por aceptar los organismos internacionales, contra todo sentido común y prácticas en el mundo. Los índices de libertad económica de The Heritage Foundation siguen colocando a Cuba en los últimos lugares, superando solamente a Corea del Norte y algún que otro “Estado fracasado”. Una cosa es la información estadística y otra muy diferente la mesa de los cubanos a la hora de cenar.

 

La sesión de diciembre 2008 de la Asamblea Nacional fue bastante aburrida, sin nada importante que mostrar: la nueva ley de seguridad social no resuelve nada a corto plazo; algunos esperaban discusiones o decisiones en temas sobre los que se ha especulado demasiado, como las reformas para emigrar (tarjeta blanca, permiso de salida) o la legalización de los transexuales, ambos de dimensiones y trascendencia diferente, pero todo fue más de lo mismo. La esperada reestructuración del aparato gubernamental fue pospuesta un año más, para fines del 2009, lo que acontecería después del congreso partidista.

 

Política exterior

 

Si anteriormente Raúl Castro trató de asegurar alternativas energéticas a la dependencia venezolana, en la actualidad ese país  es el suministrador fundamental y la única opción que dispone el régimen en materia de energía: por eso está realizando todos sus esfuerzos para apuntalar políticamente a Chávez y, en caso de peligro, no dudaría en asesorar o hasta intervenir con una maniobra de fuerza para que el teniente-coronel preserve el poder, o para santificar un posible fraude electoral, por ejemplo, si el referéndum del 15 de febrero no otorga la victoria a Chávez. La generosa chequera de Chávez se ha visto constreñida por su enorme e incontrolado gasto social y el descenso vertiginoso de los precios del petróleo, y Cuba debe asegurar, en cualquier circunstancia, que la ayuda siga fluyendo, aún a costa de un brutal golpe de Estado.

 

Las negociaciones político-económicas con Rusia, si bien se han ampliado a partir de los intereses geopolíticos rusos, no alcanzan ni de lejos la condescendencia preferencial que la otrora Unión Soviética otorgaba a Cuba, ni nunca lo harán. Rusia ha jugado la carta del Caribe, no solo con Cuba sino también con Venezuela y Nicaragua, como balance a la presión norteamericana en el Cáucaso, pero muy lejos de las tensiones de la guerra fría, y mucho más como advertencia que como compromiso definitivo. En este contexto, todo es negociable.

 

La presidencia de Barack Obama y un hipotético mejoramiento de relaciones con Estados Unidos no implicarían de manera automática un respiro económico para el régimen a largo plazo: puede esperarse estabilidad en la relación migratoria, y deben elevarse los viajes de cubanoamericanos a la Isla y las remesas a familiares y amigos, aunque esto pudiera verse limitado por los efectos de la crisis económica en Estados Unidos. Aún en el mejor de los casos el impacto económico de viajes y remesas a largo plazo seria relativo, y no lo suficiente como para sacar a Cuba de su crisis. No se vislumbra que el país, por su insolvencia y sus deudas, pueda obtener créditos norteamericanos a largo plazo si no se produce primero un levantamiento del embargo, y para ello hay todo un camino pendiente de negociaciones, concesiones de ambas partes, y barreras de carácter psicológico que necesitan tiempo y paciencia, sin resultados garantizados.

 

A finales del 2009 Cuba traspasa la presidencia del Movimiento de los No Alineados (NOAL) a Egipto, y su política mundial tercermundista reducirá su alcance. Aunque siga siendo parte de la troika NOAL por cierto tiempo, deberá concentrarse en sus relaciones con América Latina y el Caribe, Rusia, China, Irán y España, pero muy lejos del alcance planetario que supone la presidencia del NOAL. El presidente Lula ha facilitado las cosas al régimen al asegurar su incorporación al Grupo de Río y diversas instituciones latinoamericanas, pero hay que ver si el gobierno del general está realmente dispuesto a aprovechar las oportunidades que se abren, o se mantendrá en su terca posición “antimperialista” de juguete.

 

La realidad socio-económica

 

La situación interna es dramática, sobre todo en el sector de la vivienda, para el cual no existe solución general: la industria de materiales de construcción no dispone de la infraestructura imprescindible para hacer frente con rapidez a las necesidades del fondo de viviendas que necesitan reemplazarse y repararse.

 

Tampoco la infraestructura del país está preparada para acelerar la economía de acuerdo a las necesidades modernas: las vías de comunicación son inadecuadas, el nivel de computadoras per cápita es risible, no existen suficientes teléfonos, y el acceso a la Internet esta vedado o completamente regulado. Aunque todo lo disponible funcionara de maravillas, una recuperación del país en estas condiciones tendría que llevarse a cabo a la velocidad que permitía la era pre-computacional, que resulta insuficiente en los tiempos de la globalización, mucho más con los grandes abismos creados durante medio siglo.

 

El dilema de la eficiencia empresarial y de buscar que los salarios se correspondan con el trabajo no ha sido abordado a fondo más allá de discursos y propaganda. Las medidas adoptadas sobre la relación trabajo-salario son insuficientes, puesto que lo fundamental,  las motivaciones individuales que llevan a una mayor productividad laboral, preocupan a un timorato y envejecido liderazgo, pos sus implicaciones sociales. ¿De qué vale elevación de salarios y acumulación de ingresos por los campesinos sin la correspondiente contraparte de bienes disponibles?

 

Y no puede desconocerse la colosal barrera psicológica: tras cincuenta años de vivir como avestruces con la cabeza enterrada en la arena, los vínculos con la libertad, la modernidad, el mercado, el desarrollo y el progreso son difíciles de comprender y aceptar cuando se vive con el  convencimiento de que no hay nada que pueda ser superior al socialismo cubano, y lo único que se pretende es “perfeccionarlo” o “reinventarlo”. Mientras la iniciativa privada y el emprendimiento individual sean vistos como pecados demasiado capitales, y la sociedad civil como una aberración de mercenarios, y todas las culpas se pretenden achacar al adversario, será muy difícil avanzar realmente por ningún camino, si siquiera el de reformas “socialistas”.

 

En estos momentos, al cumplirse cincuenta años de la revolución, ya Raúl Castro sólo cuenta con una alternativa real para salir de la crisis general que enfrenta en la agricultura y la industria de materiales de construcción sin poner en peligro el poder de la gerontocracia:

 

    Impulsar la entrega de 200.000 caballerías de tierra, liberar completamente a los productores privados de las trabas de acopio, permitir los intermediarios, posibilitar que la oferta y la demanda funcionen en los agro-mercados, y vender equipos y enseres a los campesinos. Para nada de esto necesita mucho más recursos que la voluntad y las hormonas.

 

    Desarrollar la industria ligera para mantener el estimulo a la producción privada campesina y el consumo urbano, y extraer el circulante en exceso que se acumularía en el sector campesino. Para esto necesita fundamentalmente, además de capital y financiamiento, transformaciones estructurales en el funcionamiento de la industria y el comercio cubanos: una vez más, necesita voluntad y hormonas.

 

    Cuadruplicar la capacidad instalada en la industria de materiales de construcción para desarrollar un intenso plan de viviendas, y a la vez la ampliación y mejoramiento de la infraestructura del país. Un tímido paso fue dado recientemente, al permitir la construcción de viviendas con medios propios, pero hacen falta materiales y recursos, lo que requiere capital y financiamiento. Para esta tarea, el financiamiento familiar desde el exilio podría contribuir de manera importante a la disponibilidad económica de la población, si se resuelve la oferta en el mercado de los materiales necesarios, pero eso requiere una decisión política que hasta el momento el general no ha dado muestras de estar dispuesto a asumir, y habría que ver si con una relativa distensión de las relaciones con el gobierno de Barack Obama se atrevería, teniendo en cuenta la absoluta oposición de Fidel Castro a medidas de este tipo.

 

Y tendría que lograr estos objetivos en un plazo demasiado corto, pues las tensiones y presiones de todo signo, nacionales e internacionales, son muy grandes y crecientes. Los seis años que pidió para tratar de resolver los problemas de la vivienda son una ilusión, y además apostando a que en ese plazo el país no sea barrido por más ningún huracán.

 

Igualmente, no puede pretender continuar importando alimentos a precios cada vez más altos y pagados al contado, cuando más de la mitad de las tierras está sin cultivar, la eficiencia “socialista” de las que producen son un insulto a la inteligencia, y cientos de miles de cubanos sin trabajo ni vivienda estarían dispuestos a convertir esas tierras en riqueza si realmente tuvieran oportunidades justas para hacerlo.

 

Las desavenencias de Raúl Castro con el Comandante de la Revolución Ramiro Valdés y algunos generales “africanos”, que existían al comenzar la sucesión, y que fueron potencial para un enfrentamiento de lealtades, son historia y solo persisten en analistas de segunda. Los jefes de ejército en la actualidad han sido nombrados por el general-presidente, y los mandos militares no son su preocupación en estos momentos. Considerando que el “peligro de agresión imperialista” solo existe en el periódico “Granma” y algunas declaraciones de Ricardo Alarcón, la lealtad de la maquinaria represiva al raulismo está garantizada.

 

Fidel Castro, después de cuarenta y ocho años de poder unipersonal, absoluto e inapelable, ha buscado todo el tiempo manipular la sucesión para que no se produzca el desmontaje de su imagen y su obra, pero esa política ha creado un circulo vicioso que implica impedir todo tipo de reformas, aún a costa de la aniquilación de los cubanos, y hasta de Cuba como nación.

 

En estos mismos instantes su Estado de salud es más desconocido que nunca, aunque hay indicios que señalan a un deterioro general, y se trata de una persona con más de ochenta y dos años de edad, pero si a pesar de todo eso mantiene capacidad de interferir por mucho tiempo más, Raúl Castro está, sencillamente, en una trampa de la que ya no podrá salir: deberá ser fiel a la soberbia y la ambición de su hermano, y permitir que la nación se vaya a pique, o hacer algo efectivo por el país y el pueblo que dice amar y representar.

 

Raúl Castro y su élite gerontocrática se sienten legitimados por un pasado guerrillero que no pueden transferir a la siguiente generación de dirigentes. La única forma viable para una transferencia del poder de Raúl Castro y su grupo a la siguiente generación, sin un drama lamentable, terrible y sangriento, tiene que basarse en un país recuperado o recuperándose, con soluciones radicales para sus problemas fundamentales de vivienda, alimentación, consumo e infraestructura, por no mencionar las libertades políticas y los derechos humanos, asignaturas pendientes.

 

Sin embargo, la senda por la que se transita actualmente no lleva a ese camino, y la retórica “revolucionaria” de Raúl Castro sobre una transferencia de poder automática y tranquila a la siguiente camada de dirigentes no tiene fundamento. Por mucho que repita la “caravana de la libertad”, en patéticas celebraciones con parodias de lo que una vez fue una explosión de pueblo, no habrá esta vez ilusión ni esperanza en la tanqueta de la victoria traicionada.

 

La única legitimidad que podría sostener en el poder al grupo que Raúl Castro designe a su vez como sucesores de la dirigencia histórica sería un cambio visible en el nivel de vida y el consumo de la población. De no ser así, y sin instituciones estatales y partidistas sólidas, lo que sobrevendrá tras el raulato será una cruenta y caótica lucha por el poder, en la cual las fuerzas armadas tendrán la voz cantante, y los cubanos, como nación y como pueblo, la peor y la más triste parte, un colosal baño de sangre, o ambas cosas a la vez.

 

Cuba, como nación y como pueblo, merece un futuro más aceptable que el que está diseñando un timorato Raúl Castro de la mano de su enfermo, moribundo y megalómano hermano, tras cincuenta años de lo que ha resultado ser la mayor estafa en la historia cubana.

 

Y la revolución que se fue a bolina quedará en la historia como un interminable y cruento camino de cincuenta años avanzando agotadoramente hacia ningún lugar.

La Gran Estafa

Juan Antonio Blanco

29 de diciembre de 2008

 

El mayor estafador de estos tiempos  no es el financiero Bernard Madoff. Ha sido Fidel Castro por más de cincuenta años

 

Es cierto que todo proceso político convoca a una mezcla de genuinos creyentes con elementos oportunistas e inescrupulosos. Sin olvidar el modo en que contribuyeron las circunstancias históricas de la época, sería inapropiado menospreciar el papel jugado por las habilidades de este personaje para atraer personas o multitudes colmadas de buenas intenciones. Muchos todavía no se han enterado, o no tienen siquiera idea, de la magnitud del engaño del que han sido víctimas. Otros no desean enterarse. Es duro llegar a la vejez habiendo extraviado el sentido de la existencia y perdido el tiempo de vida en pos de una farsa. Se requiere lucidez y coraje para admitir el error y ser leal a valores humanistas permanentes en lugar de a aquellas instituciones, líderes y consignas que se apropiaron de ellos.

 

Aun cuando otras muy graves acciones se le imputan al todavía Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba, es pertinente, en el cincuenta aniversario de su ascenso al poder absoluto, repasar su récord como estafador de primera línea.

 

Entre los timados se encuentran:

 

Aquellos luchadores contra el dictador Fulgencio Batista que no siendo comunistas creyeron arriesgar su vida para restablecer y hacer cumplir a plenitud la Constitución de 1940 -socialmente la más avanzada de la región en aquel tiempo- siendo después de 1959 brutalmente encarcelados, fusilados o desterrados, cuando denunciaron el nuevo rumbo que se imprimía al proceso.

 

Los religiosos, a los que persiguió y discriminó a pesar de que él ostentó crucifijos y rosarios en la Sierra Maestra y asistió a misa de acción de gracias en los primeros días de enero de 1959.

 

Los que lo siguieron apoyando, aun después de declararse marxista leninista en 1961, creyendo que implantaría un socialismo “diferente” y libertario, siendo luego reprimidos, políticamente excluidos o socialmente marginados.

 

Los nacionalistas cubanos, a quienes se presentó como paladín de la soberanía frente a la ideología anexionista –simbolizada, al nacer la República, por la aceptación de la Enmienda Platt y la instalación de la Base Naval de Guantánamo- para luego ceder el uso del territorio nacional a diversas bases militares soviéticas desde 1962 hasta el 2002 e imponer la cláusula constitucional de 1976 que obligaba a la eterna alianza con la URSS.

 

El pueblo, al que prometió “libertad con pan y pan sin terror”, fórmula de la que hasta hoy sólo garantizó el último componente después de tres reformas agrarias, la creación del Cordón de La Habana, la Brigada Invasora Che Guevara, el Cordón Lechero, las UBPC, los organopónicos urbanos y los experimentos con Ubre Blanca.

 

La familia cubana, a la que prometió que no se vería dividida nunca más por la necesidad de emigrar, para luego escindirla y enfrentarla por motivos ideológicos, lo que en una sociedad sin libertades y signada por la escasez crónica alentó sucesivas olas migratorias a las que impuso el destierro mediante la “salida definitiva del país”.

 

Los países y empresas -socialistas y capitalistas- a los que solicitó créditos y recursos, que nunca tuvo la intención de pagar, por un monto similar o superior al estafado por Madoff.

 

Los funcionarios, académicos e intelectuales cubanos que creyeron- cuando se transformó la geopolítica mundial al caer la URSS- en su disposición a reorientar el país hacia un socialismo democrático, participativo y eficiente, siendo luego anatematizados por sus propuestas aperturistas al rebasarse lo peor de la crisis.

 

Los organismos multilaterales, a los que nutre de estadísticas manipuladas que ocultan los actuales niveles de pobreza, retraso y desigualdad existentes en Cuba así como el actual desastre de la educación y salud pública en la isla.

 

La opinión pública latinoamericana, a la que sigue presentándose como líder de la “heroica resistencia al feroz bloqueo yanqui” cuando el “país enemigo” es hoy su quinto socio comercial y principal suministrador de alimentos a la isla, que hoy importa alrededor del 80% de sus necesidades en ese campo.

 

Los liberales norteamericanos, a los que ha hecho creer que el embargo se ha mantenido sólo por las gestiones políticas del exilio, cuando él, para asegurar su vigencia, ha saboteado en varias ocasiones y de forma deliberada diversas posibilidades reales de distensión con Washington.

 

Los académicos, periodistas, políticos, artistas y escritores de cualquier latitud geográfica o ideológica, a quienes ha hecho creer que todavía existe una Revolución Cubana, próxima a cumplir 50 años de edad, cuando el proceso que triunfó en 1959 fue sustituido hace varias décadas por una sociedad posrevolucionaria y totalitaria.

 

El país que despertó aquel primero de enero de 1959 funcionaba, prosperaba, expandía sus clases medias, y ocupaba un lugar cimero en la región por sus índices de urbanización y consumo, así como por tener avanzadas tecnologías de comunicaciones y una amplia infraestructura y transporte. También contaba con una sociedad civil compleja y vibrante. Incluso algunos de los significativos problemas sociales existentes (desigualdad de oportunidades, índices de analfabetismo y mortalidad infantil, racismo, elevado desempleo, corrupción administrativa) eran en aquel momento de menor magnitud a los que entonces mostraban muchos otros países latinoamericanos y del Caribe. Los desafíos estructurales –excesiva dependencia de Estados Unidos para el comercio, inversiones y tecnologías- requerían nuevas políticas de diversificación económica enmarcadas en un plan de desarrollo nacional, en un país donde el capital nativo había crecido hasta el punto de que ya comenzaba a ser exportado.

 

Lo que esperaba el pueblo no era que una camarilla de supuestos iluminados destruyera los mecanismos de creación de riquezas, centralizara todo el poder y suprimiese el pluralismo y la democracia. Se creía haber luchado para que el proceso revolucionario, tras poner fin a la dictadura batistiana, hiciera valer la soberanía nacional entendida como la libérrima expresión de la voluntad popular. En cambio, Fidel Castro trajo a Cuba la variante totalitaria del socialismo de Estado no por razones dogmáticas ni con el afán de equilibrar la balanza frente a Estados Unidos, sino por ambiciones y egoísmo personales que sólo pueden ser satisfechos con el disfrute de un poder totalmente centralizado y omnímodo. Fue por ello que sustituyó la soberanía popular por su poder absoluto y el pluralismo por el imperio de sus caprichos personales.

 

No hay que esperar por la Historia para juzgar el legado de Fidel Castro. Las nuevas generaciones de cubanos – incluidos los hijos de muchos de los dirigentes históricos del proceso de 1959- han emitido ya su voto con los pies. No se marchan sólo porque el presente es insoportable sino porque no creen que la isla tenga porvenir bajo el sistema actual. No ven la viabilidad del país después de sacrificios innombrables e incontables pagados puntualmente por sus padres y abuelos. Quieren, simplemente, escapar del paraíso prometido a sus antecesores hace cincuenta años. Desean vivir en libertad y disfrutar las oportunidades que ofrece una sociedad moderna que refleje el cambio de época que hoy experimenta la humanidad. Su proyecto personal no es vegetar hasta hacerse viejos en una burbuja de totalitarismo y retraso en medio del siglo XXI.

 

Fidel Castro se apropió -para servir sus propios fines- de los legítimos sueños, sacrificios y esperanzas de millones de personas que alguna vez depositaron su fe en él. Estafa y robo de tal magnitud es imperdonable y no admite comparaciones. No sólo ha arruinado por medio siglo al país, sino que todavía representa hoy el principal obstáculo a cualquier cambio, sea humanitario o sustantivo, para abrir las verjas del futuro.

 

A todos los afectados de uno u otro modo por este personaje, les deseo un feliz 2009.

Cuando la mayor estafa cumplió veinticinco años

Fidel Castro habla sobre la base de Guantánamo.

Niega que Raúl, Che Guevara y él sean comunistas

Clark Hewitt Galloway

Fidel Castro hablando de la revolución cubana en una entrevista perdida de 1959. El audio de esta entrevista fue encontrado recientemente por la nieta de Clark Hewitt Galloway, quien realizó la entrevista para un artículo de U.S. News & World Report en 1959. Véase la transcripción en español de la entrevista

 

CLARK GALLOWAY: Pues, ¿cuáles son los cambios que desea usted hacer en Cuba en breve?

 

FIDEL CASTRO: Bueno, fundamentalmente el problema de Cuba más que un problema de cambio es un problema de creación en el país. Nosotros estamos aquí como atascados, desde hace muchas décadas.

 

Nuestro problema más grave [es] que crece la población constantemente y en cambio las fuentes de trabajo no crecen. Y en la misma medida en que la industria se tecnifica y necesita cada vez menos empleo de personal, la población nuestra crece y nos encontramos en un círculo vicioso que no tiene solución. Hombres que no tienen trabajo y que, por lo tanto, no pueden consumir. Y una industria que no se puede desarrollar si no tiene consumidores.

 

Nosotros no podemos competir con la industria europea en maquinarias, en productos manufacturados, ni con la industria de Estados Unidos. Nuestra industria tiene que ser una industria de consumo. Principalmente de consumo nacional. Y no es posible que se desarrolle una industria si no hay quien compre.

 

Y sin embargo cómo darle empleo a la gente si no es industrializando el país. Nuestro gran problema es el problema de los cientos de miles de hombres que están sin trabajo.

 

CLARK GALLOWAY: ¿Qué clase de industrias? ¿En qué clases piensa usted, por ejemplo?

 

FIDEL CASTRO: Principalmente, industrias alimenticias, industrias de tejidos, y también industrias de productos manufacturados para consumo del país. La industria nuestra no puede aspirar a competir, fundamentalmente, con la industria extranjera. Luego, tiene que desarrollarse a base del consumo nacional. Producir la mayor cantidad de artículos y de mercancías posible para consumir en el país.

 

CLARK GALLOWAY: Pues, ¿cuánto tiempo cree usted que va a necesitar para desarrollar ese programa?

 

FIDEL CASTRO: Antes que nada debo decirle que nuestro primer paso tiene que ser crear consumidores. Nosotros tenemos que crear consumidores. Ahora, lograr que una parte considerable del pueblo sea consumidor. Porque sobre esa base únicamente se puede desarrollar la industria del país. Y entonces…

 

CLARK GALLOWAY: Para eso tienen que tener plata…

 

FIDEL CASTRO: …bueno sí, pero no. Primero necesitamos consumidores. Porque nosotros aunque tengamos capital para establecer las industrias, si no tenemos quién compre no puede desarrollarse esa industria. Sería antieconómico. El primer problema no es siquiera tener di… tener capital. El primer problema es tener consumidores para la industria. Y, después, capital para establecer esas industrias. Pero lo esencial, lo básico, es tener una población consumidora de artículos industriales. Y entonces esa población consumidora la obtendremos nosotros a través de las reforma agraria.

 

CLARK GALLOWAY: ¿Cuánto costará tal programa?

 

FIDEL CASTRO: Bueno, depende, porque hay que distinguir entre el programa de obras públicas que debe realizarse en el país para satisfacer muchas necesidades que están pendientes y el programa de industrialización.

 

Cualquier pueblo de Cuba, de los 200 ó 300 pueblos de más o menos importancia, todos tienen una serie de necesidades fabulosas que nunca han sido satisfechas.

 

Usted va a los pueblos y le piden un centro escolar, le piden hospitales, le piden alcantarillado, le piden pavimentación de las calles, le piden acueductos, le piden escuelas, le piden sanidad, le piden camiones para limpiar las calles, le piden parques, le piden mercados –edificios donde vender la mercancía–, y obras de todas clases. Por ejemplo, le piden plantas para purificar el agua.

 

Es tan grande… yo estoy haciendo un censo de todas las necesidades. Yo le he pedido a todas las clases vivas del pueblo que me informen qué cosas necesitan. Y en qué orden les interesa que el gobierno se las vaya consiguiendo. Yo calculo que para satisfacer todas las necesidades de los pueblos de Cuba se necesita en obras públicas invertir por lo menos dos mil millones de pesos. Para satisfacer todas las necesidades en todos los pueblos. De caminos, de carreteras…

 

CLARK GALLOWAY: ¿De dónde vendrá la plata?

 

FIDEL CASTRO: Bueno, esa plata viene de aquí adentro. Del aumento de las contribuciones… de los ingresos del Estado en la misma medida que se eleve el estándar de vida del país. Yo pienso que dentro de tres años habremos duplicado los presupuestos.

 

CLARK GALLOWAY: Ah, ¿sí?

 

FIDEL CASTRO: Actualmente ya se ha producido en dos meses un superávit de 40 millones. No, de 25 millones de pesos en aumento de la recaudación. Entonces, el capital para la industria –parte capital nacional y parte capital de fuera, extranjero. Ahora, nosotros no queremos que ese capital venga a base de… Queremos que fundamentalmente nos presten capital para nosotros invertirlo a través de organismos de crédito del país. Porque si el capital viene de fuera y se invierte nosotros tenemos que pagar los intereses, que es el precio del capital: los intereses. Tenemos que amortizar el capital. Y después que lo hemos amortizado no nos quedamos con nada. ¿Usted se da cuenta?

 

CLARK GALLOWAY: Sí, como no.

 

FIDEL CASTRO: Nosotros queremos que nos presten el capital. Entonces nosotros devolvemos el capital más los intereses. Pero cuando hemos amortizado el capital prestado, nos queda el resto para nosotros aquí.. El capital lo amortizamos para nosotros. No para otros. ¿Usted entiende?

 

CLARK GALLOWAY: Ustedes no quieren…

 

FIDEL CASTRO: Porque nosotros pagamos el capital, lo devolvemos, y entonces nos queda el capital aquí. ¿Usted entiende? Porque de lo contrario tenemos que amortizarlo una vez, dos veces, diez veces. Toda la vida tenemos que estar amortizando. Es igual que si a usted le prestaran 100 pesos y toda la vida usted estuviera pagando los 100 pesos. ¿Usted entiende? [Risas] Con intereses.

 

CLARK GALLOWAY: ¿De dónde vendría ese capital?

 

FIDEL CASTRO: Puede venir de Estados Unidos, puede venir de Inglaterra. Puede venir de Francia. Puede venir de Alemania.

 

CLARK GALLOWAY: De bancos del gobierno de esos países o de bancos comerciales…

 

FIDEL CASTRO: Parece que hay abundancia de capitales en el mundo en este momento porque a nosotros han llegado muchos ofrecimientos de préstamos e inversiones. Muchos ofrecimientos de otras partes. Sobre todo porque ven que el gobierno es honrado. Al ver que el gobierno es honrado sienten una gran confianza. Además porque nosotros las deudas anteriores de la dictadura, las deudas pendientes, hemos decidido saldarlas. O sea, no las hemos rechazado.

 

CLARK GALLOWAY: ¿De cuáles países recibe dinero?

 

FIDEL CASTRO: Estados Uni… Yo le quiero explicar que muchos. El gobierno, la dictadura de Batista, contrajo deuda por 1200 millones de pesos. Nosotros pudimos haberla rechazado, porque el gobierno no era legítimo. Pero nosotros comprendimos que eso era trastornar mucho la economía del país. Entonces, que era preferible, que era preferible asumir la responsabilidad de esas deudas. Lo cual crearía una confianza grande a los que estuvieran dispuestos a invertir dinero. Porque si nosotros no hemos anulado esas deudas ya todo el mundo está seguro que puede invertir aquí, puede prestarnos, que nadie anulará las deudas por ninguna circunstancia aunque cambie el gobierno. ¿Usted entiende?

 

CLARK GALLOWAY: Sí.

 

FIDEL CASTRO: Aunque cambie no le importa. Si ahora ha habido un cambio como este y nosotros las deudas

 

CLARK GALLOWAY: Lo que ustedes quieren son empréstitos, no accionistas.

 

FIDEL CASTRO: Bueno, no quiere decir que sea una política exclusivista. Preferimos, preferimos recibir, preferimos recibir los préstamos y pagarlos. Pagar el capital y pagar los intereses. Porque de esa manera, cuando hemos amortizado el capital, nos queda a nosotros aquí… cuando hemos pagado la deuda nos quedan las fábricas aquí, las industrias. De la otra manera estaríamos pagando esas fábricas siempre. Y sería una constante salida de divisas. Usted sabe que el problema de las divisas es hoy fundamental para cualquier pueblo.

 

CLARK GALLOWAY: Sí.

 

FIDEL CASTRO: Que la política inteligente tiene que ser una política que tienda a recibir los capitales, pagar el precio de ese capital que es el interés. Devolver ese capital y entonces después nos quedan las fábricas, las industrias, nos quedan aquí en el país.

 

CLARK GALLOWAY: ¿Es cierto que alguna de las firmas norteamericanas en Cuba van a ser nacionalizadas?

 

FIDEL CASTRO: No se ha hablado de nacionalización.

 

CLARK GALLOWAY: ¿No?

 

FIDEL CASTRO: Sí. No se ha hablado… es el cañonazo de las nueve, no se preocupe. Sí, sí hay… no, no se ha hablado aquí de nacionalización. Nosotros no hemos planteado… nosotros podemos revisar alguna concesión de las que hizo la dictadura de Batista. Pueden ser concesiones onerosas y contrarias a la economía del país.

 

Pero nosotros no hemos hablado aquí de nacionalizaciones porque nuestros problemas económicos son de otra índole, fundamentales, que es cómo hacer la reforma agraria y desarrollar industrialmente el país. En cuanto a los servicios públicos, los servicios públicos están distribuidos, por ejemplo, son prestados por distintas compañías y nosotros… y a distintos precios, a distintas tarifas… es un problema que tenemos que estudiar y resolver. Pero no, aquí no se ha planteado como cuestión fundamental la nacionalización de ningún servicio.

 

CLARK GALLOWAY: ¿Me podría explicar en pocas palabras su programa de reforma agraria?

 

FIDEL CASTRO: El programa de reforma agraria consiste en lo siguiente: aquí en Cuba unas 200 mil familias –200 no, 200 a 300 mil familias que no tienen tierras, que son campesinos. Esos campesinos trabajan dos o tres veces al año en épocas de zafra. El resto del tiempo, están sin trabajo. No tienen tierra para sembrar ni para poder producir los artículos de consumo más necesarios. Muchos de esos campesinos vienen a la ciudad a buscar trabajo y aumentan el número de desempleados en la ciudad. Esa población campesina es la que nosotros tenemos que tratar de convertirla en población consumidora.

 

Más de la mitad del país es campesino. Y entonces nosotros tenemos que convertir esos campesinos en consumidores. Esos campesinos nunca se convertirán en consumidores mientras no tengan tierras para producir sus artículos. La reforma agraria hará que aumente la capacidad adquisitiva del campesino muchas veces. Y permitirá, será la base sobre la cual se pueda desarrollar, poner una industria en Cuba. Nosotros pensamos… están las tierras del Estado. Y las tierras particulares. Nosotros pensamos poner un límite máximo a las fincas dedicadas a los distintos tipos de producción.

 

CLARK GALLOWAY: ¿El azúcar, por ejemplo?

 

FIDEL CASTRO: Estamos estudiando el caso. Yo soy partidario de que se le ponga un límite también al azúcar. Ahora, a los centrales les conviene eso porque aquí la industria, los hacendados, hay una ley que les prohibió hace años que el central tuviera cañas propias. Entonces qué hicieron los hacendados para burlar esa ley es que ponían una compañía dueña del central y otra compañía dueña de la caña y era la misma cosa; burlaron la ley. El industrial debe ser industrial y no al mismo tiempo industrial y agricultor.

 

Los centrales azucareros no pueden competir hoy en el mundo a un precio con el azúcar porque el costo es muy caro. Es muy caro porque los centrales están anticuados. Las únicas… si el central trata de tecnificarse, de mejorarse, el resultado es que deja sin empleo mucho obrero o estos tienen que trabajar la mitad del tiempo al año. O sea, crearía un conflicto social muy grave.

 

La única forma que tendría la industria azucarera de tecnificarse es mediante la reforma agraria que extraería de la industria el exceso de personal que está demandando trabajo. ¿Usted comprende? Mediante la reforma agraria ellos se tienen que tecnificar.

 

¿Qué es lo que van a perder? No van a perder nada porque van a tener la caña para moler. Más caña para moler y mejores condiciones para mejorar su maquinaria.

 

Que de la otra manera siempre van a estar en una pugna entre un número cada vez mayor de obreros que están pidiendo trabajo y una industria que no ha progresado absolutamente en los últimos 30 años. Y una industria que no puede progresar si no se mejora. Luego la reforma agraria no significa ninguna pérdida.

 

Nosotros indemnizaremos la tierra. Si no tenemos dinero en efectivo –posiblemente no tengamos dinero en efectivo porque nosotros en dinero en efectivo no tenemos suficiente para indemnizar todo esto, pero lo podemos indemnizar en bonos. Bonos que tendrán la garantía de un gobierno honrado. Que podrán ser, que podrían ser vendidos en el mercado de valores. Que podrán ser negociados. Bonos con intereses, al menor plazo posible. Yo pienso hoy, salvo criterio de persona más experta que yo en la materia, en bonos de 10 a 15 años pero que se pueden negociar. Y entonces lo que nosotros le pedimos a los industriales, a los hacendados, a los grandes productores de caña y de ganado, que inviertan eso en industrias. Porque nosotros a la industria estamos dispuestos a darle todas las garantías, con la condición de que haya salarios altos.

 

CLARK GALLOWAY: Pues, ¿cuánto costará el programa de reforma agraria?

 

FIDEL CASTRO: No puedo calcularlo exactamente en este momento. Porque tendríamos primero que decidir sobre el límite máximo que va a haber. Las tierras que serían segregadas y el valor de tasación de esas tierras. Pero si nosotros pagamos mediante bonos podemos pagar un mejor precio de lo que pudiéramos pagar en efectivo. Y en cambio ese dinero que se recibe en bonos, bonos garantizados por el Estado cubano, ellos lo pueden negociar como se han negociado los bonos del BANDES y del Banco Nacional. Los bonos cubanos se venden en el mercado y se venden a buen precio. Al indemnizarlos nosotros mediante bonos nosotros lo único que les pedimos a ellos es que la indemnización la inviertan en industria aquí en el país. ¿Usted se da cuenta? Entonces lo que tienen que hacer los grandes… los latifundistas, es transformarse en industriales. ¿Usted se da cuenta? Y pueden establecer industrias que van a tener un mercado seguro. Y que van a significar la solución del problema para los mismos azucareros. Porque yo le voy a decir: ¿usted cree que se puede vivir en este estado de agitación, de conflicto permanente entre la empresa y los trabajadores? En un conflicto que va en aumento. Un conflicto que va en aumento.

 

CLARK GALLOWAY: Cuba depende en su mayor parte de la gente del azúcar. ¿Cree usted que esta dependencia debería reducirse?

 

FIDEL CASTRO: Bueno, a nosotros nos conviene venderle a Estados Unidos y a Estados Unidos le conviene comprarnos a nosotros. Porque también es verdad que en los momentos difíciles de Estados Unidos siempre ha tenido una fuente formidable de azúcar en Cuba. A Estados Unidos le interesa que esa fuente se conserve porque es un alimento básico para Estados Unidos, el azúcar. Que nosotros lo producimos más barato que allí en Estados Unidos.

 

Nosotros le pudiéramos brindar al pueblo americano un azúcar más barata. ¿Comprende? De la que paga hoy y que sin embargo el gobierno se la hace pagar cara allí por estar protegiendo ciertos intereses azucareros de ahí del país. Si Estados Unidos sembrara la tierra podría producir trigo, podría producir otras cosas. La tienen subsidiada. Nosotros le pudiéramos favorecer al pueblo americano vendiéndole toda el azúcar que él quiera mucho más barato de la que le vendemos hoy, en el futuro.

 

Háblele al pueblo de Estados Unidos y dígale que nosotros podemos, si es verdad que por un lado benefician a determinados agricultores con una industria artificial por completo nosotros pudiéramos beneficiar a todo el pueblo de Estados Unidos vendiéndole azúcar más barato de lo que la compran allí. A los americanos les gusta mucho el dulce. Nosotros le podemos dar todo el dulce que quieran. Y mantener entonces unas buenas relaciones.

 

Porque, mire, Estados Unidos es un país tan rico… tan poderoso industrialmente, agrícolamente, que lo que gana… lo que significa económicamente el comercio con Cuba en dinero –bueno, no importa, [Mujer: …lo están esperando] no importa—en dinero es una parte muy pequeña de su gran poderío económico, de su gran riqueza. A nosotros nos parece egoísta cuando, por ejemplo, al hablar de que queremos producir arroz, producir aceite para ahorrarnos algo de la importación se nos amenaza y dicen que no nos va a comprar azúcar. Porque en definitiva lo que va a dejar de ganar Estados Unidos por concepto de esas ventas es la millonésima parte de la riqueza de Estados Unidos. ¿Usted se da cuenta? No hay que granjearse la enemistad de nosotros. Por 100 ó por 200 millones de pesos que es lo que pudieran equivaler las compras que hacemos nosotros en alimentos.

 

Siempre tendremos que comprar automóviles, radios, televisores. Siempre tendremos. Pero Estados Unidos no vive del comercio de Cuba. En cambio Cuba depende de las divisas que ahorre para desarrollarse industrialmente. Nosotros no le decimos a Estados Unidos que nos regalen dólares. Nosotros no le estamos diciendo a Estados Unidos mándennos 1.000 millones de pesos. Con 1.000 millones de pesos resolvemos nuestros problemas. Nosotros planteamos las cosas en términos de justicia. Si nosotros no defendemos nuestra divisa, si nosotros no desarrollamos industrialmente el país, ¿a dónde vamos a parar? ¡En un caos! Si la Revolución no hace estas leyes, la Revolución pierde su autoridad. Pierde su moral, pierde su prestigio. Y si esta revolución se precipita lo que vamos a tener aquí es un infierno en Cuba. Un verdadero infierno. Porque cuando haya un millón, un millón y medio de gente sin trabajo, y ya no crean en nadie aquí, entonces va a ser el caos –créame caballero.

 

Nosotros podemos ir haciendo una revolución ordenada, estudiada, planeada. Yo muchas veces he tenido que pararme y decirle a los campesinos no, no ocupen la tierra así, porque a la tierra hay que repartirla ordenadamente. Nosotros no podemos producir la empresa agrícola grande con la empresa agrícola pequeñita, dividida, porque eso no rinde económicamente. No, no rendiría a bajo costo. Nosotros tenemos que sustituir la empresa grande con otra empresa grande. O sea, reuniendo a todos los campesinos para que tengan una gran empresa como quien tiene una sociedad por acciones. Y entonces utilicen equipos, costosos, y utilicen la mejor técnica del mundo. Actualmente, ¿usted vio Bohemia? Bohemia hoy ha hecho un llamamiento de un fondo para que yo lo maneje. ¿Usted sabe a lo que me voy a dedicar? A tractores. Todo sobre tractores y equipos de regadíos, de pozos, de todo. Y entonces vamos a producir en Cuba en las mejores condiciones técnicas del mundo.

 

Los equipos más modernos que hay en el mundo los vamos a comprar para la agricultura. Tan buenos como los que puede haber en los Estados Unidos. Y la tierra nuestra tiene una ventaja sobre la tierra en Estados Unidos y es que produce dos y tres cosechas al año porque no hay frío. Nosotros con abono, con regadío, podemos producir más barato que Estados Unidos. Porque ahora Estados Unidos produce el maíz más barato que nosotros. La mitad del precio. El arroz más barato que nosotros. ¿Y por qué? A pesar de que ellos no pueden hacer más que una cosecha de maíz al año. ¿Por qué? Porque producen con una técnica muy moderna… y a muy bajo costo. Pues nosotros vamos a hacer dos cosechas con la misma técnica que Estados Unidos.

 

Vamos a producir muy barato. ¿Usted se da cuenta? Todo ese dinero lo voy a invertir en tractores. En cuestión de tractores, de equipos, de regadío y de todo. Entonces en el campo vamos a producir a través de grandes cooperativas de campesinos. Cooperativas que se van a distribuir las ganancias. Ya tengo algunas hechas en tierras que eran de cómplices de Batista, socios de Batista. He hecho una cooperativa y van muy bien. Allí mismo tienen una cooperativa de producción agrícola y su cooperativa de consumo. Tienen una tienda propia, la primera que hice. Y tuvo que poner el 20% más caro porque sino arruinaba a las tiendecitas de por allí.

 

CLARK GALLOWAY: Hablando del azúcar, si las ventas de azúcar de Estados Unidos se redujeran afectaría mucho a Cuba, ¿no?

 

FIDEL CASTRO: Sí, yo creo que sí afectaría. Desde luego. Pero yo no veo por qué se vayan a bajar las ventas de azúcar. Sería injusto por cuanto Cuba cada vez que Estados Unidos ha tenido una situación difícil ha tenido una fuente de abastecimiento y de materia prima segura en Cuba y a los soldados americanos lo que más les gusta, es el azúcar. Y a todo soldado lo que más le gusta es el azúcar. A Estados Unidos no le conviene que se arruine la industria azucarera cubana. No le conviene.

 

CLARK GALLOWAY: ¿Qué cree usted sobre el intercambio comercial entre Cuba y los países comunistas?

 

FIDEL CASTRO: Bueno, yo creo que si nos compran nosotros debemos venderle. Porque, ¿qué vamos a hacer si no sobran los artículos y nos compran? Eso es lo que hace Estados Unidos. Y lo que hace Inglaterra y lo que hacen todos los países.

 

CLARK GALLOWAY: Pues, ¿ve usted en esto algún peligro para Cuba?

 

FIDEL CASTRO: ¿En qué sentido?

 

CLARK GALLOWAY: …de infiltración o…

 

FIDEL CASTRO: …no puede haber peligro porque si nosotros hacemos lo que los cubanos quieren, si nosotros hacemos justicia social, y la hacemos y le resolvemos el problema material a todos los cubanos dentro de un clima de libertad y de respeto a los derechos individuales –de libertad de prensa, de pensamiento, de democracia, de libertad de elegir su propio gobernante.

 

La revolución que nosotros estamos haciendo le ofrece al pueblo de Cuba lo que ningún régimen social en el mundo le ofrece actualmente. ¿Comprende?

 

Yo no tengo ningún temor a ninguna ideología del 26 de julio que es la ideología de un sistema social dentro del más amplio concepto de la democracia, de la libertad y de los derechos humanos. Es la promesa más hermosa que se le puede hacer al hombre.

 

CLARK GALLOWAY: Claro.

 

FIDEL CASTRO: ¿Por qué tenemos nosotros que temer? Nosotros no tenemos que temer.

 

CLARK GALLOWAY: ¿Sabe usted si los países comunistas podrían ofrecerle a Cuba las mercaderías que Cuba necesita importar?

 

FIDEL CASTRO: Bueno, yo no he estudiado eso. No he estudiado esa posibilidad. Realmente no la he estudiado porque yo he creído que nosotros íbamos a seguir vendiéndole el azúcar a Estados Unidos, fundamentalmente. Y le seguiremos comprando mucho a Estados Unidos. Yo no me he planteado el otro problema. Si se me presenta [sonriendo] el otro problema tendré que ponerme a estudiarlo, ¿no?

 

CLARK GALLOWAY: Como primer ministro usted tiene un gran trabajo. ¿Cómo usted va a ordenar los asuntos del gobierno? ¿Sería posible delegar algunas de sus responsabilidades?

 

FIDEL CASTRO: Bueno, porque usted ha visto que nosotros tenemos varios ministros. Son gente muy capacitada. El ministro del Trabajo. El ministro de Economía. El ministro de Obras Públicas. Son una serie de compañeros que son muy trabajadores. Y lo que yo hago, cada día más, le llevo… si hay un ofrecimiento de proyecto de empréstito de industria yo se lo mando al ministro de Economía, se lo mando al ministro de Agricultura. Yo cada día me quito más trabajo y se lo pongo a ellos, y los consulto a ellos siempre. Yo me reúno dos veces a la semana con ellos. Y allí discutimos largamente. Si yo quisiera tener menos trabajo. Yo quisiera tener menos trabajo. [Risas] Yo tengo mucho trabajo. Porque la función mía es administrativa, pero también es política. Tengo que hablar con el pueblo, orientarlo, animarlo, decirle que tengan calma, que tengan paciencia. Yo soy el que controlo los problemas con el pueblo.

 

CLARK GALLOWAY: ¿Cuál es su parecer acerca de la base naval de los Estados Unidos en Guantánamo?

 

FIDEL CASTRO: Ese es un problema que no se ha discutido aquí. No se ha tocado. Ha habido algunos pequeños conflictos originados en el hecho de que los marinos los dejaban siempre desembarcar, ir a Guantánamo por ejemplo, los dejaban ir a Guantánamo todas las semanas de fiesta. Claro que económicamente convenía porque compraban. Pero iban miles de marinos e iban a ciertos sitios de diversión. No conocían bien y muchas veces llegaban a las casas de las personas decentes y tocaban a cualquier casa. Es un problema. Hay cierto conflicto entre ellos cuando van de vacaciones, cuando van de fin de semana, se creaban conflictos entre ellos y entre las familias decentes. Porque se equivocaban muchos marinos, tomaban, se equivocaban y entraban a la casa. Eso en otro momento, en la época de Batista no producía efecto ninguno porque todo el mundo sufría esas cosas tranquilamente. Pero ahora, usted comprende, cualquier cosa de esas produce un gran efecto, porque la gente ve el propósito rectificador de la Revolución y todo lo que ha estado mal, todo lo que les disgustaba ahora lo plantean. ¿Usted se da cuenta? Lo explican en un momento en que eso puede crear resentimiento. Sobre todo a mi me preocupa mucho que no vaya a ocurrir ni el menor incidente. ¿Usted se da cuenta? Por eso yo con respecto a las visitas soy partidario de que se espere lo más posible, ¿verdad?, en las zonas esas donde ha habido problemas como en Guantánamo, en Santiago, pues quisiera que con todos los ánimos estuviéra todo bien organizado, bien ordenado, que se puedan producir las visitas sin rozamientos. Porque en el pueblo no hay animosidad; no hay animosidad contra ellos, ¿sabe? Pero este es un momento en que cualquier pequeño incidente puede tener importancia. ¿Usted se da cuenta?

 

CLARK GALLOWAY: Pues parece que no hay problemas de sí o no los Estados Unidos siga ocupando la base en los términos actuales.

 

FIDEL CASTRO: Esa demanda no se ha planteado. Ese problema no se ha planteado. Nosotros tenemos otros problemas. Nosotros tenemos otros problemas que nos interesan más. Nuestros problemas de orden económico y social. Son los problemas que a nosotros nos interesan. Si nosotros mantenemos relaciones podemos mantener relaciones amistosas con Estados Unidos, comerciales y políticas. Diplomáticas. Pues, yo no veo peligro de que se produzcan conflictos.

 

CLARK GALLOWAY: ¿Ve usted en una forma favorable el que Cuba sea una base de operaciones militares contra la República Dominicana o tal vez otros países?

 

FIDEL CASTRO: Bueno, yo le voy a decir sobre lo que pienso. Nosotros necesitamos hacer un trabajo aquí. [Risa] Pensamos hacer un trabajo. Lo que a mí me preocupa fundamentalmente, le voy a contestar con toda franqueza, en este momento son los problemas de Cuba. Lo que me interesa fundamentalmente son los problemas de Cuba. El trabajo que tenemos que realizar adelante. Ahora bien, no quiere decir eso que sea uno tan egoísta que se pueda empezar a mirar con indiferencia el dolor de otros pueblos de América latina.

 

Trujillo es un peligro para Cuba. Trujillo es un peligro para la América latina.

 

Los agentes de Trujillo asesinan a sus enemigos fuera del estado. Asesinan a sus enemigos como Galide en Estados Unidos. Asesinan a Requena en Estados Unidos. Asesinan a sus enemigos en Cuba. Asesinan a sus enemigos en México. Asesinan a sus enemigos en cualquier parte. Incluso, cuando yo hice el viaja a Venezuela, y al amanecer pregunté porque estábamos en Venezuela, qué costas eran aquellas y me dijeron las de Colombia. Y yo pregunté los pilotos por qué habíamos salido a Colombia. Y me dijeron: “Porque las rutas hacia Venezuela pasan muy cerca de Santo Domingo”. Y ellos no quisieron pasar cerca de Santo Domingo por peligro de que un avión de Trujillo hiciera cualquier fechoría. Trujillo es una especie de dictador del Caribe y dictador de América latina que no respeta las leyes de otros países. Trujillo no respeta la ley de ningún país.

 

Mire, nosotros si quisiéramos podríamos buscar a Batista donde quisiéramos. Aquí hay hombres voluntarios de sobra para ir a matar a Batista en Estados Unidos, en México, donde sea. Sin embargo nosotros jamás aceptaremos ni jamás promoveremos ni respaldaremos ninguna acción fuera del territorio nacional. Porque nosotros respetamos las leyes de otros países. Trujillo no las respeta. Trujillo tiene establecida una dictadura “continental”. ¿Usted se da cuenta? Y en cierto sentido es lógico que un gobierno democrático, es lógico que los cubanos democráticos veamos con simpatía cualquier movimiento contra Trujillo para nosotros intervenir directamente en problemas de Santo Domingo, nosotros no intervendremos directamente en problemas de Santo Domingo. ¿Usted se da cuenta?

 

Ahora, aquí en Cuba pueden venir a vivir los exilados de cualquier país. Pueden venir a vivir. Y, naturalmente pues, lo mismo en Cuba que en Venezuela yo se que los dominicanos sobre todo cuentan con mucha simpatía. Yo no los voy a…

 

[Corte]

 

Todavía no se ha decidido la fecha exacta para el propósito del gobierno, hacerlas lo antes posible. Yo les voy a decir lo siguiente: el propósito del gobierno de hacerla se habló de dos años. El criterio del gobierno es hacer la elección en dos años. Por lo general en los países… en estos países cuando ocurre una revolución, golpes de estado no revoluciones, entonces el interés de los gobernantes como no tienen apoyo del pueblo es posponer las elecciones todo lo más posible hasta tratar de ganar.

 

El caso de nosotros es al revés. Nosotros tenemos el noventa y tanto por ciento del pueblo. Nosotros no le podemos tener miedo a ningunas elecciones. No podemos tener miedo a perder unas elecciones porque estamos seguros de que la ganamos. Pero, lo que a mí sí me preocupa un poco es en este momento en que estamos reorganizando el Estado, exigiendo mucha rectitud, mucha disciplina, vayamos a distraer mucha energía en política. ¿Usted comprende? Que vayamos ahora a poner a la gente a aspirar. Porque funcionarios buenos yo no quiero que aspiren a senador. Que siga de funcionario. me preocupa un poco coger todos los elementos que está trabajando en la administración pública y que van progresando mucho, ponerlo a hacer política. Que tenga un poquito de miedo a eso. Es la única parte que me preocupa un poco de la política. ¿Usted entiende? Que vayamos a desgastar la energía en esas cosas.

 

CLARK GALLOWAY: Pues, el 26 de julio se organizará como partido político.

 

FIDEL CASTRO: Por supuesto, como partido político.

 

CLARK GALLOWAY: ¿En las próximas elecciones se les permitirá tomar parte a todos los partidos políticos incluyendo al Partido Popular Socialista?

 

FIDEL CASTRO: Si reúnen los requisitos que establezca la legislación electoral

 

CLARK GALLOWAY: Si le pidieran que fuera usted uno de los candidatos a la presidencia, ¿aceptaría?

 

FIDEL CASTRO: Yo en eso haría lo que decidiera la dirección del Movimiento 26 de Julio pero yo creo que el Movimiento 26 de Julio tiene fuerza suficiente para obtener el triunfo con su propia fuerza. El Movimiento 26 de Julio tiene… el Movimiento 26 de Julio puede obtener el triunfo con su sola fuerza. El Movimiento 26 de Julio no necesita de pactos políticos para triunfar en unas elecciones revolucionarias; en unas elecciones.

 

CLARK GALLOWAY: Última pregunta: como usted debe haber oído…

 

FIDEL CASTRO: …yo le digo… sí, porque yo no quiero hacer ese tipo de declaraciones que parezcan que estoy en actitud de dividir. En este momento no se han planteado en el país problemas de tipo político. Yo quiero dedicar todo mi empeño a trabajar en una obra revolucionaria consciente de que esa obra revolucionaria consolidará el movimiento 26 de julio, el movimiento democrático, el movimiento revolucionario, un movimiento de fuerza en el pueblo, muy grande.

 

CLARK GALLOWAY: …como usted debe haber oído ha habido rumores de que el mayor Raúl Castro y el mayor Ernesto Guevara son comunistas o simpatizantes del comunismo. Esos son los rumores. Quisiera que usted haga algún comentario sobre eso.

 

FIDEL CASTRO: Bueno, yo le voy a decir mi opinión sobre eso. Y es que aquí en Cuba siempre había una política muy tradicional, una política muy conservadora, y no existía ninguna esperanza revolucionaria. Mucha gente joven pues antes se inclinaba hacia la izquierda más que simpatizar con los partidos políticos tradicionales que existían.

 

En el momento en que se constituyó en Cuba un movimiento como el 26 de Julio que es verdaderamente revolucionario, que tiende a estructurar la economía del país en bases justas, que el movimiento revolucionario es un movimiento democrático de amplio contenido humano ha absorbido en sus filas a mucha gente que antes no se tenía alternativa de tipo político y se inclinaban hacia partidos de a-radicales.

 

El Movimiento 26 de Julio es un movimiento de ideas radicales. Pero no es un movimiento comunista. Y difiere fundamentalmente del comunismo en una serie de cuestiones. En una serie de cuestiones esenciales. ¿Comprende? Y el Movimiento 26 de Julio, los hombres, tanto Raúl como Guevara, como todos son hombres que están muy de acuerdo con el pensamiento político mío. No es un pensamiento comunista.

 

CLARK GALLOWAY: ¿No son comunistas?

 

FIDEL CASTRO: No es un pensamiento comunista el Movimiento del 26 de Julio. Y la tendencia que yo le pudiera decir que si vamos a ver posiblemente en Estados Unidos ustedes tengan allí muchas ideas de izquierda también figurando en los partidos democráticos. Posiblemente a lo mejor a usted le dicen comunista porque ha hecho un artículo a favor de la Revolución cubana y le quieren hacer una investigación en el Senado en Estados Unidos.

 

JG. No, señor.

 

 

Fidel Castro Ruz siempre

negó que fuese comunista

Fidel declaró el 15 de enero de 1959: “yo no soy comunista; estoy diciendo la verdad” 

 

Castro ratificó el 8 de mayo de 1959: “nuestra revolución no es comunista

 

 

Ed Sullivan interviews Fidel Castro

on January 11, 1959

 

 

Juramento hecho por Fidel Castro

publicado el 11 de enero de 1959

“Jamás en mi vida toleraré conscientemente una inmoralidad”

El dictador Fulgencio Batista

en su exilio en República Dominicana

 

El dictador Batista huyó a República Dominicana

 

Álbum de la Revolución Cubana

(Publicado en enero de 1959)

 

 

El día más largo (documental, 2011)

Producido para el oficialista ICAIC por la directora cubana Rebeca Chávez, presenta como eje temático segmentos de una entrevista televisiva que concediera Fidel Castro al corresponsal de la CMQ,  Luis Navarro, el 4 de enero de 1959 en el aeropuerto de Camagüey,  a su paso por esa provincia rumbo a La Habana. Contiene la alocución que Fidel Castro realizara, en la cual solicitaba a los líderes obreros, trabajadores y clases vivas del país “el cese de la huelga general revolucionaria, que culminó en la más hermosa victoria de nuestro pueblo”.

 

 

El triunfo de la Revolución cubana

Manuel Castro Rodríguez

31 de diciembre de 2012

 

El 31 de diciembre de 1958 mis padres y yo cenamos a las nueve de la noche y nos acostamos. Lo mismo hicieron las familias que conocía. Cuba no estaba para fiesta.

 

El 1 de enero de 1959 se desplomó la tiranía (1952-1958), fruto del golpe de Estado que el 10 de marzo de 1952 dio inicio a este holocausto que pareciera no tener fin. En la madrugada mis padres me despertaron; me dijeron que Batista había huido y que nos íbamos para casa de Ramona, la tía de mi padre y madre de René de los Santos Ponce. Despertamos a Ramona y su hija Edita, que empezaron a llorar de alegría cuando conocieron la noticia.

 

Desde hacía unos ocho meses, René se encontraba en la Sierra Maestra. Cuando estábamos hablando con Ramona, Edita y Armenio –el único hermano varón de René-, no sabíamos si René vivía. Al poco tiempo, llegaron Lidia -la esposa de René- y sus tres hijos: Norma, Adalys y Elio.

 

A media mañana, cuando no cabía más nadie en la casa, llegó un vecino con la noticia de que en una alocución radial que había hecho Fidel Castro, ordenaba que le buscaran al comandante René de los Santos. Empezamos a gritar de alegría. No sabíamos que al frente de la Columna 10, René había tomado el cuartel Moncada –la segunda fortaleza militar de Cuba-, sin necesidad de hacer un solo disparo.

 

René fue un cercano colaborador de Fidel Castro desde los tiempos en que ambos militaban en el Partido Ortodoxo. Desde 1957, René había sido el jefe del  Movimiento 26 de Julio (M-26-7) en Guanabacoa y uno de los más buscados por los cuerpos represivos de la tiranía batistiana, a tal punto que uno de los peores criminales, Esteban Ventura Novo, había dado la orden de matarlo en el lugar donde lo encontrasen.

 

Cuando la huelga general del 9 de abril de 1958, Guanabacoa fue una de las dos localidades cubanas que estuvieron controladas por el Movimiento 26 de Julio. Al fracasar la huelga, René se escondió en casa de mis tías paternas. La noche antes de ir a realizarles la visita dominical a mis tías -vivían en Corralfalso 62, al lado del antiguo depósito de la cervecería Polar en Guanabacoa-, mis padres me hablaron sobre la situación en que se encontraba René, me insistieron en que no podía decirle a persona alguna algo relacionado con él, ni las características que tenía la casa de mis tías paternas; esa advertencia estaba de más, yo sabía lo que le pasaría a René si lo encontraban. Siendo un niño ya había aprendido que tenía que ser sumamente discreto, máxime en presencia de policías, soldados y desconocidos.

 

Hacía tiempo que no veía a René, pero recordaba sus discusiones con mi padre, que siempre se opuso a la violencia. Mientras que papá fue militante comunista desde su adolescencia hasta finales de la década del cuarenta y murió defraudado con el castrismo, René fue anticomunista hasta que murió en 2007, aunque ocupó altos cargos militares y políticos después del 1 de enero de 1959: creador de la policía política, jefe militar de las provincias de Pinar del Río y Camagüey (la división político-administrativa era de seis provincias), miembro del comité central del Partido Comunista de Cuba (PCC) desde su creación en 1965 y otros cargos en el PCC, entre ellos su poderosa comisión de Control y Revisión. Incluso, Fidel Castro utilizó a René como testigo en el juicio contra el comandante Huber Matos, para demostrar que era mentira que hubiese influencia comunista en el Gobierno Revolucionario.

 

Además, la organización de los comunistas cubanos era la única de las agrupaciones que se oponían a la tiranía que no habían acudido a la violencia; los comunistas cubanos nunca habían incluido en su estrategia la lucha armada. No es hasta abril de 1958, en que el Partido Socialista Popular crea una pequeña guerrilla en Yaguajay, Las Villas, al mando de Félix Torres. Es en junio de 1958, cuando Carlos Rafael Rodríguez -miembro del Buró Ejecutivo Nacional del Partido Socialista Popular-, es designado su representante ante Fidel Castro, en la Sierra Maestra, pero sin responsabilidad militar. A pesar del cambio de concepción en cuanto a la lucha armada, los comunistas cubanos siguieron sin utilizar la violencia en las ciudades; el Partido Socialista Popular siempre se opuso al terrorismo practicado por el Movimiento 26 de Julio y el Directorio Revolucionario.

 

Volviendo a la visita a mis tías paternas cuando René se encontraba escondido en abril de 1958. En esa ocasión no hubo discusión alguna entre mi padre y René; no sé si porque mi padre comprendió la situación tan estresante por la que estaba pasando René o por la presencia de Norma, la hija mayor de René. A los pocos días, la Policía cercó la casa. René pudo salvar la vida gracias a que se ocultó en un pozo hecho en el traspatio. Después de recibir la autorización de Fidel Castro, René pudo salir de la capital y llegar a la Sierra Maestra, donde después de participar en innumerables combates, fue nombrado comandante del Ejército Rebelde, jefe de la Columna 10 ‘René Ramos Latour’ y segundo jefe del III Frente Santiago de Cuba, que dirigía el comandante Juan Almeida Bosque.

 

Más nunca he vuelto a ver tanta alegría como la que se vivió en Cuba en esos días de enero de 1959, es una experiencia inolvidable e imposible de describir. La Habana, mi ciudad natal, jubilosa a decir no más. Las milicias con brazaletes del M-26-7 estaban por todas partes.

 

Había triunfado una revolución comprometida con la libertad y la justicia, que terminaba con casi siete años de tiranía. Pronto se empezó a conocer que en otros países también despertó las simpatías de millones de personas.

 

Empezaron a visitarnos algunos de los oficiales del triunfante Ejército Rebelde que mis padres conocían; recuerdo a los capitanes Orlando Lamadrid y Julio Suárez.

 

El verdadero nombre del capitán Julio Suárez era Indamiro Restano, conocido como ‘Machito’ por los vecinos del reparto La Rosalía, donde tenía una barbería en su propia casa ubicada en la Calzada de San Miguel del Padrón y Primera. ‘Machito’ perteneció a la guerrilla del Partido Socialista Popular en Yaguajay, Las Villas.

 

‘Machito’ fue nombrado delegado del recién creado Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) en la provincia de Matanzas  Dos o tres años después, ‘Machito’ confrontaría problemas con la tiranía que ayudó a instaurar. Tres décadas después, en 1992, su hijo, Indamiro Restano, fue sentenciado a diez años de prisión, por fundar una organización política opositora; después sería desterrado.

 

El capitán Orlando Lamadrid fue uno de los pocos sobrevivientes del asalto al Palacio Presidencial, realizado por el Directorio Revolucionario el 13 de marzo de 1957. Un par de años después del triunfo revolucionario, Lamadrid tuvo que exiliarse.

 

A los pocos días fuimos a ver a René al antiguo Servicio de Inteligencia Militar (SIM), ya que Fidel Castro le había encargado que crease y dirigiese el Departamento de Investigaciones del Ejército Rebelde (DIER), que después se transformaría en el Departamento de Seguridad del Estado. René estaba más flaco y con barba; portaba una subametralladora que puso sobre el escritorio de la oficina que ocupaba y que yo no dejaba de mirar. Mi padre me había prohibido tener armas de juguete, lo cual siempre le he agradecido. Pero en ese momento yo me sentía fascinado por el arma de uno de los principales héroes de la Revolución; René se dio cuenta y me permitió empuñarla, después de quitarle el cargador.

 

Pronto empezamos a conocer información cuantitativa sobre la corrupción de los integrantes de la tiranía derrotada, mientras que una parte de la población vivía en condiciones deplorables, lo cual es inconcebible en un país tan rico como Cuba. Aunque la República de Cuba era conocida como ‘La Perla del Caribe’, existían grandes diferencias entre las zonas rurales y urbanas.

 

Cuando Fidel Castro arribó a La Habana el 8 de enero de 1959, los cubanos pensaron que al fin verían realizados sus sueños de libertad y justicia social, como consagra la Constitución de 1940 que Fidel había prometido restablecer y hacer cumplir. El 18 de enero 1959, dos semanas después del triunfo de la Revolución cubana, salió publicada la segunda parte de la ‘Edición de la Libertad’, de la revista Bohemia, en la que Raúl Castro declaró:

 

Puedes asegurar que si nosotros logramos hacer cumplir fielmente la Constitución de 1940, habremos realizado una verdadera revolución”.

  

En 1959, existían las condiciones para que esos sueños se hiciesen realidad: el ingreso per cápita de Cuba casi duplicaba el de España, y Cuba estaba clasificado entre los 31 países más desarrollados del mundo.

 

Sin embargo, a los pocos meses de llegar al poder, Fidel Castro comenzó a exportar la subversión armada a América Latina y a reprimir a sus antiguos compañeros de lucha. Ordenó el encarcelamiento por veinte años del comandante Huber Matos. Gustavo Arcos Bergnes y Mario Chanes de Armas, dos de los compañeros de Castro en el asalto al cuartel Moncada, también sufrieron en las prisiones castristas: Arcos durante diez años; Chanes durante treinta años, superando por tres años a Nelson Mandela. Castro ordenó el fusilamiento de varios comandantes, entre ellos Humberto Sorí Marín y William Morgan.

 

En reiteradas oportunidades Fidel Castro se comprometió con celebrar elecciones generales en el plazo de un año –véase al final de este subdominio el Manifiesto de la Sierra Maestra-, con todas las garantías necesarias para lograr una sociedad democrática, una sociedad donde: no existiría  la opresión de los poderes político y/o económico, todos participaríamos en la toma de las decisiones colectivas y se elevaría el nivel de vida de la población cubana. Pero cuatro meses después de vencerse el plazo, Castro declaró el 1 de mayo de 1960:

 

Nuestros enemigos, nuestros detractores, preguntan por las elecciones ...”.

 

El pueblo concentrado en la Plaza exclamó:

 

“¿Elecciones para qué?  ¿Elecciones para qué?” 

 

“¡Ya votamos por Fidel, ya votamos por Fidel!”

  

Dotado de un gran carisma, hechizo personal, inteligencia y capacidad histriónica, Fidel Castro sedujo a los cubanos con su oratoria encendida y épica, demostrando ser un excelente orador y un actor único.

 

Pero en los días iniciales de 1959, un clima de paz y prosperidad se avizoraba para Cuba. Ni un solo cubano podría ni tan siquiera haberse imaginado que la Revolución cubana sería la mayor estafa que ha sufrido pueblo alguno en América, ni que Fidel Castro sería el sepulturero de la Revolución cubana.

 

¿Cómo fue posible que abandonase los ideales de libertad y justicia social que preconizaba, traicionando la enorme confianza que el pueblo cubano depositó en él, considerándolo casi como su Mesías? ¿O es que realmente nunca tuvo esos ideales y todo fue una gran farsa? ¿Quién podría ni tan siquiera haberse imaginado en enero de 1959, que a Fidel Castro le obsesionaba el poder? ¿Esa obcecación fue la que llevó al joven revolucionario a transformarse en el peor tirano que ha sufrido América?

 

 

La Revolución cubana

hasta los primeros días de 1959

Cuba 1961 (documental, Chris Marker)

Al ver el documental resulta evidente que su realizador estaba rendido por completo al encanto de una nueva sociedad que supuestamente se estaba construyendo. Eso lo lleva a impugnar las opiniones de quienes se oponían a la incipiente tiranía de los hermanos Castro, que ya había asesinado o encarcelado a varios dirigentes de la lucha contra la tiranía de Batista.

Chris Marker pretende ignorar que en todas las provincias cubanas ya se luchaba en contra de la incipiente tiranía de los hermanos Castro, incluyendo a las guerrillas campesinas, cuyos sobrevivientes serían fusilados o encarcelados y torturados durante unas dos décadas. También omite que las pobres familias campesinas de las montañas de la zona central de Cuba fueron despojadas de todas sus propiedades y llevadas al occidente, donde fueron encerradas -incluyendo a los niños- durante más de una década en los llamados Pueblos Cautivos, para evitar que las guerrillas campesinas se pudiesen abastecer de alimentos. Los hermanos Castro –asesorados por militares soviéticos- llevaron a cabo la política de tierra arrasada.

Cubanos refugiados en Miami

Marzo de 1961

 

 

Familiares de los mártires se sienten estafados

 

La calle Meireles, en el reparto La Rosalía, San Miguel del Padrón, fue rebautizada como Pepe Prieto en homenaje a un mártir de la Revolución cubana; su familia se exiló cuando se percató que Fidel Castro había traicionado los principios por los que Pepe Prieto había entregado su vida.

 

Ocurrió lo mismo con las familias de otros mártires, por ejemplo, la del líder estudiantil José Antonio Echeverría Bianchi. Aquí pueden ver la entrevista hecha a los hermanos de Echeverría, que viven en el exilio desde hace cincuenta años.

El revolucionario Agustín País García,

hermano de los mártires Josué y Frank País

denuncia a la tiranía de los hermanos Castro

 

 

Comandante Huber Matos denuncia

la traición de Fidel Castro a la revolución cubana

Carta de suicidio del director de la revista Bohemia

 

La revista cubana Bohemia -fundada en 1908- salía a la calle los viernes. Bohemia era la primera publicación latinoamericana por la cantidad de ejemplares y la calidad de sus artículos, escritos por los principales intelectuales cubanos, por ejemplo: Alfonso Hernández Catá, Francisco Ichaso, Enrique Labrador Ruiz, Jorge Mañach, Miguel de Marcos, Carlos Montenegro, Lino Novás Calvo, Fernando Ortiz, Herminio Portel Vilá, Raúl Roa, Emilio Roig de Leuchsenring, Eladio Secades y Jacinto Torras.

 

Bohemia se distribuía en Estados Unidos y en la mayoría de los países de América Latina.

 

Bohemia era un baluarte en la defensa de la democracia; denunciaba a todas las dictaduras y al totalitarismo comunista. Por ello, a nadie le asombró que Miguel Ángel Quevedo de la Lastra, hijo del fundador de la revista Bohemia, pusiera la publicación al servicio de la Revolución y de Fidel Castro desde que éste estaba cumpliendo condena en el Presidio Modelo de Isla de Pinos.

 

Cuando triunfó la Revolución cubana el 1 de enero de 1959, se produjo un cambio radical en Bohemia, perdiendo toda objetividad periodística, propiciando el culto a la personalidad de Fidel Castro y convirtiéndose en una propagandista a ultranza de sus acciones, llegándose a publicar reportajes falsos como el de “Más de veinte mil muertos arroja el trágico balance del régimen de Batista”.

 

Esta es la carta autocrítica con que dio punto final a su existencia el director de la revista Bohemia, Miguel Ángel Quevedo. Sobre él escribió el periodista independiente cubano Lucas Garve:


“Bohemia tuvo como director y artífice una figura ya olvidada en Cuba, Miguel Ángel Quevedo. A juzgar por aquellas Bohemia que pude leer en mi infancia y adolescencia, Quevedo hizo de la revista una publicación independiente y plural, donde firmas de distintos tintes ideológicos calzaban artículos, crónicas y ensayos, cuya única razón de ser publicados se daba por la excelencia periodística. Lo mejor de la intelectualidad cubana tuvo las puertas de Bohemia abiertas sin distingos ideológicos; sin embargo, Bohemia no se convirtió en una publicación para elites.

 
Así Bohemia contribuyó a elevar, exponer y difundir el nivel cultural de un país que avanzaba, sin contar con lo que estimo el aporte principal de la revista en la historia del país en el siglo 20: la afirmación de la identidad nacional”.

Si Quevedo no hubiera tenido el mérito de hacer de aquella Bohemia, la revista cubana más conocida del mundo, y la mejor en su género en Iberoamérica, aún merecería un puesto en esta galería, por la honestidad ejemplar del último escrito de su vida.

 

Miami, Florida 12 de Agosto de 1969

 

Sr. Ernesto Montaner.


Querido Ernesto:


Cuando recibas esta carta, ya te habrás enterado por la radio de la noticia de mi muerte. Ya me habré suicidado -!al fin!- sin que nadie pudiera impedírmelo, como me lo impidieron tú y Agustín Alles el 21 de enero de 1965. ¿Te acuerdas? Ese día entraste en mi despacho a entregarme un artículo tuyo. Conversamos un rato. Pero notaste que yo estaba ausente del diálogo.


Me vistes preocupado, triste, muy triste y profundamente abrumado. Y me lo dijiste. Pensé en mi hermana Rosita, a quien adoro y se me llenaron de lágrimas los ojos [..] Te confesé que en el momento que llegaste a mi despacho, estaba pensando darme un tiro en la cabeza. Y hasta te dije que mi única preocupación era Rosita, que me viera tirado en el suelo sobre un charco de sangre. No quería dejarle esa última imagen, habiendo decidido - y también te lo confesé suicidarme acostado en el sofá para que, al verme, tuviese la impresión que dormía.


Recuerdo la expresión de pena y asombro que había en tu cara. Te levantaste. Fuiste a mi escritorio y le quitaste las balas al revólver. Y allí, sentado en la silla del escritorio me dijiste: “Estás loco, Miguel, estás loco”. Me hablaste de Dios. De la perdición eterna de mi espíritu. De la brevedad de la vida. De la falta que yo le haría a Rosita, dejándola sola en el mundo. Me hablaste de veinte cosas. Y viendo que me resbalaban, me amenazaste con llamar a Rosita y a todos los empleados de Bohemia para enterarlos. Te supliqué que no lo hicieras. Comprendí la responsabilidad que mi confesión te habría echado encima. Y te juré por la vida de Rosita que no lo haría.

Convencido que me habías desviado del propósito -al menos por el momento-, saliste de mi despacho. Te encontraste a la salida con Agustín Alles y se lo contaste. Y tú y Agustín se fueron a ver al doctor Esteban Valdés Castillo. Me llamaron de la casa de Valdés Castillo y me pusieron al habla con él. Un gran médico de excepcional talento. Quiso verme con urgencia, pero no nos vimos. Lo que hicimos fue hablar mucho por teléfono. Cuando no me llamaba él a mi, lo llamaba yo a él. Pero hablábamos todos los días. Con quien jamás volví a hablar jamás fue contigo. Perdóname, pero pensé que habías hecho mal al divulgar algo que yo te había dicho a ti amistosamente, en un momento de flaquezas. Y no volvimos a tener comunicación hasta hoy, en que ni tú, ni Agustín Alles, ni Valdés Castillo, ni nadie me hubiera impedido llevar a vías de hecho mi determinación. Estás, pues leyendo, la carta de un viejo amigo, muerto. Valdés Castillo tenía razón cuando afirmaba que la idea del suicidio pasaba por la mente del paciente en forma de círculos, que cada vez se iba reduciendo hasta convertirse en un punto. Mi punto llegó.


Sé que después de muerto lloverán sobre mi tumba montañas de inculpaciones. Que querrán presentarme como “el único culpable” de la desgracia en Cuba. Yo no niego mis errores ni mi culpabilidad, lo que si niego es que fuera “el único culpable”. Culpables fuimos todos, en mayor o menor grado de responsabilidad.

Culpables fuimos todos. Los periodistas, que llenaban mi mesa de artículos demoledores contra todos los gobernantes, buscadores de aplausos que, por satisfacer el morbo infecundo y brutal de la multitud, por sentirse halagados por la aprobación de la plebe, vestían el odioso uniforme de los “oposicionistas sistemáticos”. Uniforme que no se quitaban nunca. No importa quien fuera el presidente. Ni las cosas buenas que estuviera realizando a favor de Cuba. Había que atacarlos, y había que destruirlos. El mismo pueblo que los elegía, pedía a gritos sus cabezas en la plaza pública. El pueblo también fue culpable. El pueblo que quería a Guiteras. El pueblo que quería a Chibás. El pueblo que aplaudía a Pardo Llada. El pueblo que compraba Bohemia, porque Bohemia era vocero de ese pueblo. El pueblo que acompañó a Fidel desde Oriente hasta el campamento de Columbia.


Fidel no es más que el resultado del estallido de la demagogia y de la insensatez. Todos contribuimos a crearlo. Y todos, por resentidos, por demagogos, por estúpidos, o por malvados, somos culpables de que llegara al poder. Los periodistas conocieron la hoja penal de Fidel, su participación en el Bogotazo comunista, el asesinato de Manolo Castro y su conducta gansteril en la Universidad de la Habana, pedíamos una amnistía para él y sus cómplices en el asalto al Cuartel Moncada, cuando se encontraba en prisión.

Fue culpable el Congreso que aprobó le Ley de Amnistía. Y los comentaristas de radio y de televisión que lo colmaron de elogios. La chusma que le aplaudió deliradamente en las galerías del Congreso de la República. Bohemia no era más que un eco de la calle. Aquella calle contaminada por el odio que aplaudió “los veinte mil muertos”. Invención diabólica del diplománo Enriquito de la Osa, que sabía que Bohemia era un eco de la calle, pero también la calle se hacía eco de lo que publicaba Bohemia.

Fueron culpables los millonarios que llenaron de dinero a Fidel para que derribara al régimen. Los miles de traidores que se vendieron al barbudo criminal. Y los que se ocuparon más del contrabando y del robo que de las acciones militares en la Sierra Máestra.

Fueron culpables los curas de sotana roja que mandaban a los jóvenes para la Sierra Maestra a servir a Castro y sus guerrilleros. Y el clero, oficialmente, que respalda a la revolución comunista con aquellas pastorales encendidas, conminando al Gobierno a entregar el poder.


Fue culpable Estados Unidos de América, que se incautó de las armas destinadas a las Fuerzas Armadas de Cuba en su lucha contra los guerrilleros. Y fue culpable el State Department, que apoyó la conjura internacional dirigida por los comunistas para adueñarse de Cuba.


Fueron culpables Gobierno y la Oposición, cuando el Diálogo Cívico, por no ceder a llegar a un acuerdo, decoroso, pacífico y patriótico. Y los infiltrados por Fidel Castro en aquella gestión, para sabotearla y hacerla fracasar, como lo hicieron.


Fueron culpables los políticos abstencionistas, que cerraron las puertas a todos los cambios electoralistas. Y los periódicos que, como Bohemia, le hicieron el fuego a los abstencionistas, negándose a publicar nada relacionado con aquellas elecciones.

Todos fuimos culpables. Todos. Por acción u omisión.

Viejos y jóvenes. Ricos y pobres. Blancos y negros. Honrados y ladrones. Virtuosos y pecadores. Claro que nos faltaba la lección increíble y amarga: que los más “virtuosos” y los más “honrados”, eran los pobres.

Muero asqueado. Solo. Proscrito. Desterrado. Y traicionado y abandonado por amigos a quienes brindé generosamente mi apoyo moral y económico en días muy difíciles. Como Rómulo Betancourt, Figueres, Muñoz Marín. Los titanes de esa “Izquierda Democrática” que tan poco tiene de “democrática” y sí de “izquierda”. Todos, deshumanizados y fríos, me abandonaron en la celda. Cuando se convencieron que yo era anticomunista, me demostraron que eran antiquevedistas. Son los presuntos fundadores del tercer mundo. El mundo de Mao Tse Tung.


Ojalá mi muerte sea fecunda. Y obligue a la meditación. Para que los que puedan, aprendan la lección. Y los periódicos y los periodistas, no vuelvan a decir jamás lo que las turbas incultas y desenfrenadas quieran que ellos digan. Para que la prensa no sea más un eco de la calle, sino un faro de orientación para esa propia calle. Para que los millonarios no den más sus dineros a quienes después les despojan de todo. Para que los anunciantes no llenen de poderío con sus anuncios a publicaciones tendenciosas, sembradas de odio y de infamia, capaces de destruir hasta la integridad física y moral de una nación, o de un destierro. Y para que el pueblo recapacite y repudie a esos voceros del odio, cuyas frutas hemos visto que no podían ser más amargas.

Fuimos un pueblo cegado por el odio. Y todos éramos víctimas de esa ceguera. Nuestros pecados pesaron más que nuestras virtudes. Nos olvidamos de Nuñez de Arce, cuando dijo: “Cuando un pueblo olvida sus virtudes, Ileva en sus propios vicios su tírano”

Adiós. Este es mi último adiós. Y dile a todos mis compatriotas que yo perdono con los brazos en cruz sobre mi pecho, para que me perdonen todo el mal que yo he hecho.

 

Miguel Ángel Quevedo

Raúl Chibás, Enrique Pazos,

Dr. Julio Martínez Páez y Fidel Castro (con lentes)

en la Sierra Maestra

 

Manifiesto de la Sierra Maestra

Al pueblo de Cuba

Raúl Chibás, Felipe Pazos y Fidel Castro

Publicado en la revista Bohemia, el 28 de julio de 1957

 

Julio 12 de 1957

 

Desde la Sierra Maestra, donde nos ha reunido el sentido del deber, hacemos este llamamiento a nuestros compatriotas.

 

Ha llegado la hora en que la nación se puede salvar de la tiranía por la inteligencia, el valor y el civismo de sus hijos, por el esfuerzo de todos los que han llegado a sentir en lo hondo el destino de esta tierra donde tenemos derecho a vivir en paz y en libertad.

 

¿Es incapaz la nación cubana para cumplir su alto destino o recae la culpa de su impotencia en la falta de visión de sus conductores públicos? ¿Es que no se le puede ofrendar a la Patria en su hora más difícil el sacrificio de todas las aspiraciones personales, por justas que parezcan, de todas las pasiones subalternas, las rivalidades personales o de grupo, en fin, de cuanto sentimiento mezquino o pequeño han impedido poner en pie, como un solo hombre este formidable pueblo, despierto y heroico que es el cubano? ¿O es que el deseo vanidoso de un aspirante público vale más que toda la sangre que ha costado esta República?

 

Nuestra mayor debilidad ha sido la división, y la tiranía, consciente de ello, la ha promovido por todos los medios, en todos los aspectos. Ofreciendo soluciones a medias, tentando ambiciones unas veces, otra la buena fe o ingenuidad de sus adversarios, dividió los partidos en fracciones antagónicas, dividió la oposición política en líneas disímiles y, cuando más fuerte y amenazadora era la corriente revolucionaria, intentó enfrentar los políticos a los revolucionarios, con el único propósito de batir primero la revolución y burlar a los partidos después.

 

Para nadie era un secreto que si la dictadura lograba derrotar el baluarte rebelde de la Sierra Maestra y aplastar el movimiento clandestino, libre ya del peligro revolucionario, no quedaban las más remotas posibilidades de unos comicios honrados en medio de la amargura y el escepticismo general.

 

Sus intenciones quedaban evidenciadas, tal vez demasiado pronto, a través de la segunda minoría senatorial, aprobada con escarnio de la Constitución y burla de los compromisos contraidos con los propios delegados oposicionistas, tentaba de nuevo la división y preparaba el camino de la brava electoral.

 

Que la Comisión Interparlamentaria fracasó lo reconoce el propio partido que la propuso en el seno del Congreso; lo afirman categóricamente las siete organizaciones oposicionistas que participaron en ella y hoy denuncian que ha sido una burla sangrienta; lo afirman todas las instituciones cívicas; y sobre todo, lo afirman los hechos. Y estaba llamada a fracasar porque se quiso ignorar el empuje de dos fuerzas que han hecho su aparición en la vida pública cubana: la nueva generación revolucionaria y las instituciones cívicas, mucho más poderosas que cualquier capillita. Así, la maniobra interparlamentaria sólo podía prosperar a base del exterminio de los rebeldes. A los combatientes de la Sierra no se les ofrecía otra cosa en esa mezquina solución, que la cárcel, el exilio o la muerte. Jamás debió aceptarse a discutir en esas condiciones.

 

Unir es lo único patriótico en esta hora. Unir en lo que tienen de común todos los sectores políticos, revolucionarios y sociales que combaten la dictadura. ¿Y qué tienen de común todos los partidos políticos de oposición, los sectores revolucionarios y las instituciones cívicas? El deseo de poner fin al régimen de fuerza, las violaciones a los derechos individuales, los crímenes infames y buscar la paz que todos anhelamos por el único camino posible que es el encauzamiento democrático y constitucional del país.

 

¿Es que los rebeldes de la Sierra Maestra no queremos elecciones libres, un régimen democrático, un gobierno constitucional?

 

Porque nos privaron de esos derechos hemos luchado desde el 10 de marzo. Por desearlos más que nadie estamos aquí. Para demostrarlo, ahí están nuestros combatientes muertos en la Sierra y nuestros compañeros asesinados en las calles o recluídos en las mazmorras de las prisiones; luchando por el hermoso ideal de una Cuba libre, democrática y justa. Lo que no hacemos es comulgar con la mentira, la farsa y la componenda.

 

Queremos elecciones, pero con una condición: elecciones verdaderamente libres, democráticas, imparciales.

 

¿Pero es que puede haber elecciones libres, democráticas, imparciales con todo el aparato represivo del estado gravitando como una espada sobre las cabezas de los oposicionistas? ¿Es que el actual equipo gobernante después de tantas burlas al pueblo puede brindar confianza a nadie en unas elecciones libres, democráticas, imparciales?

 

¿No es un contrasentido, un engaño al pueblo que ve lo que está ocurriendo aquí todos los días, afirmar que puede haber elecciones libres, democráticas, imparciales bajo la tiranía, la antidemocracia y la parcialidad?

 

¿De qué vale el voto directo y libre, el conteo inmediato y demás ficticias concesiones si el día de las elecciones no dejan votar a nadie y rellenan las urnas a punta de bayoneta? ¿Acaso sirvió la comisión de sufragios y libertades públicas para impedir las clausuras radiales y las muertes misteriosas que continuaron sucediéndose?

 

¿De qué han servido hasta hoy los reclamos de la opinión pública, las exhortaciones, el llanto de las madres?

 

Con más sangre se quiere poner fin a la rebeldía, con más terror se quiere poner fin al terrorismo, con más opresión se quiere poner fin al ansia de libertad.

 

Las elecciones deben ser presididas por un gobierno provisional neutral, con el respaldo de todos, que sustituya la dictadura para propiciar la paz y conducir al país a la normalidad democrática y constitucional.

 

Esta debe ser la consigna de un gran frente, cívicorevolucionario que comprenda todos los partidos políticos de oposición, todas las instituciones cívicas y todas las fuerzas revolucionarias.

 

En consecuencia, proponemos a todos los partidos políticos oposicionistas, todas las instituciones cívicas y todos los sectores revolucionarios lo siguiente:

 

1) Formación de un Frente Cívico Revolucionario con una estrategia común de lucha.

 

2) Designar desde ahora una figura llamada a presidir el gobierno provisional, cuya elección en prenda de desinterés por parte de los líderes oposicionistas y de imparcialidad por el que resulte señalado, quede a cargo del conjunto de instituciones cívicas.

 

3) Declarar al país que dada la gravedad de los acontecimientos no hay otra solución posible que la renuncia del dictador y entrega del poder a la figura que cuente con la confianza y el respaldo mayoritario de la nación, expresado a través de sus organizaciones representativas.

 

4) Declarar que el Frente Cívico-Revolucionario no invoca ni acepta la mediación o intervención alguna de otra nación en los asuntos internos de Cuba. Que en cambio, respalda las denuncias que por violación de derechos humanos han hecho los emigrados cubanos ante los organismos internacionales y pide al gobierno de los Estados Unidos, que en tanto persista el actual régimen de terror y dictadura, suspenda todos los envíos de armas a Cuba.

 

5) Declarar que el Frente Cívico-Revolucionario, por tradición republicana e independentista no aceptaría que gobernara provisionalmente la República ningún tipo de Junta Militar.

 

6) Declarar que el Frente Cívico-Revolucionario alberga el propósito de apartar al Ejército de la política y garantizar la intangibilidad de los Institutos Armados. Que los militares nada tienen que temer del pueblo cubano y sí de la camarilla corrompida que los envía a la muerte en una lucha fratricida.

 

7) Declarar bajo formal promesa, que el gobierno provisional celebrará eleciones generales para todos los cargos del Estado, las provincias y los municipios en el término de un año bajo las normas de la Constitución del 40 y el Código Electoral del 43 y entregará el poder inmediatamente al candidato que resulte electo.

 

8) Declarar que el gobierno provisional deberá ajustar su misión, al siguiente programa:

 

A) Libertad inmediata para todos los presos políticos, civiles y militares.

 

B) Garantía absoluta a la libertad de información, a la prensa radial y escrita y de todos los derechos individuales y políticos garantizados por la Constitución.

 

C) Designación de alcaldes provisionales en todos los municipios previa consulta con las instituciones cívicas de la localidad.

 

D) Supresión del peculado en todas sus formas y adopción de medidas que tiendan a incrementar la eficiencia de todos los organismos del Estado.

 

E) Establecimiento de la Carrera Administrativa.

 

F) Democratización de la política sindical promoviendo elecciones libres en todos los sindicatos y federaciones de industrias.

 

G) Inicio inmediato de una intensa campaña contra el analfabetismo y de educación cívica, exaltando los deberes y derechos que tiene el ciudadano con la sociedad y con la Patria.

 

H) Sentar las bases para una reforma agraria que tienda a la distribución de las tierras baldías y a convertir en propietarios a todos los colonos, aparceros, arrendatarios y precaristas que posean pequeñas parcelas de tierras, bien sean propiedad del Estado o particulares, previa indemnización a los anteriores propietarios.

 

I) Adopción de una política financiera sana que resguarde la estabilidad de nuestra moneda y tienda a utilizar el crédito de la Nación en obras reproductivas.

 

J) Aceleración del proceso de industrialización y creación de nuevos empleos.

 

En dos puntos de este planteamiento hay que hacer especial insistencia.

 

PRIMERO: La necesidad de que se designe desde ahora la persona llamada a presidir el gobierno de la República, para demostrar ante el mundo que el pueblo cubano es capaz de unirse tras una consigna de libertad y apoyar la persona que reuniendo condiciones de imparcialidad, integridad, capacidad y decencia, pueda encarnar esa consigna. ¡Sobran hombres capaces en Cuba para presidir la República!

 

SEGUNDO: Que esa persona sea designada por el conjunto de instituciones cívicas, por ser apolíticas estas organizaciones, cuyo respaldo libraría al presidente provisional de todo compromiso partidista dando lugar a unas elecciones absolutamente limpias e imparciales.

 

Para integrar este frente no es necesario que los partidos políticos y las instituciones cívicas se declaren insurreccionales y vengan a la Sierra Maestra. Basta que le nieguen todo respaldo a la componenda electorera del régimen y declaren paladinamente ante el país, ante los Institutos Armados y ante la opinión pública internacional, que después de cinco años de inútil esfuerzo, de continuos engaños y de ríos de sangre, en Cuba no hay otra salida que la renuncia de Batista, que ya ha gravitado en dos etapas durante dieciséis años en los destinos del país, y Cuba no está dispuesta a caer en la situación de Nicaragua o Santo Domingo.

 

No es necesario venir a la Sierra a discutir, nosotros podemos estar representados en La Habana, en México o en donde sea necesario.

 

No es necesario decretar la Revolución: organícese el Frente que proponemos y la caída del régimen vendrá por sí sola, tal vez sin que se derrame una gota más de sangre. Hay que estar ciegos para no ver que la dictadura está en sus días postreros, y que este es el minuto en que todos los cubanos deben poner lo mejor de su inteligencia y su esfuerzo.

 

¿Podrá haber otra solución en medio de la guerra civil con un gobierno que no es capaz de garantizar la vida humana, que no controla ya ni la acción de sus propias fuerzas represivas y cuyas continuas burlas y rejuegos han hecho imposible por completo la menor confianza pública?

 

Nadie se llame a engaño sobre la propaganda gubernamental acerca de la situación de la Sierra. La Sierra Maestra es ya un baluarte indestructible de la libertad que ha prendido en el corazón de nuestros compatriotas, y aquí sabremos hacer honor a la fe y a la confianza de nuestro pueblo.

 

Nuestro llamamiento podrá ser desestimado, pero la lucha no se detendrá por ello y la victoria del pueblo aunque mucho más costosa y sangrienta nadie la podrá impedir. Esperamos, sin embargo, que nuestra apelación será oída y que una verdadera solución detenga el derramamiento de sangre cubana y nos traiga una era de paz y libertad.

 

Sierra Maestra, julio 12 de 1957.

Raul Chibás, Felipe Pazos, Fidel Castro